Homilía – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

RICOS ANTE DIOS

 

EL EMBRUJO DEL DINERO

Hay que agradecer con toda el alma a Jesús de Nazaret esta voz de alerta con respecto al poder de seducción y de perdición que tiene el dinero. Él hace lo que hacemos nosotros con respecto a los hijos, nietos o sobrinos, ante el peligro que representa para ellos la droga, el alcohol, las malas compañías, el tabaco, las sectas, el juego o cualquier otra adicción. También el apego a la riqueza, al dinero, puede convertirse en una adicción, y muy peligrosa. San Pablo afirma rotundamente: «La raíz de todos los males es el amor al dinero» (1Tm 6,10). Jesús nos alerta para que no caigamos en la trampa y no frustremos nuestra felicidad ni el desarrollo humano.

El dinero y la riqueza tienen un embrujo diabólico. Aparecen como la llave maestra que abre todas las puertas. Nuestras ciudades, el mundo entero es un enorme escaparate que nos ofrece de todo en el orden recreativo, de consumo, de turismo; y todo parece alcanzable con dinero. «Poderoso caballero es don dinero», dice nuestro refrán. El dinero y la riqueza suponen seguridad, tener las espaldas cubiertas y defendidas. Por eso las personas se sienten tentadas a conseguir esa llave maestra por todos los modos y medios. Y los que la tienen se sienten tentados de usar y abusar, de acaparar avaramente, de sufrir una verdadera adicción. Todos, en mayor o menor grado, sufrimos alguna dependencia.

Las riquezas y el dinero, como todos sabemos perfectamente, corren el riesgo de convertirse en un ídolo, en un fin; como dice Jesús, en un «señor» («nadie puede servir a dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero» —Mt 6,24—). Constatamos a diario que hay muchos que viven para tener, no tienen para vivir. El dinero fácilmente se convierte en un analgésico que insensibiliza frente al sufrimiento ajeno. Esto es lo que quiere señalar Jesús con la parábola de hoy y la del rico Epulón. El dinero y la riqueza son una fuerza explosiva que puede estallar en las manos de las personas y las familias. El dinero egoistiza al que no sabe utilizarlo correctamente. El dinero y la riqueza favorecen la autosuficiencia y una falsa seguridad. Por eso escribía San Pablo: «A los ricos de este mundo insísteles que no sean soberbios, ni pongan su confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en abundancia para que disfrutemos» (1Tm 6,17). Alguien dijo irónicamente de un ricachón que tenía tanta miseria en el espíritu como dinero en los bancos: «Era un hombre tan pobre que no tenía más que dinero».

 

ACTITUDES CRISTIANAS ANTE EL DINERO Y LA RIQUEZA

Importancia de la actitud ante el dinero. Una actitud correcta ante el dinero es trascendental. Dice muy atinadamente un refrán castellano: «Ante la mesa y el dinero se muestra el caballero». Se muestra el verdadero caballero, la verdadera dama y el verdadero cristiano. La actitud ante el dinero es un test infalible de autenticidad de fe. Es importante clarificar nuestra actitud ante el dinero; ella determina nuestra jerarquía de valores, la importancia que damos al compartir y, por eso, la autenticidad de nuestra relación con el Señor.

Desmitificación del dinero. Es preciso también desmitificar el dinero. Tener claro que no todo se compra ni se vende, como se dice del cariño verdadero. En esta sociedad tan mercantil parecería que lo que no cuesta dinero no vale, que las alegrías que no tienen precio, no tienen valor. No es verdad. La seguridad más valiosa, las alegrías más exultantes son enteramente gratuitas. «El amigo es un tesoro» (Eclo 6,5-17) que no cuesta dinero; por eso hay tan pocos amigos. Con el dinero se compra un piso, pero no se puede comprar un «hogar».

Cuenta Alain Delon que se detuvo con su insultante Ferrari de lujo ante una pobre casa de aldea en los Alpes para preguntar por una dirección de carretera. Ante la puerta de la casa encontró un hombre sencillo tejiendo un cesto de mimbre. Habla con él; le pregunta si es feliz. Aquel campesino con rostro sonriente le contesta: «Sí, sí, soy feliz. Tengo lo justo para

comer, una familia unida y cariñosa y una naturaleza que me encanta; qué más puedo pedir a la vida… y tengo fe en Dios», Alain Delon queda pensativo. Poco después comenta con unos amigos, impresionado por la paz y la alegría serena de aquel campesino y de su familia: «¡Qué paradoja: Él tan feliz con tan poco y yo tan infeliz con tanto! ¡Quién me diera su paz y su alegría!».

Los bienes económicos, bien utilizados, ayudan a la felicidad, pero no son la felicidad. Mal utilizados son, con frecuencia, fuente de desdichas. ¿Qué alegrías hay comparables a las de vivir en paz con la propia conciencia, a la armonía en la convivencia con los demás, a la experiencia de la amistad, a la satisfacción de saberse útil, de ayudar a los demás, de liberar del sufrimiento a los que sufren y hacerles felices? ¿Qué alegría mayor puede haber que la que proporciona la esperanza cristiana? Todas ellas son enteramente gratuitas.

Lo importante es «ser», no «tener». El dinero, la riqueza, los bienes terrenos pertenecen al orden del «tener». No nos engrandecen interiormente. Son como los tacones que se pone un enano para disimular su enanez, pero a la hora de la verdad tendrá que despojarse de ellos, porque en el cielo no se entra con tacones. Las riquezas son como los vestidos lujosos, los entorchados y las condecoraciones que lleva encima un cadáver; no le sirven para nada. En el cielo se entra a cuerpo limpio. «Nada trajimos a este mundo —recuerda Pablo a Timoteo— y nada llevaremos de él» (1Tm 6,8). Por eso, Jesús deduce la consigna: «Eso le pasa al que amontona riquezas para sí y no es rico en lo que quiere Dios» (Le 12,21).

«Talentos» confiados por el Señor. La persona verdaderamente sabia es la que reduce el dinero y los bienes económicos a lo que realmente son, a un medio. Si los bienesse utilizan mal se convierten en males. Los bienes son como un cuchillo: pueden servir para cortar el pan que se va a compartir o el cordel que amarra a un secuestrado, y pueden servir para cortarse uno a sí mismo y para herir a los demás. No es verdad lo que muchos dicen: «Mi dinero es mío y hago con él lo que quiero». Los bienes económicos tienen un sentido social. Los bienes, a pesar de que los hayamos conseguido con el esfuerzo de nuestro trabajo, son talentos, dones que Dios ha puesto en nuestras manos y que hay que saber administrar. ¡Qué insensato el ricachón de la parábola que, en vez de decir: «Dios me ha colmado de bienes, voy a compartirlos», no se le ocurrió otra cosa que decir: «¡A disfrutar y a gozar a todo tren!», dejando que el pobre Lázaro se muera de hambre en su portal…

Con la iluminación del Espíritu. Precisamente por la peligrosidad que entrañan en sí mismos, es preciso revisar constantemente nuestra actitud ante los bienes económicos y el uso que les damos. Hay que servirse del dinero, gastarlo en lo que Dios quiere y en la cantidad que Dios quiere. Y esto no es fácil de discernir. No es fácil determinar dónde está la raya del uso racional del dinero y dónde empieza el abuso, el consumismo, el derroche. Corremos el peligro de autoengañarnos, de autojustificarnos; por eso es preciso revisar exigentemente nuestras actitudes, pedir al Espíritu sabiduría para situarnos y utilizarlos acertadamente.

La Palabra de Dios nos cuestiona: ¿Me siento arrastrado por la codicia? ¿Sufro de consumismo gastando el dinero en meros caprichos o lujos? ¿Tengo en cuenta, en la práctica, que el dinero es un bien social que he de compartir con los pobres? ¿Colaboro cuanto debo con instituciones humanitarias o de caridad? ¿A qué compromisos concretos me urge la Palabra de Dios que acabo de escuchar?

Jesús, con la parábola que hemos escuchado, nos invita a saborear la verdadera felicidad sin dejarnos tiranizar por el dinero ni por ningún otro ídolo. Estoy hablando de la felicidad de este mundo, no sólo de la del más allá. En el pecado de la idolatría al dinero está la propia penitencia.

Jesús invita a vivir la dicha de la pobreza: «Bienaventurados los pobres» (Mt 5,3) justamente porque la pobreza es un camino de liberación. La Madre Teresa de Calcuta repetía una consigna: La fe es pobreza; la pobreza es libertad; y la libertad es alegría.

Atilano Aláiz

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