Homilía – Domingo III de Pascua

ENCUENTRO Y MISIÓN

UN MENSAJE PARA HOY EN UN LENGUAJE DE AYER

Son muchos los cristianos a los cuales los relatos pascuales les desconciertan. En primer lugar, hay algunas discordancias entre los relatos de los diversos evangelistas. No comprenden por qué los discípulos no reconocen a Jesús si es el mismo con quien convivieron. No comprenden, así mismo, cómo Jesús, estando glorificado, pueda comer de la misma forma que quien vive en carne mortal. El evangelista nos da a entender que comió con ellos pan y pescado.

Evidentemente, los relatos, todos cargados de simbolismo, no pretenden primordialmente ser una crónica de acontecimientos pasados, sino una realidad que tiene lugar en el presente y también en el futuro. Tienen como finalidad básica anunciar a los discípulos y a sus comunidades, nostálgicos por no haber conocido al Señor, que está vivo y presente en medio de ellos, pero al que hay que reconocer con una mirada de fe (Jn 21,4). Porque está vivo y nos es cercano, podemos tener una relación personal con él, como la tuvo Pedro, como la han tenido y la tienen grandes creyentes.

Los relatos pascuales subrayan que todos los encuentros con el Señor, sea a nivel de fe personal, en la comunidad o en la celebración de la Eucaristía son, al mismo tiempo, un envío. Esto es lo que significa el símbolo de la pesca que el Señor ordena a los discípulos: “Echad la red”. La pesca es el símbolo tomado del oficio de la mayoría de los apóstoles para designar la misión de la comunidad. Cuando Jesús llama a los primeros discípulos, les dice: “Desde ahora seréis pescadores de hombres” (Me 1,17). A Pedro, que con tres contestaciones de amor borra las tres negaciones, le pide el Señor que su amor lo encarne en solicitud por sus hermanos.

La misión es esencial al ser de la comunidad cristiana. “La Iglesia existe para evangelizar” {EN 14), afirma rotundamente Pablo VI. La Iglesia no es sólo la comunidad de los que se salvan, sino que es también la que evangeliza con la palabra y el testimonio.

Es aleccionador leer en el libro de los Hechos la constatación que hace Lucas: Pedro, Felipe, Esteban, Pablo van a evangelizar impulsados por el Espíritu, no por iniciativa propia, no por libre (Hch 8,26). Pablo intenta ir a Bitinia, “pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió” (Hch 16,7).

La fe es un compromiso misionero. Tertuliano aseguraba: “El cristiano que no es un apóstol, es un apóstata”. Si la Iglesia existe para evangelizar, sabemos que quienes tienen que llevar a cabo la misión somos los cristianos, incluidos, naturalmente, los seglares, “Iglesia en el mundo”. “El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez, consigna Pablo VI. He aquí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia…”(EN 24).

EN LA NOCHE NO COGIERON NADA

Pedro, como principal del grupo, invita a sus compañeros a pescar: “Voy a pescar”. “Vamos nosotros también contigo”, le responden. Pero en toda la noche “no cogen nada”. Este detalle del evangelista lleva un mensaje subyacente alertador. Los apóstoles van a “pescar”, van a anunciar la Buena Noticia, pero por iniciativa propia, no por envío del Señor. Y van de noche. La noche, en el evangelio de Juan, representa la ausencia de Jesús, luz del mundo (Jn 8,12)… No van en su nombre, no van impulsados por el Espíritu; por eso “no cogieron nada”. El evangelista alerta a los cristianos, tanto individual como comunitariamente, a purificar las motivaciones de la acción misionera.

Deplorablemente, hay demasiadas apuestas misioneras personales, sin discernimiento, motivadas por el deseo de gratificación, de llenar el tiempo, de obtener diversas recompensas. Esto es lo que hace que estallen los conflictos, las rivalidades entre personas y grupos, de tal modo que, a veces, no sólo no se pesca nada, sino que se aleja la pesca que otros podrían pescar. Hay muchas personas de dentro y fuera de la Iglesia que se escandalizan de nuestras peleas por los primeros puestos y la hegemonía de nuestro grupo.

¿Por qué nos lamentamos con frecuencia de que nuestra labor educacional con los hijos y nuestras invitaciones a la fe “no llegan”? Porque “es de noche”, porque no está el Señor con nosotros en el ministerio, no lo hacemos “en su nombre”, desde el amor y la gratuidad, porque no lo hacemos movidos por el Espíritu, como Pedro, Pablo, Felipe, Esteban, de quien dice Lucas: “Unos cuantos de la sinagoga se pusieron a discutir con él, pero no logrando hacer frente al espíritu con que hablaba…” (Hch 6,8-11).

El evangelista señala también: “Pedro subió a la barca y arrastró la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red”. El dato está lleno de simbolismo. Por una parte, quiere proclamar que cuando se actúa en nombre de Jesús, cuando se trabaja de día, a la luz de la verdad, entonces nuestro quehacer es fecundo. El autor escribe el relato varios decenios después de la

resurrección de Jesús, cuando integran la Iglesia personas de diversas razas, culturas y condiciones; señala “ciento cincuenta y tres” porque ése era el número de naciones entonces conocido y quiere indicar la universalidad de la Iglesia. Ya no son sólo los judíos. Y señala otro dato que lleva mensaje: “Aunque eran tantos, no se rompió la red”, aunque eran de diferentes razas, culturas y condiciones, lo que suponía una

gran diversidad, no se rompía la unidad, porque la relación y la convivencia estaban marcadas por el amor fraterno. El evangelista alude, sin duda, a la unidad que reinaba en las comunidades del Imperio en las que convivían cultos e incultos, judíos y paganos, ricos y pobres, esclavos y libres, comunidades en las que, a pesar de la heterogeneidad, “tenían todos un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

EL SECRETO DEL PAN Y EL PESCADO

El grupo apostólico se encuentra con Jesús antes de salir a pescar; van a alta mar siguiendo la consigna del Maestro. Se reencuentran con el Maestro después de la pesca. Y les acompaña también en la pesca (“el Señor confirmaba el mensaje con las señales que los acompañaban” -Mc 16,20-). Jesús les prepara una comida de pan y peces asados, el pan de la Eucaristía y los peces, símbolos del cristianismo. Es precisamente en la “fracción del pan”, en el hacer memoria de la entrega martirial y la resurrección de Jesús, en la comida de fraternidad, donde los discípulos se encuentran con el Señor, se llenan de su Espíritu y se disponen así a vivir su misión de Iglesia, cada uno en el lugar a donde el Señor le envía. Se trata, naturalmente, de eucaristías que van mucho más allá del mero cumplimiento.

¿Hacia qué compromisos nos empuja el Señor? Tal vez los hemos intentado otras veces, pero de noche, sin suficiente fe en el Señor, como les ocurrió a los apóstoles. Es cuestión de intentarlo de nuevo, pero de día, impulsados por la palabra del Señor, y en comunidad como los apóstoles. Seguramente nos ocurrirá como a ellos: quedaremos asombrados de la fecundidad de nuestra acción. Nos ocurrirá lo que alguien ha dicho de un gran creyente de nuestro tiempo: No sabía que era imposible, y lo logró.

Atilano Alaiz