Adoración, alegría y bendición

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

I Vísperas – Solemnidad de la Ascensión del Señor

I VÍSPERAS

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quién gustó tu dulzura.
¿Qué no tendrá por llanto y amargura?

Y a este mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al fiero viento, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

Ay, nube envidiosa
aún de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Aleluya.

SALMO 116

Ant. El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Aleluya.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

LECTURA: Ef 2, 4-6

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia estáis salvados—, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él.

RESPONSORIO BREVE

R/ Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.
V/ Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

R/ El Señor, al son de trompetas.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre, he manifestado tu nombre a los hombres que me diste; ahora te ruego por ellos, no por el mundo, porque yo voy a ti. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre, he manifestado tu nombre a los hombres que me diste; ahora te ruego por ellos, no por el mundo, porque yo voy a ti. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo

  • Oh Rey de la gloria, que has querido glorificar por en tu cuerpo la pequeñez de nuestra carne, elevándola hasta las alturas del cielo,
    — purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.
  • Tú que por el camino del amor descendiste hasta nosotros,
    — haz que nosotros, por el mismo camino, ascendemos hasta ti.
  • Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
    — no permitas que ninguno de nosotros viva alejado de tu cuerpo.
  • Que con nuestro corazón y nuestro deseo vivamos ya en el cielo,
    — donde ha sido glorificada tu humanidad, semejante a la nuestra.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Ya que te esperamos como Dios, Juez de todos los hombres,
    — haz que un día podamos contemplarte misericordioso en tu majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Diso todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 1 de junio

Tiempo de Pascua

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, que por la resurrección de tu Hijo nos has hecho renacer a la vida eterna; eleva nuestros corazones hacia el Salvador, que está sentado a tu derecha, a fin de que cuando venga de nuevo, los que hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa. Por Jesucristo nuestro Señor. 

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Juan 16,23b-28
En verdad, en verdad os digo:
lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre.
Pedid y recibiréis,
para que vuestro gozo sea colmado.
Os he dicho todo esto en parábolas.
Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas,
sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre.
Aquel día pediréis en mi nombre
y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
pues el Padre mismo os quiere,
porque me queréis a mí
y creéis que salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo.
Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.» 

3) Reflexión

• Jn 16,23b: Los discípulos tienen pleno acceso al Padre. Ésta es la seguridad que Jesús anuncia a sus discípulos: que, en unión con él, pueden tienen acceso a la paternidad de Dios. La mediación de Jesús conduce a los discípulos hasta el Padre. Es evidente que la función de Jesús no es sustituir a “los suyos”: no los suplanta mediante una función de intercesión, sino que los une a sí; y en comunión con Él, ellos presentan sus carencias y necesidades.
Los discípulos están seguros de que Jesús dispone de la riqueza del Padre: “En verdad, en verdad os digo: si pedís alguna cosa al Padre en mi nombre, él os la dará” (v.23b). De esta manera, es decir, en unión con Él, la riqueza pasa a ser eficaz. El objeto de cualquier petición al Padre debe estar siempre conectado a Jesús, esto es, a su amor y a su proyecto de dar la vida al hombre (Jn 10,10). La oración dirigida al Padre en el nombre de Jesús, en unión con Él (Jn 14,13; 16,23), es atendida.
Hasta ahora, los discípulos no habían pedido nada en nombre de Jesús, lo podrán hacer después de su glorificación (Jn 14,13s) cuando reciban el Espíritu que irradiará plenamente sobre su identidad (Jn 4,22ss) y operará la unión con Él. Los suyos podrán pedir y recibir con pleno gozo, cuando pasen de la visión sensible a la visión de la fe.
• Jn 16,24-25: En Jesús tenemos contacto directo con el Padre. Los creyentes están incluidos en la relación entre el Hijo y el Padre. En Jn 16,26 Jesús insiste en el nexo operado por el Espíritu, que permitirá a los suyos presentar al Padre cualquier petición en unión con Él. Esto sucederá “en aquel día”. ¿Qué quiere decir “aquel día pediréis”? Es el día que vendrá a los suyos y les comunicará el Espíritu (Jn 20,19-22). Entonces, los discípulos, conociendo la relación entre Jesús y el Padre, sabrán que son escuchados. No será preciso que Jesús se interponga entre el Padre y los discípulos para pedir favorecerlos, no porque haya acabado su mediación, sino porque ellos, habiendo creído en la encarnación del Verbo y estando estrechamente unidos a Cristo, serán amados por el Padre como el Padre ama al Hijo (Jn 17,23.26). En Jesús experimentan los discípulos el contacto directo con el Padre.
• Jn 16,26-27: La oración al Padre. Así pues, orar es ir al Padre por medio de Jesús; dirigirse al Padre en el nombre de Jesús. Prestemos especial atención a la expresión de Jesús en los vv.26-27: “y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere”. El amor del Padre por los discípulos se basa en la adhesión de “los suyos” a Jesús, en la fe sobre su procedencia, es decir, en el reconocimiento de Jesús como don del Padre. Después de haber asemejado a los discípulos con él, parece como si Jesús se retirase de su condición de mediador, pero en verdad deja que nos tome y nos atienda sólo el Padre: “Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (v.24). Conectados en la relación con el Padre mediante la unión con Él, nuestro gozo es total y nuestra oración perfecta. Dios ofrece siempre su amor a todo el mundo, pero este amor se torna recíproco sólo si el hombre responde. El amor es incompleto si no es recíproco: hasta que el hombre no lo acepta, permanece en suspenso. Los discípulos lo aceptan en el momento en que aman a Jesús, y de esta manera se torna operativo el amor del Padre. La oración es esta relación de amor. En el fondo, la historia de cada uno de nosotros se identifica con la historia de su oración, incluyendo aquellos momentos que no parecen tales: el deseo es ya una oración, como también la búsqueda, la angustia…

4) Para la reflexión personal

• Mi oración personal y comunitaria, ¿se realiza en un estado de quietud, de paz y de gran tranquilidad?
• ¿Con qué empeño me dedico a crecer en la amistad con Jesús? ¿Estás convencido de que puedes lograr una identificación real a través de la comunión con Él y del amor al prójimo? 

5) Oración final

Es rey de toda la tierra:
¡tocad para Dios con destreza!
Reina Dios sobre todas las naciones,
Dios, sentado en su trono sagrado. (Sal 47,8-9)

¡Vamos hacia Él!

Cuánto impresiona, especialmente cuando éramos niños, ver cómo una locomotora entra en una estación de término arrastrando detrás de sí a un buen número de vagones llenos de personas, historias, penas, alegrías, sueños, ilusiones o proyectos.

1.- Al celebrar la Solemnidad de la Ascensión vemos a un Jesús que, después de cumplir su misión por este mundo, nos deja claras huellas de cómo alcanzar el cielo: siendo como Él, amando como Él y estando unidos al Padre como Él. Lo contrario (no ser como Él, no amar como Él y no estar unidos al Padre como Él) nos lleva a un descarrilamiento en vida de nuestro ser cristiano. ¿Para qué la fe y la esperanza –vías de nuestra vida cristiana- si no hay consecuencias prácticas que denoten nuestro apego al Evangelio?

Jesús es esa cabeza de “tren eclesial” que rompe el techo del mismo cielo para que, luego nosotros, corramos la misma suerte, su misma suerte. No podemos conformarnos con encaramarnos a unos conceptos más o menos éticos (el ser buenos) y mucho menos a confiar excesivamente en la misericordia de Dios (que no es misericordina ñoña). El cielo nos aguarda y, porque nos aguarda, creemos que merece la pena apostar por Jesús, entregarnos en nuestro entorno como Él lo hizo y saber que este mundo nuestro tiene un principio y un fin: DIOS. ¿Es él el cielo el horizonte de nuestro esfuerzo, trabajo, pensamiento?

2.- Una estadística de las iglesias en Alemania (Luterana, Católica y protestante) daban como porcentaje de los que creían y esperaban en una vida eterna un 27% de los luteranos y un 37% de los católicos. La mayor traición que podemos hacer a Jesucristo es quedarnos en Él como una fuente de valores (justicia, paz, hermandad y mil cosas más) y dejar de lado el motor y la raíz de su misión: Hijo de Dios que vino a salvarnos y a enseñarnos el sendero que nos conduce al cielo. Grave la tibieza de muchos cristianos (que se han quedado con el nombre pero sin sustancia) y pecado mayor el pensar que, Jesús, es tan de la tierra que no nos puede ofrecer otra realidad eterna y definitiva. ¡Pena y desgracia la de muchos cristianos que miran a la cruz y ya no saben ni lo que hay detrás!

3.- El Señor, una vez más, nos da testimonio de lo que es: Hijo de Dios. Como tal, para que no lo olvidemos, se pone en cabeza. Que no perdamos de la órbita de nuestras aspiraciones el contemplar cara a cara al mismo Dios. Como cristianos, en esta fiesta de la Ascensión del Señor, nos hemos de comprometer más activamente en y con la misión de Jesús. No podemos quedarnos mirando al cielo (con la vista perdida) pero tampoco clavados en lo pasajero o incluso creyendo que, la Iglesia, es una especie de ONG (como muy bien alertaba el Papa Francisco en el inicio de su pontificado.

Vayamos, con Él y por Él hacia el cielo. ¿Somos hombres y mujeres con ganas de cielo o sólo con ojos en la tierra?

4.- ¡DÉJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!

Para gozar contigo, en la presencia de Dios
cantando y proclamando,
con los ángeles y mil coros celestiales,
que eres Santo y Dios,
Dios y Santo,
eternamente santo por los siglos de los siglos.

¡DÉJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!
Y, después de entrar Tú en el reino de los cielos,
Comprender esperando
que, un día también nosotros,
tendremos un lugar en algún rincón eterno
Y, al contemplar la grandeza de Dios,
festejar, en la gloria de ese inmenso cielo,
que ha merecido la pena ser de los tuyos
permanecer firmes en tus caminos
guardar tu nombre y tu memoria
meditar tu Palabra y tu mensaje
soñar con ese mundo tan diferente al nuestro

¡DÉJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!
Que no la cierre el viento del camino fácil
Que no la empuje nuestra falta de fe
Que no la obstruya nuestro afán de tener aquí

¡DÉJANOS LA PUERTA ABIERTA, SEÑOR!
Para vivir y morar contigo
Para amar y vivir junto a Dios
Para sentir el soplo eterno del Espíritu
Para gozar en el regazo de María Virgen
¡NO NOS CIERRES LA PUERTA DEL CIELO, SEÑOR!

Javier Leoz

Comentario del 1 de junio

Decía Jesús a sus discípulos: Yo os aseguro: Si pedís algo al Padre en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. El contexto de estas palabras les concede un valor testamentario, pues se enmarcan en los anuncios de despedida: Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. En este contexto les invita a pedir al Padre de los dones en su nombre. La oración de petición está muy presente en los evangelios: Pedid al Señor de la mies, que mande obreros a su mies; pedid y recibiréis; cuando oréis, decid: venga a nosotros tu reino, danos el pan de cada día, perdona nuestras ofensas, líbranos del mal.

La oración que Jesús enseñó a sus discípulos a petición de estos es en sus dos terceras partes una oración de petición; y el mismo Jesús dio acogida y respuesta a las peticiones de muchos indigentes y menesterosos, aquejados de todo tipo de males. Estos no hacían otra cosa que seguir su consigna: pedid y recibiréis. Pero no se trata de pedir sin mirar a quién. Aquí se trata de pedir al que puede dar, al Dios que nos ha creado por amor y a quien nos lo ha dado todo con su Hijo, al Dios que es fuente de todo don. Y si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden. No nos equivoquemos de puerta al llamar, ni de destinatario al pedir. Él debe ser el destinatario de nuestras peticiones. Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará, nos asegura Jesús. La recepción del don se hace depender de una sola condición: que pidamos al Padre en nombre de Jesús.

Pero ¿qué significa esto de pedir en su nombre? ¿Significa tal vez añadir a nuestra petición una fórmula conclusiva como la que utilizamos en la liturgia oficial de la Iglesia: Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos? ¿Bastará con este broche para poder afirmar que hemos pedido en el nombre de Jesús? No me lo parece. De hecho, la fórmula que cierra nuestras oraciones litúrgicas ponen broche a un contenido, a una petición que tiene que estar en sintonía con la voluntad de aquel en cuyo nombre pedimos. Se supone que las oraciones de la Iglesia lo están, pero nuestras peticiones particulares pueden no estarlo. Hay cosas que no podemos pedir en nombre de Jesús, por ejemplo que baje fuego del cielo para que arrase a todos nuestros opositores; esto es lo que le propusieron a Jesús sus discípulos a su paso por Samaría, donde no eran bien recibidos; pero, como les dice el mismo Jesús, no eran conscientes del espíritu que les inspiraba este deseo. Hay, por tanto, peticiones que no encontrarían respuesta satisfactoria por no ser del agrado de aquel en cuyo nombre se hacen.

Pedir en nombre de Jesús es también pedir como representantes suyos, es decir, como portadores y transmisores de su voluntad. Si esto es así, no podemos pedir en su nombre cosas que van contra esa voluntad. Esto no significa que tengamos que reducir nuestras peticiones al ámbito de los bienes espirituales, como el don de la paciencia o de la castidad; también podemos pedir cosas materiales o referidas a nuestro estado de salud física y mental, como la curación de una enfermedad o el pan nuestro de cada día. Pero tales peticiones hemos de hacerlas siempre en modo condicionado (si tal es su voluntad), porque no podemos tener nunca la certeza de que esa sea la voluntad de Dios en nuestra circunstancia particular. En lo que no caben equívocos ni desviaciones es en la petición de esos bienes que están incluidos en la misma promesa divina. Si Dios promete darnos la vida eterna, hemos de pedirla sin miedo a equivocarnos y sin resultar presuntuosos.

Hasta ahora, les dice Jesús, no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Tener a alguien que nos escucha ya es un gran motivo de alegría; y si ese alguien es nuestro Dios y Padre, con mucha mayor razón. Pero si recibimos de Él lo que le hemos pedido, nuestra alegría será realmente completa.

Pedir en su nombre parece indicar también que podemos recurrir a él como abogado e intercesor ante el Padre. No obstante, Jesús aclara que el Padre mismo nos quiere; que no es que tengamos que acudir a su intercesión para vencer las resistencias de este Dios impasible y difícil de doblegar, pues la voluntad del Padre es amorosa y sensible a las necesidades de sus hijos y se complace dando respuesta a sus peticiones. Dios Padre nos quiere por sí mismo; pero también es verdad que nos quiere porque nosotros queremos a su Hijo y creemos que él salió de Dios. Al fin y al cabo, si somos hijos de Dios y podemos dirigirnos a Él llamándole Padre, es por el Hijo, pues somos hijos en el Hijo, algo que requiere fe en él y en su generación o salida filial del Padre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

16. Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1 P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que sepan controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud juvenil que desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la persona sabia es capaz de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio se abre al futuro, pero siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros.

El fuego del Espíritu Santo

1.- FUEGO VIVO. «Viendo aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno…” (Hch 2, 3). Cuando Jesús se despedía de ellos, les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán. Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu. La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos. Y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído.

«Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?» (Hch 2, 7) Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre. Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto… Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero. Desciende de nuevo sobre un puñado de hombres que griten ebrios de tu amor. Hombres que sean realmente profetas de los tiempos modernos. Sigue viniendo siempre, aletea sobre las aguas muertas de nuestras charcas, danos fuerza para seguir llenando de luz la oscuridad de nuestro pobre y viejo mundo.

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…» (Jn 20, 21) Pentecostés, cincuenta días después de la fiesta pascual, cincuenta días de espera que se hacía cada vez más intensa a partir, sobre todo, del día de la Ascensión. Ha sido un período de preparación al gran acontecimiento de la venida del Paráclito. Hoy, el día de Pentecostés, se rememora ese momento en que se inicia la gran singladura de conducir a todos los hombres a la vida eterna, actualizar en cada uno los méritos de la Redención.

En efecto, con su venida, los apóstoles recuperan las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el entusiasmo, aumentan el valor y el coraje para dar testimonio ante todo el mundo de su fe en Cristo Jesús. Hasta ese momento siguen con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. Desde que el Espíritu descendió sobre ellos las puertas quedaron abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano. Ante toda Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de todos, y también que había resucitado y había sido glorificado, y que sólo en él estaba la redención del mundo entero. Fue el arranque, rayano en la osadía, que pronto suscitó una persecución que hoy, después de veinte siglos, todavía sigue en pie de guerra.

Porque hemos de reconocer que las insidias de los enemigos de Cristo y de su Iglesia no han cesado. Unas veces de forma abierta y frontal, imponiendo el silencio con la violencia. Otras veces el ataque es tangencial, solapado y ladino. La sonrisa maliciosa, la adulación infame, la indiferencia que corroe, la corrupción de la familia, la degradación del sexo, la orquestación a escala internacional de campanas contra el Papa. Las fuerzas del mal no descansan, los hijos de las tinieblas continúan con denuedo su afán demoledor de cuanto anunció Jesucristo. Lo peor es que hay muchos ingenuos que no lo quieren ver, que no saben descubrir detrás de lo que parece inofensivo, los signos de los tiempos dicen a veces, la ofensiva feroz del que como león rugiente merodea a la busca de quien devorar.

Pero Dios puede más. El Espíritu no deja de latir sobre las aguas del mundo. La fuerza de su viento sigue empujando la barca de Pedro, las velas multicolores de todos los creyentes. De una parte, por la efusión y la potencia del Espíritu Santo, los pecados nos son perdonados en el Bautismo y en el Sacramento de la Reconciliación. Por otra parte, el Paráclito nos ilumina, nos consuela, nos transforma, nos lanza como brasas encendidas en el mundo apagado y frío. Por eso, a pesar de todo, la aventura de amar y redimir, como lo hizo Cristo, sigue siendo una realidad palpitante y gozosa, una llamada urgente a todos los hombres, para que prendan el fuego de Dios en el universo entero.

2.- LA FIESTA DEL FUEGO. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…» (Jn 20, 21). Pentecostés, cincuenta días después de la fiesta pascual, cincuenta días de espera que se hacía cada vez más intensa a partir, sobre todo, del día de la Ascensión. Ha sido un período de preparación al gran acontecimiento de la venida del Paráclito. Hoy, el día de Pentecostés, se rememora ese momento en que se inicia la gran singladura de conducir a todos los hombres a la vida eterna, actualizar en cada uno los méritos de la Redención. En efecto, con su venida, los apóstoles recuperan las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el entusiasmo, aumentan el valor y el coraje para dar testimonio ante todo el mundo de su fe en Cristo Jesús. Hasta ese momento siguen con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. Desde que el Espíritu descendió sobre ellos las puertas quedaron abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano. Ante toda Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de todos, y también que había resucitado y había sido glorificado, y que sólo en él estaba la redención del mundo entero. Fue el arranque, rayano en la osadía, que pronto suscitó una persecución que hoy, después de veinte siglos, todavía sigue en pie de guerra.

Porque hemos de reconocer que las insidias de los enemigos de Cristo y de su Iglesia no han cesado. Unas veces de forma abierta y frontal, imponiendo el silencio con la violencia. Otras veces el ataque es tangencial, solapado y ladino. La sonrisa maliciosa, la adulación infame, la indiferencia que corroe, la corrupción de la familia, la degradación del sexo, la orquestación a escala internacional de campanas contra el Papa. Las fuerzas del mal no descansan, los hijos de las tinieblas continúan con denuedo su afán demoledor de cuanto anunció Jesucristo. Lo peor es que hay muchos ingenuos que no lo quieren ver, que no saben descubrir detrás de lo que parece inofensivo, los signos de los tiempos dicen a veces, la ofensiva feroz del que como león rugiente merodea a la busca de quien devorar.

Pero Dios puede más. El Espíritu no deja de latir sobre las aguas del mundo. La fuerza de su viento sigue empujando la barca de Pedro, las velas multicolores de todos los creyentes. De una parte, por la efusión y la potencia del Espíritu Santo, los pecados nos son perdonados en el Bautismo y en el Sacramento de la Reconciliación. Por otra parte, el Paráclito nos ilumina, nos consuela, nos transforma, nos lanza como brasas encendidas en el mundo apagado y frío. Por eso, a pesar de todo, la aventura de amar y redimir, como lo hizo Cristo, sigue siendo una realidad palpitante y gozosa, una llamada urgente a todos los hombres, para que prendan el fuego de Dios en el universo entero.

Antonio García-Moreno

En espera del envío del Espíritu Santo

Después de la Resurrección, Jesús estuvo apareciéndose a sus discípulos durante cuarenta días, dándoles muestras de que estaba resucitado y hablándoles del Reino. A los cuarenta días, Jesús subió a los cielos a la vista de sus discípulos. Llega así a su culmen el ministerio terreno de Jesús, en espera del envio del Espítu Santo. Se consuma de este modo el misterio de la Encarnación del Verbo, que ha glorificado en sí la naturaleza humana que había asumido para redimirla. Ésta es la solemnidad que celebramos hoy. Aunque en verdad correspondería al jueves pasado, cuando se cumplen los cuarenta días después de la Resurrección, sin embargo, la Iglesia ha trasladado esta solemnidad a hoy, el séptimo domingo de Pascua.

1. Cristo resucitado sube al Cielo. Después de resucitar y de aparecerse durante cuarenta días a sus discípulos, Cristo resucitado asciende al Cielo. El Verbo de Dios hecho hombre vuelve ahora al lugar del que vino: junto a Dios Padre. Si el ministerio de Cristo en la tierra comenzaba con su Encarnación, pues el Verbo se hizo carne, Dios asumió nuestra naturaleza humana, ahora concluye con la Ascensión, cuando el Dios hecho hombre sube al Cielo. De este modo, Cristo entra de nuevo en la Gloria del Padre. Según recitamos en el Credo, Cristo está ahora sentado a la derecha del Padre. Toma así posesión del lugar que le corresponde. Este hecho provoca la alegría inmensa de sus discípulos, que no sólo comprenden que es cierta la Resurrección del Señor, sino que además entienden que Cristo ha vencido realmente a la muerte, pues ahora reina para siempre en el Cielo. En la primera lectura, del principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos que los discípulos se quedaron mirando al Cielo, atónitos. Dos hombres vestidos de blanco, que nos recuerdan a la aparición que vieron las mujeres en el sepulcro aquella bendita mañana de la Resurrección, los animan: no os quedéis mirando al Cielo, pues Cristo ya se ha marchado, ha vuelto a la Gloria, pero volverá de nuevo. Por esto decimos en el Credo que desde el Cielo ha de volver, en el día final. Es de destacar la alegría con la que los discípulos volvieron de nuevo a Jerusalén. La alegría de la Resurrección llega a su plenitud con la Ascensión de Cristo resucitado a los cielos.

2. Nosotros hemos subido con Cristo al Cielo. Pero la Ascensión del Señor tiene un significado todavía más importante. No sólo es que Cristo ha subido a los Cielos, sino que además también nosotros subimos con Él. Cada uno de nosotros en concreto todavía no, pues aún estamos aquí en la tierra. Pero sí nuestra naturaleza humana ha sido elevada al Cielo. El ser humano, que por su pecado fue expulsado del Paraíso, ahora tiene abiertas de par en par las puertas de la Gloria, en esto consiste la salvación. Pues Dios, que se ha hecho hombre de verdad para salvarnos, Cristo que es verdadero Dios y verdadero hombre, ha entrado en la Gloria. Con Cristo, no sólo la divinidad está en el Cielo, sino que también nuestra naturaleza humana ha entrado en la Gloria del Reino. Esto es algo sorprendente, algo que nunca nadie había sido capaz de imaginar anteriormente, algo que supera infinitamente cualquier deseo del hombre, pues el hombre ahora ha entrado en el lugar de Dios. De este modo, las puertas del Cielo han quedado abiertas para que cada uno de nosotros, cuando nos toque, podamos también entrar en él. Por medio de Cristo, nuestra naturaleza está ya en el Cielo, y un día, también nosotros estaremos allí. Esta es nuestra esperanza cristiana, y este es el motivo del gozo inmenso de los discípulos que fueron testigos de la Ascensión del Señor y también de nuestra alegría. Si Cristo, el Hijo de Dios, que es también verdadero hombre, ha subido al Cielo y está junto al Padre, también nosotros, si permanecemos unidos a Cristo, podremos un día llegar al Cielo con Él.

3. Nosotros somos testigos de esto. Y ahora viene nuestra tarea. En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús, antes de subir al Cielo, les recuerda a sus discípulos que ésta era su misión: morir en la cruz, resucitar al tercer día y anunciar en su nombre la conversión de los pecados a todos los pueblos. Y Jesús mismo les manda a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de esto”. La misión que Jesús nos encomienda es clara: aquello que hemos visto, que hemos experimentado en nuestra propia vida cristiana y que celebramos cada domingo en la Eucaristía, no podemos quedárnoslo para nosotros mismos. Es necesario que contemos a los demás lo que hemos visto y oído. Somos testigos del Señor. Ésta es la misión de la Iglesia y también de cada uno de nosotros: dar testimonio de la Resurrección de Cristo. Allá donde vayamos, con nuestro ejemplo de vida, con nuestra alegría, con nuestras palabras también si es necesario, demos testimonio del Señor, de nuestra fe, de la alegría de la salvación que Cristo nos ha conseguido con su muerte y Resurrección y de que tenemos las puertas del Cielo abiertas por medio de la Ascensión del Señor que hoy celebramos.

Antes de subir al Cielo, Jesús prometió de nuevo el envío del Espíritu Santo, que será la fuerza que nos impulsará a salir y a dar testimonio del Señor a todos los hombres. Esto lo celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Pentecostés. Preparémonos para recibir este gran don que nos dará Dios Padre por medio de Cristo resucitado, que hoy sube al Cielo.

Francisco Javier Colomina Campos

Se nos encomienda una misión

1.- Ahora nos toca a nosotros. Entre el Señor que marcha y el que ha de venir se halla el tiempo del testimonio de la iglesia. Aquí queda fundada la espera (esperanza) de los cristianos, que en el tiempo de los apóstoles estuvo impregnada de una fuerte convicción de la inmediata llegada de la parusía. Ha terminado la obra de Jesús y debe comenzar ahora la misión en el mundo de la comunidad de Jesús. Se abre un paréntesis para la responsabilidad de los creyentes. Entre la primera y la segunda venida del Señor, se extiende la misión de la iglesia. No podemos quedarnos con la boca abierta viendo visiones. El Reino tenemos que construirlo nosotros mismos, si bien Dios con su providencia amorosa velará por ayudarnos. Ahora nos toca a cada uno de nosotros asumir la misión que Dios nos encomienda.

2- La hora de servir. La gran tentación que tenemos es quedarnos parados mirando al cielo: «¿qué hacéis ahí plantados?». Hoy día también somos tentados si vivimos una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos tenemos que implicarnos más en la defensa de la dignidad del ser humano, de la vida, de la paz, de la justicia. ¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía, la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir? La Eucaristía es el sacramento del servicio…a Dios y al hermano. Para poder ascender hay que descender primero. Para llegar a Dios hay que acoger al hermano.

3.- El camino del cristiano tiene que ser igual que el suyo. Primero estar al lado de hermano que sufre, del hermano que pasa dificultades, del hermano solo y abandonado. Sólo así podrá ascender. Mira a la cruz: ves en ella un brazo vertical que se eleva hacia el cielo, pero también tiene un brazo horizontal que mira a la tierra. Si quieres seguir el ejemplo de Jesús asume la cruz, pero con los dos brazos, mirando al hermano y acogiéndote a la gracia y al amor que Dios te brinda. Él no vino a servirse de los hombres, sino a servir y dar su vida. La Ascensión es la culminación de su vida. La ascensión de Cristo, más que una «subida» es un paso, pero del tiempo a la eternidad, de lo visible o lo invisible, de la inmanencia a la trascendencia, de la oscuridad del mundo a la luz divina, de los hombres a Dios. Es un anticipo de lo que nos pasará a nosotros. Así lo expresa San Agustín:

De una manera participamos ahora y de otra participaremos entonces. Ahora tiene lugar por la fe y la esperanza en el mismo Espíritu; entonces, en cambio, tendrá lugar la realidad, la especie: el mismo Espíritu, el mismo Dios, la misma plenitud. Quien llama a los que aún están ausentes, se les mostrará cuando ya estén presentes; quien llama a los peregrinos, los nutrirá y alimentará en la patria. (San Agustín Sermón 170)

José María Martín OSA

La bendición de Jesús

Son los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.

Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?

Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra «testigos». Esto es lo primero: «Vosotros sois testigos de estas cosas». Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.

Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: «Yo os enviaré el don prometido por mi Padre». No les va a faltar la «fuerza de lo alto». El Espíritu de Dios los defenderá.

Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios, y sobre el mundo desciende su bendición.

A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios, mantener viva la esperanza, no rendirnos ante el poder del mal. Este mundo que a veces parece un “infierno maldito” no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.

También hoy es posible, hacer el bien, difundir bondad. Es posible trabajar por un mundo más humano y una convivencia más sana. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede llevar a buscar con urgencia una sociedad menos corrupta.

Jesús es una bendición y la gente lo tiene que saber. Lo primero es promover una «pastoral de la bondad». Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Bueno y Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer.

José Antonio Pagola