Vísperas – Lunes VII de Pascua

3 de JUNIO

VÍSPERAS

LUNES VII DE PASCUA

SAN CARLOS LUANGA Y COMPAÑEROS, mártires

INVOCACIÓN INICIAL

V.Dios mío, ven en mi auxilio
R.Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cirineos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús solitario,
llevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
y la luz del sol tiñe de rojo el alto cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidores.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos la milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrolado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

LECTURA: 1P 4, 13-14

Queridos hermanos, estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ Alegraos, justos y gozad con el Señor.
V/ Alegraos, justos y gozad con el Señor.

R/ Aclamadlo, los de corazón sincero.
V/ Y gozad con el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Alegraos, justos y gozad con el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y porque le amaron hasta derramar su sangre reinan con el Señor eternamente.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y porque le amaron hasta derramar su sangre reinan con el Señor eternamente.

PRECES

A la misma hora en que el Rey de los mártires ofreció su vida, en la última cena, y la entregó en la cruz, démosle gracias diciendo:

Te glorificamos, Señor.

  • Porque nos amaste hasta el extremo, Salvador nuestro, principio y origen de todo martirio:
    — Te glorificamos, Señor.
  • Porque no cesas de llamar a los pecadores arrepentidos para los premios de tu Reino:
    — Te glorificamos, Señor.
  • Porque hoy hemos ofrecido la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados:
    — Te glorificamos, Señor.
  • Porque, con tu gracia, nos has dado perseverancia en la fe durante el día que ahora termina:
    — Te glorificamos, Señor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Porque has asociado a tu muerte a nuestros hermanos difuntos:
    — Te glorificamos, Señor.

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, tú haces que la sangre de los mártires se convierta en semilla de nuevos cristianos; concédenos que el campo de tu Iglesia, fecundo por la sangre de san Carlos Luanga y de sus compañeros, produzca continuamente, para gloria tuya, abundante cosecha de cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V.El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 3 de junio

Tiempo de Pascua

1) Oración inicial

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Juan 16,29-33

Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios.» Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.»

3) Reflexión

• El contexto del evangelio de hoy sigue siendo el ambiente de la Ultima Cena, ambiente de convivencia y de despedida, de tristeza y de expectativa, en el cual se refleja la situación de las comunidades de Asia Menor de finales del primer siglo. Para poder entender bien los evangelios, no podemos nunca olvidar que no relatan las palabras de Jesús como si fuesen grabadas en un CD para transmitirlas literalmente. Los evangelios son escritos pastorales que procuran encarnar y actualizar las palabras de Jesús en las nuevas situaciones en que se encontraban las comunidades en la segunda mitad del siglo primero en Galilea (Mateo), en Grecia (Lucas), en Italia (Marcos) y en Asia Menor (Juan). En el Evangelio de Juan, las palabras y las preguntas de los discípulos no son sólo de los discípulos, sino que en ellas afloran también las preguntas y los problemas de las comunidades. Son espejos, en los que las comunidades, tanto las de aquel tiempo como las de hoy, se reconocen con sus tristezas y angustias, con sus alegrías y esperanzas. Encuentran luz y fuerza en las respuestas de Jesús.

• Juan 16,29-30: Ahora estás hablando claramente. Jesús había dicho a los discípulos: pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre (Jn 16,27-28). Al oír esta afirmación de Jesús, los discípulos responden: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Los discípulos pensaban que lo entendían todo. Sí, realmente, ellos captaron una luz verdadera para aclarar sus problemas. Pero era una luz aún muy pequeña. Captaron la semilla, pero de momento no conocían el árbol. La luz o la semilla era una intuición básica de la fe: Jesús es para nosotros la revelación de Dios como Padre: Por esto creemos que has salido de Dios. Pero esto no era que el comienzo, la semilla. Jesús mismo, era y sigue siendo una gran parábola o revelación de Dios para nosotros. En él Dios llega hasta nosotros y se nos revela. Pero Dios no cabe en nuestros esquemas. Supera todo, desarma nuestros esquemas y nos trae sorpresas inesperadas que, a veces, son muy dolorosas.

• Juan 16,31-32: Me dejaréis solo, pero yo no estoy solo. El Padre está conmigo. Jesús pregunta: «¿Ahora creéis? El conoce a sus discípulos. Sabe que falta mucho para la comprensión total del misterio de Dios y de la Buena Nueva de Dios. Sabe que, a pesar de la buena voluntad y a pesar de la luz que acabaron de recibir en aquel momento, ellos tenían que enfrentarse todavía con la sorpresa inesperada y dolorosa de la Pasión y de la Muerte de Jesús. La pequeña luz que captaron no bastaba para vencer la oscuridad de la crisis: Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Esta es la fuente de la certeza de Jesús y, a través de Jesús, ésta es y será la fuente de la certeza de todos nosotros: El Padre está conmigo. Cuando Moisés fue enviado para la misión a liberar al pueblo de la opresión de Egipto, recibió esta certeza: “¡Va! Yo estoy contigo” (Ex 3,12). La certeza de la presencia libertadora de Dios está expresada en el nombre que Dios asumió en la hora de iniciar el Éxodo y liberar a su pueblo: JHWH, Dios con nosotros: Este es mi nombre para siempre (Ex 3,15). Nombre que está presente más de seis mil veces solo en el Antiguo Testamento.

• Juan 16,33: ¡Animo! Yo he vencido al mundo. Y viene ahora la última frase de Jesús que anticipa la victoria y que será fuente de paz y de resistencia tanto para los discípulos de aquel tiempo como para todos nosotros, hasta hoy: Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. “Con su sacrificio por amor, Jesús vence al mundo y a Satanás. Sus discípulos están llamados a participar en la lucha y en la victoria. Sentir el ánimo que él infunde es ya ganar la batalla.” (L.A.Schokel)

4) Para la reflexión personal

• Una pequeña luz ayudó a los discípulos a dar un paso, pero no iluminó todo el camino. ¿Has tenido una experiencia así en tu vida?
• ¡Animo! ¡Yo he vencido al mundo! Esta frase de Jesús ¿te ha ayudado alguna vez en tu vida?

5) Oración final

Guárdame, oh Dios, que en ti me refugio.
Digo a Yahvé: «Tú eres mi Señor,
mi bien, nada hay fuera de ti».
Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
tú aseguras mi suerte. (Sal 16,1-2,5)

Recursos para el Domingo de Pentecostés

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al Domingo de Pascua, procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Manifestar la diversidad de lenguas.

Podría ser interesante manifestar la diversidad de lenguas durante la celebración. Si hubiera personas extranjeras en la asamblea, se podría preparar una invocación para el momento penitencial, una intención en la oración universal o una corta acción de gracias después de la comunión… cada una en la propia lengua.

3. Oración en la lectio divina.

Durante la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al final de la primera lectura: Dios creador, te bendecimos por el don de tu Espíritu, que Tú nos revelaste como viento y como fuego y que concedes profusamente a tu Iglesia y a cada uno de sus miembros. Espíritu Santo, te pedimos que des a las Iglesias la capacidad para hacer comprender a todos los pueblos las maravillas de Dios.

Al final de la segunda lectura: Padre santo, te damos gracias porque nos diste tu Espíritu. Él nos convierte en hijos tuyos; movidos por él, te decimos ¡“Abba”!, ¡Padre!. Te pedimos por todo el pueblo cristiano: que cada uno de nosotros se deje conducir por tu Espíritu.

Al finalizar el Evangelio: Te bendecimos por tu Espíritu de verdad, el defensor, que Tú nos enviaste y que está con nosotros para siempre. Te damos gracias por el amor con que nos amas, hasta el punto de venir a vivir con nosotros. Elevamos hacia ti nuestras manos y te pedimos: venga a nosotros el Espíritu, el que habló por los profetas; que él nos haga recordar todas las palabras de tu Hijo.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede elegir la Plegaria Eucarística III, que tiene una oración propia para Pentecostés y evoca de manera más explícita al Espíritu Santo.

5. Palabra para el camino.

Ahí afuera nos espera el mundo…
¡Hoy las puertas se abren, el miedo se transforma en audacia, se proclama las maravillas de Dios en mil lenguas!
¿Qué puerta tenemos que abrir nosotros para que salgamos de nosotros mismos y vayamos al encuentro de los otros, en la familia, en el trabajo, en el pueblo, en la ciudad…?
¿Qué miedos, qué timidez, estamos llamados a superar para atrevernos a realizar un servicio social o eclesial que se nos solicite?
¿Y a quien vamos a anunciar estas maravillas de Dios que nos hacen vivir?

Comentario del 3 de junio

Los discípulos de Jesús le reprochan más de una vez hablar en un lenguaje demasiado oscuro o enigmático. En esta ocasión, por el contrario, le dicen que habla claro, sin recurrir a esas comparaciones (=parábolas) que más que revelar, encubren. Ahora –dicen- vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios. Resulta extraño que aquellos «torpes» discípulos digan que ya no necesitan hacerle preguntas, como si todo se les hubiese esclarecido de repente y la fe en él se hubiese abierto camino en medio de las anteriores dificultades. Es como si hubiese salido el sol para sus mentes y hubiesen desaparecido todas las nubes interpuestas en su camino. Se trata de esa fe que le confiesa salido de Dios: venido de parte de Dios (=enviado) y tal vez engendrado (=Hijo) del mismo Dios.

Pero Jesús no se deja engañar por estas aparentes, y fugaces, claridades sobrevenidas tras días de nubarrones, o por estos entusiastas arrebatos de fe, y les dice: ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Anuncia, pues, tiempos de dispersión para los que confiesan una lealtad inquebrantable; y es que no bastan los buenos propósitos para las voluntades débiles y enfermizas, sujetas a todo tipo de miedos y de presiones. Y así fue. Su prendimiento en el huerto desató la inmediata dispersión de esos discípulos que le habían acompañado hasta entonces. No fueron capaces de afrontar los riesgos del momento. Sólo acontecimientos posteriores restablecerían la situación y harían de aquellos temerosos y amedrentados hombres testigos insobornables del Resucitado. Ciertamente le dejaron solo de compañía humana; pero nunca estará solo, porque tendrá siempre junto a sí y en sí a su Padre del cielo. Es una presencia (paterna) que no le abandonará nunca. Ni siquiera en esos momentos de soledad y de oscuridad que le hacen gritar: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?, se siente solo, puesto que está implorando a su Padre con una oración sálmica. La presencia sorda o silenciosa de su Padre sigue estando ahí, en esos momentos de dolor profundo y desgarrador. No está solo. Su Padre sigue estando con él.

La premonición anterior, sin embargo, no le impide dirigir a sus discípulos palabras tranquilizadoras y estimulantes: Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor. Yo he vencido al mundo. No podrán pasar por el mundo sin tener que afrontar luchas. Las luchas son inevitables en esta vida. Vivir es luchar. Pero en medio de tales luchas se puede encontrar la paz y se puede vencer; porque él ha vencido al mundo y nos permite compartir su victoria o vencer con él. Ambas cosas nos son posibles: encontrar la paz en él y vencer con él. Se trata de una paz compatible con las luchas (cárceles, enfermedades, humillaciones, empeños, trabajos, etc.), porque se sitúa a un nivel más profundo que el de las mismas luchas, aunque éstas también afecten a los niveles psicológicos y físicos de nuestra vida. Pero es una paz muy ligada a la victoria sobre el mundo, que es superación de tentaciones y ensoñaciones y liberación de servidumbres que nos esclavizan.

Con la victoria sobre el mundo turbulento de las pasiones sobreviene la paz. Pero sólo el que nos ayuda a vencer sobre ese mundo puede proporcionarnos esta paz, casi inalterable, porque se sustenta en aquel que ha vencido al mundo. Todos deseamos la paz. Hasta quienes hacen la guerra desean esa paz que esperan conseguir tras alcanzar la victoria. Pero aunque todos la desean, no todos la alcanzan, porque hay acciones que son generadoras de nuevos conflictos, creándose una espiral que nunca da con el orden seguro en que consiste la paz. Y en un mundo dividido por el pecado, la misma presencia del pacificador que viene a unir lo que el pecado divide engendra desorden, o mejor, saca a la luz el desorden existente que imposibilita la paz de los afectados por el mismo. Sólo los que permiten la instauración de ese orden en sus corazones dejan que la paz se siembre en el mundo: la paz que tiene su origen en Dios y de la que Jesús es portador, enfrentando el mal que divide y pacificando los corazones en conflicto consigo mismos y con los demás. Ojalá que encontremos la paz, que es posible encontrar en este mundo, en él.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

18. En cambio, en el Evangelio de Mateo aparece un joven (cf. Mt 19,20.22) que se acerca a Jesús para pedir más (cf. v. 20), con ese espíritu abierto de los jóvenes, que busca nuevos horizontes y grandes desafíos. En realidad su espíritu no era tan joven, porque ya se había aferrado a las riquezas y a las comodidades. Él decía de la boca para afuera que quería algo más, pero cuando Jesús le pidió que fuera generoso y repartiera sus bienes, se dio cuenta de que era incapaz de desprenderse de lo que tenía. Finalmente, «al oír estas palabras el joven se retiró entristecido» (v. 22). Había renunciado a su juventud.

Homilía – Domingo de Pentecostés

ESPÍRITU DE VALENTÍA

DE UNA FE TEÓRICA A UNA FE PRÁCTICA

¿Sabéis, amigos, que Pentecostés ocurrió hace poco más de cuarenta años? Me refiero al Concilio Vaticano II, el momento en que el Espíritu despierta a una Iglesia, en expresión de Juan XXIII, un tanto dormida.

Creo en el Espíritu Santo que actuó en el Concilio. Y creo en el Espíritu que actuó y actúa en un barrio de Vigo, un barrio eclesial y socialmente dormido, pero en el que, gracias a la acción de unos sacerdotes dinámicos y unos seglares inquietos, ha surgido una comunidad fraterna y un ambiente de solidaridad. Creo en el Espíritu que actúa lo mismo que actuó en Jerusalén, en Tesalónica y en Éfeso. Creo en el Espíritu interviniendo en personas que viven entre nosotros, que estaban apagadas, sin ilusión, y que han resucitado gracias al ambiente comunitario y al estímulo de los compañeros de grupo. Creo en la acción del Espíritu aquí y ahora, sin ir más lejos.

Muchos cristianos tienen una comprensión muy pobre de lo que es la fe. Para muchos es la aceptación pasiva de unos dogmas o verdades teóricas que para nada cambian su vida. Algo de esto pasa con frecuencia con respecto al Espíritu Santo. Recitan: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo…», pero en realidad esto no repercute en su vida. Tienen una fe que yo llamaría histórica. Es decir, creen que Jesús actuó en su tiempo, hizo milagros, cambió a las personas que estuvieron a su lado, estuvo presente junto a ellos después de su resurrección. Creen que el Espíritu transformó a aquel puñado de paletos que fueron discípulos de Jesús. Lo dicen los evangelistas y lo aceptan como Palabra de Dios que es. Sin embargo, creen también que éstas son historias pasadas, que eran tiempos especiales, tiempos del nacimiento de la Iglesia y que entonces Dios derrochó milagros, pero que ahora son las personas y los grupos los que tienen que arreglárselas y luchar por su cuenta.

Para que nuestra fe sea viva es absolutamente necesario que entendamos que los evangelistas (el Señor, en definitiva), al narrarnos esos prodigios de Pentecostés, quieren decirnos que ése es el estilo de actuar del Señor resucitado y que, sin espectacularidades, está dispuesto a repetir maravillas a lo largo de todos los siglos si le dejamos actuar, si tenemos de verdad fe en la acción del Espíritu.

 

MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU HOY

Por suerte y gracias al mayor acercamiento de los cristianos a la Biblia se habla y se escribe con mayor abundancia sobre el Espíritu. ¡Ya era hora de que abriéramos el Nuevo Testamento en estos numerosos pasajes que estaban olvidados!

Leyendo la vida de la Iglesia, de nuestras comunidades, de las personas, encontraremos que se repiten las manifestaciones del Espíritu de hace veintiún siglos. ¿Cambio de personas en nuestros días por obra y gracia del Espíritu Santo? Los que queráis. ¿No conocéis convertidos de nuestros días, personas que han cambiado radicalmente? Se podrían relatar cambios espectaculares en numerosas personas que se revolcaban en todos los vicios y que, sin embargo, ahora viven como verdaderos resucitados; cambios también de numerosas personas que vivían en la mediocridad y que hoy viven en una generosidad heroica. No hace mucho se me acerca un hombre que me cuenta su vida novelesca: jugador, mujeriego, alcohólico, un auténtico desastre humano. Entra en contacto con unos cristianos por razones laborales, le introducen paulatinamente en el mundo de la fe, y ahora es un hombre de meditación diaria. Son los milagros del Espíritu hoy.

¿Milagros de fraternización por el Espíritu? Los que queramos. En 1998 se reunieron en Roma 200.000 representantes de movimientos cristianos, alguno de ellos compuesto hasta por 150.000 comunidades que viven intensamente la fraternidad cristiana al estilo de la comunidad de Jerusalén. ¿Milagros de comunión? Entre nosotros mismos, en esta misma parroquia. El de muchas personas que vivían alejadas, tristes y aburridas en su aislamiento y hoy viven una amistad seria y profunda con las personas de su grupo.

¿Testimonios de fortaleza al estilo de los apóstoles? ¿Mártires al estilo de Esteban, el protomártir de la Iglesia? Los que queráis. Casi está todavía caliente la sangre de monseñor Gerardi, portavoz de los derechos humanos a pesar de que sabía que estaba arriesgando la vida. A propósito de su muerte martirial, otros cristianos han proclamado que seguirán su tarea aunque tengan que pagar el mismo precio glorioso. Mons. Ximenes-Belo, obispo de Timor, Premio Nobel de la Paz, testificaba: «Sé el peligro que corro por mi apuesta en favor de los desheredados, pero que no me importa morir; se muere una sola vez».

 

COMO ERA EN UN PRINCIPIO, AHORA Y SIEMPRE…

Me he referido a todos estos prodigios realizados por el Espíritu para que entendamos que Jesús lo prometió no sólo a los cristianos de la primera hora de la Iglesia como si se tratara únicamente de un don fundacional. Como era en un principio, puede ser ahora y siempre y por los siglos de los siglos, si se tiene fe y se es dócil a sus impulsos.

El Espíritu está dispuesto a realizar maravillas en toda persona, comunidad o grupo de cristianos dóciles a su acción. Esta fe en la acción del Espíritu es fundamental, porque sólo ella nos impulsará a comprometernos en un cristianismo generoso, valiente y alegre. En mí no puedo confiar demasiado. A todos nos ha pasado lo que a Pedro el presuntuoso, cuando se fío sólo de sus fuerzas… Negó vilmente al Maestro ante una criada. Todos tenemos una experiencia parecida de nuestra fragilidad. Pero cuando Pedro se sintió robustecido por el Espíritu de Jesús, él, un hombre inculto e indefenso, desafió al mismísimo sanedrín con su fe en el Crucificado.

Lo que convirtió a los primeros discípulos de Jesús en personas y comunidades impetuosas, intrépidas y entusiastas fue la fe inquebrantable en la promesa del Espíritu: «Seréis revestidos con la fuerza de lo alto» (Hch 1,8).

Si me preguntan cuál es el mayor pecado de los cristianos, diría que la falta de fe en la acción del Espíritu aquí y ahora.

Creemos fácilmente que actuó en los orígenes de la Iglesia, pero nos cuesta creer que vaya a actuar en nuestro contexto, en mí, en mi familia, en mi grupo, en mi parroquia. No creemos en serio en la fuerza del Espíritu que habita en nosotros.

En la oración-colecta de hoy se dice: «…No dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica». El Espíritu puede y quiere realizarlas. Necesita nuestra disponibilidad.

TODO ES POSIBLE AL QUE TIENE FE

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: «Es preciso nacer de nuevo», el piadoso fariseo le replica: «¿A mis años voy a volver al seno de mi madre?». Pero Jesús agrega: «No te extrañes; el Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3,4-6). Y Nicodemo nació de nuevo…

Todo era atiborrar de buenos consejos a un hombre joven, casado, con tres hijos de ocho a doce años. Su mal genio creaba situaciones dramáticas en la familia. Un día, en que su padre, el hermano mayor y un tío le estaban martilleando los oídos: «Miguel Ángel, tienes que cambiar…», se plantó y contestó airado: «Me tenéis harto con el Miguel Ángel, tienes que cambiar… Demasiado sé que debo cambiar. Estoy esperando que alguien me dé confianza y me diga: Miguel Ángel, tú puedes… Lo que necesito es que me ayudéis a superar el complejo, no que me lo aumentéis echándome las culpas…».

Jesús no ha venido a atormentarnos con el «tú tienes que…». Justamente ha venido a decirnos: «Tienes dentro de ti nada menos que mi propio Espíritu, que yo te he infundido; no te he dado un espíritu de cobardía, sino un espíritu de valentía» (2Tm 1,7).

«Todo es posible para el que tiene fe» (Me 9,23). Pero tener fe en el Espíritu Santo no es creer que hizo maravillas hace veintiún siglos, sino creer que las puede y las quiere realizar ahora en mí, en mi entorno, en mi familia, en mi grupo cristiano, si es que nos dejamos llevar por su impulso.

Atilano Alaiz

Jn 20, 19-23 (Evangelio Domingo de Pentecostés)

Este texto (leído ya en el segundo Domingo de Pascua), nos sitúa en el cenáculo, en el mismo día de la resurrección. Nos presenta a la comunidad de la nueva alianza, nacida de la acción creadora y vivificadora del mesías. Sin embargo, esta comunidad todavía no se ha encontrado con Cristo resucitado y aún no ha tomado conciencia de las consecuencias de la resurrección. Es una comunidad cerrada, insegura, con miedo. Necesita hacer la experiencia del Espíritu; sólo después estará preparada para asumir su misión en el mundo y dar testimonio del proyecto libertador de Jesús.

En los “Hechos”, Lucas narra la venida del Espíritu sobre los discípulos en el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua (sin duda por razones teológicas y para hacer coincidir la venida del Espíritu santo con la fiesta judía de Pentecostés, la fiesta de la entrega de la Ley y de la constitución del Pueblo de Dios); sin embargo Juan sitúa en el anochecer del día de la Pascua la recepción del Espíritu por parte de los discípulos.

Juan comienza por poner de relieve la situación de la comunidad. Al “anochecer”, las “puertas cerradas”, el “miedo” (v. 19a), es el cuadro que reproduce la situación de una comunidad desamparada en medio de un ambiente hostil y, por tanto, desorientada e insegura. Es una comunidad que ha perdido sus referencias y su identidad y que no sabe, ahora, a qué agarrarse.

Entonces, Jesús se aparece “en medio de ellos” (v. 19b). Juan indica de esta forma que los discípulos, haciendo la experiencia del encuentro con Jesús resucitado, redescubrirán su centro, su punto de referencia, la coordenada fundamental alrededor de la cual la comunidad se construye y toma conciencia de su identidad. La comunidad cristiana sólo existe de forma consciente si está centrada en Jesús resucitado.

Jesús comienza por saludar, deseándoles “la paz” (“shalom”, en hebreo). La “paz” es un don mesiánico; mas, en este contexto, significa sobre todo la transmisión de serenidad, de tranquilidad, de confianza que permitirán a los discípulos superar el miedo y la inseguridad: a partir de ahora, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni la hostilidad del mundo podrán derrotar a los discípulos, porque Jesús resucitado está “en medio de ellos”.

Enseguida, Jesús “les mostró las manos y el costado”. Son los “signos” que evocan la entrega de Jesús, el amor total expresado en la cruz. Es a través de esos “signos” (en la entrega de la vida, en el amor ofrecido hasta la última gota de sangre) como los discípulos reconocen a Jesús. El hecho de que esos “signos” permanezcan en el resucitado, indica que Jesús será, de forma permanente, el mesías cuyo amor se derrama sobre los discípulos y cuya entrega alimentará a la comunidad.

Viene, después, la comunicación del Espíritu. El gesto de Jesús de exhalar su aliento sobre los discípulos, reproduce el gesto de Dios al comunicar la vida al hombre de arcilla (Juan utiliza, aquí, precisamente el mismo verbo del texto griego de Gn 2,7). Con el “soplo” de Dios de Gn 2,7, el hombre se convirtió en un “ser viviente”; con este “soplo”, Jesús transmite a los discípulos la vida nueva y hace nacer el Hombre Nuevo. Ahora, los discípulos poseen la vida en plenitud y están capacitados, con Jesús, para hacer de su vida un don de amor a los hombres. Animados por el Espíritu, forman la comunidad de la nueva alianza y están llamados a testimoniar, con gesto y con palabras, el amor de Jesús.

Finalmente, Jesús explicita cual es la misión de los discípulos (v. 23): la eliminación del pecado. Las palabras de Jesús no significan que los discípulos puedan o no, conforme a sus intereses o a su disposición, perdonar los pecados. Significa, únicamente, que los discípulos están llamados a testimoniar en el mundo esa vida que el Padre quiere ofrecer a los hombres. Quien crea esa propuesta, formará parte de la comunidad de Jesús; quien no crea, continuará recorriendo caminos de egoísmo y de muerte (esto es, de pecado). La comunidad, animada por el Espíritu, será la mediadora de esta oferta de salvación.

Para la reflexión, considerad los siguientes puntos:

La comunidad cristiana sólo existe de forma consciente, si está centrada en Jesús. Jesús es su identidad y su razón de ser. Es en él como superamos nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras limitaciones, para iniciar la aventura de testimoniar la vida nueva del Hombre Nuevo.
¿Nuestras comunidades son, antes de nada, comunidades que se organizan y estructuran alrededor de Jesús?
¿Jesús es nuestro modelo de referencia?
¿Nos identificamos con él, o con cualquier ídolo de pies de barro que nos hacemos a nuestra imagen?
¿Si él es el centro, la referencia fundamental, tienen algún sentido las discusiones acerca de las cosas que no son esenciales, que a veces dividen a los creyentes?

Identificarse como cristiano, significa dar testimonio ante el mundo de los “signos” que definen a Jesús: la vida dada, el amor compartido.
¿Es ese el testimonio que damos?
¿Los hombres de nuestro tiempo, mirando a los cristianos o a las comunidades cristianas, pueden decir que encuentran y reconocen los “signos” del amor de Jesús?

Las comunidades construidas alrededor de Jesús, están animadas por el Espíritu. El Espíritu es ese soplo de vida que transforma el barro inerte en una imagen de Dios, que transforma el egoísmo en amor compartido, que transforma el orgullo en servicio sencillo y humilde. Él es el que nos hace vencer los miedos, superar las cobardías y fracasos, derrotar el escepticismo y la desilusión, re-encontrar la orientación, recuperar la audacia profética, testimoniar el amor, soñar con un mundo nuevo. Es preciso tener conciencia de la presencia continua del Espíritu en nosotros y en nuestras comunidades y estar atentos a sus llamadas, a sus indicaciones, a sus propuestas.

1Cor 12, 3b-7. 12-13 (2ª lectura Domingo de Pentecostés)

La comunidad cristiana de Corinto era viva y fervorosa, pero no era una comunidad ejemplar en lo que respecta a la vivencia del amor y de la fraternidad: los partidos, las divisiones, las contiendas y rivalidades, perturbaban la comunión y constituían un contra testimonio.

Las cuestiones sobre el tema de los “carismas” (dones especiales concedidos por el Espíritu a determinadas personas o grupos para provecho de todos), se hacían sentir con especial agudeza: los que poseían esos dones carismáticos se consideraban los “escogidos” de Dios, se presentaban como “iluminados” y asumían con frecuencia actitudes de autoritarismo y de prepotencia que no favorecían la fraternidad y la libertad; por otro lado, los que no habían sido dotados de estos dones eran despreciados y descalificados, considerados casi como “cristianos de segunda”, sin voz ni voto en la comunidad.

Pablo no puede ignorar esta situación. En la primera carta a los corintios, corrige, amonesta, da consejos, muestra la incoherencia de estos comportamientos, incompatibles con el Evangelio. En el texto que se nos propone, Pablo aborda la cuestión de los “carismas”.

En primer lugar, Pablo afirma que es preciso saber enjuiciar la validez de los dones carismáticos, para que no se hable de “carismas” a propósito de comportamientos que pretenden únicamente garantizar privilegios de ciertas figuras.

Según Pablo, el verdadero “carisma” es el que lleva a confesar que “Jesús es el Señor” (pues no puede haber oposición entre Cristo y el Espíritu) y que sea útil para el bien de la comunidad.

Por lo demás, es preciso que los miembros de la comunidad tengan conciencia de que, a pesar de la diversidad de dones espirituales, es el mismo Espíritu el que actúa en todos; que a pesar de la diversidad de funciones, es el mismo Señor Jesús el que está presente en todos; que a pesar de la diversidad de acciones, es el mismo Dios que actúa en todos. No hay, por tanto, “cristianos de primera” y “cristianos de segunda”. Lo importante es que los dones del Espíritu estén para el bien de todos y sean utilizados, no para mejorar la propia posición o el propio “ego”, sino para el bien de toda la comunidad.

Pablo concluye su razonamiento comparando a la comunidad cristiana con un “cuerpo” con muchos miembros. A pesar de la diversidad de miembros y funciones, el “cuerpo” es uno sólo. Por todos los miembros circula la misma vida, pues todos han sido bautizados en un solo Espíritu y han recibido un único Espíritu.

El Espíritu es, pues, presentado como aquel que alimenta y que da vida al “cuerpo de Cristo”; de esa forma, fomenta la cohesión, dinamiza la fraternidad y es el responsable de la unidad de los distintos miembros que forman la comunidad.

Para reflexionar y actualizar la Palabra, considerad los siguientes elementos:

Todos tenemos conciencia de que somos miembros de un único “cuerpo”, el cuerpo de Cristo, que es el mismo Espíritu el que nos alimenta, aunque desempeñemos funciones diversas (no más dignas o más importantes, sino distintas).

Sin embargo encontramos, con alguna frecuencia, cristianos con una conciencia viva de su superioridad y de su situación “a parte” en la comunidad (sea en razón de la función que desempeñan, sea en razón de sus “cualidades” humanas), a los que les gusta mandar y hacerse notar.

A veces, se ven actitudes de prepotencia y de autoritarismo por parte de aquellos que se consideran depositarios de dones especiales; a veces, la Iglesia continúa dando la impresión, a pesar del Concilio Vaticano II, de ser una pirámide en lo alto de la cual hay una élite que preside y toma las decisiones y en cuya base está el rebaño silencioso, cuya función es obedecer.

¿Esto tiene algún sentido, a la luz de la doctrina que expone Pablo?

Los “dones” que recibimos no pueden generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común y para reforzar la vivencia comunitaria.
¿Nuestras comunidades son espacios para compartir fraternalmente, o son campos de batalla donde se litigan intereses personales, actitudes egoístas, intentos de reafirmación personal?

Es preciso tener conciencia de la presencia del Espíritu: él es el que alimenta, da vida, anima, distribuye sus dones conforme a las necesidades; y él es el que conduce a las comunidades en su marcha por la historia. Fue derramado en todos los creyentes y reside en toda la comunidad.
¿Tenemos conciencia de la presencia del Espíritu e intentamos abrirnos a su voz y acoger sus indicaciones?
¿Tenemos conciencia de que, por el hecho de que desempeñemos esta o aquella función, no somos las únicas voces autorizadas para hablar en el nombre del Espíritu?

Hch 2, 1-11 (1ª Lectura Domingo de Pentecostés)

Ya vimos, en el comentario a los textos de los domingos anteriores, que el libro de los “Hechos” no pretende ser un reportaje periodístico de los acontecimientos históricos, sino ayudar a los cristianos, desilusionados porque el “Reino” no llega, a redescubrir su papel y a tomar conciencia del compromiso que asumieron, en el día de su bautismo.

Con respecto al texto que hoy se nos propone, y que describe los acontecimientos del día de Pentecostés, no existen dudas de que es una construcción artificial, creada por Lucas con una clara intención teológica.

Para presentar su catequesis, Lucas utiliza las imágenes, los símbolos, el lenguaje poético de las metáforas. Nos toca a nosotros descodificar los símbolos para que lleguemos a la interpretación concreta que la catequesis primitiva, por la palabra de Lucas, nos dejó.

Una interpretación literal de este relato nos haría poner nuestra atención en el ropaje exterior, en el folclore, e ignorar lo fundamental.

El interés principal del autor es presentar a la Iglesia como la comunidad que nace de Jesús, y que está asistida por el Espíritu está llamada a testimoniar, ante los hombres, el proyecto liberador del Padre.

Antes de nada, Lucas sitúa la venida del Espíritu en el día de Pentecostés. Pentecostés era una fiesta judía, celebrada cincuenta días después de la Pascua. Originariamente, era una fiesta agrícola, en la cual se agradecía a Dios la cosecha de la cebada y del trigo; pero, en el siglo I, se convirtió en la fiesta histórica que celebraba la alianza, la entrega de la Ley en el Sinaí y la construcción del Pueblo de Dios.

Al situar en este día el don del Espíritu, Lucas sugiere que el Espíritu es la ley de la nueva alianza (pues es él el que, en el tiempo de la Iglesia, anima la vida de los creyentes) y que, por él, se constituye la nueva comunidad del Pueblo de Dios, la comunidad mesiánica, que vivirá de la ley inscrita, por el Espíritu, en el corazón de cada discípulo (cf. Ez 36,26-28).

Viene, después, la narración de la manifestación del Espíritu (Hch 2,2-4). El Espíritu es presentado como “la fuerza de Dios”, a través de dos símbolos: el viento de la tempestad y el fuego.

Son los símbolos de la revelación de Dios en el Sinaí, cuando Dios dio al Pueblo la Ley y constituyó a Israel como Pueblo de Dios (cf. Ex 19,16.18; Dt 4,36). Estos símbolos evocan la fuerza irresistible de Dios, que viene al encuentro del hombre, que entra en comunicación con él y que, dándole el Espíritu, constituye la comunidad de Dios.

El Espíritu (fuerza de Dios) es presentado en forma de lengua de fuego. La lengua no es solamente la expresión de la identidad cultural de un grupo humano, sino también la manera de comunicarse, de establecer lazos duraderos entre las personas, de crear comunidad. “Hablar otras lenguas” es crear relaciones, es la posibilidad de superar el gueto, el egoísmo, la división, el racismo, la marginación. Aquí tenemos el reverso de Babel (cf. Gn 11,1-9): allí los hombres escogieron el orgullo, la ambición desmedida que condujo a la separación y a desentenderse de los demás; aquí, se vuelve a la unidad, a la relación, a la construcción de una comunidad capaz de diálogo, de entendimiento, de comunión. Es el resurgir de una humanidad unida, no por la fuerza, sino por compartir la misma experiencia interior, fuente de libertad, de comunión, de amor. La comunidad mesiánica es la comunidad donde la acción de Dios (por el Espíritu) modifica profundamente las relaciones humanas, llevándola al compartir, a la relación, al amor.

Es en este escenario como debemos entender los efectos de la manifestación del Espíritu (cf. Hch 2,5-13): todos “les oían proclamar en su propia lengua las maravillas de Dios”. El elenco de los pueblos, convocados y unidos por el Espíritu, señala representantes de todo el mundo antiguo, desde Mesopotamia, pasando por Canaán, por el Asia Menor, por el norte de África, hasta Roma: a todos debe llegar la propuesta liberadora de Jesús, que hace de todos los pueblos una comunidad de amor y de comunión.

La comunidad de Jesús está así capacitada por el Espíritu para crear la nueva humanidad, la anti-Babel. La posibilidad de oír en la propia lengua “las maravillas de Dios”, no es otra cosa que la comunicación del Evangelio, que generará una comunidad universal. Sin dejar su cultura, sus diferencias, todos los pueblos escucharán la propuesta de Jesús y tendrán la posibilidad de formar parte de la comunidad de salvación, donde se habla la misma lengua y donde todos podrán experimentar ese amor y esa comunión que hace a pueblos tan diferentes, hermanos. Lo esencial pasa a ser la experiencia de amor que, desde el respeto por la libertad y por las diferencias, debe unir a todas las naciones de la tierra.

El Pentecostés de “Hechos” es, podemos decirlo, la página programática de la Iglesia y anuncia aquello que se realizará por la acción de los “testigos” de Jesús: la humanidad nueva, la anti-Babel, nacida de la acción del Espíritu, donde todos serán capaces de comunicarse y de relacionarse como hermanos, porque el Espíritu reside en el corazón de todos como ley suprema, como fuente de amor y de libertad.

Para la reflexión, considerad las siguientes indicaciones:

Tenemos, en este texto, los elementos esenciales que definen a la Iglesia: una comunidad de hermanos reunidos por Jesús, animados por el Espíritu del Señor resucitado y que testimonian en la historia el proyecto libertador de Jesús. De ese testimonio surge la comunidad universal de salvación, que vive en el amor y en el compartir, a pesar de las diferencias culturales y étnicas.
¿La Iglesia de la que formamos parte, es una comunidad de hermanos que se aman, a pesar de las diferencias? ¿Está reunida por Jesús y alrededor de Jesús? ¿Tiene conciencia de que el Espíritu está presente y que la anima? ¿Testimonia, de forma efectiva y coherente, la propuesta liberadora que Jesús le dejó?

Nunca estará de más realzar el papel del Espíritu en la toma de conciencia de la identidad y de la misión de la Iglesia. Antes de Pentecostés, había solamente un grupo encerrado entre cuatro paredes, incapaz de superar el miedo y de arriesgar, sin la iniciativa ni el coraje del testimonio; después de Pentecostés, tenemos una comunidad unida, que supera sus limitaciones humanas y se acepta como comunidad de amor y de libertad.
¿Tenemos conciencia de que es el Espíritu el que nos renueve, que nos orienta y que nos anima? ¿Damos suficiente espacio a la acción del Espíritu, en nosotros y en nuestras comunidades?

Para hacerse cristiano, nadie debe ser expoliado de su propia cultura: ni los africanos, ni los europeos, ni los sudamericanos, ni los negros, ni los blancos; todos están invitados, con sus diferencias, a acoger ese proyecto libertador de Dios, que hace que los hombres dejen de vivir encerrados en sí mismos, para vivir desde el amor. ¿La Iglesia, de la que formamos parte, es ese espacio de libertad y de fraternidad? ¿En ella encuentran un lugar y son acogidos con amor y con respeto, los que son de otra raza, los que no nos gustan, los que no son de nuestro círculo o los que son marginados y apartados por la sociedad?

Comentario al evangelio – 3 de junio

Estamos acabando el tiempo pascual. Jesús lleva algunos días despidiéndose de sus amigos, y ha aprovechado para recordarnos quién es Él. Se nos ha presentado como Buen Pastor, puerta para las ovejas, luz, camino, amigo (no os llamo siervos, sino amigos), y se ha despedido diciendo que os conviene que Yo me vaya.

La ausencia de Jesús (acabamos de celebrar su Ascensión al cielo) seguramente desarmó a los Apóstoles. Tendrían que aprender a vivir sin Jesús, pero, por otra parte, estimula nuestro deseo de verle de nuevo. Y ese deseo nos ayuda a crecer en la fe.

Porque nuestra fe no puede ser siempre la misma. No vale la fe de los 8 años cuando tienes 28, 38 o 78. Como no vale la ropa de niño cuando somos adultos. En la primera lectura lo hemos podido ver. Hay una evolución en el conocimiento de Cristo, que tiene que notarse en nuestro compromiso. En cómo vivimos.

Si nos tomamos en serio el seguir a Cristo, seguro que tendremos problemas Con nosotros mismos, en primer lugar, y con los demás, después. Pablo estuvo tres meses dialogando con algunos, para convencerlos. Seguro que lo hizo con paz, a pesar de todo. Porque Cristo estaba con Él, y Cristo ha vencido al mundo.

Diálogo entre un recién convertido a Cristo y un amigo no creyente.

¿De modo que te has convertido a Cristo?
Sí.
Entonces sabrás mucho sobre él. Dime: ¿en qué país nació?
No lo sé.
¿A qué edad murió?
Tampoco lo sé.
¿Sabrás al menos cuántos sermones pronunció?
Pues no… No lo sé.
La verdad es que sabes muy poco, para ser un hombre que afirma haberse convertido a Cristo…
Tienes toda la razón. Y yo mismo estoy avergonzado de lo poco que sé acerca de Él. Pero sí que sé algo: hace tres años, yo era un borracho. Estaba cargado de deudas. Mi familia se deshacía en pedazos, mi mujer y mis hijos temían como un nublado mi vuelta a casa cada noche. Pero ahora he dejado la bebida, no tenemos deudas, nuestro hogar es un hogar feliz, mis hijos esperan ansiosamente mi vuelta a casa cada noche. Todo esto es lo que ha hecho Cristo por mí. ¡Y esto es lo que sé de Cristo!

(El Canto del Pájaro p. 146. Anthony de Mello S.J. Sal Térrea. Santander 1982)

En África han muerto muchos cristianos, a lo largo de la historia. Como san Carlos Lwanga y sus compañeros. Y siguen muriendo. Tengámoslos presentes en nuestra oración.

Alejandro, cmf