Puertas abiertas

En estos meses en que se abre el plazo de matrícula en escuelas, colegios, institutos, universidades… es corriente que por parte de estas instituciones se organicen “jornadas de puertas abiertas”. Habitualmente se tiene una idea acerca del estilo o características de estas instituciones, pero el público en general no puede acceder al interior de estos centros; en estas jornadas hay entrada libre, y se permite visitar las aulas y el resto de instalaciones, se ofrecen charlas informativas sobre el ideario del centro, y también entrevistas con el profesorado… para que quienes estén interesados puedan conocer mejor el centro y decidir si se matriculan en él o no.

Con la Solemnidad de la Ascensión del Señor comienza la última semana del tiempo Pascual. Como hemos escuchado en la 1ª lectura, llevamos semanas escuchando todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Y ahora hemos de tomar una decisión, no podemos quedarnos plantados mirando al cielo. Esta semana, especialmente, se abre el plazo para decidir si nos “matriculamos” en el Reino de Dios, o no. Y para eso, Él ha organizado hoy una “jornada de puertas abiertas”.

Como hemos escuchado en la 2ª lectura, tenemos entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contamos con un camino nuevo y vivo que Él ha inaugurado, porque “la ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria” (oración colecta) y “Él ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino” (Prefacio I de la Ascensión del Señor).

Pero por si acaso todavía no tenemos una idea muy definida de lo que supone seguir a Cristo Resucitado, conviene que aprovechemos esta “jornada de puertas abiertas” para entrar libremente en lo que Jesús nos ofrece y conocerlo un poco mejor. Y la Palabra de Dios nos lo indica:

Jesús nos ofrece el Reino de Dios, “un reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Prefacio de Jesucristo Rey del Universo).

Nos ofrece lo que el Padre ha prometido: ser bautizados no sólo con agua, sino con Espíritu Santo.

También nos ofrece la conversión y el perdón de los pecados.

Más aún: Jesús mismo va a estar intercediendo constantemente por nosotros, porque quiere hacernos compartir su divinidad (Prefacio II de la Ascensión del Señor).

Con su Ascensión, Jesús Resucitado nos ha dado entrada libre a su Reino. Quizá nos sentimos atraídos por lo que conocemos, pero todavía no nos hemos decidido a “matricularnos”, nos dan miedo las exigencias que conlleva seguir a Cristo y vivir como ciudadanos de su Reino. Por eso el Papa Francisco dice en “Evangelii gaudium” 167: “creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas”.

Para entender esto, y aunque la decisión de seguirlo siempre será un acto libre por nuestra parte, para ayudarnos Él nos promete que cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos, como celebraremos el próximo domingo con la Solemnidad de Pentecostés.   

¿Qué supone para mí la Ascensión del Señor? ¿Soy consciente de que tengo “entrada libre” al Reino de Dios? ¿Estoy decidido a “matricularme” en su Reino, con todo lo que conlleva? ¿Deseo realmente seguir a Cristo? ¿Hay algo que me frene en ese seguimiento?

La Ascensión del Señor nos recuerda la meta a la que estamos llamados, y que en esta “jornada de puertas abiertas” podemos vislumbrar. Como decía la 2ª lectura: Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa. “Matriculémonos” sin miedo en el Reino de Dios porque como decía el Papa Benedicto XVI en “Spe Salvi”: “es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo (27). Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza” (31).

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