No nos fijemos en los números

Uno de los defectos que tenemos como Iglesia es la excesiva importancia que damos a los números. Es muy común que los titulares de noticias referentes a encuentros, fiestas, procesiones… comiencen con la frase: “Cientos (o miles) de fieles se congregaron para…” Y creemos que cuanto mayor es el número mayor es el “éxito” de la convocatoria. Y también a nivel parroquial nos fijamos mucho en los números: cuánta gente participa en la Eucaristía, cuántos han venido a tal oración o retiro, cuántos reciben la Primera Eucaristía, o la Confirmación, o se han casado “por la Iglesia”… Incluso en las grandes campañas como Cáritas o Manos Unidas, la atención la ponemos en “cuánto” se ha recaudado. Así, acabamos valorando el “éxito” o “fracaso” pastoral en función del mayor o menor número de personas o cantidades recaudadas.

Hoy estamos celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad. Y con esta fiesta nos ocurre lo mismo: en lo primero y en lo único que nos centramos es en los números. Si es Uno pero son Tres, si son Tres en Uno, si entre los Tres hacen Uno… y nos sentimos como frente a una ecuación matemática complicadísima para la que no encontramos solución, y lo apartamos como imposible. Pero ni en la pastoral parroquial, ni mucho menos con Dios, debemos centrarnos en los números, porque aunque sean lo que resulta más llamativo, no son lo más importante. El Prefacio de hoy nos lo indica; al principio parece que insiste en los números: “Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza”. Pero lo importante es lo que sigue: “lo que creemos de tu gloria porque Tú lo revelaste”.

Lo más importante de la Solemnidad de la Santísima Trinidad no es cómo conjuntar el “Uno y Tres”; lo más importante es el Misterio que se abre ante nosotros. Hoy es la fiesta de Dios, un Dios que no es el resultado de nuestras deducciones intelectuales, sino un Dios que se nos ha revelado: “Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas. Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio… enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo” (CCE, 50). Como indica el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo”, “el hecho que está en la base del cristianismo es que, por una decisión totalmente libre, Dios se da al hombre ofreciéndole la salvación y la felicidad plenas. Lo hace revelando el Misterio de su ser: Dios nos muestra quién es. El cristianismo, más que una búsqueda de Dios por parte del hombre, consiste en que Dios invisible es quien nos busca amorosamente para comunicarse con nosotros e invitarnos a entrar en su compañía. Un Dios manifestado como Amor, como familia, puede incorporarnos a su amor, a su familia”

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda que el cristianismo no es una filosofía ni una ideología, sino que todo él arranca de un acontecimiento: Dios ha revelado, primero progresivamente y en Jesucristo definitivamente, el Misterio de su ser. En Jesucristo Dios nos sale al encuentro en nuestro caminar, revelándonos definitivamente su Misterio: Jesucristo nos revela el ser de Dios como Amor y que el ser humano está llamado al encuentro y a la amistad con Dios. Y con el don del Espíritu Santo, que Jesucristo Resucitado nos envía desde el Padre, podemos llegar hasta el Padre y participar de su naturaleza divina.

¿Qué significa para mí la Solemnidad de la Santísima Trinidad? ¿Me quedo “atascado” en los números, o me abro al Misterio de Dios? ¿Entiendo que la fe cristiana no es el resultado de nuestras deducciones intelectuales, sino que parte de la revelación que Dios hace de sí mismo?

Ante el Misterio de la Santísima Trinidad, no nos fijemos en los números, porque es un Misterio de Amor: “el fin de la revelación es la unión con Dios, la participación en su naturaleza. Dios no se revela para satisfacer nuestra curiosidad, sino para invitarnos a la unión con Él” (Tema 27), y éste es el sentido de la solemnidad de hoy.

Celebremos el Misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo acogiéndolo como un regalo. Nuestro conocimiento de Dios no puede ser como el conocimiento de un objeto material que puede ser contado, pesado y medido. Ha de ser el encuentro con Alguien que se da a conocer: tratemos pues de conocerle no como un “problema de números”, sino tal como Él, por amor, se nos ha revelado.