Vísperas – Santa María Magdalena

VÍSPERAS

SANTA MARÍA MAGDALENA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

“Vacío el sepulcro,
sudarios y vendas.
Ángeles testigos,
movida la piedra.
Vi al resucitado,
soy su mensajera.

Hoy ha renacido
todo con su vuelta.
Es el primer día,
la creación nueva,
nuevo paraíso
de nupcias eternas.

Amando buscaba,
lloraba la ausencia”.
“¡María!” “¡Maestro!”
(La Esposa es la Iglesia).
“Dile a mis hermanos:
Id a Galilea”.

Haz que caminemos
del amor la senda,
y, con nuestros himnos,
el cielo y la tierra
al Dios uno y trino
canten gloria eterna. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Jesús le dice a maría: «Mujer, ¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús le dice a maría: «Mujer, ¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

SALMO 126: EL ESFUERZO HUMANO ES INÚTIL SIN DIOS

Ant. Se han llevado a mi Señor, y no sé donde lo han puesto.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se han llevado a mi Señor, y no sé donde lo han puesto.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Jesús le dice: «¡María!» Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús le dice: «¡María!» Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».

LECTURA: Rm 8, 28-30

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

RESPONSORIO BREVE

R/ María, no llores más, el Señor ha resucitado de entre los muertos.
V/ María, no llores más, el Señor ha resucitado de entre los muertos.

R/ Ve a mis hermanos y diles:
V/ El Señor ha resucitado de entre los muertos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ María, no llores más, el Señor ha resucitado de entre los muertos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor.» Aleluya.

PRECES

Supliquemos a Dios en bien de su Iglesia, por intercesión de las santas mujeres y digámosle:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Por intercesión de las mártires, que con la fuerza del espíritu superaron la muerte del cuerpo,
— concede, Señor, a tu Iglesia ser fuerte en la tentación.

Por intercesión de las esposas, que por medio del santo matrimonio crecieron en la gracia,
— concede, Señor, a tu Iglesia la fecundidad apostólica.

Por intercesión de las viudas, que por la hospitalidad y la oración superaron su soledad y se santificaron,
— concede, Señor, a tu Iglesia que muestre al mundo el misterio de tu caridad.

Por intercesión de las madres, que engendraron sus hijos no solo para la vida del mundo, sino también para el reino de los cielos,
— concede, Señor, a tu Iglesia que transmita la vida del espíritu y la salvación a todo el género humano.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Por intercesión de todas las santas mujeres, que han sido ya admitidas a contemplar la belleza de tu rostro,
— concede, Señor, a los difuntos de la Iglesia gozar también eternamente de tu presencia.

Todos juntos, en familia, repitamos las palabras que nos enseñó Jesús y oremos al Padre, diciendo:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie, a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 22 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 20,1-2.11-18
El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.»
Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní -que quiere decir: «Maestro»-. Dícele Jesús: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor» y que había dicho estas palabras. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta la aparición de Jesús a María Magdalena, cuya fiesta celebramos hoy. La muerte de Jesús, su gran amigo, le hace perder el sentido de la vida. Pero ella no desiste de la búsqueda. Va al sepulcro para volver a encontrar a aquel que le habían robado. Hay momentos en la vida en que todo se desmorona. Parece que todo se termina. Muerte, desastre, enfermedad, decepción, traición. Tantas cosas que pueden hacernos faltar la tierra bajo nuestros pies y echarnos en una crisis profunda. Pero también acontece lo siguiente. Como que, de repente, el volverse a encontrar con una persona amiga puede rehacer la vida y puede hacernos descubrir que el amor es más fuerte que la muerte y la derrota. En la manera de describir la aparición la aparición de Jesús a María Magdalena aparecen las etapas de la travesía que ella tuvo que hacer, desde la búsqueda dolorosa del fallecido amigo hasta el encuentro con el resucitado. Estas son también las etapas por las que pasamos todos nosotros, a lo largo de la vida, en busca de la dirección hacia Dios y en la vivencia del Evangelio. Es el proceso de la muerte y de la resurrección que se prolonga en el día a día de la vida.
• Juan 20,1: María Magdalena va al sepulcro. Había un amor muy grande entre Jesús y María Magdalena. Ella fue una de las pocas personas que tuvieron el valor de quedarse con Jesús hasta la hora de su muerte en la cruz. Después del reposo obligatorio del sábado, ella volvió al sepulcro para estar en el lugar donde había encontrado al Amado por última vez. Pero, con su gran sorpresa, el sepulcro estaba vacío.
• Juan 20,11-13: María Magdalena llora, pero busca. Llorando, María Magdalena se inclina y mira para dentro del túmulo, donde ve dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había sido colocado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Los ángeles preguntan: «¿Por qué lloras?» Respuesta: «¡Porqué se han llevado a mi señor y no dé dónde lo han puesto!» María Magdalena busca al Jesús que ella había conocido, el mismo con quien había convivido durante tres años.
• Juan 20,14-15: María Magdalena conversa con Jesús sin reconocerle. Los discípulos de Emaús vieron a Jesús, pero no le reconocieron (Lc 24,15-16). Lo mismo acontece con María Magdalena. Ella ve a Jesús, pero no le reconoce. Piensa que es el jardinero. Al igual que los ángeles, también Jesús pregunta: «¿Por qué lloras?» Y añade: «¿A quién buscas?» Respuesta: ««Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Ella sigue buscando al Jesús del pasado, de hace tres días. La imagen de Jesús del pasado le impide reconocer al Jesús vivo, presente ante ella.
• Juan 20,16: María Magdalena reconoce a Jesús. Jesús pronuncia el nombre: «¡María!» (Miriam) Fue la señal de reconocimiento: la misma voz, la misma manera de pronunciar el nombre. Ella responde: «¡Maestro!» (Rabuni) Jesús había vuelto. La primera impresión es de que la muerte no fue que un accidente doloroso a lo largo del camino, pero que ahora todo había vuelto a ser como antes. María abraza a Jesús con fuerza. Era el mismo Jesús que había muerto en cruz, el mismo que ella había conocido y amado. Aquí se realiza lo que Jesús dijo en la parábola del Buen Pastor: «El las llama por su nombre y ellas reconocen su voz». – «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10,3.4.14).
• Juan 20,17: María Magdalena recibe la misión de anunciar a los apóstoles la resurrección. De hecho, es el mismo Jesús, pero lo que ha cambiado es la manera de estar unido a ella: Jesús le dice: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre”
Jesús sube al Padre. María Magdalena tiene que soltarle y asumir su misión: “Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Llama a los discípulos “mis hermanos”. Subiendo al Padre, Jesús nos abrió el camino e hizo con que Dios se quedara de nuevo cerca de nosotros. “Quiero que donde yo esté ellos estén conmigo” (Jn 17,24; 14,3).
• Juan 20,18: La dignidad y la misión de la Magdalena y de las Mujeres. María Magdalena es citada como discípula de Jesús (Lc 8,1-2); como testigo de su crucifixión (Mc 15,40-41; Mt 27,55-56; Jn 19,25), de su sepultura (Mc 15,47; Lc 23,55; Mt 27,61), y de su resurrección (Mc 16,1-8; Mt 28,1-10; Lc 24,1-10; Jn 20,1.11-18). Y ahora recibe la orden, la ordenación, de ir a los Doce y anunciarles que Jesús está vivo. en esta Buena Nueva de la Resurrección, las siete lámparas de los sacramentos se apagarían (Mt 28,10; Jn 20,17-18). 

4) Para la relación personal

• ¿Has pasado ya por una experiencia que te dio este sensación de pérdida y de muerte? ¿Qué te dio nueva vida y te devolvió la esperanza y la alegría de vivir?
• María Magdalena buscaba a Jesús de una manera y le encontró de otra. ¿Cómo acontece esto hoy en tu vida? 

5) Oración final

Dios, tú mi Dios, yo te busco,
mi ser tiene sed de ti,
por ti languidece mi cuerpo,
como erial agotado, sin agua. (Sal 63,2)

Recursos – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo eclesial, en una comunidad religiosa.

2. Recordad los lugares de oración.

Este domingo “de la oración” puede ser ocasión para recordar los lugares de la oración de la parroquia (iglesia, capilla…), de algún santuario próximo…Se pueden colocar esas indicaciones a la entrada de la iglesia, precisando los lugares, horarios y todas las informaciones útiles.

De cualquier forma, más allá del lugar de culto, es bueno recordar que el gran lugar de oración es el corazón de la propia persona abierta a Dios y a nuestra casa-familia.

3. El libro de las intenciones de oración.

Se podría colocar un libro a la entrada de la iglesia, para quien quiera escribir una intención de oración. Todas esas oraciones (o algunas) pueden ser proclamadas en el momento de la oración universal.

4. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: “Dios de bondad, te damos gracias por tu Hijo Jesús; inocente, aceptó morir por los pecadores. Como grande es el clamor que sube de todas las regiones afectadas por los cataclismos, los de la naturaleza y los de origen humano. Ilumínanos sobre las formas de socorrer a las víctimas”.

Al finalizar la segunda lectura: “Dios de la vida y de la resurrección, te damos gracias por nuestro bautismo. Estábamos destinados a la muerte y Tú nos diste la vida, perdonaste los pecados de la humanidad y pagaste por nosotros. Te pedimos por los jóvenes y los adultos que se preparan para el bautismo y por aquellos que han reencontrado la fe, después de un período de abandono. Mantennos en el camino de la conversión”.

Al finalizar el Evangelio: “Padre Nuestro, te damos gracias por la oración, porque Jesús tu Hijo nos enseñó a buscarte, a llamar a tu puerta, a pedirte el pan y a hablarte directamente y con confianza, como hijos de su Padre. Nosotros te pedimos: que tu nombre sea santificado, que venga a nosotros tu reino, danos tu pan de vida, perdona, danos tu Espíritu Santo.

5. Plegaria Eucarística.

Se puede elegir la Plegaria Eucarística I para la Reconciliación. Recuerda de manera significativa la intercesión y la mediación de Cristo, de la que habla la primera lectura.

6. Palabra para el camino.

Rezar el Padrenuestro como si fuese la primera vez.
Como los discípulos, vayamos sin cesar a la escuela de Jesús para rezar.
Volver a aprender de él el sentido y la fuerza de la palabra que él nos dejó.
Volvamos a decirlas, saboreándolas y dejando que nos transformen.
Durante esta semana, procuremos rezarlas como si fuese un descubrimiento, recibiéndolas de boca de Jesús.

Comentario del 22 de julio

El evangelista refiere que en cierta ocasión se acercaron a Jesús un grupo de letrados y fariseos con una reivindicación: Maestro –le dicen-, queremos ver un milagro tuyo. ¿Es que no lo habían visto? La actividad de Jesús estaba repleta de milagros. Pero, al parecer, tales milagros no habían sido suficientemente significativos para ellos. Querían ver un milagro más potente o más convincente, un milagro que dejase menos espacio para la duda. Pero el que se acerca con estas intenciones difícilmente va a ver satisfechas sus exigencias.

Ante esta acometida, Jesús responde denunciando «la perversidad» de esa generación representada por este grupo de letrados y fariseos, una malicia que se describe en términos de incredulidad o de resistencia a creer en él. Decía: Esta generación es una generación perversa. ¿En qué radica su perversidad? Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

La actividad mesiánica de Jesús estaba colmada de signos. Sus numerosas curaciones milagrosas fueron vistas por muchos de sus contemporáneos como signos de la presencia de un gran profeta en medio de su pueblo. Pero no todos apreciaron en estas acciones extraordinarias signos de la actuación de un enviado de Dios, sino más bien signos demoníacos o acciones llevadas a cabo en estrecha alianza con el diablo. Las interpretaciones eran totalmente antagónicas, pero coincidían en una cosa: eran efectos en los que se revelaban fuerzas sobrenaturales. Había quienes seguían pidiendo un signo, quizá más espectacular y convincente, un signo al que nadie pudiera oponer argumentos.

Pero Jesús se niega a satisfacer estas exigencias «diabólicas» que, a sus ojos, no son sino tentaciones, la reproducción de las tentaciones del desierto: Si eres Hijo de Diosdi a esta piedra que se convierta en pantírate desde el alero del templo, demuestra que lo eres realmente ofreciendo una prueba irrefutable. La incredulidad es muy dura en sus reivindicaciones; siempre reclama signos, y signos más incuestionables. Ninguno de los signos que se le ofrecen es suficiente; siempre pide más. Es el orgullo del hombre que se resiste a doblegar su voluntad y su inteligencia a una autoridad superior. Pero la imagen reivindicante de un ser tan pequeño como el hombre exigiendo pruebas a su Creador puede resultar hasta ridícula. Y sin embargo, no es infrecuente encontrarnos a un hombre plantado ante Dios en actitud desafiante y exigente. Es como si la vasija se dirigiera al alfarero reclamando una mejor hechura: «¿Por qué me has hecho así?»

Decía que Jesús se negó a satisfacer estas exigencias: no se les dará –les dice- más signo que el signo de Jonás entre los habitantes de Nínive. ¿De qué fue signo Jonás para los habitantes de aquella gran ciudad? Simplemente de la presencia en medio de ellos de un enviado de Dios que les hablaba con su palabra de una manera convincente. Se trata sólo del poder de convicción de una palabra en boca de un profeta que predica desde su propia experiencia exhortando a la conversión. De Jonás no se dice que hiciera milagros; pero su predicación convenció y convirtió a los habitantes de Nínive, que se vistieron de saco y de sayal e hicieron penitencia.

Jesús, aunque es más que Jonás, no pide otro crédito que el que tuvo Jonás entre los destinatarios de su misión. Jesús, de nuevo, encuentra más resistencia a su mensaje entre los judíos de su generación que entre los paganos de cualquier época, como aquellos ninivitas que se convirtieron con la predicación de Jonás. Es esta incredulidad culpable la que le lleva a calificar de perversa a su generación; puesto que se trata de una incredulidad que, en el día del juicio, merecerá condena hasta de los habitantes de Nínive que se alzarán y harán que los condenen.

Pidamos al Señor que nos libre de esta dureza de corazón que acaba por hacernos resistentes a todo antibiótico divino, a todo signo, a toda llamada a la conversión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

67. La clarividencia de quien ha sido llamado a ser padre, pastor o guía de los jóvenes consiste en encontrar la pequeña llama que continúa ardiendo, la caña que parece quebrarse (cf. Is 42,3), pero que sin embargo todavía no se rompe. Es la capacidad de encontrar caminos donde otros ven sólo murallas, es la habilidad de reconocer posibilidades donde otros ven solamente peligros. Así es la mirada de Dios Padre, capaz de valorar y alimentar las semillas de bien sembradas en los corazones de los jóvenes. El corazón de cada joven debe por tanto ser considerado “tierra sagrada”, portador de semillas de vida divina, ante quien debemos “descalzarnos” para poder acercarnos y profundizar en el Misterio.

Homilía – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

PEDID Y SE OS DARÁ

 

UN MENSAJE CONSOLADOR

Dios nos escucha. Jamás hace oídos sordos a nuestra oración.

Si quieres comunicarte con personas influyentes, no te dan audiencia. Si quieres hablar por teléfono, no les pasan la comunicación; les escribes y tu carta va a la papelera o te responde un secretario… Con respecto al Padre-Dios tenemos la garantía absoluta de la palabra de Jesús: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre». Más categórico, imposible.

Para esclarecer esto Jesús recurre al argumento de la actitud de los padres terrenos y del amigo. ¿Qué padre, cuando un hijo pide pan le da una piedra, o si le pide un pescado le da una serpiente? Pues si vosotros, que estáis condicionados por vuestro egoísmo, atendéis a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo que es Amor! Jesús recurre también al argumento de la amistad. El hombre que está acostado se levanta y atiende al amigo y le da los panes que necesita para que le deje en paz. ¡Cuánto más el Padre del cielo que no duerme y a quien nadie ni nada le cansa, atenderá al que se dirige a Él!

Llama el hijo por teléfono al padre o al hermano mayor y le responden desde la casa paterna: «No está, salió, está durmiendo, está cansado de tantas cuestiones y problemas, está hablando por teléfono». O el padre le responde: «Mira, no puedo ayudarte; se me acabaron los ahorros… ¡Qué más quisiera que poderte echar una mano, pero no puedo!». Dios atiende a todas las líneas, no se empobrece, no se cansa, tiene el móvil siempre abierto. Lo mismo hay que decir de Jesucristo vivo y resucitado. A nosotros nos cuesta entenderlo, pero es así. Dios, en su infinitud, lo abarca todo.

Es sorprendente las facilidades que tenemos para comunicarnos con Dios y con Jesucristo. Nos envuelven con su presencia. No necesitamos viajar. No necesitamos gastar en teléfono. Dios Padre y Jesucristo, el Hermano, son todo oídos. Dicen muchos padres, y con razón: «Tanto tiempo malgastado delante del televisor, tantas horas de charla con amigos y vecinos, tantos ratos de paseo, ¿y no tienes ni un cuarto de hora para comunicarte con tu padre?». ¡Qué poco hemos desarrollado los cristianos el sentido de la comunicación con Dios!

 

ORAR COMO DIOS MANDA

Hay muchos que se quejan de que Dios no cumple su Palabra: «Pedid y recibiréis…». «Yo le he pedido cantidad de cosas, y no me ha concedido casi ninguna», es una queja bastante generalizada. Me decía también alguien de nuestro entorno: «Estoy enfadadísimo con Dios, porque estoy cansado de pedirle y no me concede nada».

Con respecto a esta cuestión, es preciso tener en cuenta:

Jesús sólo promete con absoluta garantía el Espíritu Santo. Jesús no promete la concesión de cualquier petición. De ninguna manera. Lucas termina diciendo: «¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!». Con respecto a este don Jesús da absolutas garantías. Y, ¿qué más queremos? Un ferviente cristiano oraba: «No te pido que me des cargas pequeñas sino espaldas anchas». San Agustín oraba: «Dame lo que me mandas y mándame lo que quieras».

Pidamos con toda confianza el Espíritu de Jesús, el don del amor, la sabiduría cristiana, el coraje interior para ser testigos valientes y constructores eficaces del Reino, el don de la oración… y estemos seguros de que lo alcanzaremos. ¿Y qué más podemos pedir? ¿No es lo máximo que Dios nos puede dar? Pero ello requiere una condición: la constancia. Es lo que, sobre todo, quiere resaltar la parábola de hoy. El hombre necesitado llama y llama hasta cansarle. «Es necesario orar siempre sin desfallecer»… Santa Mónica pasó diez años orando con lágrimas y suspiros pidiendo la conversión de su hijo perdido, Agustín.

Orar es ponerse a disposición de Dios. Desgraciadamente, para muchos «cristianos» orar sólo es pedir, y pedir beneficios temporales. Es comprar a Dios, ablandarle, llamar su atención con plegarias, promesas y votos. Es «conquistarle». La oración interesada no sólo no nos eleva, no nos humaniza, sino que nos egoistiza más y más. Advierte Jesús que el Padre sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos (Mt 6,8). Esta oración mercantil ha creado una imagen deplorable de lo que es la verdadera oración. Muchas personas cultas, muchos jóvenes se ríen compasivamente de esta religiosidad comercial. Orar no es pedir que Dios se ponga a nuestra disposición sino ponernos nosotros a disposición de Dios.

La gran plegaria que hemos de hacer es la de Jesús: «Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Le 22,42). Él nos enseñó a orar: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). María oró: «He aquí la esclava del Señor…» (Le 1,38). Nuestra oración ha de ser siempre condicionada como la de Jesús: «Padre, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Le 22,42).

La mejor oración es la que responde a la Palabra que Dios nos dirige. «A Dios escuchamos cuando leemos la Palabra, a Dios hablamos cuando oramos», decía san Jerónimo, citado por el Concilio. Pedir no es lo más importante de la oración. Orar es, sobre todo, escuchar, es alabar, adorar, agradecer, admirar, pedir perdón, contemplar… «No pido nunca nada para mí -dice Mons. Casaldáliga- sólo recuerdo al Señor las necesidades de los demás». Es la oración gratuita, no interesada, la que es más genuinamente oración. ¿Qué diríamos de un hijo que no fuera a la casa paterna a hablar con su padre, sino nada más que para pedir?

Nunca nos vamos con las manos vacías. Como les ocurre a los hijos que van a la casa del padre bueno y rico, nunca vuelven con las manos vacías. Tal vez no reciben lo que habían pedido, pero quizás reciben más. La oración bien hecha es salida de uno mismo para ponerse en las manos de Dios. Y esto eleva el espíritu. Siempre saldremos reanimados.

Una parapléjica fue a Lourdes para pedir el milagro de la recuperación. A la vuelta, después de haber escuchado la Palabra de Dios y orado con generosidad, testimoniaba: «Fui a pedir la salud del cuerpo y la Virgen me concedió más de lo que le pedía: la salud del alma. La cruz de la enfermedad ya casi no me pesa».

El don supremo que nos puede conceder Dios es fuerza para realizar su voluntad en nuestra vida. Es mucho más importante que nos conceda la gracia de hacer su voluntad que el que Él haga la nuestra.

A Dios rogando y con el mazo dando. Dios no es como el padre que hace los deberes del hijo, sino que le inspira, le da pistas, pero no le ahorra el trabajo. Dice otro refrán: «Ayúdate que Dios te ayudará». San Agustín aconsejaba: «Esfuérzate como si todo dependiera de ti, confía en Dios como si todo dependiera de Él». Mejor, imposible.

Existe una leyenda expresiva. A dos carreteros se les ha atascado el carro en un lugar pantanoso. Uno de ellos trabaja como un negro, grita a las muías con blasfemias, incluso, empuja el carro con su hombro, mete leña debajo de las ruedas… El otro se pone de rodillas a rezar y a pedir a Dios que le saque de aquel atolladero. Se aparece un ángel y se presenta junto al carretero blasfemo. «Vengo a echarte una mano». «Creo que está usted equivocado, dice el carretero blasfemo, usted viene a ayudar seguramente a aquel que es el piadoso, el que está rezando». «No, no, dice el ángel, vengo a ayudar al que trabaja, al que pone de su parte todo lo que puede». Y con su ayuda, el carretero trabajador y blasfemo desatolló el carro.

LA ORACIÓN SIEMPRE ES ESCUCHADA

Un piadoso musulmán rezaba todos los días incansablemente pidiendo a Dios un favor. Pero Dios parecía no oír su oración. Por fin, se le aparece al devoto musulmán un ángel

que le dice: «Dios ha decidido no concederte lo que le pides». Al oír el mensaje, el buen hombre comienza a dar voces de alegría, a saltar de gozo, a contar a todos lo que le había sucedido. La gente le pregunta sorprendida: «¿Y de qué te alegras, si Dios no te ha concedido lo que le pedías?». Contesta: «Es verdad que me lo ha negado, pero al menos sé que mi oración llegó hasta Dios. ¡Qué más puedo desear!». Y siguió proclamando su alegría.

Eso es lo que nos acaba de decir Jesús de Nazaret. Te conceda o no te conceda el Padre lo que le pides, estáte seguro de que Él te escucha y de que no te vas de tu comunicación con Él con las manos vacías. «Como me ocurrió a mí, dice Jesús: no me libró del cáliz, pero me dio coraje para beberlo». Mejor así, mejor que no me concediera lo que yo quería y le pedía. Ha sido mejor para todos.

Atilano Aláiz

Lc 11, 1-13 (Evangelio – Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

El Evangelio de este domingo nos sitúa, una vez más, en el “camino de Jerusalén”, es decir, recorriendo ese camino espiritual que prepara a los discípulos para que asuman plenamente el ser testigos del Reino. La catequesis que Jesús presenta hoy a los discípulos es sobre la forma de dialogar con Dios.

Lucas es el evangelista de la oración de Jesús. Relata la oración de Jesús en el bautismo (cf. Lc 3,21), antes de la elección de los Doce (cf. Lc 6,12), antes del primer anuncio de la pasión (cf. Lc 9,18), en el contexto de la transfiguración (cf. Lc 9,28-29), tras el regreso de los discípulos de la misión (cf. Lc 10,21), en la última cena (cf. Lc 22,32), en Getsemaní (cf. Lc 22,40-46), en la cruz (cf. Lc 23,34.46). En general, la oración es el espacio de encuentro de Jesús con el Padre, el momento de discernimiento del proyecto del Padre.

El texto que hoy se nos propone nos presenta a Jesús orando al Padre y enseñando a los discípulos cómo orar al Padre.

No se trata tanto de enseñar una fórmula fija, que los discípulos deban repetir de memoria, sino más bien proponer un “modelo”.

Por lo demás, el “Padrenuestro” conservado por Lucas es un tanto diferente del “Padre Nuestro” conservado por Mateo (cf. Mt 6,9-13), lo que puede explicarse por tradiciones litúrgicas distintas. La versión de Mateo corresponde con un medio judeo- cristiano, en cuanto que el de Lucas, más breve y con menos adornos litúrgicos, está más próxima (probablemente) de la oración original. Ninguna de estas versiones pretende, en realidad, reproducir literalmente las palabras de Jesús, sino mostrar a las comunidades cristianas cual es la actitud que se debe asumir en el diálogo con Dios.

¿Cómo deben rezar pues los discípulos? Lucas se refiere a dos aspectos que deben ser considerados en el diálogo con Dios.

El primero se refiere a la “forma”: debe ser un diálogo de un hijo con el Padre; el segundo se refiere al “asunto”: el diálogo incidirá en la realización del plan del padre, para la venida del mundo nuevo.

Tratar a Dios como “Padre” no es una novedad. En el Antiguo Testamento, Dios es “como un padre” que manifiesta amor y solicitud por su Pueblo (cf. Os 11,1-9).

No obstante, en boca de Jesús, la palabra “Padre” referida a Dios no es utilizada en sentido simbólico, sino en sentido real: para Jesús, Dios no es “como un padre”, sino que es “el padre”.

El mismo lenguaje con el que Jesús se dirige a Dios muestra esto: la expresión “Padre” usada por Jesús traduce el original arameo “abba” (cf. Mc 14,36), tomada de manera común y familiar como los niños llamaban a su “papá”. Al referirse a Dios de esta forma, Jesús manifiesta la intimidad, el amor, la comunión de vida, que le ligan a Dios.

Sin embargo, el aspecto más sorprendente reside en el hecho de que Jesús ha aconsejado a sus discípulos que traten a Dios de la misma forma, admitiéndoles a la comunión que existe entre él y Dios.

¿Por qué los discípulos pueden llamar “Padre” a Dios? Porque, al identificarse con Jesús y al acoger las propuestas de Jesús, establecen una relación íntima con Dios(la misma relación de comunión, de intimidad, de familiaridad que unen a Jesús y al Padre). Se convierten, por tanto, en “hijos de Dios”.

Sentirse “hijo” de ese Dios que es “Padre” significa además: reconocer la fraternidad que nos liga a una inmensa familia de hermanos. Decir a Dios “Padre” implica salir del individualismo que aliena, superar las divisiones y destruir las barreras que impiden amar y ser solidarios con los hermanos, hijos del mismo “Padre”.

De esta forma, Cristo invita a los discípulos a asumir, en su relación y en su diálogo con Dios, la misma actitud de Jesús: la actitud de un niño que, con simplicidad, se entrega confiadamente en las manos del padre, acoge naturalmente su ternura y su amor y acepta la propuesta de intimidad y de comunión que esa relación padre/hijo implica; invita, también, a los discípulos a amarse como hermanos y a formar una verdadera familia, unida alrededor del amor y del cuidado del “Padre”.

Definida la “actitud”, falta definir el “asunto” o el “tema” de oración. En la perspectiva de Jesús, el diálogo del creyente con Dios debe, sobre todo, abordar el tema de la venida del Reino, del nacimiento de ese mundo nuevo que Dios nos quiere ofrecer.

La referencia a la “santificación del nombre” expresa el deseo de que Dios se manifieste como salvador a los ojos de todos los pueblos y el reconocimiento por parte de los hombres, de la justicia y de la bondad del proyecto de Dios para el mundo.

La referencia a la “venida del Reino” expresa el deseo de que ese mundo nuevo que Jesús vino a proponer se torne una realidad definitivamente presente en la vida de los hombres.

La referencia al “pan de cada día” expresa el deseo de que Dios no cese de alimentarnos con su vida (en la forma del pan material y en la forma del pan espiritual).

La referencia al “perdón de los pecados” pide que la misericordia de Dios no cese de derramarse sobre nuestras infidelidades y que, a partir de nosotros, también llegue a los otros hermanos que fallaron.

La referencia a la “tentación” pide que Dios no nos deje seducir por la llamada de las felicidades ilusorias, sino que nos ayude a caminar al encuentro de la felicidad duradera, de la vida plena.

Dos parábolas finales completan el cuadro.

El acento de la primera (vv. 5-8) no debe ser puesto tanto en la insistencia del “amigo inoportuno”, sino más en la acción del amigo que satisface la petición; lo que Jesús pretende decir es: si los hombres son capaces de escuchar la llamada de un amigo inoportuno, todavía más Dios atenderá gratuitamente a aquellos que se dirigen a él.

La segunda parábola (vv. 9-13) invita a la confianza en Dios: él nos conoce bien y sabe lo que necesitamos; en todas las circunstancias él derramará sobre nosotros el Espíritu, que nos permitirá afrontar todas las situaciones de la vida con la fuerza de Dios.

Considerad, en la reflexión, los siguientes elementos:

El Evangelio de Lucas subraya el espacio significativo que Jesús daba, en su vida, al diálogo con el Padre, sobretodo, antes de ciertos momentos determinantes, en los cuales se hacía particularmente importante el cumplimiento del proyecto del Padre.

¿En mi vida, encuentro espacio para ese diálogo con el Padre?
¿En la oración, procuro “sentir el pulso” de Dios para conocer su proyecto para mi, para la Iglesia y para el mundo?

La forma como Jesús se dirige a Dios muestra la existencia de una relación de intimidad, de amor, de confianza, de comunión entre él y el Padre (de tal forma que Jesús llama a Dios “papá”); y él invita a sus discípulos a asumir una actitud semejante cuando se dirige a Dios.

¿Es esa actitud la que yo asumo en mi relación con Dios?
¿Él es el “papa” a quien amo, en quien confío, a quien recurro, con quien comparto la vida, o es el Dios distante, inaccesible, indiferente?

Mi oración es una oración egoísta, de “pedigüeño” o es, antes de nada, un encuentro, un diálogo, en el cual me esfuerzo para escuchar a Dios, por estar en comunión con él, por percibir sus proyectos y acogerlos?

Mi oración es una “negociación” entre dos comerciantes (“te doy esto si me das aquello”) o es un encuentro con un amigo a quien necesito, a quien amo y con quien comparto las preocupaciones, los sueños y las esperanzas?

Col 2, 12-14 (2ª lectura – Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

Por tercera semana consecutiva, tenemos como segunda lectura un texto de la Carta a los Colosenses en la que Pablo defiende la absoluta suficiencia de Cristo para la salvación del hombre.

El texto que hoy se nos propone forma parte de una perícopa en la que Pablo polemiza contra los “falsos doctores” que confundían a los cristianos de Colosas con exigencias acerca de los ángeles, de ritos y de prácticas ascéticas (cf. Col 2,4-3,4).

Después de exhortar a los colosenses sobre la firmeza en la fe frente a los errores de los “falsos doctores” (cf. Col 2,4-8), Pablo afirma que Cristo basta, pues es en él en el que reside la plenitud de la divinidad; él es la cabeza de todo principado y potestad y fue él quien nos redimió con su muerte (cf. Col 2,9-15).

La cuestión fundamental es, en este breve texto, la afirmación de la supremacía de Cristo y de su suficiencia en la salvación del creyente.

Por el bautismo, el creyente se adhirió a Cristo y se identificó con Cristo, murió al pecado y nació a la vida nueva del Hombre Nuevo. En Cristo encontramos, por tanto, la vida en plenitud, sin que sea necesario recurrir a nada más (poderes angélicos, ritos, prácticas) para tener acceso a la salvación.

Para representar, de forma más explícita, lo que significa este “morir” y “resucitar”, Pablo se refiere a un “protocolo de condena” que la muerte de Cristo había “quitado de en medio”.

Este “protocolo” en el que se reconoce nuestra deuda para con Dios puede

designar aquí, ya a la Ley de Moisés (con sus leyes, exigencias, prescripciones, imposibles de cumplir en su totalidad y constituyendo, por tanto, un documento de acusación contra los fallos de los hombres), o el “registro”, donde, de acuerdo con las tradiciones judías de la época, Dios inscribe las cuentas de la humanidad (cf. Sal 139,16).

De una forma o de otra, no interesa acentuar demasiado esta imagen del “protocolo de condena”: es, únicamente, una expresión, utilizada para significar que Cristo anuló nuestras deudas (en el sentido en que nuestro egoísmo y nuestro pecado murieron, en el instante en el que él nos liberó); y, a través de Cristo, comenzó para nosotros una vida nueva, libre de todo lo que nos oprime, nos esclaviza, nos roba la felicidad, nos impide el acceso a la vida plena.

Para la reflexión y actualización de la Palabra, considerad los siguientes elementos:

Más de una vez, la Palabra de Dios afirma la absoluta centralidad de Cristo en nuestra existencia cristiana.
Es por él, y sólo por él, por quien nuestro pecado y nuestro egoísmo son sanados y por quien tenemos acceso a la salvación, o sea, a la vida nueva del Hombre Nuevo. Es en esto donde reside lo fundamental de nuestra fe y es en Cristo (en su vida hecha donación, entrega, amor hasta la muerte) donde se debe centralizar nuestra existencia de cristianos.

Al denunciar la actitud de los colosenses (más preocupados por los poderes de los ángeles y por ciertas prácticas y ritos que de Cristo), Pablo nos advierte para que no nos dejemos apartar de lo esencial por aspectos secundarios. El criterio fundamental, respecto a la vivencia de nuestra fe, debe ser este: todo lo que contribuye a llevarnos hasta Cristo es bueno; todo lo que nos separa de Cristo es prescindible.

Es necesario tener conciencia de que el bautismo, identificándonos con Jesús, constituye un punto de partida para una vida vivida a ejemplo de Jesús, en donación, en servicio, en entrega de la vida por amor.
¿Es este “camino” el que estamos recorriendo?

¿Mi vida se conduce, decisivamente, en dirección al Hombre Nuevo o me mantiene fosilizado en el hombre viejo del egoísmo, del orgullo y del pecado?

Gén 18, 20-32 (1ª lectura – Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

Este texto del Libro del Génesis viene a continuación del leído el pasado domingo como primera lectura. Después de haber dejado la tienda de Abrahán, los tres personajes se dirigen a la ciudad de Sodoma, con el fin de constatar en el lugar el pecado de los habitantes de la ciudad.

Abrahán acompañó a sus visitantes divinos durante algún tiempo. El autor yahvista sitúa en un lugar alto, al Este del Hebrón, de donde se divisa Sodoma (cf. Gn 19,27), ese diálogo entre Abraham y Dios que el texto nos presenta.

Sodoma era una ciudad antigua, que se supone había existido en las márgenes del Mar Muerto, al sur de la península de El-Lisan. De acuerdo con las leyendas, fue una de las ciudades destruidas (las otras habrían sido Gomorra, Adama, Seboin y Segor) por un cataclismo que quedó en la memoria del pueblo bíblico.

Algunos estudiosos modernos han buscado una explicación para la leyenda en la geología de la zona: la región está situada en la falla del valle del Jordán, en una zona sujeta a terremotos y con actividad volcánica.

Depósitos de betún y de petróleo han sido descubiertos en esta región; y algunos escritores antiguos atestiguan de la presencia de gases que, una vez inflamados, podrían causar una terrible destrucción, del tipo del relatado en Gn 19. ¿Habría sido esto lo que sucedió en esa zona?.

Es probablemente, ese recuerdo de un antiguo cataclismo, que en tiempos inmemoriales destruyó esta área, lo que originó la reflexión que esta lectura nos presenta.

Se podría pensar que un acontecimiento prehistórico muy remoto, cuyos restos enigmáticos eran todavía visibles en tiempos de Abrahán (como lo son todavía hoy), lo que habría excitado la fantasía religiosa, en el sentido de buscar las causas de una tan terrible catástrofe.

El diálogo que la primera lectura de hoy nos propone es un texto de transición que sirve para unir la leyenda de Mambré con las leyendas que relatan la destrucción de Sodoma y de las ciudades vecinas. Los autores yahvistas aprovecharían la ocasión para presentar una catequesis sobre el peso que el justo y el pecador tienen delante de Dios.

Dios se prepara para iniciar la “investigación”, a fin de constatar la culpabilidad o la inocencia de Sodoma.

Es precisamente ahí donde el autor yahvista decide insertar esa pregunta fundamental que le inquieta: ¿que sucedería si esa “investigación” demostrara la existencia en la ciudad de un pequeño grupo de justos? ¿Dios castigaría a toda la comunidad? ¿Un puñado de justos vale tanto como que, por amor a ellos, Dios esté dispuesto a perdonar el castigo a una multitud de culpables?

La idea de que un puñado de “justos” pueda salvar a la ciudad pecadora es, en pleno siglo X antes de Cristo (la época del yahvista), una idea revolucionaria.

Para la mentalidad religiosa de los israelitas de este momento, todos los miembros de una comunidad (familia, ciudad, nación) eran solidarios en el bien y en el mal; si alguien fallaba, el castigo debería, inevitablemente, derramarse sobre el grupo entero.

Sin embargo, los catequistas yahvistas se atreven a sugerir que tal vez la “justicia” de unos pocos sea, para Dios, más importante que el pecado de la mayoría.

A pesar de todo, aún estamos lejos de la perspectiva de la retribución y de la responsabilidad individuales: esas ideas sólo será consagradas por la catequesis de Israel a partir del siglo VI antes de Cristo (época del exilio de Babilonia).

El problema que Abrahán intenta resolver es, por tanto, si a los ojos de Dios un grupo de “justos” tiene tal peso que, por amor a ellos, Dios esté dispuesto a suspender el castigo que pesa sobre toda la colectividad.

Los números sucesivamente empleados por Abrahán (en forma descendente, de 50 a 10) forman aparte de la costumbre del “regateo” oriental; pero sirven, también, para poner de relieve la misericordia y la “justicia de Dios”: la rebaja hasta diez “justos” y las sucesivas manifestaciones de la voluntad de Dios para suspender el castigo muestran que, en él, la misericordia es mayor que la voluntad de castigar, que la voluntad de salvar es infinitamente mayor que la voluntad de condenar.

Definida la cuestión fundamental que el yahvista quiere abordar, detengámonos ahora un poco en la forma como se desarrolla la “charla” entre Abrahán y Dios.

Es un diálogo “cara a cara” en el cual Abrahán se presenta con humildad, con respeto, pues se siente “polvo y ceniza” ante la omnipotencia de Dios. Sin embargo, a medida que el diálogo avanza, y que Abrahán se encuentra con la benevolencia de Dios, va surgiendo la confianza.

Abrahán llega a ser inoportuno en su insistencia y osado en su regateo. Recordando a Dios sus compromisos, él aparece como el “intercesor”, que consigue de la misericordia de Dios que un número insignificante de justos tenga más peso que un número mucho más elevado de culpables.

¿Es posible dialogar con Dios de esta forma familiar, confiada, insistente, osada?

Desde luego, pues el Dios de Abrahán es ese Dios que viene al encuentro del hombre, que entra en su tienda, que se sienta a su mesa, que establece con él una relación de comunión, que realiza los sueños de ese hombre que acoge, que acepta compartir con él sus proyectos. Un Dios que se revela de esa forma es un Dios con quien el hombre puede dialogar, con amor y sin temor.

Considerad, en la reflexión, los siguientes datos:

El diálogo entre Abrahán y Dios a propósito de Sodoma confirma a ese Dios de la comunión, que viene al encuentro del hombre, que entra en su casa, que se sienta a la mesa con él, que escucha sus anhelos y que les da respuesta; y muestra, además de eso, a un Dios lleno de bondad y de misericordia, cuya voluntad de salvar es infinitamente mayor que la voluntad de condenar.

Ese es el Dios “próximo”, lleno de amor, que quiere venir a nuestro encuentro y compartir nuestra vida: sólo será posible rezar, si antes hemos descubierto este “rostro” de Dios.

La “oración” de Abrahán es modelo de “oración” para el creyente: es un diálogo con Dios, un diálogo humilde, reverente, respetuoso, pero también lleno de confianza, de osadía y de esperanza.
No es una repetición de palabras huecas, gravadas y repetidas como un loro, sino un diálogo espontáneo y sincero, en el cual el creyente se expone y pone delante de Dios todo aquello que llena su corazón. ¿Mi oración es este diálogo espontáneo, vivo, confiado con Dios, o es una repetición cansina de fórmulas ya hechas, dichas deprisa y corriendo y sin ningún significado?

Comentario al evangelio – 22 de julio

Seguimos caminando ayudados por mujeres. No está mal que tomemos conciencia de ello (bastantes varones lo olvidamos con frecuencia). María Magdalena ha pasado el testigo a Brígida de Suecia, una mujer que vivió en el siglo XIV y que supo del matrimonio, de la maternidad (¡la historia le consigna nada más que ocho hijos!) y de una vida retirada en austeridad y penitencia. Brígida fue, además, una gran peregrina, que recorrió buscando al Señor los caminos de Europa, y ha pasado a la historia creyente -como recuerda la oración colecta del día- por la hondura de su contemplación de la pasión de Cristo. Seiscientos años después, en los albores de este siglo, en 1999, Juan Pablo II la proclamó patrona de Europa; todos, vivamos donde vivamos, tenemos en ella una intercesora singular.

La Iglesia nos propone para la eucaristía de hoy un texto de la carta a los Gálatas y los primeros versículos del capítulo quince del evangelio según san Juan. Quizá muchos cristianos de nuestros días tengamos poca experiencia de vid y sarmientos, pero sabemos de sobra qué supone que nuestros artilugios (móviles, celulares, ordenadores…) tengan o no cobertura o acceso a la red. Dan igual la relevancia de lo que queramos comunicar y la modernidad tecnológica del último aparato que hayamos comprado; sin acceso a la red ya podemos hacer filigranas. La comparación bíblica es sin duda mucho mejor, pero lo importante es que tomemos conciencia: sin Él no podemos hacer nada; sin Él no somos nada; sin sus dones no vamos a ninguna parte.

Los textos joánicos dan un significado crucial al término ‘permanecer’, que aparece varias veces en el fragmento que hoy se proclama. Como el papa Francisco recuerda frecuentemente a quienes se plantean seguir a Jesús, la perseverancia y la constancia, el permanecer, tienen una trascendencia de la que no podemos prescindir. Un obispo español bien agudo, Mons. Alberto Iniesta, lo advertía hace años: dos novios no pueden mantener su amor limitándose a guiñarse el ojo cuando casualmente se cruzan; una relación seria exige más hondura y duración, “permanencia”. También la nuestra con el Señor: Brígida, tú que conociste tantas formas de vida cristiana, ayúdanos a aprender y a ser buenos discípulos. Danos luz para comprender y acoger los momentos de pasión y cruz que tanto rechazamos.

Pedro Martínez