La codicia y la ambición ciegan

1.- VANIDAD DE VANIDADES.- Vanidad equivale a vaciedad, algo que sólo tiene apariencia, una fruta que sólo tiene cáscara; una pompa de jabón que estalla de pronto, sin dejar rastro de su brillante colorido. Vaciedad, vanidad de vanidades, todo es vanidad. Qohelet, el autor inspirado, se enfrenta con la vida, con el mundo, con todo cuanto le rodea. Observa cómo nace la primavera, toda llena de verdor, de flores, de mil pájaros que bullen y cantan llenos de vitalidad. Ve cómo el hombre nace a la vida, cómo crece, cómo se afana, cómo está fuerte, pletórico de juventud. Pero el tiempo sigue su paso implacablemente. Y los árboles quedan desnudos, secas y ennegrecidas sus ramas, podridas sus hojas. Y el hombre fuerte acaba siendo un pobre enfermo de pasos pegados al suelo. Sin que nada pueda devolverle la fuerza, sin que nadie pueda apartarle de su absurdo caminar hacia la muerte.

Vaciedad sin sentido, todo vaciedad. Pobrecito hombre que lucha y se afana inútilmente. Sueña con alcanzar esa deslumbrante pompa de cristal polícromo, se afana, se cansa hasta el máximo por cogerla con sus manos. Y cuando consigue tocarla, todo se desvanece. Quedando en sus dedos ansiosos sólo un poco de humedad viscosa, nada.

Visión negativa, visión negra de la vida. Pero visión forzosa para el que sólo mira de tejas abajo, para el que no consigue ver más allá de la muerte, para el que cifra su ilusión y su afán en esta vida muerta de aquí en la tierra. Ese es el panorama lógico para el que no cree en un Dios justo y bueno, para el que se empeña en construir un paraíso en nuestra pobre orilla.

Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, quien consigue una gran fortuna. Pero de poco, o de nada, le servirá. Día llegará en que todo eso se le escape de las manos, sin poder retener nada, viendo con claridad que su esfuerzo ha sido inútil. Otro se apoderará de cuanto él ganó, otro desparramará fácilmente lo que tan arduamente se recogió. Sólo hay una solución para mantener vivo el deseo y la ilusión, sólo existe un camino para que el hombre pueda llenar esta terrible vaciedad. La fe, el amor. Entonces, con fe y por amor, sí valdrá la pena de vivir. Porque cuando las hojas caigan de los árboles, cuando la vida huya de nuestros cuerpos, sabemos que quedará viva la esperanza de una primavera eterna. Y el duro invierno será el preludio sereno de una juventud nueva. Sí, después del túnel oscuro de la muerte están las praderas verdes de la eternidad, está el abrazo sin fin de nuestro Padre Dios.

2.- LA VERDADERA RIQUEZA.- La escena que nos presenta hoy el Evangelio ha venido a ser un ejemplo típico de quienes tratan de manipular los valores de la fe en provecho material de uno mismo. Este hombre defraudado acude al Señor para que convenza a su hermano de hacerle partícipe en la herencia paterna. El Señor, sin embargo, se niega rotundamente a dirimir la cuestión, prescindiendo incluso de decir si era o no justa la petición de aquel hombre. No quiere ser árbitro ni juez entre quienes se pelean por una cuestión económica, tan frecuente, por desgracia, en la vida de entonces y en la de ahora. En la de siempre podemos decir, ya que siempre el hombre tiene en su ser una fuerte inclinación a defender los propios intereses, a incrementarlos, a costa, en ocasiones, de lesionar los intereses de los demás.

Jesús tuvo que luchar con los hombres de su tiempo, aquellos que querían sacar partido de sus poderes y su autoridad de Mesías. Pensaban que había llegado el momento de vengarse de los dominadores romanos, el tiempo tan esperado y deseado de iniciar la época dorada del Reino mesiánico que devolviera, con creces, el esplendor de los tiempos de David y de Salomón. Pero Jesús se resiste con energía, huye de las multitudes enardecidas que quieren proclamarlo rey en Jerusalén. Cuando llegue el momento se dejará aclamar, pero no por los poderosos sino por los niños y por la gente humilde. Por otra parte estaba cerca el momento de su Pasión, cuando por fin se pondrá de relieve, ante el estupor de muchos, la verdadera naturaleza de ese su Reino que no es de este mundo.

Esa actitud que nos puede parecer anacrónica en nuestros días, es sin embargo posible, y en ciertos sectores una realidad actual. Se trata de aquellos que se empeñan en crear una Iglesia nueva que se comprometa en el campo temporal y político, que no permanezca al margen de la lucha por la justicia en el campo de las opciones de partido. Son también los que mezclan al sacerdote, o al propio sacerdocio, con banderías temporalistas que, por muy nobles que sean, están fuera de la misión específica de la Iglesia. O quienes acuden al cura para que les solucione un problema de tipo material, quienes todavía no se han enterado de lo que es un sacerdote y creen que un eclesiástico lo tiene que solucionar todo.

La codicia y la ambición ciegan al hombre, destruye en él los valores del espíritu, le llevan a sacrificar en aras del dinero y el poder cuanto sea preciso. El Señor nos pone sobre aviso a todos, pues todos podemos ser víctima, de uno u otro modo, de ese afán de poseer y de mandar. Lo importante, por lo tanto, no es amasar riquezas y honores, sino ser rico a los ojos de Dios. Sólo así podremos vivir serenos y tranquilos, sin temer ni a la muerte ni a la vida.

Antonio García-Moreno