Es más cómodo adorar a Jesús que imitarle en la entrega

Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje original del evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para llevarnos a una vida espiritual. Para recuperar el sacramento debemos volver a la tradición.

Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: “vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer lo mismo”. Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, carente de convicción y compromiso. La eucaristía fue para las primeras comunidades el acto más subversivo imaginable. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba, conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido y comprometiéndose a vivir como él vivió.

El problema de este sacramento, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. Con la palabreja “transustanciación” no decimos nada, porque la “sustancia” aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, se realiza a través de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. Ahora bien, todos los sonidos, todos los gestos, todos los grafismos, que sirven para comunicarnos son convencionales, no se pueden inventar a capricho. Si me invento un signo que no dice nada a los demás, será solo un garabato.

El primer signo es el Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El pan se parte para comerlo, es decir, el signo está en la disponibilidad de poder ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia que fuera aniquilado por los jefes de su religión. La posibilidad de morir por ser como era, fue asumida con la mayor naturalidad.

El segundo signo es la sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida misma. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. Tenían prohibido tomar la sangre de los animales, porque como era la vida, pertenecía solo a Dios. La sangre está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramento no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios como don.

El principal objetivo de este sacramento, es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, es un autoengaño. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites. Al comer el pan y beber el vino consagrados, lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su «ego», a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del «ego» y tomar conciencia de que todo lo que cree ser, es artificial y anecdótico y que su verdadero ser está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y no solo aquí y ahora sino para siempre.  

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que Es Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me necesite. Es una pena que sigamos oyendo misa sin pensar en la importancia que tiene celebrar una eucaristía.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.

Meditación

La Única Realidad es el Amor (Dios) que está en ti,

los signos son solo medios para descubrirla y vivirla.

En cada eucaristía que celebre,

debo sentir dentro de mí, lo que significa el rito.

Al comulgar, manifiesto y fortalezco la intención

de ser como Jesús, pan que se deja comer.

Fray Marcos

II Vísperas – Corpus Christi

II VÍSPERAS

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

<

p style=»text-align:justify;»>Que la lengua humana
cante este misterio:

la preciosa sangre

y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.

<

p style=»text-align:justify;»>Fue en la última cena
—ágape fraterno—,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,

lo entregó a los Doce
para su alimento.

<

p style=»text-align:justify;»>La Palabra es carne

y hace carne y cuerpo

con palabra suya

lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,

y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe

corazón sincero.

<

p style=»text-align:justify;»>Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;

se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe lo supla
con asentimiento.

<

p style=»text-align:justify;»>Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria

y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno

y el divino Espíritu

que procede de ellos. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, el Señor, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec, ofreció pan y vino.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, el Señor, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec, ofreció pan y vino.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación y ofreceré un sacrificio de alabanza.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación y ofreceré un sacrificio de alabanza.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida del mundo.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida del mundo.

LECTURA: 1Co 11, 23-25

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.».

RESPONSORIO BREVE

R/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

R/ El hombre comió pan de ángeles.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Aleluya.

PRECES

Cristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle:

Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, Hijo de Dios vivo, que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya,

—enriquece a tu Iglesia con la constante celebración de tus misterios.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, sacerdote único del Altísimo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento,

—haz que su vida sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

Cristo, maná del cielo, que haces que formemos un solo cuerpo todos los que comemos del mismo pan,
—refuerza la paz y la armonía de todos los que creemos en ti.

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, médico celestial, que por medio de tu pan nos das un remedio de inmortalidad y una prenda de resurrección,

—devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

<

p style=»text-align:justify;»>Cristo, rey venidero, que mandaste celebrar tus misterios para proclamar tu muerte hasta que vuelvas,

—haz que participen de tu resurrección todos los que han muerto en ti.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Jesús alimenta, la comunidad recuerda

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, devuelve al rey de Salén (Jerusalén) los prisioneros que le habían hecho. Y su rey, Melquisedec, «le sacó pan y vino» y lo bendijo. A nosotros puede parecernos traído por los pelos el que se elige esta lectura por el simple hecho de mencionar al pan y el vino, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

De la institución de la Eucaristía tenemos cuatro versiones: las de Mateo, Marcos, Lucas y Pablo (Juan no la cuenta). Las dos más parecidas son las de Lucas y Pablo. Quien lee los relatos de Mt y Mc tiene la impresión de que Jesús bendice el pan y el vino uno después del otro, como hacemos nosotros en la misa. En cambio, Lucas y Pablo distinguen dos momentos: el pan, al comienzo de la cena; el vino, cuando ha terminado (ateniéndose a la forma de celebrar la Pascua los judíos).

Es más interesante lo que añaden Lucas y Pablo a propósito del pan: «esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lucas repite a propósito de la sangre que se derrama por vosotros. Pablo omite este detalle, pero añade después de la copa: cada vez que hagáis esto, hacedlo en memoria mía. Y termina con una reflexión personal: «Por consiguiente, cada vez que coméis este pan o bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva.»

Dos veces insiste Pablo en que esto hay que realizarlo «en memoria mía». Me evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». En mi opinión, lo que pide Jesús es que lo recordemos en todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer todo lo que hemos recibido de Jesús. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras por los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Evangelio. Segundo anuncio de la Eucaristía (Lc, 9,11b-17)

Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

José Luis Sicre

Las historias de la Iglesia

El tesoro espiritual de la Iglesia conserva insospechables riquezas. Insospechables sí, pero ni incómodas, ni absurdas, ni contradictorias.

1.- Si al final del evangelio de Juan se nos advierte que “Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir”. (Jn 21,25). semejante afirmación podría aplicarse a los contenidos de la interioridad de Santa María, de los Apóstoles, de la Santas Mujeres y de los numerosos Discípulos. El mismo Nicodemo, interesado interlocutor nocturno del Señor, también sabría lo suyo exclusivo. Infinitas fueron las enseñanzas y experiencias que tuvieron todos ellos durante aquellos años de vida apostólica de Jesús. Tales tácitas riquezas, muchas de ellas, las explicarían confidencialmente y se trasmitieron más o menos explícitamente.

2.- En el transcurso de su historia, la Iglesia las va descubriendo o sacando de su tesoro interior, nombrándolas o separándolas, para acentuándolas responder proféticamente a las necesidades de ciertos momentos históricos. Si los fundamentos de la Fe se reconocen y celebran de acuerdo con unas normas litúrgicas, no hay duda que la evocación de la Eucaristía, que corresponde al Jueves Santo, queda empequeñecida por las circunstancias que envolvieron la jornada del Cenáculo: el discurso, más bien confidencia emocionada, de Jesús, despidiéndose de los discípulos, rogando por ellos y por los que creeríamos lo que les dijo y le seguiríamos también. La oración en voz alta al Padre. La traición de Judas. La oración en Getsemaní… tantas cosas se acumulan aquella jornada… sin duda algunas son de menor tenor, el detalle de que cantaron los himnos correspondientes, la distancia que estaban separados, etc., etc. Otros acontecimientos no, eran de tal importancia que no se podían olvidar, ni menguar, tal la Eucaristía, el Pan de ángeles superior al maná del desierto y así parece que iba pasando de manera que llegó un momento histórico que estimulado por las peticiones de santos y santas, la Iglesia consideró que era oportuno dedicar un día a la Eucaristía. No es que la hubiera olvidado, ni abandonado, tal vez lo que había ocurrido es que no se tenía suficientemente en cuenta, principalmente por parte del pueblo fiel, pero carente de suficiente formación. Así que, acabado el tiempo pascual, se dedica más específicamente este domingo a la Eucaristía.

3.- Tal vez me diríais, si fuera posible el diálogo entre vosotros, mis queridos jóvenes lectores y yo mismo: ¿sabía San Pedro y los demás lo que era el Corpus? Estrambótico será lo que os diré. Suponiendo que ahora mismo se nos apareciera y careciendo, difícil imaginarlo, de la experiencia de su existencia eterna, le preguntáramos si alguna vez habían ido en procesión el día de Corpus, con seguridad os miraría con grandes ojos y os diría ¿qué es eso del Corpus?

4.- Si le explicaseis algo de lo que sabéis, de inmediato os respondería: amigos, de eso que decís sé mucho por experiencia, no me pidáis discursos, que no es lo propio mío. Lo que os puedo decir es que aquel pan que nos dio, que nos dijo era su cuerpo mismo, produjo en nuestro interior un cambio tal, que nunca hubiera imaginado lo que yo era capaz de hacer. Ciertamente que al poco rato le olvidé, que hui, que le traicioné, pero después, no me lo explico de otra manera, que fue por la fuerza de aquel alimento, que no era un simple trozo de pan, me di cuenta más tarde. Fui capaz de arrepentirme, sin desesperarme, de vivir tal como Él nos había enseñado, y de ser fuerte ante la prueba final y, a imitación suya, morir ajusticiado a causa de Él, por los que no creían en Él y le odiaban. No, no organizamos procesiones, ni alfombras, ni teníamos preciosos ostensorios. Nos reuníamos y, tal como Él nos indicó, partíamos el Pan, lo repartíamos y lo compartíamos, renovando sus mismas palabras, que no era simple recuerdo memorístico. Estaba presente Él sin duda, lo experimentábamos, pese a no sentir su compañía física.

5.- Ahora caigo en lo que me preguntáis y desde mi realidad eterna, observo que además de reuniros el domingo y recibirlo, un día os detenéis a pensar sosegadamente, recapacitar para descubrir el valor que lo que nos dio aquella noche y encargó continuáramos nosotros y nuestros sucesores dando. Obráis así y está muy bien hecho. En algunos sitios adornáis esta reflexión con procesiones, flores, cantos de adoración y bendiciones. ¡Cuánto me gusta si responde a devoción! Inútil, sin duda si responde a puro interés de atraer turismo o establecer rivalidades o fomentar la vanidad. Pero no os desaniméis si estos ornatos creéis desaparecen, hay muchas maneras de acompañar la oración o son precisamente estos ornatos, estos inciensos, estos himnos, los que fomentan que vuestra mente ore.

6.- La Eucaristía, nosotros la llamábamos sencillamente Fracción del Pan, continúa Pedro, es una celebración preciosa, aunque os reunáis pocos, es alimento que os hará fuertes, si lo recibís correctamente, no será así si no estáis preparados. Es presencia del Señor, se quedó de esta manera para estar al alcance de todos, por pobres que fueran…Pienso, mis queridos jóvenes lectores, que algo así nos diría Pedro, si tal encuentro fuera posible.

7.- Lo que insistentemente os recomiendo es que no dejéis de comulgar con fe. Tal vez en aquel momento estáis distraídos, pero si en el instante de decidirlo y dirigiros a una iglesia para comulgar, así lo pensáis, no lo dudéis, obráis correctamente. Si para obtener ayuda entráis en una iglesia porque allí se guarda el Santísimo, con vuestra oración podéis uniros a Él. Tenedlo por seguro, os resulta provechoso. En la vida física es preciso tomar alimento, pero el sol, ya lo sabéis, es provitamina D necesaria para gozar de buena salud. Respirar aire libre, mientras paseáis por un bosque tupido y bebéis agua abundante facilita el vigor y la lozanía. Paralelamente, lo que os recomendaba mejorará vuestra vida espiritual.

8.- Si hoy por muchas tierras de algunos continentes disminuye la Fe, observaréis que no es consecuencia de la modernidad, ni del entusiasmo “religioso” que algunos ponen en su militancia política, ni de la fanática afición por un equipo de futbol, ni por estar siempre con las manos ocupadas con el tablet o la música enlatada en un MP3, ni por las ambiciones de algunos por conseguir mando y poder público, que no os niego son inconvenientes. Influye negativamente mucho más el abandono de la Eucaristía. 

Jesús-Eucaristía es ayuda, fortaleza, coraje, valentía. Hoy como siempre, en monasterios, en asilos, en misiones, en lugares donde fanáticos pretenden suprimir el cristianismo, continúan existiendo maravillosos fieles cristianos. No os dejéis engañar. Se da publicidad a las depravaciones, pero se silencian las heroicidades de los mártires, de tantos que dedican su vida a los necesitados, de los monjes y monjas de clausura que con su oración son pararrayos del mal que mereceríamos. 

Y no lo olvidéis, cada noche, antes de irme a dormir, junto al Sagrario de mi iglesita, digo: a mis queridos jóvenes lectores, ¡buenas noches! les des, Dios.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario del 23 de junio

Celebramos una solemnidad de gran tradición en la Iglesia: algo que procede del mismo Señor y que le fue entregado al mismo Pablo como tradición. Éste la recibe y la transmite; porque las tradiciones son para recibirlas y para transmitirlas a las generaciones futuras tal como se recibieron. Es una tradición que habla de unos hechos(gestos y palabras que daban a conocer intenciones) que tuvieron a Jesús como protagonista; que hablan de una cena de despedida y de un momento álgido en esa cena: el momento de tomar el pan y pronunciar la acción de gracias, el momento de partirlo y repartirlo, acompañando el gesto con palabras misteriosas y de hondo significado que anticipaban un futuro dramático y glorioso al mismo tiempo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. De repente, el pan partido en sus manos se convertía en su cuerpo entregado.

Los acontecimientos posteriores clarificarían el misterio de estas palabras. El cuerpo entregado era un cuerpo sacrificado, en el sentido de ofrecido (en sacrificio) y en el sentido de inmolado cruentamente, hasta ser despojado de la última gota de sangre, como si se tratase de la víctima de un holocausto. El momento estaba cargado de dramatismo. Se anunciaba una muerte, pues cada vez que comieran de ese pan y bebieran de esa copa proclamarían la muerte del Señor. Pero esta muerte no era un final sin retorno o sin continuación, ya que habría vuelta (hasta que vuelva). Cada vez que comulgamos, por tanto, proclamamos su muerte, pero no como quienes recuerdan con nostalgia a un muerto, sino como quienes esperan con deseo la vuelta de un vivo. Hay memoria, y habrá que hacerlo en su memoria, pero se trata de una memoria que hace presente lo recordado y lo anticipado en virtud del sacramento.

Nuestra vida cristiana brota de la Pascua de Cristo, muerto y resucitado. Y el signo que la hace más patente es ese cuerpo entregado del que habla nuestra tradición. Nuestra religión es tan corporal como espiritual. Dios es espíritu. Pero Cristo es el Hijo de Dios encarnado. La encarnación es también in-corporación a nuestra historia, a nuestra humanidad, a nuestra corporeidad, a nuestra mortalidad. Hacerse carne es hacerse hombre. Y hacerse hombre es hacerse cuerpo de carne y huesos, y cuerpo animado, dotado de vida y racionalidad.

La presencia de Cristo en la eucaristía no es sino prolongación sacramental de su presencia en un cuerpo terreno y entregado a la muerte, pero también resucitado. Si esta presencia exigía un acto de fe para reconocer al Hijo de Dios en el hombre, la presencia eucarística también lo exige: hay que ver en el pan un cuerpo, el cuerpo inmolado de Cristo, y en el cuerpo a él mismo. Pero la fe permite esta visión. No debemos olvidar, sin embargo, que un cuerpo resucitado ya no es un cuerpo mortal, sino un cuerpo que ha vencido a la muerte, un «cuerpo glorioso» o «espiritual». Tal es el corpus Christi visibilizado en el pan eucarístico. Por eso puede dársenos en comida. Su asociación con el pan pone de manifiesto esta funcionalidad alimentaria.

Ya en el Antiguo Testamento se habla de un sacrificio de pan y vino, hecho por Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Altísimo. Este ofrecimiento le convierte en figura anticipada del Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. La entrega del pan y del vino en la última Cena simbolizaba su propia entrega en la cruz, pasando ambos a ser elementos de un sacrificio: el de la propia vida por la redención del mundo.

Jesús había dado ya muchas muestras de esta entrega al hombre necesitado y hambriento a lo largo de su vida pública, como nos recuerda el relato evangélico de hoy: la saciedad de una multitud hambrienta con tan escasos recursos como cinco panes y dos peces. Pero tal fue el efecto de aquella extraordinaria intervención: Comieron todos y se saciaron. Lo que hizo entonces en aquel descampado quiere seguir haciéndolo en nosotros hoy en cualquier iglesia: darnos a comer su propio cuerpo para saciar nuestra hambre y nuestra sed de vida, que no es sólo hambre y sed de alimentos materiales.

Pero semejante comida es sólo significativa y vital si la reciben personas hambrientas; pues si no hay hambre en los receptores, la comida se convierte en algo superfluo e insustancial; incluso en algo dañino, y eso aunque sea muy apetitosa y nutritiva en sí misma. Y Jesús se ha hecho eucaristía no para dársenos una vez –como en aquella ocasión en que sació a la multitud-, sino muchas veces: cada vez que tengamos hambre y sed de vida, cada vez que nos sintamos desfallecer. Nuestro organismo está hecho para comer pequeñas cantidades (las que podemos digerir) con frecuencia, a diario, varias veces al día. No somos como esos animales de digestión lenta que con una comida o bebida tienen para mucho tiempo. Tal es nuestro metabolismo y nuestro ritmo alimenticio.

Pues bien, lo que vale para el cuerpo, vale también para el espíritu. Ni siquiera somos capaces de asimilar el contenido de una ciencia en una sola lección. Necesitamos lecciones sucesivas para acabar asimilando una materia del saber. También nuestro crecimiento espiritual es paulatino y requiere tiempo. Dios se adecua a nuestro modo progresivo de ser y de asimilar. Y por eso nos invita a alimentarnos de él (de su palabra y de su cuerpo) con regularidad. Y se queda ligado permanentemente al pan consagrado en el altar para facilitar nuestra comunión con él o para prolongarla en el tiempo, como se prolonga el tiempo de la amistad o del amor.

Es importante que haya comunión (y sólo la habrá si hay unión), pero también que se permanezca en la comunión, que no se rompa la comunión existente, que el pecado no destruya la comunión. Sólo recibiendo con regularidad el cuerpo de Cristo (que siempre va acompañado de su palabra y su persona), sólo comulgando, creceremos en la comunión con él, creceremos en fe, esperanza y caridad: aumentará nuestro amor a él y nuestra complacencia en él y en todo aquello que él toque o con lo que él se asocie. Sólo el Amor de los amores, que se nos da en la eucaristía, podrá purificar nuestros egoísmos y abrir nuestro corazón a los hermanos necesitados para ser para ellos comida saciativa, o bálsamo curativo, o palabra regeneradora.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

38. Quienes ya no somos jóvenes, necesitamos ocasiones para tener cerca la voz y el estímulo de ellos, y «la cercanía crea las condiciones para que la Iglesia sea un espacio de diálogo y testimonio de fraternidad que fascine»[12]. Nos hace falta crear más espacios donde resuene la voz de los jóvenes: «La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de empatía […]. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo»[13].


[12] DF 1.

[13] Ibíd., 8.

Lectio Divina – 23 de junio

Multiplicar el pan para los hambrientos
Jesús promueve la participación
Lucas 9,10-17

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. 

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura: el contexto literario:

Nuestro texto se encuentra a mitad del evangelio de Lucas: Jesús extiende e intensifica su misión por las aldeas de la Galilea y manda a sus doce discípulos para que le ayuden (Lc 9,1-6). La noticia de todo esto llega a Herodes, aquel que mandó matar a Juan Bautista ((Lc 9, 7-9) Cuando sus discípulos regresan de la misión, Jesús los invita a ir a un lugar solitario (Lc 9,10) Aquí sigue nuestro texto que habla de la multiplicación de los panes (Lc 9, 11-17)
En seguida Jesús hace una pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (Lc 9, 18-21). Dicho esto, por la primera vez, habla de su pasión y de su muerte y de las consecuencias de todo esto para la vida de los discípulos (Lc 9, 22-28). Luego viene la Transfiguración, en la que Jesús habla con Moisés y con Elías de su pasión, con el aturdimiento y la incomprensión de parte de los discípulos (Lc 9, 44-50). Finalmente, Jesús decide ir a Jerusalén, donde encontrará la muerte (Lc 9, 52).

b) Una división del texto para ayudar la lectura:

Lucas 9,10: Se retiran a un lugar apartado
Lucas 9,11: La gente reconoce a Jesús y Jesús acoge a la gente
Lucas 9,12: La preocupación de los discípulos por el hambre de la gente
Lucas 9, 13. La propuesta de Jesús y la repuesta de los discípulos
Lucas 14-15: La iniciativa de Jesús para resolver el problema del hambre
Lucas 9,16: La evocación y el sentido de la Eucaristía
Lucas 9,17: El gran signo: Todos comieron

Lucas 9,10-17 c) El texto:

10 Cuando los apóstoles regresaron le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida. 11 Pero la gente lo supo y le siguieron. Él los acogía, les hablaba del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.
12 Pero el día había comenzado a declinar y, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado.» 13 Él les dijo: «Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» 14 Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta.» 15 Lo hicieron así y acomodaron a todos. 16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado o que más te ha llamado la atención?
b) ¿Cuál es la situación de la gente, que se desprende del texto?
c) ¿Cuál es la reacción o el sentimiento de Jesús ante la situación de la gente?
d) ¿Qué hechos del Antiguo Testamento se evocan en este texto?
e) ¿Conoces iniciativas de personas que hoy dan de comer a la gente hambrienta?
f) ¿Cómo ayudamos nosotros a la gente? ¿Damos peces o enseñamos a pescar?

5. Una clave de lectura

para los que desean profundizar en el tema

a) El contexto histórico de nuestro texto:

El contexto histórico del Evangelio de Lucas tiene siempre dos aspectos: el contexto del tiempo de Jesús en los años 30, en Palestina, y el contexto de las comunidades cristianas de los años 80, para las que Lucas escribe su Evangelio.
Al tiempo de Jesús en la Palestina, el pueblo vivía en la expectativa de que el Mesías, cuando viniese, sería como un nuevo Moisés, y repetiría los grandes prodigios operados por Moisés en el Éxodo: conducir al pueblo por el desierto y alimentarlo con el maná. La multiplicación de los panes en el desierto era para la gente la gran señal de que estaba llegando el tiempo mesiánico (Cf.6,14-15).
Al tiempo de Lucas, en las comunidades de Grecia, era importante confirmar a los cristianos en sus convicciones de fe y orientarlos en medio de las dificultades. En el modo de describir la multiplicación de los panes, Lucas recuerda la celebración de la Eucaristía que se realizan en las comunidades de los años 80, y ayuda a las personas a profundizar el significado de la Eucaristía en sus propias vidas. Además, en la misma descripción de la multiplicación de los panes, como veremos, Lucas evoca figuras importantes de la historia del pueblo de Dios: Moisés, Elías y Eliseo, mostrando así que Jesús es verdaderamente el Mesías que viene a cumplir las promesas del pasado.

b) Comentario del texto:

Lucas 9,10: Jesús y los discípulos se retiran a un lugar solitario
Los discípulos regresan de la misión, a la que han sido enviados (Lc 9,1-6). Jesús los invita a retirarse a un lugar solitario, cerca de Betsaida, al norte del lago de Galilea. El evangelio de Marcos añade que Él los invita a descansar un poco (Mc 6,31). Describiendo la misión de los 72 discípulos, Lucas describe la revisión de la acción misionera por parte de Jesús, acción desarrollada por los discípulos (Lc 10, 17-20).

Lucas 9,11: La gente busca a Jesús y Jesús acoge a la gente
La gente sabe dónde se encuentra Jesús y lo sigue. Marcos es más explícito. Dice que Jesús y sus discípulos van en barca y la gente lo sigue a pie, por otro camino, en un lugar determinado. La gente llega primero que Jesús (Mc 6,32-33). Llegados al lugar del descanso, viendo aquella muchedumbre, Jesús la acoge, habla del Reino y cura los enfermos. Marcos añade que la gente parecía un rebaño sin pastor. Ante esta situación de la gente, Jesús reacciona como “un buen pastor”, orientando a la gente con su palabra y alimentándola con panes y peces (Mc 6, 34ss).

Lucas 9,12: La preocupación de los discípulos y el hambre de la gente
El día comienza a decaer y se acerca el ocaso. Los discípulos están preocupados y piden a Jesús que despida a las gentes. Dicen que en el desierto no es posible encontrar comida para tanta gente. Para ellos la única solución es que la gente vaya a las aldeas vecinas a comprar pan. No consiguen imaginar otra posible solución.
Entre líneas sobre esta descripción de la situación de la gente, aparece algo muy importante. Para poder estar con Jesús, la gente se olvida de comer. Quiere decir que Jesús debe haber sabido atraer a la gente hasta el punto, de que ésta olvida todo, siguiéndolo por el desierto.

Lucas 9,13: La propuesta de Jesús y la respuesta de los discípulos
Jesús dice: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos se asustan, porque sólo tienen cinco panes y dos peces. Pero son ellos los que deben solucionar el problema y la única cosa que le viene a la mente es que la gente vaya a comprar pan. Sólo tienen la solución tradicional, según la cual alguno debe procurar pan para la gente.
Alguno debe procurar el dinero, comprar pan y distribuirlo a la gente, pero en aquel desierto, esta solución es imposible. Ellos no encuentran otra posibilidad de resolver el problema. O sea: Si Jesús insiste en no mandar a la gente a sus casas, no hay solución para el hambre de la gente. No pasa por sus mentes que la solución podría venir de Jesús y de la misma gente.

Lucas 9, 14-15: La iniciativa de Jesús para resolver el problema delhambre.
Había allí cinco mil personas. ¡Mucha gente! Jesús pide a los discípulos que la gente se sientan en grupos de cincuenta. Y es aquí, cuando Lucas comienza a usar la Biblia para iluminar los hechos de la vida de Jesús. Recuerda a Moisés. Él es, de hecho, el primero que dio de comer a la gente hambrienta en el desierto, después de la salida de Egipto (cf. Num cap. 1 al 4). Lucas evoca también a Eliseo. En efecto, es Eliseo quien en el Antiguo Testamento, hace desaparecer el hambre de la muchedumbre con unos pocos panes e incluso sobra (2 Re 4,42-44). El texto sugiere pues, que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo profeta que debe venir al mundo (cf. Jn 6, 14-15). Todas las comunidades conocían el Antiguo Testamento y a buen entendedor bastan pocas palabras. Así van descubriendo poco a poco el misterio que envuelve la persona de Jesús.

Lucas 9, 16. Evocación y significado de la Eucaristía
Después que el pueblo se sienta en tierra, Jesús multiplica los panes y pide a los discípulos que lo distribuyan. Aquí es importante notar, cómo Lucas describe el hecho. Dice: “Tomó entonces los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente”. Este modo de hablar a las comunidades de los años 80 ( y de todos los tiempos) hace pensar en la Eucaristía. Porque esta mismas palabras serán usadas ( y lo son todavía) en la celebración de la Cena del Señor (22, 19). Lucas sugiere que la Eucaristía debe llevar a la multiplicación de los panes, que quiere decir compartir. Debe ayudar a los cristianos a preocuparse de las necesidades concretas del prójimo. Es pan de vida que da valor y lleva al cristiano a afrontar los problemas de la gente de modo diverso, no desde afuera, sino desde dentro de la gente.

Lucas 9,17: El gran signo: Todos comieron
Todos comieron, se saciaron y ¡sobraron cestas enteras! Solución inesperada, realizada por Jesús y nacida desde dentro de la gente, partiendo de aquel poco que habían llevado, cinco panes y dos peces. Y sobraron doce cestos, después que cinco mil personas han comido ¡cinco panes y dos peces!

c) Profundizamiento: El milagro más grande

Algunos se preguntan: ¿Pero entonces, no hubo milagro?¿Fue sólo compartir? He aquí tres reflexiones a modo de respuestas:

Primera reflexión: ¿Cuál sería hoy el milagro más grande: por ejemplo, en un determinado día del año, el día de Navidad, todas las personas tienen qué comer, reciben una cesta de Navidad; o podría ser que la gente comenzase a compartir su pan, llegar a quitar el hambre a todos y que sobrara alimento para otras gentes?¿Cuál sería el milagro más grande? ¿Qué pensáis?

Segunda reflexión: La palabra Milagro (miraculum) viene del verbo admirar. Un milagro es una acción extraordinaria, fuera de lo normal, que causa admiración y hace pensar en Dios. El gran milagro, el más grande de todos es (1) Jesús mismo, Dios hecho hombre. ¡Es tan extraordinariamente humano, como sólo Dios mismo puede ser humano! Otro gran milagro (2) es el cambio que Jesús consigue obtener de la gente, habituada a soluciones de fuera, Jesús consigue hacer que la gente afronte el problema a partir de ella misma, a partir de los medios de que dispone. Gran milagro, cosa extraordinaria, y (3) que mediante este gesto de Jesús todos comen y la comida sobra. Cuando se comparte, hay siempre …¡ y sobra! Por tanto, son tres los grandes milagros: Jesús mismo, la conversión de las personas, el compartir los bienes que genera abundancia. Tres milagros nacidos de la nueva experiencia de Dios como Padre, que se nos revela en Jesús: Esta experiencia de Dios cambió todos los esquemas mentales y el modo de vivir junto a los otros. Este es el milagro más grande: ¡ otro mundo es posible!

Tercera reflexión: Es difícil saber cómo han sucedido de hecho las cosas. Ninguno está diciendo que Jesús no hizo el milagro. ¡Hay hechos y muchos! Pero no debemos olvidar que el milagro más grande es la resurrección de Jesús. Por la fe en Jesús, la gente comienza a vivir en un mundo nuevo, compartiendo su pan con los hermanos y hermanas que no tienen nada y que están hambrientos: “Y todos distribuían lo que tenían, y no había necesidades entre ellos” (cf. Act 4, 43). Cuando en la Biblia se describe un milagro, la atención mayor no viene puesta en el aspecto milagroso en sí, sino más bien en el significado que tiene para la vida y para la fe de las comunidades que creen en Jesús, revelación del Padre. En el así llamado “primer mundo” de los países dichos “cristianos”, los animales tienen más alimento que los seres humanos del tercer mundo. Mucha gente tiene hambre. Quiere decir que la Eucaristía no tiene todavía la profundidad y la raigambre que pudiera y debiera tener.

6. Oración de un salmo: 81 (80)

Dios que libera y alimenta a su pueblo

¡Aclamad a Dios, nuestra fuerza,
vitoread al Dios de Jacob!
¡Tañed, tocad el tamboril,
la melodiosa cítara y el arpa;
tocad la trompeta por el nuevo mes,
por la luna llena, que es nuestra fiesta!
Porque es una ley para Israel,
una norma del Dios de Jacob;
un dictamen que impuso a José
al salir del país de Egipto.
Se oye una lengua desconocida:
«Yo liberé sus hombros de la carga,
sus manos la espuerta abandonaron;
en la aflicción gritaste y te salvé.
Te respondí oculto en el trueno
te probé en las aguas de Meribá.
Escucha, pueblo mío, te conjuro,
¡ojalá me escucharas, Israel!
No tendrás un dios extranjero,
no adorarás a un dios extraño.
Yo soy Yahvé, tu Dios,
que te saqué del país de Egipto;
abre tu boca y yo la llenaré.
Pero mi pueblo no me escuchó,
Israel no me obedeció;
los abandoné a su corazón obstinado,
para que caminaran según sus caprichos.
¡Ojalá me escuchara mi pueblo
e Israel siguiera mis caminos,
abatiría al punto a sus enemigos,
contra sus adversarios volvería mi mano!
Los que odian a Yahvé lo adularían
y su suerte quedaría fijada;
lo sustentaría con flor de trigo,
lo saciaría con miel de la peña».

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Sentir a Jesús con nosotros

1.- Dios se hizo hombre y convivió con nosotros. Es algo muy grande, inconmensurable. Sin duda, Jesús es el rostro de Dios Invisible. Luego, la noche en que iba a ser entregado, dejó a sus discípulos una presencia permanente en la forma real de su Cuerpo y su Sangre. La misma que había servido para la Encarnación de Dios en hombre. Esto es también enorme y da vértigo solo pensarlo. Porque Dios está presente en una cercanía impresionante: en los sagrarios de todas las iglesias y sobre el altar de todas las misas cotidianas. Es probable que no seamos capaces de entender totalmente esa realidad; que, incluso, la aceptemos intelectualmente, pero que se nos olvide o que no la sintamos de manera suficiente.

2.- Sin embargo, es difícil no sentir el influjo espiritual en su recepción. Muchas veces, no hace falta la fe para saber que ahí, tras las formas de pan y vino, está Jesús y, por tanto, la Santísima Trinidad. Se experimenta con la recepción del Santísimo Sacramento una interrelación con el Ser Divino. Es, sin duda, suave y tenue. A veces –incluso–, la hacemos nosotros insuficiente en nuestro camino de fe. Y somos desmemoriados a la hora de no tenerla presente de manera total en nuestras vidas, todas las horas del día. Pero aun así es imposible negar esa corriente de divinidad que nos llega. Conseguimos sintonizar –como en los tiempos heroicos de la radio– durante unos segundos con la Estación amada y lo oímos en toda su plenitud. 

3 -. La presencia innegable de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual fehaciente. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, aquieta, perdona y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Santa Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, aprensiones, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de recibir a Jesús. No es un espejismo, no es una falsa emoción. Hay momentos en que el fruto del Santo Sacramento es recibir –por ejemplo– un mayor tino para todas las cosas y, sobre todo, en las de índole espiritual.

4.- No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien «terreno» que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es –si ellos no lo sienten– predibujarles tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. 

5.- Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación. Pidiendo a Jesús que nos ilumine y que nos «regale» de manera fehaciente su presencia. Y una vez que seamos capaces de aprehender esos dones, hemos de esforzarnos por comunicárselos a nuestros hermanos.

Ángel Gómez Escorial

¡Caminar, edificar y confesar!

1.- Hemos caminado con Jesús, desde el día de su nacimiento en Belén; hemos intentado edificar nuestra vida con sus palabras y con su presencia, con sus milagros y con sus indicaciones. ¿Y ahora? Ahora, en este día del Corpus confesamos o proclamamos a los cuatro vientos que, nuestra intimidad, nuestro secreto más escondido tiene un nombre: Eucaristía. No podemos acallarlo y, en custodia de metal precioso -pero sobre todo en aquellas otras que son de carne y de hueso (nosotros)- es donde el Señor se muestra más a las claras ante un mundo sediento de gestos, cariño, amor, perdón y buenas noticias. Tal vez hoy, muchos ojos se quedarán perplejos ante el paso de numerosos cortejos procesionales, porque hace tiempo que dejaron de caminar, edificar y confesar su fe. Tal vez hasta se preguntarán ¿Y esto…qué es? 

El regalo que el Señor nos dejó en Jueves Santo, inclinándose para buscar los pies de los discípulos, y entregándoles la Eucaristía, hoy lo hacemos público y mensaje activo. Si en Jueves Santo, fue el Señor, quien se arrodilló nuestra humanidad sedienta de amor, hoy somos nosotros quien nos postramos para reconocer ante Él que, Él, es la fuente de nuestro amor y de nuestra alegría y que sin Él, nuestro compromiso cristiano, sería eso: un gesto humano pero sin inspiración divina.

2.- En el día del Corpus Christi, el amor, se canta, se expresa y se adorna. Porque, el amor, también hay que cuidarlo con pequeños detalles. Y la historia de la fe cristiana, desde hace siglos, ha tenido necesidad de regalar al “AMOR DE AMORES” signos que delatasen que, el pueblo cristiano, se edifica y camina mejor cuando la Eucaristía se coloca en el centro de su existencia. 

El Santo Cura de Ars llegó a decir que, un pueblo sin sacerdote acaba adorando a las bestias. En este día del Corpus, vemos a las claras, que un mundo sin amor divino se convierte en un atropello a los más débiles. Que un cristiano sin eucaristía dominical acaba sucumbiendo, disipado y confundido ante otros dioses en forma de balón, playa, monte o fin de semana sin referencia a Dios. Que un cristiano, sin misa, acaba viviendo como lo que practica: vacío de Dios.

3.- En el día del Corpus Christi, y por ser el día de la Caridad, nos damos cuenta que es mucho lo que nos queda por avanzar en cuestiones de justicia y de atención hacia los demás, hacia los más pobres. En la coyuntura social, económica y política que nos encontramos –esta solemnidad- nos viene muy bien para poner las cosas en su sitio: nadie como Jesús para entregarse y, nadie como los cristianos, a la hora de ejercer la caridad como un distintivo de lo que somos y decimos creer. Cáritas, qué duda cabe, es un fiel reflejo de todo ello.

4.- El Corpus Christi pone sobre la mesa de las calles del mundo una realidad: Cristo camina, para que caminemos con Él. Cristo se da, para que nosotros nos demos con Él y desde Él. Cristo es aclamado y agasajado (envuelto en pétalos, incienso, desfiles, música y arte) para que no olvidemos que, la fe, también es belleza y que, esa beldad, es lo que hemos de llevar y cuidar luego en el corazón de cada uno.

5.-. No podemos conformarnos con acompañar a Jesús, en el día del Corpus, y a continuación, encerrarle –sin más trascendencia- en la conciencia de cada uno. Este año, la festividad del Corpus, nos debe de interpelar: ¿Qué hago yo por el Señor? ¿Manifiesto públicamente mis convicciones religiosas? ¿Son mis acciones y mis palabras destellos de que Dios vive en mí? ¿Soy custodia, que cuando se contempla, infunde caridad, cercanía, compromiso, justicia, paz, etc.?

6.- NO DEJES DE SALIR… SEÑOR

Porque,  sin Ti, el mundo se enfría
y  son otros los que, sin Ti, les dan un engañoso calor
Porque,  sin Ti, el hombre se envilece
y  convertimos este viejo paraíso en contienda entre el bien y el mal.
Porque,  sin Ti, olvidamos que el amor es fuente de felicidad
y  buscamos, en lo efímero, una alegría que es simple disfraz.
Porque,  sin Ti, nuestra tierra es huérfana
vacía  de sentimientos y exenta de esperanza.
No  dejes de salir, ni un solo año, Señor:
Porque  seguimos necesitando tu pan multiplicado
para  saciarnos y, luego, repartirlo a los hermanos
Porque  somos tan débiles como ayer
y,  al contemplarte, queremos recuperar la fuerza del creer
Porque,  nuestros pecados, pueden a veces con la virtud
y,  en esos pecados, viene escondido aquello que no es luz.
Porque,  nuestras almas, se llenan de trastos inservibles
no  permitiendo que, Tú, habites y reines en nuestro interior.

No dejes de salir, en el Corpus, Señor:
Y,  si ves que me nos he alejado de ti,

que  seas un imán que nos atraigas hacia la fuente de la verdad
Y,  si ves que te hemos dado la espalda,
alcánzanos  de frente para nunca más olvidarte
Y,  si ves que hemos perdido el apetito de lo divino,
acércanos  el cáliz de tu amor y de tu perdón.
Sí,  Señor; ¡no dejes de salir en custodia!
Deja,  que nos arrodillemos ante Ti
al  igual que, Tú, lo hiciste ante nosotros en Jueves Santo
Consiente,  que te hablemos al corazón de la Custodia
al  igual que, Tú, lo hiciste en cada uno de los nuestros
Que  presentemos al mundo este manjar
con  la misma pasión y fuerza,
con  la que Tú, nos lo dejaste en sencilla mesa
De,  que nos miremos los unos a los otros
para  cantar contemplando este Misterio.

¡No dejes de salir, Señor!
Que  nadie ocupe el lugar que te corresponde en el mundo

Que  nadie turbe la paz y la calma del día del Corpus
Que  nadie, creyéndose rey, se sienta más importante
Que  Aquel otro, que siéndolo, se hace una vez más siervo.

¡No dejes de salir, Señor!
Aquí  tienes nuestros corazones: haz de ellos una patena

Aquí  tienes nuestras mentes: haz de ellas un altavoz
Aquí  tienes nuestras manos: haz de ellas una carroza
Aquí  tienes nuestros ojos: haz de ellos dos diamantes
Aquí  tienes nuestras almas: haz de ellas el oro de tu custodia
Aquí  tienes nuestros cuerpos: haz de ellos las más auténticas
custodias  que nunca se cansen de anunciar por todo el mundo
que  sigues viviendo y permaneciendo eternamente presente
en  el gran milagro de la EUCARISTIA.

¡No dejes de salir, Señor!¿Nos dejas acompañarte?

Javier Leoz

Cristo «se deconstruye»

Desde que, hace unos años, se puso de moda la alta cocina, es muy común que los alimentos se presenten en grandes platos, de diferentes diseños, en cuyo centro se encuentra la ración correspondiente, que suele ser bastante pequeña y parece que “se pierde” en esos recipientes. El precio de estos menús suele ser bastante alto, pero se intenta justificar alegando a los ingredientes utilizados (de primera calidad), al proceso de cocinado (bastante complejo) y a la presentación (muy elaborada), que a veces no recuerda para nada el producto original. Así, hace unos años, un famoso cocinero español presentó una “tortilla de patata deconstruida”, cuyo aspecto exterior no se parecía a lo que estamos habituados cuando pensamos en una tortilla de patata (de hecho, se servía en una copa de cóctel), pero que realmente contenía todos los ingredientes de una clásica tortilla de patata.

Hoy estamos celebrando la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. En muchos lugares se organizan procesiones, para las que se utilizan Custodias muy ornamentadas, algunas de gran tamaño. El Santísimo es llevado bajo palio entre nubes de incienso, las calles se adornan y se preparan altares muy artísticos. También suelen participar los niños que han recibido recientemente la Primera Eucaristía, se echan pétalos de flores al paso de la Custodia, suena la banda de música…

Siguiendo con el ejemplo de la alta cocina, corremos el peligro de que toda esa “presentación” centre nuestra atención, y pasemos por alto el “Alimento” en función del cual se ha organizado todo, pero que casi “se pierde” en medio de ese “emplatamiento”. Porque como ocurre en la alta cocina, el Alimento, materialmente, es bastante pequeño y simple: una oblea blanca y redonda.

Sin embargo, hoy celebramos que ese Alimento, tan simple en cuanto a su aspecto y materia, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebramos que ese Alimento tan simple tiene el “ingrediente” de la mayor calidad: Cristo Resucitado; celebramos que ese Alimento tan simple ha tenido un complejo proceso de elaboración, que comenzó con la Encarnación del Hijo de Dios, que se fue preparando durante los años de su vida oculta en Nazaret, que fue fermentando y madurando durante su vida pública, y que llegó a su “punto exacto de preparación” en la Última Cena de Jesús, como hemos escuchado en la 2ª lectura: el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros…” Lo mismo hizo con el cáliz… Por todo esto, y más, este Alimento no tiene precio, es lo más valioso que tenemos en la Iglesia.

Hoy celebramos que, en la Última Cena, y como hacen los grandes cocineros con los platos tradicionales, Jesús “se deconstruye” para que, aunque el aspecto exterior de este Alimento no recuerde nada a su cuerpo físico, por la acción del Espíritu Santo la Eucaristía contenga los mismos “ingredientes”, su Cuerpo y Sangre, para que realmente estemos alimentándonos de Él.

Y aunque este Alimento no tiene precio, no es algo exclusivo para un reducido grupo de privilegiados, está al alcance de todos, por eso también dijo: haced esto en memoria mía. Hoy celebramos también que, en la Última Cena, Jesús nos dejó la “receta” para “cocinar” este Alimento que es Él mismo, su Cuerpo y su Sangre. Él se sigue “deconstruyendo” cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, para que podamos cumplir lo que ha pedido en el Evangelio: Dadles vosotros de comer, a tantos hambrientos de esperanza, de sentido para sus vidas, hambrientos de Dios.