Lc 12, 13-21 (Evangelio – Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

Continuamos recorriendo el “camino hacia Jerusalén” y escuchando las lecciones que preparan a los discípulos para ser testigos del Reino. La catequesis, que Jesús nos presenta hoy, se refiere a la actitud hacia los bienes materiales.

La reflexión es presentada a través de una cuestión relacionada con el reparto de los bienes.

Un hombre se queja a Jesús porque su hermano no quiere repartir con él la herencia. Según las tradiciones judías, el hijo primogénito de una familia de dos hermanos recibía dos tercios de las posesiones paternas (cf. Dt 21,17 Es posible que sólo fuesen repartidos los bienes muebles y que, para guardar intacto el patrimonio de la familia, la casa y las tierras fuesen atribuidas al primogénito). El hombre que interpela a Jesús es, probablemente, el hermano más joven, que todavía no había recibido nada. Era frecuente, en el tiempo de Jesús, que los “doctores de la ley” asumieran el papel de jueces en casos similares… ¿Cómo se va a situar Jesús frente a esta cuestión?

Jesús se excusa, delicadamente, de tomar parte en cuestiones de derecho familiar y de tomar partido por un hermano frente a otro (“Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”, v. 14).

Lo que se dirimía era la codicia, la lucha por los bienes, el apego excesivo al dinero (tal vez por parte de los dos hermanos). La conclusión que Jesús ofrece (v. 15) explica por qué no acepta meterse en este asunto: el dinero no es la fuente de la vida verdadera. La codicia de los bienes (el deseo insaciable de tener) es idolatría: no conduce a la vida plena, no responde a las aspiraciones más profundas del hombre, no lleva a una auténtica madurez de la persona. La lógica del “Reino” no es la lógica de quien vive para los bienes materiales; quien quiera vivir en la dinámica del Reino deberá tener esto presente.

La parábola que Jesús va a presentar en la secuencia (vv. 16-21) ilustra la actitud del hombre volcado hacia los bienes perecederos, y que se olvida de lo esencial, aquello que da la vida en plenitud.

Nos presenta a un hombre previsor, responsable, trabajador (que hasta podríamos admirar y alabar). Ese hombre representa, aquí a todos aquellos cuya vida consiste únicamente en acumular siempre más, olvidando todo lo demás, incluso a Dios, a la familia y a los demás; representa a todos aquellos que viven una relación de “círculo cerrado” con los bienes materiales, que han hecho de ellos su dios y que han olvidado que no es ahí donde está el sentido más fundamental de la existencia.

La referencia a la acción de Dios, que pone repentinamente un punto y final a esa existencia egoísta y sin significado, no debe ser subrayada excesivamente: sirve, únicamente, para mostrar que una vida vivida de ese modo no tiene sentido y que quien vive para acumular más y más bienes es, a los ojos de Dios, un “necio”.

¿Qué es lo que Jesús pretende, al contar esta historia?
¿Invitar a sus discípulos a despojarse de todos sus bienes?
¿Enseñar a sus seguidores que no deben preocuparse por el futuro?
¿Propone a los que se adhieren al Reino una existencia de miseria, sin lo necesario para llevar una vida mínimamente digna y humana?

No. Lo que Jesús pretende es decirnos que no podemos vivir esclavos del dinero y de los bienes materiales, como si fuesen lo más importante de nuestra vida. La preocupación excesiva por los bienes, la búsqueda obsesiva de los bienes, constituye una experiencia de egoísmo, de cerrazón, de deshumanización, que centra al hombre sobre sí mismo y le impide estar disponible y de dar espacio en su vida para los valores verdaderamente importantes, los valores del Reino.

Cuando el corazón está lleno de “tener”, cuando el verdadero motor de la vida es el ansia de acumular, el hombre se vuelve insensible a los otros y a Dios; es capaz de explotar, de esclavizar al hermano, de cometer injusticias, para ampliar así su cuenta bancaria. Así se convierte en alguien orgulloso y autosuficiente, incapaz de amar, de compartir, de preocuparse por los otros. Queda, entonces, al margen del Reino.

Atención: esta parábola no está destinada únicamente a aquellos que tienen muchos bienes; sino que se destina a todos aquellos que (teniendo mucho o poco) viven obcecados por los bienes, orientan su vida en el sentido del “tener” y hacen de sus bienes materiales sus dioses, que condicionan totalmente su vida y su actuar.

Para la reflexión, tened en cuenta los siguientes elementos.

La Palabra de Dios que aquí se nos ofrece cuestiona fuertemente algunos de los fundamentos sobre los que se construye nuestra sociedad. El capitalismo salvaje que, por amor al lucro, esclaviza y obliga a trabajar hasta la extenuación(y por salarios miserables) a hombres, mujeres y niños, continua vivo en muchos lugares de nuestro planeta.

¿Podemos, tranquilamente, comprar y consumir productos que son fruto de la esclavitud de tantos hermanos nuestros?
¿Debemos consentir, con nuestra indiferencia y pasividad, el aumento de riquezas inmoderadas de esos empresarios sanguijuelas que viven de la sangre de los demás?

Entre nosotros, el capitalismo asume un “rostro” más humano con las tesis del liberalismo económico; pero continúa imponiendo la filosofía del lucro, la esclavitud del trabajador, la prioridad de los criterios de planificación, de eficacia, de producción con relación a las personas.

¿Podemos consentir que el mundo se construya de esta forma?
¿Podemos permitir que las leyes laborales favorezcan la esclavitud del trabajador?
¿Qué podemos hacer?
¿Nosotros cristianos, nosotros Iglesia, tenemos una palabra que decir y una posición que tomar frente a todo esto?

Cualquier trabajador, muchos de nosotros, probablemente, pasa la vida esclavo del trabajo y de los bienes, que no nos dejan tiempo ni disponibilidad para las cosas importantes, Dios, la familia, los hermanos que nos rodean. Muchas veces, el mercado de trabajo no nos da otra posibilidad (si no producimos de acuerdo con la planificación de la empresa, otro ocupará, rápidamente, nuestro lugar); otras veces, esa esclavitud del trabajo es fruto de una opción consciente… Cuántas personas deciden no tener hijos, para poder dedicarse a una carrera de éxito profesional que les haga millonarias antes de los cuarenta años.

Cuántas personas olvidan sus responsabilidades familiares, porque es más importante asegurar el dinero suficiente para unas vacaciones en Tailandia o en la República Dominicana.
Cuántas personas renuncian a su dignidad y a sus derechos, para aumentar su cuenta bancaria.

¿Somos, así, más felices y más humanos?
¿Es ahí donde está el verdadero sentido de la vida?

Lo que Jesús denuncia aquí no es la riqueza, sino la deificación de la riqueza. También alguien que hace “voto de pobreza” pude dejarse tentar por la llamada de los bienes y poner en ellos su interés fundamental.
A todos, Jesús nos recomienda: “cuidado con los falsos dioses; no dejéis que lo accesorio os distraiga de lo fundamental”.

Anuncio publicitario