En espera del envío del Espíritu Santo

Después de la Resurrección, Jesús estuvo apareciéndose a sus discípulos durante cuarenta días, dándoles muestras de que estaba resucitado y hablándoles del Reino. A los cuarenta días, Jesús subió a los cielos a la vista de sus discípulos. Llega así a su culmen el ministerio terreno de Jesús, en espera del envio del Espítu Santo. Se consuma de este modo el misterio de la Encarnación del Verbo, que ha glorificado en sí la naturaleza humana que había asumido para redimirla. Ésta es la solemnidad que celebramos hoy. Aunque en verdad correspondería al jueves pasado, cuando se cumplen los cuarenta días después de la Resurrección, sin embargo, la Iglesia ha trasladado esta solemnidad a hoy, el séptimo domingo de Pascua.

1. Cristo resucitado sube al Cielo. Después de resucitar y de aparecerse durante cuarenta días a sus discípulos, Cristo resucitado asciende al Cielo. El Verbo de Dios hecho hombre vuelve ahora al lugar del que vino: junto a Dios Padre. Si el ministerio de Cristo en la tierra comenzaba con su Encarnación, pues el Verbo se hizo carne, Dios asumió nuestra naturaleza humana, ahora concluye con la Ascensión, cuando el Dios hecho hombre sube al Cielo. De este modo, Cristo entra de nuevo en la Gloria del Padre. Según recitamos en el Credo, Cristo está ahora sentado a la derecha del Padre. Toma así posesión del lugar que le corresponde. Este hecho provoca la alegría inmensa de sus discípulos, que no sólo comprenden que es cierta la Resurrección del Señor, sino que además entienden que Cristo ha vencido realmente a la muerte, pues ahora reina para siempre en el Cielo. En la primera lectura, del principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos que los discípulos se quedaron mirando al Cielo, atónitos. Dos hombres vestidos de blanco, que nos recuerdan a la aparición que vieron las mujeres en el sepulcro aquella bendita mañana de la Resurrección, los animan: no os quedéis mirando al Cielo, pues Cristo ya se ha marchado, ha vuelto a la Gloria, pero volverá de nuevo. Por esto decimos en el Credo que desde el Cielo ha de volver, en el día final. Es de destacar la alegría con la que los discípulos volvieron de nuevo a Jerusalén. La alegría de la Resurrección llega a su plenitud con la Ascensión de Cristo resucitado a los cielos.

2. Nosotros hemos subido con Cristo al Cielo. Pero la Ascensión del Señor tiene un significado todavía más importante. No sólo es que Cristo ha subido a los Cielos, sino que además también nosotros subimos con Él. Cada uno de nosotros en concreto todavía no, pues aún estamos aquí en la tierra. Pero sí nuestra naturaleza humana ha sido elevada al Cielo. El ser humano, que por su pecado fue expulsado del Paraíso, ahora tiene abiertas de par en par las puertas de la Gloria, en esto consiste la salvación. Pues Dios, que se ha hecho hombre de verdad para salvarnos, Cristo que es verdadero Dios y verdadero hombre, ha entrado en la Gloria. Con Cristo, no sólo la divinidad está en el Cielo, sino que también nuestra naturaleza humana ha entrado en la Gloria del Reino. Esto es algo sorprendente, algo que nunca nadie había sido capaz de imaginar anteriormente, algo que supera infinitamente cualquier deseo del hombre, pues el hombre ahora ha entrado en el lugar de Dios. De este modo, las puertas del Cielo han quedado abiertas para que cada uno de nosotros, cuando nos toque, podamos también entrar en él. Por medio de Cristo, nuestra naturaleza está ya en el Cielo, y un día, también nosotros estaremos allí. Esta es nuestra esperanza cristiana, y este es el motivo del gozo inmenso de los discípulos que fueron testigos de la Ascensión del Señor y también de nuestra alegría. Si Cristo, el Hijo de Dios, que es también verdadero hombre, ha subido al Cielo y está junto al Padre, también nosotros, si permanecemos unidos a Cristo, podremos un día llegar al Cielo con Él.

3. Nosotros somos testigos de esto. Y ahora viene nuestra tarea. En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús, antes de subir al Cielo, les recuerda a sus discípulos que ésta era su misión: morir en la cruz, resucitar al tercer día y anunciar en su nombre la conversión de los pecados a todos los pueblos. Y Jesús mismo les manda a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de esto”. La misión que Jesús nos encomienda es clara: aquello que hemos visto, que hemos experimentado en nuestra propia vida cristiana y que celebramos cada domingo en la Eucaristía, no podemos quedárnoslo para nosotros mismos. Es necesario que contemos a los demás lo que hemos visto y oído. Somos testigos del Señor. Ésta es la misión de la Iglesia y también de cada uno de nosotros: dar testimonio de la Resurrección de Cristo. Allá donde vayamos, con nuestro ejemplo de vida, con nuestra alegría, con nuestras palabras también si es necesario, demos testimonio del Señor, de nuestra fe, de la alegría de la salvación que Cristo nos ha conseguido con su muerte y Resurrección y de que tenemos las puertas del Cielo abiertas por medio de la Ascensión del Señor que hoy celebramos.

Antes de subir al Cielo, Jesús prometió de nuevo el envío del Espíritu Santo, que será la fuerza que nos impulsará a salir y a dar testimonio del Señor a todos los hombres. Esto lo celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Pentecostés. Preparémonos para recibir este gran don que nos dará Dios Padre por medio de Cristo resucitado, que hoy sube al Cielo.

Francisco Javier Colomina Campos

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