II Vísperas – Domingo III de Pascua

II VÍSPERAS

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llando
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las ciaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya..

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha d eDiso y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean peustos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Y se ha aparecido a Simón.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dijo Jesús a sus discípulos: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dijo Jesús a sus discípulos: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

  • Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
    — derrama el fuego del espíritu santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.
  • Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
    — y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.
  • Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
    — y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.
  • Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
    — para que vivamos siempre para ti, venceder inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido elevado a la derecha del padre,
    — recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

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Nadie le reconoce… pero sabían bien que era el Señor

Nuestro problema sigue siendo la experiencia pascual. Se trata de una vivencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos en los que poder meter la realidad vivida, por eso lo primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es prácticamente inexistente. Pero es lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad que está deseando que otros seres humanos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

«Se manifestó» (ephanerôsen) tiene el significado de “surgir de la oscuridad”. Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo pasado.

Situación dada.- Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual, ajenos a lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es signo de plenitud, (todas las naciones paganas). Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es estéril. El relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace de noche, no de día. Sin embargo, aquella a la que se refiere el relato se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

Lo reconocen.- La dificultad de reconocerle se manifiesta en que solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro, reflejado de un modo simbólico en la palabra «se ató». La misma que se utilizó Jn para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena. Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Solo Pedro se tira al agua, porque solo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que él les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer y es tan perceptible que no deja lugar a duda. Recuerda la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones.

La misión.- Hoy se personaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Solo una entrega a los demás, como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Solo él lo había negado. Jesús usa el verbo “agapaô” = amor. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad.

Apacentar. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar Vida. Solo puede hacerse en unión con Jesús. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión, Jesús es modelo de pastor, que se entrega por las ovejas. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô”, ¿me quieres?, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado. Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que se había forjado. Jesús no pretende ser servido sino que sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición.

Meditación

Solo el discípulo más cercano a Jesús lo reconoce.
Si vivo la presencia de Jesús, dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
No lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

Fray Marcos

Comunión en la diversidad

El evangelio de Juan se nos muestra siempre cargado de símbolos y de una gran hondura narrativa. Su complejidad es a veces difícil de desentrañar para los lectores y lectoras contemporáneos porque nuestros marcos culturales y sociales están ya muy lejos de los que estaban vigentes en el mundo en que vio la luz este texto.

Las comunidades cristianas, que están detrás de este evangelio, se fueron configurando entrono a un proyecto de discipulado en el que confluyeron diferentes corrientes no sin conflictos, tanto en su desarrollo interno como en sus relaciones con otros grupos cristianos. Este caminar fue dejando su huella a lo largo de todo el evangelio y posibilitó que los y las creyentes que sostenían su fe en estas comunidades fuesen progresivamente profundizando en la persona de Jesús de Nazaret a la luz de las tradiciones heredadas y de su fe en él.

El capítulo 21 que hoy comentamos, fue añadido cuando la obra ya estaba terminada y es signo de un proceso difícil de consenso que posibilitó a la comunidad joanica incorporarse plenamente a la corriente mayoritaria de la Iglesia naciente. Una corriente que posteriormente se denominó la Gran Iglesia y en la que se sustenta la Iglesia que conocemos hoy.

El relato de la pesca milagrosa se presenta como un escenario en el que van a confluir dos personajes que van a representar las dos corrientes cristianas que han de articularse para que las comunidades receptoras del evangelio puedan responder a los desafíos doctrinales y organizativos que están viviendo. Estas figuras son Pedro y el discípulo amado.

En el marco de un peculiar relato de aparición del Resucitado Juan pone las bases de la incorporación de las comunidades de su círculo a las que ya han reconocido a Pedro como el líder indiscutible de los comienzos cristianos. En el centro de la escena está Jesús invitando a sus compañeros galileos a un nuevo encuentro con él.

Los discípulos, decepcionados y cansados después de una pesca infructuosa, no son capaces de ver en el visitante que se acerca a la orilla al maestro con el que tantas veces compartieron la comida y la tarea. Solo uno de ellos, el discípulo amado, es capaz de recordar la voz y los gestos del Maestro. Él era el testigo central de la fe en Jesús para las comunidades destinatarias del cuarto evangelio. Y en el relato es él que confiesa la fe primero.

Sin embargo, Pedro, necesita una nueva llamada por parte del Maestro para tomar conciencia y asumir la nueva realidad que amanece en su vida tras el encuentro con el resucitado. Pedro va a ser confirmado como la figura que ha de liderar el nuevo comienzo de la primera comunidad de creyentes en Cristo.

El desarrollo de la escena, la actitud de los dos personajes centrales y la autoridad del resucitado ofrecen a las comunidades jónicas el fundamento y las razones para incorporarse al grupo mayoritario. Pero en esta incorporación no se difuminan las diferencias, sino que se reconocen los carismas diferentes y los valores que cada grupo representa. El discípulo amado cree y su fe sale fortalecida en el encuentro con el Resucitado. Pedro, arriesga un nuevo comienzo, confía en los resultados de la pesca y la pesca es milagrosa. Su fe necesita mas tiempo y más dialogo, pero se compromete con valentía en el seguimiento.

Esta experiencia vivida por las comunidades joanicas, sus desafíos iluminados por su encuentro con el Resucitado, nos hablan a nosotras y a nosotros hoy. Las diferencias enriquecen, pero solo el dialogo, el encuentro, el respeto nos permitirán reconocer nuestros dones diversos, nuestras miradas plurales, nuestros orígenes diferentes como una “pesca milagrosa” que nos hace comunidad, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza y nos constituye en testimonio auténtico de Cristo Resucitado.

Carmen Soto Varela

Comentario del 5 de mayo

El evangelio de hoy nos ofrece una de las estaciones más bellas de este via resurrectionis recorrido por los apóstoles tras su intenso via crucis. Éste les había dejado una profunda sensación de fracaso. Tras la dura experiencia de los días transcurridos en Jerusalén, los apóstoles vuelven a Galilea, su lugar de procedencia, intentando tal vez olvidar lo acaecido recientemente y recomponer los trozos de su vida destrozada; eso mismo parece llevarles hacia su antiguo estado y estilo de vida. Han iniciado un camino de retorno. Por eso, no es extraño que intenten, casi maquinalmente, recuperar su viejo oficio de pescadores, después de haber sido llamados a abandonar tal oficio para convertirse en pescadores de hombres.

Pero su intento de retorno a la vida pasada –como suele suceder tantas veces- resulta un fracaso: aquella noche no cogieron nada. Su vida había quedado marcada por Cristo, e intentar vivirla prescindiendo de él era ya imposible; sin él la vida no podía ser fecunda, ni satisfactoria; sin él, la vida carecía ya de sentido. Pero Jesús nunca se ausenta del todo; siempre se hace notar, y en las circunstancias más imprevistas. De madrugada, Jesús se acerca a la orilla, pero ellos no le reconocen. La decepción ha cerrado provisionalmente sus ojos a las cosas hermosas y buenas de la vida. Reconocer a su Maestro en semejante estado resultaba francamente difícil. Él se dirige a ellos con palabras muy humanas, pero que ponen en evidencia la esterilidad de su esfuerzo: Muchachos, ¿tenéis pescado?Después de una entera noche de trabajo no tenían siquiera un pez que ofrecer al peregrino. Ésta era la realidad de su vida sin Cristo: no tener nada que ofrecer.

Entonces Jesús les hace una pequeña indicación: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Y realmente encontraron: tal cantidad de peces que no tenían fuerzas para sacar la red. La indicación del peregrino se había revelado sumamente eficaz. La cosa no había sucedido por casualidad. Era un signo similar a los muchos que habían acompañado a Jesús a lo largo de su vida pública. Y ese signo permitió el reconocimiento de uno de sus discípulos. Es el Señor, exclamó Juan, el discípulo que Jesús tanto quería, aquel que se había distinguido por su amor al Maestro, el más ligado afectivamente a Jesús, el contemplativo, el más capaz de penetrar en el corazón de Cristo. Luego no todos le reconocieron al mismo tiempo; hubo quien le reconoció antes que los demás, siendo todos sus discípulos. Sólo el que está atento, sólo el que mira con ojos penetrantes –y tales son los ojos de la fe: ojos que ven más allá de la apariencia de las cosas el fundamento de las mismas-, sólo el que detiene su mirada repetidas veces en Jesús y en sus signos presenciales (su palabra, su eucaristía, el necesitado), puede ver al Resucitado allí donde está, porque se hace presente con la presencia que adopta en cada momento desde su condición gloriosa.

Reconocerle es sentirle vivo, cercano, activo, presente con toda su potencia y amor, y en todo momento: en el momento del fracaso y del éxito, en el momento de la prueba y de la bonanza, en el momento de la vida y de la muerte; es advertir que no estamos solos, ni siquiera cuando nos abandonan los demás, porque Jesús resucitado es la presencia amorosa siempre disponible, porque ya nada le puede impedir estar junto a nosotros y prepararnos la mesa(un trozo de pan y un pescado, distintos de los adquiridos por nosotros; enteramente suyos para nosotros) e invitarnos a ella.

Los apóstoles, quizá asustados, quizá extasiados, no se atreven a preguntarle quién es, porque saben bien que es el Señor, aunque bajo la apariencia de un simple peregrino, de un lenguaje sencillo o de un gesto de delicadeza. Al fin y al cabo ésta había sido siempre la apariencia del Maestro: la de la mansedumbre y la humildad, la de la forma de siervo. ¿Para qué más preguntas e indagaciones? No esperemos otras manifestaciones del Resucitado; no exijamos más apariciones, otras apariciones a la medida de nuestros deseos. Nosotros hoy tenemos más que aquellos apóstoles que fueron testigos de primera mano del Resucitado. Tenemos su propio testimonio, refrendado con sangre, una larga tradición de fe y de mártires que secundaron aquel primer testimonio capaz de desafiar prohibiciones y leyes por obedecer a Dios. Ésta es la respuesta que aquellos apóstoles, testigos de la Resurrección de Jesús, dieron ante sus jueces amenazantes: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

En caso de conflicto entre las leyes humanas y la ley de Dios, prevalece la voluntad de Dios. Por muy grande que sea la autoridad de los hombres, mayor es la autoridad de Dios. Por eso, ante leyes injustas, inmorales, lesivas de la vida y la integridad humana, ante leyes contrarias a la doctrina evangélica, ante prohibiciones que plantan cara a la voluntad de Dios, sólo cabe la objeción de conciencia, pues no podemos hacer lo que en conciencia consideremos contrario a la voluntad de Dios. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto se hace especialmente válido y urgente en una religiosa (pero no cristiana) como la judía, en una sociedad pagana como la romana o en una sociedad descristianizada como la nuestra, donde proliferan leyes que no tienen en cuenta ni se inspiran en criterios evangélicos. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque ello traiga consigo persecuciones, desprecios, exclusiones, sufrimientos. Que Dios nos encuentre preparados para afrontar las dificultades y oponer la objeción de conciencia si es preciso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 89. § 1. Todas las Universidades o Facultades deben presentar los propios Estatutos y los Planes de estudio de cada Facultad, revisados conforme a esta Constitución, en la Congregación para la Educación Católica antes del día 8 de diciembre de 2019.

§ 2. Para eventuales modificaciones de los Estatutos o de los Planes de estudio se deberá contar siempre con la aprobación de la Congregación para la Educación Católica.

Lectio Divina – 5 de mayo

El amor nos hace reconocer la presencia del Señor
La invitación a la Eucaristía del Resucitado
Juan 21,1-19

1. Oración inicial

Envía, oh Padre, tu santo Espíritu, para que la noche infructuosa de nuestra vida se transforme en el alba radiante en la que reconocemos a tu Hijo Jesús presente en medio de nosotros. Aletee tu Espíritu sobre las aguas de nuestro mar, como en el principio de la creación y se abran nuestros corazones a la invitación de amor del Señor, para participar en el banquete preparado de su Cuerpo y de su Palabra. Arda en nosotros, oh Padre, tu Espíritu, para que nos convirtamos en testigos de Jesús como Pedro, como Juan, como los otros discípulos y vayamos también nosotros cada día a la pesca de tu reino. Amén.

2. La palabra que el Señor me regala hoy

Antes de nada me pongo en posición de escucha leyendo con atención y amor este pasaje de Juan. Sé que es un pasaje pascual, que es una Palabra rica de luz, de presencia, de gracia; sé que es el buen alimento preparado para mí. Trato de estar atento, en la lectura, desde este primer paso para no ceder nada, para no estar en la superficie. Leo atentamente, acercando mi corazón a los personajes, a las palabras que el evangelista usa; poniendo atención a las indicaciones de los lugares, de los tiempos. Soy como Lázaro, que quiere recoger toda migaja de la mesa del Señor.

a) Lectura del texto:

1 Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
4 Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?» Le contestaron: «No.» 6 Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. 7 El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor».Cuando Simón Pedro oyó «es el Señor», se puso el vestido -pues estaba desnudo- y se lanzó al mar. 8Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
9 Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. 10 Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.» 11 Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Venid y comed.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. 13 Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. 14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Juan 21,1-1915 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» 16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» 17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. 18 «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» 19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

b) Comentario del pasaje:

Siento la necesidad, ahora, después de este primer contacto con el pasaje, de entender mejor el contexto en el que está colocado. Tomo la Biblia en mis manos y no me dejo arrastrar de las primeras impresiones superficiales: quiero ponerme a buscar y a escuchar. Estoy en el capítulo 21 de Juan, prácticamente al final del Evangelio y todo final contiene en sí todo lo que le ha precedido, todo lo que poco a poco se ha formado. Esta pesca en el mar de Tiberíades me envía con fuerza y claridad al principio del Evangelio, donde Jesús llama a los primeros discípulos, los mismos que se hayan ahora presentes aquí: Pedro, Santiago y Juan, Natanael. La comida con Jesús, el almuerzo con el pan y los peces me lleva al capítulo 6, donde se describe la gran multiplicación de los panes, la revelación del Pan de Vida. El coloquio íntimo y personal de Jesús con Pedro, su triple pregunta: “¿Me amas?” me conduce de nuevo a la noche de la Pascua, donde Pedro había negado al Señor por tres veces.

Y después, si apenas miro un poco más hacia atrás en el Evangelio, encuentro las estupendas páginas de la resurrección: la carrera de la Magdalena y de las mujeres al sepulcro en la noche, el descubrimiento de la tumba vacía, la carrera de Pedro y Juan, el inclinarse los dos sobre el sepulcro, su contemplación, su fe: encuentro todavía a los once encerrados en el cenáculo y la aparición de Jesús resucitado, el don del Espíritu, la ausencia y la incredulidad de Tomás, recuperada después por otra nueva aparición; escucho la proclamación de aquella estupenda bienaventuranza, que es para todos nosotros hoy, llamados a creer, sin haber visto.

Y después de estas cosas llego yo también aquí, sobre las aguas de este mar, en una noche sin pesca, sin nada entre las manos. Pero precisamente aquí, precisamente en este punto soy alcanzado, soy envuelto por la manifestación, por la revelación del Señor. Estoy aquí, por tanto, para reconocerlo yo también, para arrojarme en el mar y alcanzarlo, para participar en su banquete, para dejar excavar dentro de sus preguntas, de sus palabras, para que, una vez más, Él pueda repetirme: “¡Sígueme!” y yo finalmente, le diga mi “¡Aquí estoy!”, más lleno, más verdadero, válido para siempre.

c) Subdivisión del pasaje:

Caigo de pronto en la cuenta que el pasaje está formado de dos grandes escenas, a cuál más bella, que encuentran su punto de división y también de unión en los vv. 14-15 donde el evangelista pasa del trato entre Jesús y los discípulos al encuentro íntimo de Jesús con Pedro. Es un recorrido fortísimo de acercamiento al Señor, que está preparado también para mí, que en este momento me acerco a esta Palabra. Para conseguir entrar mejor aún, intento pararme en las escenas y pasajes, aunque sen mínimos, que se me presentan.

v.1: Con doble repetición del verbo “manifestarse”, Juan atrae nuestra atención sobre un hecho que está por cumplirse. La potencia de la resurrección de Jesús no ha terminado todavía de invadir la vida de los discípulos y por tanto de la Iglesia; se necesita disponerse a acoger la luz, la presencia, la salvación que Cristo nos da. Y como se manifiesta ahora en este pasaje, así continuará siempre manifestándose en la vida de los creyentes. También en la nuestra.

vv. 2-3: Pedro y los otros seis discípulos salen del encierro del cenáculo y se lanzan fuera, hacia el mar para pescar, pero después de toda una noche de fatiga, no pescan nada. Es la obscuridad, la soledad, la incapacidad de las fuerzas humanas.

vv. 4-8: Finalmente despunta el alba, vuelve la luz y aparece Jesús erguido sobre la ribera del mar. Pero los discípulos no lo reconocen todavía: tienen necesidad de realizar un camino interior muy fuerte: La iniciativa es del Señor que, con sus palabras, les ayuda a tomar conciencia de su necesidad de su condición: no tienen nada para comer. Entonces les invita a tirar otra vez la red. La obediencia a su Palabra cumple el milagro y la pesca es superabundante. Juan, el discípulo del amor, reconoce al Señor y grita su fe a los otros discípulos. Pedro se adhiere inmediatamente y se arroja al mar para alcanzar lo más pronto a su Señor y Maestro. Los otros, a su vez, se acercan, arrastrando la barca y la red.

vv. 9-14: La escena se desenvuelve en tierra firme, donde Jesús está esperando a los discípulos. Aquí se realiza el banquete: el pan de Jesús está unido a los peces de los discípulos, su vida y su don se convierte en una sola cosa con la vida y el don de ellos. Es la fuerza de la Palabra que se hace carne, se convierte en existencia.

vv. 15-18: Ahora Jesús habla directamente al corazón de Pedro; es un momento de amor muy fuerte, del que no me puedo quedar fuera, porque precisamente esas palabras del Señor son escritas y repetidas también para mí, hoy. Una declaración recíproca de amor, confirmada por tres veces, capaz de superar todas las infidelidades, las debilidades, las cesiones. Desde ahora comienza una vida nueva, para Pedro y también para mí, si lo quiero.

v. 19: Este versículo, que cierra el pasaje, es algo particular, porque presenta un comentario del evangelista y de pronto deja resonar de nuevo la palabra de Jesús para Pedro, palabra fortísima y definitiva: “¡ Sígueme!”, a la cual no hay otra respuesta que la vida misma.

3. Un momento de silencio orante

Cuando llego a este punto, me paro y recojo en mi corazón todas las palabras que he leído y escuchado. Intento hacer como María, que tomaba entre sus manos las palabras de su Señor y las confrontaba, las sopesaba, las dejaba hablar por sí misma, sin interpretaciones, ni cambios, sin quitar o añadir nada. Hago silencio, descanso en este pasaje, recorriéndolo de nuevo con el corazón.

4. Algunas preguntas

Ahora es importante que yo me deje interpelar por esta palabra, que me deje excavar dentro, que me deje alcanzar. Necesito que mi vida sea tocada por los dedos del Señor, como si fuera un instrumento que Él quisiese tocar. No debo echarme para atrás, esconderme, hacer como que todo va bien, siguiendo sólo los bellos razonamientos de la cabeza. ; es el corazón el que debe ponerse desnudo; es el alma la que debe ser alcanzada en su punto más profundo, como dice la carta a los Hebreos (4, 12).

• “Salieron y entraron en la barca” (v.3). ¿Estoy dispuesto, yo también, a hacer este recorrido de conversión? ¿Me dejo despertar por esta invitación de Jesús? ¿O prefiero seguir escondido, detrás de mis puertas cerradas por el miedo, como estaban los discípulos en el cenáculo?¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús, a dejarme enviar por Él? Hay una barca siempre para mí, hay una vocación de amor que el Señor me ha dado. ¿Cuándo me decidiré a responder de verdad?

• “Y en aquella noche no pescaron nada” (ibi.) ¿Tengo el valor de dejarme decir por el Señor que en mí existe el vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos?¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Él, de su presencia?¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar, de negar? Él lo sabe todo, me conoce hasta el fondo; ve que no tengo nada que comer; pero soy yo el que debe darse cuenta, el que debo llegarme a Él con las manos vacía, ojalá llorando, con el corazón lleno de tristeza y angustia. Si no doy este paso no surgirá la verdadera luz, el alba de mi día nuevo.

• “Echad la red a la derecha” (v.6) El Señor me habla claramente; hay un momento en el que, gracias a una persona, a un encuentro de oración, a una Palabra escuchada, yo comprendo claramente lo que debo hacer. El mandato es clarísimo: se necesita sólo escuchar y obedecer. “Echa la red a la derecha”, me dice el Señor. ¿Tengo el valor de fiarme de Él, finalmente, o quiero continuar a hacer lo que me venga a la cabeza, a tomar mis medidas? Mi red ¿quiero echarla por Él?

• “Simón Pedro… se echó al mar” No sé si podré encontrar un versículo más bello que éste. Pedro se arrojó el mismo, como la viuda en el templo arrojó todo cuanto tenía para vivir, como el endemoniado curado (Mc 5,6), como Jairo, como la hemorroisa, como el leproso, que se arrojaron a los pies de Jesús, dejándole a Él sus vidas. O como Jesús mismo, que se arrojó a tierra y oraba a su Padre (Mc 14, 35). Ahora es mi momento. ¿Quiero yo también arrojarme en el mar de la misericordia, del amor del Padre, quiero entregarle a Él toda mi vida, mi persona, mis dolores, las esperanzas, los deseos, mis pecados, mis ganas de volver a empezar? Sus brazos están preparados para recogerme, más todavía, estoy seguro: será Él quien se arroje a mi cuello, como está escrito: “El padre lo vio de lejos, corrió a su encuentro y se arrojó al cuello y lo besó”

• Traed de los peces que habéis pescado ahora” (v.10) El Señor me pide unir su alimento al mío, su vida a la mía. Y como se trata de peces, significa que el evangelista está hablando de personas, aquellas a las que el mismo Señor quiere salvar, por mi pesca. Porque por esto Él me envía. Y a su mesa, a su fiesta, Él me espera, pero espera también a todos aquellos hermanos y hermanas que en su amor Él entrega a mi vida. No puedo ir a Jesús solo. Esta palabra, por tanto, me pide si estoy dispuesto a acercarme al Señor, a sentarme a su mesa, a hacer Eucaristía con Él y si estoy dispuesto a gastar mi vida, mis fuerzas, para llevar conmigo a muchos hermanos a Él. Debo mirar mi corazón con sinceridad y descubrir mis resistencias, mis obstáculos a Él y a los demás.

• “¿Me amas tú?” (v.15) ¿Cómo hago para responder a esta pregunta? ¿Quién tiene el valor de proclamar su amor por Dios? Mientras tanto salen a relucir todas mis infidelidades, mis negaciones; porque lo que le ha sucedido a Pedro forma parte de mi vida, de mi historia. Pero no quiero que este miedo me bloquee y me haga retroceder; ¡no! Yo quiero andar con Jesús, estar con Él, quiero acercarme y decirle que, sí, yo lo amo, lo quiero mucho. Tomo prestadas las palabras de Pedro y las hago mías, me las escribo en el corazón, las repito. Las rumio, las hago respirar y vivir en mi vida y después cobro ánimo y digo delante del rostro de Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Así como soy, yo lo amo. Gracias Señor, que me pides el amor, que me esperas, que me deseas; gracias porque tú gozas con mi pobre amor.

• “Apacientas mis ovejas…Sígueme” (vv. 15.19) Bueno, el pasaje acaba así y permanece abierto, continúa hablándome. Esta es la Palabra que el Señor me entrega, para que yo la realice en mi vida, de hoy en adelante. Quiero aceptar la misión que el Señor me confía; quiero responder a su llamada y quiero seguirlo, a donde Él me lleve. Cada día, en las cosas pequeñas.

5. Una clave de lectura

El encuentro con esta Palabra de Jesús ha tocado profundamente mi corazón, mi vida y siento que no existe sólo la historia de Pedro, de Juan y de los otros discípulos, sino que existe también la mía. Quisiera que lo que se ha escrito de ellos se realizase también en mí. En particular me atrae la experiencia de Pedro, de su camino de conversión tan fuerte: comienza con la caída, con la negación y llega al sí más pleno, más luminoso al Señor Jesús. Quiero que esto suceda también en mí. Pruebo, ahora, a recorrer este pasaje estupendo, estando atento en especial al camino de Pedro, a sus movimientos, a sus reacciones. Es como un bautismo de amor.

Pedro es el primero que toma la iniciativa y anuncia a sus hermanos su decisión de salir a pescar. Pedro va hacia el mar, que es el mundo, va hacia los hermanos, porque sabe que ha sido constituido pescador de hombres (Lc 5,10) igual que Jesús, que había salido del Padre para venir a plantar su tienda en medio de nosotros. Y también Pedro es el primero en reaccionar al anuncio de Juan que reconoce a Jesús presente en la orilla: se pone el vestido y se arroja al mar. Me parecen alusiones fuertes al bautismo, como si Pedro quisiese definitivamente borrar su pasado en aquellas aguas, como hace un catecúmeno que entra en la fuente bautismal. Pedro se entrega a esta agua purificadoras, se deja curar: se arroja en ellas, llevando consigo sus presunciones, sus culpas, el peso de la negación, el llanto. Para salir hombre nuevo al encuentro de su Señor. Antes de arrojarse, Pedro se ciñe el vestido, así como Jesús antes que él se había ceñido para lavar los pies de los discípulos en la última cena. Es el vestido del siervo, del que se entrega a los hermanos y precisamente este vestido cubre su desnudez. Es el vestido mismo del Señor, que lo envuelve en su amor y su perdón. Gracias a este amor Pedro podrá salir del mar, podrá resurgir, comenzar de nuevo. También se ha dicho de Jesús que salió del agua después de su bautismo: el mismo verbo, la misma experiencia unen al Maestro y al discípulo. ¡Pedro es ya un hombre nuevo! Por esto podrá afirmar por tres veces que ama al Señor. Aunque permanezca abierta en él la herida de su triple negación, ésta no es la última palabra: sino que es precisamente aquí donde Pedro conoce el perdón del Señor y conoce su debilidad, que se le descubre como el lugar de un amor más grande. Pedro recibe amor, un amor que va bien más allá de su traición, de su caída: un amor que lo hace capaz de servir a los hermanos, de llevarlos a pastar a las praderas jugosas del Señor. Pedro se convertirá además de otras cosas en el Pastor bueno, como el mismo Jesús: también, en efecto, dará la vida por el rebaño, extenderá las manos a la crucifixión, como afirman las fuentes históricas. Crucificado con la cabeza hacia abajo, Pedro estará totalmente en esta posición, pero en el misterio de amor él se enderezará verdaderamente y llevará a cumplimiento aquel bautismo iniciado en el momento en el que se había arrojado al mar con el vestido. Se convierte entonces en un cordero que sigue al Pastor hasta la muerte.

6. Un momento de oración

Concluyo esta experiencia con la Palabra del Señor por medio de la oración de un salmo, que me ayude a hacer memoria de cuanto he escuchado y rumiado y que me acompañe, mientras vuelvo a mis ocupaciones diarias, para continuar amando.

Salmo 23

Mi alma tiene sed de Ti, Señor.

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

7. Oración final

Gracias, ¡oh Padre! por haberme acompañado más allá de la noche, hacia el nuevo alba donde me ha salido al encuentro tu Hijo Jesús. Gracias por haber abierto mi corazón a la acogida de la Palabra y haber realizado el prodigio de una pesca sobreabundante en mi vida. Gracias por el bautismo en las aguas de la misericordia y del amor, por el banquete a la orilla del mar. Gracias por mis hermanos y hermanas que se sientan siempre conmigo a la mesa del Señor Jesús, ofrecido por nosotros. Y gracias porque no te cansas de acercarte a nuestra vida y de poner a seguro nuestro corazón, Tú que sólo lo puedes curar verdaderamente. Gracias, finalmente, por la llamada que también hoy me has dirigido, diciéndome: “¡Tú, sígueme!” ¡Oh, Infinito Amor, yo quiero ir contigo, llevarte a mis hermanos!

Compartir comiendo

1.- Uno de los rincones de Tierra Santa que yo más aprecio, es el que fue el escenario del encuentro de Jesús con algunos de sus apóstoles del que nos habla el evangelio de la misa de este domingo. Os advierto que para el viajero que busca edificios impresionantes y sacarse selfies ante ellos, el lugar le decepcionará.

A la orilla occidental del lago de Tiberíades, mar de Galilea también le llamaban, Kineret es como lo conocen los israelíes hoy en día, hay una iglesita sin ninguna ambición arquitectónica. Edificada con piedra basáltica negra, la que abunda por allí, no tiene más interés que un roca que surge del suelo, frente al altar, y se eleva unos centímetros. Según la tradición allí estaba el Señor, sentado junto a un fuego donde se cocía pan y asaba un pescado.

A muy pocos metros de distancia, junto a la puerta, bajan unas gradas talladas directamente sobre la misma roca, sin ninguna pretensión decorativa, simples escalones que penetran en la superficie del agua más o menos, depende de la temporada y del año y por tanto de su nivel. La utilidad de tales peldaños era poder entrar con facilidad en la barca, que estaría fijada con algún gancho, cargar el pescado conseguido y llevárselo fuera. Dicho de otra manera: un minúsculo puerto de amarre, carga y descarga.

2.- A esta escalinata se refiere la peregrina Egeria, que visitó el lugar entre el 381-84 y escribió en su “itinerario” las vicisitudes de su viaje, diciendo: «no lejos de Cafarnaún se ven los peldaños de piedra sobre los cuales se sentó el Señor. Allí, junto al mar se encuentra un terreno cubierto de hierba abundante y muchas palmeras”. Conociendo la veracidad que en Oriente Medio, merecen las tradiciones, cuando allí estamos, sabemos que coincidimos con la descripción y nos sentimos simbólicamente acompañados del Señor. El Papa Pablo VI cuando peregrino a Tierra Santa, se acercó al lugar y se inclinó mojando sus manos en el agua emocionado. El Papa Juan-Pablo II insinuó que tal vez el sitio y sus recuerdos, merecían un edificio más solemne y de mayor tamaño, pero le contestaron que ya estaba bien, que era y continuaba siendo lugar de encuentros y confidencias sagradas, más que trofeo en honor de sucesores de Pedro.

3.- Y sí, por allí estaban media docena de discípulos, medio aburridos, cuando a Pedro se le ocurre decir que se adentra a pescar. Los otros le acompañan sin chistar. Por más que faenan nada atrapan en sus redes y así pasan la noche. Amanecía cuando oyen a un extraño que les pregunta cómo va la pesca. Interpelar en tal situación a un pescador es la más tamaña imprudencia, que siempre enoja, os lo digo por experiencia. El intruso les aconseja que vuelvan a calar las artes a la derecha de donde están ¿a quién se le ocurre dar lecciones a gente ducha del lugar? Vete a saber por qué, son dóciles a la iniciativa y con asombro observan que la red sale hinchada de pescado. No es extraño que por el lago se desplacen bancos de peces, lo que les intriga es que en tanto tiempo como lo habían hecho ellos, no hubieran acertado ni una sola vez.

4.- Intrigados miran hacia la orilla, donde todavía está el entrometido, que continúa impasible, se fijan en él y descubren que se trata del Maestro. El descubrimiento es de tal magnitud que se olvidan de lo conseguido, lo abandonan todo y se le acercan de inmediato. Resulta que no, que no les largará ningún discurso, ni explicará ni parábola alguna, como tantas veces lo había hecho por allí. Les pide pescado, ¡vaya ocurrencia! se lo traen, lo pone sobre las brasas junto al suyo, para que pronto estén a punto y les propone comer amigablemente juntos.

5.- ¿Sabríais vosotros, mis queridos jóvenes lectores, improvisar un almuerzo fraternal? Compartir, eso es lo que quiere el Señor. Como lo hizo en el Cenáculo, como lo había hecho con los discípulos de Emaús. Compartir, para confiárseles. ¿Le dais vosotros oportunidad? No estaban todos los apóstoles, no se había enviado ninguna circular de convocatoria. La reunión no estaba preparada, nadie iba a sacar acta del encuentro. Pero el corazón estaba abierto y por las heridas de sus pecados, eran conscientes de su cobarde comportamiento, penetraría suavemente su Amor.

6.- Me gusta a mí sentarme en el suelo y tratar de dejarme penetrar del Señor. He sido afortunado. Durante mi vida he repetido esta experiencia más de 15 veces, pero no es necesario estar en este lugar para preguntarle sincera y generosamente al Señor: ¿qué quieres de mí? En cualquier sitio se lo podéis preguntar, en cualquier circunstancia os puede Él manifestar los planes que para cada uno de vosotros tiene pensado. Inesperadamente, Jesús se dirige a Pedro. No voy a repetir el diálogo que se establece. Lo podéis leer, esta meticulosamente recogido y no es largo. Me contento con sugeriros, mis queridos jóvenes lectores, que en cualquier momento, tal vez junto al Sagrario, le digáis: Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero y que deseo quererte más.

7.- En el lugar al que he estado refiriéndome, al aire libre, hay un grupo escultórico realizado en bronce que recuerda que las palabras que le dirigió a Pedro, se las continúa dirigiendo a sus sucesores. Es lo que da nombre a este rincón, situado entre Cafarnaún y Tabga, el santuario que recuerda la multiplicación de los panes y los peces, milagro que se sitúa algunos metros encima, en la ladera que se empina hacia las Bienaventuranzas, tapizado su suelo por preciosos mosaicos que nadie se pierde visitar y admirar. Pero la oración es otra cosa.

Pedrojosé Ynaraja

Todo se reduce a eso

Normalmente, en el día a día, dirigimos nuestra atención a muchos temas y actividades que son las que forman el entramado de nuestra vida: la familia, el trabajo, la casa, los hijos, la parroquia, los amigos, nuestras aficiones, los temas de actualidad… Vamos pasando de una cosa a otra, a algunas les damos más importancia que a otras, hacemos planes, incluso puede que nos sintamos algo dispersos con tantas cosas que atender. Pero cuando se produce algún imprevisto, una situación de crisis, eso focaliza nuestra atención, nuestro pensamiento, nuestra acción. De tantas cosas que llenaban nuestra vida, caemos en la cuenta de que todo se reduce a eso que ha ocurrido, que esa circunstancia es lo más importante, y deja en segundo plano todo lo demás.

Estamos celebrando el tercer domingo de Pascua, y en el Evangelio hemos escuchado una nueva aparición de Jesús a sus discípulos cuando se encontraban pescando. Hemos visto que Jesús se presentó en la orilla pero los discípulos no sabían que era Jesús. Los discípulos al principio no lo reconocen: la Resurrección de Jesús no es algo que ellos se imaginan, no están predispuestos a ver al Resucitado por todas partes. A Jesús Resucitado lo reconocen al producirse de nuevo el signo de la pesca milagrosa, como el que Jesús realizó al principio de su predicación, cuando les dijo que serían “pescadores de hombres”. Y al ver el signo, ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Ahora sería el momento de recordarles su llamada, de darles instrucciones, el momento de que ellos hicieran proyectos y pensasen cómo iban a organizarse, por dónde empezar… Pero Jesús se limita a preguntar a Simón Pedro: ¿Me amas…? ¿Me quieres?

El hecho de la Resurrección es algo imprevisto que ha cambiado no sólo la vida de los discípulos, sino el curso de la Historia, pero ante ese hecho y sus múltiples implicaciones y consecuencias, todo se reduce a esto: ¿Me amas? ¿Me quieres?

Una pregunta que el Señor Resucitado también nos dirige a nosotros: después de la Semana Santa, cuando ya vamos por el tercer domingo de Pascua, ¿qué le respondemos al Señor? Quizá nuestra respuesta rápida sería también la primera que Pedro le da: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Pero a Jesús Resucitado no le debemos dar una respuesta rápida, como “para quedar bien”, sino una respuesta sincera, de corazón. A Pedro le siguen pesando las veces que negó a Jesús; no es que Jesús quiera echárselo por cara ni que necesite que Pedro le pida perdón; todo lo contrario, es el propio Pedro el que necesita tenerlo presente, y por eso terminó respondiéndole con sinceridad: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Y así es como el Señor, ahora, le puede dar el encargo: Apacienta mis ovejas.

Todo lo que ha sido la predicación de Jesús, todo lo que ha significado su Pasión, Muerte y Resurrección, se reduce a eso: ¿Me amas? La realidad de nuestras debilidades, infidelidades y pecados, el Señor la reduce a eso: ¿Me quieres?

Y nuestra respuesta no ha de ser una larga serie de propósitos de enmienda, de promesas y proyectos. Nuestra respuesta al Señor ha de reducirse también a algo muy simple pero sincero: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Porque sólo apoyándonos en el amor al Señor y confiados en su misericordia podremos “apacentar sus ovejas”, las que Él ponga en nuestro camino. 

¿Cómo estoy viviendo este tiempo de Pascua? ¿Ha supuesto un cambio para mí? ¿La Resurrección de Jesús marca mi modo de vivir lo cotidiano y mis relaciones con los demás? ¿Amo de verdad al Señor, aun con mis debilidades y pecados? ¿Qué “ovejas” debo apacentar por amor al Señor?

El que primero reconoció al Resucitado fue aquel discípulo que Jesús tanto quería. Al final, todo en la vida de fe se reduce a eso: al amor, porque Dios es amor (1Jn 4, 8). Como dice el Papa Francisco en “Christus vivit” 120: “El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie”, porque cuenta con nosotros, como con Pedro, para que, por amor, apacentemos sus ovejas.

La escena del lago: «como si allí estuvieras»

1.- Dicen los grandes maestros de la espiritualidad que la contemplación de las escenas evangélicas es una forma muy extraordinaria de orar. Ignacio de Loyola habla de asumir “como si allí estuvieras”. Y para ello, sin duda, ayuda mucho la capacidad descriptora del texto sagrado elegido. En el caso de evangelio de hoy todo es fácil porque el relato es asombrosamente descriptivo. Y es que hay una enorme plasticidad en el Evangelio de San Juan de esta tercera semana de Pascua. Es toda una escena bien contada, como en un guion para cine o televisión. Primero, Pedro dice que va a pescar. Luego, sus amigos se unen. Después, Juan ve al señor. Pedro que está desnudo se cubre y se lanza a nado. Hay en la playa hay unas brasas. Van a desayunar. El Señor Jesús que aparece ahora es algo distinto. En todos los relatos evangélicos sobre el Resucitado se observa esa diferencia. El cuerpo glorioso de Jesús contiene diferencias.

2.- Los diálogos también están ordenados muy cinematográficamente. Pero ellos van a marcar el contenido profundo de este relato evangélico. Al final, se establece la conversación –sin duda tensa y dolorosa para Pedro— entre Jesús y su futuro vicario. Las tres afirmaciones de amor obtenidas por Jesús de los labios de Pedro sirven para purgar las tres negaciones de la difícil noche del Jueves Santo. Siempre se ha interpretado este pasaje como una «regañina» de Jesús a Pedro y, sin embargo, hay que verlo como una fórmula del Sacramento de la Reconciliación. Jesús ayuda a Pedro a confesarse para que purgue y olvide su antiguo pecado. Probablemente desde ese día, Pedro no tendría escrúpulos interiores y se sintió limpio y perdonado. Y es que uno de los mayores enemigos del alma es el escrúpulo. El acto de confesarse da una vía objetiva de que los pecados han sido perdonados. Otra cosa es que Pedro recordarse con tristeza y sensación de sentirse pecador sus negaciones, pero sabiendo que la culpa había sido borrada.

3. – Volviendo al símil cinematográfico este Evangelio de San Juan es como un «flash back», un resumen final de toda la actividad de los Apóstoles. Desde su trabajo primero como pescadores, con el recuerdo de su pesca prodigiosa y abundante, hasta la comida con el maestro con la partición del pan. Ahora el Cenáculo es la bóveda del cielo y sus otros límites la tierra firme y el mar azul. Debemos de pensar, en paz y en sosiego, como fueron esos días de presencia de Jesús Resucitado en los que ya de una forma sobrenatural, el Dios hecho hombre completó la formación a sus Apóstoles. El vigor, la inteligencia, el valor que se va a ir observando en los Hechos de los Apóstoles se entiende mejor analizando ese periodo glorioso de Jesús en la tierra. Ciertamente, que la venida del Espíritu Santo será el «combustible» que impulse definitivamente a esos hombres, antiguamente ignorantes y toscos, a las más altas cotas de inteligencia y de capacidad. La clave de la transformación de los Apóstoles es también un buen argumento para nuestras meditaciones. Jesús Resucitado nos puede transformar a todos.

4.- Es fácil pues enfrentarse con la imaginación bien centrada en la escena que se nos describe a la orilla del lago de Tiberíades desde el momento en que Pedro dice a sus compañeros que se va a pescar hasta el momento final del dialogo entre Jesús y Pedro. Tal vez, nos ayude para mejor imaginar leer el texto varias veces e intentar hacernos presentes –tu yo— en esa escena como si fuéramos actores del mismo reparto, asistentes atentos a lo que ahí está pasando… Vamos pasando los días de la Pascua: la alegría y la sorpresa vive entre todos nosotros. Jesús Resucitado nos ayuda a vivir llenos de amor y esperanza, pero para obtener esos frutos hay que meterse dentro, muy dentro, de lo que allí ocurría como si estuviéramos presentes.

Ángel Gómez Escorial

Comentario al evangelio – 5 de mayo

“¡Es el Señor!”

      La pascua es al gran momento del nacimiento de la Iglesia. Sobre la experiencia de la resurrección de Jesús se levanta el edificio de la Iglesia. Los apóstoles y discípulos, que en su mayoría habían huido atemorizados a la hora de la pasión, se sienten fortalecidos por la experiencia de que Jesús, el que había muerto en la cruz, está vivo. Pero no en el sentido de que haya vuelto a “nuestra” vida. Está vivo de una forma nueva y más plena. La muerte ya no tiene poder sobre él. Más bien, Jesús ha vencido a la muerte. Dios le ha resucitado. Es lo que se expresa de una forma gloriosa en la lectura del Apocalipsis. El cielo y la tierra canta sus alabanzas al que ha vencido a la muerte. “Digno es el cordero degollado de recibir el honor y la gloria”. 

      El encuentro con Jesús se ha dado cuando los discípulos, desanimados –todo parecía haber terminado en el momento de la muerte de Jesús en cruz, ya no había lugar para más sueños ni ilusiones–, habían vuelto a sus antiguas labores. Otra vez las redes y la pesca en el lago. Otra vez las noches de trabajo para volver a la orilla con las redes vacías y el cuerpo cansado. Pero sucede lo impensable. Una figura familiar está en la orilla. Les sugiere que echen la red al otro lado de la barca. Esta vez la red se llena. Los discípulos sienten temor pero saben que esa figura familiar es Jesús. No hay duda. Cuando llegan a la orilla, les espera con el fuego encendido y el almuerzo preparado. Bendice el pan y lo reparte. Y se encuentran de nuevo comiendo con Jesús, como tantas veces cuando recorrían los caminos de Galilea, como aquella última cena en la que Jesús les dijo que su muerte era la condición para la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, aunque entonces no entendieron nada. Ahora comienzan a entender. Se les abre el entendimiento. Si Jesús está vivo, es que todas sus palabras eran verdaderas. Otra vez se les abre el corazón a la esperanza y a las ilusiones. Otra vez Jesús les dice: “Sígueme”.

      Por eso los discípulos no tienen temor en anunciar el Evangelio, la buena nueva de que Jesús ha resucitado y de que su reino es una promesa real. No es una fantasía. No es una ficción. Vale la pena arriesgarse por él. Aunque los jefes de su pueblo les prohíban hablar de Jesús, no pueden callar. Ellos son testigos de que Dios “lo exaltó haciéndolo jefe y salvador”. 

      Nosotros seguimos siendo los testigos del resucitado en nuestro mundo. Cuando nos sentimos cansados, celebramos la Eucaristía y Jesús se hace pan bendito que nos da la fuerza para seguir creyendo, para seguir proclamando el Evangelio, la alegría de sabernos salvados, la esperanza de un futuro nuevo en fraternidad. Y el compromiso para, aquí y ahora, comenzar a vivir el amor a nuestros hermanos y hermanas. 

Para la reflexión

      ¿Alguna vez me he sentido desanimado y he pensado que no vale la pena ser cristiano ni esforzarse en amar y en perdonar a todos? ¿Ha sido la Eucaristía, la Misa, el lugar donde he encontrado la fuerza para seguir adelante? ¿Qué siento cuando comulgo?

Fernando Torres, cmf