Homilía – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

PEDID Y SE OS DARÁ

 

UN MENSAJE CONSOLADOR

Dios nos escucha. Jamás hace oídos sordos a nuestra oración.

Si quieres comunicarte con personas influyentes, no te dan audiencia. Si quieres hablar por teléfono, no les pasan la comunicación; les escribes y tu carta va a la papelera o te responde un secretario… Con respecto al Padre-Dios tenemos la garantía absoluta de la palabra de Jesús: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre». Más categórico, imposible.

Para esclarecer esto Jesús recurre al argumento de la actitud de los padres terrenos y del amigo. ¿Qué padre, cuando un hijo pide pan le da una piedra, o si le pide un pescado le da una serpiente? Pues si vosotros, que estáis condicionados por vuestro egoísmo, atendéis a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo que es Amor! Jesús recurre también al argumento de la amistad. El hombre que está acostado se levanta y atiende al amigo y le da los panes que necesita para que le deje en paz. ¡Cuánto más el Padre del cielo que no duerme y a quien nadie ni nada le cansa, atenderá al que se dirige a Él!

Llama el hijo por teléfono al padre o al hermano mayor y le responden desde la casa paterna: «No está, salió, está durmiendo, está cansado de tantas cuestiones y problemas, está hablando por teléfono». O el padre le responde: «Mira, no puedo ayudarte; se me acabaron los ahorros… ¡Qué más quisiera que poderte echar una mano, pero no puedo!». Dios atiende a todas las líneas, no se empobrece, no se cansa, tiene el móvil siempre abierto. Lo mismo hay que decir de Jesucristo vivo y resucitado. A nosotros nos cuesta entenderlo, pero es así. Dios, en su infinitud, lo abarca todo.

Es sorprendente las facilidades que tenemos para comunicarnos con Dios y con Jesucristo. Nos envuelven con su presencia. No necesitamos viajar. No necesitamos gastar en teléfono. Dios Padre y Jesucristo, el Hermano, son todo oídos. Dicen muchos padres, y con razón: «Tanto tiempo malgastado delante del televisor, tantas horas de charla con amigos y vecinos, tantos ratos de paseo, ¿y no tienes ni un cuarto de hora para comunicarte con tu padre?». ¡Qué poco hemos desarrollado los cristianos el sentido de la comunicación con Dios!

 

ORAR COMO DIOS MANDA

Hay muchos que se quejan de que Dios no cumple su Palabra: «Pedid y recibiréis…». «Yo le he pedido cantidad de cosas, y no me ha concedido casi ninguna», es una queja bastante generalizada. Me decía también alguien de nuestro entorno: «Estoy enfadadísimo con Dios, porque estoy cansado de pedirle y no me concede nada».

Con respecto a esta cuestión, es preciso tener en cuenta:

Jesús sólo promete con absoluta garantía el Espíritu Santo. Jesús no promete la concesión de cualquier petición. De ninguna manera. Lucas termina diciendo: «¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!». Con respecto a este don Jesús da absolutas garantías. Y, ¿qué más queremos? Un ferviente cristiano oraba: «No te pido que me des cargas pequeñas sino espaldas anchas». San Agustín oraba: «Dame lo que me mandas y mándame lo que quieras».

Pidamos con toda confianza el Espíritu de Jesús, el don del amor, la sabiduría cristiana, el coraje interior para ser testigos valientes y constructores eficaces del Reino, el don de la oración… y estemos seguros de que lo alcanzaremos. ¿Y qué más podemos pedir? ¿No es lo máximo que Dios nos puede dar? Pero ello requiere una condición: la constancia. Es lo que, sobre todo, quiere resaltar la parábola de hoy. El hombre necesitado llama y llama hasta cansarle. «Es necesario orar siempre sin desfallecer»… Santa Mónica pasó diez años orando con lágrimas y suspiros pidiendo la conversión de su hijo perdido, Agustín.

Orar es ponerse a disposición de Dios. Desgraciadamente, para muchos «cristianos» orar sólo es pedir, y pedir beneficios temporales. Es comprar a Dios, ablandarle, llamar su atención con plegarias, promesas y votos. Es «conquistarle». La oración interesada no sólo no nos eleva, no nos humaniza, sino que nos egoistiza más y más. Advierte Jesús que el Padre sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos (Mt 6,8). Esta oración mercantil ha creado una imagen deplorable de lo que es la verdadera oración. Muchas personas cultas, muchos jóvenes se ríen compasivamente de esta religiosidad comercial. Orar no es pedir que Dios se ponga a nuestra disposición sino ponernos nosotros a disposición de Dios.

La gran plegaria que hemos de hacer es la de Jesús: «Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Le 22,42). Él nos enseñó a orar: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). María oró: «He aquí la esclava del Señor…» (Le 1,38). Nuestra oración ha de ser siempre condicionada como la de Jesús: «Padre, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Le 22,42).

La mejor oración es la que responde a la Palabra que Dios nos dirige. «A Dios escuchamos cuando leemos la Palabra, a Dios hablamos cuando oramos», decía san Jerónimo, citado por el Concilio. Pedir no es lo más importante de la oración. Orar es, sobre todo, escuchar, es alabar, adorar, agradecer, admirar, pedir perdón, contemplar… «No pido nunca nada para mí -dice Mons. Casaldáliga- sólo recuerdo al Señor las necesidades de los demás». Es la oración gratuita, no interesada, la que es más genuinamente oración. ¿Qué diríamos de un hijo que no fuera a la casa paterna a hablar con su padre, sino nada más que para pedir?

Nunca nos vamos con las manos vacías. Como les ocurre a los hijos que van a la casa del padre bueno y rico, nunca vuelven con las manos vacías. Tal vez no reciben lo que habían pedido, pero quizás reciben más. La oración bien hecha es salida de uno mismo para ponerse en las manos de Dios. Y esto eleva el espíritu. Siempre saldremos reanimados.

Una parapléjica fue a Lourdes para pedir el milagro de la recuperación. A la vuelta, después de haber escuchado la Palabra de Dios y orado con generosidad, testimoniaba: «Fui a pedir la salud del cuerpo y la Virgen me concedió más de lo que le pedía: la salud del alma. La cruz de la enfermedad ya casi no me pesa».

El don supremo que nos puede conceder Dios es fuerza para realizar su voluntad en nuestra vida. Es mucho más importante que nos conceda la gracia de hacer su voluntad que el que Él haga la nuestra.

A Dios rogando y con el mazo dando. Dios no es como el padre que hace los deberes del hijo, sino que le inspira, le da pistas, pero no le ahorra el trabajo. Dice otro refrán: «Ayúdate que Dios te ayudará». San Agustín aconsejaba: «Esfuérzate como si todo dependiera de ti, confía en Dios como si todo dependiera de Él». Mejor, imposible.

Existe una leyenda expresiva. A dos carreteros se les ha atascado el carro en un lugar pantanoso. Uno de ellos trabaja como un negro, grita a las muías con blasfemias, incluso, empuja el carro con su hombro, mete leña debajo de las ruedas… El otro se pone de rodillas a rezar y a pedir a Dios que le saque de aquel atolladero. Se aparece un ángel y se presenta junto al carretero blasfemo. «Vengo a echarte una mano». «Creo que está usted equivocado, dice el carretero blasfemo, usted viene a ayudar seguramente a aquel que es el piadoso, el que está rezando». «No, no, dice el ángel, vengo a ayudar al que trabaja, al que pone de su parte todo lo que puede». Y con su ayuda, el carretero trabajador y blasfemo desatolló el carro.

LA ORACIÓN SIEMPRE ES ESCUCHADA

Un piadoso musulmán rezaba todos los días incansablemente pidiendo a Dios un favor. Pero Dios parecía no oír su oración. Por fin, se le aparece al devoto musulmán un ángel

que le dice: «Dios ha decidido no concederte lo que le pides». Al oír el mensaje, el buen hombre comienza a dar voces de alegría, a saltar de gozo, a contar a todos lo que le había sucedido. La gente le pregunta sorprendida: «¿Y de qué te alegras, si Dios no te ha concedido lo que le pedías?». Contesta: «Es verdad que me lo ha negado, pero al menos sé que mi oración llegó hasta Dios. ¡Qué más puedo desear!». Y siguió proclamando su alegría.

Eso es lo que nos acaba de decir Jesús de Nazaret. Te conceda o no te conceda el Padre lo que le pides, estáte seguro de que Él te escucha y de que no te vas de tu comunicación con Él con las manos vacías. «Como me ocurrió a mí, dice Jesús: no me libró del cáliz, pero me dio coraje para beberlo». Mejor así, mejor que no me concediera lo que yo quería y le pedía. Ha sido mejor para todos.

Atilano Aláiz

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