Vísperas – Lunes XIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Col 1, 9b-11

Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que, recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Trata con bondad a tu pueblo, Señor

Salva a tu pueblo, Señor,
— y bendice tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos,
— para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
— que difundan en todas partes la fragancia de Cristo.

Muestra tu amor a los agonizantes:
— que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
— y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y, ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 1 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 8,18-22

Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: « Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

3) Reflexión

• Desde la 10ª Semana del Tiempo Ordinario hasta la 12ª Semana, durante tres semanas, meditamos los capítulos de 5 a 8 del evangelio de Mateo. Dando secuencia a la meditación del capítulo 8, el evangelio de hoy presenta las condiciones del seguimiento de Jesús. Jesús decide ir para otra orilla del lago y una persona le pide seguirle (Mt 8,18-22).

• Mateo 8,18: Jesús manda pasar a la otra orilla del lago. Jesús había acogido y curado a todos los enfermos que la gente le había traído (Mt 8,16). Mucha gente se juntó a su alrededor. Viendo esa multitud, Jesús decidió ir para la otra orilla del lago. En el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca gran parte de sus informaciones, el contexto es diferente. Jesús acababa de terminar el discurso de las parábolas (Mc 4,3-34) y dijo: “¡Vamos para el otro lado!” (Mc 4,35), y en el barco de donde había hecho el discurso (cf. Mc 4,1-2), los discípulos lo llevan a otro lado. De tan cansado que estaba, Jesús se durmió en la popa sobre el cojín. (Mc 4,38).

• Mateo 8,19: Un doctor de Ley quiere seguir a Jesús. En el momento en que Jesús decide atravesar el lago, un doctor de ley se acerca y dice: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.” Un texto paralelo de Lucas (Lc 9,57-62) trata el mismo asunto, pero de una forma algo distinta. Según Lucas, Jesús había decidido ir para Jerusalén donde iba ser condenado a muerte. Tomando rumbo hacia Jerusalén, entra en el territorio de Samaría (Lc 9,51-52), donde tres personas piden seguirle (Lc 9,57.59.61). En Mateo, que escribe para judíos convertidos, la persona que quiere seguir a Jesús es un doctor de la ley. Mateo acentúa el que es una autoridad de los judíos la que reconoce el valor de Jesús y que pide ser discípulo. En Lucas, que escribe para paganos convertidos, las personas que quieren seguir a Jesús son samaritanos. Lucas acentúa una apertura ecuménica de Jesús que acepta también a no judíos como discípulos.

• Mateo 8,20: La respuesta de Jesús al doctor de la Ley. La respuesta de Jesús es idéntica tanto en Mateo como en Lucas, y es una respuesta muy exigente que no deja dudas: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” Quien quiere ser discípulo de Jesús tiene que saber lo que hace. Tiene que examinar las exigencias y calcular bien, antes de tomar una decisión (cf. Lc 14,28-32). “Del mismo modo, cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

• Mateo 8,21: Un discípulo pide poder enterrar a su padre que ha fallecido. Alguien que era discípulo pide permiso para poder enterrar a su padre: «Señor. Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Con otras palabras, pide a Jesús que remita a más tarde la travesía del lago, para después del entierro de Jesús. Enterrar a los padres era un deber sagrado de los hijos (cf Tb 4,3-4).

• Mateo 8,22: La respuesta de Jesús. De nuevo, la respuesta de Jesús es muy exigente. Jesús no aplaza su viaje para el otro lado del lago y dice a su discípulo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Cuando Elías llamó a Eliseo, dejó que Eliseo volviera a casa para despedirse de sus padres (1Reyes 19,20). Jesús es mucho más exigente. Para entender todo el alcance de la respuesta de Jesús conviene recordar que la expresión Deja que los muertos sepulten a sus muertosera un proverbio popular usado por la gente para significar que no hay que gastar energía en cosas que no tienen futuro y que no tienen nada que ver con la vida. Un proverbio así no puede tomarse al pie de la letra. Debe mirarse el objetivo con qué fue usado. Así que, aquí en nuestro caso, por medio del proverbio, Jesús acentúa la exigencia radical de la vida nueva a la que llama a las personas y que exige abandonarlo todo para poder seguir a Jesús. Describe las exigencias del seguimientode Jesús.

• Seguir a Jesús. Como los rabinos de la época, Jesús reúne a discípulos y discípulas. Todos ellos «siguen a Jesús«. Seguirera el término que se usaba para indicar la relación entre el discípulo y el maestro. Para los primeros cristianos, Seguir a Jesús significaba tres cosas muy importantes, enlazadas entre sí:

a) Imitar el ejemplo del Maestro: Jesús era el modelo que había que imitar y re-crear en la vida del discípulo y de la discípula (Jo 13,13-15). La convivencia diaria permitía un confronto constante. En la «escuela de Jesús” se enseñaba sólo una única materia: el Reino, y este Reino se reconocía en la vida y en la práctica de Jesús.

b) Participar del destino del Maestro: Quien seguía a Jesús debía comprometerse con él a «estar con él en sus en sus pruebas» (Lc 22,28), inclusive en las persecuciones (Mt 10,24-25) y en la cruz (Lc 14,27). Tenía que estar dispuesto a morir con él (Jn 11,16).

c) Tener la vida de Jesús dentro de sí: Después de Pascua, a la luz de la resurrección, el seguimiento asume esta tercera dimensión: «Vivo, más no vivo yo, es Cristo que vive en mí» (Gl 2,20). Se trata de la dimensión mística del seguimiento, fruto de la acción del Espíritu. Los cristianos tratan de rehacer en sus vidas el camino que Jesús había recorrido, muriendo en defensa de la vida y resucitado por el poder de Dios (Fil 3,10-11).

4) Para la reflexión personal

• Ser discípulo, discípula, de Jesús. Seguir a Jesús. ¿Cómo estoy viviendo el seguimiento de Jesús?
• Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo tienen nido; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Cómo vivir hoy esta exigencia de Jesús?

5) Oración final

Los que lo miran quedarán radiantes,
no habrá sonrojo en sus semblantes.
Si grita el pobre, Yahvé lo escucha,
y lo salva de todas sus angustias. (Sal 34,6-7)

Recursos – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo.

2. Acoger a los fieles que están de paso.

Los textos de hoy nos invitan a la alegría, a mirar lejos. En este domingo y a lo largo de los meses de Julio y Agosto (tiempo de vacaciones), debería ofrecerse una atención particular a los fieles que están de paso, un saludo inicial. El celebrante puede también dirigir unas palabras en otra lengua, en el caso de haber algún grupo de extranjeros. Lo importante es que ellos se sientan acogidos como hermanos en comunión en la Eucaristía.

3. Eco al Evangelio.

La paz en la construcción del Reino de Dios. Sería bueno “notificar” en los avisos finales algunas acciones concretas que suceden en nuestro mundo, en nuestro país, en el lugar donde estamos en favor de la paz y de la construcción del Reino de Dios. Si es posible, alguna acción en donde los cristianos se puedan comprometer directamente.

4. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: “Dios fiel, que velas por tu Pueblo como una madre por su hijo, te damos gracias por los consuelos que le anunciaste en otro tiempo, cuando estaba abatido y desorientado. Te confiamos nuestra solidaridad para con los exiliados y las víctimas de las catástrofes, de las guerras y de las violencias, para con todos aquellos que son expulsados de sus casas”.

Después de la segunda lectura: “Padre, te damos gracias por la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Era un instrumento de muerte, pero se convirtió para nosotros y para el mundo entero en el principio de una nueva creación y de un nuevo Israel de Dios. Te pedimos por todos nuestros hermanos que llevan en su cuerpo la marca del sufrimiento. Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con nuestro espíritu.

Al finalizar el Evangelio: “Señor de la mies, bendito seas por tu Hijo Jesús, por los setenta y dos discípulos y por todos los misioneros que nos muestran la presencia de tu Reino. Te bendecimos, porque nuestros nombres están inscritos en los cielos. Señor de la mies, te pedimos: ¡que venga tu reino, que hay paz en nuestras casas! Envía obreros a tu mies”.

5. Oración Eucarística.

Plegaria Eucarística I. Es larga, pero significa una oportunidad para hacer memoria de los santos que dieron su vida por el Reino. Después de los nombres de Matías y Bernabé, se puede añadir: “de todos los discípulos que el Señor envió a trabajar a su mies y de todos los santos…”.

6. Palabra para el camino.

“¡Poneos en camino!”.Julio-Agosto: multitudes se dirigen a los lugares de turismo. Para unos, tiempo de distanciarse de la práctica religiosa. Para otros, ocasión para recuperar energía en la fe.

“La mies es abundante y los obreros pocos. ¡Poneos en camino!” Como a los setenta y dos discípulos, él nos envía a aquellos con los que nos vamos encontrar durante el verano. ¿Con quién “perderemos el tiempo” para hablar de esta maravillosa noticia: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”?

¡¿Y por qué no empleamos las vacaciones (o parte de ellas) en una acción de voluntariado en nuestro país o en un país de misión?!

Comentario del 1 de julio

           Ayer mismo reflexionábamos sobre el pasaje paralelo del evangelio de san Lucas. Pero la versión de Mateo introduce alguna particularidad digna de ser reseñada. Según Mateo, el que se acerca a Jesús con disponibilidad de seguirle adondequiera que vaya es un letrado; suponemos que un letrado que, atraído por su enseñanza, desea convertirse en discípulo suyo. Se dirige a él como Maestro, expresándole su intención de seguirle sin condiciones: Te seguiré –le dice- a donde vayas. Su disponibilidad es total: en su seguimiento está dispuesto a ir adonde el Maestro le lleve, más cerca o más lejos, quizá incluso hasta la pérdida de la propia vida. Su confianza en el Maestro recién descubierto parece firme. Pero ésta podía ser la misma firmeza de que daba muestras Simón Pedro cuando decía: Aunque todos te abandonen, yo no te dejaré.

           Y Jesús le pone sobre aviso. No quiere junto a sí a seguidores inconscientes de las implicaciones del seguimiento: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. No le augura, por tanto, éxitos ni riquezas. No le puede asegurar siquiera un lugar donde reposar, salvo él mismo; porque el que no tiene donde reclinar la cabeza se dará a sí mismo como «lugar» de descanso: Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. Jesús se ofrece, por tanto, como descanso de los que no tienen lugar donde reposar. No sabemos si ante este panorama que se le desvelaba, aquel letrado mantuvo sus propósitos iniciales de seguir a Jesús sin condiciones, como extendiendo un cheque en blanco.

           El segundo interlocutor de la llamada ya no es un letrado, sino un discípuloque, invitado por Jesús al seguimiento, le dice: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. La llamada a uno que ya es discípulo y, por tanto, seguidor de Jesús, parece implicar un mayor grado de compromiso. Pero éste pone alguna condición, al menos temporal: Déjame primero. Hay, por consiguiente, una urgencia o prioridad que le retiene momentáneamente: la sepultura de su padre. Se trata de un deber de piedad filial que merecería ser tenido en cuenta; pero esta obligación del hijo para con su padre no deja de ser una atadura que impide, también momentáneamente, el seguimiento o la diligencia en el seguimiento.

           La respuesta de Jesús, aún sonando dura y desconsiderada hacia tales deberes naturales, resalta la seriedad o gravedad de la llamada, haciendo de ella una ocasión casi irrepetible: Tú, sígueme–le dice-. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Jesús parece instarle a levar anclas, a romper amarras, a liberarse incluso de ese entorno familiar que le tiene apresado y le impide ejecutar sus decisiones con libertad. Es como si le dijera: «Deja esos asuntos para otros; tú tienes cosas más importantes que hacer». Tales cosas no pueden ser sino las relativas al Reino de los cielos, en comparación con las cuales, todo lo demás es añadidura, aunque se trate de algo tan sagrado como enterrar a los muertoso dar sepultura a los seres queridos. En la escala de momento, no hay nada más importante que el Reino de los cielos y su implantación en el mundo. Ante esta prioridad misional, cualquier otra ocupación pasa a ser añadidura, esto es, cosa secundaria.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID

Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

46. María era la chica de alma grande que se estremecía de alegría (cf. Lc 1,47), era la jovencita con los ojos iluminados por el Espíritu Santo que contemplaba la vida con fe y guardaba todo en su corazón de muchacha (cf. Lc 2,19.51). Era la inquieta, la que se pone continuamente en camino, que cuando supo que su prima la necesitaba no pensó en sus propios proyectos, sino que salió hacia la montaña «sin demora» (Lc 1,39).

Homilía – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

TODOS ENVIADOS, TODOS MISIONEROS

LA FE ES UN COMPROMISO MISIONERO

Por si alguien tiene dudas y cree que el envío de los Doce no se refiere a todos los cristianos, Lucas ofrece el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar la Buena Noticia, para que quede patente que ser misionero no es sólo cometido de sacerdotes, religiosos y algunos seglares escogidos. Pablo VI escribe: «La orden dada a los Doce: ‘Id y proclamad la Buena Noticia’ vale también, aunque de manera diversa para todos los cristianos. Por esto Pedro los define ‘pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable’ (1 Pe 2,9)» (EN 13). La fe, en sí misma, entraña un compromiso misionero.

Los sacerdotes y los religiosos no nos diferenciamos de los seglares porque unos tengan la misión de anunciar el Evangelio y otros no, sino por el modo de hacerlo. Los sacerdotes están llamados a realizarlo públicamente, en las reuniones del pueblo de Dios. Y los seglares siendo «la Iglesia en el mundo», a través sobre todo del contacto personal en sus ambientes. La Iglesia de los orígenes creció gracias a la acción de los seglares que, al expandirse por los diversos lugares, fueron brasas que prendieron nuevas hogueras, nuevas comunidades cristianas. El seglar ha de implicarse en la acción misionera no por situaciones de emergencia, de falta de vocaciones sacerdotales, sino por urgencia de su propia vocación de cristiano. El sujeto de la evangelización es la comunidad cristiana, toda ella, cada uno de sus miembros según su propio carisma.

Es preciso concienciarse de que anunciar a Cristo no es un deber enojoso y oprimente, como no lo es presentar a un amigo a los demás. Es, más bien, un honor inmerecido. Pablo sentía esta misión como un increíble privilegio: «A mí, el más insignificante de todos los consagrados me concedieron este don: anunciar a los paganos la inimaginable riqueza de Cristo» (Ef 3,8). Prestar nuestros labios, nuestro ser para que nazca Cristo en el otro, en el familiar, en el amigo, en el compañero, para que surja un grupo o una pequeña comunidad cristiana, es un privilegio que no nos merecemos.

Por lo demás, callar la Buena Noticia sería una traición a los demás, sobre todo a los que más queremos. Si realmente tenemos la experiencia de que la amistad con el Señor nos hace felices, llena nuestra vida, nos libera, ¿cómo vamos a dejar de contárselo a otros si queremos para ellos lo mejor, la felicidad, su realización como personas? En este sentido es esclarecedor el testimonio de Leonardo Mondadori. «A pesar de ser un hombre cargado de éxito y de tenerlo todo, yo me sentía profundamente vacío por dentro. Gracias a la orientación de un amigo, encontré a Cristo, y soy el hombre más feliz del mundo. Pasé del vacío a la alegría». ¿No hubiera sido una traición grave por parte del amigo el no haberle presentado a Cristo?

Un amigo mío reprocha duramente a sus amigos cristianos: «¿Por qué no me presentasteis antes a este gran Amigo, que es Cristo? ¿Por qué lo callasteis? ¿Por qué he tenido que malvivir, vivir amargado y perder tantos años de mi vida, sufrir el vacío, porque no me hablasteis de él, cuando él es ahora el sentido de mi vida y la fuente de mi felicidad? Por eso, santa Mónica no descansó hasta ver a su hijo Agustín retornar al banquete del Reino. Lamentablemente, la gran mayoría de los padres «cristianos», que han asumido en el bautismo de sus hijos la honrosa misión de ser sus educadores en la fe, «sus primeros y principales educadores» han transferido su misión al colegio religioso, a organizaciones y catequesis parroquiales. Naturalmente, presentar a Jesús a los hijos o nietos no es simplemente decir: «Vete a misa», «tienes que rezar», «tienes que confesarte y comulgar», como quien le dice que tiene que ir al colegio y tratar de aprobar. Presentar a Jesús es narrar la propia experiencia de liberación, de paz, de alegría que produce en nosotros la relación con Cristo.

Afirma Pablo VI: «El que ha sido evangelizado, evangeliza. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización; es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que, a su vez, da testimonio y anuncia» (EN 24). Lo que puede parecer hoguera por sus apariencias, no lo es si no calienta y da luz. Lo que puede parecer fe no lo es si no irradia luz y calor misioneros. Dicho de forma rotunda, el que no anuncia su fe, no la tiene. Así de simple.

Pero también es cierto que nos confirmamos en la fe el día que la confesamos y la anunciamos con entusiasmo. Juan Pablo II asegura: «Si quieres crecer en la fe, anúnciala; si quieres fortalecerte en el amor y seguimiento de Jesús, proclámalos». Esto es lo que testifican los catequistas. El mejor camino para aprender es enseñar. Habrá padres verdaderamente formados el día en que se preocupen de formar bien a sus hijos. Con cristianos vergonzantes no iremos a ninguna parte.

PEDAGOGÍA MISIONERA

Con respecto al anuncio del Evangelio hay que decir rotundamente: «La letra con cariño entra». La aceptación del mensaje exige como condición previa e imprescindible la aceptación del mensajero. La amistad, la bondad, la simpatía, la comprensión del mensajero, la apertura, los valores humanos del mensajero, del catequista, de los padres, predisponen a la aceptación del mensaje cristiano. El que recibe el mensaje ha de tomar su anuncio como una prueba más de afecto, de amistad del mensajero, sin pretensión proselitista o éxito apostólico.

Criticaba un agnóstico a sus amigos: «Apenas me habláis en serio de vuestras convicciones religiosas». Me dio vergüenza cuando me lo contaba. «Si quieres hacerme llorar, tienes que llorar primero», era una de las consignas de retórica de los clásicos. «Si quieres convencerme y conmoverme, tienes que estar convencido y conmovido tú primero», decían también.

Jesús, en lo que se ha llamado regula apostólica (manual del apóstol), señala una serie de exigencias que no puedo comentar en este espacio breve de una homilía. Señala que los enviados (misioneros) han de ir dedos en dos, en comunidad, aunque sea mínima, porque la que evangeliza es la comunidad, y también por una simple razón de seguridad en aquellos tiempos en que caminar entre poblaciones entrañaba peligro de asaltos y despojos.

Indica, así mismo, que los misioneros ejerzan su ministerio profético desde la pobreza. Sería una increíble paradoja anunciar la bienaventuranza de la pobreza, de la sencillez, de la paz, con una vida de ricos, con medios poderosos y con talante autoritario. El evangelio tiene fuerza en sí mismo, tiene suficiente poder de fascinación como para necesitar la ofuscación de los medios. Pablo renuncia a hacer alardes de sabiduría, a deslumhrar a sus misionados, para evitar que, más que creer en Jesús y éste crucificado (1Co 2,2), crean en el caudal de su sabiduría (1Co 1,13). La Causa de Jesús no necesita de la parafernalia de las causas políticas o comerciales, ni de la demagogia, ni de los juegos politiqueros ni de una oratoria capciosa; necesita, sobre todo, la vibración de un testigo que narra su fe con entusiasmo.

Con respecto al contenido, es preciso tener en cuenta que Jesús señala que el enviado ha de proclamar la Buena Noticia haciéndola realidad: sanando a los enfermos, a los atormentados por el sinsentido, los miedos, la soledad, los rencores… Es necesario dar señales de vida.

Pablo VI apunta: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN 41). Está claro que lo que Jesús necesita no es tanto profesores de religión, doctores en teología, sino, sobre todo, testigos.

Atilano Alaiz

Lc 10, 1-12.17-20 (Evangelio Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

El Evangelio nos sitúa, otra vez, en el contexto del camino de Jesús hacia Jerusalén. Nos presenta una etapa más de ese “camino espiritual”, durante el cual Jesús va ofreciendo a los discípulos la plenitud de la revelación del Padre y preparándoles para continuar, después de su marcha, la misión de llevar el Evangelio a todos los hombres.

La historia del envío de los 72 discípulos es una tradición exclusiva de Lucas. Sería una historia extraña e inesperada, si la viésemos como un relato fotográfico de acontecimientos concretos: ¿de dónde vienen estos 72, que no son nombrados ni por Mateo ni por Marcos y que aquí aparecen surgidos de la nada?

Se trata, fundamentalmente, de una catequesis a través de la cual Lucas ofrece, a los discípulos de todos los tiempos, una reflexión sobre la misión de la Iglesia, en su caminar por el mundo.

Se trata, por tanto, de una catequesis. En ella, Lucas enseña que el cristiano tiene que continuar en el mundo la misión de Jesús, haciéndose como testigo, para todos los hombres, de esa propuesta de salvación/liberación que Cristo vino a traer.

El texto comienza por presentar el número de los discípulos enviados: 72 (v. 1). Se trata, evidentemente, de un número simbólico, que debe ser puesto en relación con Gn 10 (en la versión griega del Antiguo Testamento), donde ese número indica la totalidad de las naciones paganas que habitan en la tierra. Significa, por tanto, que la propuesta de Jesús es una propuesta universal, destinada a todos los pueblos, de todas las razas.

Después, Lucas señala que los discípulos fueron enviados de dos en dos. Se trata de asegurar que su testimonio tiene valor jurídico (cf. Dt 17,6; 19,15), y se trata también de sugerir que el anuncio del Evangelio es una tarea comunitaria, que no se realiza por propia iniciativa, sino en comunión con los hermanos.

Lucas indica, además, que los discípulos son envidaos a las aldeas y localidades a donde Jesús “pensaba ir”. De esa forma, indica que la tarea de los discípulos no es predicar su propio mensaje, sino preparar el camino de Jesús y dar testimonio de él.

Después de esta presentación inicial, Lucas pasa a describir la forma como la misión se debe realizar.

Hay, en primer lugar, un aviso acerca de la dificultad de la misión: los discípulos son enviados “como corderos en medio de lobos” (v. 3). Se trata de una imagen que, en el Antiguo Testamento, describe la situación del justo, perdido en medio de los paganos (cf. Ben Sira 13,17; en algunas versiones, esta imagen aparece en 13,21). Aquí expresa la situación del discípulo fiel, frente a la hostilidad del mundo.

Hay, en segundo lugar, una exigencia de pobreza y simplicidad para los discípulos en misión: los discípulos no deben llevar consigo ni bolsa, ni alforja, ni sandalias; no deben detenerse a saludar a nadie por el camino (v. 4); tampoco deben ir de casa en casa (v. 7).

Las indicaciones de no llevar nada para el camino sugieren que la fuerza del Evangelio no reside en los medios materiales, sino en la fuerza liberadora de la Palabra; la indicación de no saludar a nadie por el camino indica la urgencia de la misión(que no permite detenerse en las interminables salutaciones típicas de la cortesía oriental, con el peligro de que lo esencial, el anuncio del Reino, fuera continuamente diferido), la indicación de que no se debe ir de casa en casa sugiere que la preocupación fundamental de los discípulos debe ser la dedicación total a la misión y no el encontrar una hospitalidad más confortable.

¿Cuál ha ser el anuncio fundamental que los discípulos deben presentar? Deben comenzar anunciando “la paz” (vv. 5-6). No se trata aquí, únicamente, del saludo normal entre los judíos, sino del anuncio de esa paz mesiánica que preside el Reino. Es el anuncio de ese mundo nuevo de fraternidad, de armonía con Dios y con los otros, de bienestar, de felicidad (todo aquello que es sugerido por la palabra hebrea “shalom”). Ese anuncio debe ser completado con gestos concretos de liberación, que muestren la presencia del Reino en medio de los hombres (v. 9).

Las palabras de amenaza a propósito de las ciudades que rechacen acoger el mensaje (vv. 10-11) no deben ser tomadas al pie de la letra: son una forma muy oriental de sugerir que el rechazo del Reino traerá consecuencias nefastas para la vida de aquellos que eligen continuar recorriendo caminos de egoísmo, de orgullo y de autosuficiencia.

En los versículos 17-20, Lucas relata el resultado de la acción misionera de los discípulos. Las palabras con las que Jesús acoge a los discípulos describen, figuradamente, la presencia del Reino en cuanto una realidad liberadora (las serpientes y escorpiones son frecuentemente, símbolos de las fuerzas del mal que esclavizan a los hombres; la “caída de Satanás” significa que el reino del mal comienza a deshacerse, en confrontación con el Reino de Dios).

A pesar del éxito de la misión, Jesús avisa a los discípulos sobre la tentación del orgullo por la obra realizada: ellos no deben quedarse contentos por el poder que les ha sido confiado, sino porque sus nombres están “inscritos en el cielo” (la imagen de un libro en el que están inscritos los nombres de los elegidos es frecuente en esta época, particularmente en los apocalipsis, cf. Dn 12,1; Ap 3,5; 13,8; 17,8; 20,12.15; 21,27).

Para la reflexión, considerad las siguientes cuestiones:

El Evangelio que hoy se nos propone sugiere, esencialmente, que los discípulos, la totalidad de los discípulos, son responsables de la continuidad del proyecto liberador de Jesús, del proyecto del Reino en el mundo.
¿Somos verdaderamente conscientes de esto?

¿Cómo anunciamos a Jesús en la práctica?
¿Jesús se ha hecho presente, efectivamente, en nuestro trabajo, escuela, comunidad, familia?
¿De quién es la responsabilidad, si Jesús todavía parece estar tan ausente de tantos sectores de la vida actual?
¿Conseguimos dormir tranquilos cuando el egoísmo, la injusticia, la esclavitud se asientan a nuestro alrededor e impiden al Reino hacerse presente?

El ser “cordero en medio de lobos” y el no llevar “ni bolsa, ni alforja, ni sandalias” sugiere que el anuncio del Reino no depende del poder de los instrumentos utilizados.
Intentar conquistar poder económico o político para después imponer el Evangelio, controlar los mas media o utilizar sofisticadas técnicas de marketing para “vender” la propuesta del Reino es negar la esencia del Evangelio, que es amor, compartir, servicio, vividos en sencillez, en humildad, en desprendimiento.

El “no andéis de casa en casa” sugiere que los misioneros deben contentarse con aquello que ponen a su disposición y vivir con sencillez y sin exigencias.
Su objetivo no es enriquecer su vivir de acuerdo con el último grito del confort o de la moda; su prioridad es el anuncio del Reino: todo lo demás es secundario.

El anuncio del “Reino” no se agota en las palabras, sino que debe ser acompañado de gestos concretos. El misionero tiene que mostrar en sus gestos el amor, el servicio, el perdón, la donación que anuncia con las palabras (si eso no sucede, su testimonio es hueco, hipócrita, incoherente y no convencerá a nadie).

Gál 6, 14-18 (2ª lectura Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

Terminamos hoy la lectura de la Carta a los Gálatas. En los domingos anteriores, ya dijimos cuál es la cuestión fundamental abordada en esta carta: frente a las exigencias de los “judaizantes” (según los cuales los cristianos, además de creer en Cristo, deben cumplir escrupulosamente la Ley de Moisés y, de forma especial, adherirse a la circuncisión), Pablo considera que sólo Cristo interesa y que todo lo demás son leyes y ritos no necesarios o, aún peor, generadores de esclavitud.

Este texto pertenece a la conclusión de la carta (cf. Gal 6,11-18). Es una especie de remate, en el cual Pablo resume toda su argumentación anterior a propósito de Cristo, de la Ley y de la salvación.

Pablo comienza denunciando cuáles son los intereses que mueven a los “judaizantes” que predican la circuncisión: tienen por finalidad evitar la persecución(haciendo del cristianismo únicamente una rama del judaísmo y, por eso, una “religión lícita” a los ojos del imperio); además de eso, son personas deseosas de sobresalir, para quienes la circuncisión que imponen a los otros sirve para mostrar el fruto de su proselitismo (el “prosélito” era un pagano convertido a la observancia de la fe judía).

Eso no tiene ninguna importancia para Pablo. El único título de gloria que le importa al apóstol es la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Hablar de la “cruz de Jesucristo” es hablar de la donación total de la vida, de la entrega de sí mismo por amor. Ese (y no la circuncisión o la práctica de los ritos de la Ley de Moisés) es el gran objetivo de Pablo y de su predicación, pues es la muerte al egoísmo y el nacimiento al amor(realizados y representados en la cruz) los que hacen surgir al “Hombre Nuevo”, al “Israel de Dios”, el nuevo Pueblo de Dios.

Precisamente aquí (v. 15), Pablo inaugura uno de sus temas favoritos, al cual volverá en las cartas posteriores: el tema del Hombre Nuevo en Cristo Jesús. En la perspectiva paulina, la identificación del cristiano con el Cristo de la cruz, esto es, con el Cristo del amor total, hará surgir un Hombre Nuevo, liberado del egoísmo y de la preocupación por sí mismo, capaz de amar sin medida. Ese Hombre Nuevo, imagen de Jesucristo, será capaz de superar el pecado y la muerte y llegar a la vida plena, a la felicidad total.

Por lo demás, el mismo Pablo lucha personalmente por llegar a ese objetivo. Además, él ya lleva en su cuerpo “las marcas de Jesús” (v. 17). Esta indicación no parece referirse a la presencia en el cuerpo de Pablo de las señales físicas de la pasión de Jesús (“estigmas”), sino las cicatrices reales dejadas por las heridas recibidas por Pablo en el ejercicio de su apostolado. En la sociedad grego-romana, cada esclavo llevaba una marca, como señal de su pertenencia a un determinado dueño; así, las marcas de su sufrimiento a causa del Evangelio muestran que Pablo pertenece a Cristo, que es propiedad suya: por ellas, Pablo, demuestra su voluntad de amar, de dar la vida y su pertenencia inalienable a ese Cristo cuyo amor se hace entrega en la cruz.

Esta carta es la única en la que la palabra “hermanos” aparece en el saludo final (v. 18): es un grito, al mismo tiempo de angustia y de confianza, que apela a la comunión y que manifiesta la esperanza en el restablecimiento de la fraternidad.

Para la reflexión, considerad las siguientes cuestiones:

Como Pablo, cada creyente es un enviado a ser testigo de Cristo crucificado, o sea, a anunciar a todos los hombres que sólo desde un amor radical, desde un amor hasta las últimas consecuencias se genera vida y nace el Hombre Nuevo. Este camino es, sin embargo, un camino de exigencia, pues nos lleva a la confrontación con el pecado, con el egoísmo, con la injusticia, con la opresión. ¿Yo estoy, como Pablo, dispuesto a recorrer este camino con coraje profético?

Se produce, a veces, alguna perplejidad acerca de la identidad fundamental del cristiano.
¿Cuál es, verdaderamente, la esencia de nuestra experiencia cristiana? ¿El discípulo de Cristo es alguien que se distingue por el uniforme que viste, por la cruz que lleva al cuello, por el papel que alguien firmó el día del bautismo, por los ritos que realiza, por la observancia de ciertas leyes, o es alguien que se distingue por su identificación con Cristo, con el Cristo del amor, de la entrega, de la donación de la vida?

¿Cuáles son, verdaderamente nuestros títulos de gloria: la cuenta bancaria, los diplomas universitarios, el estatus social, el éxito profesional, los admiradores incondicionales que circulan a nuestro alrededor?
¿O son los gestos de amor, de solidaridad, de donación, de entrega y las heridas inferidas en nosotros en la lucha por la justicia, por la verdad y por la paz?

Is 66, 10-14c (1ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Los capítulos 56-66 del Libro de Isaías (designados generalmente como “Trito- Isaías”) son atribuidos por la mayor parte de los estudiosos a diversos autores, vinculados espiritualmente al Deutero-Isaías (el autor de los capítulos 40-55 del Libro de Isaías).

Sobre esos autores no sabemos rigurosamente nada, a no ser que anunciaron su mensaje en los últimos años del siglo VI y primeros años del siglo V antes de Cristo.

Nos encontramos en Jerusalén, algunos años después del regreso del Exilio de Babilonia. La reconstrucción se realiza muy lentamente y en condiciones penosas; la mayoría de la población de Jerusalén se encuentra hundida en la miseria; los enemigos atacan continuamente y condicionan muy negativamente el esfuerzo de recons- trucción; la esperanza está en crisis.

El Pueblo pregunta: “¿cuándo va a realizar Dios las promesas que hizo, ya en Babilonia, a través del Deutero-Isaías?”

Los profetas de la época intentan, entonces, presentar un mensaje de salvación y alimentar la esperanza, a fin de que el Pueblo recobre las fuerzas y la confianza en Dios. Es en ese contexto en el que podemos situar este himno que la primera lectura nos ofrece: el profeta presenta un cuadro de restauración de la ciudad (cf. Is 66,7-14) e invita a sus habitantes a la alegría.

En este marco de restauración, el objetivo fundamental del profeta es “consolar” al Pueblo, martirizado, sufriente, angustiado, que no ve grandes expectativas de futuro y que ha perdido la esperanza.

¿Cómo “expresa” el profeta el mensaje que Dios le ha confiado?

Todo el cuadro gira en torno a la presentación de Jerusalén como una madre. Después de dar a luz a su hijo (el pueblo), sin esfuerzo y antes de tiempo (cf. Is 66,7), la madre/Jerusalén lo alimenta con leche abundante y reconfortante (cf. Is 66,11). Las expresiones utilizadas evocan muy sugerentemente, la imagen de la fecundidad, de la riqueza, de la vida en abundancia. Todo es fácil, rápido, abundante, pleno. Sin embargo, el profeta es consciente de que es Dios quien está detrás de esta corriente de vida y de fecundidad que la madre/ciudad dispensa al hijo/pueblo.

En la “traducción” de la imagen, el profeta sitúa a Dios llevando a la ciudad/madre (para que después ella distribuya al hijo/pueblo) la paz y la riqueza de las naciones. La paz (“shalom”) expresa aquí bienes mayores que la ausencia de guerra: incluye la salud, la fecundidad, la prosperidad, la amistad con Dios y con los otros; es, por tanto, sinónimo de felicidad total. Es eso lo que Dios quiere para su Pueblo y que quiere ofrecerle en abundancia.

Particularmente sugerente es la forma como se habla de Dios. Él es el padre que da al hijo/pueblo la vida abundante y plena, que lo acaricia y consuela como una madre. El profeta presenta al Pueblo a un Dios que ama y que, cada día, va al encuentro de los hombres para regalarles la salvación. De ahí la insistente invitación a la alegría.

Considerad las siguientes cuestiones, para la reflexión:

Esta propuesta de “consuelo” viene de Dios y alcanza al corazón del Pueblo a través de la acción y del testimonio profético. Es a través del profeta como Dios actúa en el mundo, como consuela los corazones heridos, como revitaliza la esperanza, como salva de la muerte, como libera del miedo.

Todos los creyentes son profetas y todos comparten esta misión.
¿Asumo e intento realizar, día a día, esta propuesta profética y procuro testimoniar la esperanza?

Dios es el padre que da la vida en abundancia y la madre que acaricia y consuela. ¿Es esta la perspectiva que tenemos de Él?
¿Sabemos “leer” nuestra vida a la luz de la bondad de Dios, mirar los acontecimientos como signos de su amor?

¿Sabemos manifestarle nuestra gratitud?
¿Es este Dios de amor al que procuramos anunciar, con palabras y con gestos?

La insistente invitación a la alegría realizada por el profeta nos afecta a nosotros también. El miedo y la angustia no pueden ser nuestros compañeros de viaje, pues creemos en el amor y en la bondad de Dios que nos acompaña, que nos acaricia, que nos consuela y que hace amanecer para nosotros, todos los días, ese mundo nuevo de vida plena y abundante.

¿Aquellos a los que la vida ha herido y que han perdido la esperanza encuentran en nuestras comunidades (cristianas o religiosas) un testimonio que les consuele y que les anime?
¿Qué tenemos que transmitir a los enfermos incurables, a los que han perdido a la familia y las referencias y viven en la calle, a los inmigrantes explotados, a los marginados, a los fracasados?

Comentario al evangelio – 1 de julio

Retomando la lectura del libro del Génesis nos encontramos con Abrahán intercediendo por los habitantes de Sodoma. Abrahán ha sido testigo del Dios justo y misericordioso que, más allá de fiscalizarlo o condenarlo, lo acompaña paciente y providentemente. Esto lo constata el patriarca en su relación esponsal con Sara; ambos, han debido reconocer sus errores y madurar en el amor. Abrahán confía que la ciudad se salvará más que por el proceder de los justos (cuyo número es irrelevante), cuanto por la misericordia del Dios en el que tiene puesta su confianza.

En el evangelio, Jesús se presenta como aquel que «no tiene donde reclinar su cabeza», solidarizándose con los «sin lugar». A quienes lo sigan les recuerda que han de vivir en libertad total frente a lo material, las personas y las normas religiosas. Esto nos remite a comunidades que: disciernen sobre el uso de sus bienes y no se apegan a ellos; no hacen distinción de personas, atendiendo preferentemente a los más débiles y necesitados; no imponen ni obligan, sino que dan testimonio y acompañan.

Una vida centrada en sí misma, se olvida de su entorno y de servir a los demás. Volcarnos a los demás nos da la posibilidad de sensibilizarnos e implicarnos en procesos de reivindicación y de defensa de la vida. Quien quiera colaborar con el proyecto del Reino ha de vivir a contracorriente del mundo buscando, a impulso del Espíritu, espacios de vida alternativos más incluyentes.

Pidamos a Dios nos conceda la libertad que tuvo Jesús para no apegarse a los bienes materiales y, con valentía, evitemos el consumismo excesivo que nos vuelve dependientes e inseguros. Nos dé su Espíritu, compasivo y solidario, para seguirlo junto a aquellas personas que pasan haciendo el bien y comprometiéndose con todo lo que cuida y defiende la vida.

Fredy Cabrera, cmf.