Vísperas – Lunes VI de Pascua

VÍSPERAS

LUNES VI DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

SALMO 44:

Ant. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Aleluya.

LECTURA: Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote tal, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos y es ministro del santuario y de la tienda verdadera, construida por el Señor y no por hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio. Aleluya.

PRECES

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado el mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

  • Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudan de ti,
    — acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.
  • No permitas que tus fieles sean torpes y necios para creer,
    — aumenta su fe, para que te proclamen vencedor de la muerte.
  • Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,
    — y manifiéstate en ellos, para que te confiesen como a su salvador.
  • Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos en tu cuerpo,
    — concede la paz y la unidad a las naciones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que eres el juez de vivos y muertos,
    — otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas sus culpas.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor de misericordia, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 27 de mayo

Tiempo de Pascua 

1) Oración inicial

Te pedimos, Señor de misericordia que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 15,26-16,4
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. 

3) Reflexión

• En los capítulos de 15 a 17 del Evangelio de Juan, el horizonte se amplía más allá del momento histórico de la Cena. Jesús reza al Padre “no ruego solamente por ellos sino por todos aquellos que por su palabra creerán en mí” (Jn 17,20). En estos capítulos, es constante la alusión a la acción del Espíritu en la vida de las comunidades después de Pascua.
• Juan 15,26-27: La acción del Espíritu Santo en la vida de las comunidades. La primera cosa que el Espíritu hace es dar testimonio de Jesús: “El dará testimonio de mí”. El Espíritu no es un ser espiritual sin definición. ¡No! El es el Espíritu de la verdad que viene del Padre, y que será enviado por el mismo y nos introducirá en la verdad plena (Jn 16,13). La verdad plena es Jesús mismo: “¡Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida!” (Jn 14,6). Al final del siglo primero, había algunos cristianos tan fascinados por la acción del Espíritu que habían dejado de mirarle a Jesús. Afirmaban que ahora, después de la resurrección, no precisaban fijarse en Jesús de Nazaret, aquel “que vino en la carne”. Se alejaron de Jesús y se quedaron solamente con el Espíritu, diciendo: “¡Anatema sea Jesús!” (1Cor 12,3). El Evangelio de Juan toma posición y no permite separar la acción del Espíritu de la memoria de Jesús de Nazaret. Al Espíritu Santo no le podemos aislar como una grandeza independiente, separada del misterio de la encarnación. El Espíritu Santo está inseparablemente unido al Padre y a Jesús. Es el Espíritu de Jesús que el Padre nos envía, aquel mismo Espíritu que Jesús nos conquistó por su muerte y resurrección. Y nosotros, al recibir este Espíritu en el bautismo, debemos ser la prolongación de Jesús: “¡Y vosotros también daréis testimonio!” No podemos olvidar nunca que fue precisamente la víspera de su muerte cuando Jesús nos prometió el Espíritu. Fue en el momento en que él se entregaba por los hermanos. Hoy en día, el movimiento carismático insiste en la acción del Espíritu de Jesús de Nazaret que, por amor a los pobres y a los marginados, fue perseguido, preso y condenado a muerte y que, por esto mismo, nos prometió su Espíritu para que nosotros, después de su muerte continuásemos su acción y fuésemos para la humanidad la misma revelación del amor del Padre por los pobres y oprimidos.
• Juan 16,1-2: No tener miedo. El evangelio advierte que ser fiel a este Jesús va a traer dificultades. Los discípulos serán expulsados de la sinagoga. Serán condenados a muerte. Les acontecerá lo mismo que a Jesús. Por esto mismo, al final del siglo primero, había personas que, para evitar la persecución, diluían el mensaje de Jesús trasformándolo en un mensaje gnóstico, vago, sin definición, que no contrastaba con la ideología del imperio. A éstos se aplica lo que Pablo decía: “No quieren ser perseguidos por la cruz de Cristo” (Gál 6,12). Y Juan mismo en su carta dirá respecto a ellos: “Hay muchos impostores por el mundo, que no quieren reconocer que Jesucristo vino en la carne (se hizo hombre). Quien así procede es impostor y Anticristo” (2 Jn 1,7). La misma preocupación aflora en la exigencia de Tomás: «No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado.» (Jn 20,25) El Cristo resucitado que nos prometió el don del Espíritu es Jesús de Nazaret que continúa hasta hoy con las marcas de la tortura y de la cruz en su cuerpo resucitado.
• Juan 16,3-4: No saben lo que hacen. Todo esto acontece “porque no han conocido ni al Padre ni a mí”. Estas personas no tienen una imagen correcta de Dios. Tienen una imagen vaga de Dios en su cabeza y en su corazón. Su Dios no es el Padre de Jesucristo que congrega a todos en la unidad y en la fraternidad. En el fondo, es el mismo motivo que llevó a decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús fue condenado por las autoridades religiosas porque, según su manera de pensar, él tenía una falsa imagen de Dios. En las palabras de Jesús no afloran ni odio ni venganza, sino compasión: son hermanos ignorantes que no saben nada de nuestro Padre. 

4) Para la reflexión personal

• El misterio de la Trinidad está presente en las afirmaciones de Jesús, no como una verdad teórica, sino como expresión del compromiso del cristiano con la misión de Jesús. ¿Cómo vivo en mi vida este misterio central de nuestra fe?
• ¿Cómo vivo la acción del Espíritu en mi vida? 

5) Oración final

¡Cantad a Yahvé un cántico nuevo:
su alabanza en la asamblea de sus fieles!
¡Regocíjese Israel en su Hacedor,
alégrense en su rey los de Sión! (Sal 149,1-2)

Recursos – Domingo de la Ascensión

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al Domingo de Pascua, procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Ascensión… trabajar la verticalidad…

Para dar un tono más específico a esta Solemnidad, se pueden utilizar elementos para acentuar la verticalidad. Ejemplos:

* Poner un recipiente con incienso, frente al altar, con el humo del incienso subiendo hacia el cielo;
* Llevar el cirio pascual en procesión durante la procesión de entrada y mantenerlo en alto durante todo el canto de entrada, antes de colocarlo en su respectivo soporte;

* Utilizar lamparillas (o velas pequeñas) durante la liturgia de la Palabra. Antes de la primera lectura, el presidente de la asamblea enciende una vela pequeña en el cirio pascual y comunica la luz a las lámparas o velas de los jóvenes. Estos quedan con las lámparas encendidas durante el resto de la liturgia de la Palabra. En el evangelio, se sitúan alrededor del que lo lee y elevan las lámparas en el momento del aleluya.

3. Oración en la lectio divina.
Durante la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Padre, que diriges el mundo con tu liberalidad soberana, te bendecimos por la presencia de tu Hijo Jesús en nuestras asambleas y en nuestras familias, por la enseñanza de tu Palabra, por el banquete de la Eucaristía y por el don de tu Espíritu. Te pedimos por todas las comunidades cristianas: abre nuestros corazones a tu Espíritu, que los cristianos seamos testigos de Cristo hasta los confines del mundo.

Al final de la segunda lectura: Cristo resucitado, te aclamamos como el sumo sacerdote por excelencia. Te pedimos por los corazones heridos y los espíritus abatidos por la culpabilidad y el remordimiento, que encuentren la confianza en tu perdón.
Al finalizar el Evangelio: “Padre, te damos gracias por toda la obra realizada por tu Hijo Jesús en medio de los hombres, según las escrituras, por su fe en ti en medio de los sufrimientos, por su resurrección y la conversión proclamada en su nombre a todas las naciones. Te pedimos, Padre: envía sobre nosotros tu Espíritu Santo, fuerza de lo alto, que Tú nos prometiste y tu Hijo nos reveló; envíanos a ser testigos de tu salvación.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede elegir la Plegaria I, donde se evoca la “gloriosa ascensión” del Señor…

5. Palabra para el camino.

Testigos de Cristo en el 2019.
“Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al Cielo?”
Las mismas palabras vienen a remover nuestra inercia y nos lanzan fuera de nosotros mismos por los caminos del mundo.
De este Mesías muerto y resucitado… ¡vosotros sois sus testigos!
¿Somos conscientes del desafío y de la fuerza de estas palabras?
¿Cómo participamos en la gran tarea de los testigos de Cristo en el 2019?

Comentario del 27 de mayo

Jesús es consciente de que su vida terrena ha llegado a su término; pero la misión para la que ha sido enviado no quedará truncada; tendrá continuidad. Para eso precisamente hará acto de presencia un enviado suyo, el Paráclito, el Espíritu de la verdad. Él prolongará su misión en la historia junto con sus discípulos-testigos. Él mismo se encargará de enviarlo desde el Padre, una vez que haya vuelto al Padre. Y si la misión principal del Hijo había sido dar testimonio del Padre, la misión del Espíritu consistirá esencialmente en dar testimonio de Jesús junto con aquellos testigos que habrán permanecido con él desde el principio. Semejante testimonio tendrán que darlo en las situaciones más diversas y adversas, en medio de pruebas y dificultades: Os excomulgarán de la sinagoga –y así fue, los primeros cristianos fueron expulsados literalmente de la sinagoga-; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios, puesto que creerá que elimina un elemento maléfico, o cismático, o herético. Pero esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Jesús invoca, pues, un motivo de ignorancia. Es este desconocimiento ‘culpable’ de su persona y de Dios Padre el que les llevará a incurrir en semejante error, confundiendo la verdad con la mentira y creyendo contribuir a extirpar el mal mientras se está dando muerte a un cristiano, es decir, a otro cristo y, por tanto, a otro ungido por el Espíritu y enviado de parte del Padre.

Con estas palabras Jesús quiere ponerles sobreaviso, para que cuando sucedan estas cosas no se derrumben y conserven la fe que les permita mantenerse en pie. Os he hablado de esto no para meteros miedo, sino para que no se tambalee vuestra fe. Es importante que sus testigos mantengan la fe, porque sin fe todo se vendría abajo: cesaría el testimonio (o la evangelización) y se interrumpiría la misión. Ya no habría conversiones, ni se incrementaría la vida cristiana en el seno de las comunidades. Pero el Paráclito, también testigo de Jesucristo, no puede permitir esta ruina; no puede permitir, por tanto, que se debilite la fe de los testigos hasta el punto de desaparecer. Y si llegase a extinguirse una generación de testigos, suscitaría otra; pues la misión del enviado de Jesús desde el Padre, que consiste en dar testimonio de él, no puede apagarse. Y el Espíritu sólo puede dar testimonio por medio del testimonio de los testigos del Resucitado. Si no los hubiere, tendría que inventarlos o sacarlos de las piedras. Confiemos, pues, en la acción del Espíritu cuya fuerza es infinitamente superior a cualquier otra fuerza humana o sobrehumana. Y pidamos al Señor que nos mantenga firmes en la fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

11. Una muchachita judía, que estaba al servicio del militar extranjero Naamán, intervino con fe para ayudarlo a curarse de su enfermedad (cf. 2 R 5,2-6). La joven Rut fue un ejemplo de generosidad al quedarse con su suegra caída en desgracia (cf. Rt 1,1-18), y también mostró su audacia para salir adelante en la vida (cf. Rt 4,1-17).

Homilía – Ascensión del Señor

CONTINUAR LA MISIÓN

SENTIDO DE LOS RELATOS

Los relatos de la Ascensión no son reportajes literarios de un hecho ocurrido en un monte, sino que ofrecen un mensaje teológico, eclesiológico y misional escenificado. Los apóstoles no son unos privilegiados, convocados como los de Cabo Kennedy para ser espectadores de un vuelo espacial, el de Jesús, pero sin nave. No. Es algo enteramente distinto. Los evangelistas tejen un relato en el que presentan a Jesús entregando su testamento oral a los discípulos, encomendándoles su tarea y asegurándoles su presencia invisible en medio de sus comunidades. Los relatos entrañan también la promesa por parte de Jesús de hacer a los continuadores de su tarea copartícipes de su gloria.

Hay todavía muchos cristianos que entienden los relatos neotestamentarios de la Ascensión en sentido literal. Por lo tanto, para ellos, la fiesta de la Ascensión se reduce a aplaudir con entusiasmo a Jesús el triunfador y decirle: «¡Bien, Campeón, te lo has merecido! ¡A ver si te seguimos y participamos de tu triunfo!». Hoy, gracias a los teólogos y escrituristas, descubrimos un contenido mucho más denso y rico en estos relatos. Sabemos que se trata de una escenificación literaria con un gran contenido de compromiso y esperanza para los creyentes de todos los tiempos. ¿Qué quiere decirnos el Señor, aquí y ahora, con estos relatos?

Jesús, en su glorificación, encarna la meta, el destino de todos los hombres. Es, como afirma Pablo, la cabeza de ese gran cuerpo que es la humanidad. Es el Hermano mayor de la gran familia humana. Libre del sufrimiento, del acoso de los perseguidores, del martirio de la cruz, glorificado en su cuerpo, en estrecha comunión con el Padre y el Espíritu, en plenitud de libertad, encarna la vida definitiva que Dios quiere para todos y cada uno de sus hijos. Canta un himno litúrgico: El cielo ha comenzado. / Vosotros sois mi cosecha. / El Padre ya os ha sentado / conmigo a su derecha».

Pablo, que en una experiencia sobrenatural, se acercó a entrever la dicha de la vida gloriosa, exclamó exultante: «Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana es capaz de imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (1Co 2,9). «No son comparables los sufrimientos de este mundo con la futura gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8,18). «Voy a prepararos un lugar, para que donde yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14,1-4). De verdad, lo siento por los que no tienen fe ni esperanza, porque ¡no saben lo que se pierden!

 

NUESTRA TAREA: PROSEGUIR SU CAUSA

Los relatos de la Ascensión ponen bien de manifiesto que éste es, sobre todo, el momento en el que Jesús envía a los suyos a continuar su tarea: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos míos… Recibiréis la fuerza de lo alto para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo…» (Mt 28,18-20; Hch 1,8).

Para participar de su destino glorioso es preciso trabajar por su causa: la liberación de los hermanos, y vivir su propio proceso pascual que lleva a la vida por la muerte, por la entrega, por el servicio. «Si morimos con él, escribe Pablo a

Timoteo, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él» (2Tm 2,11). «Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). Ésta es la tarea que nos encomendó en su ocultación. En Jesús de Nazaret es exaltada la única que merece la pena vivirse, la única forma de vida verdaderamente humana. Es la canonización del amor, del servicio, de la amistad, de la ayuda, de la fraternidad como sentido de la vida, no sólo para el más allá, sino también para aquí.

Los relatos evangélicos de la Ascensión nos dicen, además, que Jesús, a partir de su muerte, no es que se ausente de sus hermanos, sino que inaugura otro u otros modos de presencia, pero una presencia oculta. «No os dejaré desamparados» (Jn 14,18). «Con vosotros me quedo hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20). Marcos testifica años después de la Ascensión: «Ellos (los apóstoles) se fueron a pregonar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales que les acompañaban» (Me 16,20). Porque los discípulos estaban seguros de esa presencia del Maestro, por eso afirma Lucas: «Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Le 24,52). No tendría sentido que volvieran alegres si es que se hubiera tratado de una despedida. Los relatos pascuales son, primordialmente, un testimonio de la presencia permanente de Cristo resucitado entre los suyos; son, en gran parte, la respuesta a los cristianos nostálgicos que no habían gozado de la presencia física del Señor. Los cuarenta días de que hablan los evangelistas significan todo el tiempo que media entre el ocultamiento de Jesús y la parusía, segunda venida.

En los relatos pascuales los evangelistas ponen de relieve las diversas formas de presencia del Maestro, que son ya experiencia real en los miembros de las comunidades. Lo sienten presente en la reunión y la vida de la comunidad (Mt 18,20; Jn 20,24-29), en su palabra y en la fracción del pan (Le 24,13- 35; Jn 21,12-13), en todo hombre, pero sobre todo en el necesitado y el que sufre: «a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Está presente y actúa a través del Espíritu (Hch 1,8). Se trata, pues, de la presencia de un «ausente» o, si se prefiere, de la «ausencia» de un presente.

Pero Jesús no sólo no se ausenta, sino que actúa a través de los discípulos, de nosotros. Nos convierte en mediadores, en instrumentos de su acción. Un santo Padre llega a decir que somos su humanidad de repuesto, su rostro, de la misma manera que él fue rostro del Padre (Jn 14,9). Él no tiene más manos para ungir al enfermo, para secar las lágrimas del atribulado, que las nuestras. No tiene más brazos para cargar al malherido del camino, para abrazar al no-querido, que los nuestros. No tiene más lengua para anunciar la Buena Noticia, alentar, orientar o consolar, que nuestra propia lengua.

Él anima a sus testigos de todos los tiempos: «No os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis, porque se os inspirará en aquel momento» (Mt 10,19-20). Pablo afirma: «He rendido más que nadie»; pero rectifica inmediatamente: «no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Co 15,10); es decir, el Señor por mi medio. Francisco de Asís pedía con su conocida oración: «Haz, Señor, de mí un instrumento de tu paz, de tu amor, de tu perdón, de tu alegría». Dice instrumento, porque es el Señor el que actúa, el que realiza la salvación.

 

COMIENZA VUESTRA TAREA

Esto supone para nosotros una gran responsabilidad ante la historia. De mí depende que Cristo pueda realizar o no gestos salvadores, de ayuda, de extensión del Reino de Dios. Lo que deje hacer al Señor resucitado por mi medio, quedará eternamente hecho; y lo que rehuse hacer, quedará eternamente sin hacer. Habrá un vacío eterno, faltarán piezas en el gran mosaico de la historia.

Con el ocultamiento de Jesús comienza nuestra tarea, la continuación de su obra. O mejor, prosigue él su tarea, pero ahora a través de nosotros. No estoy haciendo poesía, sino exponiendo evangelio puro. Así de grandiosa es nuestra misión y el sentido de nuestra vida. Por tanto, como Pablo, digamos: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10).

Atilano Alaiz

Lc 24, 46-53 (Evangelio – Ascensión del Señor)

El evangelio de hoy nos sitúa en el día de la Pascua. Cristo ya se ha manifestado a los discípulos en Emaús (cf. Lc 24,13-35) y a los once, reunidos en el cenáculo (cf. Lc 24, 36- 43).

En el texto que se nos propone, se ofrecen las últimas instrucciones de Jesús(cf. Lc 24,44-49) y la ascensión (cf. Lc 24,50-53).

Al contrario que en “Hechos”, resurrección, apariciones de Jesús resucitado a los discípulos y ascensión son situados, aquí, en el mismo día, lo que parece más correcto desde el punto de vista teológico: resurrección y ascensión no se pueden diferenciar; son únicamente formas humanas de hablar del paso de la muerte a la vida definitiva junto a Dios.

Nuestro texto está dividido en dos partes: despedida de los discípulos (vv. 46-49) y ascensión (vv. 50-53).

En la primera parte tenemos, por tanto, las palabras de despedida de Jesús. Los discípulos que realizaron la experiencia del encuentro personal con Jesús resucitado son ahora enviados a la misión: Jesús les envía como testigos, para predicar la conversión (“metanoia”, la transformación radical de la vida, de la mentalidad, de los valores) y el perdón de los pecados (o sea, el anuncio de que Dios ama a todos los hombres y les invita a abandonar el egoísmo, el orgullo y la autosuficiencia para iniciar una vida de Hombres Nuevos). Para esta tarea ingente, los discípulos cuentan con la ayuda y la asistencia del Espíritu.

Tenemos también, aquí, todos los elementos de aquello que será la futura misión de la Iglesia. La predicación apostólica tendrá como tema central la muerte y la resurrección de Jesús, el mesías libertador anunciado por las escrituras (vv. 44.46). Desde Jerusalén, esta propuesta debe ser anunciada a todas las naciones. Este “recorrido” será explicitado en el libro de los “Hechos”.

En la segunda parte, Lucas describe la ascensión, situada en Betania. Hay dos indicaciones de Lucas que importa subrayar. La primera, la bendición que Jesús da a los discípulos antes de ir junto al Padre: esa bendición sugiere un don que viene de Dios y que afecta positivamente a toda la vida y la acción de los discípulos, capacitados para la misión por la fuerza de Dios.

La segunda es la alegría de los discípulos: la alegría es el gran signo mesiánico y escatológico; indica que el mundo nuevo ya ha comenzado, pues el proyecto salvador y libertador de Dios está en marcha.

Para la reflexión, considerad las siguientes indicaciones:

La resurrección/ascensión de Jesús nos invita a ver la vida con otros ojos, los ojos de la esperanza. Nos dice que el sufrimiento, la persecución, el odio, la muerte, no tienen la última palabra a la hora de definir nuestro camino; nos dice que al final de un camino recorrido en donación, en entrega, en amor vivido hasta las últimas consecuencias, se encuentra la vida definitiva, la vida de comunión con Dios.

Esta esperanza nos permite afrontar sin miedo, nuestras limitaciones humanas, el fanatismo, el egoísmo de los pecadores y nos permite mirar con serenidad y con confianza hacia el futuro, hacia ese futuro de vida plena que es nuestro destino final.

La ascensión de Jesús y, sobre todo, las palabras finales de Jesús, invitan a los discípulos a la misión, les lanzan a la construcción de ese mundo nuevo en el que habite la justicia y la paz.
Esas palabras de Jesús sugieren que la propuesta liberadora de Jesús, que es para todos los hombres, está ahora en nuestras manos, siendo nuestra responsabilidad el hacer que esa realidad se vaya construyendo con el esfuerzo de todos los días.

¿Sentimos, de hecho, esta responsabilidad?
¿Nos preocupamos en hacer realidad en nuestro mundo los gestos liberadores de Cristo?
¿Intentamos construir, en el día a día, ese mundo nuevo de justicia, de fraternidad, de libertad y de paz?

La alegría que brilla en los ojos y en los corazones de los discípulos que dan testimonio de la entrada definitiva de Jesús en la vida de Dios tiene que ser una realidad que se transparente en nuestra propia vida.
Los seguidores de Jesús, iluminados por la fe, tienen que ser testigos, con su alegría, de la certeza de que les espera, al final del camino, la vida en plenitud;

y tienen que dar testimonio, con su alegría, de la certeza de que el proyecto salvador y libertador de Dios está actuando ya en el mundo, está transformando los corazones y las mentes, está haciendo nacer, día a día, el Hombre Nuevo.

Ef 1, 17-23 (2ª lectura – Ascensión del Señor)

La Carta a los Efesios es, probablemente, uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias iglesias de Asia Menor, en un momento en el que Pablo está en prisión (¿en Roma?). Su portador es un tal Tíquico. Estamos en torno a los años 58/60.

Algunos ven en esta carta una especie de síntesis de la teología paulina, en un momento en el que la misión del apóstol está prácticamente terminada en oriente.

En concreto, el texto que se nos propone aparece en la primera parte de la carta y forma parte de una acción de gracias, en la que Pablo agradece a Dios la fe de los efesios y la caridad que manifiestan para con sus hermanos en la fe.

A la acción de gracias Pablo une una fervorosa oración a Dios, para que los destinatarios de la carta conozcan “la esperanza a la que han sido llamados” (v. 18). La prueba de que el Padre tiene poder para realizar esa “esperanza” (esto es, dar a los creyentes la vida eterna como herencia) es lo que hizo con Jesucristo: le resucitó y le sentó a su derecha (v. 20), le exaltó y le dio la soberanía sobre todos los poderes angélicos (Pablo está preocupado con la peligrosa tendencia de algunos cristianos a dar una importancia exagerada a los ángeles, colocándolos casi por encima de Cristo (cf. Col 1,6). Esa soberanía se extiende, incluso, a la Iglesia, el “cuerpo” del cual Cristo es la “cabeza”.

Lo más significativo de este texto es, precisamente, esta última idea. La idea de que la comunidad cristiana es un “cuerpo”, el “cuerpo de Cristo”, formado por muchos miembros, ya había aparecido en las “grandes cartas”, acentuándose, sobre todo, la relación de los distintos miembros del “cuerpo” entre sí (cfr. 1 Cor 6,12-20; 10,16-17; 12,12-27; Rom 12,3-8); pero, en las “cartas de cautividad”, Pablo retoma la noción de “cuerpo de Cristo” para reflexionar sobre la relación que existe entre la comunidad y Cristo.

En este texto, en concreto, hay dos conceptos muy significativos para definir el cuadro de relación entre Cristo y la Iglesia: el de “cabeza” y el de “plenitud” (en griego, “pleroma”).

Decir que Cristo es la “cabeza” de la Iglesia significa, antes que nada, que los dos forman una comunidad indisoluble y que hay entre los dos una comunión total de vida y de destino; significa, también, que Cristo es el centro en torno al cual el “cuerpo” se articula, a partir del cual y en dirección al cual el “cuerpo” crece, se orienta y se construye el origen y el fin de ese “cuerpo”; significa, también, que la Iglesia / cuerpo está sometida a la obediencia de Cristo / cabeza: la Iglesia depende sólo de Cristo y sólo a él debe obediencia.

Decir que la Iglesia es la “plenitud” (“pleroma”) de Cristo, significa decir que en ella reside la “plenitud”, la “totalidad” de Cristo. Ella es el receptáculo, la habitación donde Cristo se hace presente en el mundo; es a través de ese “cuerpo” en el que reside como Cristo continúa realizando todos los días su proyecto de salvación en favor de los hombres. Presente en ese “cuerpo”, Cristo llena el mundo y atrae hacia sí al universo entero, hasta que el mismo Cristo “sea todo en todos” (v. 23).

En la reflexión, tened en cuenta las siguientes líneas:

En nuestra peregrinación por el mundo, conviene que tengamos siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”. La resurrección / ascensión / glorificación de Jesús es la garantía de nuestra propia resurrección / glorificación. Formamos con él un “cuerpo” destinado a la vida plena.

Esta perspectiva tiene que darnos la fuerza necesaria para afrontar la historia y avanzar, a pesar de las dificultades, por ese “camino” de amor y de entrega total que Cristo recorrió.

Decir que formamos parte del “cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir una comunión total con él y que en esa comunión recibimos, a cada instante, la vida que nos alimenta. Significa también vivir en comunión, en solidaridad total con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.
¿Estas dos coordenadas están presentes en nuestra existencia?

Decir que la Iglesia es el “pleroma” de Cristo, significa que tenemos la obligación de testimoniar a Cristo, de hacerlo presente en el mundo, de llevar a plenitud el proyecto de liberación que él comenzó en favor de los hombres. Esa tarea sólo estará acabada cuando, por el testimonio y por la acción de los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.

Hch 1, 1-11 (1ª Lectura Ascensión del Señor)

El libro de los “Hechos de los apóstoles” se dirige a comunidades que viven en un cierto contexto de crisis. Estamos en la década de los 80, cerca de cincuenta años después de la muerte de Jesús.

Pasó ya la fase de expectativa por la venida inminente de Cristo Glorioso para instaurar el “Reino” y se da una cierta desilusión. Las cuestiones doctrinales traen alguna confusión; la monotonía favorece una vida cristiana poco comprometida y las comunidades se instalan en la mediocridad; falta el entusiasmo y el ardor.

El cuadro general es el de un cierto sentimiento de frustración, porque el mundo continúa igual y la esperada intervención victoriosa de Dios se retrasa. ¿Cuándo va a hacerse realidad, de forma plena, e inequívoca, el proyecto salvador de Dios?

Es en este ambiente donde podemos colocar el texto que hoy se nos propone como primera lectura. En él el catequista Lucas avisa que el proyecto de salvación y de liberación que Jesús vino a presentar pasó (después de la marcha de Jesús junto al Padre) a manos de la Iglesia, animada por el Espíritu.

La construcción del “Reino” es una tarea que no está terminada, sino que es preciso continuarla en la historia y exige el esfuerzo permanente de todos los creyentes. Los cristianos están invitados a redescubrir su papel, en el sentido de ser testigos del proyecto de Dios, desde la fidelidad al “camino” que Jesús recorrió.

Nuestro texto comienza con un prólogo (vv. 1-2) que relaciona los “Hechos” con el tercer Evangelio, sea por la referencia al mismo Teófilo, a quien era dedicado el Evangelio, sea en alusión a Jesús, a sus enseñanzas y a su acción en el mundo (tema central del tercer Evangelio). En este prólogo son también presentados los protagonistas del libro, el Espíritu y los apóstoles, vinculados ambos con Jesús.

Después de la presentación inicial, viene el tema de la despedida de Jesús (vv. 3-8). El autor comienza por hacer referencia a los “cuarenta días” que mediaron entre la resurrección y la ascensión, durante los cuales Jesús hablo a los discípulos “del Reino de Dios” (lo que parece estar en contradicción con el Evangelio, donde la resurrección y la ascensión son presentadas en el mismo día de Pascua, cf. Lc 24). El número cuarenta es, ciertamente, un número simbólico: es el número que define el tiempo necesario para que un discípulo pueda aprender y repetir las lecciones del maestro. Aquí define, por tanto, el tiempo simbólico de iniciación a la enseñanza del Resucitado.

Las palabras de despedida de Jesús (vv. 4-8) subrayan dos aspectos: la venida del Espíritu y el testimonio que los discípulos están llamados a dar “hasta los confines del mundo”. Tenemos resumida aquí la experiencia misionaria de la comunidad de Lucas: el Espíritu se derramará sobre la comunidad creyente y le dará la fuerza para testimoniar a Jesús en todo el mundo, desde Jerusalén hasta Roma. En realidad, se trata del programa que Lucas va a presentar a lo largo del libro puesto en boca de Jesús resucitado. El autor quiere mostrar con su obra que el testimonio y la predicación de la Iglesia están entroncados en el propio Jesús y son impulsados por el Espíritu.

El último tema es el de la ascensión (vv. 9-11). Evidentemente, este pasaje necesita ser interpretado para que, a través del ropaje de los símbolos, el mensaje aparezca con toda claridad.

Tenemos, en primer lugar, la elevación de Jesús al cielo (v. 9 a). No estamos hablando de un persona que literalmente despega de la tierra y comienza a elevarse; estamos hablando de un sentido teológico (no es el “periodista”, sino el “teólogo” el que habla): la ascensión es una forma de expresar, simbólicamente, que la exaltación de Jesús es total y toca dimensiones supra-terrenas; es la forma literaria de describir el culminar de una vida vivida para Dios, que ahora se introduce en la gloria del Padre.

Tenemos, después, la nube (v. 9 b) que sustrae a Jesús de los ojos de los discípulos. Flotando a medio camino entre el cielo y la tierra la nube es, en el Antiguo Testamento, un símbolo privilegiado para expresar la presencia de lo divino (cf. Ex 13,21- 22; 14,19.24; 24,15 b-18; 40,34-38). Al mismo tiempo, simultáneamente, esconde y manifiesta: sugiere el misterio de Dios escondido y presente, cuyo rostro el Pueblo no puede ver, pero cuya presencia adivina en los acontecimientos del camino. Cielo y tierra, presencia y ausencia, luz y sombra, divino y humano, son dimensiones aquí sugeridas a propósito de Cristo resucitado, elevado a la gloria del Padre, pero que continúa el caminar con sus discípulos.

Tenemos, todavía, a los discípulos mirando al cielo (v. 10 a). Esto expresa la expectación de esa comunidad que espera ansiosamente la segunda venida de Cristo, a fin de llevar a término el proyecto de liberación del hombre y del mundo.

Tenemos, finalmente, los dos hombres vestidos de blanco (v. 10 b). El blanco sugiere el mundo de Dios, lo que indica que su testimonio viene de Dios. Ellos invitan a los discípulos a continuar en el mundo, animados por el Espíritu, la obra liberadora de Jesús; ahora es la comunidad de los discípulos la que tiene que continuar, en la historia, la obra de Jesús, pero con la esperanza puesta en la segunda y definitiva venida del Señor.

El sentido fundamental de la ascensión, no es que nos quedemos admirando la elevación de Jesús; sino que es una invitación a seguir el “camino” de Jesús, mirando hacia el futuro y entregándonos a la realización de su proyecto de salvación en medio del mundo.

Comentario al evangelio

La emoción guía las palabras de Jesús en esta larga conversación de despedida. Las palabras son sencillas como lo es siempre el lenguaje del corazón. Es la hora de las confidencias y recomendaciones. Este largo encuentro ha comenzado con el lavatorio de los pies de los apóstoles, que en el evangelio de Juan sustituye a la institución de la Eucaristía.

El dramatismo del momento crece cuando Jesús anuncia a los suyos los sufrimientos que les esperan y les dice: “Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios”.

Ser excomulgado de la sinagoga era algo muy grave, pues era como declararle a uno enemigo número de la comunidad. Era el desprecio más grande que podía sufrir un judío, pues la sinagoga era el lugar donde la comunidad se reunía para rezar.

Y el desprecio llega al colmo, dice Jesús,  cuando “el que os dé muerte piense que da culto a Dios”. Los cristianos hemos nacido a los pies de la cruz y con la mirada clavada en el crucificado. Y esto es precisamente lo que Jesús quiere, que sus seguidores no olvidemos sus palabras: “si a mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán”.

Seguramente más de una vez hemos experimentado burlas y desprecios porque intentamos ser coherentes con nuestra fe y no cedemos ante la tentación o el desprecio de los demás. 

Hay lugares donde también hoy día los cristianos son perseguidos y asesinados porque se han reunido el día de Pascua para celebrar la santa misa, como ha sucedido en Sri Lanka en la última fiesta de Pascua.

En muchas ocasiones el Papa Francisco ha recordado que en estos tiempos los cristianos son más perseguidos y martirizados que en la época del imperio romano. La cruz es la marca de fábrica del verdadero cristiano por eso no nos debemos asustar. Cuando seamos perseguidos tenemos que pedir la fuerza del Espíritu Santo para resistir y no claudicar.

Yo resido actualmente en la Diócesis de Barbastro-Monzón cuyo distintivo espiritual más fuerte es el gran número de sus Mártires a causa de la persecución religiosa que tuvo lugar en España en 1936. El Obispo de la Diócesis Florentino Asensio fue torturado y asesinado y con él 114 sacerdotes de la Diócesis, 51 Misioneros Claretianos, 18 Monjes Benedictinos y 8 Padres Escolapios y gran cantidad de laicos católicos. Han pasado los años, pero son hechos que no podemos olvidar, pues nuestros Mártires son el respaldo de nuestra fe.

Carlos Latorre, cmf