Tú, todos y todo

Hace años, bastantes… pero ¿qué importa el tiempo para lo que quiero contar? Siendo una joven estudiante, asistía asiduamente al catecumenado de jóvenes de mi parroquia. Lo llevaba un cura de esos que por muchos que años que pasen, no se olvidan; esos que dejan pistas gravadas a fuego, que fijo era el fuego del Espíritu Santo, porque siguen dentro en perfecto estado.

Se llamaba Francisco Caballero, y coloquialmente Paco o D. Paco. Eran catecumenados a los que asistíamos, cada viernes por la tarde-noche, más de cien jóvenes, animados por los entonces nuevos vientos de Concilio Vaticano II.

En una de esas reuniones escuché algo que me llegó profundo, era de un tal Teilhard de Chardin y hablaba de “La Misa sobre el Mundo”. Debí tomar nota al voleo e imagino que no se ajustaría exactamente al apellido del mencionado autor. D. Paco se explayó intensa y espiritualmente sobre el concepto la misa sobre el mundo, y a mí me lo dejó prendido para siempre.

Unos días después, muy resuelta, me fui a la librería San Pablo y le di el papel donde tome nota de los datos. Salí con el único libro del autor que tenían, titulado “El medio divino”. En cuanto llegué a casa, ansiosamente, me puse a buscar algo que tratara de la misa sobre el mundo. Nada.

Atravesé página tras página en lectura diagonal. Nada. Eso sí, concluí: “Esto no hay quien se lo lea… teología pura y dura”. Lo subí a la estantería, y resistió dos mudanzas.

Pero el concepto enigmático de la misa sobre el mundo quedó sembrado acompañándome en tantas misas: unas vivas y musicales, recién adaptadas a las nuevas libertades de la liturgia. Otras no tanto, farragosas liturgias que despistaban de la esencia.

Imaginaba la misa sobre el mundo, en espacio abierto, en maravillosos paisajes de montaña donde una gran piedra delante de mí sería el altar para celebrar la Eucaristía frente a los valles y montes que contemplarían mis ojos bajo el cielo. También en lo alto de un vertical acantilado ante una espectacular puesta de sol… la misa sobre el mundo, ara de ofrenda y alabanza, Eucaristía ante la inmensidad del océano.

Ambos paisajes de extendía sin fronteras, conteniendo las gentes del mundo, las alegrías, el sufrimiento, la bondad, los errores, los deseos, la oración, el silencio, el trabajo, la creatividad, la dicha y la desdicha, todo lo que acompañan a la humanidad desde el instante primero; todo lo que vive en la naturaleza: árboles, plantas, flores, insectos, pájaros, peces… la misa sobre el mundo conteniéndolo todo y a todos.

En la vida espiritual la búsqueda y el deseo de encontrar, van moldeando aún sin pretenderlo. Lecturas, experiencias, personas, oración, silencio y Mesa Compartida (Eucaristía)… una gracia y muchos tesoros para el camino de la vida.

Hoy, Jesús, te veo, ante todos aquellos que te seguían con hambre (Lc 9, 11b-17) y que los Doce no sabían qué hacer con ellos, creyendo que no eran de su incumbencia. Y sigo mirando cómo actúas y cómo nos enseñas que para Ti, todos somos tuyos, nadie se queda fuera y hay que organizarse. “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”.

Creo no confundirme, entendiendo que nos dices que nos juntemos en pequeñas comunidades, nos cuidemos, comamos y celebremos, pero sin olvidar que la Comunidad total eres Tú y todos y todo; que la Iglesia somos todos porque Tú eres el que unificas y nos enseñas la Unidad.

Te imagino mirando a aquella multitud, desde algún montículo, cuando “el día comenzaba a declinar”, atento y compasivo a las necesidades de la gente y enseñando que el milagro de la Comunidad, cuando se vive desde la verdad, da para repartir y hasta sobra.

Pasados los años, pude leer el texto completo de “La Misa sobre el mundo” y vuelvo a hacerlo cuando noto el peligro interior de cerrar compuertas, las de mi corazón y, también, las de mi Iglesia.

Aquí quedo ahora “escuchando” a Teilhard de Chardin, en La Ofrenda con la que empieza “La Misa sobre el Mundo”:

“…Una vez más, Señor, ahora ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo, tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y el dolor del Mundo”.

Sólo te reconoceremos, Cristo, cuando veamos a toda la humanidad y a toda la creación en Ti. Sólo desde el Amor se transparenta esta Realidad.

Sí, un día, veinte años después, tomé de la estantería “El medio divino”, lo leí con pasión y me ayudó a comprender que estamos llamados a zambullirnos en el medio divino, sin miedo y con la confianza de que Tú nos convocas a todos.

Mari Paz López Santos

I Vísperas – Corpus Christi

I VÍSPERAS

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

<

p style=»text-align:justify;»>Cantemos al Amor de los amores,
cantemos al Señor.

¡Dios está aquí! Venid, adoradores;
adoremos a Cristo Redentor.

<

p style=»text-align:justify;»>¡Gloria a Cristo Jesús! Cielos y tierra,
bendecid al Señor.

¡Honor y gloria ti, Rey de la gloria;
amor por siempre a ti, Dios del amor!

<

p style=»text-align:justify;»>¡Oh Luz de nuestras almas! ¡Oh Rey de las victorias!
¡Oh Vida de la vida y Amor de todo amor!

¡A ti, Señor cantamos, oh Dios de nuestras glorias;
tu nombre bendecimos, oh Cristo Redentor!

<

p style=»text-align:justify;»>¿Quién como tú, Dios nuestro? Tú reinas y tú imperas;
aquí te siente el alma; la fe te adora aquí.

¡Señor de los ejércitos, bendice tus banderas!

¡Amor de los que triunfan, condúcelos a ti! Amén.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo

Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

LECTURA: 1Co 10, 16-17

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

RESPONSORIO BREVE

R/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

R/ El hombre comió pan de ángeles.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

PRECES

Cristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle:

Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, Hijo de Dios vivo, que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya,

—enriquece a tu Iglesia con la constante celebración de tus misterios.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, sacerdote único del Altísimo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento,

—haz que su vida sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

Cristo, maná del cielo, que haces que formemos un solo cuerpo todos los que comemos del mismo pan,
—refuerza la paz y la armonía de todos los que creemos en ti.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, médico celestial, que por medio de tu pan nos das un remedio de inmortalidad y una prenda de resurrección,

—devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, rey venidero, que mandaste celebrar tus misterios para proclamar tu muerte hasta que vuelvas,

—haz que participen de tu resurrección todos los que han muerto en ti.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 22 de junio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas; y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 6,24-34

«Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos ayuda a revisar la relación con los bienes materiales y trata dos asuntos de distinto peso: nuestra relación con el dinero (Mt 6,24) y nuestra relación con la Providencia Divina (Mt 6,25-34). Los consejos dados por Jesús suscitan diversas preguntas de difícil respuesta. Por ejemplo, ¿cómo entender hoy la afirmación: «No puedes servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24)? ¿Cómo entender la recomendación de no preocuparnos con la comida, la bebida y la ropa (Mt 6,25)?

• Mateo 6,24: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

Cada cual tendrá que elegir. Tendrá que preguntarse: “¿Quién ocupa el primer lugar en mi vida: Dios o el dinero?” De esto dependerá la comprensión de los consejos que siguen sobre la Providencia Divina (Mt 6,25-34). No se trata de una opción hecha sólo con la cabeza, sino de una opción de vida bien concreta que envuelve las actitudes.

• Mateo 6,25: Jesús critica la excesiva preocupación con la comida y el vestido. Esta crítica de Jesús provoca hasta hoy mucho espanto entre la gente, pues la gran preocupación que tiene un padre, una madre de familia es la comida y el vestido para los hijos. El motivo de la crítica es que la vida vale más que la comida y el cuerpo vale más que la ropa. Para aclarar su crítica, Jesús cuenta dos parábolas: de los pajaritos y de las flores.

• Mateo 6,26-27: La parábola de los pajaritos: la vida vale más que la comida. Jesús manda mirar a los pajaritos. No siembran, no almacenan, y sin embargo tienen siempre algo que comer, porque el Padre celestial los alimenta: “¿No valéis vosotros más que ellos?” Lo que Jesús critica es cuando la preocupación por la comida ocupa todo el horizonte de la vida de las personas, sin dejar espacio para experimentar y saborear la gratuidad de la fraternidad y de la pertenencia al Padre. Por eso, el sistema neoliberal es criminal porque obliga a la gran mayoría de las personas a vivir 24 horas al día preocupándose por la comida y por la ropa, y produce en otra pequeña minoría rica el ansia de comprar y consumir hasta el punto de no dejar espacio para otra cosa. Jesús dice que la vida vale más de los bienes de consumo. El sistema neoliberal impide la vivencia del Reino.

• Mateo 6,28-30: La parábola de los lirios: el cuerpo vale más que el vestido. Jesús manda mirar las flores, los lirios del campo. ¡Con qué elegancia y belleza Dios los viste! “Si Dios los veste así, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? Jesús insiste en las cosas de la naturaleza, para que viendo las flores y el campo, la gente recuerde la misión que tenemos: luchar por el Reino y crear una convivencia que pueda garantizar comida y vestido para todos.

• Mateo 6,31-32: No ser como los paganos. Jesús retoma la crítica contra una excesiva preocupación por la comida, la bebida y el vestido. Y concluye: “¡Son los paganos que se preocupan con todo esto!” Debe de haber una diferencia en la vida de los que tienen fe en Jesús y de los que no la tienen. Los que tienen fe en Jesús comparten con él la experiencia de gratuidad de Dios como Padre, Abba. Esta experiencia de paternidad tiene que revolucionar la convivencia. Tiene que engendrar una vida comunitaria que sea fraterna, semilla de una nueva sociedad.

• Mateo 6,33-34: El Reino en primer lugar. Jesús apunta dos criterios: “Buscar primero el Reino” y “No preocuparse por el día de mañana”. Buscar en primer lugar el Reino y su justicia significa tratar de hacer la voluntad de Dios y permitir a Dios que reine en nuestra vida. La búsqueda de Dios se traduce concretamente en búsqueda de una convivencia fraterna y justa. Donde hay esta preocupación por el Reino, nace una vida comunitaria donde todos viven como hermanos y hermanas y nadie pasará más necesidad. Allí no habrá más preocupación con el día de mañana, esto es, no habrá más preocupación en acumular.

• Buscar primero el Reino de Dios y su justicia. El Reino de Dios tiene que ser el centro de todas nuestras preocupaciones. El Reino pide una convivencia, donde no haya acumulación, y donde haya compartir, para que todos tengan lo necesario para vivir. El Reino es la nueva convivencia fraterna, en la que cada persona se siente responsable del otro. Esta manera de ver el Reino ayuda a entender mejor las parábolas de los pajaritos y de las flores, pues para Jesús la Providencia Divina pasa por la organización fraterna. Preocuparse por el Reino y su justicia es lo mismo que preocuparse por aceptar a Dios como Padre y ser hermanos y hermanas de otros. Ante el creciente empobrecimiento causado por el neoliberalismo económico, la salida concreta que el evangelio nos presenta y que los pobres encontrarán para su supervivencia es la solidaridad y la organización.

• Una lama afilada en la mano de un niño puede ser una arma mortal. Una lama afilada en la mano de una persona agarrada con cuerdas es arma que salva. Así son las palabras de Jesús sobre la Providencia Divina. Sería anti-evangélico decir a un padre de familia sin empleo, pobre, con ocho hijos y mujer enferma: «¡No ande preocupado con lo que va a comer y a beber! ¿Por qué preocuparse del vestido y de la salud?» (Mt 6,25.28). Esto lo podemos decir cuando, al imitar a Dios como Jesús, nos organizamos entre nosotros para poder compartir, garantizando a los hermanos la sobrevivencia. De lo contrario seríamos como los tres amigos de Job, para defender a Dios, contaban mentiras sobre la vida humana (Job 13,7). Sería como “disponer de un huérfano y traicionar a un amigo” (Job 6,27). En boca del sistema de los ricos, estas palabras pueden ser armas mortales contra los pobres. En boca del pobre, pueden ser una salida real y concreta para una convivencia mejor, más justa y más fraterna.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo entiendo y vivo la confianza en la Providencia Divina?
• Como cristianos tenemos la misión de dar una expresión concreta a aquello que nos anima por dentro. ¿Cuál es la expresión que estamos dando a nuestra confianza en la Divina Providencia?

5) Oración final

Mi lengua proclama tu promesa,
pues justos son tus mandamientos.
Acuda tu mano en mi socorro,
pues he elegido tus ordenanzas. (Sal 119,172-173)

Buscad el pan del cielo…

1.- SACRIFICIO DE MELQUISEDEC. – Se trata de un misterioso personaje del Antiguo Testamento, “sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, que permanece sacerdote para siempre”, según narra la epístola a los Hebreos. También en el salmo ciento diez se dice que su sacerdocio es eterno. Una figura que anunciaba a Cristo, cuyo sacerdocio, en efecto, es eterno, y cuyo origen se pierde en la eternidad. Un sacerdocio que no proviene de los hombres, sino del mismo Dios.

El pasaje nos dice que Abrahán le ofreció el diezmo de todo. De esa forma se pone de relieve la grandeza de ese personaje, pues quien ofrece algo siempre es inferior que aquel a quien se hace la ofrenda. Por otro lado se nos refiere que Melquisedec ofreció a Dios el pan y el vino. Un sacrificio que anunciaba también ese otro sacrificio, el de la Eucaristía donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se inmolan por la salvación del mundo.

2.- LA EUCARISTÍA, CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA. – El Apóstol asegura que cuanto les está diciendo sobre la Eucaristía pertenece a la Tradición que arranca de Cristo, “procede del Señor” nos dice. Así fue, en efecto, pues el Maestro encomendó a sus discípulos que repitieran en memoria suya lo que él acababa de hacer, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, que se entregaba en sacrificio para la redención del mundo. De ahí que diga San Pablo que cada vez que comemos el Pan o bebemos del Cáliz proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Proclamar la muerte de Cristo equivale a repetir su sacrificio, de modo sacramental pero real. Es decir, en cada celebración eucarística se repite el sacrificio del Calvario. De ahí la importancia capital de la Eucaristía, de la Misa. Tanto que el Magisterio de la Iglesia lo considera como el centro de la vida la cristiana, la fuente de la que brota la vida de la Gracia y, por otro lado, es el acto al que se dirige toda actividad apostólica, allí donde converge cuanto la Iglesia hace y dice para la salvación del mundo.

3.- HASTA SACIARSE. – La multiplicación de los panes y los peces es un hecho atestiguado por todos los evangelistas, uno de esos acontecimientos considerado de capital importancia, no por lo prodigioso sino por el valor teológico que encierra, por el significado doctrinal tan rico e importante que entraña. San Juan recordará que Jesús mismo da las claves para su interpretación, destacando la íntima relación de ese prodigio con la Eucaristía, pues en ella Jesús es el verdadero Pan bajado del cielo, el Pan de vida, el Pan vivo. 

El Señor se dio cuenta de que aquel milagro despertó en la muchedumbre el entusiasmo, hasta el punto de que quieren hacerlo rey. Pero por otro lado les recrimina que lo busquen sólo porque se han saciado. Buscad el pan del cielo, les dice, el pan que el Hijo del Hombre os dará. Y luego les aclara que quien coma de este Pan no morirá para siempre. Esto es mi Cuerpo –nos recuerda- que será entregado por vosotros.

Antonio García-Moreno 

Comentario del 22 de junio

Decía Jesús a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Jesús expresa la dificultad de hacer compatibles dos servicios paralelos o el servicio de dos amos con exigencias contrapuestas, simultáneas o difícilmente compatibles. Lo normal en estos casos es que se acabe despreciando a uno para dedicarse al otro. Aunque queramos dedicarnos a muchas cosas y servir en muchos frentes, lo cierto es que somos limitados; esto nos obliga a tener que optar, desechando algunos oficios y consagrándonos a otros. Además, cuando esas tareas reclaman dedicación exclusiva, resulta muy difícil compatibilizarlas con otras. Y si el servicio exige concentrar todas nuestras energías en él, será mucho más absorbente e inconciliable con otras labores. ¿No es esto lo que sucede con los estudiantes en tiempo de exámenes?

Lo extraño en la comparación de Jesús es que equipare dos realidades tan distintas y distantes: Dios y el dinero, confiriéndoles señoríos y exigencias similares. Es evidente que Dios, el Señor del universo, tiene que ser servido. Ya lo hacen las estrellas y los electrones al dictado de las leyes inscritas en la naturaleza por su Creador. Nosotros también formamos parte de esa naturaleza; pero, puesto que disponemos de consciencia, se espera de nosotros una obediencia consciente y libre. Aquí, servicio y obediencia se confunden. Nada tiene de extraño, pues, que a Dios, en cuanto dueño del universo, se le compare con un amo que debe ser servido y obedecido. Lo inusual es que se compare con un amo que reclama obediencia a algo tan impersonal como el dinero.

Pero Jesús tiene sus motivos para establecer esta equivalencia. A veces el dinero se convierte en un verdadero tirano para el hombre, un dios al que se inmolan vidas humanas, incluida la propia. Cuántos hombres o mujeres «por dinero» son capaces de las mayores atrocidades o de los mayores sacrificios: capaces de matar y de morir; capaces de sufrir penalidades sin cuento con tal de conseguir ese tesoro que nos solucionaría la entera vida; capaces de romper vínculos sagrados como los que nos ligan a nuestros padres o hermanos con tal de obtener esa preciada herencia; capaces de empeñar toda una vida de esfuerzos para lograr esa fuente de ingresos inagotable. En fin, cuando el dinero adquiere esta dimensión, este rango idolátrico, ¿no ha dejado de ser lo que era para convertirse en una especie de «dios» (resp. amo) de exigencias incalculables? Nunca deja de ser del todo lo que es, medio de compraventa de mercancías; pero cuando adquiere tal poder que acaba reduciéndolo todo a la condición de mercancía comprable o vendible, pasa a convertirse en una entidad soberana y maléfica, puesto que no repara en daños e inmolaciones.

Pero no personalicemos; la fascinación del dinero no es sino la fascinación del poder que el dinero concede al que lo posee, siendo éste a su vez un poseído por la codicia que el poder del dinero ha despertado en él. Todas estas condiciones hacen del dinero algo más que un instrumento (=moneda) de cambio; le elevan a la categoría de amo (impersonal) o de ídolo (=dios falso). Tan impersonal es uno como el otro; y sin embargo, ambos ejercen su dominio. Este rango es el que permite la comparación entre Dios y el dinero.

En cuanto señores, las exigencias de uno y de otro pueden parecer similares; pero están en las antípodas. Ambos pueden pedirte la vida; pero uno (Dios) te pediría lo que es suyo y te ha dado; el otro (el dinero), en cambio, te pediría lo que no es suyo, ni puede garantizarte. Ambos disponen de poder para dar y quitar, pero el poder de Dios, siendo omnímodo, se estructura sobre el amor que es y con el que obra; por eso, cuando parece pedir algo para sí es en realidad para seguir dando; el poder del dinero, en cambio, es limitado y se sustenta en la mentira que encierra la engañosa codicia. Ambos imperan; pero el poder del dinero es temporal y pasajero, mientras que el poder de Dios es eterno. No hay, por tanto, comparación entre uno y otro, y sin embargo podemos equipararlos como si fuesen merecedores de un aprecio semejante. Es el efecto óptico de nuestra acentuada miopía. En cualquier caso, la pretensión de servir a amos tan distintos y distantes –Dios es el Creador; el dinero, en cambio, una creación humana que acaba adueñándose de su propio creador- se verá siempre confrontada con la tozuda realidad que hace de tales servicios oficios incompatibles: en realidad, no es posible servir a Dios y al dinero, aunque pueda parecerlo.

Pero el discurso de Jesús no se detiene en este punto. El Maestro saca sus consecuencias, llevándolas a extremos que se nos antojan difícilmente asumibles. Por eso os digo –primera consecuencia-: no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

Con frecuencia la vida constituye un motivo de preocupación tanto para los que escasean como para los que rebosan, tanto para los que no tienen medios para vivir y los buscan desesperadamente, como para los que abundan en ellos pero necesitan afianzarlos o multiplicarlos, ya que nunca son suficientes o nunca están suficientemente protegidos. Y es que la vida en cuanto tal no depende de nosotros ni de nuestros medios, por muy abundantes que estos sean. ¿Quién de nosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

La preocupación por la vida implica preocupación por lo que la sostiene o la mejora: los alimentos, el medio ambiente, la higiene, los cuidados médicos, la salud mental, etc. Es evidente que la vida vale más que el alimento: éste está al servicio de aquélla; no vivimos para comer, sino que comemos para vivir. Pero, puesto que el alimento es necesario para la vida, ¿cómo no preocuparse del comer, de cuánto y cómo comer, de todo aquello que es saludable para la vida?

Cuando Jesús aconseja desechar el agobio o la preocupación por el comer y el vestir, siendo estos tan necesarios para la vida corporal, invita a fijar la mirada en los pájaros, criaturas de Dios: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, como hacemos nosotros para proporcionarnos el alimento necesario; pero el Padre celestial los alimenta, puesto que les ha dado su lugar entre los seres vivos de este mundo. No siembran, ni siegan, es verdad, pero tampoco permanecen inmóviles como los árboles. Sin realizar estas tareas agrícolas, también los pájaros salen a buscar la comida que el Creador les ofrece. Ni siquiera los árboles permanecen inactivos. Sin necesidad de desplazarse, chupan de la tierra y del sol los nutrientes que les permiten mantenerse vivos. Sin sembrar ni segar, trabajan a su manera, ocupándose en la tarea ineludible de su alimentación y sostenimiento en la vida. Pero Dios, que es su Creador, ya se ha cuidado de dotar a todo ser vivo de los mecanismos necesarios para asimilar los nutrientes para la vida que puede extraer de la materia orgánica o inorgánica, vegetal o animal.

Dios los alimenta porque les proporciona lo necesario para su alimentación, pero esto no significa que no tengan que buscar la comida, desplazarse y esforzarse para lograrla; a veces incluso tener que competir con sus rivales; tampoco significa esto que no tengan que padecer tiempos de escasez o de sequía en los que apenas haya comida para todos; más aún, que pierdan la vida a consecuencia de esta carencia. Pero mientras permanecen vivos, porque Dios quiere que vivan, es Él quien se cuida de ellos, es Él quien los alimenta enviándoles el sol, la lluvia y las semillas.

Pues bien, si esto hace por los pájaros, ¿qué no hará por nosotros, que valemos mucho más que los pájaros? En las palabras de Jesús hay sin duda una invitación a confiar en el Dios providente, en el Dios que cuida de sus criaturas, más aún, en ese Dios que es Padre amoroso y que como Padre está pendiente de sus hijos para proporcionarles lo necesario para la vida. Pero esta vida, por mucho que se la proteja y potencie, no deja de ser caduca como caducos son los alimentos que la sostienen. La confianza no impide la ocupación, pero sí la preocupación –que es algo así como ocuparse dos veces de la misma cosa- excesiva. Se trata de la preocupación del que cree que todo depende de sí mismo y de su propio empeño. Nuestros asuntos también dependen de otros y, en último término, de Dios y sus designios. Pero Dios es nuestro Padre y conoce bien aquello de lo que tenemos necesidad. Si los paganos se afanan por estas cosas es porque desconocen o viven al margen de esta paternidad. Mas el que se sabe hijo de Dios debe vivir de otra manera, sabiendo que su vida depende esencialmente de Él.

Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Ese debe ser el motivo de nuestros desvelos y no tanto lo que pertenece al dominio de la añadidura. Pero suele suceder lo contrario: que buscamos con afanes desproporcionados las añadiduras y nos olvidamos de lo esencial, el Reino y sus bienes: la paz, la armonía, la justicia. Y cuando falta esto, lo demás (las añadiduras) sirven para muy poco o no sirven para nada. Además, el mañana es incontrolable, no está en nuestro poder; no sabemos siquiera si habrá un mañana que disfrutar o padecer. ¿Para qué agobiarse entonces por algo tan incierto como el mañana?

Pero funcionamos así, acumulando agobios, porque perdemos de vista la incertidumbre que acompaña a todo futuro. A cada día le bastan sus disgustos. Ya el día es un espacio de tiempo suficientemente extenso como para sumar disgustos. No los anticipemos ni los prolonguemos innecesariamente en el tiempo. Confiemos, pues, en Dios y agradezcámosle el día que nos permite vivir en su servicio y en el de los demás sin demasiados planes de futuro, porque todos se pueden desmoronar en un instante. Vivamos esperanzados y abiertos a las sorpresas de Dios, pero con ánimo de hijos custodiados por la mirada amorosa del Padre celestial.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

37. La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar falsas seguridades mundanas. Son precisamente los jóvenes quienes pueden ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no quedarse, a no enorgullecerse, a no convertirse en secta, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Ellos pueden aportarle a la Iglesia la belleza de la juventud cuando estimulan la capacidad «de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas»[11].


[11] Ibíd.

Entrega creíble en favor de los heridos por la vida

1.- Jesús nos da el pan de vida. Celebramos la fiesta de Corpus Christi. El relato evangélico de hoy tiene un significado profundamente eucarístico. Después de alimentarse del «pan de la Palabra», la multitud se alimenta del «pan de la Eucaristía». El hambre de verdad y plenitud sólo puede saciarla Dios. Él nos da el pan de vida eterna. La Eucaristía más que una obligación es una necesidad. Aquí venimos a saciar nuestra hambre, a celebrar nuestra fe, a saciarnos de los favores de Dios. Seríamos necios si no aprovecháramos este alimento que nos regala. Vivamos con intensidad cada gesto, cada palabra de la Eucaristía con actitudes sinceras de agradecimiento, alabanza, perdón, petición de ayuda y ofrecimiento de nuestra vida. ¿Hay algo más maravilloso en nuestro mundo? 

2.- Un texto cargado de simbolismo. El milagro de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelistas. El número de cinco panes y dos peces (5 + 2 = 7) significa la plenitud del don de Dios. Y las «doce canastas» de sobras están significando la superabundancia de los dones de Dios. El número 5.000 representa simbólicamente una gran muchedumbre. Los apóstoles, acomodando a las gentes, repartiendo el pan y recogiendo las sobras, hacen referencia a la Iglesia, dispensadora del pan de los pobres y del pan de la Palabra y la Eucaristía. Jesús une la palabra y el pan. La Iglesia, si quiere ser fiel a Cristo, ha de unir a la palabra el pan de la caridad. Si mi prójimo dice: «tengo hambre», es un hecho físico para el hermano y moral para mí. Basta que pongamos nuestros cinco panes y dos peces. Y estos cinco panes y dos peces pueden ser quizá mis muchas o pocas virtudes, mis logros, triunfos pero también mis caídas y fracasos. En definitiva basta que nos abramos completamente a Jesús y le demos todo lo que tengamos sea poco o mucho, de esto Él se encarga.

2.- El gran milagro es el del “compartir” los dones que Dios nos ha dado. Los pastores de la Iglesia hemos de dar ese pan y ayudar a compartirlo. Debemos ayudar a que llegue a todos el pan que acaba con el hambre del cuerpo, y el pan de la palabra y la Eucaristía, que sacia el hambre más existencial del hombre. La lacra del hambre es consecuencia de nuestro pecado, pues Dios ha puesto los bienes del mundo al servicio de todos, no de unos pocos. Nosotros podemos saciar el hambre, Jesús nos lo pide: «Dadles vosotros de comer». En este milagro de la multiplicación de los panes se ven como diseñadas las tareas pastorales de la Iglesia: predicar la palabra, repartir el pan eucarístico y servir el pan a los pobres. 

3.- Compromiso de amor con los necesitados. La Eucaristía, sacramento de amor y de unidad, nos mueve a entregarnos como Jesús en favor de los que sufren o no tienen lo necesario para vivir una vida digna. “Hacer de nuestra vida una entrega creíble en todo momento a los `heridos por la vida´”, es el lema del Día de Caridad que han presentado los obispos españoles: “es reconfortante saber que el amor de Dios, nuestro Creador, no nos deja: camina y trabaja junto a nosotros dándonos su luz y su fuerza para encontrar nuevos caminos que aviven el gozo de la esperanza. En la solemnidad del Corpus Christi, día de la Caridad, el Señor nos llama a descubrirle y a encontrarnos con su imagen en todos los hombres y mujeres, sirviéndole en cada uno de ellos, de modo especial, y con inmensa misericordia y compasión, en los más pobres, frágiles y necesitados Hoy, día de la Caridad, la Iglesia nos recuerda que la Eucaristía sin caridad se convierte en culto vacío. El Cuerpo de Cristo nos urge a acompañar a los pobres y construirles andamios de esperanza en un futuro mejor, como Dios quiere. No olvidemos que Jesús mismo nos ha dicho en una página solemne del Evangelio, que lo que hagamos o dejemos de hacer con los necesitados, a Él mismo se lo hacemos”.

José María Martín OSA 

El cuerpo entregado y la sangre de la nueva alianza

1.- Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Este relato de la institución de la eucaristía que san Pablo escribe, en su primera carta a los fieles de Corinto, está escrito muchos años antes de la publicación de los Evangelios. Dice san Pablo que él transmite una tradición que procede del Señor. Es importante, por tanto, que pensemos en todas las palabras que nos dice el apóstol: cuando nos acercamos a la eucaristía no vamos a recibir, sin más, el cuerpo de Cristo, sino que vamos a comulgar con el cuerpo de Cristo que se entregó por nosotros. Recibimos al Cristo que, libre y voluntariamente, entregó su vida para salvarnos y para mostrarnos el camino que debemos seguir sus discípulos, si queremos vivir en comunión con él. Es evidente que Cristo no quería morir porque le gustara morir, sino que Cristo aceptó la muerte porque esta era una condición necesaria para salvarnos. La predicación de la buena noticia, de su evangelio, en su lucha continua contra el mal, y contra los malos, le llevaba directamente a la muerte. Él lo sabía, y no se echó atrás ante el temor a la muerte, sino que prosiguió su camino hacia la cruz, entregando voluntariamente su cuerpo. Si no entendemos bien esto último, no entendemos bien el significado de la eucaristía. Repito: cuando comulgamos, no comulgamos, sin más, con el cuerpo de Cristo, sino con el cuerpo del Cristo que se entregó por nosotros, aceptando una muerte injusta y cruel, pero que era necesaria, si quería cumplir con la misión que, desde la eternidad, le había encomendado el Padre.

2.- Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. En el Antiguo Testamento se habla de otras alianzas que Dios hizo con su pueblo. Los sacerdotes de la antigua alianza ofrecían a Yahveh la sangre de algún animal sacrificado y la sangre del animal sacrificado sellaba la alianza del pueblo con su Dios. En la nueva alianza es la sangre de Cristo la que sella definitivamente la alianza de Dios con los hombres. Dios no exige ya ofrendas de carneros o toros para perdonar los pecados del pueblo; la sangre de Cristo, ofrecida en la cruz, ha perdonado, de una vez por todas, nuestros pecados. En la eucaristía, cada vez que comemos el pan sacramentado y cada vez que bebemos la sangre de Cristo, renovamos esta nueva alianza, en la que Dios sigue ofreciéndonos su perdón, por los méritos del Cristo que ofreció su vida en la cruz. Se trata de la sangre de Cristo, la sangre derramada para el perdón de nuestros pecados.

3.- Haced esto en memoria mía. Sigue diciéndonos san Pablo que Cristo mandó a sus discípulos que cada vez que se reunieran para comer el pan y para beber del cáliz lo hicieran en memoria suya, es decir, que lo hicieran como Cristo lo hizo, que renovaran el sacrificio de Cristo. Para renovar, pues, dignamente el sacrificio de Cristo, debemos ser conscientes de que estamos ofreciendo a Dios un cuerpo, el cuerpo de Cristo, entregado por nosotros y una sangre, la sangre de Cristo, derramada por nosotros. La eucaristía es la memoria de un Cristo que entregó su vida, libremente, para salvar a la humanidad. Cristo es el primer mártir del cristianismo, que no ofreció su vida para salvarse a sí mismo, sino para salvarnos a nosotros. Celebrar responsablemente la eucaristía lleva implícito ofrecer la vida de Cristo para la salvación de todos los hombres. Cada eucaristía es, en sí misma, una plegaria universal, católica, pura generosidad, puro don. Para poder celebrar la eucaristía con dignidad cristiana debemos sentirnos reconciliados con Dios y con todos los hombres. 

4.- Dadles vosotros de comer. La salvación de las personas debe comenzar ya en este mundo. Dar de comer al hambriento es estar contribuyendo ya a su salvación. En este sentido, nuestras eucaristías no pueden quedar reducidas a un acto piadoso y personal, sino que deben implicar un propósito de salvar al mundo ya desde ahora, de poner nuestra vida al servicio de los demás, de todas aquellas personas que nos necesiten. Eucaristía y caridad, amor fraterno, están íntimamente unidas; no pueden entenderse la una sin la otra. En esta fiesta del Corpus Christi comulguemos con Cristo, es decir, unamos nuestra vida a la vida de Cristo, y ofrezcamos nuestra propia vida, unida a la vida de Cristo, para la salvación, ya desde ahora, de todas las personas. Unas eucaristías celebradas con sentido pleno es la mejor receta que podemos ofrecer a nuestra sociedad para resolver todas nuestras crisis.

Gabriel González del Estal

La Eucaristía, comida de familia

LA EUCARISTÍA, COMIDA DE FAMILIA

CORPUS CHRISTI

SER PARA CELEBRAR – CELEBRAR PARA SER

En una cena nos contaba monseñor Cervino el impacto que le produjo la celebración de la Eucaristía con algunas comunidades cristianas de una zona pobre de Brasil, animadas por un sacerdote de su diócesis, Tui-Vigo. Le impresionó la participación intensa de todos los asistentes. Nos decía: «Se palpaba el ambiente comunitario, el ambiente festivo. Nada de rigidez, nada de engolamiento. Era emocionante el ofertorio en el que los vecinos ofrecían sus productos caseros, sus ayudas para los necesitados, los objetos que simbolizaban los proyectos de la comunidad… Todo con una sencillez y una vibración encantadora».

«Se palpaba un alma común», añadía nuestro obispo. Por supuesto, allí se paran los relojes. La celebración dura hora y media o dos horas. Al final, la comida compartida. Cada cual lleva sus alimentos que se ponen en común para compartirlos, como hacían los primeros cristianos, aunque aquéllos empezaban comiendo juntos y terminaban concelebrando la Eucaristía, y estos cristianos comienzan celebrando la Eucaristía y terminan comiendo juntos.

Para aquellas gentes pobres, la Eucaristía es el gran acontecimiento semanal. No importa que tengan que andar una hora para poder participar. La gran preocupación es que no falte el «padrecito», porque tiene unas cuantas comunidades que atender.

Cuando viajo a Madrid, no me privo del gozo de participar en eucaristías similares con varias comunidades vivas de barrios muy sencillos. No es que pretenda que estas eucaristías sean normativas para todos, pero sí indicativas.

¿No es la eucaristía la actualización en nuestros días de la fiesta popular y campestre de la multiplicación de los panes? Resulta patente que el evangelista narra el «signo» con una clara referencia eucarística: «Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente» (Mt 14,19). Algunos teólogos entienden que el verdadero «milagro» consistió en el compartir de la gente. Los discípulos alarman al Maestro por la falta de alimentos. El Maestro no quiso sacar el sustento de la nada, sino que pidió panes y peces. Y al empezar a compartir alguien, todos hicieron el milagro de confraternizar con lo que tenían: Uno sacó de su zurrón nueces, otros higos, otro queso… y, de este modo, se organizó la fiesta popular de aquellas gentes antes dispersas y ahora espiritualmente unidas en el común sentir con el rabí de Nazaret.

El gentío, antes masa, ahora es la «congregación de comunidades». Jesús manda a los apóstoles que reúnan a la gente en grupos de cincuenta; todos los escrituristas entienden que esto es una referencia a la organización de las Iglesias como la comunión de pequeñas comunidades. La fiesta campestre encarna el proyecto de Jesús: «Congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52), «como ovejas sin pastor» (Me 6,34), para que vivamos como hermanos (Mt 23,8), para que caminemos juntos hacia la tierra prometida alimentados con el maná de la Eucaristía.

LA EUCARISTÍA, «CUMBRE» Y «FUENTE» DE LA VIDA CRISTIANA

Ser cristiano es una forma (la mejor, sin duda) de entender la vida desde la comunión. «Yo soy nosotros», dijo genialmente Hegel; es la identidad de la Trinidad, a cuya imagen y semejanza hemos sido hechos. Para el cristiano vivir es con-vivir, vivir la fraternidad. Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o de espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos. La Iglesia es la «mesa familiar» en la que todos comen de la misma sopera, presidida paternalmente por Dios. La Eucaristía es el momento fuerte, el hecho culminante en el que se vive, se celebra, se da gracias y se ratifica esta maravillosa realidad, como ocurre en toda comida familiar.

El Concilio denomina a la liturgia, pero de modo muy particular a la Eucaristía, cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y fuente de donde mana toda su fuerza {SC 10,1). Es «cumbre» porque es el fin de un proceso de conversión personal y de la existencia de la comunidad. La Eucaristía es el sacramento de la comunidad; y sólo se celebra con autenticidad cuando los que se reúnen, viven en verdadera comunión. Naturalmente las eucaristías de la comunidad brasileña, lo mismo que las de la comunidad de Jerusalén, no se improvisan. Son el fin de un proceso. Si la Eucaristía es la celebración de una comunidad, significa que antes ha de existir la comunidad; ésta no se improvisa para la celebración o en la celebración por el hecho de que se reúnan un conjunto de cristianos. Esto, que es tan obvio a nivel de encuentros de familia o de amigos, lo ignoramos con frecuencia cuando se trata de la celebración de la comida de hermandad de los cristianos. La Eucaristía presupone la existencia de relaciones de fraternidad, la experiencia comunitaria, la participación en la vida y misión de la comunidad. Jesús no celebró su primera Eucaristía en el primer encuentro que tuvo con los suyos. Quizás parezca esta visión excesivamente exigente, pero éste es, ni más ni menos, el contexto en que Jesús y sus primeras comunidades la celebraron.

Jesús Burgaleta escribe: «Es obvio que participe en la comunión quien vive en comunión. La Eucaristía es la celebración de la comunión en la comunidad que se sabe ‘cuerpo de Cristo’ y a quien confiesa como fundamento de su unidad». Hay que decir, por lo tanto: «La comunidad hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la comunidad». No es auténtica una Eucaristía sin comunidad.

Todo encuentro humano, sobre todo cuando es en torno a la mesa, fortalece los lazos de afecto y de corresponsabilidad. Los alimentos son dones de Dios; comerlos da unión con Él. Y la comida crea relaciones de unión entre los comensales y refuerza las que ya existían.

La palabra y el pan compartidos ayudan a que crezca el «alma común» que han de tener los miembros de la misma comunidad. Por eso, después de la comunión en la palabra y el cuerpo de Cristo somos más «uno en él» (Gá 3,28). Pero esta realidad sorprendente no acontece de forma mágica, por la mera proclamación fonética de la palabra y la realización cultual de los signos litúrgicos y la comida y bebida del pan y el vino consagrados; es necesaria la fe y poner el alma en sintonía con Cristo, cuyo misterio pascual celebramos.

RATIFICACIÓN DEL COMPROMISO POR LA CAUSA DE JESÚS

La Eucaristía es una celebración revolucionaria cargada de audacia. Por una parte, celebramos la salvación recibida, la salida de la esclavitud de Egipto, del egoísmo a la libertad del amor, del «yo» al «nosotros», del individualismo a la comunidad; esto es una forma de resurrección.

Como señala el relato de la multiplicación, no se entiende una Eucaristía sin la actitud de compartir. A todos corresponde tener la actitud del muchacho que pone en común sus panes y sus peces para que se multipliquen. Juan Pablo II decía en el Congreso Eucarístico de Sevilla: «No se puede celebrar la Eucaristía sin comprometerse con la justicia y con la causa de los pobres». ¡Qué bien lo entendieron los santos Padres! San Juan Crisóstomo se negó a celebrar la Eucaristía en una población que había dejado morir abandonado a un mendigo.

Por la acogida de su palabra y con el alimento de su cuerpo y sangre nos unimos a Cristo muerto en ofrenda al Padre para llevar adelante su Causa. Participamos de Cristo muerto y resucitado para morir con él y resucitar con él. Celebrar la Eucaristía es identificarse con Cristo y comprometerse a continuar su Causa, la Causa del hombre. Quizás, si supiéramos la audacia que entraña celebrar la Eucaristía, renunciaríamos a hacerlo.

Pero la Eucaristía no es sólo la ratificación de nuestro compromiso, sino también una transfusión de sangre divina que da fuerza incluso para el martirio. Esto nos recuerda a nuestros hermanos mártires, quienes espiritualmente «ebrios» por la palabra y la sangre de Cristo iban alegres y animosos al anfiteatro para ser devorados por las fieras. Me recuerda también a los beatos mártires claretianos de Barbastro, quienes nutridos por la Eucaristía celebrada con gran entusiasmo comunitario iban al fusilamiento cantando con indecible alegría.

«¿De dónde sacas tiempo y coraje para tantas cosas?», pregunté a una madre de familia, que participaba diariamente en la Eucaristía. Se trata de una mujer relativamente joven, madre de tres niños, un prodigio de entrega. Es catequista, cuida de su madre y su suegro, bastante enfermos y que requieren muchos cuidados. Saca tiempo para todo. Es como una aparición milagrosa allí donde se la necesita. «¿Qué de dónde saco tiempo y coraje?, me replica. ¿Y de dónde lo sacas tú? De la Eucaristía que compartimos todos los días». «De la Eucaristía dominical -testifican varios miembros de una comunidad viva- salimos fortalecidos y rejuvenecidos para vivir decentemente como cristianos». Para ello es preciso que la vida vaya a la Eucaristía y que la Eucaristía vaya a la vida.

Atilano Alaiz

En medio de la crisis

Muchas personas siguen sufriendo de muchas maneras crisis económica. No nos hemos de engañar. No podemos mirar a otro lado. En nuestro entorno más o menos cercano nos iremos encontrando con familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas de desahucio, vecinos golpeados por el paro, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación.

Nadie sabe muy bien cómo irá reaccionando la sociedad. En algunas familias podrá ir creciendo la impotencia, la rabia y la desmoralización. Es previsible que aumenten los conflictos. Es fácil que crezca en algunos el egoísmo y la obsesión por la propia seguridad.

Pero también es posible que vaya creciendo la solidaridad. La crisis nos puede hacer más humanos. Nos puede enseñar a compartir más lo que tenemos y no necesitamos. Se pueden estrechar los lazos y la mutua ayuda dentro de las familias. Puede crecer nuestra sensibilidad hacia los más olvidados.

También nuestras comunidades cristianas pueden crecer en amor fraterno. Es el momento de descubrir que no es posible seguir a Jesús y colaborar en el proyecto humanizador del Padre sin trabajar por una sociedad más justa y menos corrupta, más solidaria y menos egoísta, más responsable y menos frívola y consumista.

Es también el momento de recuperar la fuerza humanizadora que se encierra en la eucaristía cuando es vivida como una experiencia de amor confesado y compartido. El encuentro de los cristianos, reunidos cada domingo en torno a Jesús, ha de convertirse en un lugar de concienciación y de impulso de solidaridad práctica.

Hemos de sacudir nuestra rutina y mediocridad. No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren. No podemos compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan y de justicia. Es una burla darnos la paz unos a otros olvidando a los que van quedando excluidos socialmente.

La celebración de la eucaristía nos ha de ayudar a abrir los ojos para descubrir a quienes hemos de defender, apoyar y ayudar en estos momentos. Nos ha de despertar de la «ilusión de inocencia» que nos permite vivir tranquilos, para movernos y luchar solo cuando vemos en peligro nuestros intereses. Vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús. Nos puede ayudar a vivir con lucidez cristiana, sin perder la dignidad ni la esperanza.

José Antonio Pagola