II Vísperas – Solemnidad de Santiago Apóstol

II VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Pues que siempre tan amado
fuiste de nuestro Señor,
Santiago, apóstol sagrado,
sé hoy nuestro protector.

Si con tu padre y con Juan
pescabas en Galilea,
Cristo cambió tu tarea
por el misionero afán.
A ser de su apostolado
pasas desde pescador:

Por el hervor del gran celo
que tu corazón quemaba,
cuando Cristo predicaba
aquí su reino del cielo,
“Hijo del trueno” llamado
fuiste por el Salvador.

Al ser por Cristo elegido,
por él fuiste consolado,
viéndole transfigurado,
de nieve y de sol vestido
y por el Padre aclamado
en la cumbre del Tabor.

Cuando el primero a su lado
en el reino quieres ser,
Cristo te invita a beber
su cáliz acibarado;
y tú, el primero, has sellado
con tu martirio el amor.

En Judea y Samaría
al principio predicaste,
después a España llegaste,
el Espíritu por guía,
y la verdad has plantado
donde reinaba el error,

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan y empezó a sentir terror y angustia.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan y empezó a sentir terror y angustia.

SALMO 125

Ant. Entonces les dijo: «Velad y orad, para no caer en la tentación».

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«el Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Entonces les dijo: «Velad y orad, para no caer en la tentación».

CÁNTICO de EFESIOS

Ant. El rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

LECTURA: Ef 4, 11-13

Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

RESPONSORIO BREVE

R/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.

R/ Sus maravillas a todas las naciones.
V/ La gloria del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya.

PRECES

Oremos, hermanos, a Dios, nuestro Padre, y pidámosle que, por intercesión del apóstol Santiago, proteja a nuestra nación y bendiga a todos los hombres; digamos:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo.

Padre santo, tú que dispusiste que nuestra nación fuera protegida por el apóstol Santiago,
—concede a cuantos en ella moran ser fieles a su mensaje evangélico.

Padre santo, bendice a la Conferencia episcopal de nuestra nación y derrama tu Espíritu sobre nuestros obispos,
—para que con celo propaguen el mensaje apostólico.

Padre santo, haz que nuestros gobernantes y cuantos les asisten,
—gobiernen con rectitud y trabajen para el bien de otros.

Padre santo, derrama tu Espíritu sobre nuestro pueblo,
—para que todos vivamos en mutua comprensión y cumplamos con lealtad nuestros deberes cívicos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre santo, tú que quisiste que el apóstol Santiago fuera el primero entre los apóstoles, en gozar del reino de tu Hijo resucitado,
—concede a nuestros difuntos participar en esta misma gloria.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 25 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 20,20-28
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.»
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.» 

3) Reflexión

• Jesús y los discípulos están en camino hacia Jerusalén (Mt 20,17). Jesús sabe que van a matarlo (Mt 20,8). El profeta Isaías lo había anunciado ya (Is 50,4-6; 53,1-10). Su muerte no será fruto de un destino o de un plan ya preestablecido, sino que será consecuencia del compromiso libremente asumido de ser fiel a la misión que recibió del Padre junto a los pobres de su tierra. Jesús ya tenía dicho que el discípulo tiene que seguir al maestro y cargar su cruz detrás de él (Mt 16,21.24), pero los discípulos no entendieron bien qué estaba ocurriendo (Mt 16,22-23; 17,23). El sufrimiento y la cruz no se combinaban con la idea que ellos tenían del Mesías.
• Mateo 20,20-21: La petición de la madre de los hijos de Zebedeo. Los discípulos no sólo no entendían, sino que seguían con sus ambiciones personales. La madre de los hijos de Zebedeo, como portavoz de sus dos hijos, Santiago y Juan, llega cerca de Jesús para pedirle un favor: «Manda que estos dos hijos míos, se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino». Ellos no habían entendido la propuesta de Jesús. Estaban preocupados sólo con sus propios intereses. Esto refleja las tensiones en las comunidades, tanto en el tiempo de Jesús como en el tiempo de Mateo, como hoy en nuestras comunidades.
• Mateo 20,22-23: La respuesta de Jesús. Jesús reacciona con firmeza. Responde a los hijos y no a la madre: ««No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» » Se trata del cáliz del sufrimiento. Jesús quiere saber si ellos, en vez del lugar de honor, aceptan entregar su vida hasta la muerte. Los dos responden: “¡Podemos!” Era una respuesta sincera y Jesús confirma: «Mi copa sí la beberéis”. Al mismo tiempo, parece una respuesta precipitada, pues pocos días después, abandonaron a Jesús y lo dejaron solo en la hora del sufrimiento (Mt 26,51). Ellos no tenían mucha conciencia crítica, ni tampoco perciben su realidad personal. Y Jesús completa: “pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.» Lo que él Jesús puede ofrecer, es el cáliz del sufrimiento de la cruz.

• Mateo 20,24-27: Entre ustedes no sea así. “Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos”. La demanda que la madre hace en nombre de los dos produce enfrentamiento y discusión en el grupo. Jesús los llama y habla sobre el ejercicio del poder: ««Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»
En aquel tiempo, los que detenían el poder no tenían en cuenta a la gente. Actuaban según como les parecía (cf. Mc 14,3-12). El imperio romano controlaba el mundo y lo mantenía sometido por la fuerza de las armas y, así, a través de tributos, tasas e impuestos, conseguía concentrar la riqueza de la gente en mano de unos pocos allí en Roma. La sociedad estaba caracterizada por el ejercicio represivo y abusivo del poder. Jesús tenía otra propuesta. El enseña contra los privilegios y contra la rivalidad. Invierte el sistema e insiste en la actitud de servicio como remedio contra la ambición personal. La comunidad tiene que preparar una alternativa. Cuando el imperio romano quiere desintegrar, víctima de sus propias contradicciones internas, las comunidades deberían estar preparadas para ofrecer a la gente un modelo alternativo de convivencia social.
• Mateo 20,28: El resumen de la vida de Jesús. Jesús define su vida y su misión: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir, y para dar la vida en rescate de muchos”. En esta autodefinición de Jesús están implicados tres títulos que lo definen y que eran para los primeros cristianos el inicio de la Cristología: Hijo del Hombre, Siervo de Yahvé y Hermano mayor (Pariente próximo o Goel). Jesús es el Mesías Servidor, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). Aprendió de su madre quien dijo: “¡He aquí la esclava del Señor!”(Lc 1,38). Propuesta totalmente nueva para la sociedad de aquel tiempo. 

4) Para la reflexión personal

• Santiago y Juan piden favores, Jesús promete sufrimiento. Yo, ¿qué busco en mi relación con Dios y qué pido en la oración? ¿Cómo acojo el sufrimiento que se da en la vida y que es contrario a aquello que pido en la oración?
• Jesús dice: “¡No ha de ser así entre vosotros!” Nuestra manera de vivir en la comunidad y en la iglesia ¿está de acuerdo con este consejo de Jesús? 

5) Oración final

Los paganos decían: ¡Grandes cosas
ha hecho Yahvé en su favor!
¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros
Yahvé, y estamos alegres! (Sal 126,2-3)

Innumerables motivos para dar gracias a Dios (Acciones de gracias)

Oremos solemnemente con acción de gracias, al despuntar el nuevo día, al salir de casa, antes de comer y después de haber comido, a la hora de ofrecer incienso, al entregaros al descanso. Y aun en la misma cama quiero que alternes los salmos con la oración dominical (…), para que el sueño te coja libre de pensamientos mundanos y ocupado en los divinos (San Ambrosio, Sobre las vírgenes, 3, 18-19).

¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón , pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras, «Gracias a Dios»? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad (San Agustín, Epist., 72).

Él nos da, por un poco de fe, la tierra inmensa, para cultivarla; agua para beber y agua para navegar; el aire para respirar, el fuego para trabajar, el mundo para habitar… Si los bienes de los amigos son comunes y si el hombre es amigo de Dios, todo se hace propiedad del hombre, pues todo pertenece a Dios (Clemente de Alejandría, Protréptico, 12).

Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. – Porque te da esto  y lo otro. – Porque te han despreciado. – Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. – Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. – Porque creó el Sol y la Luna, y aquel animal y aquella otra planta. – Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno. (J. Mª Escrivá de Balaguer, Camino, 36ª ed. Castell. Madrid, 1979, 268)

No dejemos transcurrir ni un solo día sin agradecerle tantas gracias como durante nuestra vida nos ha concedido (Santo Cura de Drs, Sermón sobre el primer precepto del decálogo).

(Recibimos) beneficios que superan en número a las arenas del mar (San Juan Crisóstomo; Homilías sobre san Mateo, 25, 4).

Mal procede quien se llena de soberbia a causa de su riqueza y no reconoce haber recibido de Dios todo lo que tiene, pues todos nuestros bienes, espirituales o temporales, de Dios son (Santo Tomás, Sobre el Padrenuestro, en Escritos de catequesis, Madrid, 1976, p. 151).

El pecado es lo único que no has recibido de Él. Fuera del pecado, todo lo demás que tienes lo has recibido de Dios. (San Agustín, Sermón 21).

¡Nos parece demasiado dedicarle algunos minutos para agradecer las gracias que en todo momento nos concede! Quieres dedicarle a tu tarea, dices. Pero, amigo mío, te engañas miserablemente, ya que tu tarea no es otra que agradar a Dios y salvar tu alma; todo lo demás no es tu tarea: si tú no la haces, otros la harán; mas si pierdes el alma, ¿quién la salvará? (Santo Cura de Ars, Sermón sobre la oración).

Da gloria a Dios por el feliz éxito de los asuntos que teman sido encomendados, y no te atribuyas a ti mismo más que los fallos que haya habido; sólo éstos te pertenecen, todo lo bueno es de Dios y a Él se debe la gloria y gratitud (J. Pecci – León XIII – Práctica de la humildad, 45).

Al conocer lo que Dios nos ha dado, encontraremos muchísimas cosas por las que dar gracias continuamente (San Bernardo, In Dom, VI pos. pent., 25, 4).

(Dios) nos hace muchos regalos, y la mayor parte los desconocemos (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre San Mateo, 25, 4).

No dejes nunca de dar gracias a Dios con todo tu corazón y darle gracias, sobre todo, por los cuidados de que te rodea, y pídele en todo momento que no te falte la ayuda que sólo Él te puede dar (J. Pecci – León XIII – Práctica de la humildad, 43).

Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría (Casiano, Colaciones, 9).

El cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos hablan de la bondad y omnipotencia del que los ha creado, y la admirable belleza de los elementos puestos a nuestro servicio exige de la criatura racional el justo tributo de la acción de gracias (San León Magno, Sermón 6 sobre Cuaresma; 1).

Conviene mucho que el favorecido tenga agradecimiento y dé las gracias, aunque el bienhechor no tenga necesidad de ello (Teófilo, en Catena Aurea, vol. IV, p. 47).

Desde el primer Adán hasta el de hoy, fatiga y sudor, cardos y espinas. ¿Acaso ha caído sobre nosotros el diluvio? ¿O aquellos tiempos difíciles de hambre y de guerras, de los cuales se escribió precisamente para que no murmuremos del tiempo presente contra Dios? ¡Cuáles fueron aquellos tiempos! ¿No es verdad que todos, al leer sobre ellos; nos horrorizamos? Por esto, más que murmurar de nuestro tiempo, lo que debemos hacer es dar gracias por él (San Agustín, Sermón, 2).

Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél sino lo que tú quieres que haga»: Este es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también (San Juan Crisóstomo, Hom. antes del exilio, 1-3).

Y habiendo tomado el pan dio gracias. Y nos dio ejemplo para que diésemos gracias por todo beneficio, tanto al principio como al fin, porque siempre se deben dar gracias a Dios (San Beda, en Catena Aurea, vol. IV, p. 436).

¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso: «¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!…»
Esta frase, bien sentida, es camino de infancia, que te llevará a la paz, con peso y medida de risas y llantos, y sin peso y medida de Amor. (J. Mª Escrivá de Balaguer, Camino, 894).

Comentario del 25 de julio

La fe con la que celebramos la eucaristía; la fe con la que rezamos; la fe con la que vivimos en la esperanza de la vida eterna, depende en gran medida de testimonios como el del apóstol Santiago. En cuanto creyentes somos hijos de una tradición de fe que se remonta al testimonio apostólico, que es el primer eslabón de esta cadena de transmisión que tiene su origen histórico en el testimonio del mismo Cristo.

Los apóstoles no se limitan, sin embargo, a transmitir el testimonio que Cristo dio de sí mismo y del Padre; también dan testimonio –como nos recuerda el libro de los Hechos– de lo que el Padre hizo con Jesús, resucitándolo de entre los muertos. Los apóstoles se presentan ante el mundo sobre todo como testigos de la resurrección del Señor. Por eso nuestra fe es esencialmente fe en la resurrección o fe en la victoria sobre la muerte. Esto es lo que se nos pide que creamos en cualquier situación y circunstancia. Podremos vernos –como san Pablo- apretados, apurados, acosados, derribados; podemos llevar en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, pero sin perder la convicción de que también la vida de Jesús se manifestará en nuestro cuerpo mortal. Esta fe (asociada a la esperanza) nos permitirá vivir esperanzados(no desesperados) en medio de los aprietos y acosos.

El testimonio apostólico brota de la experiencia (los encuentros con el Resucitado); pero de una experiencia en la que está presente la fe, pues para ver a Cristo en el Resucitado se requiere una mirada de fe. Creí –decía san Pablo-, por eso hablé: Su hablar, su testimonio oral y escrito, brota de la fe. La fe en Cristo, Hijo de Dios, es la razón última de su hablar, de su predicar, de su lanzarse al mundo con la intención de comunicarle la buena noticia de la resurrección de Jesús: sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará a nosotros. Así, la fe engendra saber: doctrina que ilumina la vida del hombre.

El testimonio de Santiago no es distinto del testimonio de Pablo. También él daba testimonio de la resurrección del Señor; y lo hacía con mucho valor, con un valor propio de mártires o de testigos: exponiéndose a interrogatorios, desafiando prohibiciones, soportando amenazas, sufriendo torturas y encarcelamiento, y finalmente la muerte cruenta. A este valor añadía los muchos signos y prodigios que tenían al pueblo como testigo. Su testimonio resonó en Jerusalén. Él estaba a la cabeza de esta comunidad. Allí fue juzgado por las autoridades judías que se sentían acusadas por sus palabras; allí se le prohibió seguir enseñando en nombre de Jesús; allí se vio obligado a esgrimir su objeción de conciencia: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres; allí, finalmente, fue mandado decapitar por el rey Herodes, convirtiéndose en el primer apóstol mártir. Era el, año cuarenta y dos, apenas una decena de años después de la muerte de su Maestro. Más tarde, en la década de los sesenta, vendrán los martirios de Pedro, de Pablo y de otros apóstoles.

Eran testimonios sellados con sangre; y no hay mejor firma para un testimonio que el derramamiento de la propia sangre. Realmente el Señor consagró los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, pues él fue el primero entre los apóstoles en derramar su sangre. La sangre de los mártires siempre reviste a la Iglesia de una fortaleza muy especial, de la misma fortaleza con la que el mártir afronta el martirio. Es la fortaleza que le proporciona su fe en la resurrección. Pero al parecer Santiago dio testimonio no sólo en Jerusalén, sino también en España, y esto antes que san Pablo. Así lo atestigua una tradición (quizá tardía: siglo VIII) que se ha mantenido durante siglos. Y de ello ha quedado constancia en el sepulcro donde se veneran sus restos, en Santiago de Compostela. De ahí ha surgido una larga tradición de peregrinaje que se sigue consolidando con el paso del tiempo. Por eso, porque le reconocemos un papel predominante en nuestra fe cristiana nos hemos puesto bajo su patrocinio y pedimos por su mediación la fidelidad de los pueblos de España a Cristo hasta el final de los tiempos.

Santiago, hijo de Zebedeo, realmente bebió el cáliz que Cristo les habría de dar a beber después de haberlo bebido él mismo: el cáliz del sufrimiento y de la muerte, tal como había pronosticado: Mi cáliz lo beberéis. Y aunque el puesto a derecha e izquierda del Señor está reservado por el Padre, a los que hayan consumido el cáliz del martirio, Dios les tiene reservado un puesto de privilegio en su Reino. Así lo ha reconocido la tradición eclesial ensalzando a sus mártires como miembros más excelentes de su Cuerpo.

Finalmente Santiago, el testigo de Cristo, aprendió a ser grande (o primero) en el Reino de los cielos dando su vida en rescate por muchos, a imitación de su Maestro, el Hijo del hombre, que no vino para que le sirvieran, sino para dar la vida en rescate por todos. Su testimonio de fe fue realmente un testimonio coherente: porque creía en la resurrección dio la vida. Como indica él mismo en su carta: sólo la fe acompañada de obras es consecuente. Se trata de obras de caridad, que son las únicas obras que guardan conformidad con esta fe. La fe sin obras, en cambio, revela que está muerta o, al menos, carente de vitalidad, porque no mueve a nada, porque no produce nada. Vivamos de esta fe y pidamos, por intercesión de Santiago, el don de la perseverancia en ella hasta el final de nuestros días.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

70. Hay muchas diferencias más, que sería complejo detallar aquí. Por lo tanto, no creo conveniente detenerme a ofrecer un análisis exhaustivo sobre los jóvenes en el mundo actual, sobre cómo viven y qué les pasa. Pero como tampoco puedo dejar de mirar la realidad, recogeré brevemente algunos aportes que llegaron antes del Sínodo y otros que pude recoger durante el mismo.

La oración del Cristiano

1.- A solas con Dios, Jesús oraba. Es muy significativo que uno de los discípulos de Jesús le formulara un día esta petición: «Señor, enséñanos a orar». Hay un hecho muy sencillo que merece ser resaltado: Jesús oraba. Estamos acostumbrados a ver a Jesús como el «Hijo amado» (Mc 1,11) y por tanto como alguien que vivió constantemente en una comunión natural y espontánea con Dios. Ello hace más significativo, si cabe, el hecho de que durante su existencia terrena Jesús no dejara de emplear el tiempo necesario para detenerse y adentrarse de forma concreta en la intimidad divina, en un «a solas con Dios».

2.- Dios es «Abbá», Padre. ¿Qué ha querido decir Jesús al llamar a Dios en su oración Abbá? Este término traduce una intimidad única. No ofrece ninguna duda que los fieles judíos creían en un Dios que amaba y cuidaba a su pueblo, y que en ningún caso era un Dios lejano. La relación entre Jesús y Dios aparece sin embargo en una intimidad mucho mayor y profunda que nos permite hablar incluso de una comunión total, de unidad de vida entre ambos. La utilización del término Abbá es un signo de confianza, de amor filial. Traducido a nuestro lenguaje es como llamar a Dios «papaíto». Como un niño se vuelve a su padre o a su madre al tropezar con la más pequeña dificultad, el que dice a Dios Abbá está viendo en él a alguien siempre presente y dispuesto a acompañarle y ayudarle a avanzar, en particular en los momentos más difíciles. Esta confianza es una inimaginable fuente de libertad. Pero a continuación de «Padre» añadimos: «nuestro». La nueva relación con Dios implica como consecuencia una nueva relación con los hombres. El Dios de Jesucristo no consiente relación individualista alguna. De ahora en adelante no estamos solos, sino que formamos parte de una comunidad. La expresión «Padre nuestro» resume los dos grandes mandamientos, que no pueden entenderse el uno sin el otro: el amor a Dios y el amor al prójimo.

3.- Alabar, pedir, agradecer, ofrecernos…… En el Padrenuestro alabamos el Santo nombre de Dios, que un judío apenas podía pronunciar. Pero la confianza en Dios que nos ha transmitido Jesucristo nos hace hablar con él con toda confianza y a su vez con todo respeto a su santo nombre. En el Padrenuestro le pedimos a Dios muchas cosas: «venga a nosotros tu Reino», «danos hoy nuestro pan de cada día», «no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal». Nuestra oración debe ser perseverante: «Pedid y se os dará». Pedir con confianza sí, pero colaborando también a que se haga realidad lo que pedimos. No podemos pedir por la paz del mundo si nosotros no somos constructores de paz. Dicen que la oración de petición es la más practicada… Estamos acostumbrados a pedir y nos olvidamos de dar gracias. En el salmo 137, que hoy proclamamos, su autor da gracias «de todo corazón» porque «cuando te invoqué me escuchaste». En la primera lectura Abraham «el amigo de Dios» le pide a Dios que no destruya la ciudad y obtiene respuesta «En atención a los diez, no la destruiré». Pero no había ni diez justos…. En la curación de los diez leprosos sólo hay uno que es agradecido. ¿Sabemos conjugar la oración de petición con la de acción de gracias? También en el Padrenuestro nos ofrecemos a Dios «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». ¡Qué difícil nos es decir esta parte de la oración! Muchas veces confundimos la voluntad de Dios con nuestra voluntad. Tengamos en cuenta que la voluntad de Dios es la felicidad de hombre y nos costará menos aceptarla en nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos perdón a Dios por nuestras ofensas. En el «antiguo» Padrenuestro en castellano decíamos «deudas», expresión mucho más pobre que confundía, pues podía entenderse que estábamos hablando sólo de las deudas económicas o materiales. Pero no debemos olvidar lo que sigue…»como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido». Esto nos compromete a ser nosotros también «perdonadores». No podemos tener la cara de pedir perdón si no somos capaces de perdonar. Hay personas que se saltan esta expresión del Padrenuestro. Si actuamos así somos como el siervo que fue perdonado en una gran deuda por el rey y no fue después capaz de perdonar a otro una pequeña deuda.

4.- ¿Sabemos rezar el Padrenuestro? ¿Cómo lo hacemos? Tenemos que orar con esta hermosa oración dándonos cuenta de lo que decimos en cada frase, sintiéndolo en nuestro interior, comprometiendo nuestra vida con las palabras que decimos. Me emociona ver cómo hasta los niños de 2 años saben rezarlo. Que no pase un día de nuestra vida sin haber orado con el Padrenuestro. Hacerlo vida es la mejor manera de vivir el Evangelio.

José María Martín OSA

Pedid y se os dará

Jesús estaba orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo: «Cuando oréis decid: Padre, santifi cado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en la tentación».
Y les dijo: «Suponed que uno de vosotros tiene un amigo que acude a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje a mi casa y no tengo qué darle; y que él le responde desde dentro: No me molestes; la puerta está cerrada, y yo y mis hijos acostados; no puedo levantarme a dártelos. Yo os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que deje de molestarle se levantará y le dará todo lo que necesite.
Pues bien, yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama se le abre. ¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide un pez, le dará en lugar de un pez una serpiente? O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?»

Lucas 11, 1-13

Para meditar

Esta es la oración que nos enseñó Jesús: el Padre nuestro. Muchas veces a lo largo de la Iglesia hemos rezado el Padre Nuestro: para dar gracias, para pedir por alguien que está pasando una mala racha, cuando hemos sido perseguidos por nuestra fe, cuando hemos pedido coraje para ser valientes y fuertes en momentos importantes. Sin el Padre Nuestro no podemos entender la historia de la Iglesia, es gran parte de lo que somos.

Para hacer vida el evangelio

  • Escribe un momento importante de tu vida en el que hayas rezado el Padre Nuestro.
  • ¿Que supone para los cristianos el Padre Nuestro?
  • Escribe un compromiso para que en esta semana el Padre Nuestro esté en tus oraciones.

Oración

Te llamamos Padre y te contamos
lo que nos ocurre:
cómo va nuestra vida y la de nuestros hermanos;
acudimos a Ti en la dificultad,
en la fi esta y en el Amor,
y vivimos la vida a tu lado,
siendo todos una gran familia.
Acudimos a Ti, Padre, a compartirte
el cada día,
a refugiarnos en tu fortaleza,
a sosegarnos del cansancio diario,
y a que nos enseñes a llevarnos mejor unos con otros.
Comenzamos el día contigo, Padre,
y lo terminamos
acariciando nuestro vivir en tu presencia,
agradeciéndote cada regalo y cada detalle
incluyéndote en nuestro trajín
y preocupaciones.
Somos tus hijos, por eso vivimos
en comunicación contigo,
necesitamos reunirnos en familia
y hablar la vida.
Dios Padre, Tú eres la fuente de nuestra seguridad,
de donde mana todo consuelo,
de donde brota nuestro dinamismo vital.
Dios Padre, ayúdanos a ser siempre hijos
y a vivir filialmente.

Dices que te llamemos Padre

Padre es la palabra que mejor te suena,
porque eso quiere decir que somos hijos,
que confiamos del todo en tu Amor,
que sabemos abandonarnos y descansar en Ti

Padre es la palabra que mejor te suena
porque conoces nuestras necesidades
mejor y antes que nosotros mismos,
porque nos proteges y facilitas la vida,
porque te importamos más que nada en el mundo.

Te llamamos Padre y te contamos lo que nos ocurre:
cómo va nuestra vida y la de nuestros hermanos;
acudimos a Ti en la dificultad,
en la fiesta y en el Amor,
y vivimos la vida a tu lado, siendo todos una gran familia.

Acudimos a Ti, Padre, a compartirte el cada día,
a refugiarnos en tu fortaleza,
a sosegarnos del cansancio diario,
y a que nos enseñes a llevarnos mejor unos con otros.

Comenzamos el día contigo, Padre,
y lo terminamos
acariciando nuestro vivir en tu presencia,
agradeciéndote cada regalo y cada detalle
incluyéndote en nuestro trajín

y preocupaciones.

Somos tus hijos, por eso vivimos
en comunicación contigo,
necesitamos reunirnos en familia

y hablar la vida.
Dios Padre, Tú eres la fuente de nuestra seguridad,
de donde mana todo consuelo,
de donde brota nuestro dinamismo vital. Dios Padre,
ayúdanos a ser siempre hijos y a vivir filialmente.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XVII de Tiempo Ordinario

• Nuevo escenario (en cierto lugar)… Jesús está orando. Así, Lucas nos presenta un nuevo tema en ese camino hacia Jerusalén: la oración (Jesús enseña a orar). Pero el contexto es diferente al de su paralelo en Mateo 6, 9-15 (en confrontación con los fariseos). Las dos tradiciones del Padre Nuestro deben explicarse por tradiciones litúrgicas distintas: la de Mateo más próxima a la tradición judeocristiana, y la de Lucas, más breve y con menos embellecimientos, más cercana a la original. Pero ninguna intenta reproducir palabras literales de Jesús, sino que son recuerdos vivos y creativos de una comunidad cristiana determinada.

• Lucas nos presenta dos modos de orar el de Juan Bautista y el de Jesús. Este tema es retomado de forma paralela en Lucas 18, 9-14.

• Los discípulos proponen a Jesús el modelo de oración de Juan (v. 2 «como Juan enseñó») que tienen sus rezos (5, 33):

* Modelo de Juan Bautista: se diferenciaba de los fariseos que no piden nada a Dios, como si no necesitaran nada para sí; están perfectamente satisfechos de su condición presente (5, 32; 7, 30); es como si Dios tendría que estarles agradecidos por su fidelidad, desprecian a los demás (18, 13)… Juan Bautista se hace consciente más de su condición de pecador y necesitado de perdón, de ahí que le sale una oración de petición (Salmo 51) y conversión (3, 3-18).

* El modelo de Jesús descolócale; parte del reconocimiento de Dios como Padre (Os 11, 1-9), supone la conciencia de filiación y fraternidad… La voluntad creyente implica por eso dos deseos: 1) el que «sea tu nombre santificado» (Is 5, 16; Ez 20, 41; 28, 22-25): nos recuerda a Ezequiel que decía que Dios mostraría su santidad cuando nos de «un corazón y un espíritu nuevo» (Ez 36, 23-2/); 2) y que «venga tu reino»: que la humanidad sea lo que Dios quiera, sea soberana su  justicia, su verdad, su paz…

• La petición de los discípulos, sin embargo, en este momento tiene un matiz: “…como Juan enseñó a sus discípulos” (1) (Lc 5.33 mencionaba que los diversos grupos religiosos tenían oraciones). Este matiz, junto con la respuesta de Jesús (2-4), enseñándoles el Padrenuestro, donde les vemos utilizan el plural, indica que piden aprender a orar como grupo. Es decir, piden tener una oración que los identifique como grupo de discípulos de Jesús, una oración que les haga orar no sólo al mismo Dios sino pidiendo lo mismo.

• Por tanto, el Padrenuestro aparece como la oración del grupo de discípulos, la oración que los identifica como seguidores de Jesús. Porello decimos que es la oración de la Iglesia.

• El Padrenuestro que nos ofrece Lucas (2-4) es más breve que el de Mateo. Nos pone así ante lo esencial. Por ejemplo, la invocación “Padre” (2) es más incisiva. Es una invocación habitual en la oración de Jesús: Lc 10,21;22,42; 23,34.46. Y, en los escritos de Lucas, Jesús tiene en los labios esta palabra la primera vez que abre la boca (Lc 2,49) y la última (Hch 1.7). Decir “Padre” nos pone ante un Dios personal, creador de vida, al que podemos confiarnos…

• Esta oración pide a Dios lo mejor que podemos esperar de Él: “santificado sea tu nombre” (2). Es una expresión con la que se pide al Padre que se manifieste a todo el mundo. La hallamos, por ejemplo, en Ez 36,23: Dios revela a todos los hombres su poder y su gloria, y les trae la salvación definitiva. Así todos lo pueden reconocer como Dios.

• Se pide al “Padre”, en la misma línea, que sea Señor de todos: “venga tu Reino” (2). El Reino de Dios ya ha sido inaugurado por Jesús (Lc 8,1; 10,9) y se tiene que manifestar por toda la tierra. Dios mismo es quien lo hará posible.

• El Padrenuestro expresa, finalmente, lo que todo ser humano necesita para vivir dignamente: el “pan” (3), el “perdón” (4) y la fuerza en la prueba para no “caer en la tentación” (4). La necesidad de un mundo justo paratodos. Por tanto, la oración cristiana no es posible sin esa conciencia de necesidad.

• Pero es una oración con la que el discípulo mira su entorno y ve que existe el prójimo necesitado (Lc 10,25ss), una oración que se compromete: “también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo” (4), una oración que lo pone todo en manos del Dios que visita a su pueblo (Lc 1,68; 7,16), que actúa haciéndose hombre.

• Jesús completa su enseñanza con la parábola del “amigo” que pide con insistencia, con perseverancia, con “importunidad” (5-8). Así nos anima a no desfallecer en la oración (9-1 0).

Esta parábola del amigo plantea que el amo de la casa no se levanta para hacer un favor al amigo, sino porque éste se comporta de un modo impertinente, y aquél no tiene más remedio que acceder a la petición. Es semejante ala parábola del juez y la viuda (Lc 18,2-5), que es presentada por Lucas como una invitación a la oración (Lc 18,1).Por tanto, no hemos de leer esta parábola buscando cómo actúa Dios, sino buscando cómo es la actitud del discípulo de Jesús, que ora siempre, sin desfallecer. Dicho de otro modo, el discípulo de Jesús es alguien que vive permanentemente ante el Padre, en relación permanente con El.

• Esta página del Evangelio termina mostrándonos un retrato, ahora sí, del Padre: nos da lo mejor, “el Espíritu Santo” (11-13). Es decir, se nos da Él mismo. Se nos ha dado y está siempre con nosotros. La oración es la actitud necesaria para acogerlo (Lc 10,38-42) en esta visita que no termina.

RESUMEN: Tres peticiones: el pan, el perdón, no pecar. Se destaca la necesidad de la petición insistente y la confianza en su resultado (parábola 5-13, y su paralelo 18,1-8). Según la parábola (5-8), la petición se hace a Dios como a un amigo. La constancia consigue su objetivo, pues la petición repetida va capacitando a la persona para recibir el don (9s): elEspíritu (13), que invadirá la Iglesia y el mundo apartir de Pentecostés.

Se destaca el incomparable amor de Dios Padre (11), y la comunicación del don por excelencia: el Espíritu Santo (13) que es comunicación de vida divina que potencia al ser humano, a la persona…. para afrontar con fuerza esa realidad. Lucas elimina así una posible comprensión mágica de la oración de petición.

Comentario al evangelio – 25 de julio

Todos tenemos nuestros santos preferidos. Uno de los míos es Santiago. Lo siento; quizá se note demasiado en mi comentario.

Santiago es para muchas personas, especialmente jóvenes y no muy cercanas a la fe, más un lugar, una ciudad, que una persona. El atractivo que durante siglos ejerció Compostela, acreditado ya hace tiempo, se ha intensificado en los últimos años, y son miles quienes de modos muy diversos (en bicicleta, a caballo, a pie…) se dirigen a la ciudad del Norte de España. Pero Santiago es -sobre todo- un apóstol, un discípulo del Señor. Un discípulo tan recordado que se apela a él desde grafías muy diversas: Jaime, Jacobo, Yago…

Santiago es uno de los apóstoles de los que tenemos más datos bíblicos. Hermano de Juan, es uno de los elegidos para ser testigos de acontecimientos bien importantes: la curación de la suegra de Pedro, la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración, la oración en el huerto… Santiago es también el primero de los apóstoles en derramar su sangre por Cristo, como atestigua la primera lectura de hoy (Hch 12, 2).

Llamado por el mismo Jesús ‘hijo del trueno’ (Mc 3, 17), las Escrituras nos hablan del carácter impetuoso del apóstol, de su deseo de que caiga fuego del cielo sobre quienes niegan hospedaje a Jesús, de su cobardía inicial a la hora de acompañar al Señor que caminaba hacia la cruz… El episodio que el evangelio de hoy nos narra, en el que quizá Mateo trata de esconder a los Zebedeos tras su inocente madre, habla también de ese carácter.

Debemos muchas cosas a Santiago. La historia de la fe de quienes oramos en español está llena de su presencia y de frutos de su intercesión. Pero también debemos agradecer que su sinceridad abriera la puerta a que Jesús nos dejara una enseñanza tan hermosa como la que hoy se nos proclama: ¿para qué vivimos?, ¿quién es el verdaderamente grande entre nosotros? Leamos con calma el evangelio de hoy sin dejar de interceder por los jóvenes reunidos en Río.

Gracias, hermano Santiago, por tu continuo velar sobre nuestra fe. Gracias por tu ejemplo y  coherencia. Gracias por haber dejado que el Evangelio modelara tu carácter. Gracias por avivar en tantos el deseo de bondad, de belleza, de paz. Condúcenos a todos al que es la Verdad.

Pedro Martínez