Vísperas – Lunes XI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XI TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

<

p style=»text-align:justify;»>Muchas veces, Señor, a la hora décima
—sobremesa en sosiego—,

recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste al encuentro.

Ansiosos caminaron tras de ti…

«¿Qué buscáis…?» Les miraste. Hubo silencio.

<

p style=»text-align:justify;»>El cielo de las cuatro de la tarde

halló en las aguas del Jordán su espejo,

y el río se hizo más azul de pronto,

¡el río se hizo cielo!

«Rabí —hablaron los dos», ¿en dónde moras?»
«Venid, y lo veréis.» Fueron, y vieron…

<

p style=»text-align:justify;»>«Señor, ¿en dónde vives?»

«Ven, y verás.» Y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas partes!,

¡y que es tan fácil ser tu compañero!

<

p style=»text-align:justify;»>Al sol de la hora décima, lo mismo

que a Juan y a Andrés —es Juan quien da fe de ello—,
lo mismo, cada vez que yo te busque,

Señor, ¡sal a mi encuentro!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: St 4, 11-12

Dejad de denigraros unos a otros, hermanos. Quien denigra a su hermano o juzga a su hermano denigra a la ley y juzga a la ley; y, si juzgas a la ley, ya no la estás cumpliendo, eres su juez. Uno solo es legislador y juez: el que puede salvar y destruir. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dijo: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Ya que Cristo quiere que todos los hombres se salven, pidamos confiadamente por toda la humanidad, diciendo:

Atrae a todos hacia ti, Señor.

<

p style=»text-align:justify;»>Te bendecimos, Señor, a ti que, por tu sangre preciosa, nos has redimido de la esclavitud;

—haz que participemos en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

<

p style=»text-align:justify;»>Ayuda con tu gracia a nuestro obispo (…) y a todos los obispos de la Iglesia,

—para que, con gozo y fervor, administren tus misterios.

<

p style=»text-align:justify;»>Que todos los que consagran su vida a la investigación de la verdad la hallen

—y, hallándola, se esfuercen en buscarla con mayor plenitud.

<

p style=»text-align:justify;»>Atiende, Señor, a los huérfanos, a las viudas, a los que viven abandonados,

—para que te sientan cercano y se entreguen más a ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

<

p style=»text-align:justify;»>Acoge a nuestros hermanos difuntos en la ciudad santa de la Jerusalén celestial,

—donde tú, con el Padre y el Espíritu Santo, lo serás todo para todos.

Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, rey de cielos y tierra, dirige y santifica en este día nuestros cuerpos y nuestros corazones, nuestros sentidos, palabras y acciones, según tu ley y tus mandatos; para que, con tu auxilio, alcancemos la salvación ahora y por siempre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 17 de junio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas; y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 5,38-42

«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy forma parte de una pequeña unidad literaria que va desde Mt 5,17 hasta Mt 5,48, en la que se describe como pasar de la antigua justicia de los fariseos (Mt 5,20) para la nueva justicia del Reino de Dios (Mt 5,48). Describe como subir la Montaña de las Bienaventuranzas, de donde Jesús anunció la nueva Ley del Amor. El gran deseo de los fariseos era alcanzar la justicia, ser justo ante Dios. Es éste también el deseo de todos nosotros. Justo es aquel o aquella que consigue vivir allí donde Dios quiere que lo haga. Los fariseos se esforzaban para alcanzar la justicia a través de la observancia estricta de la Ley. Pensaban que era por el esfuerzo que podrían llegar hasta el lugar donde Dios los quería. Jesús toma postura ante esta práctica y anuncia que la nueva justicia tiene que superar la justicia de los fariseos (Mt 5,20). En el evangelio de hoy estamos casi llegando a la cima de la montaña. Falta poco. La cima está descrita con la frase: “Sed perfecto como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48), que meditaremos en el evangelio de mañana. Veamos de cerca este último grado que nos falta para llegar a la cima de la Montaña, de la que San Juan de la Cruz dice: “Aquí reinan el silencio y el amor”.

• Mateo 5,38: Ojo por ojo, diente por diente. Jesús cita un texto de la Ley antigua diciendo: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente!”. El abrevia el texto diciendo: ”Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Ex 21,23-25). Como en los casos anteriores, aquí también Jesús hace una relectura enteramente nueva. El principio: “ojo por ojo, diente por diente” estaba en la raíz de la interpretación que los escribas hacían de la ley. Este principio debe ser subvertido, pues pervierte y perjudica la relación entre las personas y con Dios.

• Mateo 5,39ª: No devolver mal con mal. Jesús afirma exactamente lo contrario: “Pero yo os digo: no os vengais de quien os hace el mal”. Ante una violencia recibida, nuestra relación natural es pagar al otro con la misma moneda. La venganza pide: “ojo por ojo, diente por diente”. Jesús pide retribuir el mal no con el mal, sino con el bien. Pues, si no sabremos superar la violencia recibida, la espiral de violencia lo invadirá todo y no habrá salida. Lamec decía: “Pongan atención a mis palabras. Yo he muerto a un hombre por la hrida que me hizo y a un muchacho por un moretón que recibí. Si Caín ha de ser vengado siete veces, Lamec ha de serlo setenta y siete veces” (Gn 4,24). Fue por causa de esta venganza extremada que todo terminó en la confusión de la Torre de Babel (Gen 11,1-9). Fiel a la enseñanza de Jesús, Pablo escribe en la carta a los Romanos: “antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. “No devuelvan a nadie mal por mal, procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. No te dejes vencer por lo malo, más bien vence el mal a fuerza de bien”. (Rom 12,17.21). Para poder tener esta actitud, es necesario tener mucha fe en la posibilidad que el ser humano tiene de recuperarse. ¿Cómo hacer esto en la práctica? Jesús nos ofrece 3 ejemplos concretos.

• Mateo 5,39b-42: Los cuatro ejemplos para superar la espiral de violencia. Jesús dice: (a) al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; (b) al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; (c) y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. (d) a quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.(Mt 5,40-42). ¿Cómo entender estas cuatro afirmaciones? Jesús mismo nos ofreció una ayuda de cómo debemos entenderlas. Cuando el soldado le dio una bofetada en el rostro, él no ofreció la otra. Por el contrario, reaccionó con energía: “Si he hablado mal, muéstrame en qué, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23) Jesús no enseña la pasividad. San Pablo piensa que, retribuyendo el mal con el bien, “haciendo esto, amontonarás brasas sobre su cabeza” (Rom 12,20). Esta fe en la posibilidad de recupero del ser humano sólo es posible desde una raíz que nace de la total gratuidad del amor creador que Dios mostró para con nosotros en la vida y en las actitudes de Jesús.

4) Para la reflexión personal

• ¿Has sentido alguna vez una rabia tan grande como para querer aplicar la venganza “ojo por ojo”, diente por diente”? ¿Cómo hacer para superarla?
• ¿Será que la convivencia comunitaria hoy en la iglesia favorece el tener en nosotros el amor creador que Jesús sugiere en el evangelio de hoy?

5) Oración final

Escucha mi palabra, Yahvé,
repara en mi plegaria,
atento a mis gritos de auxilio,
rey mío y Dios mío. (Sal 5,2-3)

Recursos – Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Monición de entrada

Muy buenos días (tardes, noches) queridos hermanos. Les damos una cordial bienvenida a esta celebración especial, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La fiesta del Corpus —que ahora se llama mejor «del Cuerpo y Sangre de Cristo»— ha arraigado hondamente en el pueblo cristiano, desde que nació en el siglo XIII.
Es una celebración que nos hace centrar nuestra atención agradecida en la Eucaristía como sacramento en el que Cristo Jesús ha pensado dársenos como alimento para el camino, haciéndonos comulgar con su propia Persona, con su Cuerpo y Sangre, bajo la forma del pan y del vino.
Hoy no nos fijamos tanto en la celebración de la Eucaristía, aunque la organicemos con particular festividad, sino en su prolongación, en la presencia permanente en medio de nosotros del Señor Eucarístico, como alimento disponible para los enfermos y como signo sacramental continuado de su presencia en nuestras vidas.

Invitados por Jesús a comer de su cuerpo, comenzamos con alegría esta celebración, entonando juntos el canto de entrada… 

Moniciones a las Lecturas

Opción 1: Monición para todas las lecturas

Las lecturas de la liturgia guardan relación con la festividad  que hoy celebramos. El salmo responsorial alude al pasaje del libro del Génesis leído en la primera lectura y expresa la esperanza en la llegada de un rey mesías consagrado a Dios. Pero son la segunda lectura y el pasaje evangélico los textos que más inciden en la fiesta de hoy: El Cuerpo y Sangre de Cristo. Pablo recuerda una tradición fielmente guardada y enseñada, que debe mantener la comunidad cristiana de Corinto.  Con atención escuchemos

Opción 2: Monición para cada una de las lecturas

  • Primera Lectura (Génesis 14, 18-20)

La lectura del libro del Génesis nos presenta a Melquisedec, quien siendo sacerdote y rey de Jerusalén, ofrece pan y vino y bendice a Abraham. Esta es una figura del sacerdocio de Cristo, que nos ofrece su cuerpo y su sangre en la solemnidad que hoy celebramos.

  • Salmo Responsorial (Salmo 109)

El salmo recoge, sobre todo, la alusión a Melquisedec, que se ha convertido en figura de otro Sacerdote que también será «especial», Cristo Jesús. Nosotros aplicamos a Cristo esta antífona: «tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec».

  • Segunda Lectura (1 Corintios 11, 23-26)

Pablo nos acerca más explícitamente al motivo de la fiesta de hoy: la Eucaristía. Él lo recibió de la tradición y nos lo deja plasmado en la lectura que hoy escucharemos, para que lo sigamos celebrando en memoria de Jesús.

  • Evangelio (Lucas 9, 11b-17)

Como quiera que el relato de la institución de la Eucaristía, en la Última Cena, ya lo hemos escuchado de labios de Pablo, en el evangelio de Lucas se ha preferido recordar la escena de la multiplicación de los panes, que era como una promesa y figura de lo que iba a ser la Eucaristía para la comunidad cristiana.

Oración de los Fieles

1. Por el Papa, obispos, sacerdotes y ministros del altar, para que sigan transmitiéndonos la riqueza invaluable de ese gran tesoro de la Eucaristía, y podamos seguir saboreando las delicias divinas del Cuerpo y la Sangre de Cristo, oremos.

2. Por los gobiernos del mundo, para que trabajen por dar a los puebles el sustento necesario y digno, oremos.

3. Por los que sufren hambre en el mundo, para que encuentren consuelo y fuerza en Cristo, que se hace alimento para todos y se deja comer en la Eucaristía, oremos.

4. Por los que este día participamos de esta solemnidad, para que el Cuerpo y Sangre de Cristo que hoy comeremos nos una en familia y nos llene de amor hacia los demás, oremos.

Presentación de las Ofrendas

Jesús eligió eligió el Pan y el Vino para celebrar la Eucaristía. Con sencillez, humildad y alegría los acercamos al altar, presentando con ellos nuestra vida entera.

Comunión

Hermanos, ¡Qué fiesta tan grande la que celebramos hoy! ¡Qué momento más especial para compartir este banquete!. Acerquémonos con mucha alegría a recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo, que nos da la vida eterna. Cantemos…

Final

Fortalecidos por y animados porque Cristo nos ha hecho comparitr su vida en el banquete del Reino, volvamos a nuestros hogares. Nuestra verdadera tarea es compartir ahora los bienes recibidos en el banquete de la mesa cotidiana de los hombres, nuestros hermanos. Vayamos a celebrar la común unión con todos los hombres.

Comentario del 17 de junio

Tenemos delante un nuevo pasaje del Sermón de la Montaña. En él Jesús prolonga las aplicaciones de su nueva Ley, esa ley que no es abolición de la antigua, sino plenificación. Dando plenitud a lo mandado desde antiguo, Jesús hace de la Ley antigua algo nuevo; porque a lo mandado antiguamente: Ojo por ojo y diente por diente, se propone otro modo de accionar y reaccionar: No hagáis frente al que os agravia, de modo que si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra. La distancia entre este modo de actuar y aquel es enorme. Parece incluso que se está exigiendo lo contrario.

Pero la así llamada ley del talión era una ley que pretendía evitar abusos, poner freno a las ansias de venganza o a la desproporción en el cobro de una deuda. La ley del talión aspiraba a instaurar un estado de estricta justicia conmutativa: si tú me quitas un ojo, lo justo o equitativo es que yo te quite otro ojo; si tú me arrebatas a un hijo, lo equitativo es que yo te arrebate a otro hijo. La ley permitía, por tanto, una compensación paritaria, aunque lo que perseguía en último término –según la interpretación más benevolente- era hacer desistir a los malos de la tentación de hacer el mal, porque, conforme a la ley del talión, se les cobraría el daño causado con un daño proporcional. Pero esto venía a introducir en las relaciones humanas un mecanismo de venganza de consecuencias imprevisibles.

¡Qué diferentes sonaban las palabras de Jesús: No hagáis frente al que os agravia! Si uno te abofetea en la mejilla derecha, no le devuelvas la bofetada; al contrario, preséntale la otra. Este es el modo propuesto por Jesús de hacer frente al agravio y al mal padecido, que no por ser sufrido es menos efectivo. Cuando al mal se le hace frente con el mal, se suele instaurar un círculo vicioso de difícil escapatoria. Es el círculo interminable de la venganza. Para salir de él hay que tener el coraje de abandonar el camino del talión (el ojo por ojo), hay que dejar de responder al mal con el mal. De lo contrario, sólo se ve un final posible: la total aniquilación de los contrarios.

Jesús invita a sus seguidores no sólo a no responder al mal con el mal, sino a responder al mal con el bien: no sólo a no responder a la bofetada con la bofetada, sino a presentar la otra mejilla, no sólo a responder al pleito para quitarte la túnica con otro pleito, sino a darle la capa, no sólo a no acompañar al que te requiera para caminar una milla, sino acompañándole dos, no sólo a no dar al que te pide, sino a darle más de lo que te pide. ¿Qué diferencia, pues, entre lo mandado (desde antiguo) y lo propuesto por Jesús como norma de actuación? Es la diferencia que hay entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo imperfecto y lo perfecto, entre lo todavía no cristiano y lo cristiano, entre lo que pretende evitar la desproporción en la respuesta y lo que con la respuesta desproporcionada en bondad sana heridas y deshace círculos viciosos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

32. Por otra parte, Jesús ha resucitado y nos quiere hacer partícipes de la novedad de su resurrección. Él es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que espera con «dolores de parto» (Rm 8,22) ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de Él podemos beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la pena. En dos detalles curiosos del evangelio de Marcos puede advertirse el llamado a la verdadera juventud de los resucitados. Por una parte, en la pasión del Señor aparece un joven temeroso que intentaba seguir a Jesús pero que huyó desnudo (cf. Mc 14,51-52), un joven que no tuvo la fuerza de arriesgarlo todo por seguir al Señor. En cambio, junto al sepulcro vacío, vemos a un joven «vestido con una túnica blanca» (16,5) que invitaba a perder el temor y anunciaba el gozo de la resurrección (cf. 16,6-7).

Homilía – Cuerpo y Sangre de Cristo

Es cierto –como nos dice Cándido Ániz- que “pensamiento contemporáneo y fe eucarística representan, por desgracia… dos visiones antagónicas. Y esto porque el pensamiento pretende hacerse ‘contemporáneo’ cuando, en el mar de un humanismo febril y ensimismado, parece que comienzan a cerrarse a la mente humana sus perspectivas de transcendencia… mientras que la fe eucarística pregona su grandeza como símbolo y bandera del encuentro más personal y amoroso entre Dios y el hombre, su criatura”. Dejando para su momento, el estudio de las causas que han provocado este distanciamiento, nos centramos, como creyentes, en lo que creemos fundamental sobre la Eucaristía. Tres ideas, pienso, sintetizan lo esencial de la fiesta, expresadas en tres palabras: recuerdo, simbolismo y realidad.

«Haced esto en memoria mía»

“Recuerda… no sea que te olvides”, escuchamos en el Deuteronomio, junto a otros verbos relacionados con la memoria. El primer significado del Corpus es recuerdo y memorial del Señor. “Cada vez que lo hagáis, recordáis la muerte del Señor”.
Israel, instalado ya en la tierra prometida, llevando una vida sedentaria, tiene el peligro de olvidar la aventura del desierto. Tiene que recordar siempre que Dios le ha liberado, le ha sido cercano, lo ha alimentado con maná y lo ha saciado con múltiples favores a lo largo de aquel camino interminable y sinuoso.

Este mismo sentimiento tenía Jesús con respecto a sus discípulos para cuando él faltase. Quería que fueran marcando con la mayor exactitud por el mundo los rasgos de Dios que él quería dejar bien impresos en la tierra. Y, ante todo, quería que se mantuviera íntegramente su doctrina y su persona, y, en ellos, sus sentimientos, sus deseos, sus esperanzas, sus aspiraciones y sus expectativas. Para lograrlo y que el recuerdo sea un hecho, decide quedarse sacramentalmente con nosotros.

Esta es la “tradición que procede del Señor” y que san Pablo “ha recibido” y que, a su vez, él “nos transmite”, reiterando el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía”. O sea, seguid haciendo la Cena Pascual de siempre, cuyos ingredientes principales son el pan y el vino. Hasta ahora –dice el Señor- lo veníais haciendo en memoria del acontecimiento salvífico del Éxodo, pero, a partir de ahora, lo haréis en memoria del acontecimiento salvífico de mi éxodo de este mundo al Padre.

Simbolismo y realidad en el Corpus

La Iglesia, por medio de sus mejores intérpretes, ha admitido siempre esta doble cara del misterio eucarístico: su contenido simbólico y su contenido real, siempre entremezclados y, a la vez, distintos. También nosotros los vamos a mezclar, pero sin confundirlos.
El Corpus es el sacramento, prefigurado en la ofrenda sacrificial de pan y vino que hizo Melquisedec, que evoca y hace memoria del único sacrificio salvífico. Cuando el que preside pronuncia la Acción de Gracias, se hace presente, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino, el Cuerpo y la Sangre, la persona, la vida ofrecida y entregada, sacrificada, de Cristo, para que, comiendo y bebiendo, entremos en comunión con él y podamos llegar a ser, como él, ofrenda y sacrificio.

Cuerpo y Sangre de Cristo-C – 9 –

La reiteración en las Lecturas de palabras referidas a “comida”, “bebida”, “vida”, es constante. Los estudiosos han llegado a encontrar 9 veces “comer-comida, vivir-vida”; 6 veces “carne”; 4 veces “pan-sangre, beber”. Todo indica que Dios quiere relacionarse con nosotros espiritual y físicamente, a través de la fe y a través de los sentidos. “El que come de este pan vivirá para siempre”.

Pero, además del simbolismo del signo sacramental, hay que admitir una realidad mucho más honda y misteriosa: la presencia verdadera de Cristo, como está en el cielo. El Corpus no consiste sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo. La Iglesia cuando trata de explicar en profundidad el misterio de su presencia emplea tres palabras: presencia verdadera, presencia real y presencia sustancial.

Estas palabras significan que, después de la consagración eucarística, Cristo entero, Dios y hombre, se hace presente y permanece. Cristo en persona está en la hostia después de las palabras del sacerdote: “Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre…”. Esta es la realidad que creemos y celebramos, sin que ello signifique que la entendemos o que deje de ser sumamente misteriosa. Lo creemos depositando nuestra confianza en Dios y fiándonos de su palabra.

Los sentidos seguirán “sintiendo” las especies. La razón seguirá ofreciendo su obsequio reverente a la verdad de fe que sobrepasa su visión. La fe, como en otras ocasiones, sin quedarse en los sentidos, ni siquiera en la razón, ofrecerá su consentimiento en todo aquello que la Iglesia cree y enseña.

Corpus de la caridad

Las consecuencias y conclusiones son múltiples. Sólo una para terminar. Cristo no sólo se quedó con nosotros bajo las formas de pan y de vino para que nuestra ruta tuviera ayuda permanente, sino que se quedó en los hombres que necesitan de los demás. Por eso, hoy es también el día de la caridad. La idea surge cuando, en el evangelio, los discípulos, con muy buen criterio, se apresuran para despachar a la gente, porque convenía que se movieran para que fueran a las aldeas y pudieran alimentarse. Y viene, tajante y rápida, la respuesta, más todavía, la orden de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. Difícil encontrar, desde entonces, una idea que resuma mejor toda la misión del cristiano.

Termino con esta idea del Mensaje de los obispos en este día del Corpus y de la Caridad: “La comunión con su cuerpo y sangre nos hace avanzar, con alegría y decisión, por el camino de la solidaridad y de la comunión con los otros. La memoria de la gloria futura nos da coraje para salir a su encuentro y hacernos siervos suyos por amor. Hoy, día en que honramos el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo muerto y resucitado, le pedimos por nuestras comunidades y por todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad, para que nos haga volver la mirada y el corazón hacia “los huérfanos, viudas y forasteros”, es decir, hacia aquellos que el pecado y la injusticia, tanto personal como estructural, priva de la palabra, de la dignidad y de la posibilidad de compartir los bienes de Dios”.

Fray Miguel de Burgos, O.P.

Lc 9, 11b-17 (Evangelio – Cuerpo y Sangre de Cristo)

Lucas ha presentado la multiplicación de los panes como una Eucaristía. En este sentido podemos hablar que este gesto milagroso de Jesús ya no se explica, ni se entiende, desde ciertos parámetros de lo mágico o de lo extraordinario. Los cinco verbos del v. 16: “tomar, alzar los ojos, bendecir, partir y dar”, denotan el tipo de lectura que ha ofrecido a su comunidad el redactor del evangelio de Lucas. Quiere decir algo así: no se queden solamente con que Jesús hizo un milagro, algo extraordinario que rompía las leyes de la naturaleza (solamente tenían cinco panes y dos peces y eran cinco mil personas). Por tanto, ya tenemos una primera aproximación. Por otra parte, es muy elocuente cómo se introduce nuestro relato: los acogía, les hablaba del Reino de Dios y los curaba de sus males (v.11). E inmediatamente se desencadena nuestra narración. Por tanto la “eucaristía” debe tener esta dimensión: acogida, experiencia del Reino de Dios y curación de nuestra vida.

Sabemos que el relato de la multiplicación de los panes tiene variantes muy señaladas en la tradición evangélica: (dos veces en Mt: 14,13-21;15,32-39; dos en Mc: 6,30-44; 8,1-10; una en Jn, 6,1-13) y nuestro relato. Se ha escogido, sin duda, para la fiesta del Corpus en este ciclo por ese carácter eucarístico que Lucas nos ofrece. Incluso se apunta a que todo ocurre cuando el día declinaba, como en el caso de los discípulos de Emaús (24,29) que terminó con aquella cena prodigiosa en la que Jesús resucitado realiza los gestos de la última Cena y desaparece. Pero apuntemos otras cosas. Jesús exige a los discípulos que “ellos les den de comer”; son palabras para provocar, sin duda, y para enseñar también.

La Eucaristía: acogida, experiencia del Reino y curación de nuestra vida. Deberíamos centrar la explicación de nuestro texto en ese sumario introductorio (v. 11), que Lucas se ha permitido anteponer a la descripción de la tradición que ha recibido sobre una multiplicación de los panes. Si la Eucaristía de la comunidad cristiana no es un misterio de “acogida”, entonces no haremos lo que hacía Jesús. Muchas personas necesitan la “eucaristía” como misterio de acogida de sus búsquedas, de sus frustraciones, de sus anhelos espirituales. No debe ser, pues, la “eucaristía” la experiencia de una élite de perfectos o de santos. Si fuera así muchos se quedarían fuera para siempre. También debe ser “experiencia del Reino”; el Reino anunciado por Jesús es el Reino del Padre de la misericordia y, por tanto, debe ser experiencia de su Padre y nuestro Padre, de su Dios y nuestro Dios. Y, finalmente, “curación” de nuestra vida, es decir, experiencia de gracia, de encuentro de fraternidad y de armonía. Muchos vienen a la eucaristía buscando su “curación” y la Iglesia debe ofrecérsela, según el mandato mismo de Jesús a los suyos, en el relato: “dadles vosotros de comer”.

3.4. Son posible otras lecturas de nuestro texto de hoy. No olvidemos que en el sustrato del mismo se han visto vínculos con la experiencia del desierto y el maná (Ex 16) o del profeta Eliseo y sus discípulos (2Re 4,42-44). Y además se ha visto como un signo de los tiempos mesiánicos en que Dios ha de dar a su pueblo la saciedad de los dones verdaderos (cf Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; 132, 15; Jr 31,14). De ahí que nos sea permitido no esclavizarse únicamente a un tipo de lectura exclusivamente cultual envejecida. El Oficio de la liturgia del Corpus que, en gran parte, es obra de Sto. Tomás de Aquino, nos ofrece la posibilidad de tener presente estos aspectos y otros más relevantes si cabe. La Eucaristía, sacramento de Cuerpo y la Sangre de Señor, debe ser experiencia donde lo viejo es superado. Por eso, la Iglesia debe renovarse verdaderamente en el misterio de la Eucaristía, donde la primitiva comunidad cristiana encontró fuerzas para ir rompiendo con el judaísmo y encontrar su identidad futura.

1Co 11, 23-26 (2ª lectura – Cuerpo y Sangre de Cristo)

El cristianismo primitivo tuvo que hacerse “recibiendo” tradiciones del Señor. Pablo, que no lo conoció personalmente, le da mucha importancia a unas pocas que ha recibido. Y una de esas tradiciones son las palabras y los gestos de la última cena. Porque el apóstol sabía lo que el Vaticano II decía, que “la Iglesia se realiza en la Eucaristía”. Todos debemos reconocer que aquella noche marcaría para siempre a los suyos. Cuando la Iglesia intentaba un camino de identidad distinto del judaísmo, serán esos gestos y esas palabras las que le ofrecerá la oportunidad de cristalizar en el misterio de comunión con su Señor y su Dios. Esta tradición “recibida”, según la mayoría de los especialistas, pertenece a Antioquía (como en Lc 22,19-20), donde los seguidores de Jesús “recibieron” por primera vez el nombre de “cristianos”. Un poco distinta es la de Jerusalén (Mc y Mt).

Los gestos del Señor Jesús eran los que se hacían en cualquier comida judía; incluso si fue un cena pascual, lo que se hacía en aquella fiesta de recuerdo impresionante. Pero lo importante son las “palabras” y el sentido que Jesús pone en los gestos. Jesús, en la noche “en que iba a ser entregado”, se “entregó” él a los suyos. El término es elocuente. En los relatos de la pasión aparece frecuentemente este “entregar”. No obstante lo verdaderamente interesante es que antes de que lo entregaran a la muerte y le quitaran la vida, él la ofreció, la entregó, la donó a los suyos en el pan y en el vino, de la forma más sencilla y asombrosa que se podía alguien imaginar.

¿Por qué se ha proclamar la muerte del Señor hasta su vuelta? ¿Para recordar la ignominia y la violencia de su muerte? ¿Para resaltar la dimensión sacrificial de nuestra redención? ¿Para que no se olvide lo que le ha costado a Jesús la liberación de la humanidad? Muchas cosas, con los matices pertinentes, se deben considerar al respecto. Tienen el valor de la memoria “zikarón” que es un elemento antropológico imprescindible de nuestra propia historia. No hacer memoria, significa no tener historia. Y la Iglesia sabe que “nace” de la muerte de Jesús y de su resurrección. No es simplemente memoria de un muerto o de una muerte ignominiosa, o de un sacrificio terrible. Es “memoria” (zikarón) de vida, de entrega, de amor consumado, de acción profética que se adelanta al juicio y a la condena a muerte de las autoridades; es memoria de su vida entera que entrega en aquella noche con aquellos signos proféticos sin media. Precisamente para que no se busque la vida allí donde solamente hay muerte y condena. Es, por otra parte y sobre todo, memoria de resurrección, porque quien se dona en la Eucaristía de la Iglesia, no es un muerto, ni repite su muerte gestualmente, sino el Resucitado.

Gn 14, 18-20 (1ª lectura – Cuerpo y Sangre de Cristo)

Todos los textos ancestrales de AT tienen algo especial en la tradiciones de Israel, hasta el punto de poder considerar que un texto como el de Melquisedec podría ser una campaña militar, antigua, en la que se ha querido ver que los grandes, en este caso el rey de Salem, también ha querido ponerse a los pies del padre del pueblo, de Abrahán. Con los gestos del pan y el vino que se ofrecen, las cosas más naturales de la tierra, el rey misterioso le otorga a Abrahán un rango sagrado, casi de rey- sacerdote. Será en este sentido cómo la carta a los Hebreos c. 7,1-10 se permitirá hacer una lectura nueva de Jesucristo, de su sacerdocio no-dinástico, absolutamente distinto y original, que no tiene parangón como el sacerdocio ministerial. En el mismo sentido lo había ya intuido el Sal 110,4. Se ha discutido mucho sobre quién es este personaje, incluso tenemos un texto en Qumrán (11Q) que lo ve como un ser celeste.

El valor, pues, de nuestro texto es que sirve como plataforma teológica para un sentido nuevo y una actualización de la religión inaugurada por la vida de Cristo. El hecho de que en esa ofrenda de Melquisedec no se usen animales, sino las cosas sencillas de la tierra, apunta a una dimensión ecológica y personalista. Jesús, antes de morir, ofrecerá su vida ¡tal como suena! en un poco de pan y en un poco de vino. No hacía falta más que la intención misma de entregarse, de donarse, de “pro-existir” para los demás. Con ello se alza una protesta radical contra un culto de sacrificios de animales que no lleva a ninguna parte. Es la vida de Dios y de los hombres la que tiene que estar en comunión. El ser humano se fascina ante lo divino y deja de ser humano muchas veces, pero la “comunión vital” entre Dios y la humanidad no tiene por qué esclavizarnos a un culto externo y a veces inhumano. Porque lo que es inhumano, es antidivino.

En realidad es todo el texto de Heb 7 el que puede generar una lectura interesante en una fiesta como hoy. Quizás muchos hubieran preferido otro texto para esta fiesta. Pero debemos reconocer que la intención de la elección litúrgica del mismo se explica porque el gesto de Melquisedec es como un signo anticipado de los gestos del pan y el vino de Jesús en la última cena con sus discípulos. Se ha hablado que la intención del autor de la carta a los Hebreos era mostrar que el sacerdocio de Cristo, a imagen de Melquisedec, logra una verdadera “téléiôsis”, que se puede traducir de muchas formas, como “perfección” o incluso como “transformación”. Preferimos esto último, porque Jesús, con su vida, con sus palabra, con sus gestos, transforma una religión de culto sacrificial de animales, en una verdadera donación de vida, para introducirnos en la vida misma de Dios.

Comentario al evangelio – 17 de junio

A la postre –alguien dirá– es inapreciable la diferencia entre aquellos que dicen tener fe y quienes caminan por el mundo sin ella. A todos –unos y otros– nos toca bregar en el mar de la historia con idénticos asuntos. A todos nos reserva la vida un puñado de alegrías y no pocas penas. A todos nos llegará un día la muerte, «tan callando». Y muchos hombres y mujeres –creyentes o no– han de afrontar una existencia dolorosa e injusta, repleta de «luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer» (2Cor 6,4-5).

Es ciertamente así: la fe no nos libra de ninguna de las pruebas de la vida. Todo lo humano nos afecta a todos hasta la raíz, hayamos sido agraciados o no con el don de la esperanza en Dios. No hay norma alguna de la existencia que pierda vigencia para quien cree. Sin embargo, sí existe una ley que no rige para cualquiera, una ley que solo puede descubrir quien mira el mundo bajo la luz de Dios. Es la ley de la prodigalidad infinita que nace del amor divino. Creer es tanto como vivir sostenidos y exigidos por una generosidad que no tiene fin.

A esta ley nueva de la desmesura apelan Pablo y Mateo en las lecturas que hoy se proclaman en la liturgia. Pablo explica que los cristianos portan la gracia de arrostrar las dificultades de la vida con un plus de liberalidad que sería impensable sin el don de la fe.  Así se entiende la extraña forma de proceder de los creyentes cuando son perseguidos: «con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios» (2Cor 6,6-7). Hasta el punto de poder ser considerados «los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos» (2Cor 6,10). En un lenguaje más exhortativo, el Cristo de Mateo apela a la misma ley de la sobreabundancia: poner la otra mejilla, prestar también la capa, caminar una milla más… son todo muestras de una largueza más propia de Dios que de los hombres. Pero –he aquí la maravilla– también de los hombres transformados por la sin medida del amor de Dios.

Adrián de Prado Postigo, cmf