Vísperas – Miércoles V de Pascua

VÍSPERAS

MIÉRCOLES V DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llando
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las ciaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador. Aleluya.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda ofreceré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador. Aleluya.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Aleluya.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Aleluya.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Aleluya.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Aleluya.

LECTURA: Hb 7, 24-27

Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdote que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día —como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre, y digámosle:

Oh Cristo, siempre vivo para interceder por los hombres, escucha nuestra oración.

  • Acuérdate, Señor, de los que se han consagrado al ministerio pastoral;
    — que sean para tu pueblo ejemplo de santidad.
  • Concede, Señor, el espíritu de justicia y de paz a los que gobiernan las naciones
    — y haz que trabajen para que todos podamos vivir según tu ley.
  • Concede la paz a nuestros días
    — y multiplica los bienes de la tierra, para que los pobres puedan gozar de las riquezas de tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Oh Cristo, que con tu triunfo has iluminado el mundo entero y has llamado a la vida a toda la creación, que estaba sometida a la frustración,
    — concede la luz eterna a nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido, atrae hacia ti el corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las tinieblas del error. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

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Lectio Divina – 22 de mayo

Tiempo de Pascua

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido; atrae hacia ti el corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las tinieblas del error. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 15,1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.

3) Reflexión

• Los capítulos del 15 al 17 del Evangelio de Juan nos presentan varias enseñanzas de Jesús, que el evangelista ha unido y colocado aquí en el contexto amistoso y fraterno del último encuentro de Jesús con sus discípulos:
Jn 15,1-17: Reflexiones entorno a la parábola de la vid
Jn 15,18 a 16,4a: Consejos sobre la manera de comportarse cuando se nos persigue
Jn 16,4b-15: Promesa sobre la venida del Espíritu Santo
Jn 16,16-33: Reflexiones sobre la despedida y el retorno de Jesús
Jn 17,1-26: El Testamento de Jesús en forma de oración

• Los Evangelios de hoy y de mañana presentan una parte de la reflexión de Jesús sobre la parábola de la vid. Para entender bien todo el alcance de esta parábola, es importante estudiar bien las palabras que Jesús usó. Y es igualmente importante observar de cerca una vid o una planta para ver cómo crece y cómo se enlazan tronco y ramos, y cómo el fruto nace del tronco y de los ramos.

• Juan 15,1-2: Jesús presenta la comparación de la vid. En el Antiguo Testamento, la imagen de la vid indicaba el pueblo de Israel (Is 5,1-2). El pueblo era como una vid que Dios plantó con mucho cariño en las costas de los montes de Palestina (Sal 80,9-12). Pero la vid no correspondió a lo que Dios esperaba. En vez de unos racimos de uva buena dio un fruto amargo que no servía para nada (Is 5,3-4). Jesús es la nueva vid, la vid verdadera. En una única frase el nos da toda la comparación. El dice: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». La poda es dura, pero es necesaria. Purifica la vid, para que crezca y produzca más frutos.

• Juan 15,3-6: Jesús explica y aplica la parábola. Los discípulos ya son puros. Ya fueron podados por la palabra que escucharon de Jesús. Hasta hoy, Dios hace la poda en nosotros por medio de su Palabra que nos llega por medio de la Biblia y de muchos otros medios. Jesús alarga la parábola y dice: «¡Yo soy la vid y vosotros los sarmientos!» No se trata de dos cosas distintas: de un lado la vid, de otro, los ramos. ¡No! No hay una vid sin ramos. Nosotros somos parte de Jesús. Jesús es el todo. Para que un ramo pueda producir frutos, debe estar unido a la vid. Sólo así consigue recibir la savia. «¡Sin mí, no podéis hacer nada!” Ramo que no produce fruto es cortado. Se seca y se le recoge para quemarlo. No sirve para nada ya, ni siquiera ¡para hacer leña!

• Juan 15,7-8: Permanecer en el amor. Nuestro modelo es aquello que Jesús mismo vive en su relación con el Padre. El dice:»Como el Padre me amó, yo también os he amado. ¡Permaneced en mi Amor!» Insiste en decir que debemos permanecer en él y que sus palabras deben permanecer en nosotros. Y llega a decir: «¡Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis!» Pues lo que el padre más quiere es que nos volvamos discípulos y discípulas de Jesús y así demos mucho fruto.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son las podas o momentos difíciles que he pasado en mi vida y que me ayudarán a crecer? ¿Cuáles son las podas o momentos difíciles que pasamos en nuestra comunidad y nos ayudaron a crecer?
• Lo que mantiene viva una planta, capaz de dar frutos, es la savia que la atraviesa. ¿Cuál es la savia que está presente en nuestra comunidad y la mantiene viva, capaz de dar frutos?

5) Oración final

¡Cantad a Yahvé un nuevo canto,
canta a Yahvé, tierra entera,
cantad a Yahvé, bendecid su nombre! (Sal 96,1-2)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 9, 36-37

36Y, tomando a un niño, lo puso en pie en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: 37“Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre a mí me recibe; y quien me recibe no me recibe a mí, sino a quien me ha enviado”.

9,36-37: Jesús hace seguir a este pronunciamiento la puesta en escena real de una parábola que trata de un niño, que por casualidad resulta estar cercano. Este tipo de acción simbólica que se realiza utilizando un sujeto humano es común en el Antiguo Testamento; el ejemplo extremo procede del profeta Oseas, que convirtió su tempestuosa relación con su esposa en una parábola de los altibajos que experimentaba la fidelidad de Israel a Dios. La parábola así representada se convierte en una paronomasia, es decir, en una expresión con doble sentido (paidion puede significar «esclavo» o «niño») y transforma un objeto en una suerte de texto narrativo. En nuestro caso concreto, la acción de Jesús de colocar a un niño en medio del círculo de los discípulos, tomarlo y abrazarlo (9,36), ilustran la actitud, parecida a la de un siervo, que él desea inculcar: quien reciba a un niño «en su nombre» recibe a Jesús mismo, y el que recibe a Jesús recibe al que lo envió, es decir, a Dios. Jesús aplica de este modo tanto a sus representantes como a sí mismo un axioma legal que más tarde se haría común entre los rabinos: «El mensajero de un hombre es como el hombre mismo».

Pero ¿qué significa exactamente recibir a «un niño como ese» en nombre de Jesús? En la historia de la interpretación, se han ofrecido dos respuestas básicas: 1) el niño debe entenderse literalmente, por lo que Jesús exhorta a los discípulos a recibir a los niños; y 2) debe entenderse simbólicamente, como un representante de los seguidores de Jesús, débiles como niños y que el Maestro exhorta a los de fuera a que los reciban. De estas dos opiniones, la segunda interpretación, la «cristiana», ha sido la más extendida porque se apoya en el doblete de Mc 10,13-16 y en el paralelo de Mateo en 18,1-5. Además, cinco versículos después, Jesús hablará «de estos pequeños que creen en mí», a lo que sigue inmediatamente una referencia a sus discípulos (9,41-42). Mas, a pesar de que estas señales son inequívocas, el contexto inmediato sugiere también la dimensión literal. El interés en nuestra perícopa se centra en el niño mismo, como se demuestra por las acciones de Jesús de tomarlo, abrazarlo y ponerlo en el interior del círculo de los discípulos. A diferencia del doblete, Jesús no habla aquí del niño como de un modelo (contrástese con Mt 18,4, «quien se humille como este niño»), sino como un objeto concreto de piedad («quien reciba a un niño como este»).

Pero ¿en qué tipo de recepción piensa Marcos realmente? El verbo usado aquí, dechesthai («recibir»), se emplea a menudo en contextos cristianos primitivos para hablar de la obligación de la hospitalidad y del apoyo a los demás (cf., por ejemplo, Hch 18,27-28; 21,17; Gal 4,14; 2Cor 7,15; Col 4,10). Pero ¿por qué necesitarían los niños tal hospitalidad? Una respuesta posible es que los hijos eran a menudo expuestos tras su nacimiento; esta práctica no estaba limitada a los paganos, aunque fuera probablemente más rara entre los judíos que entre los gentiles. Puesto que paidion puede designar a un bebé (suele hacerlo), es concebible que parte del mensaje de 9,36-37 sea el de recibir en la propia familia a los niños abandonados. Es también plausible que, en las situaciones de persecución contempladas por Jesús o vividas por las comunidades cristianas primitivas, algunos niños se vieran privados de sus padres, o que los padres convertidos en misioneros itinerantes tuvieran que dejar a sus niños, al menos temporalmente (cf. 10,29). Ciertamente los cristianos posteriores eran conocidos por su cuidado y apoyo a los huérfanos, y hay muchos textos cristianos primitivos que exhortan a ser bondadosos con ellos llamándolos «niños de la iglesia» y que impulsan a los adultos a desempeñar la «función de padres», es decir, a adoptarlos. Esto está en línea con el flujo del pensamiento en nuestro pasaje, ya que el cuidado de los niños abandonados era un ejemplo de ese tipo de servicio humilde y diario a los demás que Jesús acaba de pedir (9,35), y es la antítesis de la actitud egoísta que los discípulos acaban de mostrar (9,34).

Esta sugerencia está de acuerdo también con la transición al versículo final de la perícopa, la ecuación de recibir a los niños con recibir a Jesús (9,37a). Como en la parábola mateana de las ovejas y los cabritos, la persona que socorre las necesidades de seres humanos pobres y desvalidos descubre que en realidad ha estado sirviendo a Jesús. Por tanto, 9,37 continúa el antiguo motivo, que se encuentra tanto en la literatura pagana como en la judía, del héroe o el dios que camina de incógnito. Jesús está realmente presente, de modo misterioso, en el niño necesitado que se presenta en el umbral de una casa cristiana. Así pues, el niño en nuestro pasaje no sería, como en 10,14-15, un ejemplo para ser imitado, sino una persona necesitada a la que debe atenderse de un modo concreto y directo.

La conclusión del pasaje amplía el principio de que recibir a un niño es recibir a Jesús añadiendo que el que recibe a Jesús recibe al que lo envió, Dios (9,37b). Teniendo en cuenta la queja de Jesús en el dicho de Q (Mt 8,20 // Lc 9,58), «los zorros tienen madrigueras; y los pájaros del aire, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza», es posible incluso que la segunda parte de 9,37 funcionara al principio como la súplica del propio Jesús itinerante que solicitaba alojamiento y apoyo: es Dios mismo quien llama a la puerta cuando Jesús solicita una cama para la noche. Pero en el contexto de la cristología de Marcos, el dicho de 9,37b adquiere mayores dimensiones. Va en línea con la intensa relación entre Dios y Jesús desde el inicio del evangelio. Así pues, la observación de 9,37 proporciona la respuesta definitiva a los mezquinos esfuerzos que buscaban la grandeza, el catalizador original del pasaje (9,34). No puede imaginarse ninguna distinción mayor que la recepción de Dios mismo; pero el modo de alcanzar este honor superior a todos es servir a los necesitados, los que no pueden tener cuidado de ellos mismos en quienes Cristo y Dios están misteriosamente ocultos. En el siguiente pasaje este principio de la acción oculta divina se ampliará incluso: se considerará que Dios actúa no solo por los miembros más insignificantes de la comunidad cristiana, sino también por los extraños.

Comentario del 22 de mayo

El pasaje evangélico de este día nos presenta una nueva alegoría, esta vez tomada del mundo vegetal, pero no menos significativa, para describir la relación de Cristo con nosotros: como la de los sarmientos con la vid. El contexto histórico-geográfico en que vive Jesús (una tierra de viñedos) le proporciona el símil: Yo soy la verdadera vid y vosotros los sarmientos. Sólo da fruto el sarmiento que permanece unido a la cepa. Esta unión, para que sea realmente fructífera, no puede ser una unión casual, esporádica o accidental; ha de ser una unión permanente y que permita la comunicación de la savia, que es el alimento y la vida del sarmiento. Sólo un sarmiento vivo –y la vida le llega al sarmiento por la unión con la cepa- puede fructificar, esto es, dar de sí aquello para lo que ha sido capacitado.

Hay, sin embargo, sarmientos que parecen estar unidos a la vid, pero no lo están. La unión es sólo aparente, puesto que no les llega la savia de la cepa; por eso se secan, están muertos, y no queda sino cortarlos y arrojarlos al fuego. Pero los sarmientos que dan fruto siempre pueden dar más (de sí); por eso, son podados, para que den más fruto. Esta tarea le corresponde al labrador, que, según el alegorista, es Dios Padre: Mi Padre es el labrador, nos dice Jesús.

El comienzo de nuestra unión con Cristo hay que ponerle en el bautismo; pero aquel fue sólo el comienzo. Para dar fruto es necesario permanecer unidos al que fuimos unidos en el bautismo; porque tal unión puede debilitarse, y hasta romperse –y entonces se interrumpe la comunicación de la savia-; pero también puede restablecerse y afianzarse. El pecado debilita o rompe la unión: se interrumpe la comunicación, se seca el tejido, se agota la vida y nos hacemos estériles; la penitencia la restablece, y la eucaristía la afianza: vuelve a fluir la savia y nuestras vidas fructifican. Pero ¿qué es esa savia y cuáles son esos frutos a los que se refiere la alegoría?

La savia no puede ser otra cosa que la gracia de Dios, ese suministro de vida que nos llega por la mediación de Cristo y nos vivifica crísticamente, esto es, con la vida de Cristo. Y esta vida, estando en nosotros, es la que nos permite fructificar cristianamente. Toda vida, que no sea estéril, es decir, que no esté impedida para dar de sí, da frutos, los suyos; a cada vida le corresponden sus frutos. La vida humana, en la situación en que se encuentre, con su edad, nivel cultural, condición sexual, estado de salud o de vigor, etc., da de sí frutos humanos; la vida cristiana, es decir, la vida humana vivificada por Cristo irá cargada de frutos que lleven la marca y el sabor de la caridad y la esperanza cristianas. A los frutos de toda vida humana pertenecen las palabras y las obras (lo que hablamos y lo que hacemos), pues también las palabras conforman acciones e integran el dar de sí de nuestra vida. Hablar es una acción y las palabras pueden hacer mucho bien y mucho mal. ¿O es que no hace bien una palabra de consuelo, o una palabra que esclarece o resuelve un problema, o que estimula, o alienta, o corrige? Es verdad que en ellas cabe la falsedad o la vanidad y pueden presentarse con muy buena apariencia, estando como cualquier manzana o naranja podridas por dentro.

Previendo este peligro (somos más dados a hablar que a hacer), san Juan nos dice: No amemos de palabra, sino de verdad y con obras. Amar sólo de palabra es amar muy parcialmente o no amar, puesto que la acción de amar es de la persona en su totalidad. Si el amor no brota de lo nuclear de la persona, aunque se exprese con gestos o palabras, es un amor superficial o falso. Las palabras o los gestos pueden resultar engañosos o tan precarios como el sentimiento que los inspira o la pasión que los alimenta; por eso, las obras tienen un valor demostrativo mayor, aunque ni siquiera las obras están exentas de una posible contaminación o son inmunes a toda falsificación, pues también se puede hacer creer a una persona que la amamos a base de regalos, caricias, solicitudes y atenciones. Hemos de amar con obras, pero también con verdad, es decir, deseando realmente el bien de esas personas a las que decimos amar. Las buenas obras, u obras inspiradas en el amor de Cristo, son por tanto el fruto de nuestra unión con él: el dar de sí de una vida injertada en la vida del mismo Cristo Jesús.

Pero Jesús habla también de poda. Para que los sarmientos que ya dan fruto den más, es conveniente podar. Y podar es cortar lo inútil, lo viejo, lo enfermo, lo vano, lo que roba energía pero no produce. Ésta es siempre labor del labrador, y el labrador es el Padre; pero Dios nunca trabaja sin nosotros y nuestra colaboración. Somos personas –así nos ha hecho el Creador-, y la acción de Dios sobre nosotros nunca es impersonal; ello significa que siempre nos tiene en cuenta y nos implica en su trabajo como seres libres que somos, con nuestra carga de voluntad y responsabilidad. Luego si queremos dar realmente más fruto hemos de colaborar en nuestra propia poda, cortando vicios, frenando tendencias, debilitando afectos desordenados al dinero, al saber, al poder, cercenando relaciones ilícitas o peligrosas, desprendiéndonos de apegos, es decir, de todo aquello que nos impide amar a Dios y al prójimo con libertad.

Esta poda suele ser dolorosa, porque nos obliga a dejar cosas o personas que nos son queridas o de las que nos es difícil prescindir en la medida en que estamos aficionados a ellas. El corte de los lazos afectivos es siempre doloroso, pero también necesario, si se quiere lograr esa liberación que nos coloca en mejor disposición para dar el fruto que se espera de nosotros. El resto ya depende de Dios. Él, y sólo él, sabe cómo y en qué momento podarnos (=purificarnos). Uno de los que mejor han descrito este proceso de purificación en sus noches pasivasdel sentido y del espíritu es nuestro místico san Juan de la Cruz. Pero no debemos olvidar que la poda, y los sufrimientos que conlleva, no tienen otro objetivo que ayudar a dar más fruto, y el fruto es la alegría de una vida colmada.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

En el Antiguo Testamento

6. En una época en que los jóvenes contaban poco, algunos textos muestran que Dios mira con otros ojos. Por ejemplo, vemos que José era uno de los más pequeños de la familia (cf. Gn 37,2-3). Sin embargo, Dios le comunicaba cosas grandes en sueños y superó a todos sus hermanos en importantes tareas cuando tenía unos veinte años (cf. Gn 37-47).

Comentario Domingo VI de Pascua

Oración preparatoria

Señor Jesús, ¡sí!, dame Tu paz, no una paz ficticia, sino la Tuya, la que ensancha el corazón y da esa vida que sólo Tú puedes regalar. Dame Tu Palabra un día más, dame escucharla y, amándote, guardarla, hacerla, trabajarla transformando el mundo. Dame fortaleza para seguirte en esta Palabra, y así creer y alegrarme en Ti. AMEN.

 

Jn 14, 23-29

«23Respondió Jesús y le dijo: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padrelo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.

24El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no esmía, sino del que me envió, del Padre.

25Os he dicho estas cosas permaneciendo junto a vosotros.
26Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, ese os

enseñará todo y os recordará todo lo que yo os dije.
27Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.

Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde.
28Habéis oído que yo os dije: ‘voy y vuelvo a vosotros’: si me amarais, os alegra-

ríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
29Y os lo he dicho ahora, antes de suceder, para que cuando suceda creáis”».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

Desde el capítulo 13 comienza “la hora de Jesús”, que contiene tres partes: laúltima cena de Jesús con los discípulos (cap. 13-17), la pasión (cap. 18-19) y la resurrección (cap. 20-21). Tras relatar el lavatorio de pies y el anuncio de la traición de Judas, el evangelio nos presenta un discurso de Jesús (“de despedida”),en el que van interviniendo algunos discípulos con preguntas (Simón Pedro: 13,36; Tomás: 14,5; Felipe: 14,8; Judas, no el Iscariote: 14,22) para presentar nuevos temas hasta el final, en 14,31. Después, el discurso continúa con el tema de la vid verdadera (15,1ss). El evangelio de hoy es la respuesta de Jesús a la pregunta de Judas, no el Iscariote: ¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? La vida habitada por Dios Trino es la marca de los discípulos de Jesús.

 

TEXTO

No está recogida toda la respuesta de Jesús, faltan los vv. 30-31. Teniendo esto en cuenta, el texto tiene tres partes:

1.- vv. 23-25: el amor a Jesús guardando sus palabras; 2.- v. 26: la promesa del Espíritu Santo;
3.- vv. 27-29: el don de la paz y la partida de Jesús.

El texto está admirablemente construido. Tiene un término-clave, Padre, que aparece en las tres partes (2 en la primera, 1 en la segunda, 2 en la tercera) comoorigen (“el Padre envía”) y como meta (“al Padre vuelve”) de la persona de Jesús. Tiene condensado todo el misterio amoroso de Dios, Padre que envía a Jesús y al Espíritu, Hijo que dona su paz y su fortaleza, Espíritu que enseña y recuerda. Tiene también una lección ética para los discípulos: amar a Jesús, esto es, guardar su palabra. El objetivo final: creer, leer los acontecimientos, “lo que sucede”,con fe (=fiabilidad de Jesús + confianza en Jesús + adhesión existencial a él).

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• La marca discipular: amar a Jesús, que significa guardar su Palabra; hemos de ser personas de palabra y de la Palabra. “Desconocer la Escritura es desconocera Cristo” recoge la Dei Verbum de San Jerónimo. ¿Qué papel juega la lectura atenta y orante de la Sagrada Escritura en nuestra vida de discípulos?

• La morada de Dios no es el templo, sino el discípulo: somos “morada de Dios”;¿Nos sentimos, experimentamos, vivimos desde el “ser habitados” por Otro?¿Qué consecuencias tiene para nuestra vida?

• Dios Padre es el origen y la meta de Jesús; una visión “teologal” de la vida: todo en nosotros debe tener su origen en el Padre y todo debe tener por meta al Padre: vivir como hijos y como hermanos, hijos del mismo Padre. ¿Cómo influye esto en nuestra ética discipular?

• Aprender del Espíritu de Dios: ¿en qué manera vivimos como seres espirituales? ¿Hemos experimentado el don de la paz? ¿Lo sabemos transmitir y desarrollar? ¿Qué cobardías ahogan la presencia de Dios en nosotros?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis: Domingo VI de Pascua

VI Domingo de Pascua
26 de mayo 2019

Hechos 15, 1-2. 22-29; Salmo 66; Apoc 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

«El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará…”

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: El que no me ama no cumplirá mis palabras. La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean».

Reflexión

Cuando amamos a alguien, queremos verlo feliz. ¿Quieren ver a sus padres, o a sus amigos, felices? Jesús dice que, si lo amamos, cumplimos lo que Él nos dice. ¿Queremos que Jesús esté feliz con nosotros? ¿Cumplimos lo que nos dice? ¿Que nos dice Jesús? ¿Cumplimos lo que nos dicen nuestros padres? Jesús dice también que, si cumplimos sus palabras, su Padre nos amará y los dos vivirán en nuestro corazón porque sus palabras son la del Padre. Jesús y su Padre son uno. Y el Padre va a mandar el Paráclito o Espíritu Santo, para enseñarnos y recordarnos de sus palabras. Jesús prometió que iba a volver para estar con nosotros. Jesús nos enseña que Dios Padre, Dios hijo, Jesús y Dios Espíritu Santo son uno y estarán juntos con nosotros si lo obedecemos y nos darán paz y muchas gracias para seguirlo. Jesús los está preparando para el día cuando el Espíritu Santo se derrame sobre ellos, el día de Pentecostés (50 días después de Pascua)

Actividad

Hablar de como la Trinidad es un misterio de fe que no entendemos, pero aceptamos. Comparar un Dios, tres personas con un triángulo: 3 esquinas, pero un triángulo; o con un huevo: hecho con cáscara, yema, clara, pero es un huevo; o el trébol: tres hojas, pero un trébol.

Oración

Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo, gracias por amarnos tanto.
Ayúdame a crecer en fe, y a aceptar los misterios de fe que no entiendo.
Ayúdame a amarte más todos los días y a obedecerte para hacer mi corazón un lugar digno de Ti y para hacerte feliz siempre. Amen.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús? – Domingo VI de Pascua

¿Se ha mudado su familia de una ciudad a otra? A veces una mudanza a una nueva ciudad puede ser muy difícil para una familia, especialmente para los niños. Hay muchos libros escritos sobre el tema que pueden ayudar a los niños a ajustarse a este proceso de mudanza. Recuerdo muy bien una mudanza que mi familia hizo. Mi mamá y mi papá tenían que ir a una nueva ciudad a comenzar un nuevo trabajo y tenían que buscar una casa en la cual pudiéramos vivir. No pude ir con ellos ya que debía quedarme porque tenía que terminar el año escolar.

Fue muy difícil para mí quedarme en la casa y no ir con mi papá, pero él me explicó que tenían que ir antes que nosotros para buscar la casa nueva donde íbamos a vivir y tenían que asegurarse que estaba lista para cuando llegara. Me dijo que no tenía nada porque preocuparme ya que me dejaría con unos buenos amigos que velarían por mí y se asegurarían que tuviera todo lo que necesitara.

Durante el tiempo en que estuve separado de mis padres, ellos me llamaban por teléfono diariamente. Me contaron de nuestra nueva casa y lo mucho que me iba a gustar. Me ayudaba mucho el poder hablar con ellos y saber que pronto vendrían por mí y que me uniría a ellos en el nuevo hogar.

Esto es muy parecido a lo que Jesús ha hecho por nosotros. Antes de Jesús regresar al cielo a estar con su Padre, él dijo que iría a preparar un lugar para nosotros. Nos prometió que vendría otra ver a llevarnos a nuestro hogar celestial.

Cuando Jesús se fue al cielo no nos dejó solos. Él le pidió a su Padre que enviara al Espíritu Santo para velarnos, enseñarnos y recordarnos de todo lo que nos ha dicho en la Biblia. No sólo eso, sino que podemos hablar con Jesús cada día en oración. De hecho, deseo hablar con Él en este momento.

Amado Padre, estamos agradecidos de que Jesús está en el cielo preparando un lugar para nosotros. Te damos gracias por el Espíritu Santo que nos guía y conforta diariamente y esperamos el día en que Jesús regrese y nos lleve a nuestro nuevo hogar en el cielo. En el nombre de Jesús oramos. Amén.

Comentario al evangelio – 22 de mayo

Sin Cristo, no hay camino que nos lleve a la verdad, no hay vida que nos lleve a plenitud. Permanecer en Él es la clave y el reto del cristiano. Y en este desafío resuenan aquellas palabras, cuando, en soledad, toma conciencia del Cáliz que ha de beber: “¿Duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velad y orad…” (cf. Mc 14, 37b-38a).

Velar es permanecer en Él, es dejar que Él permanezca en nosotros; saber ver que está ahí contigo. O que, al menos, al despertar de nuestros despistes cristianos, podamos decirle: “Perdona, no me había dado cuenta de que estabas ahí”. Velar es permanecer en el camino, no cesar en la búsqueda de la verdad, comprometerse para que triunfe en este mundo la vida. Y para velar, para permanecer en Él, es necesario orar. Orar para conservar en el corazón sus palabras y pedir, alabar, adorar, agradecer, conversar… lo que deseemos, de forma que se haga la voluntad del Padre y abunden los frutos del Reino.

Así, si vivimos injertos en la vid de Cristo, cualquier “altercado”, “discusión” o “tensión” que se manifieste en la comunidad cristiana, en la familia o en la comunidad religiosa, podrá encaminarse hacia su superación, como sugieren los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura de hoy. Con Él es posible. No nos “durmamos”, ni un segundo, pensando qué ocurriría si lo intentáramos sin Él.

Luis Á. cmf