Vísperas – Martes III de Pascua

VÍSPERAS

MARTES III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Deténte con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Còmo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 124: EL SEÑOR VELA POR SU PUEBLO

Ant. Paz a vosotros, soy yo, no temáis. Aleluya.

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Paz a vosotros, soy yo, no temáis. Aleluya.

SALMO 130: ABANDONO CONFIADO EN LOS BRAZOS DE DIOS

Ant. Espere Israel en el Señor. Aleluya.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Espere Israel en el Señor. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Que te sirva toda la creación, porque tú lo mandaste, y existió. Aleluya.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que te sirva toda la creación, porque tú lo mandaste, y existió. Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 4-5

Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Aleluya.

PRECES

Aclamemos alegres a Cristo, que después de ser sepultado en el seno de la tierra resucitó gloriosamente a vida nueva, y digámosle confiados:

Rey de la gloria, escúchanos.

  • Te rogamos, Señor, por los obispos, los presbíteros y los diáconos: que sirvan con celo a tu pueblo
    — y lo conduzcan por los caminos del bien.
  • Te rogamos, Señor, por los que sirven a la Iglesia con el estudio de tu palabra:
    — que escudriñen tu doctrina con pureza de corazón y deseo de adoctrinar a tu pueblo.
  • Te rogamos, Señor, por todos los fieles de la Iglesia: que combatan bien el combate de la fe,
    — y, habiendo corrido hasta la meta, alcancen la corona merecida.
  • Tú que en la cruz clavaste y borraste el protocolo que nos condenaba,
    — destruye también en nosotros toda clase de esclavitud y líbranos de toda tiniebla.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que al bajar al lugar de los muertos abriste las puertas del abismo,
    — recibe a nuestros hermanos difuntos en tu reino.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 7 de mayo

1) Oración inicial

Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu, acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que, purificados ya de sus pecados, alcancen todas tus promesas. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 6,30-35

Ellos entonces le dijeron: «¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

3) Reflexión

• El Discurso del Pan de Vida no es un texto que hay que discutir o disecar, sino un texto que hay que meditar y rumiar. Por esto, si no se entiende todo, no hay porqué preocuparse. Este texto del Pan de Vida exige toda una vida para meditarlo y profundizarlo. Un testo así, la gente lo debe leer, meditar, rezar, pensar, leer de nuevo, repetir, rumiar, como se hace con un buen caramelo en la boca. Tenerlo en la boca, dándole vueltas, hasta que se acaba. Quien lee el Cuarto Evangelio superficialmente puede quedarse con la impresión de que Juan repite siempre la misma cosa. Leyendo con más atención, es posible percibir que no se trata de repeticiones. El autor del Cuarto Evangelio tiene su propia manera de repetir el mismo asunto, pero a un nivel cada vez más profundo. Parece como una escalera de caracol. Girando uno llega al mismo lugar pero a un nivel más profundo.

• Juan 6,30-33: ¿Qué señal realizas para que podamos creer? La gente había preguntado: ¿Qué debemos hacer para realizar la obra de Dios? Jesús responde “La obra de Dios es creer en aquel que le ha enviado”, esto es, creer en Jesús. Por esto la gente formula una nueva pregunta: “¿Qué señal realizas para que podamos ver y creer en ti? ¿Cuál es tu obra?” Esto significa que no entendieron la multiplicación de los panes como una señal de parte de Dios para legitimar la multiplicación de los panes como una señal de parte de Dios para legitimar a Jesús ante el pueblo como un enviado de Dios. Y siguen argumentando: En el pasado, nuestros padres comieron el maná que les fue dado por Moisés. Ellos lo llamaron “pan del cielo” (Sab 16,20), o sea, “pan de Dios”. Moisés sigue siendo un gran líder, en quien ellos creen. Si Jesús quiere que la gente crea en el, tiene que hacer una señal mayor que la de Moisés. “¿Cuál es tu obra?”

• Jesús responde que el pan dado por Moisés no era el verdadero pan del cielo. Venía de arriba, sí, pero no era el pan de Dios, pues no garantizó la vida para nadie. Todos murieron en el desierto. (Jn 6,49). El verdadero pan del cielo, el pan de Dios, es el pan que vence la muerte y trae vida. Es aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. ¡Es Jesús! Jesús trata de ayudar a la gente a liberarse de los esquemas del pasado. Para él, fidelidad al pasado no significa encerrarse en las cosas antiguas y no aceptar la renovación. Fidelidad al pasado es aceptar lo nuevo que llega como fruto de la semilla plantada en el pasado.

• Juan 6,34-35: Señor, ¡danos siempre de este pan! Jesús responde claramente: «¡Yo soy el pan de vida!» Comer el pan del cielo es lo mismo que creer en Jesús y aceptar el camino que él nos ha enseñado, a saber: «¡Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que está en el cielo!» (Jn 4,34). Este es el alimento verdadero que sustenta a la persona, que da un rumbo a la vida, y que trae vida nueva. Este último versículo del evangelio de hoy (Jn 6,35) será retomado como primer versículo del evangelio de mañana (Jn 6,35-40).

4) Para la reflexión personal

• Hambre de pan, hambre de Dios. ¿Cuál de las dos predomina en mí?
• Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida”. El sacia el hambre y la sed. ¿Qué experiencia tengo de esto?

5) Oración final

En ti, Yahvé, me cobijo,
¡nunca quede defraudado!
¡Líbrame conforme a tu justicia,
tiende a mí tu oído, date prisa!
Sé mi roca de refugio,
alcázar donde me salve. (Sal 31,2-3)

Diez actitudes cristianas al estilo del Resucitado

La Pascua es el tiempo de la Iglesia. “Ahora os toca a vosotros”, parece decirnos el Señor Resucitado cuando nos muestra sus llagas -el ministerio eclesial de la caridad, espléndido ejercicio del llamado “munus regendi”-, su Palabra -el ministerio eclesial docente o “munus docendi” y su pan tierno y partido -“munus sanctificandi”-. Ahora nos toca a nosotros y tenemos cincuenta días consecutivos y todos los domingos del año -la vida entera, en definitiva- para reconocer y ser testigos del Resucitado, la mejor noticia y realidad de toda la historia de la humanidad.

Sí, la Pascua es la vocación de la Iglesia. Es su destino y su heredad.  Somos ciudadanos del cielo, de un cielo y de una Pascua que solo se pueden ganar en la tierra. La cruz de Cristo nos redime, pero no nos garantiza automáticamente la salvación que hemos de lograr completando en nuestra carne y en nuestra alma lo que le falta a su Pasión redentora. Pasión y Pascua se funde, de este modo, en una unidad indivisible y santa.

Somos herederos de la Pascua, de una Pascua a la que  solo se llega desde la cruz. La Pascua es el Calvario y la cruz es la gloria. La muerte es la resurrección. El fracaso es la victoria. El dolor es el gozo. La angustia es la satisfacción. Es preciso saber morir -no solo la muerte corporal y terrena, sino también tantas pequeñas muertes cotidianas al hombre viejo- para poder resucitar. Muriendo -sí- se resucita a la vida eterna. La única manera de vencer el dolor y la tristeza es dejar de amarlos, sentenció con acierto un escritor. Pero ello, todo ello, solo desde Jesucristo crucificado y resucitado, en Quien y de Quien hemos de aprender estas diez actitudes claves para vivir la Pascua, para dejar que la Pascua nos transforme:

1.- Una actitud de admiración y reconocimiento de la verdad de la Pascua: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya! La verdad de la resurrección de Jesucristo no es una fábula, una parábola, una moraleja o un símbolo. Es una verdad histórica, indestructible e invencible. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya! La resurrección de Jesucristo es la clave de bóveda de nuestra fe. Ha resucitado realmente, corporalmente, glorificadamente. Es también cierta y verdadera su resurrección como lo fue su vida, su pasión, su cruz y su muerte. Y al igual siempre que su cruz siempre nos llama a la compunción, a la emoción, a la admiración y al agradecimiento, lo mismo su resurrección, tan auténtica una como la otra. ¡Verdaderamente, sí, ha resucitado el Señor. Aleluya!

2.- Una actitud de inserción en el misterio de la cruz de Cristo: ¡Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!  No hay dicotomía entre el Cristo Crucificado y el Cristo Resucitado. Para ello es preciso hallar el equilibrio entre la cruz y la gloria. Nos hemos pasado tantos años en la Iglesia clavados en el Viernes Santo, plantados en la contemplación de la Pasión, que ahora, como si se tratara de un movimiento pendular, nos hemos instalado con verdad y también con demasía solo en la gloria. Hasta ufanamente decimos estar solo pendientes de la Pascua. Y no hay Pascua sin Viernes Santo. Entonces la resurrección tendrá consecuencias en nuestra vida, comprendiendo progresivamente la resurrección a la luz de la vida de Cristo y recorriendo nuestra vida a la luz de esta resurrección, a cuya “escuela” hemos de acudir cada día, humilde, gozosa y esperanzadora.

3.- Una actitud de novedad: Somos panes nuevos, los panes ácimos de la Pascua. Esta actitud consiste en saber ver y juzgar con ojos y corazón nuevos. Ya les pasó a los apóstoles. Ya les pasó a Pedro y a Juan. Dudaron del anuncio de las mujeres y necesitaron ir al sepulcro, hallarlo vacío, contemplar las vendas y el sudario. Y ver con el corazón. “…y entonces vio y creyó, pues no habían entendido la Escritura que anunciaba que Él iba a resucitar de entre los muertos”.

4.- Una actitud de confiada, esperanzada y contagiosa alegría. La alegría es la característica de los textos bíblicos y litúrgicos de la Pascua. La alegría es el grito, el clamor de los testigos del sepulcro vacío y del Señor Resucitado. Se trata de una alegría exultante y a la vez serena, de una alegría contagiosa y expansiva, de una alegría confiada y esperanza. El “aleluya” de la Pascua es etimológica y conceptualmente alegría. ¡Claro que hay en la vida y en nuestra vida motivos para el pesar y la tristeza! Los hay, sí, pero, ante todo y sobre todo, ha de haberlos para la esperanza y la alegría. Cristo ha resucitado. Tiene sentido la vida. Tiene sentido nuestra fe. El cristiano de esta hora del siglo XXI habrá de ser testigo de esta alegría con su propia alegría. Si siempre fue cierto que nada más triste que un cristiano –un santo, dice el refrán- triste, en medio de acosos y cortapisas al cristianismo y a la Iglesia, hemos de ser alegres, hemos de transmitir que esta alegría que nadie no ha de arrebatar.

5.- Una actitud de búsqueda y de escucha de la Palabra de Dios. La escuela de la Pascua tiene, por tanto, como primera lección la escucha atenta, constante y orante de la Palabra de Dios. Hemos de regresar una y otra vez a la Biblia. Es la fuente, el sustrato y el nutrimento capital de nuestra fe y de nuestra vida. Los cristianos -particularmente los católicos- no podemos ser los grandes desconocedores y hasta prófugos de la Palabra de Dios, que es siempre viva y eficaz, actual, interpeladora, pensada para ti, para mí y para todos. La Palabra de Dios es la gran pedagoga, la gran educadora de nuestros ojos y de nuestro corazón. Es la gran maestra y descubridora de la Pascua, como aconteció con los discípulos de Emaús.

6.- Una actitud de trascendencia: “Buscar las cosas de allá arriba”. La escuela de la Pascua, al purificar nuestra mirada y nuestro corazón, nos enseñar a mirar “más arriba”, a buscar las “cosas de allá arriba”, donde está Cristo el Señor. Nuestro mundo y también los cristianos urgimos recuperar la trascendencia. El progreso de la ciencia y de la técnica, los altos niveles de bienestar que disfrutamos en Occidente -al menos, la mayoría de las personas- nos prometen continuamente el paraíso en la tierra y nos dejamos engañar pensando que estamos a un tris de hallar aquí, en esta tierra, la felicidad y la plenitud. Vivimos en el sofisma del primer paraíso terrenal cuando la serpiente engañó al primer hombre y a primera mujer en la manzana del árbol de la vida, del árbol del bien y del mal. No hay más árbol de la vida que el árbol de cruz. El, en Jesucristo crucificado, es el Bien, el único bien vivo y verdadero. Y la tentación y los tentadores son el mal. No nos confundamos y no nos dejemos confundir.

7.- Una actitud de renovada y profunda espiritualidad y vida interior. Un cristianismo renovado, vigoroso, robustecido, confesante y apostólico es que, nutrido de la Palabra de Dios, se abre y se recicla continuamente en la oración y los sacramentos. A esta hora nuestra de secularismos y laicismos la única respuesta válida es la que brote de una vida interior, de la plegaria, de la espiritualidad recia y encarnada. Para “buscar las más de allá arriba”, donde está Cristo el Señor, necesitamos rezar, fortalecer nuestra vida interior, revitalizar nuestras raíces cristianas, ahondar en la verdadera y propia identidad de nuestra fe y de nuestra Iglesia en y desde la comunión, sintiéndonos orgullosos de pertenecer a ella.

8.- Una actitud propia de la condición del discípulo. La escuela de la Pascua, desde la Palabra y desde la búsqueda y cultivo de la verdadera y apremiante trascendencia y espiritualidad, es la escuela del discipulado.  Para ser testigos antes hay que ser discípulos. El discípulo es el que está a la escucha y en la compañía del Maestro. Es aquel que experimenta y conoce su sabiduría, su grandeza y su amor. Solo así el discípulo hallará al Cristo total – no a un Cristo a mi gusto o medida- y solo así el discípulo se convertirá en apóstol, en misionero, en testigo. Nuestro gozo será entonces tal que nos brotará y surgirá espontáneo e irrefrenable el expandir y transmitir con la fuerza de la propia vida y de las obras al Cristo que se levanta y camina con las llagas y transido de gloria en el alba del día sin ocaso.

9.- Una actitud misionera de apóstol. Todo lo anterior nos convertirá así en apóstoles y testigos. Pero nadie da lo que no tiene. De ahí la importancia de ser antes discípulos. Solo transformados nosotros mismos podremos ser levadura nueva de transformación para nuestra humanidad. Cristo Resucitado nos llama a ser sus testigos. “Nosotros somos sus testigos”, repetían los apóstoles en aquellas horas y días de la gran Pascua.

10.- Una actitud solidaria con todos los que sufren, con todos los llagados. En la Pascua nos espera el Resucitado, ¿dónde hallarlo? Lo descubriremos también en nuestras llagas y en las llagas de una humanidad dolorida y anhelante de salvación y a quien hemos servir en la caridad y a través de la Eucaristía, el Cuerpo glorioso y llagado de Jesucristo, el Pan partido y repartido para la vida del mundo. Con los de Emaús sintamos, cantemos y actuemos: “Te conocimos, Señor, al partir el pan; Tú nos conoces, Señor, al partir el pan”.

Comentario del 7 de mayo

De nuevo comparece el tema de la fe. ¿Y qué signo vemos que haces tú –le dice la gente a Jesús-, para que creamos en ti? Se ve que quienes le dirigen esta pregunta no han sido testigos de los milagros que se le atribuyen. Es raro que no tuvieran noticia de tales milagros; puede suceder también que le exigieran un signo suficientemente significativo o extraordinario, un signo similar al de la multiplicación de los panes, poco antes narrado por el mismo evangelista, y tras el cual una multitud quiso proclamarlo rey. Parece que esto es lo que pretenden cuando le dicen: Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo». Para ellos, el maná, comido por sus padres en el desierto, era un signo digno de crédito, un signo que acreditaba al que había sido su líder, Moisés, como representante de un Dios providente que se ocupaba de su pueblo enviándole un pan celestial en tiempos de escasez. Como sus antepasados, también ellos veían en el maná un pan proporcionado por Moisés para saciar su hambre. No era un pan elaborado por la mano del hombre, sino venido del cielo, es decir, de Dios; Moisés se limitaba a distribuirlo de una manera racional.

Esto es precisamente lo que acentúa Jesús en su réplica: Os aseguro que no fue Moisés el que os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. En realidad, les dice, el verdadero pan del cielo es otro distinto de aquel maná proporcionado por Moisés a un pueblo hambriento y sin recursos. El maná, siendo un pan providencial, no dejaba por eso de ser terreno. El verdadero pan de Dios que da vida al mundo –concluye Jesús- soy yo mismo: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.

Son palabras que parecen reflejar una conciencia muy viva de su procedencia divina y de su ineludible misión vivificante, palabras que dieron origen a reacciones muy diversas: desde el abandono masivo de muchos de sus seguidores hasta la adhesión más firme por parte de los menos. En comparación con el maná, que tanto apreciaban los judíos como signo de credibilidad, Jesús se presenta como el verdadero pan de Dios –porque viene de Él- que da realmente la vida al mundo: la vida que perdura, no la que perece. El pan de Dios es portador de la vida de Dios; proporciona, pues, vida divina, esa vida que, plenamente poseída, no está ya sujeta a ninguna carencia o deterioro, no padece hambre ni sed. Se trata, es verdad, de palabras misteriosas que nos dejan como perdidos ante lo inaferrable. Nos resulta muy difícil, quizá imposible, imaginar una vida sin hambre y sin sed, lo mismo que una vida sin tiempo, en la eternidad.

Lo único que los apóstoles pudieron ‘comprobar’ es que la vida presente en Cristo había escapado de la muerte y del sepulcro pasando a otra dimensión espaciotemporal. Pero su experiencia del encuentro con el Resucitado no dejaba de estar sujeta al espacio y al tiempo de sus apariciones. Era, por tanto, una manifestación de lo eterno en el tiempo. No era todavía una experiencia de vida eterna en la eternidad. Pero en nosotros, y quizá en toda vida, late un anhelo de perpetuidad que nos lleva a alimentarnos, a procrear, a dar continuidad a nuestros proyectos, a ensanchar nuestro futuro, a pugnar con la muerte, a nutrir deseos de inmortalidad. La vida que ya tenemos nos impulsa a desear más vida, mejor vida. Por eso, la oferta de un pan de vida eterna, a pesar de su carácter misterioso e inverificable, encontrará siempre resonancias en nuestro corazón, un corazón sediento de vida. Y el hecho de que esta vida sea inverificable no le quita nada de su coherencia. La vida de Dios no puede ser sino eterna, y en el pan vivo bajado del cielo se nos está ofreciendo una participación de esa misma vida divina, que no resplandecerá, como en el caso del grano de trigo sembrado, sino tras la muerte y la resurrección.

Aquí la fe es una firme adhesión a las palabras de Jesús que se autoproclama pan de Dios para la vida del mundo. Semejante autoproclamación no es, sin embargo, única ni aislada. También se presenta en otras formas y con otros títulos, como el de Hijo de Dios, que delatan su origen divino. Luego a pesar del impacto que pudo tener esta palabra, no es sin embargo una novedad inasimilable. El que viene de Dios, en el sentido más ontológico del término, puede traernos la vida –la palabra, el plan, la energía, el Espíritu- de Dios en las formas y medidas más variadas. Y con la recepción de esta vida sentiremos calmarse nuestra hambre y nuestra sed de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed. Algo o mucho de lo que contienen estas palabras se puede experimentar ya en esta vida, de modo que esa experiencia pasará a ser un refrendo de la veracidad de las mismas palabras. Si las acogemos en toda su verdad, nos sentiremos impelidos a decir: Señor, danos siempre de este pan.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Recursos – IV Domingo de Pascua

PRESENTACIÓN DE UN CAYADO O UN BASTÓN

(Esta ofrenda la puede hacer el mismo Presidente o quien dirige el Consejo Pastoral)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te traigo hoy este bastón. Es el símbolo de la autoridad. Con él te quiero ofrecer mi disponibilidad de servicio, porque, como discípulo del Buen Pastor, sé que la única autoridad existente en tu familia es la de la entrega y el servicio incondicional. Dame fuerzas para crecer en mi capacidad de solicitud. En nombre del resto de la comunidad, te ofrezco también su disponibilidad de servicio, pues bien sabemos que somos pastores unos de otros y unas de otras. Trenza entre todos nosotros y nosotras esa red del amor y la caridad.

PRESENTACIÓN DE UN MEDICAMENTO

(Con el envoltorio sería suficiente, para tener el valor de símbolo. Y lo puede presentar alguien relacionado con la sanidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Mira, Señor, yo te traigo un medicamento, porque pensamos que es un buen signo de la misericordia, una de las cualidades fundamentales del Pastor. Queremos ser eso: medicina para los y las demás. Bálsamo y aceite que curen las heridas de las personas. Mera capacidad de escucha, que alivie y aligere los problemas de los otros. Y lo queremos hacer a imagen de tu Hijo Jesucristo, tal como Él lo hizo antes y lo hace ahora con nosotros y con nosotras.

PRESENTACIÓN DE UNA PERSONA MINUSVÁLIDA EN SU SILLA DE RUEDAS

(Con sumo respeto y siempre que no le resulte hiriente. Lo puede hacer también un sanitario o una persona que se dedique a su cuidado o lo haga en su familia)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: El pastor se preocupa por las ovejas más débiles y necesitadas. Por eso, Señor, a tu imagen, te traemos hoy una de las realidades de vida de nuestra comunidad, para expresar nuestros deseos de comprometernos con los y las que más lo necesitan entre nosotros y nosotras. Ese queremos que sea nuestro talante individual y comunitario.

PRESENTACIÓN DE UN PÓSTER EN EL QUE VA ESCRITO: “SÍ”

(Hace la ofrenda uno/una de los/las jóvenes de la comunidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, en nombre mío y de los y las jóvenes y niños y niñas de la comunidad, yo te traigo este «Sí», expresión de nuestra disponibilidad a escuchar tu voz y tu llamada. No permitas que nuestros oídos se cierren a causa de las muchas voces y ruidos que se producen en nuestro mundo. Que nadie nos impida oír tu llamada. Y danos a todos y a todas y a cada uno y a cada una de nosotros y de nosotras la fortaleza necesaria para seguir tus pasos en la vocación a la que nos llames.

PRESENTACIÓN DE UN/A RELIGIOSO/A O DE UN LIBRO DE LAS HORAS

(Esta ofrenda es opcional, aunque dependiendo de si en esa comunidad alguno o alguna de sus miembros vive la vida religiosa consagrada. De no ser así, uno cualquiera de la comunidad, aunque preferentemente un o una joven, ofrece un Libro de las Horas, como signo de la vida consagrada)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Muchos de vosotros y de vosotras me conocéis. Sabéis mi nombre y mi dedicación. Si me permitís, os cuento brevemente mi historia y mi vocación…
Nada de lo que os he dicho es mérito mío. Todo y sólo es pura gracia de Dios, a quien estoy profundamente agradecido/a. Ante vosotros y vosotras, quiero ofrecerme a Dios, y me uno a la ofrenda de su Hijo Jesucristo, en quien mi entrega tiene sentido y mis debilidades se vuelven lucha por acercarme a su perfección.

(Por mi parte, Señor, te traigo este Libro de las Horas, como signo de la entrega en una vida consagrada a Ti de muchos hombres y mujeres en el seno de la Iglesia. Con este Libro recibe la vida de esos hombres y mujeres, gracias a los cuales tu Iglesia sabe de la existencia de tu Reino, ya presente en medio de nosotros y de nosotras. A la vez te pido que hagas surgir en nuestra comunidad vocaciones de especial consagración).

Oración de los fieles – IV Domingo de Pascua

Pastor bueno que has dado la vida por todos los hombres, a ti recurrimos en tantas necesidades como nos acechan. Sabemos que tú tienes poder para transformarlas por eso venimos a ponerlas en tus manos.

GUÍA A TU IGLESIA, SEÑOR.

1. – Por el Papa Francisco, los obispos, los sacerdotes, pastores para el pueblo de Dios, para que el Señor les dé fuerza y valor para atraer con su testimonio a tantos como se van separando de la Iglesia. OREMOS

2. – Por todos los portadores del mensaje de Cristo, para que el Señor los ilumine al proclamar su Palabra, a fin de que los que la escuchan encuentren en ella confianza, consuelo, cercanía, seguridad, compañía… amor. OREMOS

3. – Por tantos como han huido desencantados para que reflexionen y vean que a Cristo no van a encontrarlo huyendo sino buscando y dejándose encontrar por Él. OREMOS

4. – Para que el Señor dueño del universo guíe a todos los que todavía no han encontrado un trabajo estable, una vida digna, un puesto en la sociedad y les dé fuerza para no abandonar y seguir adelante. OREMOS

5. – Por todos los que sufren: enfermos, solos, moribundos, afligidos, para que sepan que hay un Pastor que vela por ellos y nunca los va a abandonar. OREMOS

6. – Por los padres de familia guías de sus hijos, para que no olviden sus obligaciones: hablar, conducir, escuchar, conocer, guardar y sobre todo amar. OREMOS

7.- Y especialmente este domingo pidamos al Señor por las Vocaciones religiosas de todo tipo y por los progresos del Clero Nativo OREMOS

8. – Por todos los que nos hemos reunido en esta celebración, para que el Señor nos bendiga, nos proteja y nos guarde, para que nosotros seamos su pueblo y Él nuestro único Pastor. OREMOS

Padre, Tú sabes cuántas necesidades tiene la vida de tus hijos. Te pedimos que escuches nuestras peticiones.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.


Con la misma actitud de las ovejas ante su Buen Pastor, miramos tus ojos Señor y te pedimos humildemente que atiendas estas plegarias que te presentamos:

TÚ, SEÑOR, ERES NUESTRA SALVACIÓN.

1. – Por el Papa, los obispos y todos los pastores de la Iglesia, para que en todo momento sea su vida como la de Jesús el Buen Pastor. OREMOS

2. – Por todos los que se dedican a la enseñanza para que tengan ante sus docentes la misma actitud de servicio que nos muestra Jesús el Buen Pastor. OREMOS

3. – Por todos los que se dedican a la construcción desde los arquitectos a los albañiles para que vean en Jesucristo la piedra angular. OREMOS

4. – Por aquellos que reciben en estas fechas algún sacramento de iniciación cristiana, para que, como dice San Juan, se sientan verdaderamente hijos de Dios. OREMOS

5. – Por los enfermos crónicos, para que como ovejas de Cristo sientan la voz del Buen Pastor. OREMOS

6. – Por todos los que andan extraviados para que oigan la voz del Buen Pastor. Y por la paz en las familias y en todos los pueblos de la tierra. OREMOS

7.- Y especialmente este domingo pidamos al Señor por las Vocaciones religiosas de todo tipo y por los progresos del Clero Nativo. OREMOS

8. – Por todos nosotros presentes en la Eucaristía para que nunca nos falte el apoyo y la guía del Único Pastor de todos los rebaños. OREMOS

Señor, tu nos conoces y sabes de nuestras necesidades, atiende con tu infinita bondad las que aquí te presentamos y concédenos también todo aquello que tu sabes que nos falta.

Por Jesucristo nuestro Señor

Amen.

Comentario al evangelio – 7 de mayo

Nos acercamos a las lecturas de este día con el hondo anhelo de escuchar la voz del Señor. Su palabra tiene la capacidad de iluminar y animar nuestra vida. La primera lectura de hoy nos presenta el relato del martirio de Esteban, el primer mártir cristiano. Su testimonio se vuelve paradigmático y en nuestros días cobra mucha actualidad. No dejamos de tener presente a los cristianos que fueron asesinados el domingo de Pascua en Sri Lanka y en tantos otros lugares donde son perseguidos a causa de su fe.

Las palabras de Esteban nos cuestionan: «ustedes siempre resisten al Espíritu Santo». Nos cuesta abrir nuestra mente y corazón a la novedad del Señor Resucitado, preferimos mantenernos encerrados en nuestro yo. Por eso, en todo tiempo la voz de los profetas se vuelve incómoda, porque denuncia y llama a la conversión. Esta verdad, como en el caso de Jesús, Esteban y tantos mártires es rechazada y perseguida hasta la muerte. 

El testimonio que encontramos en Esteban nos muestra que la actitud cristiana ante el rechazo y la incomprensión es poner la confianza en el Señor, como lo expresa la invocación que repetía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Igual que Jesús, Esteban muere perdonando, es un perdón que se convierte en fuente de reconciliación. Nosotros también podemos experimentar el rechazo y la incomprensión, incluso la persecución o el martirio. La actitud cristiana fundamental es siempre la del amor y del perdón a los enemigos.

En el Evangelio continuamos con la lectura del discurso del «Pan de vida» en el capítulo seis de Juan. Jesús se revela como pan de vida, como alimento que sacia nuestra hambre. Su palabra nos dice que el único pan que nos hace vivir es el amor. No es extraño, por ello, que los relatos de resurrección se den siempre entorno al pan, a las comidas, a la mesa compartida. En este gesto-símbolo no solo descubrimos la presencia del Resucitado en medio de la comunidad, es también una invitación a ser pan vivo para saciar el hambre de tantos hermanos nuestros. Hagamos nuestra la petición de los discípulos: «Señor, danos siempre de este pan».

Primero sea el pan
después la libertad.
(La libertad con hambre
es una flor encima de un cadáver).

Donde hay pan,
allí está Dios.
«El arroz es un cielo»,
dice el poeta de Asia.
La tierra
es un plato
gigantesco de arroz,
un pan inmenso y nuestro,
para el hambre de todos.
Dios se hace Pan, trabajo para el pobre,
dice el profeta Ghandi.

La Biblia es un menú de Pan fraterno.
Jesús es el Pan vivo.
El universo es nuestra mesa, hermanos.

Las masas tienen hambre,
y este Pan es su carne,
destrozada en la lucha,
vencedora en la muerte.

Somos familia en la fracción del pan.
Sólo al partir el pan
podrán reconocernos.
Seamos pan, hermanos.

Danos, oh Padre, el pan de cada día:
el arroz, o el maíz, o la tortilla,
el pan del Tercer Mundo

(Pedro Casaldáliga)

Edgardo Guzmán, cmf.