Vísperas – Santa Marta

VÍSPERAS

LUNES XVII TIEMPO ORDINARIO
SANTA MARTA, memoria obligatoria

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Finísimo fue el lino con que ella
fue tejiendo, a lo largo de su vida,
esa historia de amor que la hace bella
a los ojos de Dios y bendecida.

Supo trenzar con tino los amores
del cielo y de la tierra, y santamente
hizo altar del telar de sus labores,
oración desgranada lentamente.

Flor virgen, florecida en amor santo,
llenó el hogar de paz y joven vida,
su dulce fortaleza fue su encanto,
la fuerza de su amor la fe vivida.

Una escuela de fe fue su regazo.
Todos fueron dichosos a su vera,
su muerte en el Señor fue un tierno abrazo,
su vida será eterna primavera. Amén.

 

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

 

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

 

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

 

LECTURA: Rm 8, 28-30

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Dios la eligió y la predestinó.
V/ Dios la eligió y la predestinó.

R/ La hizo morar en su templo santo.
V/ Y la predestinó.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Dios la eligió y la predestinó.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús amaba a María, a su hermana y a su hermano Lázaro.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús amaba a María, a su hermana y a su hermano Lázaro.

PRECES

Supliquemos a Dios en bien de su Iglesia, por intercesión de las santas mujeres, y digámosle:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Por intercesión de las mártires, que con la fuerza del espíritu superaron la muerte del cuerpo,
— concede, Señor, a tu Iglesia ser fuerte en la tentación.

Por intercesión de las esposas, que por medio del santo matrimonio crecieron en la gracia,
— concede, Señor, a tu Iglesia la fecundidad apostólica.

Por intercesión de las viudas, que por la hospitalidad y la oración superaron su soledad y se santificaron,
— concede, Señor, a tu Iglesia que muestre al mundo el misterio de tu caridad.

Por intercesión de las madres, que engendraron sus hijos no solo para la vida del mundo, sino también para el reino de los cielos,
— concede, Señor, a tu Iglesia que transmita la vida del espíritu y la salvación a todo el género humano.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Por intercesión de todas las santas mujeres, que han sido ya admitidas a contemplar la belleza de tu rostro,
— concede, Señor, a los difuntos de la Iglesia gozar también eternamente de tu presencia.

 

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

 

ORACION

Dios todopoderoso, tu Hijo aceptó la hospitalidad de Santa Marta y se albergó en su casa; concédenos, por intercesión de esta santa mujer, servir fielmente a Cristo en nuestros hermanos y ser recibidos, como premio, en tu casa del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 29 de julio

Tiempo Ordinario 

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor. 

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Lucas 10,38-42
Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.» 

3) Reflexión

• Dinámica del relato. La condición de Jesús de maestro itinerante ofrece a Marta la posibilidad de acogerlo en su casa. La narración presenta la actitud de las dos hermanas: María, sentada, a los pies de Jesús, preocupada por escuchar su palabra; Marta, en cambio, preocupada por preparar los numerosos servicios, se acerca a Jesús protestando por el comportamiento de la hermana. El diálogo entre Jesús y Marta ocupa un amplio espacio de la narración (vv.40b-42): Marta empieza con una pregunta retórica, “¿Señor, no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo?”; después pide que Jesús intervenga y ordene a su hermana que no abandone los trabajos domésticos, “Dile, pues, que me ayude”. Jesús responde con tono afectuoso, expresado en la repetición del nombre “Marta, Marta”: le recuerda que ella está preocupada por “muchas cosas”, que en realidad es necesaria “una sólo” y concluye con una alusión a la hermana que ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada. Lucas construye su relato sobre el contraste de la personalidad diversa de Marta y de María; la primera, preocupada por “muchas” cosas, la segunda hace una cosa sólo, está preocupada por escuchar al Maestro. La función de este contraste es la de subrayar la actitud de María, dedicada a la plena y total escucha del Maestro, con lo que pasa a ser modelo de todo creyente.
• La figura de Marta. Es la que toma la iniciativa de acoger a Jesús en su casa. Al dedicarse a acoger al Maestro, se preocupa con afán de la muchas cosas que se han de preparar y, ante esto, siente la tensión de encontrarse sola. Le agobia tanto trabajo, está ansiosa, vive una gran tensión. Por eso, Marta se “adelanta” y dispara a Jesús una justa petición de ayuda: ¿por qué la hermana la deja sola? Jesús le responde constatando el hecho de que ella está preocupada y tiene el corazón dividido entre el deseo de ofrecer a Jesús una comida digna de su persona y el deseo de dedicarse a escucharlo. Por tanto, Jesús no reprueba el servicio de Marta, sino la angustia con que lo lleva a cabo. Jesús había explicado un poco antes, en la parábola del sembrador, que la semilla caída entre abrojos evoca la situación de los que escuchan la Palabra pero son presa de las preocupaciones (Lc 8,14). En la laboriosidad de Marta no critica Jesús el valor de la acogida a su persona, sino que alerta sobre los riesgos en que se puede caer: el afán y la angustia. También sobre estos riesgos se pronuncia Jesús: “Buscad su reino y lo demás os será dado por añadidura” (Lc 12,31).
• La figura de María. Es la que escucha la Palabra, cosa que se expresa con un pretérito imperfecto, “escuchaba”, indicando una acción continua en la escucha de Jesús. La actitud de María contrasta con el afán y la tensión de la hermana. Jesús dice que María ha escogido “la parte buena”, la escucha de su Palabra. De las palabras de Jesús aprende el lector que no se trata de dos partes, de las cuales una es mejor que la otra, sino que existe sólo la parte buena: escuchar su Palabra. Esta actitud no significa evadirse del propio quehacer o responsabilidad cuotidianos, sólo expresa la necesidad de que la escucha de la Palabra preceda a cualquier servicio o actividad.
• Equilibrio entre acción y contemplación. Lucas presta particular atención a unir escucha de la Palabra y relación con el Señor. No se trata de dividir la jornada en un tiempo dedicado a la oración y otro al servicio, sino que la atención a la Palabra precede y acompaña al servicio. El deseo de escuchar a Dios no se puede suplir por otras actividades: es necesario dedicar cierto tiempo y espacio para buscara al Señor. El compromiso de cultivar la escucha de la Palabra nace de la atención a Dios: todo puede contribuir, el ambiente, el lugar, el tiempo. Pero el deseo de encontrar a Dios debe nacer en el propio corazón. No existen tácticas que te lleven a encontrar a Dios de manera automática. Se trata de un problema de amor: es necesario escuchar a Jesús, estar con Él; entonces se comunica el don y se inicia el enamoramiento. El equilibrio entre escucha y servicio implica a todos los creyentes, tanto en la vida familiar como en la profesional y social: ¿qué hacer para que los bautizados sean perseverantes y alcancen la madurez de la fe? Educarse en la escucha de la Palabra de Dios. Es éste el camino más difícil, pero el más seguro para llegar a la madurez en la fe. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Sé crear en mi vida situaciones e itinerarios de escucha? ¿Me limito sólo a escuchar la Palabra en la iglesia, o me esfuerzo también en buscar espacios y lugares adecuados para una escucha personal y profunda?
• ¿Te limitas a un consumo privado de la Palabra o eres anunciador de la misma y luz para los demás, no sólo lámpara que ilumina tu propia vida privada?

5) Oración final

Yahvé, ¿quién vivirá en tu tienda?,
¿quién habitará en tu monte santo?
 El de conducta íntegra
que actúa con rectitud. (Sal 15,1-2)

Recursos – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana procurad meditar la Palabra de Dios de este domingo.

2. Acoged a los que llegan.

En muchas comunidades, en este mes de Agosto, muchos van de vacaciones a otros lugares, muchos otros vienen para participar en la misa. Puede haber una acogida especial para los que llegan de nuevo, antes de la misa, durante o después de ella.

3. Proclamad bien la primera lectura.

El texto del Eclesiástico no necesita de grandes efectos de voz. Una lectura sencilla, tranquila, sin exagerar el énfasis al pronunciar la palabra “vanidad” y sin aires de tristeza…
Es una llamada de atención hacia la importancia que se debe producir en la proclamación de las lecturas. No se trata de una simple lectura, muchas veces incomprensible y mal preparada, sino de una verdadera ¡proclamación de la Palabra!

4. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: Dios y Padre nuestro, te bendecimos por la creación entera. Igual que las sencillas flores dan testimonio de ti, enséñanos que tú permaneces eternamente. Bendito seas, porque nos llamas a participar de tu eternidad. Te pedimos por todas las víctimas de las injusticias y de las catástrofes, por todos aquellos que son privados del fruto de su trabajo y de su sudor.

Después de la segunda lectura: Cristo Jesús, Dios nuestro que haces de nosotros hermanos tuyos, te proclamamos como el Hombre Nuevo, y esperamos tu venida, cuando aparezcas en gloria, para reunir a todos los miembros de tu Cuerpo. Te pedimos por todos nosotros que fuimos bautizados en tu muerte y en tu resurrección: haz morir en nosotros lo que pertenece a la tierra, vuelve a hacernos de nuevo, a tu imagen.

Al finalizar el Evangelio: Dios, Padre nuestro, bendito seas por tu Hijo Jesús. Él renunció a la gloria que tenía junto a ti para hacerse pobre y enriquecernos con tu propia vida. Te pedimos: que tu Espíritu nos purifique de los ataques que nos atan a las riquezas perecederas, y fortalezca en nosotros el deseo de ser ricos a los ojos de Dios. Que Él nos preserve de la avidez de riquezas y nos abra al sentido del compartir.

5. Plegaria Eucarística.

Puede elegirse la Plegaria Eucarística II para la Reconciliación, que está en armonía significativa con la lectura de San Pablo.

6. Palabra para el camino.

¿El mejor granero?
¿El mejor banco?
¿Dónde acumulamos nuestras riquezas?
¿Y cuáles son estas riquezas?
A la luz de la palabra de Jesús, somos invitados a reflexionar sobre nuestras prioridades en la vida, y a rectificar, tal vez, el uso que hacemos de los bienes de la tierra.
La vida de una persona y su valor real no se miden por sus riquezas.
¿Somos verdaderamente conscientes y estamos convencidos de esto?

Comentario del 29 de julio

Jesús habla del Reino de los cielos, una realidad en gran medida intangible y misteriosa, pero tan rica en matices y aspectos que no puede aludir a ella sino con parábolas o comparaciones. Es su modo de anunciar lo secreto desde la fundación del mundoEl Reino de los cielos –decía- se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas. Jesús prefiere hablarnos no de lo que es, sino de aquello a lo que se parece el Reino de los cielos: a un grano de mostaza.

¿Y por qué a un grano de mostaza? Porque es una semilla muy pequeña (la más pequeña, dice la parábola), pero que crece hasta convertirse en un arbusto capaz de dar cobijo a los pájaros entre sus ramas. Por tanto, algo muy pequeño, pero con gran capacidad de crecimiento. También la levadura (la segunda comparación referida al Reino) que se amasa con tres medidas de harina es muy pequeña en relación con la masa con la que se mezcla, pero tiene un enorme potencial, porque es capaz de fermentar toda la masa.

La física nos ofrece ejemplos todavía más elocuentes. Pensemos en la energía atómica, esa energía encerrada en algo tan minúsculo como un átomo, pero que posee una potencia extraordinaria, capaz de hacer saltar por los aires masas de grandes dimensiones. Es la potencia encerrada en lo pequeño. Hasta el universo expandido de colosales dimensiones que conocemos hoy, con una edad aproximada 13.700 millones de años, se hallaba –según la opinión mayoritaria de nuestros científicos- concentrado en sus comienzos en una singularidad del tamaño de un átomo. ¿No resulta también ésta una buena imagen para referirnos al Reino de los cielos?

En cualquier caso, algo muy pequeño en sus orígenes, pero con una capacidad de desarrollo y de transformación inimaginables. Según esto, no debe extrañarnos la insignificancia de sus comienzos. Porque lo que nos encontramos en la historia es un pequeño grupo, formado por doce miembros, en una reducida y apartada región del Medio Oriente (Palestina) que empezará a dispersarse y a multiplicarse por toda la cuenca del Mediterráneo en diferentes comunidades que se irán implantando en regiones cada vez extensas y lejanas hasta alcanzar nuevos continentes. Nos encontramos también con un mensaje, el del evangelio, que se irá introduciendo progresivamente en la cultura y en las artes hasta transformarlas, como si de un proceso de fermentación se tratase, en cultura cristiana y hacer de las personas afectadas por esta levadura otros cristos.

El Reino de los cielos como realidad inserta, a modo de semilla o levadura, en nuestro mundo hace de su espacio y de su tiempo coordenadas que llevan la marca de lo cristiano, o espacio y tiempo en los que opera ya la gracia salvífica aportada por el Redentor. También podemos apreciar retrasos o interrupciones en ese proceso de crecimiento propio de esta misteriosa realidad que es el Reino. El mismo Jesús cuenta con la presencia de factores contrarios u obstaculizantes, cuenta con la intervención del enemigo que siembra la cizaña y con la acción opositora de los partidarios del Maligno, cuenta con la campaña del Anticristo y la irrupción de las persecuciones, cuenta con la dura oposición del que está siempre presto a hacer la guerra a Dios, el diablo.

Pero ¿qué fuerzas humanas o diabólicas podrán impedir la realización de los designios divinos? ¿Es que hay fuerza creatural capaz de imponerse al poder del Creador? Jesús certifica con su palabra la victoria final de la empresa de Dios: Los poderes del infierno no la derrotarán. Confiemos, por tanto, en la extraordinaria potencia de esta realidad que ya ha comenzado a germinar en nuestro mundo y que no es otra que la potencia de Dios en ella. Tal es la fuerza que sostendrá la presencia creciente del Reino de los cielos en nuestro mundo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

74. Todavía son «más numerosos en el mundo los jóvenes que padecen formas de marginación y exclusión social por razones religiosas, étnicas o económicas. Recordamos la difícil situación de adolescentes y jóvenes que quedan embarazadas y la plaga del aborto, así como la difusión del VIH, las varias formas de adicción (drogas, juegos de azar, pornografía, etc.) y la situación de los niños y jóvenes de la calle, que no tienen casa ni familia ni recursos económicos»[30]. Cuando además son mujeres, estas situaciones de marginación se vuelven doblemente dolorosas y difíciles.


[30] Ibíd., 42.

Homilía – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

RICOS ANTE DIOS

 

EL EMBRUJO DEL DINERO

Hay que agradecer con toda el alma a Jesús de Nazaret esta voz de alerta con respecto al poder de seducción y de perdición que tiene el dinero. Él hace lo que hacemos nosotros con respecto a los hijos, nietos o sobrinos, ante el peligro que representa para ellos la droga, el alcohol, las malas compañías, el tabaco, las sectas, el juego o cualquier otra adicción. También el apego a la riqueza, al dinero, puede convertirse en una adicción, y muy peligrosa. San Pablo afirma rotundamente: «La raíz de todos los males es el amor al dinero» (1Tm 6,10). Jesús nos alerta para que no caigamos en la trampa y no frustremos nuestra felicidad ni el desarrollo humano.

El dinero y la riqueza tienen un embrujo diabólico. Aparecen como la llave maestra que abre todas las puertas. Nuestras ciudades, el mundo entero es un enorme escaparate que nos ofrece de todo en el orden recreativo, de consumo, de turismo; y todo parece alcanzable con dinero. «Poderoso caballero es don dinero», dice nuestro refrán. El dinero y la riqueza suponen seguridad, tener las espaldas cubiertas y defendidas. Por eso las personas se sienten tentadas a conseguir esa llave maestra por todos los modos y medios. Y los que la tienen se sienten tentados de usar y abusar, de acaparar avaramente, de sufrir una verdadera adicción. Todos, en mayor o menor grado, sufrimos alguna dependencia.

Las riquezas y el dinero, como todos sabemos perfectamente, corren el riesgo de convertirse en un ídolo, en un fin; como dice Jesús, en un «señor» («nadie puede servir a dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero» —Mt 6,24—). Constatamos a diario que hay muchos que viven para tener, no tienen para vivir. El dinero fácilmente se convierte en un analgésico que insensibiliza frente al sufrimiento ajeno. Esto es lo que quiere señalar Jesús con la parábola de hoy y la del rico Epulón. El dinero y la riqueza son una fuerza explosiva que puede estallar en las manos de las personas y las familias. El dinero egoistiza al que no sabe utilizarlo correctamente. El dinero y la riqueza favorecen la autosuficiencia y una falsa seguridad. Por eso escribía San Pablo: «A los ricos de este mundo insísteles que no sean soberbios, ni pongan su confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en abundancia para que disfrutemos» (1Tm 6,17). Alguien dijo irónicamente de un ricachón que tenía tanta miseria en el espíritu como dinero en los bancos: «Era un hombre tan pobre que no tenía más que dinero».

 

ACTITUDES CRISTIANAS ANTE EL DINERO Y LA RIQUEZA

Importancia de la actitud ante el dinero. Una actitud correcta ante el dinero es trascendental. Dice muy atinadamente un refrán castellano: «Ante la mesa y el dinero se muestra el caballero». Se muestra el verdadero caballero, la verdadera dama y el verdadero cristiano. La actitud ante el dinero es un test infalible de autenticidad de fe. Es importante clarificar nuestra actitud ante el dinero; ella determina nuestra jerarquía de valores, la importancia que damos al compartir y, por eso, la autenticidad de nuestra relación con el Señor.

Desmitificación del dinero. Es preciso también desmitificar el dinero. Tener claro que no todo se compra ni se vende, como se dice del cariño verdadero. En esta sociedad tan mercantil parecería que lo que no cuesta dinero no vale, que las alegrías que no tienen precio, no tienen valor. No es verdad. La seguridad más valiosa, las alegrías más exultantes son enteramente gratuitas. «El amigo es un tesoro» (Eclo 6,5-17) que no cuesta dinero; por eso hay tan pocos amigos. Con el dinero se compra un piso, pero no se puede comprar un «hogar».

Cuenta Alain Delon que se detuvo con su insultante Ferrari de lujo ante una pobre casa de aldea en los Alpes para preguntar por una dirección de carretera. Ante la puerta de la casa encontró un hombre sencillo tejiendo un cesto de mimbre. Habla con él; le pregunta si es feliz. Aquel campesino con rostro sonriente le contesta: «Sí, sí, soy feliz. Tengo lo justo para

comer, una familia unida y cariñosa y una naturaleza que me encanta; qué más puedo pedir a la vida… y tengo fe en Dios», Alain Delon queda pensativo. Poco después comenta con unos amigos, impresionado por la paz y la alegría serena de aquel campesino y de su familia: «¡Qué paradoja: Él tan feliz con tan poco y yo tan infeliz con tanto! ¡Quién me diera su paz y su alegría!».

Los bienes económicos, bien utilizados, ayudan a la felicidad, pero no son la felicidad. Mal utilizados son, con frecuencia, fuente de desdichas. ¿Qué alegrías hay comparables a las de vivir en paz con la propia conciencia, a la armonía en la convivencia con los demás, a la experiencia de la amistad, a la satisfacción de saberse útil, de ayudar a los demás, de liberar del sufrimiento a los que sufren y hacerles felices? ¿Qué alegría mayor puede haber que la que proporciona la esperanza cristiana? Todas ellas son enteramente gratuitas.

Lo importante es «ser», no «tener». El dinero, la riqueza, los bienes terrenos pertenecen al orden del «tener». No nos engrandecen interiormente. Son como los tacones que se pone un enano para disimular su enanez, pero a la hora de la verdad tendrá que despojarse de ellos, porque en el cielo no se entra con tacones. Las riquezas son como los vestidos lujosos, los entorchados y las condecoraciones que lleva encima un cadáver; no le sirven para nada. En el cielo se entra a cuerpo limpio. «Nada trajimos a este mundo —recuerda Pablo a Timoteo— y nada llevaremos de él» (1Tm 6,8). Por eso, Jesús deduce la consigna: «Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico en lo que quiere Dios» (Le 12,21).

«Talentos» confiados por el Señor. La persona verdaderamente sabia es la que reduce el dinero y los bienes económicos a lo que realmente son, a un medio. Si los bienesse utilizan mal se convierten en males. Los bienes son como un cuchillo: pueden servir para cortar el pan que se va a compartir o el cordel que amarra a un secuestrado, y pueden servir para cortarse uno a sí mismo y para herir a los demás. No es verdad lo que muchos dicen: «Mi dinero es mío y hago con él lo que quiero». Los bienes económicos tienen un sentido social. Los bienes, a pesar de que los hayamos conseguido con el esfuerzo de nuestro trabajo, son talentos, dones que Dios ha puesto en nuestras manos y que hay que saber administrar. ¡Qué insensato el ricachón de la parábola que, en vez de decir: «Dios me ha colmado de bienes, voy a compartirlos», no se le ocurrió otra cosa que decir: «¡A disfrutar y a gozar a todo tren!», dejando que el pobre Lázaro se muera de hambre en su portal…

Con la iluminación del Espíritu. Precisamente por la peligrosidad que entrañan en sí mismos, es preciso revisar constantemente nuestra actitud ante los bienes económicos y el uso que les damos. Hay que servirse del dinero, gastarlo en lo que Dios quiere y en la cantidad que Dios quiere. Y esto no es fácil de discernir. No es fácil determinar dónde está la raya del uso racional del dinero y dónde empieza el abuso, el consumismo, el derroche. Corremos el peligro de autoengañarnos, de autojustificarnos; por eso es preciso revisar exigentemente nuestras actitudes, pedir al Espíritu sabiduría para situarnos y utilizarlos acertadamente.

La Palabra de Dios nos cuestiona: ¿Me siento arrastrado por la codicia? ¿Sufro de consumismo gastando el dinero en meros caprichos o lujos? ¿Tengo en cuenta, en la práctica, que el dinero es un bien social que he de compartir con los pobres? ¿Colaboro cuanto debo con instituciones humanitarias o de caridad? ¿A qué compromisos concretos me urge la Palabra de Dios que acabo de escuchar?

Jesús, con la parábola que hemos escuchado, nos invita a saborear la verdadera felicidad sin dejarnos tiranizar por el dinero ni por ningún otro ídolo. Estoy hablando de la felicidad de este mundo, no sólo de la del más allá. En el pecado de la idolatría al dinero está la propia penitencia.

Jesús invita a vivir la dicha de la pobreza: «Bienaventurados los pobres» (Mt 5,3) justamente porque la pobreza es un camino de liberación. La Madre Teresa de Calcuta repetía una consigna: La fe es pobreza; la pobreza es libertad; y la libertad es alegría.

Atilano Aláiz

Lc 12, 13-21 (Evangelio – Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

Continuamos recorriendo el “camino hacia Jerusalén” y escuchando las lecciones que preparan a los discípulos para ser testigos del Reino. La catequesis, que Jesús nos presenta hoy, se refiere a la actitud hacia los bienes materiales.

La reflexión es presentada a través de una cuestión relacionada con el reparto de los bienes.

Un hombre se queja a Jesús porque su hermano no quiere repartir con él la herencia. Según las tradiciones judías, el hijo primogénito de una familia de dos hermanos recibía dos tercios de las posesiones paternas (cf. Dt 21,17 Es posible que sólo fuesen repartidos los bienes muebles y que, para guardar intacto el patrimonio de la familia, la casa y las tierras fuesen atribuidas al primogénito). El hombre que interpela a Jesús es, probablemente, el hermano más joven, que todavía no había recibido nada. Era frecuente, en el tiempo de Jesús, que los “doctores de la ley” asumieran el papel de jueces en casos similares… ¿Cómo se va a situar Jesús frente a esta cuestión?

Jesús se excusa, delicadamente, de tomar parte en cuestiones de derecho familiar y de tomar partido por un hermano frente a otro (“Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”, v. 14).

Lo que se dirimía era la codicia, la lucha por los bienes, el apego excesivo al dinero (tal vez por parte de los dos hermanos). La conclusión que Jesús ofrece (v. 15) explica por qué no acepta meterse en este asunto: el dinero no es la fuente de la vida verdadera. La codicia de los bienes (el deseo insaciable de tener) es idolatría: no conduce a la vida plena, no responde a las aspiraciones más profundas del hombre, no lleva a una auténtica madurez de la persona. La lógica del “Reino” no es la lógica de quien vive para los bienes materiales; quien quiera vivir en la dinámica del Reino deberá tener esto presente.

La parábola que Jesús va a presentar en la secuencia (vv. 16-21) ilustra la actitud del hombre volcado hacia los bienes perecederos, y que se olvida de lo esencial, aquello que da la vida en plenitud.

Nos presenta a un hombre previsor, responsable, trabajador (que hasta podríamos admirar y alabar). Ese hombre representa, aquí a todos aquellos cuya vida consiste únicamente en acumular siempre más, olvidando todo lo demás, incluso a Dios, a la familia y a los demás; representa a todos aquellos que viven una relación de “círculo cerrado” con los bienes materiales, que han hecho de ellos su dios y que han olvidado que no es ahí donde está el sentido más fundamental de la existencia.

La referencia a la acción de Dios, que pone repentinamente un punto y final a esa existencia egoísta y sin significado, no debe ser subrayada excesivamente: sirve, únicamente, para mostrar que una vida vivida de ese modo no tiene sentido y que quien vive para acumular más y más bienes es, a los ojos de Dios, un “necio”.

¿Qué es lo que Jesús pretende, al contar esta historia?
¿Invitar a sus discípulos a despojarse de todos sus bienes?
¿Enseñar a sus seguidores que no deben preocuparse por el futuro?
¿Propone a los que se adhieren al Reino una existencia de miseria, sin lo necesario para llevar una vida mínimamente digna y humana?

No. Lo que Jesús pretende es decirnos que no podemos vivir esclavos del dinero y de los bienes materiales, como si fuesen lo más importante de nuestra vida. La preocupación excesiva por los bienes, la búsqueda obsesiva de los bienes, constituye una experiencia de egoísmo, de cerrazón, de deshumanización, que centra al hombre sobre sí mismo y le impide estar disponible y de dar espacio en su vida para los valores verdaderamente importantes, los valores del Reino.

Cuando el corazón está lleno de “tener”, cuando el verdadero motor de la vida es el ansia de acumular, el hombre se vuelve insensible a los otros y a Dios; es capaz de explotar, de esclavizar al hermano, de cometer injusticias, para ampliar así su cuenta bancaria. Así se convierte en alguien orgulloso y autosuficiente, incapaz de amar, de compartir, de preocuparse por los otros. Queda, entonces, al margen del Reino.

Atención: esta parábola no está destinada únicamente a aquellos que tienen muchos bienes; sino que se destina a todos aquellos que (teniendo mucho o poco) viven obcecados por los bienes, orientan su vida en el sentido del “tener” y hacen de sus bienes materiales sus dioses, que condicionan totalmente su vida y su actuar.

Para la reflexión, tened en cuenta los siguientes elementos.

La Palabra de Dios que aquí se nos ofrece cuestiona fuertemente algunos de los fundamentos sobre los que se construye nuestra sociedad. El capitalismo salvaje que, por amor al lucro, esclaviza y obliga a trabajar hasta la extenuación(y por salarios miserables) a hombres, mujeres y niños, continua vivo en muchos lugares de nuestro planeta.

¿Podemos, tranquilamente, comprar y consumir productos que son fruto de la esclavitud de tantos hermanos nuestros?
¿Debemos consentir, con nuestra indiferencia y pasividad, el aumento de riquezas inmoderadas de esos empresarios sanguijuelas que viven de la sangre de los demás?

Entre nosotros, el capitalismo asume un “rostro” más humano con las tesis del liberalismo económico; pero continúa imponiendo la filosofía del lucro, la esclavitud del trabajador, la prioridad de los criterios de planificación, de eficacia, de producción con relación a las personas.

¿Podemos consentir que el mundo se construya de esta forma?
¿Podemos permitir que las leyes laborales favorezcan la esclavitud del trabajador?
¿Qué podemos hacer?
¿Nosotros cristianos, nosotros Iglesia, tenemos una palabra que decir y una posición que tomar frente a todo esto?

Cualquier trabajador, muchos de nosotros, probablemente, pasa la vida esclavo del trabajo y de los bienes, que no nos dejan tiempo ni disponibilidad para las cosas importantes, Dios, la familia, los hermanos que nos rodean. Muchas veces, el mercado de trabajo no nos da otra posibilidad (si no producimos de acuerdo con la planificación de la empresa, otro ocupará, rápidamente, nuestro lugar); otras veces, esa esclavitud del trabajo es fruto de una opción consciente… Cuántas personas deciden no tener hijos, para poder dedicarse a una carrera de éxito profesional que les haga millonarias antes de los cuarenta años.

Cuántas personas olvidan sus responsabilidades familiares, porque es más importante asegurar el dinero suficiente para unas vacaciones en Tailandia o en la República Dominicana.
Cuántas personas renuncian a su dignidad y a sus derechos, para aumentar su cuenta bancaria.

¿Somos, así, más felices y más humanos?
¿Es ahí donde está el verdadero sentido de la vida?

Lo que Jesús denuncia aquí no es la riqueza, sino la deificación de la riqueza. También alguien que hace “voto de pobreza” pude dejarse tentar por la llamada de los bienes y poner en ellos su interés fundamental.
A todos, Jesús nos recomienda: “cuidado con los falsos dioses; no dejéis que lo accesorio os distraiga de lo fundamental”.

Col 3, 1-5. 9-11 (2ª Lectura – Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

La segunda lectura de este domingo es, una vez más, un trozo de la Carta a los Colosenses, en la que Pablo polemiza contra los “doctores” para quienes la fe en Cristo debería ser completada con el conocimiento de los ángeles y con ciertas prácticas legalistas y ascéticas. Pablo procura demostrar que la fe en Cristo (entendida como adhesión a Cristo y identificación con él) basta para llegar a la salvación.

Este texto forma parte del apartado moral de la carta (cf. Col 3,1-4,1): ahí Pablo saca las conclusiones prácticas de aquello que afirmó en la primera parte (que Cristo basta para la salvación) y convoca a los colosenses a vivir, el día a día, de acuerdo con esa vida nueva que les ha identificado con Cristo.

El texto que se nos propone está dividido en dos partes.

En la primera (vv. 1-4), Pablo presenta, como punto de partida y como base sólida de la vida cristiana, la unión con Cristo resucitado.

Los cristianos, por el bautismo, se identifican con Cristo resucitado; de esa forma, mueren al pecado y renacen a una vida nueva. Esa vida debe crecer progresivamente, pero se manifestará en su plenitud, cuando Cristo “aparezca” (la Carta a los Colosenses todavía alimenta en los cristianos la espera de la venida gloriosa de Cristo).

En la segunda parte (vv. 5.9-11), Pablo describe las exigencias prácticas de esa identificación con Cristo resucitado. El cristiano debe hacer morir en sí la inmoralidad, la impureza, las pasiones, los malos deseos, en una palabra, todos esos falsos dioses que llenan la vida del hombre viejo; y, por otro lado, debe revestirse del Hombre Nuevo, o sea, debe renovarse continuamente hasta que en él se manifieste la “imagen de Dios” (“sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, cf. Mt 5,48). Cuando eso suceda, desaparecerán las viejas diferencias de pueblo, raza, religión y todos serán iguales, esto es, “imagen de Dios”. Fue eso lo que Cristo vino a realizar: crear una comunidad de hombres nuevos, que sean en el mundo la “imagen de Dios”. La identificación con Cristo resucitado, que surge del bautismo, es, por tanto, un renacimiento continuo que debe llevarnos a parecernos cada vez más a Dios.

La reflexión y actualización pueden partir de las siguientes cuestiones:

Ser bautizado es, en la perspectiva de Pablo, identificarse con Cristo y, por tanto, renunciar a los mecanismos que generan egoísmo, ambición, injusticia, orgullo, muerte, los mismos que Jesús rechazó como diabólicos; y es, en contrapartida, escoger una vida de donación, de entrega, de servicio, de amor, los mecanismos que llevaron a Jesús a la cruz, pero que también le llevaron a la resurrección.

¿Estoy siendo coherente con las exigencias de mi bautismo?
¿En mi vida hay una opción clara por las “cosas de lo alto”, o esas “cosas de la tierra” (brillantes, sugestivas, pero efímeras) tienen prioridad y condicionan mis acciones?

El objetivo de nuestra vida (ese objetivo que debe estar siempre presente delante de nuestros ojos y que debe constituir la meta hacia la cual caminamos) es, de acuerdo con Pablo, la renovación continua de nuestra vida, a fin de que nos convirtamos en “imagen de Dios”.

¿Aquellos que me rodean consiguen detectar en mi algo de Dios?
¿Qué “imagen de Dios” es la que transmito a quien, cada día, se encuentra conmigo?

La comunidad cristiana es esa familia de hermanos en la que las diferencias (de raza, de cultura, de posición social, de perspectiva política, etc.) son ilusorias, porque lo fundamental es que todos caminen para llegar a ser “imagen de Dios”.
¿Esto es así? ¿En nuestras comunidades (cristianas o religiosas) todos los miembros son tratados con igual dignidad, como “imagen de Dios”?

Conviene no olvidar que la edificación del “Hombre Nuevo” es una tarea que exige una renovación constante, una atención constante, un compromiso constante.
Mientras estamos en este mundo, no podemos cruzarnos de brazos y dar por terminado nuestro caminar hacia la perfección: cada momento nos ofrece nuevos desafíos, que pueden ser superados o que pueden vencernos.

Ecl 1, 2; 2, 21-23 (1ª Lectura Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

El Libro de Qohélet es un libro de carácter sapiencial, escrito a finales del siglo II antes de Cristo. No sabemos quién es el autor. En 1,1, se presenta el libro como “palabras de qohélet”; pero “qohélet” es una forma participial del verbo “qhl” (“reunir en asamblea”): significa, pues, “aquél que participa en la asamblea” o, desde una perspectiva más activa, “aquél que habla en la asamblea”.

El nombre “Eclesiastés” (con el que se le suele designar) es la forma latinizada del griego “ekklesiastes” (nombre del libro en la traducción griega del Antiguo Testamento): significa lo mismo que “qohélet”, “aquel que se sienta o que habla en la asamblea” (“ekklesia”).

Este “cuaderno de notas” de un “sabio” es un escrito extraño y enigmático, sarcástico, inconformista, polémico, que pone en cuestión los dogmas más tradicionales de Israel. Su preocupación fundamental, más que señalar caminos, parece que es la de destruir certezas y seguridades. Plantea cuestiones y no se preocupa, lo más mínimo, por encontrar respuestas a esas cuestiones.

El tono general del libro es el de un impresionante pesimismo. El autor parece negar cualquier posibilidad de encontrar sentido a la vida. Defiende que el hombre es incapaz de tener acceso a la “sabiduría”, que no hay nada nuevo y que estamos fatalmente condenados a repetir los mismos desafíos, que el esfuerzo humano es vano e inútil, que es imposible conocer a Dios y que, suceda lo que suceda, nada vale la pena porque la muerte está siempre en el horizonte y nos iguala con los ignorantes y los animales.

No es un libro en el que se den respuestas; es un libro donde se denuncia el fracaso de la sabiduría tradicional y donde resuena el grito de angustia de una humanidad herida y perdida, que no comprende la razón de vivir.

En concreto, en el texto que hoy la liturgia nos propone, “Qohélet” proclama la inutilidad de cualquier esfuerzo humano. A partir de su propia experiencia, él fue capaz de concluir fríamente que los esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de su vida no sirven para nada. ¿Qué adelanta trabajar, esforzarse, preocuparse por construir algo si tenemos, al final, que dejar todo a otro que nada hizo por ellos?

Qohélet resume su frustración y su desencanto en ese refrán que se repite en todo el libro (25 veces): “todo es vanidad”. Es una conclusión todavía más extraña cuando la “sabiduría” tradicional “excomulgaba” a aquel que no hacía nada y presentaba como ideal de “sabio” a aquél que trabajaba y que procuraba cumplir eficazmente las tareas que le estaban destinadas.

La gran lección que “Qohélet” nos deja es la demostración de la incapacidad del hombre, por sí solo, para encontrar una salida, un sentido a su vida.

El pesimismo de “Qohélet” nos lleva a reconocer nuestra impotencia, el sin sentido de una vida volcada únicamente hacia lo humano y lo material.

Constatando que en sí mismo y únicamente por sí mismo el hombre no puede encontrar el sentido de la vida, la reflexión de este libro nos fuerza a mirar hacia el más allá. ¿Hacia dónde? “Qohélet” no ve muy lejos, pero nosotros, iluminados por la fe, podemos concluir: hacia Dios. Sólo en Dios y con Dios seremos capaces de encontrar el sentido de la vida y dar sentido a nuestra existencia.

Considerad, en la reflexión y actualización, los siguientes aspectos:

Casi podríamos decir que “Qohélet” es el precursor de esos filósofos existencialistas modernos que reflexionan sobre el sentido de la vida y constatan la futilidad de la existencia, la náusea que acompaña a la vida del hombre, la inutilidad de buscar la felicidad, el fracaso que es la vida condenada a la muerte (Jean Paul Sartre, Albert Camus, André Malraux…).

Las conclusiones, ya sean de “Qohélet”, ya de las filosofías existencialistas agnósticas, serían desesperantes si no existiese la fe.
Para nosotros, los creyentes, la vida no es absurda porque no termina ni se encierra en este mundo. Nuestro caminar por esta tierra está, en verdad, llena de limitaciones, de desilusiones, de imperfecciones; pero nosotros sabemos que esta vida camina hacia su realización plena, hacia la vida eterna: sólo ahí encontraremos el sentido pleno de nuestro ser y de nuestro existir.

La reflexión de “Qohélet” nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra seguridad en cosas falibles y pasajeras.
Quien vive, únicamente, para trabajar y para acumular, ¿puede encontrar ahí aquello que da pleno significado a la vida?

Quien vive obcecado con la cuenta bancaria, con el coche nuevo, o con la casa con piscina en una urbanización de lujo, ¿encontrará aquello que le realice plenamente?
¿Para mí, qué es lo que da sentido pleno a la vida?

¿Qué es para lo que yo vivo?

Comentario al evangelio – 29 de julio

Santa Marta se ha convertido en una santa todavía más popular de lo que ya era, gracias a la residencia abierta en tiempos de san Juan Pablo II en el territorio vaticano, y en la que, además, el Papa Francisco, renunciando a sus apartamentos en el Palacio vaticano, se estableció llí para vivir menos aislado, más en comunidad. Santa Marta, que representa en los Evangelios la acogida amistosa de Cristo, quiere simbolizar hoy en día una renovación de la Iglesia, en la línea de una vida más simple y austera.

Todos conocemos la suave reconvención que Cristo dirigió a Marta cuando ésta exigía que su hermana María, embelesada por la Palabra del Maestro, le ayudara en sus tareas cotidianas. Y es que se puede acoger a Cristo materialmente (declarándose cristiano, frecuentando la Iglesia y trabajando con diligencia en ella), pero sin que eso suponga una actitud de verdadera escucha y acogida de su palabra, que significa acogerle con el corazón. Todos comprendemos que si alguien nos invita a su casa, y se pasa el tiempo haciendo cosas para que estemos a gusto, pero no nos dedica ni un minuto de tiempo, ni se sienta a conversar con nosotros, todas las otras ocupaciones resultan inútiles, incluso molestas. Acoger materialmente (declararse cristiano, frecuentar la Iglesia y trabajar en ella) es importante, pero para que todo eso dé frutos de verdadera vida cristiana es preciso saber pararse, perder el tiempo, orar, contemplar y escuchar la Palabra del que ha venido a nuestra casa a estar con nosotros.

Marta es hermana de María: la acción y la contemplación no son enemigas, sino hermanas de una misma familia, la que está basada en el amor de Dios, del que nos habla Juan en la primera lectura. Y aunque en ocasiones salten chispas entre ellas, Jesús nos enseña que hay que aprender a armonizarlas y establecer prioridades. Marta aprendió bien la lección. En el Evangelio de hoy es ella la que le dirige un suave reproche a Jesús. Es el que todos le hacemos a Dios cuando perdemos a un ser querido, sobre todo si creemos que todavía no había llegado su hora. El reproche de Marta está, sin embargo, impregnado de confianza. Y es en el precioso diálogo con Jesús donde comprendemos hasta qué punto Marta, sin dejar su talante activo (es ella la que se adelanta a acercarse a Jesús), ha aprendido la lección de la acogida con el corazón, que no es una acogida meramente sentimental, sino en fe. Marta confiesa que el amigo que les ama y al que aman es además el Mesías, que no sólo retrasa la muerte inevitable unos cuantos años, sino que la ha vencido definitivamente, porque Él mismo ha entregado su vida por amor para librarnos definitivamente del pecado y de la muerte.