Perseguido, exaltado, misterioso. Tres aspectos de Jesús

Las lecturas de este domingo nos ofrecen tres rasgos muy distintos de Jesús.

Jesús perseguido (1ª lectura)

[Nota previa muy importante: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].

En esta lectura, Jesús es perseguido no en sí mismo, en su persona, sino en sus seguidores. Lo ocurrido en Sri Lanka hace pocos días es la versión ampliada y más trágica de lo que cuenta el libro de los Hechos. A los apóstoles los dejaron con vida; gran parte de los cristianos (y no cristianos) de Sri Lanka murieron. Los apóstoles salieron contentos de sufrir por Jesús; los de Sri Lanka seguirán llorando a sus difuntos, con el único consuelo de la fe en la resurrección. La celebración de la Pascua no anula las dificultades y angustias de muchos cristianos a lo largo del mundo.

Jesús exaltado (2º lectura)

Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”. El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos. «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»  

Jesús misterioso (evangelio)

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy. El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta. El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

[La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse. Según Plinio el Viejo, existían ciento cincuenta y tres variedades de peces. El evangelista habría querido decir que la pesca se extendió al mundo entero, abarcando a toda clase de personas. “Se non è vero, è ben trovato”.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

La mayor sorpresa para el lector, y uno de los mensajes más importantes del relato, son las palabras: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

Pedro de nuevo: humildad y misión

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “misovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

Reflexión final

Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

José Luis Sicre

I Vísperas – Domingo III de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Deténte con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Còmo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagarél al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, vida y resurrección de todos los hombres, y digámosle con fe:

Hijo de Dios vivo, protege a tu pueblo.

  • Te rogamos, Señor, por tu Iglesia extendida por todo el mundo:
    — santifícala y haz que cumpla su misión de llevar tu reino a todos los hombres.
  • Te pedimos por los hambrientos y por los que están tristes, por los enfermos, los oprimidos y los desterrados:
    — dales, Señor, ayuda y consuelo.
  • Te pedimos por los que se han apartado de ti por el error o por el pecado:
    — que obtengan la gracia de tu perdón y el don de una vida nueva.
  • Salvador del mundo, tú que fuiste crucificado, resucitaste, y has de venir a juzgar al mundo,
    — ten piedad de nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Te rogamos, Señor, por los que viven en el mundo
    — y por los que han salido ya de él, con la esperanza de la resurrección.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 4 de mayo

Tiempo de Pascua

1) Oración inicial

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Juan 6,16-21
Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaún. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido a ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis.» Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos habla del episodio de la barca en el mar agitado. Jesús se encuentra en la montaña, los discípulos en el mar y el pueblo en tierra. En la manera de describir los hechos, Juan trata de ayudar a las comunidades a descubrir el misterio que envuelve a la persona de Jesús. Lo hace evocando los textos del Antiguo Testamento que aluden al éxodo.
• En la época en que Juan escribe, el barquito de las comunidades se enfrentaba a un viento contrario tanto de parte de algunos judíos convertidos que querían reducir el misterio de Jesús a profecías y figuras del Antiguo Testamento, como de parte de algunos paganos convertidos que pensaban que fuera posible una alianza entre Jesús y el imperio.

• Juan 6,15: Jesús en la Montaña. Ante la multiplicación de los panes, la gente concluyó que Jesús debía de ser el mesías esperado. Pues, de acuerdo, con la esperanza de la época, el Mesías repetiría el gesto de Moisés de alimentar al pueblo en el desierto. Por esto, de acuerdo con la ideología oficial, el pueblo pensaba que Jesús era el mesías y, por ello, quiso hacer de él un rey (cf. Jn 6,14-15). Este llamado del pueblo era una tentación tanto para Jesús como para los discípulos. En el evangelio de Marcos, Jesús obligó a sus discípulos a embarcar inmediatamente y a ir para el otro lado del lago (Mc 6,45). Quería evitar que ellos se contaminaran con la ideología dominante. Señal de que el “fermento de Herodes y de los fariseos”, era muy fuerte (cf. Mc 8,15). Jesús, él mismo, se enfrenta con la tentación y la supera por medio de la oración en la Montaña.

• Juan 6,16-18. La situación de los discípulos. Ya era tarde. Los discípulos bajaron al mar, subieron a la barca y se dirigieron a Cafarnaún, al otro lado del mar. Juan dice que ya había oscurecido y que Jesús todavía no había venido a ellos. Además de esto, soplaba un fuerte viento y la mar había empezado a encresparse. Por un lado evoca el éxodo: atravesar el mar en medio de las dificultades. Por otro evoca la situación de las comunidades en el imperio romano: al igual que los discípulos, vivían en medio de la noche, con el viento contrario y el mar agitado y ¡Jesús parecía ausente!

• Juan 6,19-20. El cambio de situación. Jesús llega andando sobre las aguas del mar de la vida. Los discípulos tuvieron miedo. Como en el relato de los discípulos de Meaux, ellos no le reconocen (Lc 24,28). Jesús se acerca y dice: “¡Soy yo! ¡No temáis!” Aquí, de nuevo, quien conoce la historia del Antiguo Testamento, recuerda algunos hechos muy importantes: (a) Recuerda como el pueblo, protegido por Dios, atravesó sin miedo el Mar Rojo. (b) Recuerda como Dios, al llamar a Moisés, declaró su nombre diciendo: “¡Yo soy!” (cf. Ex 3,15). (c) Recuerda también el libro de Isaías que presenta el retorno del exilio como un nuevo éxodo, donde Dios aparece repitiendo numerosas veces: “¡Yo soy!” (cf. Is 42,8; 43,5.11-13; 44,6.25; 45,5-7).

• Para el pueblo de la Biblia, el mar era el símbolo del abismo, del caos, del mal (Ap 13,1). En el Éxodo, el pueblo hace la travesía para la libertad enfrentando y venciendo el mar. Dios divide el mar a través de su soplo y el pueblo lo atraviesa a pie enjuto (Es 14,22). En otros pasajes la Biblia muestra a Dios que vence el mar (Gen 1,6-10; Sal 104,6-9; Pro 8,27). Vencer el mar significa imponerle sus límites e impedir que engulla la tierra con sus olas. En este pasaje Jesús revela su divinidad dominando y venciendo el mar, impidiendo que la barca de sus discípulos sea tragada por las olas. Esta manera de evocar el Antiguo Testamento, de usar la Biblia, ayudaba a las comunidades a percibir mejor la presencia de Dios en Jesús y en los hechos de la vida. ¡No temáis!

• Juan 6,22. Llegaron al puerto deseado. Ellos quieren recoger a Jesús en la barca, pero no es necesario, porque llega a la tierra hacia donde iban. Llegan al puerto deseado. El Salmo dice: “Cambió la tempestad en suave brisa, y las olas del mar se aquietaron. Se alegraron al verlas tranquilas, y el los llevó al puerto deseado”. (Sal 107,29-30) 

4) Para la reflexión personal

• En la montaña: ¿Por qué Jesús busca la manera de quedarse solo para rezar después de la multiplicación de los panes? ¿Cuál es el resultado de su oración?
• ¿Es posible caminar hoy sobre las aguas del mar de la vida? ¿Cómo? 

5) Oración final

¡Aclamad con júbilo, justos, a Yahvé,
que la alabanza es propia de hombres rectos!
¡Dad gracias a Yahvé con la cítara,
tocad con el arpa de diez cuerdas. (Sal 33,1-2)

Pedro sabía que el maestro le volvería a perdonar

1.- LA VERDAD OS LIBERARÁ. – Una vez más están frente al Sanedrín, ante el Tribunal Supremo de justicia de Israel. Y no será la última. Después serán otros tribunales, los romanos, los griegos, los egipcios, los persas, los hispanos. Habrá sentencias, sentencias capitales, sentencias de muerte. Ya lo había dicho el Señor: «Os llevarán a los tribunales por mi nombre. No temáis, no penséis qué habéis de contestar. Yo estaré muy cerca, el Espíritu contestará por vosotros».

Es claro, se ve palpablemente que estos hombres tienen una nueva fuerza desconocida, no hay manera de hacerlos callar. Y hablan, nada menos de que Jesús de Nazaret ha resucitado, de que es el Mesías prometido por los profetas, de que han crucificado al que había de venir, al Cristo de Dios, al Ungido, al Rey de Israel. Estas palabras sacuden sus conciencias dormidas. Pero en lugar de reconocer los hechos, en lugar de arrepentirse y hacer penitencia, se empeñan en ahogar aquellas voces que proclaman la verdad. Esa verdad a veces es dura e hiriente, pero la única que salva, la verdad que nos libera. Ojalá que nosotros nunca la disimulemos ni la rechacemos, que la abracemos tal cual es, que la aceptemos plenamente. Así nuestra vida será un canto a la sinceridad, a la sencillez, a la franqueza, a la humildad.

Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Eran cuarenta varazos menos uno, descargando el golpe en seco sobre sus espadas desnudas, restallando sin piedad la dureza de sus nudos. La sangre que amorata lívidos cardenales en surco, la sangre que brota y que resbala caliente y viscosa sobre la piel. Apóstoles y mártires, enviados y testigos de excepción. Era la primera vez. En el cielo se oyó el preludio de esa sinfonía heroica y sangrienta que tantas veces terminaría en una muerte tan dolorosa como gloriosa.

Después los soltaron. Creyeron que aquel duro castigo sería suficiente para callarlos, una mordaza para sus bocas. Pero se equivocaron. Los Apóstoles, azotados y doloridos, caminaban, sin embargo, contentos, rebosantes de gozo por haber sufrido aquello por amor de Cristo. Cantando iban los mártires a la muerte del fuego, a ser devorados por las fieras. Radiantes de gozo. Era lógico que ante esto, la sangre de mártires fuera fecunda semilla de cristianos. Ir a la muerte cantando, aceptar con alegría el martirio lento de cada día, el martirio de un corazón desprendido, de un trabajo humanamente bien hecho, de un hacer lo que se pueda en favor de los demás, sin esperar ninguna recompensa terrena… Concédenos la fuerza y la gracia que necesitamos para ser mártires, testigos de la Verdad. Con una vida que convenza, que anime, que arrastre.

2.- EL DULCE CRISTO EN LA TIERRA. – Muchas veces la escena evangélica se desarrolla a la orilla del lago de Tiberíades. Sus aguas limpias y azules fueron el fondo entrañable de los encuentros de Jesús con sus discípulos. En esta ocasión la pesca ha sido infructuosa. Toda la noche rastreando el lago, sin conseguir nada. Las luces del alba descendían desde las colinas cuando divisaron en la orilla la figura de un hombre. Les pregunta a lo lejos si han cogido algo, y al contestarle que no, les dice que vuelvan a echar las redes hacia la derecha de la barca. Como un último intento, aquellos pescadores le hacen caso… Entonces, un enjambre de peces aletea dentro de las redes, cargadas como nunca. Juan mira hacia la orilla y reconoce gozoso que al Maestro.

Pedro, el que por tres veces le negó, no duda ni por un momento en ir a su encuentro. Él sabía que el Señor le amaba más que lo suficiente para perdonarle su pecado. Esa era la diferencia respecto de Judas. Éste huyó de Jesús, no creyó posible el perdón para su traición. Pedro es cierto que lloró amargamente su pecado. Pero sabía que el Maestro le volvería a perdonar. Quien le había enseñado a perdonar siete veces siete, bien podría perdonarle a él. Y no se equivocó. El Señor le acoge con el mismo cariño de siempre, le mira con la misma profunda mirada, con la misma comprensión de antes.

Lo que quizá no imaginaba Pedro es que el perdón de Jesús iba a ser tan grande, que todo sería lo mismo que antes. Lo lógico hubiera sido que el primer puesto lo ocupara otro que lo mereciera más que él, otro que al menos no hubiera renegado de su Maestro hasta jurar que no le conocía. Sin embargo, Jesús le vuelve a encomendar el cuidado de su rebaño, le entrega otra vez el poder de regir a su Iglesia, la misión excelsa de ser su vicario en la tierra, el que haga sus veces cuando él se marche a los cielos. Al mismo tiempo le profetiza las dificultades que ese papel entraña. Llegará el momento en que le perseguirán y el encarcelarán, le calumniarán y le maltratarán, lo llevarán maniatado adonde él no quisiera ir, le crucificarán en una de las colinas de Roma. La profecía se cumplió. Y se seguirá cumpliendo. Porque también hoy, lo mismo que ayer y que mañana, el Vicario de Jesús, el dulce Cristo en la tierra, sufrirá en su carne el dolor de ser fiel a su divino Maestro.

Antonio García-Moreno

Comentario del 4 de mayo

El pasaje evangélico que nos ocupa se sitúa entre el relato de la multiplicación de los panes, que abre el capítulo sexto del evangelio de san Juan, y el discurso del pan de vida tenido en Cafarnaún del mismo capítulo. Su contenido resulta a primera vista intrascendente, tan transitorio como un relato que quisiera conectar dos acontecimientos interrelacionados, pero que careciera de valor en sí mismo. Se nos habla de una travesía en barca hecha por los discípulos de Jesús en dirección a Cafarnaún. Jesús, para evitar intentos de proclamación regia por parte de una multitud asombrada por el milagro de la multiplicación de los panes, había decidido retirarse él solo a la montaña. Al parecer, había indicado a sus discípulos que marcharan por delante. Él les alcanzaría. Pues bien, era ya noche cerrada, soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando; cuando habían remado ya cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago. Esto les asustó; pero él les tranquilizó diciendo: Soy yo, no temáis. La frase puede adquirir fácilmente el valor de consigna para la vida de los seguidores de Jesús.

En la vida son muchas las cosas que infunden temor; en general todas esas cosas que nos sobrepasan o se presentan amenazantes. Puede ser la extrema violencia de un fenómeno atmosférico o sísmico como un huracán, un terremoto, un volcán en erupción, un alud de nieve o un torrente de agua incontenible; puede ser el riesgo a contraer una enfermedad contagiosa o a sufrir un accidente mortal; puede ser el temor a un severo quebranto económico, al fracaso o a la traición, a la aparición invasiva de un cáncer. ¡Estamos rodeados de tantas amenazas y somos tan frágiles, que cualquier cosa puede arrebatarnos la vida, o la salud, o la movilidad, o la fama, o la estabilidad, o el equilibrio emocional!

En semejante estado de riesgo, las palabras de Jesús pueden devolvernos la confianza. Decir: soy yo, el que es capaz de dominar tempestades, de devolver la salud a un enfermo o la vida a un muerto; el que, por proceder del cielo está por encima de todo; el que dispone de un poder creador y, por tanto, del dominio sobre la naturaleza creada; el que ha vencido a la muerte con su resurrección; el que posee la potestad de perdonar pecados y de someter demonios; decir esto: soy yo, y estoy aquí, junto a ti, para protegerte y guiarte, es sumamente tranquilizador. El que pueda oír estas palabras, confiando en ellas, podrá desterrar de su vida el temor; y no porque se sienta inmune a todo mal o a toda agresión, sino porque estará en manos del Poderoso y pase lo que pase podrá mantenerse sereno, pues no hay situación, por extrema que parezca –incluida la muerte- de la que Él no pueda rescatarnos. Este sentimiento es comparable al de ese niño que, sintiéndose solo y temblando de miedo, oye de repente resonar la voz de su padre que le dice: «soy yo», devolviéndole la tranquilidad. Hay voces que infunden paz y disuelven temores porque proceden de alguien en cuyo poder y bondad confiamos. Esa fue la voz de Jesús para sus discípulos en ciertos momentos de vacilación y de temor. Y esa es la voz de Dios para quienes creen en Él y en su cuidado amoroso o providencia. Que el Señor nos mantenga en esta confianza que pacifica nuestro espíritu.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Solo el amor cristiano nos hace hijos de Dios y hermanos del prójimo

1.- Después de comer dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amar más que estos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: apacienta mis corderos.

Es verdad que todas las virtudes cristianas nos hacen buenos cristianos y todas son necesarias. Pero es el amor cristiano el que nos define como cristianos, es decir, como hijos de Dios y hermanos de Jesucristo y del prójimo. Y es que realmente el amor cristiano incluye y engloba todas las demás virtudes humanas y cristianas: no se puede practicar la verdadera justicia cristiana sin tener amor cristiano. Y lo mismo podemos y debemos decir de las virtudes de la solidaridad cristiana, de la paz cristiana, verdad cristiana, de la defensa cristiana de la vida, en definitiva, de la santidad. Es verdad que la palabra <amor> tiene tantos significados, en el uso corriente de la lengua, como personas la pronuncian. Por eso, debemos comprender que muchas personas nos reprochen a los cristianos que hablamos mucho de amor y menos de justicia, paz y verdad. Pero la verdad es que vivir y practicar el amor cristiano es lo más difícil y e importante que puede hacer una persona cristiana. Quien no trata con justicia social a sus empleados no puede decir que tiene amor cristiano, ni es persona cristiana. Y lo mismo podemos y demos decir de todos los empresarios, los políticos, los banqueros, gobernantes, etc. Por eso, Jesús, antes de entregar a Pedro el cuidado de sus corderos y ovejas, sólo le pregunta si lo ama, porque sabe que si lo ama a él, amará también a su prójimo. También debemos deducir de este relato evangélico según san Juan que amar a Cristo y amar a Dios supone fiarse de él. Por eso, el primero en descubrir al Maestro, después de la <pesca milagrosa> fue el discípulo a quien Jesús amaba. Por tanto, si de verdad somos cristianos y amamos al Maestro, fiémonos de él en nuestra vida, cuando las cosas nos vengan bien dadas y también en las circunstancias difíciles y adversas. Un buen cristiano no puede nunca perder la confianza en Dios.

2 – Pedro y los apóstoles replicaron: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres… Salieron del sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. En boca de los apóstoles, esta frase es totalmente coherente con sus predicaciones y hechos. Ellos no eran personas violentas, sino que preferían sufrir ellos antes que hacer sufrir a los demás con sus palabras y hechos. Pero sabemos que esta frase ha sido usada muchas veces por personas fanáticas de alguna religión que defiende y protege a personas terroristas. Nosotros, los cristianos, tenemos que decir alto y claro que estamos en contra de cualquier acción y manifestación terrorista. Desde el punto de vista religioso, los cristianos tenemos la obligación de intentar convencer a los no cristianos de la verdad de nuestra religión, pero siempre con una actitud firme, pero pacífica y respetuosa con las convicciones de los demás. No debemos ser nunca indiferentes ante las creencias de los no cristianos, pero nunca agresivos. Jesús de Nazaret predicó con firmeza su evangelio y su esperanza en el reino de Dios, pero prefirió morir él por sus creencias, antes que oponerse violentamente a los que le condenaron. Lo mismo hicieron Pedro y los demás apóstoles, cuando pronunciaron la frase que estamos comentando. Por eso, decimos que estas frase, en sus labios resulta totalmente coherente.

3 – Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza… Y los ancianos se postraron y adoraron. La intención clara del autor del libro del apocalipsis fue proclamar a las Iglesias cristianas y a toda la sociedad en general que Cristo, con su pasión, muerte y resurrección, nos consiguió la salvación. Fue Cristo, el Cordero degollado, el único y verdadero autor de nuestra salvación. No fue Roma, con su poder y sus dioses, sino Cristo, el único autor de nuestra salvación. También hoy, nosotros, los cristianos del siglo XXI, seguimos afirmando lo mismo, dentro, naturalmente, de unas circunstancias políticas y culturales totalmente distintas.

Gabriel Gonzalez del Estal

El relato de la pesca

Seguimos celebrando la Pascua, la resurrección del Señor. Hoy el Evangelio nos presenta uno de los encuentros del Resucitado con sus discípulos. El relato de la pesca, con Pedro y los demás discípulos que le acompañan, el reconocimiento del Señor por parte del discípulo amado y el diálogo de Jesús con Pedro, nos muestran cómo debe ser la Iglesia y cómo ha de vivir un cristiano la alegría de la resurrección.

1. La alegría en el sacrificio. En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos cómo ya los primeros cristianos, con Pedro, eran perseguidos por seguir a Cristo. Los discípulos del Señor no pueden estar callados, necesitan comunicar a todo el mundo el Evangelio. Por ello, son perseguidos por las autoridades de aquel tiempo. Sin embargo, a pesar de la prohibición de evangelizar, los discípulos siguen anunciando a todos la alegría de la Pascua. Los discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo que recibieron en Pentecostés, son testigos de Cristo. Las autoridades mandan azotar a los cristianos por predicar en Evangelio, y termina la primera lectura diciendo que los discípulos salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Un discípulo no puede guardarse para sí la alegría de la Pascua. Aquello que hemos celebrado en la Semana Santa, y que seguimos celebrando cada Eucaristía, la muerte y la resurrección del Señor, hemos de contarlo a todos. La Iglesia existe precisamente para esto, para evangelizar. Sabemos que esto nos traerá persecución. Pero hemos de vivir contentos en medio de las dificultades, cuando las dificultades vienen por el nombre de Cristo. Este mismo mensaje lo encontramos en la segunda lectura, del libro del Apocalipsis. El Cordero degollado es Cristo, que ha dado su vida por nosotros. En el Cielo, la Iglesia triunfante adora a Cristo y canta himnos en su honor. Vivamos ya en la tierra esta alegría, contentos de tener con nosotros lo más grande: a Cristo, que ha resucitado después de dar su vida por nosotros, y que está para siempre vivo en medio de nosotros. Él nos auxilia en medio de nuestros sufrimientos.

2. La Eucaristía, comida pascual con Cristo resucitado. Cada celebración de la Eucaristía, especialmente los domingos, día de la resurrección, es celebrar la alegría de Cristo resucitado. En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús, después de resucitar, se reúne con sus discípulos y come con ellos. la pesca milagrosa es signo de los frutos que Dios nos da cuando vamos con Él. Antes de aparecerse Jesús, nos dice el Evangelio que no consiguieron nada. Pero cuando Jesús aparece, los discípulos con Pedro, signo de la Iglesia, consiguen recoger una cantidad enorme de peces. En número ciento cincuenta y tres es un número simbólico que recuerda a todas las gentes de todas las razas, pueblos y naciones. Después de la pesca, Jesús se reúne con sus discípulos y almuerza con ellos. Es símbolo del banquete eucarístico. Comer con el resucitado es un símbolo de que Cristo está vivió en medio de nosotros. Cada día, cuando celebramos la Eucaristía, celebramos este mismo banquete. Es el Señor resucitado que se nos da como alimento.

3. Llamados al amor. Después del banquete de los discípulos con Cristo, Jesús dialoga con Pedro. Es estremecedor este pasaje: si por tres veces había negado Pedro al Señor, por tres veces le pregunta el Señor a Pedro si le ama. Pedro no puede decir con toda verdad que le ama, pues es cierto que le ha negado por tres veces. Por eso, Pedro se entristece cuando la tercera vez no le pregunta si le ama, sino si le quiere. El verbo “querer” es un amor más imperfecto que el verbo “amar”. Pero a pesar de estas faltas de amor de Pedro, que por tres veces negó al Maestro, Jesús confía en él y le encomienda su rebaño. Finalmente le dice “sígueme”. Dios sólo espera de nosotros esto, que amemos. Que le amemos a Él y que amemos de verdad al prójimo. El mismo amor que Dios ha tenido por nosotros, hasta el punto de dar la vida en la cruz, es el que espera ahora de nosotros.

Que esta Pascua que estamos celebrando sea para nosotros una fiesta de alegría por la resurrección de Cristo. El Señor resucitado desea encontrarse con nosotros. Él ha preparado para su pueblo un banquete en el Cielo. Hasta entonces, la Eucaristía que celebramos es una prenda de ese banquete que nos tiene preparado. Vivamos con gozo esta fiesta del Señor resucitado, y que esta celebración no ayude a crecer cada día en el amor. El Señor cuenta con nosotros.

Francisco Javier Colomina Campos

Regalo y en abundancia

¿Quieres ver lo qué te valora un amigo? Descubre el regalo que te ofrece y, sobre todo, si te acompaña cuando más lo necesitas o nadie está a tu alcance.

Jesús Resucitado, de una forma sorprendente e inequívoca, se aparece a los discípulos y les regala una sustanciosa pesca milagrosa: de no tener nada, pasaron a tenerlo todo.

1.Como cristianos no podemos perder la esperanza. En algunos momentos, y por diversos cauces, escuchamos que el mundo está perdido. Que no hay solución. ¡Mentira! La Pascua, el paso del Señor Resucitado, nos ha dejado la fuerza y el tesón de los que creen en El. ¿Podemos decepcionar al Señor con nuestro absentismo? ¿Por qué no echar, una y otra vez, las redes de nuestras buenas voluntades allá donde pensamos que todo está acabado? ¿Qué es difícil? ¿Que el cansancio hace mella en nuestro seguimiento a Jesús?  No olvidemos que, Pedro, tres veces negó a Jesús y –a Pedro- tres veces Jesús le preguntó: ¿Me amas? En el fondo, en este domingo tercero de la Pascua, se descubre una vez más nuestra fidelidad y adhesión a Cristo. ¿Le amamos o dudamos? ¿Apostamos por Él o nos hemos echado en brazos de la tibieza?

¡Es el Señor! Y, por el Señor, antes y después, ahora, mañana y siempre nos hemos de emplear a fondo para sembrar en su nombre, para remar con El y para intentar que el mundo, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, conozcan (los que todavía no lo han escuchado), reconozcan (los que lo han olvidado) a un Cristo que trae vida, ilusión y coraje para todos.

2.Uno de los dramas que estamos padeciendo, a nivel espiritual, es que nunca la Iglesia, los sacerdotes o los agentes evangelizadores hemos empleado tantos medios y esfuerzos para incentivar el aprecio por las cosas de Dios. Hoy, con el evangelio en la mano, el Señor nos dice que no nos agobiemos por la ausencia de frutos. Tal vez, aunque nos cueste admitirlo, el reloj de Dios va a distinto ritmo que el nuestro. Nuestras horas son de sesenta minutos, nuestros años de 365 días pero, tal vez, Dios no cuenta los segundos como nosotros ni pasa las hojas del calendario como nosotros pretendemos. La Pascua, la resurrección de Cristo, nos invita a una obediencia y confianza absoluta en el Padre. Sólo así, como lo entendía Francisco de Asís al contemplar a su congregación con síntomas de decadencia, nos puede aportar un poco de calma, ilusión y serenidad. Toda la pesca no está alcance de nuestra mano ni todos los océanos son tan superficiales como quisiéramos para llegar hasta el fondo de los mismos: las personas.

Los apóstoles, como nosotros en algunos momentos, estaban a punto de renunciar a todo. La pesca había sido infructuosa, decepcionante. Se sentían abandonados y desconcertados. Sólo, cuando apareció el Señor, el panorama cambió de color.

Que también nosotros, lejos de abandonar cuando el horizonte es oscuro, imploremos, recemos y miremos al cielo buscando la mano siempre tendida de Jesús que sale en los momentos más amargos de tristeza y de dolor.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION! ¡MERECE LA PENA OBEDECER AL SEÑOR!

Javier Leoz

Al amanecer

En el epílogo del evangelio de Juan se recoge un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Cuando se redacta, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.

Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.

La pesca resulta un fracaso completo. El narrador lo subraya con fuerza: «Salieron, se embarcaron y aquella noche no pescaron nada». Vuelven con las redes vacías. ¿No es esta la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?

Con frecuencia, nuestros esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?

En este contexto de fracaso, el relato dice que «estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla». Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero «no sabían que era Jesús».

¿No es este uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística.

Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce: «¡Es el Señor!». No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad, pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús: «Señor, tú sabes que te quiero». Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa.

En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra, nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. A veces, no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza.

José Antonio Pagola