Ser rico ante Dios

1.- En la Palabra de Dios de hoy aparecen la vanidad, la codicia, la necedad, el “tener”, el buscar seguridades, el acumular bienes… En algún sitio leí esta semana que el autor de la primera lectura, un tal Qohélet, era “un posmoderno en la antigüedad”. ¡Qué sabia y rica es la Palabra de Dios que, habiendo sido escrita hace miles de años, sigue siendo actual y una respuesta válida a la vida de hoy! Porque todas estas actitudes, que son más bien negativas (ya lo sé) siguen vigentes en nuestro día a día, y ya aparecían como actitudes a cuidar en los textos sagrados.

2.- Pero también podemos encontrar luz y actitudes positivas, por supuesto. Si la Palabra de Dios es respuesta lo ha de ser desde lo positivo. La Palabra nos habla de unirnos a Cristo resucitado, de valorar nuestro bautismo, de que somos hombres y mujeres nuevos, de vivir en libertad, de entregar la vida, en definitiva de la sabiduría de aquel que sabe ponerse en las manos de Dios Padre. En el fondo se trata de una apuesta, de jugarnos “toda la vida a una carta”, y que esa carta sea la de centrar nuestro corazón creyente en Cristo resucitado, y hacerlo desde una opción libre, porque como decía San Pablo, nuestra vocación es la libertad y, aunque parece algo muy obvio, resulta fundamental para nuestra opción de fe y para vivir nuestra vida cristiana.

4.- Hoy nos quedamos con el mensaje de Jesús de “atesorad tesoros en el cielo”, o lo que es lo mismo, “ser rico ante Dios”, evitando codicias y egoísmos. También con el mensaje de San Pablo de “despojaos del hombre viejo… y revestíos del nuevo” y lo que eso supone de formar parte de un “orden nuevo” de una “sociedad nueva” en la que “no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”. En ese “orden nuevo” fundamentado en Cristo resucitado, nos justifica la gracia de Dios y no la ley, nuestra libertad queda “liberada” de pretensiones egoístas, y el mayor acto de libertad que podemos hacer es entregar la vida para que otros tengan VIDA, la vida nueva del resucitado. Y que todo esto no sea por puro voluntarismo, sino por libertad interior, esa que nace del corazón y que es fundamental para vivir la fe.

5.- Al acercarnos a la Eucaristía, de manera libre, sin presiones ni ataduras, Cristo nos da una lección de amor y libertad entregando su vida, una vez más, por nosotros, por ti y por mí, con nuestras limitaciones y calamidades. Esa lección se convierte en tarea: “amaos como yo os he amado”. Y la Eucaristía nos devuelve a la vida, nos ENVÍA a ser testigos de ese amor tan grande, capaz de entregar la vida.

Pedro Juan Díaz