Vísperas – Lunes III de Pascua

VÍSPERAS

LUNES III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrolado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

LECTURA: Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Aleluya.

PRECES

Con espíritu gozoso, invoquemos a Cristo a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle:

Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

  • Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que ya desde ahora, con el espíritu, vivamos en tu reino,
    — donde estás sentado a la derecha del Padre.
  • Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos
    — condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de la verdad plena.
  • Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren luz en tu victoria,
    — y que tu gloriosa resurrección los consuele y los conforte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Al terminar este día, te ofrecemos nuestro homenaje, oh Cristo, luz imperecedera,
    — y te pedimos que con la gloria de tu resurrección ilumines a los que han muerto.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 6 de mayo

1) Oración inicial

¡Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino!; concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 6,22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabí, ¿cuándo has llegado aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.» Ellos le dijeron: « ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.»

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy iniciamos la reflexión sobre el Discurso del Pan de Vida (Jn 6,22-71), que se prolongará durante los próximos seis días, hasta el final de esta semana. Después de la multiplicación de los panes, el pueblo se fue detrás de Jesús. Había visto el milagro, había comido hasta saciarse y ¡quería más! No trató de buscar la señal o la llamada de Dios que había en todo esto. Cuando la gente encontró a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, tuvo con él una larga conversación, llamada el Discurso del Pan de Vida. No es propiamente un discurso, pero se trata de un conjunto de siete breves diálogos que explican el significado de la multiplicación de los panes como símbolo del nuevo Éxodo y de la Cena Eucarística.

• Es bueno tener presente la división del capítulo para poder percibir mejor su sentido:

6,1-15: el pasaje sobre la multiplicación de los panes
6,16-21: la travesía del lago, y Jesús que camina sobre las aguas
6,22-71: el diálogo de Jesús con la gente, con los judíos y con los discípulos
1º diálogo: 6,22-27  con la gente: la gente busca a Jesús y lo encuentra en Cafarnaún
2º diálogo: 6,28-34  con la gente: la fe como obra de Dios y el maná en el desierto
3º diálogo: 6,35-40  con la gente: el pan verdadero es hacer la voluntad de Dios
4º diálogo: 6,41-51  con los judíos: murmuraciones de los judíos
5º diálogo: 6,52-58  con los judíos: Jesús y los judíos
6º diálogo: 6,59-66  con los discípulos: reacción de los discípulos
7º diálogo: 6,67-71  con los discípulos: confesión de Pedro

• La conversación de Jesús con la gente, con los judíos y con los discípulos es un diálogo bonito, pero exigente. Jesús trata de abrir los ojos de la gente para que aprenda a leer los acontecimientos y descubra en ellos el rumbo que debe tomar en la vida. Pues no basta ir detrás de las señales milagrosas que multiplican el pan para el cuerpo. No de sólo pan vive el hombre. La lucha por la vida sin una mística no alcanza la raíz. En la medida en que va conversando con Jesús, la gente se queda cada vez más contrariada por las palabras de Jesús, pero él no cede, ni cambia las exigencias. El discurso parece moverse en espiral. En la medida en que la conversación avanza, hay cada vez menos gente que se queda con Jesús. Al final quedan solamente los doce, y Jesús ¡no puede confiar ni siquiera en ellos! Hoy sucede lo mismo. Cuando el evangelio empieza a exigir un compromiso, mucha gente se aleja.

• Juan 6,22-27: La gente busca a Jesús porque quiere más pan. La gente va detrás de Jesús. Ve que no ha entrado en la barca con los discípulos y, por ello, no entiende cómo ha hecho para llegar a Cafarnaúm. Tampoco entiende el milagro de la multiplicación de los panes. La gente ve lo que acontece, pero no llega a entender todo esto como una señal de algo más profundo. Se detiene en la superficie: en la hartura de la comida. Busca pan y vida, pero sólo para el cuerpo. Según la gente, Jesús hizo lo que Moisés había hecho en el pasado: alimentar a todos en el desierto, hasta la saciedad. Yendo detrás de Jesús, ellos querían que el pasado se repitiera. Pero Jesús pide a la gente que dé un paso más. Además del trabajo por el pan que perece, debe trabajar por el alimento que no perece. Este nuevo alimento lo dará el Hijo del Hombre, indicado por Dios mismo. El nos da la vida que dura por siempre. El abre para nosotros un horizonte sobre el sentido de la vida y sobre Dios.

• Juan 6,28-29: ¿Cuál es la obra de Dios? La gente pregunta: ¿Qué debemos hacer para realizar este trabajo (obra) de Dios? Jesús responde que la gran obra que Dios nos pide “es creer en aquel que Dios envió”. O sea, ¡creer en Jesús!

4) Para la reflexión personal

• La gente tenía hambre, comió el pan y buscó más pan. Buscó el milagro y no la señal de Dios que en el milagro se escondía. ¿Qué es lo que más busco en mi vida: el milagro o la señal?
• Por un momento, haz silencio dentro de ti y pregúntate: “Creer en Jesús: ¿qué significa esto para mí, bien concretamente en mi vida de cada día?”

5) Oración final

Señor, te conté mi vida y me respondiste,
enséñame tus preceptos.
Indícame el camino hacia tus mandatos
y meditaré en todas tus maravillas. (Sal 119,26-27)

Recursos – IV Domingo de Pascua

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al Domingo de Pascua, procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Palabra de apertura.

En las palabras de bienvenida, el presidente de la asamblea procure no hacer de este domingo únicamente un “domingo de las vocaciones”; es Cristo muerto y resucitado quien es festejado y cantado a lo largo de todos los domingos de Pascua.

Hoy, se nos presenta con rasgos de Pastor, que nos precede y nos guía hacia fuentes de vida. El Resucitado es el Camino, la Verdad y la Vida.

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Padre, te damos gracias por tu Hijo Jesús, que se reveló como Luz de las naciones, y por tus Apóstoles, que comunicaron esta Luz, para que tu salvación llegara hasta los confines de la tierra.
Te pedimos por todos los nuevos bautizados y por los jóvenes que vuelven a proclamar personalmente la fe de su bautismo.

Al final de la segunda lectura: Padre nuestro del cielo, te bendecimos por la multitud inmensa de todas las naciones, pueblos y lenguas, que están ante tu trono y ante el Cordero: nos unimos a la gran alabanza que ellos te dirigen.
Jesús, que eres el Cordero y el Pastor, te pedimos por las Iglesias, aún en peregrinación: condúcenos a todos juntos hacia la fuente de la vida.

Al finalizar el Evangelio: Jesús nuestro Buen Pastor, te damos gracias por tu voz que nos llama, porque tú nos conoces y nos das la vida eterna.
Te pedimos que tu Espíritu nos haga estar atentos a tu voz, para que la podamos conocer y podamos seguirte.

Que nada nos aparte de tu mano, que es la del Padre y la del Espíritu, porque vosotros sois uno.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede escoger la Plegaria Eucarística III para las circunstancias especiales, con la intercesión número 1.

5. Palabra para el camino.

En este Día Mundial de las Vocaciones, cada uno de nosotros está llamado a analizar: Mi responsabilidad en el servicio a las vocaciones en la Iglesia.

  • –  ¿Cuál es mi contribución en el servicio a las vocaciones y a la misión de la Iglesia?
  • –  ¿Algunos euros en el momento de las ofrendas?
  • –  ¿Una oración una vez al año? ¿O con más frecuencia?
  • –  Un compromiso concreto, aunque sea pequeño, en un servicio de Iglesia?
  • –  Y, si soy padre o madre, ¿trabajo por despertar una vocación eclesial posible en mis propios hijos?

Comentario del 6 de mayo

La escena se desarrolla junto al lago de Tiberíades. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embargaron y fueron a Cafanaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí? La pregunta esconde el deseo de encontrarse de nuevo con él tras haber comido pan hasta saciarse. Jesús evalúa este deseo y les dice: Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios. Jesús pone el motivo de su búsqueda en algo tan terrenal o tan carnal como haber saciado su estómago hambriento con el pan proporcionado. Al parecer ni siquiera habían reparado en el valor de signo de este hecho, quedándose en la mera satisfacción corporal.

Pero Jesús quería significar algo con aquella multiplicación de panes, que era un signo de comunión, una especie de anticipo del banquete mesiánico, y al mismo tiempo un signo de su poder y de su bondad. Me buscáis, les dice, no porque habéis visto signos, sino por la utilidad que os reportan mis acciones, la salud que os proporcionan mis palabras y mis contactos y el pan que calma vuestra hambre. Pero éste es un alimento que perece. Jesús quiere elevar sus miras y les orienta hacia otro alimento no perecedero, un alimento que perdura y que les será dadotambién por el Hijo del hombre, aquel a quien Dios ha sellado con su Espíritu. Al expresarse en estos términos, Jesús quiere abrir el apetito de sus seguidores por un alimento de otra índole, un alimento con capacidad para saciar el hambre más específicamente humana, hambre de verdad, de belleza, de unidad, de amor, de vida, en el sentido más hondo y amplio de la palabra. Se trata de un alimento que perdura y hace perdurar y que es él mismo en cuanto pan de vida o pan bajado del cielo: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida, dirá más tarde.

Jesús les habla de trabajo: Trabajad no por el alimento que perece… Al hilo de palabra tan sugerente, le preguntan: ¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? Entienden que están en este mundo, entre otras cosas, para trabajar; y que han de trabajar para comer. Pero Jesús parece sugerir la idea de un trabajo que no busca la adquisición del alimento perecedero, sino de otro tipo de alimento. Tal sería el trabajo en el que habría que empeñarse conforme al querer de Dios.

¿Cuáles son, por tanto, los trabajos que Dios quiere, y cómo ocuparse en ellos? Y Jesús les responde: Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. ¿Es que creer es un trabajo? Nadie hubiese presentado la fe como un trabajo por mucho esfuerzo que pudiera suponernos el creer. ¿No es la fe más bien un hábito o disposición que se tiene o no se tiene? ¿No es una ‘posesión’ (=actitud) donada, heredada o adquirida? Nosotros decimos que la fe es un don del mismo Dios que sale a nuestro encuentro y la provoca al salirnos al paso. Esto no impide que la fe sea también un acto (humano) de asentimiento por parte del creyente que se adhiere a la verdad propuesta o a la persona que propone el mensaje. Creer en el que Dios ha enviado no parece requerir otra cosa que este asentimiento a la persona que se presenta como enviada de Dios; por tanto, un acto de confianza en esa persona, y antes en el Dios al que representa. No se puede creer en el enviado de Dios si no se cree antes en Dios, en un Dios capaz de enviar a alguien. Pero ¿qué tiene esto de trabajo? Todo trabajo implica dedicación, derroche de energías, atención a la labor que se realiza, esfuerzo. Pues bien, Jesús parece aludir a esto cuando habla de la fe como trabajo que Dios quiere.

El mantenimiento de la fe –y la fe no se mantiene si no crece- supone dedicación y esfuerzo. Acaba siendo tarea de toda una vida. En realidad, todo lo que puede deteriorarse con el paso del tiempo –una casa, un coche, un huerto, una persona- reclama para su mantenimiento y conservación de dedicación o cuidado y esfuerzo. Si la conservación de la memoria exige un ejercicio, acompañado de esfuerzo, constante, también y con más razón la fe. La fe se conserva y crece ejercitándola, dedicándole tiempo, alimentándola con palabras, lecturas, razonamientos favorables, protegiéndola frente a las amenazas, defendiéndola de las agresiones. La fe tiene el valor de una vida –o ser vivo- que requiere cuidados, atenciones y protecciones, sobre todo cuando se encuentra en su fase más infantil o tierna. Y todo eso es trabajo: los trabajos de la fe. Si no queremos perderla, trabajemos por ella y estaremos trabajando por el alimento que perdura para la vida eterna. Muchos de los que han perdido la fe bautismal –una simple semilla-, la perdieron porque no le prestaron ninguna atención, porque dejaron de trabajar en ella muy pronto, ya que dejó de interesarles a una edad demasiado temprana, cuando apenas habían entrado en la pubertad o la adolescencia. Recuperar el interés por la fe es crucial para mantenerla suficientemente viva. Sólo una fe viva nos puede ser útil para afrontar las inevitables situaciones de sufrimiento y muerte con las que nos encontraremos, lo queramos o no.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Veritatis gaudium – Francisco I

Artículo 90. En todas las Facultades deben ordenarse los estudios, de manera que los alumnos puedan conseguir los grados académicos según las normas de esta Constitución, quedando a salvo los derechos anteriormente adquiridos por los mismos estudiantes.

Homilía – IV Domingo de Pascua

EL PASTOR Y LA COMUNIDAD

LA COMUNIDAD, PROYECTO DE JESÚS

Jesús asume la alegoría del pastor y el rebaño, con la que expresan los profetas la relación de Dios con su pueblo, para significar su relación con la comunidad. Él es el Pastor encarnado, en todo semejante a sus ovejas menos en el pecado (Hb 4,15). «Padre santo, protege a los que me has confiado» (Jn 17,11). Con esta alegoría, Jesús quiere comunicarnos el mensaje de que su proyecto es la comunidad. Y quiere poner de manifiesto cuales son sus relaciones con cada miembro y cuales han de ser nuestros comportamientos dentro de ella. En este tiempo de Pascua, la palabra de Dios pone de relieve que Jesús es el pastor que vive, que sigue estando en medio de los suyos, siendo vínculo de unidad, creando comunión en ella.

Jesús no es el hombre-Dios que realizó su aventura y pasó a la historia. Él sigue siendo el «único» Pastor de su comunidad a la que alimenta con su palabra y con su cuerpo. Ha constituido a algunos como servidores de sus hermanos que guían y animan a la comunidad «en su nombre» y siempre en referencia a él. Con su palabra y con los hechos, Jesús deja

bien claro cual es su intención: «Le dio pena porque eran como ovejas dispersas sin pastor» (Me 6,34). «Tengo otras ovejas que no son de este redil; tengo que atraerlas para que escuchen mi voz y haya un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). En el momento culminante de la última cena oró ardientemente: «Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17,23).

Pero Jesús pone todavía más de manifiesto cual es su proyecto con los hechos. Ya al comienzo de su ministerio de profeta itinerante reúne a sus discípulos para que convivieran como amigos. Con algunos convive como en familia. Marcos escribe: «Llamó a algunos para que convivieran con él» (Me 3,13). Porque los discípulos entendieron bien el mensaje de

Jesús, después de la desbandada de su pasión y muerte, al reencontrarse con él resucitado, se congregan de nuevo para convivir como hermanos. «En el grupo de los creyentes, escribe Lucas, todos tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

Éste es el único cristianismo posible: el cristianismo comunitario. Ch. Peguy lo decía muy gráfica y ardientemente: «Ésta es nuestra religión: aceptar la fraternidad, vivir la fraternidad». Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos. La Iglesia es la «mesa familiar» en la que todos comen de la misma sopera. Y Dios preside la comida paternalmente. Él nos tomó la delantera en el amor.

Ya en el siglo IV se hizo famoso un dicho de san Cipriano. Haciendo un juego de palabras latinas decía: «Ullus christianus, nullus christianus». Traducido significa: «Un solo cristiano no es ningún cristiano». Es decir, un cristiano en solitario es un imposible. Es como una abeja sola; no puede existir; se muere inexorablemente. Afirma rotundamente el Vaticano II: «Dios ha querido salvar a los hombres en comunidad». Más claro, imposible.

TRAICIÓN A LA TRADICIÓN

Es evidente que, con nuestro cristianismo masificado, los cristianos, en una gran mayoría, hemos traicionado la herencia de Jesús. Fijaos qué contradicción. Ora Jesús: «¡Que sean uno para que el mundo crea!» (Jn 17,23). Es decir: Te pido que vivan la amistad, que vivan en comunión, en comunidad, para que los hombres se sientan atraídos por el milagro de su convivencia fraterna. Pues bien, he aquí unos datos que nos hablan de que muchos que están dentro se marchan porque no encuentran la alegría de esa fraternidad que Jesús nos pide. Ya en encuestas de hace quinquenios, las respuestas a porqué tantos cristianos latinoamericanos transmigraban a las sectas era, según el 92% de los encuestados, porque «en los nuevos grupos encontramos amistad», «se preocupan de nosotros», «todos nos queremos como hermanos», «nos ayudamos mucho». Juan Pablo II, en su visita a Tabasco (México), donde tantos han dejado la Iglesia para integrarse en las sectas, vino a decir que comprendía su elección, pero que esperaba su retorno con los brazos abiertos. Un famoso documento vaticano sobre las sectas reconoce: «Mientras los nuevos movimientos religiosos se presentan en comunidades fraternas… nuestra vida cultual es demasiado fría y masificada, en la que los fieles se comportan como simples espectadores de un culto que no les entusiasma».

Muchos de los que hoy se llaman «cristianos», como los contemporáneos de Jesús, andan dispersos «como ovejas sin pastor» (Me 6,34), viven un cristianismo «por libre» (¡un absurdo!), practican una religiosidad individualista (contrapuesta al Evangelio, que es el anuncio de la fraternidad). Son clientes más que miembros vivos de la Iglesia. Lo que Jesús espera de nosotros, por nuestro bien y el de los demás, es que creemos espacios de fraternidad.

Este paso del vivir egoísta al convivir fraterno se hace posible cuando uno se acerca al Maestro y se siente amado personalmente por él. La parábola del buen pastor quiere dejar esto bien claro. Jesús no es el político que nos quiere a bulto, sin conocernos, en medio de una enorme masa anónima. Asegura que nos llama por nuestro nombre (Jn 10,3), nos ama personalmente y ha dado la vida por cada uno de nosotros con un amor explícito, como si cada uno fuera su único hermano. Así lo dijo Pablo y así lo puede decir cada uno de nosotros: «Me amó y se entregó por mí». Negarse a convivir fraternalmente sería hacer fracasar radicalmente el proyecto de Jesús, negarle nuestra respuesta a su amor.

Pero, ¿qué se requiere para formar parte de la comunidad de Jesús? Él lo expresa con toda claridad: «Mis ovejas obedecen mi voz» (Jn 10,27). Pertenecer a la comunidad de Jesús supone participar de su propio espíritu. Y ese espíritu se nos comunica mediante su palabra. «Éstos son mi madre y mis hermanos: los que escuchan mi palabra y la ponen por obra» (Lc 8,20). Podemos decir que discípulos de Jesús son quienes escuchan sus bienaventuranzas, las asimilan y las viven. «No basta decir: ¡Señor, Señor!; es preciso hacer la voluntad del Padre» (Mt 7,21), seguirle como Maestro (Jn 10,4-5).

Los verdaderos cristianos son aquellos que sirven a los hermanos. Esto tiene un nombre: caridad, amor incondicional. «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

 

TODOS VOSOTROS SOIS HERMANOS

En la comunidad de Jesús no hay lugar para el clasismo, ni niveles de superioridad. En ella nadie es más que nadie. ¡Qué bellamente expresaba san Agustín su relación fraterna con los miembros de su diócesis: «Con vosotros soy cristiano; para vosotros soy obispo. Aquél es el nombre de la dignidad, éste el nombre de la responsabilidad».

El gran drama de la Iglesia no es la escasez de vocaciones sacerdotales, sino la pasividad de los seglares. La Iglesia es un gran cuerpo parapléjico en el que la cabeza lo es todo. Alguien ha dicho certeramente que los seglares han pasado de un pueblo «de» sacerdotes a un pueblo «de los» sacerdotes. No es esto ni mucho menos el proyecto de Jesús ni es tampoco lo que nos quiere decir la alegoría del buen pastor. «En la vida -afirma el filósofo cristiano Gabriel Marcel- no hay sino un dolor: Estar solo». Por eso, la comunidad es, sin duda, el lugar de la alegría.

Atilano Alaiz

Jn 10, 27-30 (Evangelio IV Domingo de Pascua)

El capítulo 10 del Cuarto Evangelio está dedicado a la catequesis del Buen Pastor. El autor utiliza esta imagen para presentar la misión de Jesús: la obra del “mesías” consiste en conducir al hombre a verdes pastos y a fuentes cristalinas de donde brota la vida en plenitud.

La imagen del Buen Pastor no fue inventada por el autor de este Evangelio. Literariamente hablando, este discurso simbólico está construido con materiales provenientes del Antiguo Testamento.

En especial, este discurso tiene presente a Ez 34 donde se encuentra la clave para comprender la metáfora del pastor y del rebaño. Hablando a los exiliados en Babilonia, Ezequiel constata que los líderes de Israel habían sido, a lo largo de la historia, falsos pastores que condujeron al Pueblo por caminos de muerte y de desgracia; pero, dice Ezequiel, el mismo Dios va, ahora, a asumir la conducción de su Pueblo; él pondrá al frente de su Pueblo un Buen Pastor (mesías), que lo librará de la esclavitud y lo conducirá a la vida.

La catequesis que el Cuarto Evangelio nos ofrece del Buen Pastor, afirma que la promesa de Dios afirmada por Ezequiel se cumple en Jesús.

El texto que se nos propone acentúa, sobre todo, la relación establecida entre el Pastor (Cristo) y la ovejas (sus discípulos).

La misión de ese Pastor (Cristo) es la de dar la vida a las ovejas. A lo largo del Evangelio, Juan describe, precisamente, la acción de Jesús como una recreación y revivificación del hombre, en el sentido de hacer nacer al Hombre Nuevo (cf. Jn 3,3.5-6), el hombre de vida en plenitud, el hombre total, el hombre que, siguiendo a Jesús, se convierte en “hijo de Dios” (cf. Jn 1,12) y que es capaz de ofrecer la vida por amor.

Los que aceptan la propuesta de vida que Jesús les hace no se perderán nunca (“nunca han de perecer y nadie las arrebatará de mi mano”, Jn 10,28), pues la calidad de vida que Jesús les comunica supera a la misma muerte (cf. Jn 3,16;8,51).

El mismo Jesús está dispuesto a defender a los suyos hasta dar su vida por ellos (cf. Jn 10,11), a fin de que nada ni nadie (los dirigentes, los que están interesados en perpetuar mecanismos de egoísmo, de injusticia, de esclavitud) pueda privar a los discípulos de esa vida plena.

Las ovejas (los discípulos), a su vez, tienen que escuchar la voz del Pastor y seguirle (cf. Jn 10,27). Esto significa que formar parte del rebaño de Jesús es adherirse a él, escuchar sus propuestas, comprometerse con él y, como él, entregarse sin reservas a una vida de amor y de donación al Padre y a los hombres.

El texto termina con una referencia a la identificación plena entre el proyecto del Padre y el proyecto de Jesús: para ambos, el objetivo es hacer nacer una nueva humanidad.

En Jesús está presente y se manifiesta el plan salvador del Padre de dar vida eterna (vida plena) al hombre; a través de la acción de Jesús, la obra creadora de Dios alcanza su punto culminante.

Considerad, en la actualización de la Palabra, los siguientes elementos:

En nuestra cultura urbana, la imagen del Pastor es una parábola de otras épocas, que poco dice a nuestra sensibilidad; en contrapartida, conocemos bien la figura del líder, del presidente, del jefe: en no pocas ocasiones, es alguien que se impone, que manipula, que arrastra, que exige.

Pero el Evangelio que hoy se nos propone nos invita a descubrir la figura bíblica del Pastor: una figura que evoca donación, sencillez, servicio, dedicación total, amor gratuito. Es alguien que es capaz de dar la propia vida para defender de las garras de las fieras a las ovejas que le fueron confiadas.

Para los cristianos, el Pastor es Cristo: sólo él nos conduce a los “pastos verdaderos”, donde encontramos vida en plenitud. En nuestras comunidades cristianas, tenemos personas que presiden y que animan. Podemos aceptar, sin problemas, que ellos reciban esa misión de Cristo y de la Iglesia, a pesar de sus limitaciones e imperfecciones; pero conviene igualmente tener presente que nuestro único Pastor, aquel al que estamos invitados a escuchar y a seguir sin condiciones, es Cristo.

Las “ovejas” del rebaño de Jesús tienen que “escuchar la voz” del Pastor y seguirle. Eso significa, concretamente, recorrer el mismo camino que Jesús, en una entrega total a los proyectos de Dios y en una donación total, de amor y de servicio a los hermanos.

¿Cómo distinguiremos la “voz” de Jesús, nuestro Pastor, de otras llamadas, de propuestas engañosas, de “cantos de sirena” que no nos conducen a la vida plena?
A través de un encuentro permanente con su Palabra, a través de la participación en los sacramentos donde se nos comunica la vida que el Pastor nos ofrece y en un permanente diálogo íntimo con él.

Ap 7, 9. 1b-17 (2ª Lectura IV Domingo de Pascua)

La liturgia del pasado Domingo nos presentaba al “cordero” (Jesús), el Señor de la historia, que se preparaba para abrir y leer el libro de los siete sellos, el libro donde, simbólicamente, estaba escrita la historia humana.

De acuerdo con el autor del “Apocalipsis”, la apertura de los sellos de ese libro va a presentar la realidad del mundo:

en el camino de la historia de los hombres, está presente Cristo victorioso continuamente en combate contra todo lo que esclaviza y destruye al hombre (1º sello, el caballo blanco);
pero está también presente la guerra y la sangre (2º sello, el caballo rojo),
el hambre y la miseria (3º sello, el caballo negro),
la muerte, la enfermedad, la destrucción (4º sello, el caballo verde).
En el fondo de este cuadro, se encuentran los mártires que sufren persecución a causa de su fe y que, día a día, claman a Dios pidiendo justicia (5º sello);
por eso, se prepara el “gran día de la ira”, que anuncia la intervención de Dios en la historia para destruir el mal (6º sello).
La revelación final presenta el combate definitivo, en el que las fuerzas de Dios derrotarán a las fuerzas del mal (7º sello).

El texto de hoy nos sitúa en el contexto del 6o sello (el anuncio del “día del Señor”). A los mártires que claman justicia, el autor del “Apocalipsis” les describe lo que va a surgir de la intervención de Dios: la liberación definitiva, la vida en plenitud.

El texto que se nos propone nos presenta una multitud inmensa, innumerable, universal, pues pertenece a todas las naciones. Los que la componen están de pie, en señal de victoria, pues participan de la resurrección de Cristo; llevan túnicas blancas, lo que indica que pertenecen a la esfera de Dios (el blanco es el color de Dios); aclaman con palmas (alusión a la fiesta de las tiendas, una fiesta celebrada al final de la cosecha, marcada por la alegría y la alabanza. Recuerda al éxodo, cuando los israelitas vivían en “tiendas”, y, por influencia de Zac 14,16, la imagen asume claras resonancias escatológicas. En la liturgia de esta fiesta, la multitud entraba en cortejo en el recinto del Templo, agitando palmas y cantando) y alaban a Dios y al “cordero”.

¿Quiénes son estos? “Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”, esto es, que soportaron la persecución más feroz y alcanzaron la redención por la entrega de Jesús (v. 14).

¿Qué hacen? Están ante Dios tributándole culto, día y noche. Ese culto no es la suma de un conjunto de ritos sino, antes que nada, la permanente y gozosa presencia ante Dios y ante el “cordero”.

La “Fiesta de las Tiendas” hacía alusión a la marcha del Pueblo de Dios por el desierto, desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad. La referencia a esta fiesta en este contexto significa que se cumple, ahora, el nuevo y definitivo éxodo: después de la intervención final de Dios en la historia, la multitud de los que se adhirieron al “cordero” y acogieron su propuesta de salvación, alcanzarán la liberación definitiva, serán acogidos en la “tienda” de Dios; ahí, no les alcanzará más la muerte, el sufrimiento, las lágrimas. Cristo resucitado, sentado en el trono, es el pastor de este nuevo Pueblo, que lo conduce hacia “las fuentes de aguas vivas”, esto es, hacia la plenitud de los bienes definitivos, en donde brota la fuente de vida plena.

En conclusión: a los “santos” que claman por la justicia, se les anuncia un mensaje de esperanza. La escena anticipa el tiempo escatológico: el de la acción de Dios, el de su definitiva intervención en la historia, que producirá la liberación definitiva del Pueblo de Dios; nacerá la comunidad escatológica, la comunidad de los liberados, que estarán para siempre en comunión con Dios y que gozarán en plenitud la vida definitiva.

La reflexión puede realizarse a partir de los siguientes elementos:
Cada día que pasamos en este mundo, hacemos la experiencia de la alegría y de la esperanza, pero también del dolor, de la incomprensión, del miedo, del sufrimiento, de la desesperación. Con frecuencia, es el pesimismo el que nos ata, el que nos limita, el que nos esclaviza y el que nos impide saborear el don de la vida. El autor del “Apocalipsis” nos deja un mensaje de esperanza y nos dice que no estamos condenados al fracaso, sino destinados a la vida plena, a la libertad definitiva, a la felicidad total.

¿Qué es necesario para llegar allí? Únicamente acoger el don de la salvación que nos hace Dios. Si aceptamos la propuesta de Jesús y seguimos detrás de él por el camino del amor, de la entrega, de la donación de la vida, si vemos en él al pastor que nos conduce a las fuentes de agua viva, llegaremos indudablemente a la vida definitiva, a la comunión con Dios, a la felicidad plena.

La respuesta positiva a la oferta de salvación que Dios nos hace introduce en nosotros un nuevo dinamismo; ese dinamismo fortalece nuestro coraje y nos permite continuar luchando, desde ahora mismo, por la realización del nuevo cielo y de la tierra nueva.

Hch 13, 14. 43-52 (1ª Lectura IV Domingo de Pascua)

A partir del capítulo 13, los “Hechos de los Apóstoles” presentan el “camino” de la Iglesia en el mundo greco-romano. El protagonista humano de esta nueva etapa será Pablo (aunque siempre animado y conducido por el Espíritu del Señor resucitado).

Todo comienza cuando la comunidad cristiana de Antioquía de Siria, ansiosa por hacer llegar la Buena Noticia de Jesús a todos los pueblos, envía a Bernabé y a Pablo a evangelizar.

Entre Hch 13,1 y 15,35, el autor describe el “envío” de los misioneros, el viaje de evangelización de Chipre y de Asia Menor (Perge, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, Derbe) y los problemas presentados a la joven Iglesia por la entrada masiva de gentiles.

Este texto, en concreto, nos sitúa en la ciudad de Antioquía de Pisidia, en el interior de Asia Menor.

En los versículos anteriores, el autor de los “Hechos” pone en boca de Pablo un largo discurso, que resume la catequesis primitiva sobre Jesús y que encuadra en el plan de Dios la propuesta de salvación que Jesús vino a realizar (cf. Hch 16,16-41).

¿Cuál será la respuesta al anuncio, ya sea de los judíos, ya de los paganos que escuchan el mensaje?

La cuestión central gira, por tanto, alrededor de la reacción de los judíos y paganos al anuncio de salvación presentado por Pablo y Bernabé.

El texto pone en confrontación dos actitudes diversas ante la propuesta cristiana:

– la de aquellos que pensaban que tenían el monopolio de Dios y de la verdad, pero que vivían instalados en sus certezas, en su orgullo, en su autosuficiencia, en sus leyes definidas y cómodamente ordenadas y que no estaban, realmente, dispuestos a “embarcarse” en la aventura del seguimiento de Cristo (judíos);

– y la de aquellos que, ante el desafío del Evangelio, descubrirán la vida verdadera, aceptarán preguntarse por su vida, querrán arriesgar y responderán con alegría y entusiasmo a la propuesta liberadora que Dios les hace por medio de los misioneros (paganos).

La Buena Noticia de Jesús es, por tanto, una propuesta que está dirigida a todos los hombres, de todas las razas y naciones; no se trata de una propuesta cerrada, exclusivista, destinada a un grupo de elegidos, sino que es una propuesta universal, que está destinada a todos los hombres, sin excepción.

Lo necesario no es haber nacido en este o en aquel ambiente, sino la capacidad para dejarse sorprender por la propuesta de Jesús, acogerla con sencillez, alegría y entusiasmo y salir, todos los días, a andar por ese camino en el que Dios nos ofrece la vida nueva, la vida verdadera, la vida total.

La reflexión y la actualización de la Palabra pueden partir de las siguientes ideas:

Los judíos de los que se habla en esta lectura representan a aquellos que se acomodan a una religión tibia, segura, hecha de hábitos, leyes, devociones, ritos externos, fórmulas fijas, pero que no interroga el corazón y la conciencia, ni tiene un impacto real en la vida de todos los días.

Es la religión de los “seguros” y acomodados, de los que tienen miedo a la novedad de Dios (que agita los esquemas fijos y, constantemente, pone en cuestión, obliga a arriesgar y a convertirse).

Los paganos de los que se habla en esta lectura representan a aquellos que, teniendo tantas veces una historia personal complicada y un camino de fe no siempre ejemplar, están abiertos a la novedad de Dios y se dejan cuestionar por él. No tienen miedo de desinstalarse, de arriesgarse a asumir una vida nueva y más exigente, de buscar nuevos caminos, de seguir a Jesús en su camino de amor y de entrega, aunque sea un camino de cruz y de persecución.

¿Dónde me sitúo yo?
¿En la actitud de quien nació cristiano sin haber hecho mucho por ello y que vive su religión sin riesgos, sin exigencias de radicalidad y de autenticidad, o en la actitud de quien continuamente se deja desafiar, se deja cuestionar por Dios, acepta vivir en una dinámica continua de conversión y siente que su vida va en la dirección de la vida nueva que nunca está realizada del todo?

Comentario al evangelio 6 de mayo

Hemos iniciado la tercera semana del tiempo de Pascua.  Durante este tiempo somos invitados a pedir la gracia de experimentar que Jesús está vivo y resucitado. La fuerza de su Espíritu sigue actuando hoy en tantos hombres y mujeres que se dejan tocar por su dinamismo transformador. Más allá del miedo, la oscuridad y la injusticia de nuestro mundo; tenemos la firme esperanza de que la muerte no tiene la última palabra, nuestra vida esta llamada a ser un reflejo de esta esperanza pascual.

Es lo que encontramos en la primera lectura de hoy: el testimonio de Esteban que «lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo». Para nosotros hoy realizar grandes signos no se trata de hacer cosas para llamar la atención, ni de fenómenos extraordinarios para suscitar admiración y desconcierto.  El libro de los Hechos nos transmite que la grandeza de nuestro testimonio es porque vivimos desde la sabiduría y el espíritu del Señor.

Como Esteban también nosotros estamos llamados a dar testimonio en las pequeñas cosas de cada día, en palabras del Papa Francisco se trata: «la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”».

El Evangelio que leemos hoy es el inicio del discurso de Jesús sobre el «Pan de vida» en la sinagoga de Cafarnaúm. Comienza con  una fuerte interpelación sobre las motivaciones por las cuales buscamos al Señor. Jesús lo plantea con claridad: «me buscan no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse». Sus palabras nos ayudan a discernir y purificar nuestras intenciones en su seguimiento. Podemos preguntarnos: ¿Por qué busco al Señor? ¿Dónde busco el pan que alimenta mi vida? ¿Qué está alimentando mi vida?

El tiempo de Pascua es una oportunidad para redescubrir en los pequeños signos de cada día la presencia de Dios en nuestra vida, en las personas que nos rodean, en los acontecimientos de nuestra historia. Pidamos en nuestra oración la gracia de abrirnos a la gratuidad para seguir al Señor Resucitado con un corazón desinteresado, creyendo y confiando plenamente en Él.

Edgardo Guzmán, cmf.