2Sam 12, 7-10.13 (1ª lectura Domingo XI de Tiempo Ordinario)

El “Libro de Samuel” (dividido en dos partes) es un libro que nos presenta los orígenes de la monarquía, en Israel. No es, con todo, un libro escrito por políticos, por historiadores o por sociólogos; es un libro escrito por teólogos, empeñados en catequizar y en leer la historia pasada a la luz de la fe. No les interesa demasiado que su perspectiva sea una lectura rígidamente objetiva de los acontecimientos, les interesa, sobre todo, que su lectura ayude a los creyentes a sacar conclusiones acerca de Dios y de la forma que tiene de actuar.

El texto que hoy se nos propone forma parte de un conjunto de tradiciones

sobre el reinado de David (cf. 2 Sm 7-20). Después de describir el pecado de David (que cometió adulterio con Betsabé y mandó que su marido, Urías, soldado de su ejército, fuese colocado en un lugar arriesgado, en combate contra los amonitas, para que muriese, cf. 2 Sm 11,1-27), el autor deuteronomista presenta, por medio del profeta Natán, la reacción de Dios ante el pecado del rey.

Estamos en Jerusalén, en este momento, la capital del Israel unificado, en los primeros años del siglo X antes de Cristo.

¿Dios podrá pactar con esta actitud egoísta, prepotente y asesina del rey? De ninguna forma. Por boca del profeta Natán, el autor deuteronomista anuncia que Dios no permanece indiferente ante la injusticia cometida y que pide cuentas al agresor. De ahí los castigos anunciados contra David y su casa.

El autor deuteronomista escribe muchos años después de los acontecimientos. Conocía una serie de desgracias que, durante ese período de tiempo, habían abatido a la familia de David (muerte violenta de tres de sus hijos: Amón, cf. 2 Sm 13,23-39; Absalón, cf. 2 Sm 18,9-15, y Adonais, cf. 1 Re 2,24-25).

Naturalmente, no fueron castigos de Dios, sino acontecimientos históricos normales, típicos de una época violenta, en la que la lucha por el poder terminaba, muchas veces, en tragedias personales y familiares; pero esos acontecimientos fueron leídos por el teólogo como signos claros de que Yahvé no estaba dispuesto a pactar con las injusticias y arbitrariedades cometidas por el rey. El mensaje de nuestro “catequista” es evidente: Dios no deja pasar por alto la actitud de aquellos que se aprovechan del poder con fines egoístas y deshacen la vida de los hermanos.

La última palabra del texto es, sin embargo, de esperanza. Confrontado con su crimen, David reconoce, con humildad su comportamiento errado y pide perdón; y Dios acaba perdonando su falta. De esta forma, el deuteronomista resume la lógica de Dios, que condena el pecado, pero que no abandona al pecador. Así, nuestro catequista está enviando un mensaje a los hombres de su tiempo: a pesar de nuestras faltas, la misericordia de Dios no nos abandona y nos da, siempre, la posibilidad de comenzar de nuevo.

Considerad, en la reflexión, los siguientes aspectos:

La reflexión fundamental que este texto nos presenta es de nuevo el de la “lógica” de Dios: no pacta con el pecado, pero manifiesta una misericordia infinita para con el pecador.
¿Es esta nuestra forma de actuar cuando alguien nos maltrata u ofende?

El ejercicio del poder es, muchas veces, una forma de “llevar el agua a su molino”. Nuestro tiempo es fértil en figuras que, para proteger sus intereses personales o sus intereses de partido e ideología, arrastran a muchos por caminos de muerte y de sufrimiento.

¿Qué sentido tiene esto?
¿Nosotros cristianos, hijos de un Dios que no soporta el egoísmo y la injusticia, podemos “tragarnos” estas situaciones?
¿Podemos, tranquilamente, votar a aquellos que cometen injusticias escandalosas?

La actitud de David al reconocer humildemente su falta es una actitud que nos hace pensar en su sinceridad, honestidad y coherencia. Su ejemplo nos invita a asumir, con coherencia, nuestras responsabilidades y a tener la voluntad de cambiar nuestras acciones erradas; nos invita, también, al arrepentimiento y a la conversión, condiciones esenciales para que el “pecado” desaparezca de nuestras vidas.