Jn 21, 1-19 (Evangelio – Domingo III de Pascua)

El último capítulo del Evangelio según Juan no forma parte de la obra original (la obra original terminaba con la conclusión de 20,30-31); es un texto añadido posteriormente, que presenta diferencias de lenguaje, de estilo e incluso de teología, en relación con los otros veinte capítulos del libro. Su origen no es claro; no obstante, la existencia de algunos rasgos literarios típicamente joánicos podrían hacernos pensar en un añadido realizado por los discípulos del evangelista.

En este capítulo, ya no se ofrecen noticias sobre la vida, la muerte o la resurrección de Jesús. Los protagonistas son, ahora, un grupo de discípulos, dedicados a la actividad misionera.

El autor describe la relación que esta “comunidad en misión” tiene con Jesús, reflexiona sobre el lugar de Jesús en la actividad misionera de la Iglesia y señala cuáles son las condiciones para que la misión dé frutos.

El texto está claramente dividido en dos partes.

La primera parte (vv. 1-14) es una parábola sobre la misión de la comunidad. Utiliza el lenguaje simbólico y tiene carácter de “signo”.

Comienza presentando a los discípulos: son siete. Representan a la totalidad (“siete”) de la Iglesia, comprometida en la misión y abierta a todas las naciones y a todos los pueblos.

Esta comunidad es presentada pescando: bajo la imagen de la pesca, los evangelios sinópticos representan la misión que Jesús confía a los discípulos (cf. Mc 1,17; Mt 4,19; Lc 5,10): liberar a todos los hombres que viven sumergidos en el mar del sufrimiento y de la esclavitud. Pedro preside la misión: es él el que toma la iniciativa; los otros le siguen incondicionalmente. Aquí se hace referencia al lugar preeminente que Pedro ocupaba en la animación de la Iglesia primitiva.

La pesca se realiza durante la noche. La noche es el tiempo de las tinieblas, de

la oscuridad: significa la ausencia de Jesús (“Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”, Jn 9,4-5). El resultado de la acción de los discípulos (de noche, sin Jesús) es un fracaso rotundo (“sin mí, nada podéis hacer”, Jn 15,5).

La llegada de la mañana (de la luz) coincide con la presencia de Jesús (él es la luz del mundo). Jesús no está con ellos en la barca, sino que está en tierra: él no acompaña a los discípulos en la pesca; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Concentrados en su esfuerzo inútil, los discípulos no reconocen a Jesús cuando él se presenta. El grupo está desorientado y decepcionado por el fracaso, puesto en evidencia por la pregunta de Jesús (“Muchachos, ¿tenéis pescado?”). Pero

Jesús les da indicaciones y las redes se llenan de peces: el fruto se debe a la docilidad con la que los discípulos siguen las indicaciones de Jesús. Se subraya que el éxito de la misión no se debe al esfuerzo humano, sino a la presencia viva y a la Palabra del Señor resucitado.

El sorprendente resultado de la pesca hace que un discípulo lo reconozca. Este discípulo, el discípulo amado, es aquel que está siempre cerca de Jesús, en sintonía con Jesús y el que realiza, de forma intensa, la experiencia de amor hacia él: sólo quien hace esa experiencia es capaz de leer los signos que identifican a Jesús y percibir su presencia en la vida que brota de la acción de la comunidad en misión.

Los panes con los que Jesús acoge a los discípulos en tierra son signo del amor, del servicio, de la solicitud de Jesús por su comunidad en misión en el mundo: hay aquí una alusión a la eucaristía, al pan que Jesús ofrece, a la vida con la que él continua alimentando a la comunidad en misión.

El número de los peces capturados en la red (153) es de difícil explicación. Es un número triangular, que resulta de la suma de los números uno a diecisiete. El número diecisiete no es un número bíblico. Pero el diez y el siete sí lo son: ambos simbolizan la plenitud y la universalidad. Otra explicación fue dada por San Jerónimo. Según San Jerónimo, los naturalistas antiguos distinguían 153 especies de peces: así, el número haría alusión a la totalidad de la humanidad, reunida en una misma Iglesia. En cualquier caso, significa totalidad y universalidad.

En la segunda parte del texto (vv. 15-19), Pedro confiesa por tres veces su amor a Jesús (durante la pasión, el mismo discípulo negó a Jesús por tres veces, rechazando de esa forma “embarcarse” con el “maestro” en la aventura del amor que se hace don). Pedro, recordémoslo, fue el discípulo que, en la última cena, se negó a que Jesús le lavara los pies porque, para él, el Mesías debía ser un rey poderoso, dominador, y no un rey de servicio y que entregara su vida. En ese momento, al pensar en términos de superioridad y de autoridad, Pedro mostró que aún no comprendía que la ley suprema de la comunidad de Jesús es el amor total, el amor que se hace servicio y que llega hasta la entrega de la vida. Jesús dice claramente a Pedro que quien tiene una mentalidad de dominio y de autoridad no tiene cabida en la comunidad cristiana (cf. Jn 13,6-9).

La triple confesión de amor solicitada a Pedro por Jesús corresponde, por tanto, a una invitación a que él cambie definitivamente la mentalidad. Pedro es invitado a comprender que, en la comunidad de Jesús, el valor fundamental es el amor; no existe verdadera adhesión a Jesús, si no se está dispuesto a seguir ese camino de amor y de entrega de la vida que Jesús realizó. Sólo así Pedro podrá “seguir” a Jesús(cf. Jn 21,19).

Al mismo tiempo, Jesús confía a Pedro la misión de presidir a la comunidad y de animarla; pero le invita también a descubrir dónde reside, en la comunidad cristiana, la verdadera fuente de autoridad: sólo quien ama mucho y acepta la forma del servicio y de la donación de la vida podrá presidir la comunidad de Jesús.

Considerad, para la reflexión y la actualización de la Palabra, las siguientes indicaciones:

El mensaje fundamental que brota de este texto nos invita a constatar la centralidad de Cristo, vivo y resucitado, en la misión que nos fue confiada. Podemos esforzarnos mucho y dedicar todas las horas del día al esfuerzo de cambiar el mundo; pero, si Cristo no estuviera presente, si no escucháramos su voz, si no oyéramos sus propuestas, si no estuviésemos atentos a la Palabra que él continuamente nos dirige, nuestros esfuerzos no tendrían ningún sentido y no tendrían ningún éxito duradero.

Es necesario tener la conciencia nítida de que el éxito de la misión cristiana no depende del esfuerzo humano, sino de la presencia viva del Señor Jesús.

Es preciso tener, también, la conciencia de solicitud y de amor del Señor que, continuamente, acompaña nuestros esfuerzos, los anima, los orienta y que reparte con nosotros el pan de vida.
Cuando el cansancio, el sufrimiento, el desánimo tomen posesión de nosotros, él estará allí, dándonos el aliento que nos fortalece.

Es necesario tener conciencia de su constante presencia, amorosa y vivificadora a nuestro lado y celebrarla en la eucaristía.

La figura del “discípulo amado”, que reconoce al Señor en los signos de vida que brotan de la misión comunitaria, nos invita a ser sensibles a los signos de esperanza y de vida nueva que acontecen a nuestro alrededor y a ver en ellos la presencia salvadora y vivificadora del resucitado.

Él está presente, vivo y resucitado en cualquier lugar en donde haya amor, solidaridad, donación que generan vida nueva.

El diálogo final de Jesús con Pedro llama nuestra atención hacia una dimensión esencial del discipulado: “seguir” al “maestro” es amar mucho y, por tanto, ser capaz de, como él, andar el camino del amor total hasta la entrega de la vida.

En la comunidad cristiana, lo esencial no es la exhibición de la autoridad, sino el amor que se hace servicio, a ejemplo de Jesús.
¿Las vestiduras púrpuras, los tronos, los privilegios, las dignidades, los signos de poder favorecen y hacen más visible lo esencial (el amor que se hace servicio), o alejan y asustan a los pobres y a los débiles?