Ecl 1, 2; 2, 21-23 (1ª Lectura Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

El Libro de Qohélet es un libro de carácter sapiencial, escrito a finales del siglo II antes de Cristo. No sabemos quién es el autor. En 1,1, se presenta el libro como “palabras de qohélet”; pero “qohélet” es una forma participial del verbo “qhl” (“reunir en asamblea”): significa, pues, “aquél que participa en la asamblea” o, desde una perspectiva más activa, “aquél que habla en la asamblea”.

El nombre “Eclesiastés” (con el que se le suele designar) es la forma latinizada del griego “ekklesiastes” (nombre del libro en la traducción griega del Antiguo Testamento): significa lo mismo que “qohélet”, “aquel que se sienta o que habla en la asamblea” (“ekklesia”).

Este “cuaderno de notas” de un “sabio” es un escrito extraño y enigmático, sarcástico, inconformista, polémico, que pone en cuestión los dogmas más tradicionales de Israel. Su preocupación fundamental, más que señalar caminos, parece que es la de destruir certezas y seguridades. Plantea cuestiones y no se preocupa, lo más mínimo, por encontrar respuestas a esas cuestiones.

El tono general del libro es el de un impresionante pesimismo. El autor parece negar cualquier posibilidad de encontrar sentido a la vida. Defiende que el hombre es incapaz de tener acceso a la “sabiduría”, que no hay nada nuevo y que estamos fatalmente condenados a repetir los mismos desafíos, que el esfuerzo humano es vano e inútil, que es imposible conocer a Dios y que, suceda lo que suceda, nada vale la pena porque la muerte está siempre en el horizonte y nos iguala con los ignorantes y los animales.

No es un libro en el que se den respuestas; es un libro donde se denuncia el fracaso de la sabiduría tradicional y donde resuena el grito de angustia de una humanidad herida y perdida, que no comprende la razón de vivir.

En concreto, en el texto que hoy la liturgia nos propone, “Qohélet” proclama la inutilidad de cualquier esfuerzo humano. A partir de su propia experiencia, él fue capaz de concluir fríamente que los esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de su vida no sirven para nada. ¿Qué adelanta trabajar, esforzarse, preocuparse por construir algo si tenemos, al final, que dejar todo a otro que nada hizo por ellos?

Qohélet resume su frustración y su desencanto en ese refrán que se repite en todo el libro (25 veces): “todo es vanidad”. Es una conclusión todavía más extraña cuando la “sabiduría” tradicional “excomulgaba” a aquel que no hacía nada y presentaba como ideal de “sabio” a aquél que trabajaba y que procuraba cumplir eficazmente las tareas que le estaban destinadas.

La gran lección que “Qohélet” nos deja es la demostración de la incapacidad del hombre, por sí solo, para encontrar una salida, un sentido a su vida.

El pesimismo de “Qohélet” nos lleva a reconocer nuestra impotencia, el sin sentido de una vida volcada únicamente hacia lo humano y lo material.

Constatando que en sí mismo y únicamente por sí mismo el hombre no puede encontrar el sentido de la vida, la reflexión de este libro nos fuerza a mirar hacia el más allá. ¿Hacia dónde? “Qohélet” no ve muy lejos, pero nosotros, iluminados por la fe, podemos concluir: hacia Dios. Sólo en Dios y con Dios seremos capaces de encontrar el sentido de la vida y dar sentido a nuestra existencia.

Considerad, en la reflexión y actualización, los siguientes aspectos:

Casi podríamos decir que “Qohélet” es el precursor de esos filósofos existencialistas modernos que reflexionan sobre el sentido de la vida y constatan la futilidad de la existencia, la náusea que acompaña a la vida del hombre, la inutilidad de buscar la felicidad, el fracaso que es la vida condenada a la muerte (Jean Paul Sartre, Albert Camus, André Malraux…).

Las conclusiones, ya sean de “Qohélet”, ya de las filosofías existencialistas agnósticas, serían desesperantes si no existiese la fe.
Para nosotros, los creyentes, la vida no es absurda porque no termina ni se encierra en este mundo. Nuestro caminar por esta tierra está, en verdad, llena de limitaciones, de desilusiones, de imperfecciones; pero nosotros sabemos que esta vida camina hacia su realización plena, hacia la vida eterna: sólo ahí encontraremos el sentido pleno de nuestro ser y de nuestro existir.

La reflexión de “Qohélet” nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra seguridad en cosas falibles y pasajeras.
Quien vive, únicamente, para trabajar y para acumular, ¿puede encontrar ahí aquello que da pleno significado a la vida?

Quien vive obcecado con la cuenta bancaria, con el coche nuevo, o con la casa con piscina en una urbanización de lujo, ¿encontrará aquello que le realice plenamente?
¿Para mí, qué es lo que da sentido pleno a la vida?

¿Qué es para lo que yo vivo?

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