Vísperas – San Buenaventura

VÍSPERAS

SAN BUENAVENTURA, obispo y doctor.

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, concede a cuantos hoy celebramos la fiesta de tu obispo san Buenaventura la gracia de aprovechar su admirable doctrina e imitar los ejemplos de su ardiente caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 15 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino!, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 10,34-11,1
« No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual son los de su casa. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.
«Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.» Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. 

3) Reflexión

• En el mes de mayo del año pasado, la V Conferencia de los Obispos de América Latina, que tuvo lugar en Aparecida del Norte, Brasil, elaboró un documento muy importante sobre el tema: “Discípulos y Misioneros/as de Jesucristo, para que en El nuestros pueblos tengan vida”. El Sermón de la Misión del Capítulo 10 del Evangelio de San Mateo, que estamos meditando en estos días, ofrece muchas luces para poder realizar la misión de discípulos y misioneros de Jesucristo. El evangelio de hoy presenta la parte final de este Sermón de la Misión.
• Mateo 10,34-36: No he venido a traer la paz, sino la espada. Jesús habla siempre de paz (Mt 5,9; Mc 9,50; Lc 1,79; 10,5; 19,38; 24,36; Jn 14,27; 16,33; 20,21.26). Entonces cómo entender la frase del evangelio de hoy que parece decir lo contrario: » No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. ”? Esta afirmación no significa que Jesús estuviera a favor de la división y de la espada. ¡No! Jesús no quiere la espada (Jn 18,11) ni la división. Lo que el quiere es la unión de todos en la verdad (cf. Jn 17,17-23). En aquel tiempo, el anuncio de la verdad que indicaba que Jesús de Nazaret era el Mesías se volvió motivo de mucha división entre los judíos. Dentro de la familia o comunidad, unos estaban a favor y otros radicalmente en contra. En este sentido la Buena Nueva de Jesús era realmente una fuerte división, una “señal de contradicción” (Lc 2,34) o, como decía Jesús, él traía la espada. Así se entiende la otra advertencia: “Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual son los de su casa.
Era lo que estaba aconteciendo, de hecho, en las familias y en las comunidades: mucha división, mucha discusión, como consecuencia del anuncio de la Buena Nueva entre los judíos de aquella época, unos aceptando, otros negando. Hasta hoy es así. Muchas veces, allí donde la Iglesia se renueva, el llamado de la Buena Nueva se vuelve una “señal de contradicción” y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, no quieren ser incomodadas por las “innovaciones” del Vaticano II. Incomodadas por los cambios, usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones y para condenar los cambios como contrarios a los que pensaban ser la verdadera fe.
• Mateo 10,37: Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí.        Lucas presenta esta misma frase, pero mucho más exigente. Dice literalmente: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.” (Lc 14,26). ¿Cómo combinar esta afirmación de Jesús con aquella otra en la que manda observar el cuarto mandamiento: amar y honorar al padre y a la madre? (Mc 7,10-12; Mt 19,19). Dos observaciones: (a) El criterio básico en el que Jesús insiste es éste: la Buena Nueva de Dios ha de ser el valor supremo de nuestra vida. No puede haber en la vida un valor más alto. (b) La situación económica y social en la época de Jesús era tal que las familias eran obligadas a encerrarse en sí misma. No tenían condiciones para mantener las obligaciones de convivencia comunitaria como, por ejemplo, el compartir, la hospitalidad, la comunión alrededor de la mesa y la acogida a los excluidos. Ese repliegue individualista sobre ellas mismas, causado por la coyuntura nacional e internacional, provocaba las siguientes distorsiones: (i) Imposibilitaba la vida en la comunidad. (ii) Reducía el mandamiento “honora el padre y la madre” exclusivamente a la pequeña familia nuclear y no alargaba a la gran familia de la comunidad. (iii) Impedía la manifestación plena de la Bondad de Dios, pues si Dios es Padre/Madre, nosotros somos hermanos y hermanas unos de otros. Y esta verdad ha de encontrar su expresión en la vida en comunidad. Una comunidad viva y fraterna es el espejo del rostro de Dios. Convivencia humana sin comunidad es como un espejo rajado que desfigura el rostro de Dios. En este contexto, lo que Jesús pide “odiar al padre y a la madre” significaba que los discípulos y las discípulas debían superar la cerrazón individualista de la pequeña familia sobre si misma y alargarla a la dimensión de la comunidad. Jesús mismo practicó lo que enseñó a los otros. Su familia quería llamarlo para que volviera, y así la familia se encerraba en sí misma. Cuando le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”, él respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y mirando a las personas a su alrededor dice: “Aquí están mi madre y mis hermanos. Quien hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3,32-35). ¡Alargó la familia! Y éste era y sigue siendo hasta hoy el único camino para que la pequeña familia pueda conservar y transmitir los valores en los que cree.
• Mateo 10,38-39: Las exigencias de la misión de los discípulos. En estos dos versículos, Jesús da dos consejos importantes y exigentes: (a) Tomar la cruz y seguir a Jesús: Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Para percibir todo el alcance de este primer consejo, es conveniente tener presente el testimonio de San Pablo: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.” (Gal 6,14). Cargar la cruz supone, hasta hoy, la ruptura radical con el sistema inicuo vigente en el mundo. (b) Tener el valor de dar la vida: El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Sólo se siente realizado en la vida aquel que fue y es capaz de darse enteramente a los demás. Pierde la vida aquel que quiere conservarla sólo para sí. Este segundo consejo es la confirmación de la experiencia humana más profunda: la fuente de vida está en el don de la propia vida. Dando se recibe. Si el grano de trigo no muere, ..… (Jn 12,24).
• Mateo 10,40: La identificación del discípulo con Jesús y con el propio Dios. Esta experiencia tan humana de don y de entrega recibe aquí una aclaración, una profundización. “Quien os recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado”. En el don total de sí el discípulo se identifica con Jesús; allí se realiza su encuentro con Dios, y allí Dios se deja encontrar por aquel que le busca.
• Mateo 10,41-42: La recompensa del profeta, del justo y del discípulo. Para concluir el Sermón de la Misión sigue una frase sobre la recompensa: «Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá.
«Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»
En esta frase existe una secuencia muy significativa: al profeta se le reconoce por su misión como enviado de Dios. El justo es reconocido por su comportamiento, por su manera perfecta de observar la ley de Dios. El discípulo no es reconocido por ninguna calidad o misión especial, sino sencillamente por su condición social de gente pequeña. El Reino no está hecho de cosas grandes. Es como un edificio muy grande que se construye con ladrillos pequeños. Quien desprecia al ladrillo, nunca tendrá el edificio. Hasta un vaso de agua sirve de ladrillo en la construcción del Reino.
• Mateo 11,1: El final del Sermón de la Misión. Fin del Sermón de la Misión. Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Ahora Jesús se va para practicar aquello que enseñó. Y es lo que veremos en los próximos días meditando los capítulos 11 y 12 del evangelio de Mateo. 

4) Para la reflexión personal

• Perder la vida para poderla ganar. ¿Has tenido alguna experiencia de sentirte recompensado/a por una entrega gratuita de ti a los demás?
• Aquel que os recibe a vosotros a mí me recibe, y aquel que me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado. Detente y piensa en lo que Jesús dice aquí: él y Dios mismo se identifican contigo. 

5) Oración final

Señior, dichosos los que moran en tu casa
y pueden alabarte siempre;
dichoso el que saca de ti fuerzas
cuando piensa en las subidas. (Sal 84,5-6)

Recursos – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo.

2. Contemplad a la Trinidad.

En consonancia con el relato de la visita de los tres personajes al campamento de Abraham, se podría proponer la contemplación del conocido icono de Andrei Roublev, “La hospitalidad de Abraham”, normalmente llamado “la Trinidad de Roublev”.

Según la interpretación de Nicolai Greschny, este icono, representa la Trinidad donde el Padre se encuentra en el centro vestido como un gran dignatario de la Iglesia de Oriente, caracterizado por la banda amarilla sobre el brazo. El ángel de la derecha que viste una tunica azul como el manto del Padre, es sin duda, el Hijo. En cuanto al angel de la izquierda que representa al Espíritu Santo, los colores indefinidos y de madreperla quieren indicar el aspecto inaprensible del soplo divino.

3. Privilegiad los tiempos de silencio.

Se pueden remarcar, en este domingo, los tiempos de silencio. Más largos de lo habitual, serán escucha y “rumia” de la Palabra: después de cada lectura; después de la homilía; después de la comunión… ¡Hoy tenemos tiempo para quedarnos sentados a los pies del Señor!

4. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: “Dios, al que ninguna inteligencia puede abarcar, haznos ver el misterio de tu personalidad en los tres mensajeros que enviaste a Abraham y que hablan a una sola voz. Manifestamos tu gloria. Te encomendamos a todos los profesionales y a los voluntarios de la hospitalidad, en sus trabajos sanitarios, de ayuda y de la hostelería. Haznos receptivos a tu venida en la persona del prójimo”.

Después de la segunda lectura: “Padre, bendito seas, porque nos diste a conocer el misterio escondido desde los orígenes, y revelado en Jesús, tu Hijo, presente en medio de nosotros; te damos gracias por los apóstoles, que se pusieron enteramente a tu servicio. Te pedimos por tus mensajeros, que revelan a nuestro mundo el misterio de tu presencia y de tu amor. Que la esperanza de tu gloria les anime en sus dificultades”.

Al finalizar el Evangelio: “Cristo Jesús, Palabra de vida, luz del mundo, sabiduría eterna, Tú nos ofreces la mejor parte, que nadie nos podrá quitar; bendito seas por tu venida y por tu presencia en nuestros pueblos y ciudades, en nuestros barrios, en nuestras casas y en nuestras vidas. Te confiamos nuestras asambleas y nuestras reuniones: que tu Espíritu nos haga estar atentos a lo único necesario, a tu presencia”.

5. Plegaria Eucarística. Se puede utilizar la Plegaria Eucarística I, que hace alusión a Abraham.

6. Palabra para el camino.

¿A quién acogeremos esta semana, a aquellos que vamos a encontrar y que son Cristo que se nos presenta en nuestro caminar?
¿Nos dejaremos absorber, como Marta, por todo aquello que tenemos que hacer por ellos?

¿O más bien, a ejemplo de María, intentaremos compartir un tiempo gratuito con ellos, sentándonos, parándonos un momento para escucharles?

Comentario del 15 de julio

Jesús continúa dando instrucciones a los que serán sus apóstoles: No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espadas. Y precisa: He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. Son frases que oídas todavía hoy resultan impactantes, y eso incluso después de haberlas contrastado, matizado y contextualizado, es decir, después de haberles quitado hierro y filo.

A bote pronto, la primera frase venía a contradecir lo expresado por el predicador de las bienaventuranzas cuando dice: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. ¿Es que Jesús no estaba entre los que merecían ser declarados dichosos por trabajar por la paz? ¿Es que él no era digno de ser llamado hijo de Dios? Porque si ha venido al mundo a sembrar espadas, no parece que pueda considerársele un pacífico trabajador de la paz. Por otro lado, ¿qué alcance puede tener esa paz que él mismo distribuye cuando le dice a la mujer sorprendida en adulterio: Yo tampoco te condeno; vete en paz y no peques más? ¿Y por qué enviar a sus apóstoles y representantes como portadores de paz cuando él declara de manera tan diáfana que no ha venido a la tierra a sembrar paz?

La frase que sigue no es una mera adición, sino más bien una explicación que quiere precisar lo que acaba de afirmar con tanta solidez. Parece querer referirnos el modo concreto en que él siembra espadas en la tierra, y lo hace enemistando a los miembros más próximos del círculo familiar, al hijo con su padre, a la hija con su madre o a la nuera con su suegra. Tampoco esta concreción amortigua el impacto y la rudeza de la primera afirmación; más bien, lo incrementa, acrecentando nuestra perplejidad. Jesús, el aliado del hombre, el prodigio de humanidad, el portador de un perdón sin límites, el mensajero de la Buena Noticia, el proclamador del Año de la misericordia, dice ahora haber venido a este mundo para enemistar al hijo con su padre o a la hija con su madre, algo que exige romper los lazos afectivos más poderosos, que son los que crea la propia naturaleza asociada a la crianza y a la educación.

Pero Jesús no se queda ahí, intentando deshacer posibles equívocos o matizar la crudeza de sus expresiones. Su discurso avanza de modo imparable hacia una cumbre: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. En estas pocas palabras podemos encontrar la clave interpretativa (clave de bóveda) de toda su instrucción. Nada está por encima de él en el orden de la estimación, porque nada hay más estimable que él, ni siquiera el padre, la madre, el hijo o la hija que nos dio la naturaleza, o mejor, el mismo Dios por medio de ella; y no sólo el padre, la madre o los hijos, sino la propia vida. Por eso, el que no sea capaz de renunciar al amor de cualquiera de estas personas o de todas ellas en su conjunto por él, no será digno discípulo suyo, no le apreciará como debe ser apreciado, por encima de todos y de todo.

Las exigencias de Jesús nos sitúan ante alguien que reclama para sí una adhesión absoluta, porque se concede un valor singular, absoluto. Por algo (=alguien) tan valioso, uno tiene que estar dispuesto a perderlo todo, hasta la propia vida. Jesús lo expresa de diferentes maneras, porque ¿acaso no es él ese tesoro escondido por el que uno, que lo ha encontrado en un campo, va y vende todo lo que tiene por adquirirlo, o esa perla preciosa por la que un comerciante en perlas finas empeña todos sus bienes? Desde tales premisas no es extraño que se diga que el que no está dispuesto a perderlo todo por él no es digno de él, porque no le aprecia en su justo valor; pues nada de lo que pueda poseer en este mundo vale más él. Es una cuestión de valoración. Por él, la persona más valiosa con la que podemos encontrarnos en esta vida, uno tiene que estar dispuesto a coger su cruz, exactamente la misma cruz que llevó él, y seguirle por el mismo camino que él recorrió. Tal ha sido la actitud de tantos mártires que enfrentaron el martirio con la seguridad de haber encontrado en Cristo a la persona más estimable, y por lo mismo más valiosa, de sus vidas.

Desde el momento en que se constituye en valor absoluto, Jesús pasa a ser también signo de contradicción o factor de división: signo que pone al descubierto la actitud de muchos corazones que se posicionan ante él; factor de división entre los que se ponen de su parte y los que se ponen en su contra, entre los que se alistan en su bando o lo hacen en el bando contrario. Semejante división acaba instalándose en el seno de la misma familia, entre padres e hijos y entre hermanos; pues nadie puede competir en amor con un absoluto.

Esta experiencia se mantendrá más allá de su existencia histórica, en sus enviados, representantes y mediadores, porque el que les reciba a ellos como enviados de Jesús estará recibiendo a su representado y a su vez representante del que lo ha enviado a él: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. En resumen, en el apóstol (cristiano) estamos recibiendo al mismo Cristo que lo envía, y en Cristo a Dios Padre, que nos lo ha enviado a nosotros; luego en el apóstol estamos recibiendo al mismo Dios que debe ser amado sobre todas las cosas, puesto que es lo más amable que pueda pensarse. Por eso, la acogida que se dé al profeta por ser profeta, se estimará como acogida dada al mismo Dios y tendrá la recompensa debida (paga de profeta). Tampoco quedará sin recompensa la acción de dar de beber un vaso de agua fresca a un discípulo de Cristo por llevar el nombre de Cristo, pues con semejante acción se estará dando acogida al mismo Cristo en su discípulo. Y Dios sabe recompensar con infinita generosidad. No se le puede ganar en generosidad a Aquel que, por ser el sumo Bien, es lo más valioso y lo más apreciable.

En este punto acaban momentáneamente las instrucciones de Jesús a sus discípulos, sin que ello signifique que dé por concluida su enseñanza y predicación, que continuará por otros pueblos y ciudades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

60. El beato Pier Giorgio Frassati, que murió en 1925, «era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida»[22]. Decía que él intentaba retribuir el amor de Jesús que recibía en la comunión, visitando y ayudando a los pobres.


[22] S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en Turín (13 abril 1980), 4: Insegnamenti 3,1 (1980), 905.

Homilía – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

LUCHA Y CONTEMPLACIÓN

 

ATURDIDOS

La agitadísima Marta de hace veinte siglos es el símbolo de una gran mayoría de hombres y mujeres de nuestro tiempo desbocados en una acción compulsiva. También nosotros escuchamos con frecuencia: «¿Para qué rezar tanto? El caso es hacer el bien»; «yo no rezo mucho, pero procuro hacer el bien que puedo». Se dan los dos extremos: Hay personas tan entregadas a rezar que no tienen tiempo de hacer el bien, y hay personas tan entregadas a hacer el bien que no tienen tiempo de orar.

Sociólogos y psicólogos están totalmente de acuerdo en que el hombre moderno es un ser aturdido y estresado. Aturdido por el ruido externo e interno. Estamos inmersos en la civilización del ruido que amenaza invadirlo todo. Muchos de nosotros, apenas nos despertamos, conectamos la radio; algunos, incluso, pasean por la calle con los auriculares puestos, y quizá nuestro último gesto del día sea apagar el mismo aparato o desconectar la televisión. Algunos ni siquiera lo desconectan, sino que duermen con él funcionando.

El ruido se ha convertido en un torrente que lo inunda todo, dificultando enormemente el sosiego, la concentración, la reflexión y la interiorización. Según me han informado, en Londres está vigente una normativa elogiosa que debería universalizarse: está terminantemente prohibido usar radios en los parques públicos. Porque hasta allí nos persigue el ruido. Pedagogos y psicólogos afirman que la cabeza de nuestros niños y jóvenes es un hervidero de imágenes, de informaciones, pero desordenadas, sin asimilar.

Todo esto supone un peligro de que todo se nos imponga ruidosamente desde fuera, que no seamos capaces de filtrarlo, analizarlo y optar personalmente. Todo eso supone el peligro de que, en vez de vivir nosotros, nos vivan.

 

ESTRESADOS

Y junto al ruido y el griterío de la plaza que invade el interior de nuestra casa, está el movimiento frenético de la acción. Decir que el ciudadano moderno está estresado es decir una perogrullada como que hoy hace sol. Nuestras agendas están a explotar: «No me llega el tiempo para nada», «estoy muy alcanzado de tiempo», «me gustaría, pero no tengo tiempo», son expresiones que se nos caen de los labios. «Nunca se ha corrido tanto para ir a ninguna parte», afirma un escritor de nuestros días.

Phil Bosmans escribe: «El hombre contemporáneo ha convertido la vida en una autopista entre la cuna y el sepulcro». «Estamos tan ocupados en hacer el bien que no tenemos tiempo de ser buenos», afirma un psicólogo. Fernando Savater dice: «El españolito es un hombre que va a toda prisa para ir a no sabe donde, hacer no sabe qué ni durante cuanto tiempo, para volver después». Padece la acción compulsiva. Es como si le hubieran dado cuerda y no sabe parar. Con todo ello nos resulta difícil encontrarnos con nosotros mismos, por lo que corremos el peligro de vivir fuera de nosotros mismos. Y por ello nos resulta también difícil encontrarnos con Dios. Es lo que decía santa Teresa de las «almas ventaneras»: están tan volcadas hacia fuera mirando por la ventana que no se pueden encontrar con quien está en la habitación secreta de su interior.

Así resulta muy difícil encontrarnos con los demás en profundidad. Como le ocurría a Marta con respecto a Jesús y a su hermana María, estaba tan agitada danzando de un lado para otro que no tenía tiempo para dialogar sosegadamente en familia y con Jesús. Éste le dijo: Marta, no andes inquieta de un sitio para otro; no quiero agasajos exquisitos; lo que quiero es tu compañía.

 

LUCHA Y CONTEMPLACIÓN PARA SER HOMBRES DE COMUNIÓN

No se trata, naturalmente, de alternativas reduccionistas: acción o contemplación,sino de armonía, de equilibrio.

Jesús urge a sus discípulos a la acción. No permite que estemos embobados mirando al cielo (Hch 1,11). Nos advirtió que el programa sobre el que seríamos examinados, en el más decisivo de los exámenes, versaría sobre nuestro quehacer liberador, no sobre si nos hemos pasado la vida diciendo ¡Señor!, ¡Señor! (Mt 7,21). Pero este Jesús que trabaja a destajo, ora también a destajo. Los evangelistas ponen de relieve sus grandes espacios de tiempo dedicados a la oración;

Lucas resalta que, antes de sus decisiones importantes, se retira a orar largamente. A veces pasa noches enteras en oración, mientras sus amigos roncan y duermen a pierna suelta. Ora con frecuencia en la montaña, a veces solo y aparte (Mt 14,23; Lc 9,18), incluso cuando todo el mundo le busca (Mc 1,37). Recomienda: Es necesario orar y nunca desfallecer (Lc 18,1; 11,5-8). No nos engañemos: Los grandes revolucionarios de la humanidad, los que han dejado de verdad huella en la historia, han sido grandes contemplativos.

Repito: No se trata de disyuntivas maniqueas: Marta o María, sino de la armonía entre las dos hermanas. Según todos los escrituristas, parece que éste es, precisamente, el mensaje de este relato evangélico. El evangelista brinda en él, por una parte, un elogio de Jesús a la hospitalidad de las hermanas y, por otra, un elogio a la oración ante una comunidad que estaba incurriendo en el olvido dé ambas actitudes tan evangélicas.

Dice Laín Entralgo: «La verdadera vida es un vaivén entre el ensimismamiento y la entrega», que traducido al lenguaje cristiano significa: «La vida es un vaivén entre la oración y la acción». El movimiento de Taizé dice lo mismo con un eslogan dinámico y expresivo: Lucha y contemplación para ser hombres de comunión.

 

A LOS PIES DE JESÚS, COMO MARÍA

En este vivir agitado que llevamos, hasta nuestro descanso es, con frecuencia, alocado. Es un descanso que no nos descansa. El pasaje evangélico de hoy es una invitación a encontrarnos, mediante el silencio, la oración contemplativa y la convivencia sosegada, con nosotros mismos, con el Señor Jesús y con nuestros prójimos.

¿Qué nos pide el Señor con esta palabra que ha pronunciado para nosotros? ¿Aumentar, quizá, nuestra cuota de oración cada día? ¿Nos pide, quizás, una convivencia más intensa con la familia, con los amigos, con los compañeros del grupo cristiano? Porque vivenciar la actitud de María a los pies de Jesús significa también realizar el diálogo familiar o de amigos, gozar contemplativamente de la naturaleza, destinar tiempo a la lectura formativa.

Podemos estar como María a los pies del Señor acogiendo avaramente sus palabras. Basta coger entre las manos un Nuevo Testamento y meditar la Palabra. He aquí un privilegio del que no nos deberíamos privar, como se privaba la pobre Marta desbordada en su actividad. Jesús le dice cariñosamente: «Marta, tu hermana María ha escogido lo mejor».

Decía expresivamente Pablo VI: «El hombre moderno ha salido de su casa, ha perdido la llave y no es capaz de retornar a ella». Esa llave, naturalmente, es la de la intimidad.

María salió, sin duda, reanimada de aquel encuentro con el Señor. Hoy muchos cristianos confiesan que, como María, encuentran la paz a los pies del Señor.

 

Atilano Alaiz

Lc 10, 38-42 (Evangelio Domingo XVI de Tiempo Ordinario)

Este episodio nos sitúa en una aldea no identificada, en casa de dos hermanas (Marta y María). Estas dos hermanas son, probablemente, las mismas Marta y María, hermanas de Lázaro, referidas en Jn 11,1-40 y Jn 12,1-3. Si así fuese, la acción sucedería en Betania, una pequeña aldea situada en la parte oriental del Monte de los Olivos, a unos 3 kilómetros de Jerusalén.

Continuamos, de cualquier forma, recorriendo ese “camino hacia Jerusalén”, durante el cual Jesús va revelando a sus discípulos los planes del Padre y les va preparando para dar testimonio del Reino.

Estamos en el contexto de un banquete. No se dice si había muchos o pocos invitados; lo que se dice es que una de las hermanas (Marta) andaba atareada “con el servicio” (v. 40), mientras la otra (María) “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (v. 39).

Marta, naturalmente, no se conformó con la situación y se quejó a Jesús por la indiferencia de su hermana. La respuesta de Jesús (vv. 41-42) constituye el centro del relato y nos da el sentido de la catequesis que, con este episodio, Lucas nos quiere presentar: la Palabra de Jesús debe estar por encima de cualquier otra preocupación.

Hay, en este texto, un detalle que es necesario poner de relieve. Se refiere a la “posición” de María: “sentada a los pies de Jesús”.

Es la posición típica de un discípulo ante su maestro (cf. Lc 8,35; Hch 22,3). Es una situación sorprendente, en un contexto sociológico en el que las mujeres tenían un estatuto subalterno y tenían limitados algunos de sus derechos religiosos y sociales; por eso, ningún “rabino” de la época se dignaba aceptar a una mujer en el grupo de los discípulos que se sentaban a sus pies para escuchar sus lecciones.

Lucas (que en su obra, quiere expresar que Jesús vino a liberar y salvar a los que estaban oprimidos y esclavizados, por ejemplo las mujeres) muestra, en este episodio, que Jesús no hace ninguna discriminación: el hecho decisivo para ser su discípulo es el estar dispuesto a escuchar su Palabra.

Muchas veces este episodio ha sido leído a la luz de la oposición entre acción y contemplación; sin embargo, no es eso lo que aquí está en cuestión. Lucas no está, en esta catequesis, explicando que la vida contemplativa es superior a la vida activa; está diciendo que la escucha de la Palabra de Jesús es lo más importante para la vida del creyente, pues es el punto de partida para caminar en la fe. Esto no significa que el “hacer las cosas”, que el “servir a los hermanos” no sea importante, sino que significa que todo debe partir de la escucha de la Palabra, pues es la escucha de la Palabra la que nos proyecta hacia los otros y nos hace percibir lo que Dios espera de nosotros.

En la reflexión y actualización, tened en cuenta los siguientes aspectos:

En nuestro tiempo se vive a una velocidad de vértigo. Para ganar unos minutos, arriesgamos la vida porque el “tiempo es oro” y perder un segundo significa dejar acumular el trabajo que después no conseguiremos realizar. Cambiamos de carril al conducir sólo por ganar unos metros, saltamos semáforos en rojo, comemos de pie al lado de personas a quienes ni siquiera miramos, llegamos a casa derrotados, nerviosos, vencidos por el cansancio y por el estrés, sin tiempo y sin voluntad para jugar con los niños o para leerles un cuento antes de dormir y dormimos algunas horas con la conciencia de que mañana todo será igual. Claro que estas son las exigencias de la vida moderna; pero, ¿cómo es posible, con este ritmo, tener tiempo para las cosas esenciales? ¿Cómo es posible encontrar un espacio para sentarnos a los pies de Jesús y escuchar lo que tiene que decirnos?

En nuestras comunidades cristianas y religiosas, encontramos personas que hacen muchas cosas, que se dan completamente a la misión y al servicio de los hermanos, que no paran un momento. Es muy necesario que exista esta capacidad de donación, de entrega, de servicio; pero no nos podemos olvidar que el activismo desenfrenado nos aliena, nos machaca, nos asfixia. Es necesario encontrar tiempo para escuchar a Jesús, para acoger y “rumiar” la Palabra, para encontrarnos con Dios y con nosotros mismos, para percibir los retos que Dios nos lanza. Sin eso, fácilmente perdemos el sentido de las cosas y el sentido de la misión que se nos propone; sin eso, fácilmente pasamos a actuar por nuestra cuenta, sin tener en cuenta lo que Dios quiere de nosotros.

Esta época del año, tiempo de vacaciones, de evasión, de descanso, es un tiempo privilegiado para que detengamos esa marcha alienante que nos masacra. Que este tiempo no sea también una carrera desenfrenada para llegar a ningún sitio, sino un tiempo de reencuentro con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestros amigos, con Dios y con las cosas importantes. La oración y la escucha de la Palabra pueden ayudarnos a volver a centrar nuestra vida y a redescubrir el sentido de nuestra existencia.

¿Cuál es nuestra perspectiva de la hospitalidad y de la acogida? Esta lectura sugiere que la verdadera acogida no se limita a abrir la puerta, a sentar a la persona en el sofá, a encender la televisión para que no se aburra, y correr a la cocina para preparar un banquete opíparo; sino que la verdadera acogida pasa por atender a aquel que vino a nuestro encuentro, escucharle, compartir con él, hacerle sentir cuánto nos preocupa aquello que él siente.

La actitud de Jesús, que, contra todas las costumbres de la época, acepta a María como discípula, nos hace pensar, una vez más, en las discriminaciones que, en la Iglesia y fuera de ella, existen, sobretodo en relación con las mujeres. ¿Tienen algún sentido las discriminaciones, a la luz de las actitudes que Jesús tomó?

Col 1, 24-28 (2ª Lectura Domingo XVI de Tiempo Ordinario)

Continuamos con la lectura de la Carta a los Colosenses que ya vimos en el pasado domingo. Recordemos que es una carta escrita por Pablo en la prisión (en Roma), invitando a los habitantes de la ciudad de Colosas (Asia Menor) a no hacer caso a esos doctores para quienes la fe en Cristo debía ser completada con el culto de los ángeles, con rituales legalistas, con prácticas ascéticas rigoristas y con la observancia de ciertas fiestas. Para Pablo, lo único necesario es Cristo: su vida, su testimonio, su cruz (la entrega de la vida por amor) y su resurrección. Nos encontramos entre los años 61 y 63.

El texto que se nos propone inicia la parte polémica de la carta. En ella, Pablo presenta su propio ejemplo, para que les sirva de estímulo a los colosenses.

¿Cuál es, entonces, el ejemplo que el apóstol quiere proponer a los cristianos de Colosas? Es un ejemplo de alguien que, a partir de su conversión, se distanció de todo lo demás, hizo de Cristo la referencia fundamental y se preocupó únicamente de poner su vida al servicio de Cristo.

A lo largo de su camino misionero, Pablo sufrió mucho para llevar la propuesta de salvación a todos los hombres, sin excepción (cf. 2 Cor 11,23-29). Incluso, en el momento en que escribe, Pablo está prisionero a causa del anuncio del Evangelio. Sin embargo, el apóstol se siente feliz pues sabe que esos sufrimientos no fueron en vano, sino que darán fruto y llevarán a mucha gente a descubrir a Jesucristo y a su propuesta de liberación.

Más aún: los sufrimientos de Pablo completan “en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia”. ¿Qué significa esto?

Para unos, Pablo se refiere a la unión de la Iglesia/cuerpo con el Cristo/cabeza: una vez que la cabeza (Cristo) sufrió, los miembros deben sufrir también para compartir la suerte que la cabeza soportó. Esta explicación pone de relieve la unión de los cristianos con Cristo y de los cristianos entre sí.

Para otros, Pablo se refiere a la acción redentora de Jesús: para Jesús, la redención significó la cruz y la donación de la vida; si los apóstoles aceptan ser testigos de la redención, eso implica, también para ellos, el don de la vida (que pasa por la persecución y por el sufrimiento). Esta explicación pone de relieve la unidad del ministerio de Cristo y de los apóstoles y la necesidad del testimonio apostólico. Esta explicación, que aparece ya en los Padres Griegos, es la que está más de acuerdo con el contexto.

Por lo demás, Pablo tiene conciencia de que fue llamado por Cristo a anunciar el “misterio” (“mystêrion”, v. 26). Esta palabra (que la “Lumen Gentium” retomará para definir a la Iglesia y su misión en el mundo, cf. LG 1) designa, en Pablo, el plan salvador de Dios, escondido a los hombres durante siglos, revelado plenamente en la vida, en la acción y en las palabras de Jesucristo y transmitido por los discípulos de Jesús (Iglesia) a lo largo de la historia.

El esfuerzo de Pablo (y de los cristianos en general) debe ir en el sentido de continuar la predicación de ese proyecto de salvación/liberación que trae la vida en plenitud a los hombres de toda la tierra.

Pablo invita, pues, a los colosenses a construir su vida alrededor de Jesús y de su proyecto (aunque eso implique sufrimiento y persecución); con su ejemplo, Pablo les estimula a una comunión cada vez más perfecta con Cristo, pues es en Cristo (y no en los ángeles, o en las prácticas legalistas, o en la prácticas ascéticas) donde los creyentes encuentran la salvación y la vida en plenitud.

La reflexión de este texto puede abordar las siguientes cuestiones:

Pablo es, para los creyentes, una de las figuras que más interroga a lo largo de la historia del cristianismo. Es el cristiano de “visión profunda”, que no se deja atar por las cosas secundarias, y que sabe discernir lo esencial y luchar por aquello que es importante. Pero, sobre todo, es el ejemplo del apóstol por excelencia, del apóstol para quien Cristo es todo y que pone cada latido de su corazón al servicio del Evangelio y de la liberación de los hombres.

¿Asumo yo la misión que Cristo me confió con el mismo empeño que Pablo? ¿Cómo trata y considera nuestra comunidad a esos hermanos que, tantas veces ocultos tras la sencillez y humildad, dan la vida por el Evangelio y por la liberación de los otros?

La centralidad que Cristo asume en la existencia religiosa de Pablo lo lleva a la conclusión de que Cristo basta y que todo lo demás tiene un valor relativo(cuando no sirve, incluso, para “desviar” a los creyentes de lo esencial).
¿Qué valor ocupa Cristo en mi experiencia de fe?

¿Es la prioridad fundamental, o hay otras imágenes o ritos que llegan a ocupar el lugar central que sólo puede pertenecer a Cristo?

Gén 18, 1-10a (1ª Lectura Domingo XVI de Tiempo Ordinario)

Los capítulos 12 a 36 del Libro del Génesis son un conjunto de textos sin gran unidad y sin carácter de documento histórico o de reportaje periodístico de los acontecimientos. Fundamentalmente, estamos ante una mezcla de “mitos sobre el origen” (que narraban la llegada de un “fundador” a un determinado lugar y la conquista de aquella tierra), de “leyendas cultuales” (que relataban cómo un dios cualquiera se apareció en determinado lugar a uno de esos “fundadores” y cómo ese lugar se convirtió en un lugar de culto) y de relatos donde se expresa la realidad de la vida nómada durante el segundo milenio antes de Cristo.

En el origen del texto que hoy se nos propone como primera lectura está, probablemente, una antigua “leyenda cultual” que narraba cómo tres figuras divinas se habían aparecido a un cananeo anónimo junto a la encina sagrada de Mambré (cerca de Hebrón), cómo ese cananeo les había acogido en su tienda y cómo había sido recompensado con un hijo por los dioses (Mambré es un famoso santuario cananeo, ya en el tercer milenio antes de Cristo, mucho antes de haber llegado allí Abraham).

Más tarde, cuando Abraham se estableció en ese lugar, la antigua leyenda cananea le fue aplicada y le llevó a ser el héroe de ese encuentro con las figuras divinas.

En el siglo X antes de Cristo (reinado de Salomón), los autores yahvistas recuperan esa vieja leyenda para presentar su catequesis.

¿Cuál es, entonces, la propuesta catequética que los autores yahvistas quieren hacernos llegar, sirviéndose de esa vieja “leyenda cultual”?

En el estado actual del texto, el personaje central es Abraham. Esta es la figura que los catequistas yahvistas van a presentar a los israelitas de la época de Salomón, como un modelo de vida y de fe.

El texto nos presenta a Abraham “mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor” (v. 1). De repente, aparecen tres hombres delante de Abraham (v. 2). Abraham les invita a entrar; no se limita a traerles agua para lavarse los pies, sino que improvisa un banquete con pan recién hecho, con “un ternero hermoso” del rebaño, con manteca y leche; después, se quedó de pie junto a ellos, en actitud de siervo siempre atento para que nada les faltase a los invitados (vv. 3-8): es la legendaria hospitalidad nómada en su cumbre.

Abraham es, así, presentado, como el modelo del hombre íntegro, humano, bondadoso, misericordioso, atento a quien pasa y dispuesto a repartir con él, de forma gratuita, lo mejor que tiene.

Terminada la comida, se anuncia a Abraham la próxima realización de sus anhelos más profundos: la llegada de un hijo, el heredero de su casa, el continuador de su descendencia (vv. 9-10).

Aparentemente, el don del hijo es la respuesta de Dios a la acción de Abraham: el catequista yahvista pretende decir que Dios no deja pasar las cosas sin más, sino que recompensa una actitud de bondad, de gratuidad, de amor.

El texto presenta, complementariamente, la actitud del verdadero creyente frente a Dios. A lo largo del relato, sin que quede claro si Abraham tiene o no conciencia de que está delante de Dios, aparece la serena obediencia, el respeto, la confianza total (en un momento que, sin embargo, no aparece en la lectura que se nos propone, Sara se ríe por la “promesa”; pero Abraham se mantiene en un silencio digno, sin manifestar ninguna duda, vv. 10b-15): tales son las actitudes a las que el creyente israelita es invitado a asumir ante ese Dios que viene al encuentro del hombre.

Préstese atención, también, a la sugestiva imagen de Dios que irrumpe repentinamente en la vida del hombre, que acepta entrar en su tienda y sentarse a su mesa, constituyéndose en comunidad con él.

Por detrás de esta imagen, se encuentra el significado de comer juntos: crear comunión, establecer lazos de familia, compartir vida. El yahvista presenta, así, a un Dios dialogante, que quiere establecer lazos familiares con el hombre y establecer con él una historia de amor y de comunión.

El catequista yahvista aprovecha la vieja “leyenda cultural” y la figura inspirante de Abraham para presentar a los hombres de su tiempo el modelo de creyente: que es aquel a quien Dios viene a visitar, que acoge a Dios en su casa y en su vida de forma ejemplar, que pone todo lo que posee en manos de Dios y que manifiesta, con su comportamiento, su bondad, su humanidad, su confianza y su fe; es aquel que comparte lo que tiene con quien pasa y cumple hasta el límite el sagrado deber de la hospitalidad. La realización de los anhelos más profundos del hombre es la recompensa de Dios para quien actúa como Abraham.

En la reflexión, tened en cuenta los siguientes elementos:

Cada vez más, el sagrado sacramento de hospitalidad está en crisis, por lo menos en nuestra civilización occidental. El egoísmo, la cerrazón, el “sálvese quien pueda”, el “cada uno que se meta en su vida”, parecen marcar cada vez más nuestra realidad. Sin embargo, son cada vez más las personas perdidas, no acogidas, que tienen por techo los agujeros de nuestras ciudades.

De África, del Este de Europa, de Asia, de América Latina, llegan todos los días a la “fortaleza Europa” bandas de desheredados, que intentan conquistar, con sangre, sudor y lágrimas, el derecho a una vida mínimamente humana.

¿Qué hacer por ellos? ¿Cómo los acogemos: con indiferencia y agresividad, o con la actitud humana y misericordiosa de Abraham?
¿Somos conscientes de que, en cada hermano desheredado, es Dios quien viene a nuestro encuentro?

¿Es con atención, con bondad, con respeto, como las personas son acogidas en nuestra familia, en nuestra comunidad cristiana, en nuestros servicios de atención públicos, en las urgencias de nuestros hospitales, en los despachos de nuestras iglesias, en las porterías de nuestras comunidades religiosas?

La actitud de Abraham hacia Dios es, también, cuestionadora, en una época en la que mucha gente ve en Dios un rival del hombre.
Abraham es el creyente que acoge a Dios en su vida, que acepta vivir en comunión con él, que acepta poner todo lo que tiene en las manos de Dios y que se pone delante de Dios en una actitud de respeto, de sumisión, de total confianza.

¿Cuál es la actitud que marca, día a día, nuestra relación con Dios?

Comentario al evangelio – 15 de julio

Nadie ha dicho que la fe en Jesucristo sea fácil. La fe es una batalla en dos frentes principales: interior, contra nosotros mismos en nuestras inclinaciones más egoístas, destructivas u oscuras; exterior, contra las circunstancias, situaciones y personas que, en ocasiones, tratan de obstaculizar nuestro camino de seguimiento. Para mantener y avanzar en el camino de la fe hay que luchar, y la batalla más dura que se nos puede presentar es contra los de nuestra propia casa.

En la Palabra de hoy Jesús nos advierte de esta posibilidad. Puede ocurrir que en el seno de nuestra familia, de nuestro entorno más querido, surja la incomprensión o el rechazo por el hecho de que seamos creyentes. Si esto sucede, la llamada del Maestro no es al odio o al rechazo, sino a la aceptación de esta realidad en forma de cruz, cargando con ella. Esto es difícil, por ello la tentación puede ser abandonar a Jesús con tal de mantener la paz familiar. En esta situación extrema Jesús es muy claro: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…

Evidentemente Jesús amó la vida familiar, su Encarnación fue en familia, y la fe se puede y se debe vivir en familia, pero en caso de incompatibilidad, la opción está clara: primero Dios. El mensaje de Jesús es de paz, pero en ocasiones y entre algunas personas levanta espadas porque no es un mensaje meloso, descafeinado o light, sino transformador y radical, va a la raíz de las cosas, por ello ha encontrado, encuentra y encontrará rechazo de múltiples formas hasta el final de los tiempos. Mirando a la primera lectura del libro del Éxodo, nos encontramos con la persecución que sufrió el pueblo hebreo en Egipto, les oprimían y amargaban la vida con dura esclavitud

Por eso, cuando experimentes el rechazo de los de tu casa no te desanimes, recuerda que forma parte del camino de seguimiento de Jesús, no permitas que el rencor acampe en tu interior y reza por los que no te entienden ni te comprenden, para que algún día reciban a Cristo en su corazón.

Juan Lozano, cmf.