Homilía – Cuerpo y Sangre de Cristo

Es cierto –como nos dice Cándido Ániz- que “pensamiento contemporáneo y fe eucarística representan, por desgracia… dos visiones antagónicas. Y esto porque el pensamiento pretende hacerse ‘contemporáneo’ cuando, en el mar de un humanismo febril y ensimismado, parece que comienzan a cerrarse a la mente humana sus perspectivas de transcendencia… mientras que la fe eucarística pregona su grandeza como símbolo y bandera del encuentro más personal y amoroso entre Dios y el hombre, su criatura”. Dejando para su momento, el estudio de las causas que han provocado este distanciamiento, nos centramos, como creyentes, en lo que creemos fundamental sobre la Eucaristía. Tres ideas, pienso, sintetizan lo esencial de la fiesta, expresadas en tres palabras: recuerdo, simbolismo y realidad.

«Haced esto en memoria mía»

“Recuerda… no sea que te olvides”, escuchamos en el Deuteronomio, junto a otros verbos relacionados con la memoria. El primer significado del Corpus es recuerdo y memorial del Señor. “Cada vez que lo hagáis, recordáis la muerte del Señor”.
Israel, instalado ya en la tierra prometida, llevando una vida sedentaria, tiene el peligro de olvidar la aventura del desierto. Tiene que recordar siempre que Dios le ha liberado, le ha sido cercano, lo ha alimentado con maná y lo ha saciado con múltiples favores a lo largo de aquel camino interminable y sinuoso.

Este mismo sentimiento tenía Jesús con respecto a sus discípulos para cuando él faltase. Quería que fueran marcando con la mayor exactitud por el mundo los rasgos de Dios que él quería dejar bien impresos en la tierra. Y, ante todo, quería que se mantuviera íntegramente su doctrina y su persona, y, en ellos, sus sentimientos, sus deseos, sus esperanzas, sus aspiraciones y sus expectativas. Para lograrlo y que el recuerdo sea un hecho, decide quedarse sacramentalmente con nosotros.

Esta es la “tradición que procede del Señor” y que san Pablo “ha recibido” y que, a su vez, él “nos transmite”, reiterando el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía”. O sea, seguid haciendo la Cena Pascual de siempre, cuyos ingredientes principales son el pan y el vino. Hasta ahora –dice el Señor- lo veníais haciendo en memoria del acontecimiento salvífico del Éxodo, pero, a partir de ahora, lo haréis en memoria del acontecimiento salvífico de mi éxodo de este mundo al Padre.

Simbolismo y realidad en el Corpus

La Iglesia, por medio de sus mejores intérpretes, ha admitido siempre esta doble cara del misterio eucarístico: su contenido simbólico y su contenido real, siempre entremezclados y, a la vez, distintos. También nosotros los vamos a mezclar, pero sin confundirlos.
El Corpus es el sacramento, prefigurado en la ofrenda sacrificial de pan y vino que hizo Melquisedec, que evoca y hace memoria del único sacrificio salvífico. Cuando el que preside pronuncia la Acción de Gracias, se hace presente, bajo las especies eucarísticas de pan y de vino, el Cuerpo y la Sangre, la persona, la vida ofrecida y entregada, sacrificada, de Cristo, para que, comiendo y bebiendo, entremos en comunión con él y podamos llegar a ser, como él, ofrenda y sacrificio.

Cuerpo y Sangre de Cristo-C – 9 –

La reiteración en las Lecturas de palabras referidas a “comida”, “bebida”, “vida”, es constante. Los estudiosos han llegado a encontrar 9 veces “comer-comida, vivir-vida”; 6 veces “carne”; 4 veces “pan-sangre, beber”. Todo indica que Dios quiere relacionarse con nosotros espiritual y físicamente, a través de la fe y a través de los sentidos. “El que come de este pan vivirá para siempre”.

Pero, además del simbolismo del signo sacramental, hay que admitir una realidad mucho más honda y misteriosa: la presencia verdadera de Cristo, como está en el cielo. El Corpus no consiste sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo. La Iglesia cuando trata de explicar en profundidad el misterio de su presencia emplea tres palabras: presencia verdadera, presencia real y presencia sustancial.

Estas palabras significan que, después de la consagración eucarística, Cristo entero, Dios y hombre, se hace presente y permanece. Cristo en persona está en la hostia después de las palabras del sacerdote: “Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre…”. Esta es la realidad que creemos y celebramos, sin que ello signifique que la entendemos o que deje de ser sumamente misteriosa. Lo creemos depositando nuestra confianza en Dios y fiándonos de su palabra.

Los sentidos seguirán “sintiendo” las especies. La razón seguirá ofreciendo su obsequio reverente a la verdad de fe que sobrepasa su visión. La fe, como en otras ocasiones, sin quedarse en los sentidos, ni siquiera en la razón, ofrecerá su consentimiento en todo aquello que la Iglesia cree y enseña.

Corpus de la caridad

Las consecuencias y conclusiones son múltiples. Sólo una para terminar. Cristo no sólo se quedó con nosotros bajo las formas de pan y de vino para que nuestra ruta tuviera ayuda permanente, sino que se quedó en los hombres que necesitan de los demás. Por eso, hoy es también el día de la caridad. La idea surge cuando, en el evangelio, los discípulos, con muy buen criterio, se apresuran para despachar a la gente, porque convenía que se movieran para que fueran a las aldeas y pudieran alimentarse. Y viene, tajante y rápida, la respuesta, más todavía, la orden de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. Difícil encontrar, desde entonces, una idea que resuma mejor toda la misión del cristiano.

Termino con esta idea del Mensaje de los obispos en este día del Corpus y de la Caridad: “La comunión con su cuerpo y sangre nos hace avanzar, con alegría y decisión, por el camino de la solidaridad y de la comunión con los otros. La memoria de la gloria futura nos da coraje para salir a su encuentro y hacernos siervos suyos por amor. Hoy, día en que honramos el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo muerto y resucitado, le pedimos por nuestras comunidades y por todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad, para que nos haga volver la mirada y el corazón hacia “los huérfanos, viudas y forasteros”, es decir, hacia aquellos que el pecado y la injusticia, tanto personal como estructural, priva de la palabra, de la dignidad y de la posibilidad de compartir los bienes de Dios”.

Fray Miguel de Burgos, O.P.

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