I Vísperas – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Estaba Jesús orando en cierto lugar; cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estaba Jesús orando en cierto lugar; cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar.»

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 27 de julio

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 13,24-30
Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: `Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ Él les contestó: `Algún enemigo ha hecho esto.’ Dícenle los siervos: `¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Díceles: `No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.’»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta la parábola del trigo y la cizaña. Tanto en la sociedad como en las comunidades y en nuestra vida personal y familiar, todo está mezclado: cualidades buenas e incoherencias, límites y fallos. En nuestras comunidades se reúnen personas de diversos orígenes, cada una con su historia, con su vivencia, con su opinión, con sus anhelos, con sus diferencias. Hay personas que no saben convivir con las diferencias. Quieren ser juez de los demás. Piensan que sólo ellas están en lo cierto, y que los demás se equivocan. Hoy, la parábola del trigo y la cizaña ayuda a no caer en la tentación de querer excluir de la comunidad a los que no piensan como nosotros.

• El telón de fondo de la parábola del trigo y la cizaña. Durante siglos, por causa de la observancia de las leyes de pureza, los judíos habían vivido separados de las demás naciones. Este aislamiento marcó su vida. Y hasta después de haberse convertido, algunos seguían estas mismas observancias que los separaban de los demás. Ellos querían la pureza total. Cualquier señal de impureza debía de ser extirpado en nombre de Dios. “No puede haber tolerancia con el pecado”, así decían. Pero otros como Pablo pensaban que la Nueva Ley de Dios traída por Jesús estaba pidiendo ¡el contrario! Ellos decían: «¡No puede haber tolerancia con el pecado, pero hay que ser tolerantes con el pecador!»

• Mateo 13,24-26: La situación: el trigo y la cizaña crecen juntos. La palabra de Dios que hace nacer la comunidad es la buena semilla, pero dentro de las comunidades aparecen siempre cosas que son contrarias a la palabra de Dios. ¿De dónde vienen? Era ésta la discusión, el misterio que llevó a conservar y recordar la parábola del trigo y de la cizaña.

• Mateo 13,27-28a: El origen de la mezcla que hay en la vida. Los empleados preguntan al dueño: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El dueño respondió: Un enemigo lo hizo. ¿Quién es este enemigo? El enemigo, el adversario, satanás o diablo (Mt 13,39), es aquel que divide, que desvía. La tendencia de división existe dentro de la comunidad y existe en cada uno de nosotros. El deseo de dominar, de aprovecharse de la comunidad para subir y tantos otros deseos interesados, dividen, son del enemigo que duerme en cada uno de nosotros.

• Mateo 13,28b-30: La reacción diferente ante la ambigüedad. Ante la mezcla entre bien y mal, los siervos querrían arrancar la cizaña. Pensaban: «Si dejamos a todo el mundo dentro de la comunidad, ¡perdemos nuestra razón de ser! ¡Perdemos nuestra identidad!» Querían expulsar a los que pensaban de forma diferente. Pero no era ésta la decisión del Dueño de la tierra. El dice: «¡Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega!» Lo que va a decidir, no es lo que cada uno habla y dice, sino que cada uno vive y hace. Es por el fruto producido que Dios nos juzgará (Mt 12,33). La fuerza y el dinamismo del Reino se manifiestan en la comunidad. Aún siendo pequeña y llena de contradicciones, la comunidad es una señal del Reino. Pero no es dueña ni señora del Reino, no puede considerarse totalmente justa. La parábola del trigo y de la cizaña explica la manera en que la fuerza del Reino actúa en la historia. Es preciso hacer una opción clara por la justicia del Reino y, al mismo tiempo, junto con la lucha por la justicia, tener paciencia y aprender a convivir y a dialogar con las contradicciones y con las diferencias. En el momento de la siega, se hará la separación.

• La enseñaza en parábolas. La parábola es un instrumento pedagógico que usa la vida cotidiana para mostrar que la vida nos habla de Dios. La realidad se vuelve transparente y hace que la gente tenga una mirada contemplativa. Una parábola apunta hacia las cosas de la vida y, por esto mismo, es una enseñaza abierta, pues de las cosas de la vida todo el mundo tiene experiencia. La enseñanza en parábolas hace que la persona parta de la experiencia que tiene: semilla, sal, luz, oveja, pajarillo, flor, mujer, niño, red, pez, etc. Así, la vida cotidiana se vuelve transparente, reveladora de la presencia y de la acción de Dios. Jesús no solía explicar las parábolas. Dejaba que el sentido de la parábola quedara abierto y no lo determinaba. Señal de que creía en la capacidad que la gente tenía de descubrir el sentido de la parábola desde su experiencia de vida. De vez en cuando la petición de los discípulos, explicaba el sentido (Mt 13,10.36). Por ejemplo, como hace con la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,36-43).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo se manifiesta en nuestra comunidad la mezcla del trigo y de la cizaña? ¿Qué consecuencias trae para nuestra vida?
• Mirando en el espejo de la parábola, ¿a quién me parezco más: a los siervos que quieren arrancar la cizaña antes de tiempo, o al dueño que manda esperar hasta la siega?

5) Oración final

Mi ser languidece anhelando
los atrios de Yahvé;
mi mente y mi cuerpo se alegran
por el Dios vivo. (Sal 84,3)

Llamemos papaíto a Dios

1. – Jesús enseña a sus apóstoles el Padrenuestro que es, en muy pocas palabras, la más alta cumbre de la teología. Y nos muestra un Dios Padre que va a ocuparse de nosotros en lo material y en lo espiritual. A Dios podemos pedirle pan y santidad, justicia y paz, protección y futuro. Tras mostrar el Padrenuestro, Jesús comunica dos condiciones de la oración que, a veces, dejamos de cumplir y utilizar. ¿Por qué no rezamos constantemente? ¿Por qué, asimismo, no importunamos a Dios con nuestras peticiones? Dios nos lo va a dar todo. Pero rezamos poco. Y puede ser prueba de nuestra soberbia o de nuestra desesperanza.

2. – Cristo, además, nos mostró un Dios Padre cariñoso y tierno. La grandeza de la presencia de Jesús en la tierra estriba en que, en un momento dado, llegada la plenitud de los tiempos, él explicó –como nadie podía hacerlo– quien y como era Dios. La ley judía se había endurecido hasta el punto de crear una falta imagen de Dios: fuerte, combativo, justiciero y lejano. El aleluya de la misa de este domingo refleja un texto de San Pablo (Rom 8, 15) y se dice: «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!». Y eso fue –y es– toda una revolución, porque, entre otras cosas, la traducción más cabal de «Abba» se acerca a nuestro «Papá» o, incluso, «Papaíto». Es decir, podemos llamar a Dios «Papaíto» y esa palabra sólo nos produce a nosotros ternura. Se abre un mundo de posibilidades para el hombre a partir del Dios cercano y cariñoso que nos mostró Cristo. Y esa es, precisamente, la grandeza del cristianismo frente a las otras dos religiones monoteístas, que también honran a Abrahán. Ellos no han recibido el legado de ese conocimiento íntimo y asequible de Dios. Y, sin embargo, Abrahán es considerado por judíos y musulmanes como el amigo de Dios. Abrahán trata con un Dios asequible que admite una negociación sobre la salvación de dos ciudades. Para negociar algo hay que tener cerca con quien se negocia y han de existir unas bases de confianza y entendimiento para hacerlo. Ya el Antiguo Testamento nos mostraba al Dios cercano y entrañable. Pero los hombres de la antigüedad –también nosotros ahora– olvidaron la verdadera esencia de Dios y prefirieron construir uno a su medida.

3. – San Pablo, en la Carta los Colosenses, va a describir de manera magistral nuestra comunión con Cristo. Sepultados con el Bautismo vamos a resucitar sin pecados. La misericordia de Dios se nota –en la Nueva Alianza– en la posibilidad de continuo perdón por el sacrificio de Jesús. Ese conocimiento de que siempre podemos ser perdonados nos podría dar un exceso de presunción sobre nuestro destino final. Pero no es así. El conocimiento del perdón permanente de Dios nos muestra una vez más la ternura de Dios. Pero rezamos poco. Estamos muy atareados con nuestras pequeñas virtudes y nuestras grandes mezquindades y nos olvidamos que el Señor nos espera, todos los días y todas las horas, en «lo oculto de nuestra habitación», el interior de nuestra alma.

Ángel Gómez Escorial

Comentario del 27 de julio

Jesús nos sigue hablando en parábolas de uno de sus temas preferidos: el Reino de Dios. Hablar en parábolas es hablar en términos comparativos de realidades que escapan a nuestra experiencia cotidiana. Por eso se dice: el Reino de los cielos se parece (=es comparable) a un hombre que… No se nos dice lo que es el Reino de los cielos, sino únicamente aquello a lo que se parece. La apariencia oculta la realidad, pero también la manifiesta; en la apariencia de una cosa se manifiesta lo que esa cosa es, aunque no se nos muestre el todo de esa cosa. La comparación nos lanza hacia el término comparado sin que podamos alcanzarlo del todo.

Aquí, el término es el Reino de los cielos, y se compara con un hombre que sembró buena semilla en su campo. De un Dios bueno sólo cabe esperar buena semilla. Pero Dios, además de bueno, es poderoso. Por eso, puede ser también indulgente y misericordioso con todos. No necesita siquiera hacer ostentación de su poder. Pues bien, el enviado de este Dios, el Hijo del hombre, es el que siembra (con su palabra) la buena semilla en el mundo, pues el campo es el mundo. La buena semilla, como explica el mismo Jesús, son los ciudadanos del Reino y lo sembrado por ellos, es decir, los buenos. Pero en el mundo no hay sólo buenos, sino también partidarios del Maligno; no hay sólo trigo, sino también cizaña.

La pregunta es: ¿De dónde viene la cizaña, si el sembrador sembró sólo trigo? Y la inmediata respuesta de Jesús es ésta: De la acción seminal de un enemigo (el Maligno), es decir, de alguien que quiere echar a perder la cosecha del sembrador, de alguien que no desea que le Reino de Dios progrese. Ante semejante situación, los criados de la parábola proponen arrancar la cizaña antes de que crezca más y acabe tragándose la cosecha. Ésta podría ser la solución más acertada y eficaz: arrancar la maldad que hay en el mundo para ponerle freno cuanto antes. Pero la propuesta no es del agrado de Jesús. ¿Se podría arrancar la maldad sin aniquilar al mismo tiempo a los malos, sus portadores y agentes? ¿Pero aniquilando a los malos no se estaría introduciendo la maldad que se pretende atajar? ¿Y quién sería capaz de hacer semejante discernimiento entre buenos y malos? ¿No habría que establecer esta separación en el corazón mismo de los buenos, en los que también hay restos de maldad, o de los malos, en los que también hay gérmenes de bondad?

Nosotros, como aquellos criados que enseguida se constituyen en jueces ejecutores, tendemos a establecer, probablemente con demasiada precipitación, esta división (maniquea) entre buenos y malos, entendiendo por buenos a los que lo parecen, porque forman parte de un determinado grupo, porque observan unas normas de conducta, porque hacen obras buenas o porque no se oponen a Dios ni a sus proyectos; los malos serían los que no entran en esta circunscripción, los contrarios, los opositores, el resto. Pero esta distinción que teóricamente puede parecer tan sencilla como poner a un lado a los partidarios de Jesús o miembros de la Iglesia y al otro a los partidarios del Maligno, en la práctica es sumamente compleja y difícil, pues pisamos un terreno muy delicado, pisamos el terreno sagrado e intimísimo de la conciencia.

Nada tiene de extraño que el sembrador del trigo, es decir, el que tiene más interés por la cosecha de lo sembrado, recomiende paciencia y espera, porque en el intento de arrancar la cizaña pudiera destruirse también el trigo antes de que alcanzara su madurez. Sucede que la planta de la cizaña se parece mucho a la del trigo y puede fácilmente confundirse. También la cizaña produce espigas, aunque su harina no es comestible como la del trigo. El parecido entre ambas semillas y el riesgo consiguiente de arrancar la buena (la del trigo) junto con la mala (la de la cizaña) aconsejan dejarlos crecer juntos hasta la siega. Sólo entonces se llevará a cabo la tarea de la separación con suficientes garantías.

Pero esta espera atenta contra nuestra impaciencia, que desearía ver el campo libre de cizaña, sin caer en la cuenta de que tendríamos que empezar por arrancarla de nuestro mismo corazón donde también se ha instalado con la espontaneidad propia de las hierbas salvajes. Porque también en nuestro interior comparten morada bondad y maldad, egoísmo y generosidad, pereza y diligencia, soberbia y humildad. Aquí, en este campo reducido, aunque determinante, de la propia conciencia sí cabe discernir, separar y extirpar la cizaña antes incluso de que llegue el momento de la siega, porque la lucha por la integridad requiere juicio y discernimiento. Sólo así podremos prepararnos para el juicio definitivo, que corresponde al Juez supremo, a Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos. Este discernimiento definitivo sólo le es posible al Juez supremo y universal y en el momento final, porque sólo en ese momento que clausura una vida puede ser juzgada ésta con entera justicia.

Tal es el momento de la siega y de la cosecha, el momento de la rendición de cuentas. Hasta entonces siempre cabe la rectificación, el cambio, la metanoia, la conversión de la cizaña en trigo o del trigo en cizaña.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Jóvenes de un mundo en crisis

72. Los padres sinodales evidenciaron con dolor que «muchos jóvenes viven en contextos de guerra y padecen la violencia en una innumerable variedad de formas: secuestros, extorsiones, crimen organizado, trata de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, estupros de guerra, etc. A otros jóvenes, a causa de su fe, les cuesta encontrar un lugar en sus sociedades y son víctimas de diversos tipos de persecuciones, e incluso la muerte. Son muchos los jóvenes que, por constricción o falta de alternativas, viven perpetrando delitos y violencias: niños soldados, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, terrorismo, etc. Esta violencia trunca muchas vidas jóvenes. Abusos y adicciones, así como violencia y comportamientos negativos son algunas de las razones que llevan a los jóvenes a la cárcel, con una especial incidencia en algunos grupos étnicos y sociales»[29].


[29] Ibíd., 41.

Evangelizar… de rodillas

Jesús mandó a sus discípulos a predicar sin bolsa, sin saco y sin sandalias». Nuestra oración insistente, clarifica y nos abre hacia aquello que, por nosotros mismos, somos incapaces de realizar: Dios de una manera segura, simple y suficiente es capaz de colmar nuestras aspiraciones.

1.- Partiendo entonces de una realidad, la Iglesia no es nuestra sino de Dios y es un campo a cultivar por nosotros pero con la fuerza del Espíritu, no nos queda otra –como mejor futuro para el desarrollo de nuestra siembra- que rezar y colocar nuestros esfuerzos apostólicos en las manos de Dios. Lo contrario, además de egocentrismo, significaría tanto como creer que todo depende de nosotros.

¿Qué se nos exige, para nuestra vida de piedad, en este Año de la Fe?

–Algo tan sencillo como el pedir

–Algo tan natural como pedirlo al Padre

–Algo tan fácil como hacerlo a través de Jesús

–Algo tan imprescindible como el solicitarlo con Fe

–Algo tan comprometedor como el permanecer en El

2. Qué dificultades salen al paso de todo ello

+La falta de sinceridad; cuando pedimos sin hacer ver a Dios los móviles verdaderos de nuestra solicitud. No me conviene, pero se lo pido porque me apetece

+La ausencia de reconciliación; cuando estando rotos por dentro intentamos que sea Dios quien resuelva el caos o la guerra de nuestra existencia interna o externa. Ya que otros me lo han impedido

+El egoísmo; cuando conocedores de que la felicidad no siempre se consigue con el tener, nos precipitamos por acaparar lo indecible. Siempre es más bueno tener que necesitar. Le diré a Dios que me restituya lo que me corresponde.

+La falta de paciencia; cuando ante la esterilidad aparente de nuestras oraciones nos aburrimos de hablar amistosamente con Dios y, convertimos la oración, en un medio de instrumentalización: como no me das… ¡te dejo!

+La incredulidad; cuando surgen dudas e interrogantes sobre el fruto y el valor más profundo de la oración. ¡Para qué voy a rezar si Dios está sordo!

El evangelio, de este domingo, nos trae a la memoria una gran realidad: DIOS SE INTERESA POR NOSOTROS. Es ahí donde, el cristiano, descubre que toda su vida –por ser importante para Dios- cobra nuevo impulso cuando se presenta ante El:

3.- Me viene a la memoria la anécdota de aquel náufrago profundamente creyente que pedía y confiaba mucho en Dios, pero que no supo ver su mano en aquel momento donde, en la soledad de una isla, se debatía entre la vida y la muerte.

Llegó una embarcación y el capitán le invitó a subir a proa; el náufrago le contestó: “váyase tranquilo; yo confío en Dios”. Al día siguiente un submarino se percató de la presencia del accidentado y nuevamente le pidieron que recapacitara en su postura y que embarcase; “váyanse tranquilos…confío plenamente en Dios”. Por tercera vez un trasatlántico atisbó las circunstancias trágicas en las que se encontraba el solitario náufrago convidándole una vez más a abandonar la isla. Ante su negativa el crucero siguió su curso.

Cuando pasaron los días y las fuerzas se fueron debilitando el náufrago cerró ojos y se presentó ante Dios increpándole: “¡cómo no has hecho nada por mí en los momentos de peligro” “¿no te das cuenta el ridículo en que me has dejado ante mis familiares y amigos cuando yo tanto esperaba de Ti?”. Dios, sigue esta parábola, le cogió por el hombro y le contestó: “amigo; tres embarcaciones te envié y no quisiste ninguna”.

Que nuestra oración sea como la del agua que, por su persistencia y no por su consistencia, es capaz de romper o erosionar la mayor de las rocas. Que nuestra oración sea, sobre todo, unos prismáticos que nos ayuden a ver y aprovechar los signos de la presencia de Dios en nuestra vida. Dicho de otra manera; que la oración sea esa sensibilidad para ver ciertos golpes de gracia…como la mano certera de Dios a nuestras necesidades.

4.- ¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!

Elevaré mis ojos hacia el cielo
buscando, lo que en la tierra, los sentidos
no me dejan ver o percibir con claridad:
tu presencia, Señor.
Levantaré mis manos hacia Ti
porque, si las utilizo sólo para el mundo
caeré en la simple actividad vacía de contenido
pero sin señales de eternidad.
Abriré mi corazón y, con él, mis entrañas
para que, en diálogo sincero contigo
me digas qué camino elegir
por dónde y cuándo avanzar
de que equivocaciones retornar
y en qué he de cimentar mi vivir.

¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!
Aunque, a primera vista no exista respuesta,
seguiré rezando y hablando contigo
Aunque, pasen los días, y las nubes sigan presentes
Aunque, discurran las noches, y las estrellas no brillen
Aunque, amanezca la aurora, y el rocío no me sorprenda
Aunque pida calma, y las tormentas, asolen mi alma

¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!
Confiaré en Ti, Señor, porque eres palabra que nunca falla
Eres tesoro y eres vida, eres ilusión y eres esperanza
Eres futuro y eres presente
Eres amigo que, en la oración, consuela, levanta
anima, recompone, fortalece y se entrega
Contigo, Señor, hasta la muerte
Contigo, Señor, a tiempo y destiempo
Amén

Javier Leoz

Y les enseñó el Padrenuestro

1.- SODOMA Y GOMORRA. – El hombre tiene una capacidad enorme de corrupción. Puede llegar a límites insospechados de maldad. Y lo terrible es que no son actos aislados los que constituyen la perversidad; se trata de una actitud, de una disposición de ánimo que se hace habitual.

La historia de los hombres nos narra cómo en determinados momentos esa maldad es tan grande que llega a encolerizar a Dios. Entonces se desata la ira divina. La tierra se recubre de cadáveres, las lágrimas y la sangre desbordan sus cauces normales y ahogan el corazón del hombre. Y uno escucha, uno lee noticias, uno ve cosas, acciones injustas de los unos y los otros, pecados contra naturaleza que encuentran carta de naturaleza en leyes civilizadas, crímenes como el aborto y la eutanasia que se reconocen como legales. Y uno piensa si Dios no estará a punto de estallar, a punto de romper de nuevo los diques que contienen las aguas y el fuego… Sodoma y Gomorra, ciudades que llegan al límite máximo de perversión. Su pecado provoca una terrible lluvia de azufre y de fuego que, cayendo de lo alto, convierten aquel valle en una profunda fosa de miles de muertos… Ojalá que Dios no se encolerice ante el triste espectáculo que los hombres de hoy presentamos.

Abrahán intercede ante Dios. Le asusta la idea del castigo divino. Él cree en el poder infinito del Señor, él sabe que no hay quien le resista. Tiembla al pensar que la ira de Yahveh pueda desencadenarse. Y Abrahán, llevado de la gran confianza que Dios le inspira, se acerca para pedir misericordia. Un diálogo sencillo. Abrahán es audaz en su oración, atrevido hasta la osadía: si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás a la ciudad por los cincuenta inocentes que hay en ella? ¡Lejos de ti tal cosa…! Dios accede a la proposición. Entonces Abrahán se crece, regatea al Señor el número mínimo de justos que es necesario para obtener el perdón divino. Así, en una última proposición, llega hasta diez justos. Y el Señor concede que si hay esos diez inocentes no destruirá la ciudad.

Diez justos. Diez hombres que sean fieles a los planes de Dios. Hombres que vivan en santidad y justicia ante los ojos del Altísimo. Hombres que sean como pararrayos de la justicia divina. Amigos de Dios que le hablen con la misma confianza de Abrahán, que obtengan del Señor, a fuerza de humilde y confiada súplica, el perdón y la misericordia.

2.- ¡ABBA, PADRE! – Muchas son las veces que Jesús aparece en los Evangelios sumido en oración. El evangelista san Lucas es el que más se fija en esa faceta de la vida del Señor y nos la refiere en repetidas ocasiones. Esa costumbre, ese hábito de oración, llama la atención de sus discípulos, los anima a imitarle. Por eso le ruegan que les enseñe a rezar, lo mismo que el Bautista enseñó a sus discípulos. El Maestro no se hace. Rogar y les enseña la oración más bella y profunda que jamás se haya pronunciado: el Padrenuestro.

Lo primero que hay que destacar es que nos enseñe a dirigirnos a Dios llamándole Padre. La palabra original aramea es la de Abba, de tan difícil traducción que lo mismo san Marcos que san Pablo la transmiten tal como suena. Es una palabra tan entrañable, tan llena de ternura filial y de confianza, tan familiar y sencilla, tan infantil casi, que los judíos nunca la emplearon para llamar a Dios. Le llamarán Padre; incluso Isaías lo compararán con una madre, o mejor dicho, con las madres del mundo, pero no lo llamarán nunca Abba.

La misma Iglesia es consciente del atrevimiento que supone dirigirse a Dios con el nombre de Padre, con la confianza y la ternura del hijo pequeño, que suple con un balbuceo su dificultad para pronunciar bien el nombre de padre. Por eso en la liturgia eucarística, antes de la recitación del Padrenuestro, el sacerdote dice que fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo sus divinas enseñanzas, nos atrevemos a decir; «audemus», dice el texto latino, tenemos la audacia.

Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos pequeños y queridos. Por eso podemos y debemos dirigirnos a él llenos de esperanza, seguros de ser escuchados y atendidos en nuestras necesidades, materiales y espirituales. Es cierto que en ocasiones nos puede parecer que el Señor no nos escucha. Pero nada más lejos de la realidad. Él sabe más y conoce lo que de verdad nos conviene, lo que en definitiva será para nuestro bien, y lo que nos puede perjudicar.

Por otra parte recordemos que esa oración que Jesús nos enseña nos dice que Dios es Padre nuestro. No mío ni tuyo, sino nuestro. Es cierto que las relaciones que Jesús establece entre Dios y el hombre son relaciones personales, de tú a tú. Pero también es verdad que esas relaciones pasan por el prójimo, hasta el punto que si nos olvidamos de los hermanos no podemos llegar hasta el Padre. Así, pues, no se puede ser hijo de Dios sin ser hermano de los hombres. Por eso le llamamos Padre nuestro y pedimos el pan nuestro de cada día y que perdone nuestras deudas -no mis deudas-, al tiempo que prometemos que también nosotros, por amor suyo, perdonamos a nuestros deudores… Termina el pasaje con una exhortación, tres veces repetida, para que pidamos sin descanso. Estas palabras de Jesús dan la impresión, una vez más, de que Dios está más dispuesto a dar que nosotros a pedir.

Antonio García-Moreno

Los cristianos tenemos la obligación de esperar que el mensaje cristiano triunfe sobre la maldad de este mundo

1.- Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que lo piden? Debo advertir ya de antemano que todo lo que voy a decir en esta homilía no es fácil de creer, porque como ciudadanos de este mundo en el que nosotros vivimos, vemos muchas veces lo contrario. Pero, si realmente los cristianos no viviéramos con la esperanza de la eficacia de nuestra oración, nuestro cristianismo carecería de sentido, al menos teológicamente. Porque, si realmente el mal terminara imponiéndose sobre el bien al fin de los tiempos, la pasión y resurrección de Cristo no habrían sido eficaces. Si creemos realmente que Cristo con su resurrección nos libró del pecado original y nos mereció la salvación, tenemos que creer que, al final de los tiempos, el Padre concederá la salvación a todos los que durante su vida la pidieron con esperanza y amor cristiano. No por nuestros propios méritos, sino por los méritos de Cristo. La resurrección de Cristo fue católica, es decir, universal, y conlleva el perdón universal del Padre. De lo contrario, ¿qué significa decir que Cristo no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo? Si al final de los tiempos triunfa definitivamente el mal sobre el bien, y el Padre tiene que condenar al mundo, ¿para qué sirvió al pasión y resurrección de Cristo? Esta creencia nos convierte a los cristianos en personas optimistas y esperanzadas. Esto no nos excluye de luchar contra el mal, sino todo lo contrario, Luchemos contra el mal con todas nuestras fuerzas, que el Espíritu de Cristo terminará imponiéndose sobre el espíritu del mal. Esto nos exige, por supuesto, esfuerzo y lucha constante, pero esta es la única manera de imitar al Cristo que nos salvó luchando contra el mal hasta morir en la misma cruz. Pidamos al Padre que el Espíritu Santo, el Espíritu de su Hijo, acabe triunfando sobre el espíritu del mal, con la esperanza segura de que el Padre nos lo concederá.

2.- Abrahán se acercó y dijo: ¿es que vas a destruir al inocente con el culpable?… Matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia? Contestó el Señor: en atención a los diez, no la destruiré. Este texto del libro del Génesis sobre Sodoma y Gomorra es conocido por todos y yo no voy a describirlo. El mensaje de este texto es el siguiente: Dios no sólo no castiga a los inocentes por culpa de los culpables, sino al revés, perdona a los culpables por amor a los inocentes, cuando una persona, amiga de Dios, como es en este caso nuestro Patriarca Abrahán así se lo pide. Nosotros, los cristianos así lo creemos, cuando es el mismo Cristo el que lo pide, y cuando somos uno de nosotros el que lo pedimos en nombre de Cristo. Ya sé yo que en la sociedad en la que nosotros vivimos esto no es fácil de demostrar, porque en nuestro mundo las cosas no siempre suceden así, sino que muchas veces sucede lo contrario. Pero, como ya he dicho arriba, los cristianos tenemos la obligación religiosa de creer en la eficacia espiritual de la pasión y resurrección de Cristo. Creemos que Dios nuestro Padre nos concederá todo lo que Cristo, y cualquiera de nosotros le pida en nombre de Cristo, le pida con verdadera fe.

3.- A vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y la circuncisión de vuestra carne, Dios os vivificó en Cristo. Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros, la quitó de en medio, clavándola en la cruz. La mayoría de la Comunidad cristiana de Colosas a la que se dirige el apóstol Pablo estaba formada por paganos que se habían convertido al cristianismo. Pablo les dice que Dios Padre les ha perdonado su pecado por los méritos de Cristo, clavado en la cruz. Deben vivir, por tanto, agradecidos a Cristo, ya que por medio de él pueden salvarse.

Gabriel González del Estal

Tres llamadas de Jesús

«Yo os digo: Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá». Es fácil que Jesús haya pronunciado estas palabras cuando se movía por las aldeas de Galilea pidiendo algo de comer, buscando acogida y llamando a la puerta de los vecinos. Él sabía aprovechar las experiencias más sencillas de la vida para despertar la confianza de sus seguidores en el Padre Bueno de todos.

Curiosamente, en ningún momento se nos dice qué hemos de pedir o buscar ni a qué puerta hemos de llamar. Lo importante para Jesús es la actitud. Ante el Padre hemos de vivir como pobres que piden lo que necesitan para vivir, como perdidos que buscan el camino que no conocen bien, como desvalidos que llaman a la puerta de Dios.

Las tres llamadas de Jesús nos invitan a despertar la confianza en el Padre, pero lo hacen con matices diferentes. «Pedir» es la actitud propia del pobre. A Dios hemos de pedir lo que no nos podemos dar a nosotros mismos: el aliento de la vida, el perdón, la paz interior, la salvación. «Buscar» no es solo pedir. Es, además, dar pasos para conseguir lo que no está a nuestro alcance. Así hemos de buscar ante todo el reino de Dios y su justicia: un mundo más humano y digno para todos. «Llamar» es dar golpes a la puerta, insistir, gritar a Dios cuando lo sentimos lejos.

La confianza de Jesús en el Padre es absoluta. Quiere que sus seguidores no lo olviden nunca: el que pide, está recibiendo; el que busca está encontrando y al que llama, se le abre. Jesús no dice qué reciben concretamente los que están pidiendo, qué encuentran lo que andan buscando o qué alcanzan los que gritan. Su promesa es otra: a quienes confían en él Dios se les da; quienes acuden a él reciben «cosas buenas».

Jesús no da explicaciones complicadas. Pone tres ejemplos que pueden entender los padres y las madres de todos los tiempos. ¿Qué padre o qué madre, cuando el hijo le pide una hogaza de pan, le da una piedra de forma redonda como las que pueden ver por los caminos? ¿O, si le pide un pez, le dará una de esas culebras de agua que a veces aparecen en las redes de pesca? ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión apelotonado de los que se ven por la orilla del lago?

Los padres no se burlan de sus hijos. No los engañan ni les dan algo que pueda hacerles daño sino «cosas buenas». Jesús saca rápidamente la conclusión. «Cuánto más vuestro Padre del cielo dará su Espíritu a los que se lo pidan». Para Jesús, lo mejor que podemos pedir y recibir de Dios es su Aliento, su Espíritu, su Amor que sostiene y salva nuestra vida.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio de hoy – 27 de julio

Terminamos la semana escuchando otra de las llamadas parábolas del Reino que el evangelista Mateo ofrece agrupadas. En los próximos días, fortalecidos ya por la celebración del domingo, se nos proclamarán más.

Nos encontramos hoy ante el trigo y la cizaña, que crecen mezclados en el campo; en un campo en el que los enemigos del Reino han ido haciendo también su trabajo. Muchos de nosotros pertenecemos a generaciones educadas en la contemplación de la misericordia de Dios, en la conciencia de su deseo de salvar a todos y de su infinita paciencia. Corremos el peligro (y a veces hemos caído en él) de minusvalorar la fuerza del mal, del que está sembrado en el campo del mundo y del que anida dentro de cada uno de nosotros. Con frecuencia, con el paso de los años, hemos ido poniendo palabra a esta experiencia: el mal existe; el mal tiene fuerza; el mal pelea dentro de cada uno de nosotros, a veces incluso con procedimientos muy sibilinos; el Reino tiene enemigos, y nosotros a veces bailamos a su ritmo.

Por eso la parábola suena tan bien y nos invita gozosa y confiadamente a la esperanza. La fe nos invita a ser lúcidos, a vivir en sencillez, pero también en astucia, a calcular bien el peso, la medida y el coste de la torre antes de edificarla. Hay cizaña; y de vez en cuando colaboramos con ella. No caigamos en ingenuidades que Dios no desea.

Pro al tiempo se nos ofrecen mil ayudas para que el trigo termine con la cizaña en nosotros, para que el bien venza claramente la batalla al mal, para que el Reino pueda seguir abriéndose camino con nuestra ayuda.

Hoy es sábado. María de Nazaret camina con nosotros todos los días del año, pero hoy podemos invocarla de modo especial, unidos a los millones de creyentes que lo hacen: María, madre y hermana, ayúdanos a dar buen fruto, a acoger mejor la Palabra, a proclamar con nuevo entusiasmo que viviremos como quiere el Señor. Santa María, ruega por nosotros.

¡Buen fin de semana, hermanos! ¡Que el Señor os conceda un buen domingo!

Pedro Martínez, cmf