Vísperas – Lunes XIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XIV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro SeñorJesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 8 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que, quienes han sido librados de la esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 9,18-26
Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá.» Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió, y al verla le dijo: « ¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado.» Y se salvó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: « ¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y esta noticia se divulgó por toda aquella comarca. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos lleva a meditar dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres. El primero fue a favor de una mujer considerada impura por una hemorragia irregular, que padecía desde hacía doce años. El otro, a favor de una muchacha que acababa de fallecer. Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocara la sangre o un cadáver era considerada impura y quien la tocaba, quedaba impuro/a. Sangre y muerte ¡eran factores de exclusión! Por esto, esas dos mujeres eran personas marginadas, excluidas de la participación en comunidad. Quien las tocara, quedaría impuro/a, impedido/a de participar en la comunidad y no podía relacionarse con Dios. Para poder ser readmitida en la plena participación comunitaria, la persona tenía que pasar por el rito de la purificación, prescrito por las normas de la ley. Ahora, curando a través de la fe la impureza de aquella señora, Jesús abrió un camino nuevo para Dios, un camino que no dependía de los ritos de purificación, controlados por los sacerdotes. Al resucitar a la muchacha, venció el poder de la muerte y abrió un nuevo horizonte para la vida.
• Mateo 9,18-19: La muerte de la muchacha. Mientras Jesús estaba hablando, un jefe del lugar vino a interceder para su hija que acababa de morir. El pide a Jesús que fuera a imponer la mano a la muchacha, “y ella vivirá”. El jefe cree que Jesús tiene el poder de devolver la vida a la hija. Señal de mucha fe en Jesús, de parte del padre de la muchacha. Jesús se levanta y va con él, llevando consigo a que siguen: la curación de la mujer con doce años de hemorragia y la resurrección de la muchacha. El evangelio de Marcos presenta los mismos dos episodios, pero con muchos detalles: el jefe se llamaba Jairo, y era uno de los jefes de la sinagoga. La muchacha no estaba muerta todavía, y tenía doce años, etc. (Mc 5,21-43). Mateo abrevió la narración tan viva de Marcos.
• Mateo 9,20-21: La situación de la mujer. Durante la caminada hacia la casa del jefe, una mujer que sufría desde hacía doce años de hemorragia irregular, se acerca a Jesús en busca de curación. ¡Doce años de hemorragia! Por esto vivía excluida, pues, como dijimos, en aquel tiempo la sangre volvía impura a la persona. Marcos informa que la mujer se había gastado todo su patrimonio con los médicos y, en vez de estar mejor, estaba peor (Mc 5,25-26). Había oído hablar de Jesús (Mc 5,27). Por esto, nació en ella una nueva esperanza. Decía: “Con sólo tocar su manto me salvaré”. El catecismo de la época mandaba decir: “Si toco su ropa, quedo impuro”. La mujer pensaba exactamente lo contrario. Señal de mucho valor. Señal de que las mujeres no estaban del todo de acuerdo con todo lo que las autoridades religiosas enseñaban. ¡La enseñanza de los fariseos y de los escribas no consiguió controlar el pensamiento de la gente! ¡Gracias a Dios! La mujer se acercó a Jesús por detrás, tocó su manto, y quedó curada.
• Mateo 9,22: La palabra iluminadora de Jesús. Jesús se da la vuelta y, viendo a la mujer, declara: “¡Animo, hija! Tu fe te ha salvado.” Frase breve, pero que deja transparentar tres puntos muy importantes: (a) Al decir “Hija”, Jesús acoge a la mujer en la nueva comunidad, que se formaba a su alrededor. Ella deja de ser una excluida. (b) Acontece de hecho aquello que ella esperaba y creía. Queda curada. Muestra esto, de que el catecismo de las autoridades religiosas no era correcto y que en Jesús se abría un nuevo camino para que las personas pudiesen obtener la pureza exigida por la ley y entrar en contacto con Dios. (c) Jesús reconoce que, sin la fe de aquella mujer, él no hubiera podido hacer el milagro. La curación no fue un rito mágico, sino un acto de fe.
• Mateo 9,23-24: En la casa del jefe. En seguida, Jesús va para la casa del jefe. Viendo el alboroto de los que lloraban por la muerte de la muchacha, Jesús manda que todo el mundo salga de la casa Dijo: “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!”. La gente se ríe, porque sabe distinguir cuando una persona está dormida o cuando está muerta. Para la gente, la muerte era una barrera que nadie podía superar. Es la risa de Abrahán y de Sara, esto es, de los que no consiguieron creer que nada es imposible para Dios (Gn 17,17; 18,12-14; Lc 1,37). Las palabras de Jesús tienen un significado más profundo aún. La situación de las comunidades del tiempo de Mateo parecía una situación de muerte. Ellas también tenían que oír: “¡No es muerte! ¡Ustedes están durmiendo! ¡Despiértense!”
• Mateo 9,25-26: La resurrección de la muchacha. Jesús no dio importancia a la risa del pueblo. Esperó que todos estuvieran fuera de la casa. Luego entró, tomó a la muchacha por la mano y se levantó. Marcos conserva las palabras de Jesús: “Talita kúmi!”, lo que quiere decir: Muchacha, ¡levántate! (Mc 5,41). La noticia se esparció por toda aquella región. Y la gente creyó que Jesús es el Señor de la vida que vence la muerte. 

4) Para la reflexión personal

• Hoy, ¿cuáles son las categorías de personas que se sienten excluidas de la participación en la comunidad cristiana? ¿Cuáles son los factores que hoy causan la exclusión de tantas personas y le dificultan la vida tanto en familia como en la sociedad?
• “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!” ¿Estás durmiendo? Pues, ¡despierta! Este es el mensaje del evangelio de hoy. ¿Qué me dice a mí? ¿Soy de aquellos que se ríen? 

5) Oración final

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.
Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites. (Sal 145,1-3)

Recursos – Domingo XV de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. “¡Escucha la voz del Señor tu Dios!”

Para expresar la llamada de atención de la primera lectura, se puede poner de relieve la Palabra de Dios por medio de un gesto, un signo: llevar solemnemente el leccionario en la procesión de entrada; o hacer una procesión del leccionario al inicio de la liturgia de la Palabra.

3. Explicar el sentido de las tres señales de la cruz.

Antes de la proclamación del Evangelio, el presidente puede explicar el sentido de las tres señales de la cruz (en la frente, en la boca, en el pecho) y su relación con la primera lectura.

4. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: Señor, Dios nuestro, que no te mantienes alejado sino que te manifiestas próximo a nosotros, te damos gracias por tu Palabra. Tú haces que la entendamos en nuestras asambleas. Te rogamos: haznos volvernos hacia ti, que tu Espíritu nos impregne con tu Palabra, que ella esté en nuestra boca y en nuestro corazón, para la pongamos en práctica.

Después de la segunda lectura: Cristo Jesús, imagen del Dios invisible, todo fue creado por Tí y para Tí, Tú existes antes que todos los seres y todo subsiste en Tí, Tú eres la cabeza de la Iglesia y nosotros somos tu cuerpo; Tú tienes el primado de todo, en la vida y en la resurrección , nosotros te bendecimos. Te rogamos: que la paz adquirida por tu sangre se extienda por nuestras comunidades y por todo el universo.

Al finalizar el Evangelio: Dios de ternura, te damos gracias por Jesús tu Hijo, que enviaste como buen Samaritano a nuestra humanidad herida por los odios e injusticias. Él nos socorre, nos levanta y nos cura. Te pedimos por todos los heridos de la vida y por nosotros mismos, porque Tú nos envías junto a nuestro prójimo, aquí y allá lejos, para proseguir la obra de tu Hijo.

5. Oración Eucarística.

La Plegaria Eucarística “para las circunstancias particulares” (Plegaria Eucarística V b) está dentro de la tonalidad del Evangelio de hoy.

6. Palabra para el camino.

“¿Y quién es mi prójimo?”
Excelente cuestión la de este doctor de la ley que busca una buena receta para “para heredar la vida eterna”.
Pero, no hay una respuesta fácil, ni en los labios de Jesús, ni en Internet.
“¡Amarás!”
En el caminar de nuestra semana procuremos inventar nuestra relación con los hermanos, reencontrados.
¿Quién será nuestro prójimo?
Pero sobre todo, ¿de quién nos haremos nosotros prójimo?
¿A quién nos vamos a aproximar concretamente para poner en práctica esta invitación a amar?
“Anda, haz tú lo mismo”, nos dice Jesús.

Comentario del 8 de julio

Jesús alterna encuentros colectivos e individuales sin solución de continuidad. Le vemos rodeado por la multitud, dirigiendo la palabra a grupos numerosos, pero también atendiendo a la persona que se le acerca para solicitar un favor. Es lo que se pone de relieve en el pasaje evangélico al que hoy nos enfrentamos. Mientras Jesús hablaba (se supone que a un grupo de personas), se acercó a Jesús un personaje, que se arrodilló ante él y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza y vivirá.

El término empleado por Mateo da a entender que el personaje que se acerca a Jesús es alguien que ocupa un alto rango en el escalafón social. Pero en su presencia no deja de ser sino un «mendicante» que implora un beneficio del posible benefactor. Por eso, adoptando esta actitud se arrodilla ante él. Se trata de su hija, una hija a la que acaba de perder. Puede que la hija sea su mayor tesoro. Por ella estaría dispuesto a darlo todo. Aquel hombre muestra una gran confianza en Jesús y en su poder de sanación; pero entiende que semejante acto requiere proximidad y contacto. Por eso reclama su presencia: ven, le dice, ponle la mano en la cabeza y vivirá. Bastará este contacto milagroso para que su hija recupere la vida que acaba de perder. Es esta convicción la que la ha llevado ante él.

Una convicción similar muestra tener esa mujer enferma de hidropesía, una mujer que padecía desde hacía doce años hemorragias frecuentes y que, pensando que bastaría con tocarle el manto para curarse, se acercó por detrás a Jesús y le tocó. Aquel mínimo contacto con lo más exterior del Maestro, el manto con el que se cubría, la curó realmente; y Jesús refrenda el hecho con sus palabras, porque dirigiéndose a esta mujer que quería pasar inadvertida, le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. De nuevo la fe y su extraordinario poder. Pero no era sólo la fe, sino la fe y el contacto con el sanador. La fe le había acercado a Jesús y de éste había salido la fuerza curativa que le proporciona la salud. No hay milagro sin fe, pero tampoco hay milagro sin Dios; la misma fe que opera el milagro es fe en el poder de Dios que se deja ver en sus mediaciones y mediadores.

Pero Jesús continúa su camino porque tiene otra cita y otro compromiso; y llegado a la casa del personaje que había solicitado angustiosamente su presencia, se encuentra el alboroto de la gente. Jesús les echa fuera afirmando que la difunta no está muerta, sino dormida. Ello provocó la risa desatada y burlona de los presentes. Pero él, entrando en la estancia de la niña, la tomó de la mano y al instante ella se puso en pie, recuperando la vida. La noticia se divulgó por toda la comarca, y no era para menos; a Jesús no se le resistía siquiera la muerte, pues no sólo curaba a los enfermos, sino que resucitaba a los muertos, permitiéndoles recuperar la vida perdida. Eran hechos tan asombrosos que tenían que suscitar necesariamente preguntas de este cariz: ¿Quién es éste que hasta la enfermedad y la muerte le obedecen? ¿Quién es éste que tiene en su poder no sólo curar a un enfermo, sino devolver la vida a un muerto?

Es Jesús de Nazaret, que pasa, le responden sus acompañantes a aquel ciego que, al oír el alboroto del gentío, pregunta. Lo que quizá no supieran aún con claridad es que ese Jesús era nada menos que el Verbo encarnado o el Hijo de Dios hecho hombre. Sólo esto podía explicar suficientemente el asombro que tales obras provocaban en las gentes sencillas que no hallaban explicación para las mismas. Pidamos al Señor que mantenga nuestra capacidad de asombro ante todos esos fenómenos que nos transcienden, porque superan nuestra ciencia y nuestra técnica.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo XV de Tiempo Ordinario

UN AMOR COMO DIOS MANDA

EL AMOR, LO CENTRAL DE LA LEY

Estamos ante una auténtica joya literaria dentro de la literatura universal, al igual que lo es la parábola del hijo pródigo. Joya por el contenido y por la belleza de la expresión. Es una escenificación del mensaje básico del amor.

El fariseo le pregunta a Jesús qué es lo fundamental, el camino para entrar en la vida eterna. Jesús le responde con una pregunta: «¿Cuál es el mandamiento principal, el más importante de la ley?». El centro de la ley no es el culto, sino el servicio al hermano, el perdón, la actitud fraterna para con el otro: «Si al presentar tu ofrenda, te das cuenta de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda en el altar y vete a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24). El levita y el sacerdote prefieren pasar de largo ante el malherido e ir a ofrecer el culto ya que, de haberle atendido, hubieran contraído la impureza legal, que les hubiera incapacitado para el culto.

Jesús, por una parte, denuncia la religiosidad cargada de hipocresía y, por otra, anuncia el amor como consigna fundamental. Es precisamente el hereje, el proscrito, el intocable, el que se acerca al malherido. A ellos les preocupa mucho el rezo y el culto, pero no les importa nada el prójimo que sufre.

Jesús no responde a la pregunta del fariseo con discursos teóricos; presenta el amor en acción, señala gráficamente a través de una parábola cómo hay que amar, da una definición descriptiva, vivencial, de lo que es el verdadero amor.

 

«PERO UN SAMARITANO…» (AMOR UNIVERSAL)

En primer lugar, señala que el auténtico amor es «universal». El samaritano sabe que el hombre que está tendido y tundido a palos es un judío; está en territorio judío; sabe que los judíos le desprecian, le tienen por un leproso espiritual. Pero no le importa. Lo único que le preocupa es saber que allí hay un ser humano que se desangra, que sufre, que le necesita, y esto le basta.

Jesús viene a decir que si hoy un palestino o un israelí encuentra en el camino a un malherido, a un necesitado del bando contrario, ha de amarle de verdad y ha de inclinarse para socorrerle en la necesidad.

Con ello Jesús recuerda que no puede haber frontera para nuestro amor y nuestra ayuda, ni siquiera cuando se trata de enemigos: «Si amáis a los que os aman, si ayudáis a los que os ayudan, ¿qué mérito tenéis?» (Mt 5,46-48). Si amáis sólo a los de vuestra familia, a los de vuestro círculo… eso lo hacen hasta los increyentes y los agnósticos.

«AL VERLO, LE DIO LÁSTIMA» (AMOR AFECTIVO)

Jesús afirma, además, que al samaritano, al verlo, «le dio lástima», se com-padeció («padeció con» él), hizo suyo su sufrimiento, se le conmovieron las entrañas. Como diría Pablo, «lloró con el que lloraba» (Rm 12,15), sufrió con el que sufría. Es decir, le amó con amor afectivo. El samaritano no trata de cumplir a regañadientes un deber para no cometer un pecado de omisión o para apuntarse un ingreso más en su cuenta del cielo. No, «se compadeció». Fue el corazón el que movilizó todo su ser para socorrer.

Decía un agnóstico: «Yo no creo en la otra vida y, sin embargo, me encanta ayudar a los demás». No se trata de un farol que se echa. Los vecinos y amigos confirman unánimemente que es así. La parábola invita e incita a poner todo el corazón en lo que hacemos por los demás y a revisar hasta qué punto lo estamos haciendo aquí y ahora. ¿Atiendo al necesitado que encuentro en el camino, al familiar que tengo a mi lado, al anciano o enfermo, al que viene a la oficina con alegría, con delicadeza, con amor, haciéndome cargo de su situación o, tal vez, lo hago con un mal talante, con una cierta aspereza o sequedad?

«LE VENDÓ LAS HERIDAS» (AMOR EFECTIVO)

Jesús sigue describiendo minuciosamente el socorro que, con todo mimo, presta el samaritano a aquel enemigo de su pueblo: «Se le acerca, le desinfecta las heridas con vino y se las unge con aceite, se las venda, le monta en la cabalgadura, lo lleva a la posada, le hace compañía durante todo el día, paga su posada y la del enfermo, y se compromete a pagar todo lo demás que gaste hasta que el herido esté en disposición de irse. El socorro ha sido completo. Jesús describe que la ayuda del samaritano ha sido minuciosa; le ha atendido como si fuera un hermano. El samaritano le ha amado con hechos; su amor ha sido efectivo además de afectivo.

Un pensador cristiano ha escrito: «No se trata de enjugar vagamente unas lágrimas, lo cual se hace pronto… ni de sentir un poco de misericordia, lo cual es demasiado fácil… Se trata de negarse a seguir sesteando suave y tranquilamente cuando todo clama y se desespera a nuestro alrededor… Se trata de no ser felices solos… Porque no somos cristianos si llamamos a Dios ‘Padre’ y negamos el pan al hermano. Porque un corazón que no reacciona ante la miseria… es un miserable». Corremos el peligro de que nuestro amor se quede en lamentos, en comentarios doloridos, sin que lleguemos a la acción.

«YO TE LO PAGARÉ»… (AMOR GENEROSO)

El amor del samaritano ha sido enteramente generoso. Ha dado su tiempo al pobre apaleado. Le dedicó todo el día y una noche. Ha cambiado su plan para ayudarle. Con frecuencia nos es más fácil meter la mano en el bolsillo y soltar dinero que entregar el bien más preciado y precioso: el tiempo. Es más fácil dar una ayuda económica a los padres ancianos que convivir con ellos. Es más fácil dar una limosna para que atiendan otros a un pobre que atenderlo.

José María Gil Robles nos contaba una anécdota deliciosa e iluminadora en unas charlas organizadas por Caritas. Nos decía que a la puerta de su edificio se encontraba siempre un pobre. Él depositaba 100 pesetas en sus manos y le dejaba. «Pero un día me dije: ¿Por qué no entablar relación con él, interesarme por su vida, le das lo que más te interesa, tu tiempo…? Me contó toda su historia. Desde aquel día le quiero más; era para mí un prójimo en sentido físico; ahora es una persona psicológicamente cercana, porque le di mi tiempo. Ésta ha sido una experiencia importante y aleccionadora en mi vida».

El samaritano ha dado al malherido su dinero. No pide al posadero que comparta con él los gastos ni quiere pasar su factura a la familia del maltratado. No se lo piensa: «Pásame la factura a mí»… Su ayuda es personal. El samaritano no sólo presta ayuda material, sus esfuerzos, su dinero, su tiempo; no sólo da, sino que se da a sí mismo. No se trata de un amor seco y frío.

Además de la ayuda individualizada del samaritano, todos sabemos que la caridad y el amor tienen también una dimensión social y política, por la que se trata de remediar de raíz las causas de la pobreza y las necesidades colectivas. Hoy no basta con dar una limosna o regalar medicinas. Es necesario defender y potenciar las fuentes de riqueza para que muchas familias no queden económicamente apaleadas y tiradas en la cuneta de la pobreza. El Sínodo sobre los seglares apunta en el mensaje final: «El Espíritu dice manifiestamente que hoy un seglar no puede alcanzar la plenitud de la vida evangélica sin la preocupación y lucha por la justicia».

Pero también es cierto que, como tantas veces repetía la madre Teresa de Calcuta, el compromiso por remediar las causas no nos excusa para remediar las necesidades inmediatas que no permiten demora. No se puede aguardar a remediar las injusticias para saciar el estómago del hambriento.

Jesús entrega una parábola llena de humanismo y aparentemente ingenua, pero que lleva dentro una gran revolución. Decía san Vicente de Paúl: «El servicio a los pobres tiene que preferirse a todos los demás. Podéis, incluso, dejar de ir a misa los días de fiesta si lo requiere el servicio de los pobres».

Es lógico que sea así. En definitiva, se trata, como decía santa Teresa, de dejar a Dios por Dios, dejar al Dios de la Eucaristía por el Dios del prójimo que es el que más nos necesita. Pero, gracias a Dios, hay tiempo para todo. Y, por eso, venimos a encontrarnos con el Dios de la Eucaristía para ir llenos de generosidad a encontrarnos con el mismo Dios en el necesitado que nos está aguardando.

Atilano Alaiz

Lc 10, 25-37 (Evangelio Domingo XV de Tiempo Ordinario)

Continuamos “el camino hacia Jerusalén”, o sea, continuamos recorriendo ese camino espiritual, en el cual Jesús prepara a los discípulos para que sean los testigos del Reino, tras su partida de este mundo. Es en este contexto “pedagógico” donde va a aparecer la “parábola del buen samaritano”.

Para percibir cabalmente lo que aquí está en juego, conviene también tener presente el cuadro de relaciones entre judíos y samaritanos. Se trata de dos grupos que las vicisitudes históricas habían separado y cuyas relaciones eran, en el tiempo de Jesús, bastante conflictivas.

Históricamente, la división comenzó cuando, en el 721 antes de Cristo, Samaría fue conquistada por los asirios y fue deportada cerca del 4% de su población; en Samaría se instalaron colonos asirios que se mezclaron con la población local; para los judíos, los habitantes de Samaría comenzaron, entonces, a paganizarse (cf. 2 Re 17,29). La relación entre las dos comunidades se deterioró aún más cuando, después del regreso del exilio, los judíos rechazaron la ayuda de los samaritanos (cf. Esd 4,1-5) para la reconstrucción del templo de Jerusalén (año 437) y denunciaron los matrimonios mixtos; tuvieron, entonces, que afrontar la oposición de los samaritanos en la reconstrucción de la ciudad (cf. Ne 3,33-4,17).

En el año 33 antes de Cristo, aparece un nuevo elemento de separación: los samaritanos construyen un templo en el monte Garizím; aunque, ese templo fue destruido en el 128 antes de Cristo por Juan Hircano. Más tarde, los enfrentamientos continuarán: el más famoso sucedió en la época de Cristo (algunos años después de su nacimiento), cuando los samaritanos profanaron con huesos el templo de Jerusalén.

Los judíos despreciaban a los samaritanos, por ser una mezcla de sangre de israelitas con extranjeros y los consideraban como herejes en relación con la pureza de la fe yahvista; los samaritanos pagaban a los judíos con un desprecio semejante.

Lo que está en juego en el texto que se nos propone es la pregunta de un maestro de la Ley: “¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna?” (Marcos presenta esta misma escena, cf. Mc 12,38-34, pero, allí, la pregunta es acerca del “mayor mandamiento de la Ley”. Lucas, tal vez adaptándose a los lectores cristianos de la cultura griega, pone la cuestión en los términos de “vida eterna”).

La respuesta es previsible y evidente, de tal forma que el propio maestro de la Ley la conoce: amar a Dios, hacer de Dios el centro de la vida y amar al prójimo como a sí mismo.

En este “resumen” de los mandamientos, se cita Dt 6,5 (en lo que dice con respecto al amor a Dios) y Lv 19,18 (en lo que dice respecto al amor al prójimo). Jesús está de acuerdo: hasta aquí, la propuesta de Jesús no ofrece nada nuevo en relación con aquello que la misma Ley sugiere. La cuestión del maestro de la Ley va, sin embargo, más al fondo:

“¿y quién es mi prójimo?” Es una pregunta pertinente, en este contexto. En la época de Jesús, los maestros de Israel, discutían, precisamente, quién era el “prójimo”. Naturalmente, había opiniones más abiertas y opiniones más particularistas y exclusivistas, pero se producía un consenso entre todos en el sentido al excluir de la categoría de “prójimo” a los enemigos: de acuerdo con la Ley, el “prójimo” era únicamente un miembro del Pueblo de Dios (cf. Ex 20,16-17; 21,14.18.35; Lv 19,11.13.15-18). Jesús, sin embargo, tenía una perspectiva diferente de la de los “creadores de opinión” de Israel. Es precisamente para explicar su perspectiva por lo que Jesús relata la “parábola del buen samaritano”.

La parábola nos sitúa en ese camino de cerca de 30 kilómetros entre la ciudad

santa de Jerusalén y el oasis de Jericó. En la época de Jesús, es un camino peligroso,

siempre infestado de bandidos armados. Pero “un hombre” no identificado (no se dice quién es, de qué raza es, cuál es su religión, sino únicamente que es “un hombre”, aunque, por el contexto, parece que puede ser un judío), fue asaltado por los bandidos y dejado tirado en la cuneta del camino. Se trata, por tanto (y eso es lo que es importante), de “un hombre” herido, abandonado, necesitado de ayuda.

Por el camino pasaron sucesivamente un sacerdote (que conocía la Ley y que ejercía funciones litúrgicas en el templo) y un levita (ligado a la institución religiosa judía y que ejercía, también, funciones litúrgicas en el templo). Ambos pasaron de largo: o el miedo a sufrir la misma suerte, o las preocupaciones por la impureza legal (que impedía entrar en contacto con un cadáver), o la prisa, o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, les impidieron detenerse. A pesar de sus conocimientos religiosos, no tuvieron ningún sentido de la misericordia por aquél hombre. Ellos lo sabían todo sobre Dios, entraban en contacto diariamente con Dios pero, en última instancia, no sabían nada de Dios, pues no sabían nada sobre el amor. Su religión era una religión hueca, de ritos estériles, de gestos vacíos y sin sentido, de ceremonias fastuosas y solemnes, pero que no tenía nada que ver con el amor, con el corazón.

Por el camino pasó, finalmente, un samaritano. Se trata de uno de esos que la religión tradicional de Israel consideraba un enemigo, un infiel, alejado de la salvación y del amor de Dios. Sin embargo, fue él quien se detuvo, sin miedo al peligro o a transgredir sus esquemas e intereses personales, él fue quien cuidó del herido y quien le salvó. A pesar de ser un hereje, un excomulgado, mostró que era alguien atento al hermano necesitado, con el corazón lleno de amor y, por tanto, lleno de Dios.

Jesús concluye la parábola diciendo al maestro de la Ley que le interrogaba: “Anda, haz tú lo mismo”. La verdadera religión que lleva a la vida plena pasa por el amor a Dios, traducido en gestos concretos de amor por el hermano, por todo hermano, sin excepción. Recordemos que la pregunta inicial era: “qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”. La conclusión es obvia: para alcanzar la vida eterna es necesario amar a Dios y amar al prójimo. El “prójimo” es cualquier persona que necesite algo de nosotros, sea amigo o enemigo, conocido o desconocido, de la misma raza o de otra raza cualquiera; el “prójimo” es cualquier hermano caído por los caminos de la vida que necesita, para levantarse, de nuestra ayuda y de nuestro amor. En este gesto del samaritano, la Iglesia de todos los tiempos (la comunidad de los que caminan al encuentro de la vida plena, de la salvación), reconoce un aspecto fundamental de su misión: la de levantar a todos los hombres y mujeres caídos por los caminos de la vida.

Para la reflexión y actualización de la Palabra, considerad lo siguiente:

La pregunta del maestro de la Ley no es una pregunta académica; es la pregunta que los hombres de nuestro tiempo se hacen todos los días: “¿qué hacer para llegar a la vida plena, a la felicidad? ¿Cómo dar, verdaderamente, sentido a la vida?”

La respuesta es la de siempre: “haz de Dios el centro de tu vida, ámalo y ama también a los otros”. Se trata, por tanto, de hacer que el amor recorra las dos coordenadas fundamentales de nuestra existencia, la vertical (en relación con Dios) y la horizontal (en relación con los otros). Es por aquí por donde pasa nuestra realización plena.

¿Qué es eso del amor al prójimo? ¿Hasta dónde se debe llegar? ¿Es necesario exagerar? No se trata de exagerar. Se trata de ver en cada persona, sin excepción, a un hermano y de darle la mano siempre que lo necesite. Cualquier persona herida con quien nos cruzamos por los caminos de la vida, tiene derecho a nuestro amor, a nuestra misericordia, a nuestro cuidado, sea blanca o negra, española o marroquí, cristiana o musulmana, de izquierdas o de derechas, pobre o rica. La verdadera religión que lleva a la salvación pasa por este amor sin límites.

Puede suceder que el andar todos los días con lo divino haya endurecido nuestro corazón en relación con las realidades del mundo. Puede suceder que una vida instalada nos haga insensibles a los gritos de sufrimientos de los pobres. Puede suceder que nuestro egoísmo grite más alto y que evitemos meternos en líos a causa de las injusticias que nuestros hermanos sufren. Pero, en ese caso, conviene que nos preguntemos: ¿dejando que mi vida se conduzca por criterios de egoísmo y de comodidad, estoy caminando en dirección hacia mi realización plena, hacia la vida eterna?

Nuestras comunidades son clubes cerrados, “reservados para socios”, donde está “prohibida la entrada a extraños”, o son comunidades donde son amados y tienen espacio en ella todos aquellos a los que la vida ha expulsado y tirado en la cuneta de nuestros caminos?

Col 1, 15-20 (2ª Lectura Domingo XV Tiempo Ordinario)

Colosas era una ciudad de Frigia (Asia Menor), situada unos 200 kilómetros al Este de Éfeso. La comunidad cristiana de esa ciudad fue fundada por Pablo y por Epafras, discípulo de Pablo y colosense de origen (cf. Col 4,12).

Pablo escribió a los colosenses desde la prisión (probablemente, de Roma). Estaríamos entre los años 61 y 63.

Epafras visitó a Pablo y llevó al apóstol noticias alarmantes. Algunos “doctores” locales(tal vez miembros de un movimiento de índole sincretista, que mezclaba cristianismo con cultos mistéricos, en boga en el mundo helenista, y con elementos religiosos de varios orígenes) enseñaban a los Colosenses que la fe en Cristo debía ser completada por rígidas prácticas ascéticas, por ritos legalistas judíos, por prescripciones sobre los alimentos (cf. Col 2,16.21), por la observancia de determinadas fiestas (cf. Col 2,16) y por especulaciones acerca de los ángeles (cf. Col 2,18). En la opinión de esos “doctores”, todo esto debía comunicar a los creyentes un conocimiento superior de los misterios y una mayor perfección.

Pablo desmonta toda esta confusión doctrinal y afirma que ninguno de estos elementos tiene ninguna importancia para la salvación: Cristo basta.

El texto que hoy nos es propuesto es un himno de dos estrofas, que probablemente Pablo tomó de la liturgia cristiana primitiva, pero que está perfectamente integrado en el contenido general de la carta. Este himno cristiano de inspiración sapiencial celebra la supremacía absoluta de Cristo en la creación y en la redención.

En la primera estrofa de este himno (vv. 15-17) se afirma y celebra la soberanía y el poder de Cristo sobre toda la creación.

La primera afirmación es la de que Cristo es la “imagen de Dios invisible”. Decir que es “imagen” significa aquí que Él es en todo igual al Padre, en el ser y en el actuar, pues en Él reside la plenitud de la divinidad. Significa que Dios, espiritual y transcendente, se revela a los hombres y se hace visible a través de la humanidad de Cristo.

La segunda afirmación es que Él es el “primogénito de toda criatura”. En el contexto familiar judío, el “primogénito” era el heredero principal, que tenía la primacía en dignidad y en autoridad sobre sus hermanos. Aplicado a Cristo, significa la supremacía y la autoridad de Cristo sobre toda la creación.

La tercera afirmación es la de que “todo fue creado por él y para él”. Esto significa que todas las cosas tienen en él su centro supremo de unidad, de cohesión, de armonía (“en él”); que es él el que comunica la vida del Padre (“por él”); y que Cristo es el término y la finalidad de toda la creación (“para él”). Al mencionar expresamente que los “Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades” están incluidos en la soberanía de Cristo, Pablo desmonta las especulaciones de los “doctores” colosenses acerca de los poderes angélicos, considerados en paridad con el poder de Cristo.

La segunda estrofa (vv. 18-20) afirma y celebra la soberanía y el poder de Cristo en la redención.

La primera afirmación es la de que él es la “cabeza del cuerpo: de la Iglesia”. La expresión significa, en primer lugar, que Cristo tiene la primacía y la soberanía sobre la comunidad cristiana; pero significa, también, que es él quien comunica la vida a los miembros del cuerpo y que los une en un conjunto vital y armónico.

La segunda afirmación es la de que él es el “el principio, el primogénito de entre los muertos”. Significa que él, no sólo fue el primero que resucitó, sino también que él es la fuente de la vida que va a provocar nuestra propia resurrección.

La tercera afirmación es la de que en él reside “toda la plenitud”. Significa que en él y sólo en él habita, efectiva y esencialmente, la divinidad: todo lo que Dios nos quiere comunicar, a fin de insertar en su familia, está en Cristo. Por eso, el autor de este himno puede decir que por Cristo fueron reconciliadas con Dios todas las criaturas en la tierra y en los cielos: por Cristo la creación entera, marcada por el pecado, recibió la oferta de salvación y puede volver a insertarse en la familia de Dios.

En la reflexión, tened en cuenta a los siguientes elementos:

Un dato fundamental de la vida cristiana es la conciencia de la centralidad de Cristo en nuestra experiencia y en nuestra existencia. No obstante, la religión de tantos de nuestros cristianos se centra, tantas veces, en cosas secundarias… ¿Cristo es, efectivamente, la referencia fundamental alrededor de la cual nuestra vida se articula y se construye? ¿Él tiene la primacía en nuestra vida? ¿Es él el que está en el centro de los intereses y de la vida de nuestras comunidades cristianas o religiosas? ¿Hay otros dioses, o poderes, o “santos” en quienes centramos nuestros intereses y que nos desvían de Cristo?

Para muchos de nuestros contemporáneos, Jesús no es una referencia fundamental. Con mucho, fue un hombre bueno, que dio la vida por un sueño, un visionario, un idealista, que la historia se encargó de digerir y que hoy es, apenas, una pieza de museo; por eso, no ocupa ningún espacio en sus vidas. ¿Cómo podemos testimoniar nuestra convicción de que él es el centro de la historia y de que él está en principio y en el fin de la historia de la salvación?

Dt 30, 10-14 (1ª lectura Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

El Libro del Deuteronomio es el fruto de la reflexión y de la catequesis de los teólogos del Reino del Norte (Israel), preocupados por recordar al Pueblo los compromisos asumidos en el ámbito de la “alianza”; aunque se presenta, literariamente, como un conjunto de discursos de Moisés, una especie de testamento espiritual que Moisés habría pronunciado antes de su muerte, en la planicie de Moab, en el momento en el que los hebreos se preparaban para renovar la alianza, antes de entrar en la “Tierra Prometida”.

El texto que hoy se nos propone forma parte del final del tercer discurso de Moisés (cf. Dt 29-30).

En realidad, se trata de una homilía de los teólogos deuteronomistas, redactada en la fase final del exilio de Babilonia, alertando a la comunidad del Pueblo de Dios sobre las consecuencias de la fidelidad o de la infidelidad a los compromisos asumidos con Yahvé.

Fundamentalmente estamos ante una invitación para adherirse con todo el corazón y con todo el ser a las propuestas y a los mandamientos de Dios (v. 10).

Los exiliados preguntaban: ¿cómo encontrar el camino y descubrir lo que Dios propone? ¿Cómo descubrir lo que Dios quiere de nosotros, de forma que no volvamos, nunca más, a caer en la esclavitud?

Los teólogos deuteronomistas están convencidos de que no es necesario buscar muy lejos: ni en el cielo (v. 12), ni en el mar (v. 13), ni en ningún otro lugar inaccesible al hombre común. El camino que Dios propone no es un camino escondido, misterioso, revelado solo a los iniciados e iluminados; es un camino que está claramente escrito en el corazón y en la conciencia de cada ser humano (v. 14).

El mensaje aquí ofrecido por los catequistas deuteronomistas nos dice, por tanto, lo siguiente: para percibir el proyecto de salvación, de liberación y de felicidad que Dios tiene para los hombres, basta con mirar hacia dentro, hacia nuestro corazón y hacia nuestra conciencia; es ahí donde Dios nos habla y es ahí donde escuchamos sus propuestas y sus indicaciones.

Lo que tenemos que hacer es estar atentos para escuchar y para, en medio de las contraindicaciones que nuestras pasiones nos presentan, percibir las sugerencias, las llamadas, los desafíos de Dios.

Para la reflexión y para el compartir la palabra, considerad las siguientes indicaciones:

La invitación a adherirnos con todo el corazón y con todo el ser a las propuestas de Dios nos lleva a cuestionar la calidad de nuestra adhesión. No puede ser una adhesión a medio gas o a tiempo parcial, de acuerdo con nuestros intereses, sino que tiene que ser una adhesión total, completa, plenamente comprometida, “a fondo”.

¿Es así, de forma radical y total, como nos unimos a los planes de Dios, o nuestra adhesión es parcial, limitada, reticente?

¿Encontramos espacio y disponibilidad para preguntar a nuestro corazón y para escuchar al Dios que habla, que se revela, que nos reta e interroga?

Puede suceder que nuestros intereses egoístas, nuestras ambiciones, nuestras pasiones, nuestros esquemas y proyectos personales apaguen la voz de Dios y nos impidan escuchar sus propuestas.
¿Cuáles son, para mí, esas otras “voces” que callan la voz de Dios?

¿Qué lugar ocupan en mi vida?
¿En qué medida contribuyen a definir el sentido esencial de mi existencia?

Comentario al evangelio – 8 de julio

El relato evangélico de hoy muestra a Jesús curando a dos mujeres. Sus historias tan distintas se cruzan ante el poder curativo del Maestro. La primera de ellas era una joven de buena familia cuyo futuro se quiebra por una muerte absurda en la plena flor de su vida. La otra, mayor y marginada por impura, pierde su salud a borbotones a causa de una hemorragia incurable. Aparentemente entre ellas nada hay en común, salvo la necesidad de ser rescatadas para la vida por alguien con poder de conseguirlo.

En ambos encuentros, Jesús evita el protagonismo. La iniciativa corresponde, en el caso de la joven a un gesto atrevido de su padre, que mendiga la intervención del Maestro. La mujer mayor, por su parte, toma ella sola la determinación de “hurtarle” a Jesús un milagro, llegando a violar algo muy sagrado para los judíos. Los flecos del manto eran recuerdo de Dios y de su ley y tocarlos, estando impura, era un auténtico sacrilegio.

Contemplemos a Jesús para entender. Busquemos tras su conducta y sus palabras una luz que también nosotros necesitamos. La historia de estas dos mujeres puede ser nuestra propia historia.

Jesús se deja alcanzar por ambas. Ni las excluye ni les pone dificultades. No les hace preguntas verificadoras. No se fija en sus motivaciones. No pone ningún tipo de precio –económico o moral- a su inmediata intervención. Es manso y gratuito. No mira las apariencias, sino que despide el olor inconfundible del amor. Tampoco entiende de clases sociales o religiosas. Se conmueve ante el dolor y reacciona ante la enfermedad y la muerte.

  • Dos gestos atrevidos aproximan hasta Jesús al padre de la joven y a la mujer sangrante. Son un poco osados para llamar la atención de Jesús. Un miedoso o un narcisista jamás se atreverían a romper con su imagen social, para ponerse al alcance de la bondad del Maestro. El padre de la chica se humilla. La mujer enferma roza, con su gesto, el cinismo. En ambos casos, los dos exponen mucho en la búsqueda de la salvación. Su fe es arrebato ilógico. No acción controlada y ponderada.
  • La reacción de Jesús da que pensar. No dice: “Yo soy el que te cura o te hace revivir”. Tan solo pronuncia la extraña frase “tu fe te ha salvado” y toma a la niña dormida de la mano. Evita destacar la autoría del milagro, para resaltar el valor de aquella fe capaz de lo imposible.

Qué podría llegar a mover nuestra fe si tuviese tan solo el tamaño de un granito de mostaza o menos? En lugar de burlarnos con cinismo por la impotencia de nuestra fe ante la dura realidad del mal y de la muerte; al menos deberíamos permitirle a Él tomarnos de la mano.

Juan Carlos Martos cmf