Vísperas – San Ignacio de Loyola

VÍSPERAS

SAN IGNACIO DE LOYOLA, Presbítero

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
+ El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda ofreceré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 31 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 13,44-46
«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
«También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy presenta dos breves parábolas del Sermón de las Parábolas. Las dos son similares entre sí, pero con diferencias significativas para esclarecer mejor determinados aspectos del Misterio del Reino que está siendo revelado a través de estas parábolas.
• Mateo 13,44: La parábola del tesoro escondido en el campo. Jesús cuenta una historia bien sencilla y bien breve que podría acontecer en la vida de cualquiera de nosotros. Dice: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”.. Jesús no explica, sino que sencillamente dice: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo”. Así apremia casi a los oyentes a que compartan con los demás lo que esta historia suscitó en sus corazones. Comparto algunos puntos que he descubierto: (a) El tesoro, el Reino, ya está en el campo, ya está en la vida. Está escondido. Pasamos y pisamos por encima sin darnos cuenta. (b) El hombre encontró el tesoro. Fue por pura causalidad. No esperaba encontrarlo, pues no lo estaba buscando. (c) Al descubrir que se trata de un tesoro muy importante, ¿qué hace? Hace lo que todo el mundo haría para tener el derecho de poder apropiarse del tesoro. Va, vende todo lo que tiene y compra el campo. Así, junto con el campo adquiere el tesoro, el Reino. ¡La condición es vender todo! (d) Si el tesoro, el Reino, ya estaba en la vida, entonces es un aspecto importante de la vida que empieza a tener un nuevo valor. (e) En esta historia, lo que predomina es la gratuidad. Al tesoro se le encuentra por caso, más allá de las programaciones nuestras. El Reino ¡acontece! Y si acontece, tú y yo tenemos que sacar las consecuencias y no permitir que este momento de gracia pase sin fruto.
• Mateo 13,45-46: La parábola del comprador de piedras preciosas. La segunda parábola es semejante a la primera pero hay en ella una diferencia importante. Trata de descubrirla. La historia es la siguiente. “El Reino de los Cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.”. Comparto algunos puntos que descubrí: (a) Se trata de un mercader de perlas. Su profesión consiste en buscar perlas. Es lo único que hace en la vida: buscar y encontrar perlas. Buscando, encuentra una perla de gran valor. Aquí el descubrimiento del Reino no es pura causalidad, sino que es fruto de una larga búsqueda. (b) El mercader de perla entiende el valor de las perlas, pues muchas personas quieren venderle las perlas que encontraron. Pero el mercader no se deja engañar. El conoce el valor de su mercancía. (c) Cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo lo que tiene y compra esa perla. El Reino es el valor más grande.
• Resumiendo la enseñanza de las dos parábolas. Las dos tienen el mismo objetivo: revelar la presencia del Reino, pero cada una la revela de una manera diferente: a través del descubrimiento de la gratuidad de la acción de Dios en nosotros, y a través del esfuerzo y de la búsqueda que todo ser humano hace para ir descubriendo cada vez mejor el sentido de su vida.

4) Para la reflexión personal

• Tesoro escondido: ¿lo has encontrado alguna vez? ¿Has vendido todo para comprarlo?
• Buscar perlas: ¿cuál es la perla que tú buscas y que aún no has encontrado?

5) Oración final

Señor, yo, en cambio, cantaré tu fuerza,
aclamaré tu lealtad por la mañana;
pues has sido un baluarte para mí,
un refugio el día de la angustia.
(Sal 59,17)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 10, 13-16

13Y le traían niños para que los tocara; pero los discípulos les recriminaron.

14Pero, viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: “Dejad a los niños venir a mí, no se lo impidáis; porque de los que son como estos es el reino de Dios. 15En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, nunca entrará en él”.

16Y, abrazándolos, los bendecía imponiendo las manos sobre ellos».

<

p style=»text-align:justify;»>Tras proclamar la indisolubilidad del matrimonio (10,1-12), Jesús cambia ahora a un tema relacionado, el de los hijos, una progresión natural reflejada en otras obras de la literatura antigua judía y cristiana (cf. Ef 5,21-6,4; Col 3,18-21). Los antiguos códigos de virtudes domésticas trataban habitualmente, junto con el tema de la adquisición de las riquezas, de tres tipos de relaciones: esposa-marido, hijos-padres y amo- esclavo. De las dos primeras se trata en las dos perícopas iniciales de Mc 10 (10,1-12; 10,13-16) y de la última, en el penúltimo pasaje del capítulo (10,43-44). La riqueza, además, es el tema de las dos perícopas siguientes (10,17-22; 10,23-31). Marcos, pues, pudo haber modelado el capítulo 10, sobre todo su tríptico inicial, sobre el esquema de los códigos helenísticos de virtudes domésticas. 
En cuanto a la estructura: el principio del pasaje, en el que traen los niños a Jesús para que este los toque (10,13a), se recapitula al final pero modificado, pues en él Jesús no solo los toca sino que también los toma en sus brazos y los bendice (10,16); Jesús hace más de lo que le piden. Entre la petición y su cumplimiento, los discípulos plantean objeciones al acercamiento de los niños (10,13b), pero el Maestro refuta su argumento. Su respuesta ocupa el centro del pasaje y consiste en una réplica concreta a la queja de los discípulos (10,14) y en una instrucción general que hace de los niños modelos del discipulado (10,15). La fórmula introductoria, «En verdad os digo…» resalta la importancia de esta última enseñanza. 


<

p style=»text-align:justify;»>• 10,13-16: Un grupo no especificado trae niños a Jesús, para que los toque y los bendiga (10,13a). Probablemente el trasfondo más relevante de la acción de Jesús es la bendición paterna de los hijos, frecuente en el Antiguo Testamento (Gn 9,26-27; 27,1-40; 28,1-4; etc.). El ejemplo más importante de esta práctica es la bendición de Jacob a los hijos de José, Efraín y Manasés, en Gn 48. Esta bendición consistía en un abrazo (48,10) y una imposición de manos (48,14), similar a la conclusión de nuestro pasaje (10,16). 
Sea cual fuere el trasfondo, los discípulos están en contra y lo muestran censurando a los padres (10,13b). En el Antiguo Testamento se hallan esfuerzos similares de discípulos para restringir el acceso a sus maestros (2Re 4,27), pero la vehemencia particular del rechazo de los discípulos de Jesús y la reacción de este, igualmente dura («recriminaban…; se indignó…»), exige una explicación más amplia. Es provechoso ver el equivocado intento de los discípulos de limitar el acceso a Jesús como parte del amplio motivo marcano del malentendido. La torpeza de los discípulos es aquí especialmente pronunciada porque Jesús los ha instruido recientemente sobre la necesidad de recibir a los niños (9,35- 37); el caso, pues, es paralelo al de 8,1-9, donde los discípulos no caen en la cuenta de la capacidad de Jesús de proporcionar pan… ¡justo después de haberlo demostrado magníficamente en 6,30-44! La torpeza mental de los apóstoles encaja así en un modelo de incomprensión que en otros lugares de Marcos, como aquí, provoca réplicas irritadas de Jesús (cf. 4,13; 8,16-21.32-33). Nuestro pasaje recuerda particularmente 8,32-33, donde el «jefe» de los discípulos amonesta a Jesús y recibe a su vez el reproche de este por ser incapaz de ver que Dios puede operar por medio de lo débil, bajo y despreciado en el mundo…, en este caso, la deshonra y el sufrimiento de la cruz (cf. 1Cor 1,27-28). 
Sin embargo, la exaltación por parte de Jesús del niño como modelo de discipulado sorprendería probablemente a los lectores antiguos como algo insólito. En la antigüedad en general, los rasgos dominantes de la imagen del niño eran su vulnerabilidad, dependencia y la marginalidad social; es revelador que uno de los vocablos principales para designar a los «niños» (tap) puede denotar en el hebreo bíblico a personas dependientes en general. En textos antiguos judíos se muestra a menudo ternura hacia los niños, pero generalmente no sirven de modelo religioso. Lo contrario es más bien lo verdadero frecuentemente; como manifestaba un rabino: «El sueño durante la mañana, el vino al mediodía, la conversación con niños y el sentarse en las casas de las ‘gentes de la tierra’, sitúan a una persona fuera del mundo». Los niños, pues, aunque no sean un mal, pueden ser una distracción para la 
tarea seria, propia de los adultos, de estudiar la Torá y practicar las buenas acciones, para las cuales los pequeños no están cualificados.
La pieza central de nuestro pasaje invierte esta imagen común de los niños: precisamente estos seres deficientes, que no tienen ningún derecho intrínseco a reclamar su pertenencia como participantes en el reino de Dios, constituyen sus ciudadanos principales (10,14c). Esta inversión, con la cual Jesús favorece al despreciado sobre el estimado, repite su enseñanza anterior en el evangelio: él ha venido para llamar a los pecadores, no a los justos; al enfermo más que al sano, al último y no al primero (cf. Mc 2,17; 9,35). Jesús obra así, no porque los niños, el enfermo o el injusto posean virtudes ocultas, sino debido a la peculiar dinámica vinculada a la acción de Dios en el mundo, ejemplarizada en el sorprendente enigma de que nadie puede entrar en el reino de Dios sin antes haberlo recibido primero (10,15).

La misericordia divina, que es el interés central de nuestro pasaje, queda maravillosamente demostrada al final, cuando Jesús confirma con un gesto la actitud de aceptación que acaba de proclamar, tomando en brazos a los niños, bendiciéndolos y poniendo sus manos sobre ellos (10,16). Este gesto, más allá de su posible resonancia paternal, es la confirmación del sentido de la llegada apocalíptica que ha impregnado el relato desde las referencias al reinado de Dios en 10,14-15. Estas referencias comenzaban en un contexto de ira por ambas partes que apuntaba hacia el juicio apocalíptico («los recriminaban… se indignó…»), mas ahora ceden el paso a una conclusión que apunta hacia la restauración última del mundo por la misericordia de Dios, que todo lo abarca.

Pero los que van a «entrar en el reino de Dios» tienen que pagar un precio: transformarse en instrumentos humanos para extender el abrazo divino que recupera el mundo para Dios. Los dos pasajes siguientes del evangelio, estrechamente relacionados entre sí, harán hincapié en ese precio a la vez que en la promesa de que los que estén dispuestos a pagarlo recibirán el ciento por uno.

Comentario del 31 de julio

Jesús sigue proponiendo parábolas sobre el Reino de los cielos, su tema de predilección: El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El tesoro es siempre algo de gran valor; mucho más valioso que el lugar en que se encuentra y lo oculta. Es un tesoro, pero está escondido. Ese es su estado inicial o embrionario, podríamos decir: oculto en el seno del mundo. Si alguien quiere hacerse con él, tiene que descubrirlo; pero tras descubrirlo tendrá que emplear todos los medios necesarios para convertirlo en su propiedad. Tendrá que comprar el campo, vender posesiones, empeñar la hacienda, etc. Sólo así podrá obtener finalmente su propiedad.

Jesús ofrece con el Reino de los cielos un tesoro de valor incalculable o una perla de singular rareza y de extraordinario valor: algo por lo que puede empeñarse todo, puesto que es mucho más valioso que el lugar en el que se oculta, ese mundo en el que germina y crece hasta el tiempo de la cosecha. ¿O es que no es más valiosa la vida eterna que esta vida mortal y caduca que vivimos en este mundo? El problema está en que esa vida que se nos promete está oculta a nuestra mirada y escapa a nuestra comprobación. Pero objetivamente hablando no hay comparación entre una Vida y otra. Más valioso es lo menos expuesto al deterioro, lo más resistente al tiempo, lo eterno. Pero querer hacerse con ese tesoro es haberlo descubierto previamente como tal tesoro, apreciar realmente su inmenso valor. Entonces, tras este descubrimiento, uno hará lo que haya que hacer, venderá lo que haya que vender, para adquirir esta perla de valor imperecedero.

Jesús había proclamado en las bienaventuranzas, a propósito de los poseedores de este tesoro: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. O también: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán (otra posesión) a Dios. El tesoro será, pues, de los que hayan vendido o se hayan despojado; por eso son pobres. Pero para ser pobres de espíritu no basta con ser pobres; es preciso tener espíritu desprendido de los bienes de este mundo, espíritu capaz de compartir lo que se posee y capaz de no codiciar lo que no se posee: espíritu de amor. Éste es el único espíritu con el que se puede vivir en el Reino de los cielos y, por tanto, poseer este Reino como se posee un tesoro; pero un tesoro capaz de compartirse. Ahí está su valor primordial, que puede ser compartido por muchos, que nunca se agota porque tiene un valor infinito.

Muchas veces solemos entender que nuestro mayor tesoro en la vida es una persona: una madre, una esposa, un hijo. Y así lo expresamos abiertamente, llamándole «tesoro». Pues bien, el tesoro personal que se nos descubre en el Reino de los cielos es el mismo Jesucristo. Sin su presencia no se concibe el Reino; tampoco se concibe sin su amistad y sin su salvación del pecado, del mal, de la muerte. Esto es lo que aporta el Salvador. Y puesto que ya podemos experimentar esta salvación y esta amistad parcialmente, ya podemos sentirnos en posesión de este tesoro, y disfrutar con él. Descubrir a Jesucristo como Salvador real es encontrar el tesoro; de modo que todo lo demás (=lo que no es él) empieza a perder valor: puede venderse, dejarse o perderse, con la sensación de que se deja o se pierde poco; pues comparado con el tesoro vale muy poco.

El Reino de los cielos (como el tesoro) acaba siendo de los que lo descubren y lo adquieren. Según esto, parecen quedar excluidos de semejante posesión los que no lo han descubierto porque no lo han buscado o los que no lo han adquirido porque no lo han valorado suficientemente (como verdadero tesoro) y no han sido capaces de emplear sus posesiones en su adquisición. En todas estas posturas se supone la culpabilidad; de lo contrario no se les podría acusar de pereza, negligencia, ceguera o servidumbre. En definitiva que este Reino también tendrá su afuera (o su frontera); y habrá quienes se vean excluidos sin remisión.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

76. Quizás «aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más?»[31]. Intenta aprender a llorar por los jóvenes que están peor que tú. La misericordia y la compasión también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de hacer algo de corazón por los demás.


[31] Discurso a los jóvenes en Manila (18 enero 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (23 enero 2015), p. 12.

Comentario Domingo XVIII de Tiempo Ordinario

Oración preparatoria

A veces quisiera sumirme en un espacio de paz, de quietud, de pausa. Quisiera dejar la mente en blanco, serenarme con un paisaje infinito, olvidar las tareas urgentes, los correos por responder, las prisas que me llevan de un lado a otro siempre apresurado. Quisiera dejarme acunar por el silencio, olvidarme de todo por un rato. Disfrutar de un poco de soledad, estar contigo ahí, sin más, en Tu Palabra… AMEN.

 

Lc 12, 13-21

«13Pero uno de la muchedumbre le dijo: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”.

14Pero él le dijo: “¡Hombre! ¿Quién me constituyó juez o repartidor entre vosotros?”.

15Pero les dijo: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de uno, por sobreabundantes que sean”.

16Pero dijo una parábola a ellos diciendo:
“El campo de un hombre rico fructificó mucho;

17y pensaba entre sí mismo diciendo: ‘¿Qué haré? Porque no tengo dónde almacenar mis cosechas’.

18Y dijo: ‘Haré esto: Voy a demoler mis graneros y edificaré [otros] más grandes yalmacenaré allí todo mi trigo y mis bienes,

19y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años: descansa, come, bebe, banquetea’.

20Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta noche reclaman tu alma de ti; pero las cosas preparadas, ¿para quién serán?’.

21Así es el que atesora [bienes] para sí mismo y no se enriquece para Dios”».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

Después de animarnos a una profunda relación con Dios Padre, el evangelio lucano sigue su curso. Se van intercalando episodios con reacciones negativas y polémicas, como ante los exorcismos de Jesús (Lc 11,14-22), la exigencia de signos de una generación “malvada” (11,29-32), o los “ayes” contra fariseos y legistas (11,37-54), con otros de tenor positivo, como las alabanzas de una mujer (11,27-28) y las enseñanzas sobre la lámpara (11,33-36). El capítulo 12 es, casi todo, un largo discurso de Jesús a los discípulos, a los que llama “amigos míos”(12,4). Comienza con una llamada a la confianza en la providencia divina y a la opción firme por Jesús (12,1-12) y, frente a esa actitud, la enseñanza sobre el peligro de las riquezas, que es el evangelio de hoy (12,13-21). Y, frente al buscar insensatamente la seguridad en lo material, el evangelio nos presenta, con un esplendor maravilloso, la llamada de Jesús a confiar en la Providencia (12,22-32) y una primera consecuencia, la renuncia a los bienes materiales (12,33-34).

 

TEXTO

El evangelio se compone de dos partes mayores: un diálogo (vv. 13-15) más unaparábola (vv. 16-20); y una conclusión exhortativa o parenética (v. 21). El diálogo sirve para que Jesús extienda su enseñanza a los discípulos (v. 14: le dijo; v. 15: les dijo). La enseñanza advierte contra la codicia desde una reflexión sapiencial humana. Sobresale el matiz adversativo (muchos “peros” que indican los distintos intereses del hombre y de Jesús). La parábola explicita el v. 15, caricaturizando a un rico muy egoísta (muchos “mis”) para hacer ver, también desde una reflexión sapiencial, que los bienes abundantes no garantizan la vida. En cambio, la última enseñanza del v. 21 tiene una motivación teológica: acumular bienes no entra en la “lógica de Dios”.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• Jesús no entra en cosas tan banales (para él) como el reparto de herencias, pero aprovecha la ocasión para ofrecer su punto de vista: la codicia y la acumulación de bienes no encajan en la vida de un discípulo. Podemos reflexionar en torno a las cosas que nos importan y las cosas que importan a Jesús: ¿hay mucha coincidencia o hay mucha divergencia? ¿En qué aspectos?

• Notad los “peros” en el diálogo primero y los “íes” en la parábola: el rico está encantado de haberse conocido. Destaca su posesividad egoísta: mis graneros,mi trigo, mis bienes, mi alma… Es un comportamiento “necio” e “insensato”: es inútil preocuparse por acumular bienes cuyo disfrute no es seguro; es inútil confiar en unos bienes que no garantizan la vida.

• Atención al término “alma”: no es la mejor traducción; el alma no come ni bebe ni banquetea. El término griego “psyché”, que se suele traducir por “alma”, significa más bien “persona”, “vida”, “proyecto vital”, eso sí, considerados desde su cualidad espiritual. Lo que está en juego no es el alma, es la VIDA; y no son los bienes materiales los que la garantizan. ¿Qué nos enseña este evangelio en estos tiempos de crisis en los que la preocupación por lo material parece ocuparlo todo?

• La acumulación de bienes nos separa de Dios, que es finalmente el que garantiza la pervivencia de toda persona. Un poco más adelante, el evangelio nos ofrece su alternativa: leed 12,22-32 (abandono en la Providencia) y 12,33-34 (renuncia a los bienes). La solidaridad activa nos une a Dios y a los hermanos necesitados. ¿Qué hacemos y qué podemos hacer desde esta perspectiva?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis: Domingo XVII de Tiempo Ordinario

XVIII Domingo de Tiempo Ordinario
4 de agosto 2019

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

La vida del hombre no depende de la abundancia de bienes.

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

Reflexión

Jesús dice: la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes, ¿Qué significa esto? (Jesús sabe que lo más importante es llegar a la vida eterna no almacenar muchos materiales.) ¿Como llegamos a la vida eterna? (Amando a Dios y amando al prójimo.) ¿Como podemos amar a Dios? (Pasando tiempo con El orando y en misa; adorándolo en el Santísimo Sacramento; leyendo la biblia; obedeciendo sus mandamientos…) ¿Como amamos al prójimo? (Compartiendo nuestro tiempo y cosas, ayudando, siendo amable…)

Actividad

En la siguiente página, colorear y poner un círculo alrededor de las personas que siembran para la vida eterna.

Oración

Señor, gracias por obtenernos la vida eterna. Gracias por enseñarnos como amar y como ser felices. Ayúdanos a amarte y a amarnos más todos los días. Ayúdanos a llegar a la Vida Eterna. Amen.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

¿Hay alguno de ustedes que desee aprender cómo capturar a un mono? Bueno, puedo contarte una historia de cómo capturan a los monos en algunos lugares del mundo. Primero, cogen una calabaza, le hacen un hueco pequeño y le ponen arroz dentro. Finalmente, amarran las calabazas y esperan a que llegue el mono.

Los monos son tan avaros que son engañados todo el tiempo con este truco. El mono mete su mano dentro de la calabaza para coger el arroz, toma un puñado de arroz, pero luego no puede sacar su mano por el hueco de la calabaza. Su puño cerrado no cabe por el hueco pequeño.

El mono es tan glotón que no suelta su puñado de arroz. Sencillamente espera manteniendo el puñado de arroz dentro de la calabaza hasta que los hombres vienen y lo capturan.

Bueno, creo que entiendes la moraleja de esta historia: No seas avaro y egoísta o terminarás siendo un “mono”.

En nuestra lección bíblica de hoy, un hombre vino a Jesús y dijo: “Por favor, dile a mi hermano que divida conmigo la herencia que nos dejó nuestro padre.”

Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me hizo juez para decidir cosas como esa? Entonces le dijo: “¡Cuidado! Aléjense de toda clase de avaricia. La vida no se mide por las cosas que posees.”

Entonces le contó una historia: “Un hombre rico poseía una tierra fértil que producía buenas cosechas. Se dijo: ‘¿Qué debo hacer? No tengo suficiente espacio en mi granero para almacenar todo mi grano y mis bienes y decirme: “Descansa, come, bebe y goza de la vida”.

“Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Morirás esta misma noche. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?'»

“Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.”

Escucha lo que la Palabra de Dios dice. No dejes que la avaricia y la codicia te conviertan en un “mono”.

Amado Padre, ayúdanos a sentirnos satisfechos con todo lo que generosamente nos has dado y a vigilar nuestros deseos avaros y codiciosos. En el nombre de Jesús oramos. Amén.

Comentario al evangelio – 31 de julio

No, el reino de Dios, las cosas de Dios, no son cantidades despreciables. Ni son como materia desdeñable, bisutería, baratijas. Son lo más valioso. Ningún precio es demasiado alto para obtenerlas, hay que venderlo todo. Recordamos el proverbio: «Quien quiere comprar a Dios y se guarda el último céntimo, es un tonto, porque a Dios solo se le compra con el último céntimo».

A esto se lo llama “el principio del todo” (G. Lohfink) o la norma de la totalidad. Los santos lo han vivido. Basta espigar unos pocos ejemplos: «mi Dios y mi todo» (San Francisco de Asís, y lema de los franciscanos); «ámalo totalmente» (Clara de Asís); «tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer; vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta» (Ignacio de Loyola, cuya memoria celebrábamos ayer); «Ya toda me entregué y di / y de tal suerte he trocado / que mi Amado es para mí / y yo soy para mi amado» (Teresa de Ávila); «A Dios toda la gloria, al prójimo toda la alegría, a mí todos los sacrificios» (María Bertila Boscardin).

¿Estamos dispuestos a vivir la economía del todo? ¿Nos asusta ese principio?