Vísperas – Lunes II de Pascua

VÍSPERAS

SANTA CATALINA DE SIENA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

La gracia de mujer es toda Gracia,
lirios de Dios de eterna primavera,
vosotras sois mujer sin la falacia
de encantos de virtud perecedera.

Bella la creación que dio a estas flores
su cáliz virginal y el dulce encanto
del amor del Señor de sus amores,
eterna melodía de su canto.

Llamó el divino Amor a vuestra puerta,
el corazón de par en par abristeis,
si grande fue la siembra en vuestra huerta,
frondosa es la cosecha que le disteis.

Demos gracias a Dios por las estrellas
que brillan en la noche de la vida,
es la luz d ela fe que fulge en ellas
con amor y esperanza sin medida Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Quiero ser solamente tuya, oh Cristo esposo; a ti vengo con mi lámpara encendida. Aleluya.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Quiero ser solamente tuya, oh Cristo esposo; a ti vengo con mi lámpara encendida. Aleluya.

SALMO 126: EL ESFUERZO HUMANO ES INÚTIL SIN DIOS

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Aleluya.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Mi alma se siente firme, está cimentada en Cristo, el Señor. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mi alma se siente firme, está cimentada en Cristo, el Señor. Aleluya.

LECTURA: 1Co 7, 32. 34

El soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma.

RESPONSORIO BREVE

R/ Llevan ante el rey al séquito de vírgenes; las traen entre alegrías. Aleluya, aleluya.
V/ Llevan ante el rey al séquito de vírgenes; las traen entre alegrías. Aleluya, aleluya.

R/ Van entrando en el palacio real.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Llevan ante el rey al séquito de vírgenes; las traen entre alegrías. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Santa Catalina, siempre y en todas partes, buscaban, encontraba y estaba unida a Dios por medio de un afecto amoros nunca interrumpido. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Santa Catalina, siempre y en todas partes, buscaban, encontraba y estaba unida a Dios por medio de un afecto amoros nunca interrumpido. Aleluya.

PRECES
Bendigamos a Dios, solícito y providente para con todos los hombres, e invoquémosle, diciendo:

Jesús, rey de las vírgenes, escúchanos.

  • Oh Cristo, que como esposo amante colocaste junto a ti a la Iglesia, sin mancha ni arruga,
    — haz que esta Iglesia sea siempre santa e inmaculada.
  • Oh Cristo, a cuyo encuentro salieron las vírgenes santas con sus lámparas encendidas,
    — no permitas que falte nunca el óleo de la fidelidad en las lámparas de las vírgenes que se han consagrado a ti.
  • Señor Jesucristo, a quie la Iglesia virgen ha guardado siempre fidelidad intacta y pura,
    — concede a todos los cristianos la integridad y la pureza de la fe.
  • Tú que concedes hoy a tu pueblo alegrase por la festividad de santa Catalina de Siena virgen,
    — concédele también gozar siempre de su valiosa intercesión.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que recibiste en el banquete de tus bodas a las vírgenes santas,
    — admite benigno a los difuntos en el convite festivo de tu reino.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo par que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 29 de abril

Tiempo de Pascua 

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente podemos llamar ya Padre nuestro, haz crecer en nuestros corazones el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos gozar, un día, de la herencia que nos has prometido. Por nuestro Señor Jesucristo.

2) Lectura 

Del Evangelio según Juan 3,1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste a Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él.» Jesús le respondió:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo:
El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.» 

3) Reflexión 

• El evangelio de hoy nos trae una parte de la conversación de Jesús con Nicodemo. Nicodemo aparece varias veces en el evangelio de Juan (Jn 3,1-13; 7,50-52; 19,39). Era una persona que tenía una cierta posición social. Tenía lideranza entre los judíos y formaba parte del supremo tribunal llamado Sinedrio. En el evangelio de Juan, él representa al grupo de los judíos que eran piadosos y sinceros, pero que no llegaban a entender todo lo que Jesús hacía y hablaba. Nicodemo había oído hablar de señales, de las cosas maravillosas que Jesús hacía y quedó impresionado. El quiere conversar con Jesús para poder entender mejor. Era una persona cultivada que pensaba entender las cosas de Dios. Esperaba al Mesías con un librito de la ley en la mano para verificar si lo nuevo anunciado por Jesús estaba de acuerdo. Jesús hace percibir a Nicodemo que la única manera que alguien tiene para poder entender las cosas de Dios es ¡nacer de nuevo! Hoy acontece lo mismo. Algunos son como Nicodemo: aceptan como nuevo sólo aquello que está de acuerdo con sus propias ideas. Aquello con lo que uno no está de acuerdo se rechaza como contrario a la tradición. Otros se dejan sorprender por los hechos y no tienen miedo a decir: “¡Nací de nuevo!”
• Juan 3,1: Un hombre, llamado Nicodemo. Poco antes del encuentro de Jesús con Nicodemo, el evangelista hablaba de la fe imperfecta de ciertas personas que se interesan sólo en los milagros de Jesús (Jn 2,23-25). Nicodemo era una de estas personas. Tenía buena voluntad pero su fe era aún imperfecta. La conversación con Jesús le va a ayudar a percibir que debe dar un paso más para poder profundizar en su fe en Jesús y en Dios.
• Juan 3,2: 1ª pregunta de Nicodemo: tensión entre lo viejo y lo nuevo. Nicodemo era un fariseo, persona conocida entre los judíos y con un buen raciocinio. Se fue a encontrar a Jesús de noche y le dice: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él.” Nicodemo opina sobre Jesús desde los argumentos que él, Nicodemo, lleva dentro de sí. Esto es un paso importante, pero no basta para conocer a Jesús. Las señales que Jesús hace pueden despertar a la persona e interesarle. Pueden engendrar curiosidad, pero no engendran la entrega, en la fe. No hacen ver el Reino de Dios presente en Jesús. Por esto es necesario dar un paso más. ¿Cuál es este paso?
• Juan 3,3: Respuesta de Jesús: “Tienes que nacer de nuevo!” Para que Nicodemo pueda percibir el Reino presente en Jesús, el tendrá que percibir el Reino presente en Jesús, tendrá que nacer de nuevo, de lo alto. Aquel que trata de comprender a Jesús sólo a partir de sus propios argumentos, no consigue entenderlo. Jesús es más grande. Si Nicodemo se queda sólo con el catecismo del pasado en la mano, no va a poder entender a Jesús. Tendrá que abrir del todo su mano. Tendrá que dejar de lado sus propias certezas y seguridades y entregarse totalmente. Tendrá que escoger entre, de un lado, guardar la seguridad que le viene de la religión organizada con sus leyes y tradiciones y, de otro, lanzarse a la aventura del Espíritu que Jesús le propone.
• Juan 3,4: 2ª pregunta de Nicodemo: ¿Cómo es posible nacer de nuevo? Nicodemo no quiere dar su brazo a torcer y pregunta con una cierta ironía: “¿Cómo una persona puede nacer de nuevo siendo vieja? Podrá entrar una segunda vez en el vientre de su madre y nacer?” Nicodemo se tomó las palabras de Jesús al pie de la letra y, por esto, no entendió nada. El hubiera tenido que percibir que las palabras de Jesús tenían un sentido simbólico.
• Juan 3,5-8: Respuesta de Jesús: Nacer de lo alto, nacer del espíritu. Jesús explica lo que quiere decir nacer de lo alto, o nacer de nuevo. y “nacer del agua y del Espíritu”. Aquí tenemos una alusión muy clara al bautismo. A través de la conversación de Jesús con Nicodemo, el evangelista nos convida a hacer una revisión de nuestro bautismo. Relata las siguientes palabras de Jesús: “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. Carne significa aquello que nace sólo de nuestras ideas. Lo que nace de nosotros tiene nuestra medida. Nacer del Espíritu ¡es otra cosa! El Espíritu es como el viento. “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»

El viento tiene, dentro de sí, un rumbo, una dirección. Percibimos la dirección del viento, por ejemplo, el viento del Norte o el viento del Sur, pero no conocemos ni controlamos la causa a partir de la cual el viento se mueve en esta u otra dirección. Así es el Espíritu. “Nadie es señor del Espíritu” (Ecl 8,8). Lo que más caracteriza al viento, al Espíritu, es la libertad. El viento, el espíritu, es libre, no puede ser controlado. El actúa sobre los otros y nadie consigue actuar sobre él. Su origen es el misterio, su destino es el misterio. El barquero tiene que describir, en primer lugar, el rumbo del viento. Después tiene que colocar las velas según ese rumbo. Es lo que Nicodemo y todos nosotros debemos hacer.
• Una llave para entender mejor las palabras de Jesús sobre el Espíritu Santo. La lengua hebraica usa la misma palabra para decir viento y espíritu. Como ya dicho, el viento tiene, dentro de sí, un rumbo, una dirección: viento del Norte, viento del Sur. El Espíritu de Dios tiene un rumbo, un proyecto, que ya se manifestaba en la creación bajo la forma de una paloma que aleteaba sobre el caos (Gn 1,2). Año tras año, él renueva la faz de la tierra y coloca en movimiento la naturaleza a través de la secuencia de las estaciones (Sl 104,30; 147,18). Este mismo Espíritu está presente en la historia. Hace secar el Mar Rojo (Ex 14,21) hace pasar las codornices y las deja caer sobre el campamento (Nm 11,31). Está con Moisés y, a partir de él, se distribuye entre los líderes de la gente (Núm 11,24-25). Estaba en los líderes y los llevaba a realizar acciones libertadoras: Otoniel (Jz 3,10), Gedeón (Jue 6,34), Jefté (Jue 11,29), Sansón (Jue 13,25; 14,6.19; 15,14), Saúl (1Sm 11,6), y Débora, la profetisa (Jz 4,4). Estuve presente no grupo dos profetas e agia neles con fuerza contagiosa (1Sm 10,5-6.10). Su acción en los profeta produce envidia en los demás, pero Moisés reacciona: “¡Ojalá que Dios comunicara su Espíritu a todo el pueblo y profetizara!” (Núm 11,29).
• A lo largo de los siglos, creció la esperanza de que el Espíritu de Dios orientara al Mesías en la realización del proyecto de Dios (Is 11,1-9) y bajara sobre todo el pueblo de Dios (Ez 36,27; 39,29; Is 32,15; 44,3). La gran promesa del Espíritu se manifiesta de muchas formas en los profetas del exilio: la visión de los huesos secos, resucitados por la fuerza del Espíritu de Dios (Ez 37,1-14); la efusión del Espíritu de Dios sobre todo el pueblo (Jl 3,1-5); la visión del Mesías-Siervo que será ungido por el Espíritu para establecer el derecho en la tierra y anunciar la Buena Nueva a los pobres (Is 42,1; 44,1-3; 61,1-3). Ellos vislumbran un futuro, en que la gente, cada vez de nuevo, renace por la efusión del Espíritu (Ez 36,26-27; Sl 51,12; cf Is 32,15-20).
• El evangelio de Juan usa muchas imágenes y símbolos para significar la acción del Espíritu. Como en la creación (Gén 1,1), así el Espíritu desciende sobre Jesús “como una paloma, venida del cielo” (Jn 1,32). ¡Es el comienzo de la nueva creación! Jesús habla las palabras de Dios y nos comunica al Espíritu sin medida (Jn 3,34). Sus palabras son Espíritu y vida (Jn 6,63). Cuando Jesús se despide, dice que enviará a otro consolador, a otro defensor, para que quede con nosotros. Es el Espíritu Santo (Jn 14,16-17). A través de su pasión, muerte y resurrección, Jesús conquistó el don del Espíritu para nosotros. A través del bautismo todos nosotros recibimos este mismo Espíritu de Jesús (Jn 1,33). Cuando apareció a los apóstoles, sopló sobre ellos y dijo: “¡Recibid al Espíritu Santo!” (Jn 20,22). El Espíritu es como el agua que brota desde el interior de las personas que creen en Jesús (Jo 7,37-39; 4,14). El primer efecto de la acción del Espíritu en nosotros es la reconciliación: ” A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” (Jn 20,23). El Espíritu se nos da para que podamos recordar y entender el significado pleno de las palabras de Jesús (Jn 14,26; 16,12-13). Animados por el Espíritu de Jesús, podemos adorar a Dios en cualquier lugar (Jn 4,23-24). Aquí se realiza la libertad del Espíritu del que nos habla San Pablo: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2Cor 3,17). 

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo acostumbras reaccionar ante las novedades que se presentan? ¿Cómo Nicodemo que acepta la sorpresa de Dios?
• ¿Jesús compara la acción del Espíritu Santo con el viento (Jn 3,8). ¿Que nos revela esta comparación sobre la acción del Espíritu de Dios en mi vida? ¿Has pasado por alguna experiencia que te dio la sensación de nacer de nuevo? 

5) Oración final

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren! (Sal 34,2-3)

Recursos – Domingo III de Pascua

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al Domingo de Pascua, procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. El rito de la aspersión y la lectura del Evangelio.

Durante todo el tiempo pascual, que es un tiempo bautismal, intentad privilegiar el rito de la aspersión: bendición del agua, aspersión para recordar nuestro bautismo, pidiendo a Dios que nos mantenga fieles al Espíritu que recibimos.

El Evangelio dialogado. La escena descrita en el Evangelio de hoy se presta a una lectura dialogada: narrador, Jesús, Pedro, los discípulos, el discípulo que Jesús amaba.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Dios de nuestros Padres, a ti que resucitaste a tu Hijo Jesús, te damos gracias por el testimonio del Espíritu Santo y de los Apóstoles, que son los fundamentos de nuestra fe en Jesús, nuestro Señor y Salvador. Te pedimos, por tu Espíritu, que ilumines nuestra conciencia para que tengamos siempre el coraje de obedecerte más a ti que a los hombres.

Al final de la segunda lectura: Padre, te damos gracias con las multitudes que están junto a ti: a aquél que está sentado en el Trono y al Cordero, poder y sabiduría y fuerza, bendición, honra, gloria y alabanza por siempre. Te pedimos por nuestros hermanos que sufren y pierden el coraje en las pruebas y persecuciones. Que la visión del Cordero vencedor les permita levantar la cabeza.

Al finalizar el Evangelio: Jesús resucitado, te damos gracias por el perdón concedido a Pedro, por la continuación de la pesca que confías a tu Iglesia y por el banquete que nos preparas en la otra orilla, junto a ti. Cuando te digamos que “vamos contigo”, mantennos firmes en nuestra fe y fieles para seguirte por los caminos por los que tú nos precediste.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede elegir la Plegaria Eucarística I, en la que se alude a la introducción en la comunidad de los bienaventurados Apóstoles y Mártires, de Pedro y de Juan, de Juan Bautista…

5. Palabra para el camino.

Manifestar mi fe de bautizado…
Creer en Jesús resucitado implica testimoniarlo. Eso era verdad hace 2000 años. Todavía hoy es verdad…
En mi vida cotidiana: familia, trabajo, colegio, universidad, barrio… ¿qué arriesgo en nombre de mi fe en Cristo?
Esta semana, si la ocasión se presenta, ¿con qué palabras y con qué gestos voy a manifestar mi compromiso de bautizado?
“Pedro, ¿me amas verdaderamente?”
¡Creer es verdaderamente una historia de amor en lo cotidiano!

Comentario del 29 de abril

Las exclamaciones, lo mismo que los suspiros, suelen brotar desde lo más hondo de nosotros mismos. Son como un chorro de vida cuya presión no puede ser ya contenida. Por eso salen a la superficie como un surtidor. El evangelio nos conserva alguna de estas exclamaciones de Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. En este caso, el surtidor que brota del corazón de Cristo es una acción de gracias al Padre. Da gracias porque ha hecho a los sencillos objeto de su predilección: lo que les ha escondido a los sabios y entendidos se lo ha revelado a los sencillos. Y a Jesús eso le agrada, porque también él sintoniza con los sencillos, porque los sencillos son los que mejor han acogido su mensaje. Y como su mensaje es revelación de Dios, los que lo acogen se convierten instantáneamente en esos sencillos que tienen el privilegio de conocer lo que Dios ha querido comunicar de sí mismo y de sus planes.

Los entendidos –que pudieran serlo en cualquier ramo del saber, pero que aquí han de ser más bien los escribas o entendidos en la palabra de Dios presente en la Sagrada Escritura-, precisamente por creerse tales, es decir, por creer entender la palabra de Dios, están en peor disposición para aceptar una ulterior revelación o clarificación de este mismo Dios que no había dado aún su última palabra, pues su última palabra llegaba con Jesús. El resultado de esta cerrazón de los entendidos es que se les acaba ocultando eso mismo que les es revelado a los sencillos. Por tanto, no es que Dios haga acepción de personas discriminando entre esos pocos a quienes ha decidido revelarse y esos otros a quienes ha decidido ocultarse. No, sucede simplemente que los entendidos, precisamente por creer que entienden, se cierran a una revelación a la que permanecen abiertos los sencillos, sencillamente porque reconocen su ignorancia en este punto.

El principio de todo aprendizaje es la humildad. Y el que carece de esta base, se incapacita a sí mismo para aprender. Y cuando se trata de este tipo de conocimiento, el conocimiento del Padre, se hace mucho más necesaria la humildad. En realidad, nadie puede conocer al Padre si éste no se revela, y ello por dos razones: porque es divino –y por tanto no está al alcance de nuestros ojos ni de nuestra inteligencia- y porque es persona, y a una persona, más allá de lo que revelan sus obras, sólo se la puede conocer si ella nos muestra su interior, es decir, si se nos desvela. En el caso del Padre Dios, sólo lo puede conocer el que procede de Él como Hijo: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

El Hijo –también Dios- es nuestra vía de acceso al conocimiento del Padre. Cualquier otra vía –la de las criaturas, la de los profetas, etc.- es una vía muy limitada o imperfecta. Sólo el Hijo conoce cabalmente al Padre. Sólo él nos lo puede dar a conocer. Esa es una de las razones por las que se hizo hombre: para que, en cuanto hombre (con lenguaje humano), pudiera darnos a conocer adecuadamente al Padre del cielo. Por tanto, si queremos conocer a Dios hemos de atender a la palabra de este hombre –el Hijo encarnado- cuando nos habla de Él. En su palabra se contiene la revelación del Padre. Acoger su palabra, como hacían los sencillos, era recibir el don divino de la Verdad revelada; no acogerla, como sucedió con frecuencia entre los escribas y fariseos, era mantenerse de espaldas a esta revelación y, en definitiva, a la verdad de Dios.

Se trata de una verdad que no puede ser en ningún caso conquistada mediante la investigación o el esfuerzo racional del hombre, sino sólo acogida o rechazada. Se trata de una verdad testimoniada, y ante un testimonio sólo cabe la aceptación, el rechazo o la indiferencia, que no deja de ser sino un modo de rechazo. Ante un testimonio sólo cabe creerlo o no creerlo, aunque eso no significa que el testimonio no vaya acompañado de signos de credibilidad o de no credibilidad. Habrá más o menos razones para creer en este testimonio, pero ante el testimonio sólo cabe creer o no creer, dar crédito a lo que se nos comunica o considerarlo enteramente increíble. El testimonio de Cristo se nos presenta como la revelación que el Hijo nos hace del Padre. Los sencillos aceptaron este testimonio; los sabios y entendidos, no. Jesús, que sintoniza con el corazón de los sencillos, da gracias al Padre por semejante don. Se trata de conocimiento, pero de un conocimiento que tiene efectos saludables. El conocimiento de Dios como Padre nos hace tomar conciencia de nuestra condición de hijos. Una vez adquirida esta condición, sólo nos queda comportarnos como hijos –en relación con Dios y en relación con los hermanos- para obtener la herencia prometida a los que se mantienen hijos o perseveran como tales hasta el final.

Si aprendemos de él, que es manso y humilde de corazón, conoceremos realmente a Dios Padre, porque estaremos entre los sencillos a quienes Él se revela, pero además encontraremos nuestro descanso. Y eso a pesar de llevar yugos y cargas, porque tales cargas serán ligeras y tales yugos llevaderos, no porque no sean pesados, sino porque los llevaremos con él, es decir, con la fuerza que él nos proporciona o con el descanso reparador que él nos ofrece. La vida nos podrá encontrar muchas veces cansados y agobiados, pero con él tendremos también su alivio y nuestro descanso. Probemos a hacer la prueba y comprobaremos que él nunca defrauda.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo III de Pascua

ENCUENTRO Y MISIÓN

UN MENSAJE PARA HOY EN UN LENGUAJE DE AYER

Son muchos los cristianos a los cuales los relatos pascuales les desconciertan. En primer lugar, hay algunas discordancias entre los relatos de los diversos evangelistas. No comprenden por qué los discípulos no reconocen a Jesús si es el mismo con quien convivieron. No comprenden, así mismo, cómo Jesús, estando glorificado, pueda comer de la misma forma que quien vive en carne mortal. El evangelista nos da a entender que comió con ellos pan y pescado.

Evidentemente, los relatos, todos cargados de simbolismo, no pretenden primordialmente ser una crónica de acontecimientos pasados, sino una realidad que tiene lugar en el presente y también en el futuro. Tienen como finalidad básica anunciar a los discípulos y a sus comunidades, nostálgicos por no haber conocido al Señor, que está vivo y presente en medio de ellos, pero al que hay que reconocer con una mirada de fe (Jn 21,4). Porque está vivo y nos es cercano, podemos tener una relación personal con él, como la tuvo Pedro, como la han tenido y la tienen grandes creyentes.

Los relatos pascuales subrayan que todos los encuentros con el Señor, sea a nivel de fe personal, en la comunidad o en la celebración de la Eucaristía son, al mismo tiempo, un envío. Esto es lo que significa el símbolo de la pesca que el Señor ordena a los discípulos: “Echad la red”. La pesca es el símbolo tomado del oficio de la mayoría de los apóstoles para designar la misión de la comunidad. Cuando Jesús llama a los primeros discípulos, les dice: “Desde ahora seréis pescadores de hombres” (Me 1,17). A Pedro, que con tres contestaciones de amor borra las tres negaciones, le pide el Señor que su amor lo encarne en solicitud por sus hermanos.

La misión es esencial al ser de la comunidad cristiana. “La Iglesia existe para evangelizar” {EN 14), afirma rotundamente Pablo VI. La Iglesia no es sólo la comunidad de los que se salvan, sino que es también la que evangeliza con la palabra y el testimonio.

Es aleccionador leer en el libro de los Hechos la constatación que hace Lucas: Pedro, Felipe, Esteban, Pablo van a evangelizar impulsados por el Espíritu, no por iniciativa propia, no por libre (Hch 8,26). Pablo intenta ir a Bitinia, “pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió” (Hch 16,7).

La fe es un compromiso misionero. Tertuliano aseguraba: “El cristiano que no es un apóstol, es un apóstata”. Si la Iglesia existe para evangelizar, sabemos que quienes tienen que llevar a cabo la misión somos los cristianos, incluidos, naturalmente, los seglares, “Iglesia en el mundo”. “El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez, consigna Pablo VI. He aquí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia…”(EN 24).

EN LA NOCHE NO COGIERON NADA

Pedro, como principal del grupo, invita a sus compañeros a pescar: “Voy a pescar”. “Vamos nosotros también contigo”, le responden. Pero en toda la noche “no cogen nada”. Este detalle del evangelista lleva un mensaje subyacente alertador. Los apóstoles van a “pescar”, van a anunciar la Buena Noticia, pero por iniciativa propia, no por envío del Señor. Y van de noche. La noche, en el evangelio de Juan, representa la ausencia de Jesús, luz del mundo (Jn 8,12)… No van en su nombre, no van impulsados por el Espíritu; por eso “no cogieron nada”. El evangelista alerta a los cristianos, tanto individual como comunitariamente, a purificar las motivaciones de la acción misionera.

Deplorablemente, hay demasiadas apuestas misioneras personales, sin discernimiento, motivadas por el deseo de gratificación, de llenar el tiempo, de obtener diversas recompensas. Esto es lo que hace que estallen los conflictos, las rivalidades entre personas y grupos, de tal modo que, a veces, no sólo no se pesca nada, sino que se aleja la pesca que otros podrían pescar. Hay muchas personas de dentro y fuera de la Iglesia que se escandalizan de nuestras peleas por los primeros puestos y la hegemonía de nuestro grupo.

¿Por qué nos lamentamos con frecuencia de que nuestra labor educacional con los hijos y nuestras invitaciones a la fe “no llegan”? Porque “es de noche”, porque no está el Señor con nosotros en el ministerio, no lo hacemos “en su nombre”, desde el amor y la gratuidad, porque no lo hacemos movidos por el Espíritu, como Pedro, Pablo, Felipe, Esteban, de quien dice Lucas: “Unos cuantos de la sinagoga se pusieron a discutir con él, pero no logrando hacer frente al espíritu con que hablaba…” (Hch 6,8-11).

El evangelista señala también: “Pedro subió a la barca y arrastró la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red”. El dato está lleno de simbolismo. Por una parte, quiere proclamar que cuando se actúa en nombre de Jesús, cuando se trabaja de día, a la luz de la verdad, entonces nuestro quehacer es fecundo. El autor escribe el relato varios decenios después de la

resurrección de Jesús, cuando integran la Iglesia personas de diversas razas, culturas y condiciones; señala “ciento cincuenta y tres” porque ése era el número de naciones entonces conocido y quiere indicar la universalidad de la Iglesia. Ya no son sólo los judíos. Y señala otro dato que lleva mensaje: “Aunque eran tantos, no se rompió la red”, aunque eran de diferentes razas, culturas y condiciones, lo que suponía una

gran diversidad, no se rompía la unidad, porque la relación y la convivencia estaban marcadas por el amor fraterno. El evangelista alude, sin duda, a la unidad que reinaba en las comunidades del Imperio en las que convivían cultos e incultos, judíos y paganos, ricos y pobres, esclavos y libres, comunidades en las que, a pesar de la heterogeneidad, “tenían todos un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

EL SECRETO DEL PAN Y EL PESCADO

El grupo apostólico se encuentra con Jesús antes de salir a pescar; van a alta mar siguiendo la consigna del Maestro. Se reencuentran con el Maestro después de la pesca. Y les acompaña también en la pesca (“el Señor confirmaba el mensaje con las señales que los acompañaban” -Mc 16,20-). Jesús les prepara una comida de pan y peces asados, el pan de la Eucaristía y los peces, símbolos del cristianismo. Es precisamente en la “fracción del pan”, en el hacer memoria de la entrega martirial y la resurrección de Jesús, en la comida de fraternidad, donde los discípulos se encuentran con el Señor, se llenan de su Espíritu y se disponen así a vivir su misión de Iglesia, cada uno en el lugar a donde el Señor le envía. Se trata, naturalmente, de eucaristías que van mucho más allá del mero cumplimiento.

¿Hacia qué compromisos nos empuja el Señor? Tal vez los hemos intentado otras veces, pero de noche, sin suficiente fe en el Señor, como les ocurrió a los apóstoles. Es cuestión de intentarlo de nuevo, pero de día, impulsados por la palabra del Señor, y en comunidad como los apóstoles. Seguramente nos ocurrirá como a ellos: quedaremos asombrados de la fecundidad de nuestra acción. Nos ocurrirá lo que alguien ha dicho de un gran creyente de nuestro tiempo: No sabía que era imposible, y lo logró.

Atilano Alaiz

Jn 21, 1-19 (Evangelio – Domingo III de Pascua)

El último capítulo del Evangelio según Juan no forma parte de la obra original (la obra original terminaba con la conclusión de 20,30-31); es un texto añadido posteriormente, que presenta diferencias de lenguaje, de estilo e incluso de teología, en relación con los otros veinte capítulos del libro. Su origen no es claro; no obstante, la existencia de algunos rasgos literarios típicamente joánicos podrían hacernos pensar en un añadido realizado por los discípulos del evangelista.

En este capítulo, ya no se ofrecen noticias sobre la vida, la muerte o la resurrección de Jesús. Los protagonistas son, ahora, un grupo de discípulos, dedicados a la actividad misionera.

El autor describe la relación que esta “comunidad en misión” tiene con Jesús, reflexiona sobre el lugar de Jesús en la actividad misionera de la Iglesia y señala cuáles son las condiciones para que la misión dé frutos.

El texto está claramente dividido en dos partes.

La primera parte (vv. 1-14) es una parábola sobre la misión de la comunidad. Utiliza el lenguaje simbólico y tiene carácter de “signo”.

Comienza presentando a los discípulos: son siete. Representan a la totalidad (“siete”) de la Iglesia, comprometida en la misión y abierta a todas las naciones y a todos los pueblos.

Esta comunidad es presentada pescando: bajo la imagen de la pesca, los evangelios sinópticos representan la misión que Jesús confía a los discípulos (cf. Mc 1,17; Mt 4,19; Lc 5,10): liberar a todos los hombres que viven sumergidos en el mar del sufrimiento y de la esclavitud. Pedro preside la misión: es él el que toma la iniciativa; los otros le siguen incondicionalmente. Aquí se hace referencia al lugar preeminente que Pedro ocupaba en la animación de la Iglesia primitiva.

La pesca se realiza durante la noche. La noche es el tiempo de las tinieblas, de

la oscuridad: significa la ausencia de Jesús (“Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”, Jn 9,4-5). El resultado de la acción de los discípulos (de noche, sin Jesús) es un fracaso rotundo (“sin mí, nada podéis hacer”, Jn 15,5).

La llegada de la mañana (de la luz) coincide con la presencia de Jesús (él es la luz del mundo). Jesús no está con ellos en la barca, sino que está en tierra: él no acompaña a los discípulos en la pesca; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Concentrados en su esfuerzo inútil, los discípulos no reconocen a Jesús cuando él se presenta. El grupo está desorientado y decepcionado por el fracaso, puesto en evidencia por la pregunta de Jesús (“Muchachos, ¿tenéis pescado?”). Pero

Jesús les da indicaciones y las redes se llenan de peces: el fruto se debe a la docilidad con la que los discípulos siguen las indicaciones de Jesús. Se subraya que el éxito de la misión no se debe al esfuerzo humano, sino a la presencia viva y a la Palabra del Señor resucitado.

El sorprendente resultado de la pesca hace que un discípulo lo reconozca. Este discípulo, el discípulo amado, es aquel que está siempre cerca de Jesús, en sintonía con Jesús y el que realiza, de forma intensa, la experiencia de amor hacia él: sólo quien hace esa experiencia es capaz de leer los signos que identifican a Jesús y percibir su presencia en la vida que brota de la acción de la comunidad en misión.

Los panes con los que Jesús acoge a los discípulos en tierra son signo del amor, del servicio, de la solicitud de Jesús por su comunidad en misión en el mundo: hay aquí una alusión a la eucaristía, al pan que Jesús ofrece, a la vida con la que él continua alimentando a la comunidad en misión.

El número de los peces capturados en la red (153) es de difícil explicación. Es un número triangular, que resulta de la suma de los números uno a diecisiete. El número diecisiete no es un número bíblico. Pero el diez y el siete sí lo son: ambos simbolizan la plenitud y la universalidad. Otra explicación fue dada por San Jerónimo. Según San Jerónimo, los naturalistas antiguos distinguían 153 especies de peces: así, el número haría alusión a la totalidad de la humanidad, reunida en una misma Iglesia. En cualquier caso, significa totalidad y universalidad.

En la segunda parte del texto (vv. 15-19), Pedro confiesa por tres veces su amor a Jesús (durante la pasión, el mismo discípulo negó a Jesús por tres veces, rechazando de esa forma “embarcarse” con el “maestro” en la aventura del amor que se hace don). Pedro, recordémoslo, fue el discípulo que, en la última cena, se negó a que Jesús le lavara los pies porque, para él, el Mesías debía ser un rey poderoso, dominador, y no un rey de servicio y que entregara su vida. En ese momento, al pensar en términos de superioridad y de autoridad, Pedro mostró que aún no comprendía que la ley suprema de la comunidad de Jesús es el amor total, el amor que se hace servicio y que llega hasta la entrega de la vida. Jesús dice claramente a Pedro que quien tiene una mentalidad de dominio y de autoridad no tiene cabida en la comunidad cristiana (cf. Jn 13,6-9).

La triple confesión de amor solicitada a Pedro por Jesús corresponde, por tanto, a una invitación a que él cambie definitivamente la mentalidad. Pedro es invitado a comprender que, en la comunidad de Jesús, el valor fundamental es el amor; no existe verdadera adhesión a Jesús, si no se está dispuesto a seguir ese camino de amor y de entrega de la vida que Jesús realizó. Sólo así Pedro podrá “seguir” a Jesús(cf. Jn 21,19).

Al mismo tiempo, Jesús confía a Pedro la misión de presidir a la comunidad y de animarla; pero le invita también a descubrir dónde reside, en la comunidad cristiana, la verdadera fuente de autoridad: sólo quien ama mucho y acepta la forma del servicio y de la donación de la vida podrá presidir la comunidad de Jesús.

Considerad, para la reflexión y la actualización de la Palabra, las siguientes indicaciones:

El mensaje fundamental que brota de este texto nos invita a constatar la centralidad de Cristo, vivo y resucitado, en la misión que nos fue confiada. Podemos esforzarnos mucho y dedicar todas las horas del día al esfuerzo de cambiar el mundo; pero, si Cristo no estuviera presente, si no escucháramos su voz, si no oyéramos sus propuestas, si no estuviésemos atentos a la Palabra que él continuamente nos dirige, nuestros esfuerzos no tendrían ningún sentido y no tendrían ningún éxito duradero.

Es necesario tener la conciencia nítida de que el éxito de la misión cristiana no depende del esfuerzo humano, sino de la presencia viva del Señor Jesús.

Es preciso tener, también, la conciencia de solicitud y de amor del Señor que, continuamente, acompaña nuestros esfuerzos, los anima, los orienta y que reparte con nosotros el pan de vida.
Cuando el cansancio, el sufrimiento, el desánimo tomen posesión de nosotros, él estará allí, dándonos el aliento que nos fortalece.

Es necesario tener conciencia de su constante presencia, amorosa y vivificadora a nuestro lado y celebrarla en la eucaristía.

La figura del “discípulo amado”, que reconoce al Señor en los signos de vida que brotan de la misión comunitaria, nos invita a ser sensibles a los signos de esperanza y de vida nueva que acontecen a nuestro alrededor y a ver en ellos la presencia salvadora y vivificadora del resucitado.

Él está presente, vivo y resucitado en cualquier lugar en donde haya amor, solidaridad, donación que generan vida nueva.

El diálogo final de Jesús con Pedro llama nuestra atención hacia una dimensión esencial del discipulado: “seguir” al “maestro” es amar mucho y, por tanto, ser capaz de, como él, andar el camino del amor total hasta la entrega de la vida.

En la comunidad cristiana, lo esencial no es la exhibición de la autoridad, sino el amor que se hace servicio, a ejemplo de Jesús.
¿Las vestiduras púrpuras, los tronos, los privilegios, las dignidades, los signos de poder favorecen y hacen más visible lo esencial (el amor que se hace servicio), o alejan y asustan a los pobres y a los débiles?

Ap 5, 11-14 (2ª lectura – Domingo III de Pascua)

La segunda parte del Libro del Apocalipsis (capítulos 4-22) nos presenta aquello que podríamos llamar “una lectura profética de la historia”: el autor presenta la historia humana desde una perspectiva de esperanza, mostrando a los cristianos perseguidos por el imperio romano que no hay nada que temer pues la victoria final será de Dios y de los que se mantengan fieles a sus proyectos.

El texto que se nos propone forma parte de la visión inicial, en la que el “profeta”, Juan, nos presenta a los personajes centrales que van a intervenir en la historia humana:

Dios, transcendente y omnipotente, sentado en su trono, rodeado por el Pueblo de Dios y por toda la creación (cf. Ap 4,1-11);
después, el “libro” donde, simbólicamente, se encuentra el designio de Dios acerca de la humanidad (cf. Ap 5,1-4);

finalmente, se nos presenta al “cordero” (Jesús), aquel que detenta la totalidad del poder (“siete cuernos”) y del conocimiento (“siete ojos”); sólo él es digno de leer el libro (o sea, de revelar, de proclamar, de realizar el proyecto divino de salvación para los hombres).

El personaje fundamental de este pequeño extracto que se nos propone como segunda lectura es “el cordero”. Es un símbolo utilizado por el autor del Libro del Apocalipsis para hablar de Jesús.

El símbolo del “cordero” es un símbolo con una gran densidad teológica, que concentra y evoca tres figuras:

la del “siervo de Yahvé”, figura de inmolación, que, cuan manso cordero es llevado al matadero (Is 53,6-7; cfr. Jr 11,19; Hch 8,26-38);
la del “cordero pascual”, figura de liberación, cuya sangre fue signo eficaz de la victoria sobre la esclavitud (Ex 12,12-13.27;24,8; cfr. Jn 1,29; 1 Cor 5,7; 1 Pe 1,18-19);

y la del “cordero apocalíptico”, figura del poder real, vencedor de la muerte(esta imagen es característica de la literatura apocalíptica, donde aparece un cordero vencedor, guía del rebaño, dotado de poder y de autoridad real, cf. Primer libro de Henoc, 89,41-46; 90,6- 10.37; Testamento de José, 19,8; Testamento de Benjamín, 3,8; Targúm de Jerusalén sobre Ex 1,5).

El autor del Apocalipsis presenta, por tanto, de una manera original y sintética, la plenitud del misterio de inmolación, de liberación y de victoria regia, que corresponde a Cristo muerto, resucitado y glorificado.

El “cordero” (Cristo) es entronizado: él asumió la realeza y se sentó en el mismo trono de Dios. Ahí, recibe todo el poder y la gloria divina.

La entronización regia de Cristo, punto culminante de la aventura divino-humana de Jesús, desencadena un verdadero torrente de alabanzas: de los vivientes, de los ancianos (vv. 5-8) y de los ángeles (vv. 11-12). Y todas las criaturas (v. 13), hasta de los lugares más escondidos de la tierra, unen sus voces para alabarlo.

El Templo donde resuenan estas incesantes aclamaciones ensanchó sus límites y tiene, ahora, las dimensiones del mundo. Es una liturgia cósmica, en la que la creación entera celebra a Cristo inmolado, resucitado, vencedor y hace de él el centro del “cosmos”.

La reflexión de esta lectura puede prolongarse a partir de las siguientes líneas:

El mensaje final del Libro del Apocalipsis puede resumirse en la frase: “no tengáis miedo, nuestra liberación está a punto de llegar”. Es un mensaje “eterno”, que vitaliza nuestra fe, que renueva nuestra esperanza y que fortalece nuestra capacidad de enfrentarnos a la injusticia, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.

Ante este “cordero” vencedor, que nos trajo la liberación, los cristianos ven renovada su confianza en ese Dios salvador y liberador en quien creen.

Esta “liturgia” celebra a Cristo, aquél que venció a la muerte, que resucitó, que nos presentó el plan liberador de Dios en nuestro favor y que, hoy, continúa dando sentido a nuestros dramas y a nuestros sufrimientos, iluminando la historia humana con la luz de Dios.

¿Él es, de hecho (como esta liturgia nos lo presenta), el centro, la referencia fundamental alrededor de la cual todo se construye?
¿Somos conscientes de esta centralidad de Cristo en nuestra experiencia de fe?

¿Manifestamos nuestra gratitud, uniendo nuestra voz a la alabanza de la creación entera?

Hch 5, 27b-32. 40b-41 (1ª lectura Domingo III de Pascua)

Entre 2,1 y 8,3, el Libro de los Hechos presenta el testimonio de la Iglesia de Jerusalén acerca de Jesús. Los comentaristas llaman a los capítulos 3-5 la “sección del nombre”, pues insisten en el anuncio del “nombre” de Jesús (cf. Hch 3,6.16;4,7.10.12.30;5,28.41), esto es, del mismo Jesús (el “nombre” era un apelativo con que los judíos designaban al mismo Dios; designar a Jesús de esa forma, equivalía a decir que él era “el Señor”). Ese anuncio, hecho en condiciones de extrema dificultad (a causa de la oposición de los líderes judíos), es, sobre todo, realizado por los apóstoles.

En el texto que se nos propone, se presenta el testimonio de Pedro y el de los otros apóstoles acerca de Jesús.

Presos y liberados milagrosamente (cf. Hch 5,17-19), los apóstoles volverán al Templo para dar testimonio de Cristo resucitado (cf. Hch. 5,20-25). De nuevo hechos prisioneros, conducidos a la presencia de la suprema autoridad religiosa de la nación (el Sanedrín) y recibiendo la prohibición de dar testimonio de Jesús, los apóstoles responderán presentando un resumen del kerigma primitivo.

La cuestión principal gira alrededor del enfrentamiento entre el cristianismo naciente y las autoridades judías. La frase de Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (v. 29) debe ser vista como el tema central; define la actitud con la que los cristianos son invitados a asumir la oposición del mundo.

En cuanto al resumen doctrinal de los vv. 30-32, no presenta grandes novedades doctrinales en relación con las otras formulaciones del kerigma primitivo acerca de Jesús (presentado de forma más desarrollada en Hch 2,17-36, 3,13-26 y 10,36-43): muerte en cruz, resurrección, exaltación a la derecha de Dios, presentación como salvador y el testimonio de los apóstoles por la acción del Espíritu.

En este contexto, sobretodo se acentúa, más que en otras formulaciones, la responsabilidad del Sanedrín en el escándalo de la cruz y la contraposición entre la acción de Dios y la acción de las autoridades judías en relación con Jesús.

Por lo demás, la oposición de los hombres pone de relieve la realidad sobrehumana del mensaje y su fuerza, que no puede ser detenida, y el dinamismo de esa comunidad animada por el Espíritu.

Si Jesús encontró oponentes y murió en cruz, es natural que los apóstoles, fieles a Jesús y a su proyecto, se encuentren con la oposición de esos mismos que mataron a Jesús. Por eso, los verdaderos seguidores del proyecto de Jesús, animados por el Espíritu, están más preocupados por su fidelidad al “camino” de Jesús, que por las órdenes o intereses de los hombres, aunque sean los que mandan en el mundo.

Para reflexionar y actualizar la Palabra, considerad los siguientes datos:

La propuesta de Jesús es una propuesta liberadora, que no pacta con esquemas egoístas, injustos, opresores.
Es un mensaje que cuestiona, transformador, revolucionario, que rechaza todo lo que genere injusticia, muerte, opresión; por eso, es una propuesta que es rechazada y combatida por aquellos que dominan el mundo y que oprimen a los débiles y a los pobres.

Esto explica bien por qué el testimonio sobre Jesús (si es coherente y verdadero) no es un camino fácil de gloria, de reconocimientos, de honores, de popularidad, sino que es un camino de cruz.
No tenemos, por tanto, que admirarnos si el mensaje que proponemos y que el testimonio que damos no encuentran eco entre los que dominan el mundo; tenemos que cuestionarnos e inquietarnos si no somos molestados por aquellos que oprimen y que esclavizan a los hermanos: eso querrá decir que nuestro testimonio no es coherente con la propuesta de Jesús.

¿Cuál es nuestra actitud, en concreto, ante aquellos que “asesinan” la propuesta de Jesús y que construyen un mundo del que está ausente la forma de pensar de Dios: es de miedo, de debilidad, de sumisión, o de denuncia firme, llena de coraje y valiente?

¿Para nosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

Comentario al evangelio – 29 de abril

Hoy hacemos memoria de Catalina de Siena y la liturgia nos invita a hacer un alto en la lectura continuada de hechos de los apóstoles y del evangelio de Juan, propios de este tiempo de pascua. La primera carta de Juan reflexiona en aquello que acontece cuando en nuestra vida se contraponen realidades. Sabemos por el bautismo que estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas. Ser testigos de «la luz resucitada», tiene fuertes implicaciones para nuestra vida: los creyentes estamos llamados a dejarnos siempre iluminar por Jesús, en un mundo que parece caminar con demasiada ingenuidad.

En el texto se confronta fuertemente a aquellos que, «creyendo ser luz» se engañan a sí mismos y a los demás. Basta ser críticos frente a lo que nos ofrece la industria alimentaria y farmacéutica, a quienes no les interesa la nutrición o la salud integral de las personas. Notamos que lo que verdaderamente importante, en la sociedad de consumo, es el incremento del gran capital que sostiene al actual sistema.

En el Evangelio, los aparentemente sabios, contrapuestos a los sencillos, nos dan la clave para comprender el plan redentor de Dios. Los sabios, aferrados a sus principios y muy seguros de sí, desconfían de toda propuesta liberadora. Recibimos por parte de Jesús la invitación a optar, por un estilo de vida más sencillo (saludable), en armonía con todo lo creado. Optar por el «buen vivir» (el «sumak kawsay» de los pueblos andinos), como un plan de vida que nos haga más respetuosos para con la «madre tierra». Y como parece ser difícil el camino (porque se ha nadar a contracorriente del sistema-mundo), Jesús ora diciendo: «vengan a mí», ofreciendo todo su respaldo para los cansados y agobiados. Estamos invitados también a orar por nuestras comunidades para que no se cansen de seguir los pasos transformadores de Jesús. 

Fredy Cabrera, cmf