II Vísperas – Domingo V de Pascua

VÍSPERAS

DOMINGO V DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llando
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las ciaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha de Dios. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha de Dios. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha d eDiso y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean peustos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Y se ha aparecido a Simón.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado», dice el Señor. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado», dice el Señor. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

  • Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
    — derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.
  • Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
    — y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.
  • Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
    — y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.
  • Tú que has vencido la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
    — para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido levantado a la derecha del Padre,
    — recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Vida, amor, unidad forman una sola realidad

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Jn; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús. No se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada del discurso.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata solo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: «solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz»; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que debo hacerme hoy es: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita. La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia de verdades y en la celebración de unos ritos.

Seguimos presentando el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, a quien solo mueve el bien. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser motivada. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó. Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, me tiene que llevar a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos y su muerte está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria de Jesús. En el griego profano, “doxa” significaba simplemente opinión, fama. El “kabod” hebreo que traducen por doxa los LXX, significaba, por una parte, la trascendencia y la santidad de Dios que el hombre debe reconocer. Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la “doxa” de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta en los actos espectaculares de poder, sino en los actos que expresan el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado. No se trata de fama y honor. Tampoco se trata de majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Jn no es algo externo; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria que amar como ellos aman.

Les llama “Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento. Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es solo comparativo, sino originante. Debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado. El Amor-Dios no se puede ver, pero se manifiesta en las obras. Es la señal de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, opuesto al antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos Alianzas. La antigua basada en una relación jurídica de toma y da acá. En la nueva, lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. “Un amor que responde a su amor”.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Dios es puro don. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta egoísmo. El amar para que Dios me lo pague no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino al hombre.

Jesús se presenta como “el Hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán que sois discípulos míos. El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos, o normas. El distintivo será el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

Que os améis unos a otros”, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero. No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor-Dios. Esto es imposible si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación

Amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia y manifestación de esta vivencia personal.
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser.

Fray Marcos

Jesús y Dios. Jesús, nosotros y los otros

El domingo pasado leímos que las ovejas seguían al pastor. Hoy el pastor abandona temporalmente a su rebaño, dejándole un encargo de última hora. Las dos primeras lecturas hablan de las persecuciones presentes y de la gloria futura.

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

El evangelio de hoy, tomado del discurso de Jesús durante la última cena, aborda brevemente dos temas: Jesús y Dios; Jesús, nosotros y los otros. En realidad, el texto del cuarto evangelio incluye entre estos dos temas un tercero: Jesús y los discípulos. Los responsables de la selección no desaprovecharon la ocasión de suprimirlo, a pesar de su importancia.

Jesús y Dios. (Puede extrañar que no escriba “Jesús y el Padre”, pero en esta primera parte Jesús usa tres veces la palabra “Dios” y ninguna “Padre”.) Estamos en la noche del Jueves Santo. Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes. “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.”

¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, anima al ejercitante, en momentos como este, a pedir la gracia de “alegrarse y gozarse de tanta alegría y gozo de Cristo nuestro Señor”. Algo fundamental, pero que podemos pasar por alto.

Jesús, nosotros y los otros. Esta parte es muy conocida, fácil de entender y muy difícil de practicar. El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad consiste en amar “como yo os he amado”. La idea de que Jesús amaba solo a uno de los discípulos (“el discípulo amado”) no es exacta. Amaba a todos, y si a ellos les hubieran preguntado en aquel momento cómo les había amado Jesús dirían que eligiéndolos y soportándolos. Es mucho, pero hay una forma más grande de demostrar el amor: dando la vida por la persona a la que se quiere, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Cabe el peligro de concluir: “Si Jesús nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarlo a él”. Sin embargo, el mandamiento nuevo no habla de amar a Jesús, sino de amarnos unos a otros. Esto supone un cambio importante con respecto al libro del Deuteronomio, donde el mandamiento principal es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Jesús, de forma casi polémica, omite la referencia a Dios y habla del amor al prójimo. Y lo mismo que a los israelitas se los reconocía por creer en un solo Dios dentro de un ambiente politeísta, a los cristianos se nos debe reconocer por amarnos unos a otros.

Sin embargo, cuando se conoce la historia de la Iglesia, queda claro que los cristianos nos distinguimos, más que por el amor mutuo, por la capacidad de pelearnos, no solo entre diversas confesiones, sino dentro de la misma. Curiosamente, la situación ha mejorado mucho entre las distintas confesiones, mientras los conflictos abundan dentro de la misma iglesia. Lo cual es comprensible. Es más fácil pelearse con el hermano que vive contigo que con el que ha formado su propia familia y está más lejos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27

Contiene el final del primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, indicando la conducta que siguieron los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo del libro de los Hechos (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. La palabra presbíteros etimológicamente designa al “anciano”; en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la del Apocalipsis habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en Apocalipsis y Hechos: ahora la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap); pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

José Luis Sicre

Comentario del 19 de mayo

Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. El ahora de la glorificación del Hijo es hecho coincidir por Jesús con el momento en que Judas sale del cenáculo. Es el momento en que empieza a ejecutarse la traición que dará lugar al prendimiento en el huerto de Getsemaní y, consiguientemente, a la Pasión. El ahora de la Pasión es visto, por tanto, como el ahora de la glorificación del Paciente. ¿Por qué esta paradójica coincidencia entre el momento de la humillación y el de la exaltación? Se me ocurre una respuesta: Quizá porque el momento en el que se hace más palpable el amor paciente de Dios en su Hijo y enviado es también el momento en el que ese amor empieza a surtir su efecto, es decir, el momento en el que el amor manifestado comienza a ejercer una fuerza de atracción que provoca sentimientos de gratitud y de alabanza en los atraídos. Es también la hora de la consumación y de la entronización a la derecha del Padre.

Aunque hay una secuencia temporal mediada por la muerte, que separa pasión y resurrección, humillación y glorificación, por ser la hora de la consumación es tiempo de confluencias, ese momento en que se dan cita el amor entregado y el recompensado o en el que el amor sacrificado se transforma en amor glorificado. Y nuestra doxología no es sino el refrendo de la glorificación del Hijo por parte del Padre. Podemos glorificar al Hijo porque el Padre lo ha glorificado antes, en su resurrección y ascensión al cielo. Pero este acto de glorificación supone, a su vez, otro acto, aquel por el que el Hijo da gloria al Padre en su ofrenda de amor. Ambos actos de glorificación nos permiten a nosotros reconocer la gloria del Padre y del Hijo, como hacemos repetidamente en nuestra doxología trinitaria.

Y es en ese ahora de la hora de Jesús, cuando ya le queda poco de estar con sus íntimos, cuando les deja a modo de testamento su mandamiento nuevo: Amaos unos a otros como yo os he amado. Ésta es la señal por la que conocerán que sois discípulos míos. Ésta es la señal que identificará a los cristianos y no otra. Pero conviene advertir que la señal no es aquí un documento identificativo como el D.N.I, sino un modo de actuar reconocible por cualquier espectador que se sitúe ante nosotros con ánimo de examinar o de observar. «Mirad cómo se aman», decían los paganos de los primeros cristianos. Un historiador de la antigüedad como Festugiere reconoce en su obra La esencia de la tragedia griega que lo que provocó el asombro y la conversión de muchos paganos al cristianismo fue precisamente el notorio ejemplo que daban los cristianos de caridad mutua. Luego la caridad cristiana fue señal para muchos paganos de autenticidad en el seguimiento de Jesús: algo que permitía reconocer en aquellos a discípulos de Cristo.

Pero además de señal, y antes incluso que esto, es mandamiento: algo que Jesús nos manda cumplir en cuanto cristianos, algo que debemos cumplir si queremos ser en verdad discípulos suyos: una exigencia que brota de nuestra opción por Jesús, de nuestro seguimiento; una exigencia que nace de nuestro propio ser. Si somos cristianos, lo somos porque hemos sido ungidos por el Espíritu de Cristo; esta unción hace de nosotros otros cristos y, por tanto, personas que se dejan mover por el Espíritu de Cristo, es decir, por el amor de Cristo. Pero las exigencias intrínsecas no parecen requerir de mandamiento. ¿No resulta superfluo mandar algo que viene exigido por nuestra propia naturaleza o condición? Puede que sea así; con todo, y dado nuestro carácter olvidadizo e irreflexivo, nunca está de más que nos recuerden a modo de mandato ciertas exigencias propias de nuestra condición.

La novedad de un mandamiento tan antiguo como el del amor a Dios (sobre todas las cosas) y al prójimo (como a uno mismo) no está en lo que ya se había mandado desde tiempos inmemoriales, sino en lo que ahora se mandaba, no está en el amaos unos a otros, sino en el como yo os he amado; por tanto, en el modo del amor. La novedad está en el carácter cristiano de ese amor al prójimo ya recomendado desde antiguo, un carácter que ha puesto Cristo con su conducta. Así hemos de amarnos nosotros unos a otros, como Cristo, como él nos ha amado, con sus notas identificativas, con su espíritu, con sus maneras (oblativa, sincera, obediente, desposeída, fiel, esperanzada, generosa), hasta el extremo de la donación, hasta dar la vida por los amigos, y por los enemigos, a los que quiere transformar en amigos. Este es el amor de Jesús, un amor llevado hasta el extremo de la cruz, un amor que consiste en dar de sí, en dar vida mientras se tiene, en dar la vida y, por tanto, a sí mismo, y en darla dando lo que forma parte de ella: palabras vivificantes, bienes materiales, dedicación desinteresada, tiempo, fatigas, energías, sufrimientos, etc.

Pero en este punto puede surgir una pregunta muy espontanea: ¿No es demasiado pretencioso por nuestra parte amar a los demás a la manera de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre? La respuesta ya se ha dado: Amar como él nos ha amado no es una pretensión nuestra, sino un mandamiento suyo; además –ya lo hemos aclarado-, es una exigencia de brota de nuestro ser cristiano: somos otros cristos, es decir, otros ungidos; disponemos, pues, de su unción o de su Espíritu; y si disponemos de su Espíritu, disponemos de su capacidad para obrar. No tenemos sólo su mandamiento; tenemos también su capacidad. Además, hay que suponer que tras el mandamiento está la capacitación para cumplirlo: si nos manda amarnos unos a otros como él nos ha amado, es porque nos considera capaces; y nos considera capaces porque nos da el Espíritu que nos capacita en la medida en que nosotros se lo pedimos, manifestamos interés por tenerlo, tratamos de adquirirlo y acudimos a esas fuentes de gracia (=fuerza) que son sus sacramentos. Es el Espíritu Santo, el Espíritu del amor que recibimos germinalmente en nuestro bautismo y que alimentamos en nuestras eucaristías; el mismo Espíritu que animaba la vida de Cristo deiformemente: el que le llevó al desierto y a Getsemaní, y al Calvario, y a la vida resucitada y gloriosa.

Nadie ama –en realidad, nadie hace nada- sin un por qué, sin una motivación: uno ama a otro porque es su hijo, o su madre, o su amigo, o su bienhechor; por tanto, por lo que le une a esa persona: amistad, gratitud, parentesco, admiración, etc. Es el amor natural. Pero también podemos amar por lo que nos une a Dios (gratitud, filiación, amistad), y amar no solamente al Dios al que nos sentimos unidos, sino a todo aquello que Dios ama y que quiere que también nosotros amemos, porque en todo lo creado hay un reflejo de su bondad. Puede que nos encontremos con cosas y personas poco amables, porque sobre su bondad y belleza naturales han colocado maldad, fealdad, ingratitud o dureza. Pues bien, también en este caso es posible encontrar la bondad y belleza originales que hacen de tales personas «amables». Con el amor ilimitado de Jesús es posible amar incluso lo que se presenta a nuestros ojos como poco amable, es posible amar al hermano enfermo, anciano, pobre, pecador, es posible amar al enemigo, al desconocido, al lejano, al difunto, y quizá con mayor motivo que a los que carecen de tales deficiencias o poseen cualidades que hacen de ellos personas dignas de amor, pues aquí no amamos por las cualidades que resplandecen en las personas de nuestra dilección, sino por amor de Dios. Y tal es la razón suprema del amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

3. A todos los jóvenes cristianos les escribo con cariño esta Exhortación apostólica, es decir, una carta que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo tiempo alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación. Pero puesto que es un hito dentro de un camino sinodal, me dirijo al mismo tiempo a todo el Pueblo de Dios, a sus pastores y a sus fieles, porque la reflexión sobre los jóvenes y para los jóvenes nos convoca y nos estimula a todos. Por consiguiente, en algunos párrafos hablaré directamente a los jóvenes y en otros ofreceré planteamientos más generales para el discernimiento eclesial.

Lectio Divina – 19 de mayo

El mandamiento nuevo:
amar al prójimo como Jesús nos amó
Juan 13,31-35

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Señor Jesús ayúdanos a entender el misterio de la Iglesia, comunidad de amor. Al darnos el mandamiento nuevo como constitutivo de la Iglesia, tú nos indicas que es el primero en la jerarquía de valores. Cuando estabas a punto de despedirte de tus discípulos, has querido ofrecer el memorial del mandamiento nuevo, el nuevo estatuto de la comunidad cristiana. No fue una piadosa exhortación, sino más bien, un mandamiento nuevo, que es el amor. En esta ‘relativa ausencia’ estamos invitados a reconocerte presente en la persona del hermano. En este periodo de la Pascua, Señor Jesús, tú nos recuerdas que el tempo de la Iglesia, es el tiempo de la caridad, es el tempo del encuentro contigo mediante los hermanos. Sabemos que al final de nuestra vida nos juzgarán sobre el amor. Ayúdanos a encontrarnos en cada uno de nuestros hermanos y hermanas, aprovechando las pequeñas ocasiones de cada día.

Juan 13,31-35

b) Lectura del texto:

31 Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. 32 Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. 33 «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros.
34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»

c) Unos momentos de silencio orante:

El pasaje evangélico que vamos a meditar nos presenta unas palabras de despedida de Jesús dirigidas a sus discípulos. Este relato hay que considerarlo una especie de sacramento del encuentro con la Persona viva y verdadera de Jesús.

2. MEDITATIO

a) Preámbulo al discurso de Jesús:

Nuestro pasaje concluye el cap. 13 en el que se entrelazan dos temas, que luego son retomados y desarrollados en el cap. 14: donde el Señor va, y por lo tanto el lugar; y el tema del mandamiento del amor. Algunas consideraciones sobre cómo se articula el contexto en el que están insertas las palabras de Jesús sobre el mandamiento nuevo pueden ayudarnos a llegar a algunas reflexiones preciosas sobre los contenidos.

En primer lugar en el v.31 se dice «cuando salió», ¿de qué se trata? Para entenderlo hay que ir al v. 30 donde se dice que «tomado un bocado, salió enseguida. Y era de noche». Por consiguiente, el personaje que sale es Judas. La expresión «era de noche», es característica de todos los «discursos de despedida» que acontecen justamente de noche. Las palabras de Jesús en Juan 13,31-35 van precedidas de esta inmersión en la oscuridad de la noche. ¿Qué significado simbólico tienen? En Juan la noche representa el momento cumbre de la intimidad esponsal (por ejemplo la noche esponsal), pero al mismo tempo de la suprema angustia. Otro significado de la oscuridad de la noche: representa el peligro por antonomasia, es el momento en el que el enemigo urde los hilos de la venganza hacia nosotros, expresa el momento de la desesperación, de la confusión, del desorden moral e intelectual. La oscuridad de la noche es como un callejón sin salida.

Durante la tormenta nocturna, en Juan 6, la oscuridad de la noche expresa la experiencia de la desesperación y de la soledad, mientras que están en mano de las fuerzas oscuras que agitan las aguas del mar. Y la anotación temporal «mientras era aún de noche» en Juan 20,1 indica las tinieblas producidas por la ausencia de Jesús. En el Evangelio de Juan, Cristo luz no está en el sepulcro, por ello reina la oscuridad (20,1).

Con razón, pues, los «discursos de despedida» hay que considerarlos dentro de este marco temporal. Casi a indicar que el color de fondo de estos discursos es la separación, la muerte o el irse de Jesús que dará lugar a una sensación de vacío o de amarga soledad. En el hoy de la iglesia y de la humanidad podría significar que cuando Jesús lo ausentamos de nuestra vida despunta en nosotros la experiencia de la angustia y del sufrimiento.

Volviendo a las palabras de Jesús en 3,31-34, eco de su ida y de su muerte inmediata, el evangelista Juan evoca de nuevo su pasado vivido con Jesús, entretejido de recuerdos que le han abierto los ojos a la riqueza misteriosa del Maestro. Esta memoria del pasado forma parte también del camino de fe.

Es característico de los «discursos de despedida» el que todo lo que se transmite, en particular en el momento tan trágico y solemne de la muerte, se convierta en patrimonio inalienable, testamento que hay que custodiar con fidelidad. Y también los discursos de Jesús sintetizan todo lo que ha enseñado y realizado, con el intento de solicitar a los discípulos para que sigan la misma dirección que él mismo ha indicado.

b) Para ahondar en el tema:

Nuestra atención se detiene, ante todo, sobre la primera palabra utilizada por Jesús en este discurso de despedida que leemos en este domingo de Pascua: «Ahora». «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado». ¿De qué «hora» se trata? Es el momento de la cruz que coincide con la glorificación. Este último término en el Evangelio de Juan coincide con la manifestación, o revelación. Por consiguiente la cruz de Jesús es la «hora» de la máxima epifanía o manifestación de la verdad. Hay que excluir todo significado sobre el ser glorificado que pueda hacer pensar a algo relativo al «honor», al «triunfalismo», etc.

Por un lado Judas entra de noche, Jesús se prepara a la gloria: «Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto” (v.31-32). La traición de Judas madura en Jesús la convicción de que su muerte es «gloria». La hora de la muerte en cruz está en el plan de Dios; es la «hora» en la que sobre el mundo, mediante la gloria del «Hijo del hombre», resplandecerá la gloria del Padre. En Jesús, que ofrece la vida al Padre en la «hora» de la cruz, Dios se glorifica revelando su ser divino y acogiendo en su comunión a todos los hombres.

La gloria de Jesús (del Hijo) consiste en su «amor hasta el extremo» por todos los hombres, tanto que se ofrecen hasta a los que le traicionan. Un amor, el amor del Hijo, que se hace cargo de todas las situaciones destructoras y dramáticas que gravitan alrededor de la vida y de la historia de los hombres. La traición de Judas es el símbolo, no tanto de un individuo, como de toda la humanidad malvada e infiel a la voluntad de Dios.

Sin embargo, la traición de Judas sigue siendo un evento cargado de misterio. Un exegeta escribe: “Con su traicionar a Jesús, «la culpa se inserta en la revelación; y hasta se pone al servicio de la revelación» (Simoens, Secondo Giovanni, 561). En un cierto sentido la traición de Judas ofrece la posibilidad de conocer mejor la identidad de Jesús: su traición ha permitido comprender hasta que punto ha llegado la predilección de Jesús por los suyos. Don Mazzolari escribe: «Los apóstoles se han convertido en amigos del Señor, buenos o no, generosos o no; fieles o no quedan siempre amigos. No podemos traicionar la amistad de Cristo: Cristo no nos traiciona nunca, no traiciona nunca a sus amigos, aunque no lo merezcamos, aún cuando nos rebelamos en contra de El, aún cuando lo negamos. Ante sus ojos y su corazón nosotros somos siempre los “amigos” del Señor. Judas es un amigo del Señor aunque en el momento en que, besándolo, consume la traición del Maestro» (Discursos 147).

c) El mandamiento nuevo:

Detengamos nuestra atención sobre el memorial del mandamiento nuevo.

En el v.33 notamos un cambio en el discurso de despedida de Jesús, no se usa más la tercera persona, sino que hay un «tú» a quien el Maestro dirige su palabra. Este «tú» se expresa al plural y con un término griego que expresa profunda ternura: «hijitos» (teknía). Más concretamente: Jesús utilizando este término quiere comunicar a sus discípulos, con el tono de su voz y con la apertura de su corazón, la inmensa ternura que les tiene.

Es interesante, además, otra indicación que encontramos en el v.34: «que os améis unos a otros como yo os he amado». El término griego Kathòs «como», no indica de por sí una comparación: como yo os he amado, amaos. El sentido podría ser consecutivo o causal: «Ya que yo os he amado, así amaos también vosotros».

Hay exegetas que como el P.Lagrange ven en este mandamiento de Jesús un sentido escatológico: durante su relativa ausencia, Jesús, en espera de su definitivo retorno, quiere ser amado y servido en la persona de sus hermanos. El mandamiento nuevo es el único mandamiento. Si falta, todo falta. Escribe Magrassi: «Fuera las etiquetas y las clasificaciones: todo hermano es sacramento de Cristo. Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado del hermano de la mañana a la noche sin aceptarlo y sin amarlo? La gran operación en este caso es el éxtasis en el sentido etimológico de la palabra: salir de mí para hacerme prójimo de cualquiera que me necesite, empezando por los más cercanos y por las cosas humildes de cada día» (Vivere la chiesa, 113).

d) Para la reflexión:

– ¿Amamos a nuestros hermanos como amamos a Cristo?
– ¿Sé reconocer al Señor presente en la persona del hermano, de la hermana?
– ¿Sé captar las pequeñas ocasiones cotidianas para hacer bien a los demás?
– Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado de los hermanos de la mañana a la noche sin aceptarlos y sin amarlos?
– La caridad ¿da sentido a todo en mi vida?
¿Qué puedo hacer para mostrar mi agradecimiento al Señor que vino por mi a hacerse siervo y ha consagrado por mi bien toda su vida? Jesús contesta: Sírveme en mis hermanos. Es éste el modo más auténtico para indicar el realismo de tu amor para conmigo.

3. ORATIO

a) Salmo 23,1-6:

El salmo nos ofrece la imagen de la Iglesia peregrina, acompañada por la bondad y lealtad de Dios, hasta que llegue definitivamente a la casa del Padre. A lo largo de este camino, la orienta el memorial del amor: tu bondad y tu fidelidad me acompañan.

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

b) Orar con los Padres de la Iglesia:

Te amo por ti mismo, te amo por tus dones,
te amor por tu amor
y te amo de manera que,
si un día Agustín fuera Dios
y Dios fuera Agustín,
quisiera volver a ser lo que soy, Agustín.
Para hacer de ti el que eres,
porque tú sólo eres digno de ser quien eres.
Señor, tu lo ves,
mi lengua desvaría,
no sé expresarme,
pero no desvaría el corazón.
Tú ves lo que yo siento
y aquello que no sé decirte.
Te amo, Dios mío,
y mi corazón es angosto ante tanto amor,
mis fuerzas ceden a tanto amor,
y mi ser es demasiado pequeño por tanto amor.
Salgo de mi pequeñez
y todo en ti me sumerjo,
me transformo y me pierdo.
Fuente del ser mío,
Fuente de todo mi bien:
Mi amor y mi Dios.

(S. Agustín: Las Confesiones)

c) Oración final:

La Beata Teresa Scrilli arrebatada por un deseo ardiente de corresponder al amor de Jesús, así se expresa:

Te amo,
o Dios mío,
en tus dones;
te amo en mi nulidad,
porque en ella también entiendo,
tu infinita sabiduría;
te amo en los acontecimientos múltiples ordinarios y extraordinarios,
con que tu acompañaste mi vida…
Te amo en todo,
momentos de paz o de desconcierto;
porque no busco,
ni nunca busqué,
de Ti consuelos;
sino que a Ti, Dios de los consuelos.
Porque nunca me glorié
ni me complací,
en aquello que me hiciste sentir en tu Divino amor por gracia gratuita,
ni me angustié y turbé
si dejada en la aridez y poquedad.

(Autobiografía, 62)

Se hace camino al andar

Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice el poeta español Antonio Machado. Pablo no hubiera escrito líneas tan preciosas, era intelectual, más que poeta, pero las puso en práctica durante su vida.

1.- Cuando camino de Damasco se le manifestó el Señor, al que perseguía, en vez de contestarle que no era cierto, que a nadie en concreto acosaba, que se limitaba a ser fiel a lo que todo el mundo hacía y las leyes tenían establecido, este adulto convencido y preparado en estudios y viajes, ante lo inesperado, se limitó a ser fiel a lo que se le proponía, sin ofrecerle nada a cambio. Supo arriesgarse. Dijo sí a la voz, dijo sí a Ananías, el de Damasco, e inició una nueva vida, una aventura Olvidó su madurez y recuperó la juventud. ¿Durante el tiempo de retiro que permaneció en Arabia, se programó rutas y preparó discursos y entrevista? ¡Quia!

2.- En Jerusalén el día de Pentecostés, él no estaba. En Cesarea marítima, allí donde el Centurión Cornelio, recibió la Confirmación antes de habérsele administrado el bautismo, tampoco. Evidentemente, en Nazaret junto a María, cuando Gabriel le habló del Espíritu a la Virgen, tampoco. ¿Cuándo recibió el Espíritu? No nos lo cuenta, tal vez nos diría si se lo preguntásemos, que no hay itinerarios estudiados, que de su vida solo quedan estelas en la mar. He vuelto, mis queridos jóvenes lectores, por si no lo habíais notado, al verso de Machado.

3.- Con Bernabé emprendió una aventura que, como en todas pasa, gozó de éxitos y sufrió fracasos. En la misa del domingo pasado nos enteramos de algunas de sus correrías, hoy de otras. No perdía de vista a la Iglesia Madre de Jerusalén, pero no se limitaba a cumplir consignas. Era leal, pero no esclavo.

De Pedro y los demás sí que sabemos cuándo y cómo recibieron el Espíritu. No estaban capacitados intelectualmente como Pablo, hoy diríamos que el apóstol de las gentes era doctorado y los otros justito, tenían la capacidad de quien ha cursado la primaria. El Espíritu ni enorgullecía a uno ni humillaba a los otros. De aquí que todos se enriquecieron en el encuentro.

4.- Mis queridos jóvenes lectores, se os anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva. A vosotros principalmente, se os pide colaboración. No escurro yo el bulto. Os advierto que ante los nubarrones que oscurecen la atmosfera de la Iglesia que tanto nos repiten los medio, y yo lo digo siempre, que sin negar la realidad, no estoy de acuerdo mientras duren carmelos, cartujas y trapas. Yo, viejo, veo que se asoma en el horizonte inmenso de la Fe, el Lucero vespertino.

Desde el atardecer del Viernes Santo, meditando la Pasión del Señor, este Lucero que vislumbré, se concretó en darme cuenta que el 8-9 de junio próximo, celebraremos, en uno u otro sitio, de formas diferentes, con idéntica vivencia, en situación espacio/temporal o librados de ella, Pentecostés. Y desde ese momento trato de escuchar los mensajes que me lo anuncian. Anotarlos, reflexionarlos, prepararlos para ofrecerlos a otros muchos. A vosotros también, mis queridos jóvenes lectores.

El Cristianismo es Amor y nada más, lo demás son pamplinas inventadas por la clerecía, dicen muchos. Tal vez estaría del todo de acuerdo, si este Amor fuera como el que proclama Cristo al final de la lectura evangélica de la misa de hoy: amaos unos a otros como yo os he amado. ¡anda ya! Es preciso enterarse de qué significa y de qué manera se expresa y a qué eventualidades compromete para serle fieles, no lo olvidéis. Un amor cualquiera sabe a poco y con frecuencia llega a indigestar.

Pedrojosé Ynaraja

Lo nuevo

A las personas nos atrae lo nuevo, y esto lo saben bien los comerciantes, que cada cierto tiempo nos ofrecen “novedades”, ya sea en moda, tecnología… Por mucho que nos guste algo, más pronto o más tarde acabamos acostumbrándonos a ello y aunque no lo rechacemos, ya no le prestamos la misma atención. Y cuando surge algo nuevo, que percibimos o experimentamos por primera vez, o algo que para nosotros es nuevo porque es distinto o diferente a lo que antes había, nos llama la atención. También en las relaciones humanas, sobre todo en las relaciones de pareja, es conveniente introducir de vez en cuando algo nuevo para evitar la rutina, la costumbre, que llevan al cansancio y al aburrimiento y a veces, si surge alguien “nuevo”, a la infidelidad y a la ruptura.

Y también en la vida de fe hace falta lo nuevo, porque caemos muy fácilmente en la rutina, la costumbre, en “lo de siempre”, “lo de todos los años” y, por tanto, caemos en el cansancio y el aburrimiento y no ofrecemos un buen testimonio de lo que es ser cristiano. Ya lo advirtió el Papa Francisco en “Evangelii gaudium”: “Necesitamos el empuje del Espíritu para no acostumbrarnos a caminar sólo dentro de confines seguros. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos” (GE 133).

Por eso la Palabra de Dios en este Domingo V de Pascua nos invita a descubrir lo nuevo que nos trae Cristo Resucitado. En la 2ª lectura hemos escuchado: vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén… Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Ahora hago el universo nuevo”.

La resurrección de Cristo inaugura la “nueva temporada” de la historia, dirigiéndola hacia su plenitud. Él es “lo nuevo” y además el que lo hace todo nuevo.

Pero a nosotros Cristo también nos hace partícipes, corresponsables de que lo nuevo se vaya haciendo realidad en lo concreto de la Historia. Por eso en el Evangelio nos ha dicho: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. Ése es el verdadero y mayor distintivo de “lo nuevo”: que aprendamos a amarnos no de cualquier modo sino “como Él” nos ha amado, porque la señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

Para llevar a la práctica este mandamiento, primero debemos sabernos y sentirnos amados por el Señor; de lo contrario, difícilmente podremos amar “como Él” nos ama. Por eso decía también el Papa: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG 3). Y en ese deseo de encuentro personal con el Resucitado descubriremos lo nuevo que nos ofrece, porque “Él siempre puede, con su no vedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras, la propuesta cristiana nunca envejece. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (EG 11).

Porque los demás también deben notar nuestro encuentro con el Resucitado. Jesucristo nos envía a anunciar lo nuevo de su Resurrección, y por eso desde hace un tiempo estamos convocados a una nueva evangelización, que como ya se indicó en el Sínodo de los Obispos en 2012, es “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión. No se trata de hacer nuevamente una cosa que ha sido mal hecha o que no ha funcionado (…) Consiste en el coraje de atreverse a transitar por nuevos senderos, frente a las nuevas condiciones en las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio”.

¿La Pascua de este año ha supuesto para mí algo nuevo, o “lo de siempre”? ¿Busco el encuentro con el Resucitado? ¿Procuro amar “como Jesús” nos ha amado, para que los demás conozcan que soy discípulo suyo? ¿Me siento convocado a la nueva evangelización, o creo que eso es para otros?

Si humanamente nos atrae lo nuevo, Jesús Resucitado es lo realmente Nuevo, y nos debe atraer a nosotros para ofrecer su Novedad a los demás. Como dice el Papa: “Se trata de «observar» lo que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se destaca aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos (161). Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto” (276).

Suspendidos en amor

1. – En la asignatura del amor la mayoría de los cristianos estamos suspendidos. El amor no reina en la Tierra y solo unos pocos practican realmente el mandamiento principal de Cristo. En el Evangelio de esta semana Jesús dice que se sabrá que somos discípulos suyos al verse que nos amamos los unos a los otros. Pero ni es así ahora, ni lo ha sido antes. Y no solo no hay amor, sino que en la mayoría de los casos lo que circula es algo muy cercano al odio. Hay otro mandato que es el del amor a los enemigos, pero eso ya es demasiado… Y no lo es, realmente, porque Cristo y el Espíritu están vivos y ejercen su influencia en esos pocos.

2. – Ni siquiera amamos a los vecinos, ni a nuestros familiares. El mundo moderno se ha instalado en un egoísmo solitario y durísimo. Sabemos que hay gentes que se están muriendo de hambre a nuestro lado, en los mismos bloques de apartamentos. Una situación de paro severo los lleva a entrar en un aislamiento que no solo está producido por su vergüenza a exponer su penuria. Las pocas aproximaciones que tienen para contar su problema son recibidas con hostilidad. Está además el egoísmo atroz contra los lejanos o contra los que son diferentes. Los problemas de racismo en, por ejemplo, España se ceban con los gitanos –ciudadanos españoles desde hace siglos– y con los latinoamericanos –sociedades surgidas de nuestro mismo árbol— que intentan trabajar aquí. Y no digamos, claro está, lo que sufren los norteafricanos.

3. – El contraste estaría en la aparición de muchas organizaciones solidarias que trabajan para hacer el bien a los desposeídos. En cierta forma, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s) forman ese nuevo aspecto –sin duda venturoso— de atención a los hermanos. Muchos dicen, incluso, que éstas le han quitado sitio a las obras cristianas. Pero aunque no sea así, parece que el esfuerzo heroico de pequeños grupos de cristianos –la mayoría religiosos o consagrados— no está secundado en demasía por quienes se dicen seguidores de Cristo. Ocurre, entonces, que si posiciones ideológicas -o de cultura política- inducen a trabajar por el bienestar de nuestros semejantes, ¿qué debería producir el mandato de Jesús sobre que nos amemos los unos a los otros y que esto sea nuestra divisa para el conocimiento exterior? Pues, un mayor entusiasmo. Unos resultados muy superiores y muchos más caminos abiertos.

4. – Si fuéramos capaces de amor a nuestros semejantes –a todos—el mundo viviría en paz. Y en búsqueda del amor tal vez nos falte capacidad para hacerlo. No amamos porque no buscamos los caminos que nos llevan a ello. El mensaje de Cristo queda en la mayoría de los casos como un adorno grato. Y, sin embargo, debe ser nuestra vida. La fe sin obras no es fe, porque, en cierto modo, se está negando la principal característica de Cristo. Y Él nos habla de amor, de paz, de mansedumbre, de alegría. Pero también nos habla de pobreza, de limpieza de corazón, de ser servidores de los demás.

5. – Tampoco se puede entrar en caminos demagógicos sobre si es suficiente ayudar a los demás antes que la relación con Dios. Siempre en un cristiano tendrá que alimentar su peripecia personal, única, intransferible ante Dios. Porque hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y ahí aparece Dios en primer lugar y, por ello, no es posible obviar nuestra vida de amor y oración constante a Dios. Pero como el amor a Dios y al prójimo está unido, tampoco nos podemos conformar con la devoción, alejada del amor a nuestros hermanos. Además, si verdaderamente tenemos un gran amor por Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo–, rebosará amor hacia nuestros hermanos.

6. – Hay que trabajar duro para que no haya violencia, egoísmo, insolidaridad y que todo ello salga de sectores de la sociedad que se dicen cristianos. Ciertamente que hay que trabajar para que esa falta de amor -que produce violencia, egoísmo e insolidaridad- no fructifique en parte alguna. Pero los cristianos debemos ser exigentes en cuanto a nuestra posible complicidad con los violentos y los opresores; con los que matan a inocentes y a culpables; con los, en definitiva, asesinos del amor. El mensaje no debe ser catastrofista. Hay muchas instancias de la Iglesia Católica –y de sus fieles— que luchan contra ese mundo atroz. Y, por supuesto, muchas vías para ejercitar, con obras, nuestro amor a los demás. Pero hemos de ser constantes y reflexivos. Y tener abierto el corazón a lo que nos manda Cristo respecto a nuestros hermanos. El problema emerge porque muchas veces ese corazón está cerrado a las palabras de Jesús.

Ángel Gómez Escorial

Comentario al evangelio – 19 de mayo

Amar como él nos ama

      La comunidad cristiana es signo del cielo nuevo y de la tierra nueva de que habla la segunda lectura. Pero, ¿qué tipo de signo? ¿En qué se debe notar que somos la semilla de la nueva creación? La clave nos la da el Evangelio de Juan. Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos y les deja un mandamiento nuevo que es como su testamento. Les dice que se amen unos a otros como él les ha amado. Ésa será la señal por la que conocerán que somos discípulos de Jesús. Así pues, lo más distintivo de los cristianos no es que nos reunamos los domingos para celebrar la misa. Tampoco el que tengamos una jerarquía con un papa, obispos y sacerdotes. Ni siquiera es nuestra característica el que celebremos siete sacramentos. Jesús no deseaba que fuésemos conocidos por ninguna de esas cosas. Jesús deseaba que los que no perteneciesen a nuestra comunidad nos conociesen por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción. Jesús quería que nos amásemos como él nos había amado. 

      Ése es el signo que hará descubrir a los que no son cristianos que la comunidad cristiana es la semilla de un nuevo mundo. Porque sólo Dios es capaz de dar vida a ese amor fraterno que hace que todo se comparta y que todos vivan más en plenitud. Cuando los que no son cristianos nos vean amar de verdad, necesariamente han de pensar que Dios está presente en nuestra comunidad, porque las personas, por nuestras solas fuerzas, no podemos amar de esa manera. 

      ¿Es que los cristianos estamos hechos de otra madera? ¿Es que somos superiores a los demás? En absoluto. Somos iguales. Pero la presencia de Dios está con nosotros. Y cuando le dejamos actuar en nuestros corazones, experimentamos que un amor mayor que nuestras fuerzas brota de dentro de nosotros. Es el amor de Dios. Es el amor que es signo de la tierra nueva y del cielo nuevo. Es, por ejemplo, el amor con que la madre Teresa de Calcuta amó a los enfermos y moribundos. Es el amor con que muchos padres aman a sus hijos. Sin medida, sin tiempo, sin límite, con absoluta generosidad. 

      Pero como no somos superiores a los demás, a los que no son cristianos, como cometemos errores y a veces nos hacemos daño unos a otros, hay una dimensión del amor que la comunidad cristiana debe saber vivir de una manera especial. Es la dimensión del perdón, de la reconciliación. Perdonar a los hermanos –y perdonarme– es una forma de amar que reconocer la limitación propia y la supera porque el amor va más allá de los límites que marca nuestra debilidad. Vivir el perdón y la reconciliación en la comunidad cristiana es la mejor forma de dar testimonio del amor que nos une. 

Para la reflexión

      ¿Qué signo crees que es el que nos distingue como cristianos? ¿Qué tendríamos que hacer en nuestra comunidad para dar mejor testimonio? ¿Y en nuestra familia? ¿Y en el trabajo?

Fernando Torres, cmf