De tejas abajo todo es vaciedad

1.- Esto es lo que dice el libro del Eclesiastés y algo de esto, aunque en otro sentido, debió querer decir el famoso poeta español Miguel Hernández cuando escribió: “tanto penar para morirse uno”. Cuando uno ve morir a una persona, y algunos hemos visto ya morirse a muchas, comprendemos la verdad de estas frases. Las mil pequeñas aventuras y desventuras que tenemos que digerir cada día pueden desorientarnos y hacernos perder el sentido último de nuestra existencia. Todas las cosas de nuestro diario vivir son relativamente importantes, pero la única cosa realmente importante es dar el sentido verdadero a nuestro diario vivir. Nacemos y nos secamos como flor del campo y por muy largo que sea nuestro camino, siempre tiene un final. Hacer de lo pasajero una cuestión de vida o muerte es equivocar la perspectiva. Somos flechas disparadas cuando nacemos y que sólo encontrarán la diana buscada después de la muerte. Nuestro corazón va a permanecer siempre inquieto hasta que descanse en Dios. “Que este mundo es camino para el otro, que es morada sin pesar. Y cumple tener buen tino para andar este camino sin errar… Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos. Así que cuando morimos, descansamos”. Sí, de tejas abajo, en este mundo, todo es vaciedad. Ya nos lo dijo bellamente nuestro gran poeta Jorge Manrique.

2.- Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. También San Pablo lo tenía muy claro: si nos preocupamos demasiado de las cosas de aquí abajo y descuidamos las cosas de arriba nos engañamos. Nuestro cuerpo es mortal y terreno, quiere dirigirnos siempre hacia los bienes de aquí abajo: pasión, codicia, avaricia, impureza. Pero nuestra condición de personas redimidas nos exige abandonar nuestra vieja condición humana, para revestirnos de la nueva condición, la condición de hijos de Dios. Sin caer en ningún dualismo metafísico es justo afirmar que para los cristianos la vida del alma, la vida del espíritu debe ser siempre lo primero. Somos cuerpo y necesitamos el cuerpo, pero el cuerpo debe obedecer al espíritu. Son los frutos del espíritu los que nos hacen personas humanas y cristianas. Si nos dejamos dirigir por el espíritu, por el espíritu de Cristo, seremos personas libres y universales, entre nosotros no habrá distinciones impuestas por el sexo, la raza, la religión, o la condición social. Los bienes de arriba, los bienes a los que aspira el espíritu, son bienes que Dios regala a toda persona que se ha revestido de la nueva condición, que se ha renovado como imagen del Creador.

3.- Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Es la misma idea que la de San Pablo y la del Eclesiastés, ahora expresada por el mismo Cristo: la vida del hombre no depende de sus bienes. Se mueren los más ricos y se mueren los más pobres. Al avaro de la parábola de este domingo no le salvaron los muchos bienes que había acumulado durante años. Ser esclavo de los bienes de aquí abajo es una necedad y una vaciedad. Claro que necesitamos los bienes para vivir y que tenemos que usar y apreciar en su justa medida los bienes de aquí abajo, pero manteniendo siempre la libertad y el desprendimiento interior, sabiendo que los únicos bienes que de verdad nos hacen ricos ante Dios son los bienes de arriba. Cada cristiano en particular y la comunidad cristiana en general debemos usar los bienes de aquí abajo con desprendimiento, generosidad y libertad interior. Una iglesia cristiana que aparezca ante el mundo demasiado preocupada por los bienes de aquí abajo no es la Iglesia de Cristo, es un antitestimonio.

Gabriel González del Estal

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