Comentario del 4 de agosto

Hoy la palabra de Dios es advertencia hecha a unos hermanos que andan disputándose la herencia: Mirad –le dice Jesús-, guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Depende del que puede darla y puede quitarla, porque es su dueño; depende del que puede decir como el Dios de la parábola: Necio, esta noche te van a exigir la vida. ¿A qué tantos afanes por tener más en la vida? ¿Y de qué sirve tener más, si nos quitan la vida?

A Jesús le piden que medie en la disputa, pero él lo rehúye: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Nadie le ha nombrado juez en semejante disputa? Lo que sí le han nombrado es profeta, mensajero de Dios para advertir de los peligros de todo aquello que puede cerrarnos el camino de la salvación o para abrirnos los ojos ante la insensatez de nuestros afanes, deseos y maneras de vivir. De ahí que haya que guardarse de toda clase de codicia.

Porque la codicia, siendo una, es múltiple y variada: todo lo que se puede tener (dinero, ropa, objetos, conocimientos, personas, etc.) puede convertirse en objeto de codicia, es decir, puede ser deseado con avidez y, por tanto, ser motivo de disputas, riñas y enemistades, como les sucede a estos dos hermanos que rivalizan por la herencia. Esto de las riñas entre hermanos por la herencia es algo tan cotidiano en nuestra sociedad que no nos causa ninguna sorpresa. Y todo por el afán de tener, esa codicia que suele esconder muchas veces el deseo de ser reconocidos y valorados como creemos merecer.

En cualquier caso, hacer depender la vida de los bienes es ciertamente insensato. Puede que con más bienes la vida nos resulte más placentera, pues no dejan de ser medios que nos permiten un mayor acceso a lo que la misma vida ofrece; pero ni siquiera esto es seguro. La posesión de bienes también lleva consigo un aumento de preocupaciones relativas a su incremento, conservación o salvaguarda: ¿cómo defenderlos del ataque de los ladrones?, ¿cómo evitar su deterioro?, ¿cómo aumentarlos? Luego afanes a los que se suelen añadir preocupaciones y más preocupaciones; deseos que llevan consigo temores y más temores. Comprobamos, además, que hay quienes con menos medios parecen estar más felices, o bien porque su falta de ambición les genera menos inquietudes, o porque estiman más otros bienes que no son materiales o han encontrado otros tesoros más estimables.

Lo seguro es que la vida de uno, aun estando sobrado, no depende de sus bienes. Si dependiese de estos, bastaría con tener un buen almacén para prolongar a voluntad los años de la vida. Pero no es así; ni siquiera depende de la salud que se ha ido fraguando con el paso del tiempo, una salud a prueba de ataques microbianos o de células malignas.

Y para confirmar esta tesis, Jesús les propone una sencilla parábola: Un hombre rico tuvo una gran cosecha… Sus planes de futuro son ambiciosos: construir graneros más grandes, almacenar bienes para muchos años, darse buena vida. Pero entre sus cálculos no entra uno que es básico: si dispondrá de futuro para llevar a cabo sus planes. Contaba con bienes para muchos años; pero olvidaba si tendría años para disfrutar de tales bienes; olvidaba, por tanto, que sus años no dependían de sus bienes ni de su empeño, sino del Señor del tiempo y de la vida.

Lo que has acumulado, ¿de quién será? A nosotros siempre nos queda el recurso (y quizá el consuelo) de poder responder: «de nuestros herederos». Y herederos hay siempre, haya o no hijos. La idea es consoladora porque disfrazamos nuestra codicia con un pensamiento piadoso: el deseo de ver a nuestros hijos (o herederos) mejor instalados en la vida que nosotros. Pero hay bienes, también heredables, mucho más valiosos que esos que solemos dejar en herencia (una casa, dinero, unas tierras, unos enseres, un coche, etc.), a los que puede que no prestemos mucha atención.

Son los bienes de arriba de los que habla san Pablo: esos a los que tendríamos que aspirar, esos que merecería la pena dejar en herencia, pues son también bienes que se pueden transmitir, tanto que acaban formando parte de nuestra tradición. Tales son virtudes como la fe: un bien de arriba, un bien precioso que puede que no valoremos suficientemente, un tesoro que llevamos en vasijas de barro. Bienes como la caridad, la generosidad, la esperanza, son bienes intangibles, pero verdaderos bienes que nos hacen realmente ricos ante Dios y ante los hombres que saben ver con la mirada de Dios y apreciar lo verdaderamente valioso. Aspirar a tales bienes es dejar que esa vida nuestra que está con Cristo escondida en Dios desarrolle su potencial y crezca; porque desde el momento en que hemos sido incorporados a Cristo, hemos dejado de pertenecernos.

Ello nos obliga a vivir dando muerte a todo lo terreno que hay en nosotros (fornicación, impureza, codicia, avaricia) y dificulta el crecimiento de esa vida que ha empezado a germinar en nuestro interior. Y el que da muerte a todo esto, se va revistiendo de una nueva condición, se va renovando a imagen de su Creador y se va haciendo cada vez más semejante a Cristo.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística