Vísperas – Lunes XVIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XVIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro SeñorJesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 5 de agosto

Tiempo Ordinario 

1) Oración inicial 

Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como creador y como guía. Por nuestro Señor. 

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Mateo 14,13-21
Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, le siguieron a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.
Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida.» Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer.» Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.» Él dijo: «Traédmelos acá.» Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiéndolos, dio los panes a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

3) Reflexión

• El cap. 14 de Mateo, que incluye el relato de la multiplicación de los panes, propone un itinerario que conduce al lector al descubrimiento progresivo de la fe en Jesús: va desde la falta de fe por parte de los paisanos de Jesús al reconocimiento del Hijo de Dios pasando por el don del pan. Los conciudadanos de Jesús están maravillados por su sabiduría, pero no comprenden que ésta actúa a través de sus obras. Teniendo incluso un conocimiento directo de la familia de Jesús, de su madre, hermanos y hermanas, no acaban de aceptar en Jesús sino su condición humana solamente: es el hijo del carpintero. Incomprendido en su patria, de ahora en adelante Jesús vivirá en medio de su pueblo al que dedicará toda su atención y solidaridad, curando y alimentando a las multitudes.
• Dinámica de la narración. Mateo narra fielmente el episodio de la multiplicación del pan. El episodio está recluido entre dos expresiones de transición en las que se dice que Jesús se retira “aparte” de las muchedumbres, de los discípulos, de la barca (vv.13-14; vv.22-23). El v.13 no sólo sirve como transición sino que ofrece el motivo por el que Jesús se halla en un lugar desierto. Esta estrategia sirve para concretar el ambiente en el que tiene lugar el milagro. El evangelista centra el relato en la muchedumbre y en la actitud de Jesús respecto a la misma.
• Jesús se conmueve en su interior. En el momento en que llega, Jesús se encuentra con una muchedumbre que lo espera; al ver a las muchedumbres se conmueve y cura a sus enfermos. Es una muchedumbre “cansaba y abatida como ovejas sin pastor” (9,36; 20,34) El verbo que expresa la compasión de Jesús es verdaderamente expresivo: a Jesús “se le hace pedazos el corazón”; corresponde al verbo hebreo que expresa el amor visceral de la madre. Es el mismo sentimiento que tuvo Jesús ante la tumba de Lázaro (Jn 11,38). La compasión es el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, que se hace efectiva con el don del pan.
• El don del pan. El relato de la multiplicación de los panes se abre con una expresión, “al atardecer” (v.15) que también introduce el relato de la última cena (Mt 26,20) y el de la sepultura de Jesús (Mt 27,57). Por la tarde, pues, invita Jesús a los apóstoles a dar de comer a la multitud. En medio del desierto lejano de las aldeas y de las ciudades. Jesús y los discípulos se hallan ante un problema humano muy fuerte: dar de comer a la numerosa multitud que sigue a Jesús. Pero ellos no pueden abastecer las necesidades materiales de la muchedumbre sin el poder de Jesús. Su inmediata respuesta es mandarlos a casa. Ante los límites humanos, Jesús interviene y realiza el milagro saciando a todos los que lo siguen. Dar de comer es aquí la respuesta de Jesús, de su corazón que se hace pedazos ante una necesidad humana muy concreta. El don del pan no sólo es suficiente para saciar a la multitud, sino que es tan abundante que hay que recoger las sobras. En el v.19b aparece que Mateo dio un significado eucarístico al episodio de la multiplicación de los panes: “y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos”; el papel de los discípulos también queda muy evidente en la función de mediación entre Jesús y la multitud: “y los discípulos lo distribuyeron a la gente” (v.19c). Los gestos que acompañan al milagro son idénticos a los que Jesús adoptará más tarde en la “noche en que fue entregado”: levanta los ojos, bendice el pan, lo parte. De aquí se deduce el valor simbólico del milagro: puede considerarse una anticipación de la eucaristía. Además, dar de comer a la multitud por parte de Jesús es un “signo” de que él es el mesías y de que prepara un banquete de fiesta para toda la humanidad. De Jesús, que distribuye los panes, aprenden los discípulos el valor del compartir. Es un gesto simbólico que contiene un hecho real que va más allá del episodio mismo y se proyecta hacia el futuro: el don de nuestra eucaristía diaria, en la que revivimos aquel gesto del pan partido, es necesario que sea reiterado a lo largo de la jornada. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Te esfuerzas por realizar gestos de solidaridad hacia los que están cerca de tí compartiendo el camino de la vida? Ante los problemas concretos de tus amigos o parientes, ¿sabes ofrecer tu ayuda y tu disponibilidad a colaborar para encontrar vías de solución?
• Jesús, antes de partir el pan, eleva los ojos al cielo: ¿sabes tú dar gracias al Señor por el don diario del pan? ¿Sabes compartir tus bienes con los demás, especialmente con los pobres? 

5) Oración final

Aléjame del camino de la mentira
y dame la gracia de tu ley.
No apartes de mi boca la palabra veraz,
pues tengo esperanza en tus mandamientos. (Sal 119,29.43)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

I.- EL ANUNCIO A ZACARÍAS

 

1.- LA OFRENDA DEL INCIENSO

Lc 1, 5-13

Esta historia que ha dado la vuelta al mundo tantas veces comienza en el Templo de Jerusalén, en tiempos del rey Herodes[1], durante una de las ceremonias del culto sagrado que oficiaba un sacerdote llamado Zacarías. Estaba casado con Isabel, que, como él, pertenecía a la clase sacerdotal, descendiente de Aarón. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, y ambos eran de edad avanzada. Vivían en una aldea cercana a Jerusalén, Ain-Karim, a unos siete kilómetros al suroeste de la ciudad. Eran parientes de María.

El acontecimiento singular que marca el comienzo de la Redención tuvo lugar en el Sancta Sanctorum, durante la ofrenda del incienso. Era un recinto donde se encontraba el altar del Templo; a su derecha, el candelero de los siete brazos[2]; y a su izquierda, la mesa de los panes de la proposición[3]. A este lugar solo podían entrar los sacerdotes, para ofrecer el incienso y renovar los panes. Estaba separado del atrio llamado de los israelitas, donde permanecía el pueblo separado por un gran velo. Detrás se encontraba el Sancta Sanctorum, el Santísimo, donde se había guardado el Arca de la Alianza con las tablas de la Ley[4], y al que únicamente tenía acceso el sumo sacerdote en el día del perdón, el Yom Kippur. Ahora se encontraba completamente vacío. Entre ambas estancias colgaba un segundo velo[5].

Esta ceremonia tenía un profundo sentido mesiánico; el humo del incienso era la oración y la esperanza de los justos que aguardaban la llegada del Mesías. Mientras Zacarías la oficiaba, probablemente al final, se le apareció un ángel del Señor. Estaba de pie a la derecha del altar del incienso, precisa san Lucas. No le fue difícil al anciano sacerdote comprender que se hallaba ante una aparición sobrenatural. Por eso quedó sobrecogido y con una gran turbación, como otros en circunstancias similares.

El ángel se dio a conocer: Yo soy Gabriel. Zacarías sabía bien que este era uno de los arcángeles nombrados en las Escrituras. Había sido ya elegido por Dios para revelar al profeta Daniel el advenimiento del Redentor[6]. El ángel lo llamó por su nombre en señal de amistad y le tranquilizó con estas palabras: No temas, Zacarías. Y le comunicó que su oración había sido escuchada. ¿Qué oración era esta? Es muy posible que Zacarías pidiera con insistencia y confianza la venida del Mesías y de aquel que vendría primero para preparar sus caminos, según anunciaban los libros sagrados. Todos los hombres justos de Israel tenían en su corazón y en sus labios esta petición.

Ahora él conoce por medio del ángel que su propio hijo será el precursor del Mesías, ya muy próximo.


[1]San Lucas llama a Herodes rey de Judea,aunque también lo era de otros territorios. A Herodes Antipas lo nombra como tetrarca; a Herodes Agripa lo llama simplemente Agripa. Por tanto, se trata aquí de Herodes el Grande, que reinó desde el 29 a.C. al 3 de nuestra era. Para el escaso interés que mostraban los antiguos en precisar la cronología y para lo poco determinada que estaba la terminología en este punto, Lucas precisa mucho.

[2]Estaba revestido de oro y medía dos metros de altura. Los siete brazos recordaban los siete planetas del universo babilonio, los siete cielos sobre los que se asienta el trono de Dios, según la creencia judía, y los siete días de la creación.

[3]Los panes de la proposición eran doce y se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como homenaje de las doce tribus de Israel (cfr. Lv 24, 5-9); los que se retiraban del altar quedaban reservados para los sacerdotes que atendían el culto.

[4]El arca faltaba desde el año 586 a.C.

[5]Se rasgó de arriba abajo en el momento de la muerte del Señor (Mt 27, 51), indicando que los hombres tenían abierto el camino hacia Dios Padre (Hb 9, 15) y que había comenzado la Nueva Alianza.

[6]Dn 8, 16; Dn 9, 20-27

Comentario del 5 de agosto

El evangelio de hoy recoge uno de esos hechos extraordinarios que provocaron la admiración de los que fueron testigos de los mismos. El evangelio lo presenta así: Jesús dio de comer hasta la saciedad a toda una multitud (cinco mil hombres sin contar mujeres y niños) con tan sólo cinco panes y dos peces. Este es el hecho que quedó en el «recuerdo» de sus discípulos y pasó a formar parte de esta memoria escrita que son los evangelios.

El texto subraya varias cosas. Primero, que fue un acto de compasión de Jesús, como lo eran las ya casi ordinarias curaciones de enfermos, una de esas obras de misericordia que después mandará practicar a sus discípulos: Da de comer al hambriento. Esto es lo que él hizo en esta ocasión. Después de haberles servido el pan de la palabra, les sirve el pan, sin más; todo en función de las necesidades humanas; porque tan necesario es el pan que nos sustenta, corporalmente hablando, como el que alimenta o sacia nuestra hambre de vida humana y eterna. El caso es que Jesús no se desentiende de ninguna necesidad. Le importa el hombre en su integridad, con su alma y con su cuerpo, con sus necesidades materiales y espirituales, con sus carencias físicas y sus anhelos más trascendentes.

Otro de los aspectos destacables es que Jesús no obra desde la nada, sin ningún recurso, como creando de nuevo. Da de comer a muchos con muy pocos recursos (cinco panes y dos peces), pero algunos recursos emplea. No crea, multiplica los recursos humanos que le ofrecen; multiplica y premia lo poco que el hombre puede aportar; pues Dios es poderoso para potenciar o multiplicar nuestras escasas posesiones. A la invitación del Señor que nos dice: Dadles vosotros de comer, solemos responder: Si no tenemos más que cinco panes y dos peces. O también: ¿Qué es esto para tantos? Es la sensación de impotencia ante la magnitud de los problemas del mundo. ¿Qué puedo aportar yo en estas circunstancias?

Aunque sea ésta la sensación, Jesús nos dice: Traedme lo que tengáis. Y con eso sacia a la multitud, realiza el milagro, haciendo posible lo que a nosotros se nos presenta imposible. Nuestros recursos, de escaso valor en sí mismos, adquieren de repente una dimensión inusitada cuando los ponemos en las manos del que es poderoso para acrecentarlos o para multiplicarlos milagrosamente. Milagroso es el valor que adquieren los bienes que se comparten; pero también la potencia que toman cuando salen o pasan por las manos de Dios.

Comieron todos hasta quedar satisfechos y hubo sobras. Lo peor es que sobre el pan y se tire habiendo aún gente insatisfecha, sin alimentar. También aquí las sobras se recogen en cestos, quizá porque los recursos de la tierra son limitados y la saciedad humana en este mundo es siempre provisional. El hombre, después de alimentado, vuelve a tener hambre. Pero Cristo no se limita a darnos de comer; se nos da él mismo en comida y se multiplica para cada uno de nosotros en la comunión eucarística.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Deseos, heridas y búsquedas

81. Los jóvenes reconocen que el cuerpo y la sexualidad tienen una importancia esencial para su vida y en el camino de crecimiento de su identidad. Sin embargo, en un mundo que enfatiza excesivamente la sexualidad, es difícil mantener una buena relación con el propio cuerpo y vivir serenamente las relaciones afectivas. Por esta y por otras razones, la moral sexual suele ser muchas veces «causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia, ya que se percibe como un espacio de juicio y de condena». Al mismo tiempo, los jóvenes expresan «un explícito deseo de confrontarse sobre las cuestiones relativas a la diferencia entre identidad masculina y femenina, a la reciprocidad entre hombres y mujeres, y a la homosexualidad»[34].


[34] DF 39.

Homilía – Domingo XIX Tiempo Ordinario

LA VIDA ES UNA MISIÓN

 

NUESTRA VIDA ES UNA MISIÓN

Decía el escritor portugués Saramago: «Sigo buscando, aunque sé que a mis años ya no encontraré». Hace años el pensador y escritor italiano Augusto Guerriero escribió un libro: «He buscado y no he encontrado». No deja de ser atormentador ir por los caminos de la vida entre tinieblas. No sólo muchos intelectuales sufren esta angustia y esta desorientación existencial, también el hombre de pueblo. Es triste escuchar: «No sabe uno para qué viene a este mundo… para sufrir y ver calamidades… y, total, después de él no sabemos si hay algo…».

Nos presentaban en la prensa los resultados de una encuesta juvenil. El 22% de los chicos de bachillerato afirma dudar de la existencia de Dios, y más del 50% indica sin tapujos que no cree en la otra vida ni, obviamente, en la resurrección. Muchos se creen fruto y producto de una casualidad, producto ciego de la naturaleza. El mensaje que acabamos de escuchar de labios de Jesús es fascinante. Es todo un tratado sobre el sentido de la vida y de la historia. Yo no he caído como un meteorito, como fruto de la casualidad, sino que he sido llamado a la existencia por amor. El Dios de la vida y del amor me ha llamado con nombre propio para que forme parte de su gran familia que es la humanidad, para que sea un miembro activo. Alguien (¡Dios nada menos!) se fía de mí, me confía una misión, espera algo importante de mí.

 

DISTINTAS TAREAS, PERO LA MISMA DIGNIDAD

Al llegar a la edad del discernimiento y metido en esta enorme granja que es el mundo en el que hay multitud de tareas, he de preguntar al Padre de la gran familia humana: «¿Qué tarea me corresponde hacer?». Al personaje de la parábola se le encarga el cuidado de los demás trabajadores, ser mayordomo de la casa. Cada uno de nosotros, si no lo ha hecho, ha de hacer el discernimiento de la voluntad de Dios.

El Señor encomienda una misión específica dentro de la Iglesia y dentro del mundo. No sólo llama y encomienda tareas concretas a las personas con misiones sagradas o a personajes con grandes responsabilidades sociales. No, Dios encomienda una tarea específica y da unos medios específicos a todos, absolutamente a todos. Tú has sido llamado a ser seglar cristiano, a ser casado, como el Papa a ser Papa. Y hay que entender que lo que dignifica a las personas no es la misión, la vocación o el estado en que uno está, sino el modo de cumplir esa misión; es mucho más digno ante Dios un buen barrendero que un mal rey; es mucho más digno ante Dios un seglar humilde e inculto, pero santo como san Isidro, que un obispo infiel. San Agustín testifica que su grandeza no le viene por ser obispo, sino por ser cristiano, por ser hijo de Dios. Ese privilegio lo tenemos todos. Es más digno el que es mejor hijo de Dios y mejor hermano, el que más sirve.

TODA NUESTRA VIDA COMPROMETIDA

Esto implica una responsabilidad global de toda mi vida. Toda ella ha de estar dedicada y destinada a cumplir esa misión. Yo soy como el hijo que durante todo el día ha de colaborar en las tareas de la casa paterna. Para muchos ser cristiano significa obsequiar a Dios con unos ritos y unos ratos de la vida, como si dijera: «Dame tres cuartos de hora cada domingo y días festivos, algún ratito de oración cada día, alguna pequeña colaboración cada semana en alguna organización de la Iglesia, y el resto del tiempo es para ti, puedes hacer lo que quieras, con tal de que no sean travesuras».

Toda la vida ha de ser para Dios, para construir el Reino. Pablo recomienda: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, que sea para gloria de Dios y bien de los hermanos» (1 Co 10,31). Cuando, movido por el deseo de cumplir la voluntad del Señor, estoy en la playa, también allí tengo que preguntarle qué espera de mí, en qué puedo servir, qué puedo hacer en esos momentos para que la sociedad esté un poco mejor. Esto significa que tengo una misión que he de realizar no sólo en el templo, sino también en casa, en la calle, en la empresa… Eso significa que no existe el cristiano sólo de domingo, sino de toda la semana.

Desde esta perspectiva se comprende el hondo significado de la anécdota que se cuenta de san Luis Gonzaga. Estaba jugando con sus compañeros novicios, y de repente a uno se le ocurrió hacerle esta pregunta: «Luis, si te dijeran que dentro de una hora ibas a morir, ¿qué harías?». Él contestó con naturalidad: «Seguiría jugando».

El Señor tiene un plan prodigioso sobre la ciudad terrena, llena de escombros por las actitudes destructivas del pecado, de lugares de maleza, de fuentes contaminadas por desperdicios vertidos, de calles llenas de basura… Dios quiere para nosotros una ciudad limpia, llena de parques y miradores, una ciudad placentera. Lo que tenemos que hacer es una tarea conjunta de reconstrucción, de limpieza y de mejora, y también con personas que ignoran a Dios, que «pasan» olímpicamente de Él. La tarea que se nos encomienda es colaborar, echar una mano, hacer algo positivo. No basta con no hacer estragos, con decir al Señor. «Mira, no he roto un plato en la vida, ni una rama, ni un cristal… No he hecho nada malo»…

Cuando era chico, me encantaban los días que en el pueblo se llamaban de «hacendera». Hacendera era el trabajo comunitario para mejorar las condiciones del pueblo, las fuentes, los caminos, las arboledas, arreglar el tejado de la iglesia o la casa del Concejo. Fijado previamente el día, mediante un toque específico de campana se llamaba al vecindario. En la plaza del pueblo se reunía un representante varón de cada familia. En comitiva se dirigían al lugar del trabajo comunitario. A mí me parecía bonito que no se les exigiera a todos igual. En la brigada estaban ancianos que poco podían hacer, chicos, hijos de viuda, con quince años, hombres en plenitud de fuerzas, personas cualificadas que sabían un oficio; la colaboración era muy desigual, pero a cada uno se le aceptaba según sus posibilidades. Al final de la jornada, realizada la tarea propuesta, el alcalde les pagaba un refrigerio que se convertía en una verdadera fiesta. A mí me gustaba aquello como algo muy humano. Esto es lo que ocurre en el Reino de Dios. Cada uno recibe distintas riquezas y posibilidades de acción, de creatividad. Jesús advierte que lo mismo ocurrirá al final de la jornada de la vida: «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá» (Le 12,48).

Hay muchos cristianos que tienen un concepto falso, mágico de la salvación, como si salvarse consistiera simplemente en aprobar un examen final. Uno puede estar muy preparado y saber muchísimo, pero si da la casualidad de que le preguntan lo poco que no sabe, si le sorprenden en un fallo, se perderá para siempre. Lo importante es el resultado global de la vida. Si el proyecto de Dios era que plantara en su Reino diez mil cepas o diez mil árboles frutales y plantó mil, ha sido un gran fracasado, aunque se salve. En cambio, puede que el proyecto de Dios para alguien fuera sólo la plantación de mil cepas o mil árboles, y éste habría cumplido enteramente su misión.

CONDICIONES PARA LA FECUNDIDAD DE NUESTRAS TAREAS

<

p style=»text-align:justify;»>Para que las tareas que realizamos sean fecundas, para que enriquezcan nuestra personalidad y nos ayuden a crecer, a
son necesarias tres condiciones:. 1. Que hagamos lo que debemos hacer. Si hemos de hacer las tareas de la casa, no podemos estar charlando con las vecinas en la calle; sí hemos de realizar nuestra tarea en la oficina o en la fábrica, no podemos estar leyendo el periódico o paseando por las oficinas. 2. Que lo hagamos como debemos hacerlo, como Dios quiere, como lo requieren las personas para quienes realizamos la tarea o el servicio, sin incurrir en la chapuza, no por cumplir, sino con el esmero con que las haríamos si las hiciéramos para el Señor en persona. 3. Que hagamos nuestras tareas por lo que debemos hacerlo, por motivaciones generosas, por el deseo de servir, de ayudar, de proporcionar alegría, no por puras motivaciones económicas o egoístas, por ser valorados o alabados, por mera obligación, sino motivados y movidos por el amor (Col 3,17). Por eso, una gran pregunta de todo seguidor de Jesús es: ¿Qué estoy aportando a mi entorno, al Reino de Dios, desde la misión que se me ha confiado? ¿Qué va quedando de mi paso por la tierra? ¿Qué herencia voy a dejar?

Al entregarnos no hemos de acobardarnos ante nuestra debilidad y lo arduo de la tarea. También a nosotros nos ha prometido el Señor la fuerza del Espíritu para poder realizarla (Cf. Hch 1,8). Una vez más hay que tener presente la consiga de san Agustín: «Hay que empeñarse y esforzarse en realizar fielmente nuestras tareas como si todo dependiera de nosotros y hay que confiar enteramente como si todo dependiera de Dios».

Cuando se vive en esta dinámica de responsabilidad, se puede esperar con serenidad y gozo la vuelta del Señor, como aquel que tiene los deberes hechos y la tarea cumplida. San Agustín decía: «La esposa buena y fiel espera anhelante el retorno del esposo. La que tiene miedo a su retorno es porque le ha sido infiel, porque ha adulterado». Esto es lo que sentía Pablo al final de su vida: «Me he mantenido fiel. Ahora me aguarda la merecida corona con la que el Señor me premiará en el último día…» (2Tm 4,8). Para que esto sea verdad, nuestra consigna ha de ser: Vivir con tanta entrega cada día como si fuera el último de nuestra existencia.

Atilano Aláiz

Lc 12, 32-48 (Evangelio Domingo XIX Tiempo Ordinario)

Continuamos recorriendo el “camino de Jerusalén”. Esta vez, Jesús se dirige explícitamente al grupo de los discípulos designándolo como “pequeño rebaño”, (cf. Lc 12,32).

En las catequesis anteriores, Jesús habló sobre el desprendimiento frente a los bienes de la tierra (cf. Lc 12,13-21) y sobre le abandono en las manos de Dios (cfr. Lc 12,22- 34); ahora, Jesús va a mostrar lo que es necesario hacer para que el “Reino” sea siempre una realidad presente en la vida de los discípulos y para que los “tesoros” de este mundo no sean lo prioritario: se trata de estar siempre vigilantes, a la espera de la venida del Señor.

En realidad, Lucas une aquí parábolas que deben haber surgido en contextos distintos; pero todas están ligadas por el tema de la vigilancia.

Nuestro texto comienza con una referencia al “verdadero tesoro” que los discípulos deben buscar y que no está en los bienes de este mundo (vv. 33-34): se trata del “Reino” y de sus valores. La cuestión fundamental es: ¿cómo descubrir y guardar ese “tesoro”? La respuesta se nos da en tres cuadros o “parábolas”, que apelan a la vigilancia.

La primera parábola (vv. 35-38) invita a tener la cintura ceñida y las lámparas encendidas (lo que parece aludir a Ex 12,11 y a la noche de la primera Pascua, celebrada de pie y “con la cintura ceñida”, antes de partir hacia la libertad), como hombres que esperan al señor que vuelve de su fiesta de bodas. Los creyentes son, así, invitados a estar preparados para acoger la liberación que Jesús vino a traer y que los llevará de la tierra de la esclavitud a la tierra de la libertad; y son, también, invitados a acoger “al novio” (Jesús)que vino a proponer a la novia (los hombres) la comunión plena con Dios (la “nueva alianza”, representada en la teología judía a través de la imagen de las bodas).

La segunda parábola (vv. 39-40) apunta hacia la incertidumbre sobre la hora en la que el Señor vendrá. La imagen del ladrón que llega a cualquier hora, sin ser esperado, es una imagen extraña para hablar de Dios; pero es una imagen sugerente para mostrar que el discípulo fiel es aquel que está siempre preparado, a cualquier hora y en cualquier circunstancia para acoger al Señor que viene.

La tercera parábola (vv. 41-48) parece dirigirse a los responsables de la comunidad (es en ese contexto en el que la pregunta de Pedro nos sitúa). En las palabras originales de Jesús, la parábola debió ser una crítica a los responsables del Pueblo de Israel; pero, en la interpretación de Lucas, la parábola se dirige a los animadores de la comunidad cristiana, que deben permanecer fieles a sus tareas de animación y de servicio: si algunos de ellos descuidan sus responsabilidades en el servicio de los hermanos y utilizan las funciones que les fueron confiadas de forma negligente o en beneficio propio, serán castigados.

En los dos últimos versículos, el castigo se diversifica, de acuerdo con el tipo de desobediencia: los que desobedezcan intencionadamente serán más castigados; los que desobedezcan no intencionadamente serán menos castigados.

La referencia a los “azotes” debe ser entendido en el contexto del lenguaje de los predicadores de la época y manifiesta la repulsa de Dios por aquellos que son negligentes en la misión que les fue confiada.

Probablemente Lucas tiene ante sus ojos el ejemplo de algunos animadores cristianos que, por su pereza o por su maldad, perturbaban seriamente la vida de las comunidades que presidían. En cualquier caso, estas líneas subrayan la mayor responsabilidad de aquellos que, en la Iglesia, desempeñan funciones de responsabilidad.

La última afirmación (“Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió más se le exigirá”, vv. 48b) está claramente dirigida a los responsables de la comunidad; pero puede aplicarse a todos los que han recibido dones materiales o espirituales.

Para la reflexión y el compartir de la Palabra, considerad los siguientes datos:

La vida de los discípulos de Jesús tiene que ser una espera vigilante y atenta, pues el Señor está permanentemente viniendo a nuestro encuentro y desafiándonos para que nos desprendamos de las cadenas que nos esclavizan y para que recorramos, con Él, el camino de la libertad.

¿Qué es lo que nos distrae, lo que nos agarrota, lo que nos aliena y que nos impide acoger ese don continuo de vida?

Ser cristiano no es un trabajo, o un “hobby” de fin de semana, sino que es un compromiso a tiempo pleno, que debe marcar cada pensamiento, cada actitud, cada opción, veinticuatro horas al día.
¿Soy consciente de esa exigencia y estoy suficientemente atento para poner el sello de mi compromiso cristiano en todas mis acciones, pensamientos y palabras?

¿Estoy suficientemente atento y disponible para acoger y responder a las llamadas que Dios me hace y a los desafíos que me presenta a través de las necesidades de los hermanos?
¿Estoy suficientemente atento y disponible para escuchar los signos, a través de los cuales Dios me presenta sus propuestas?

A veces, los discípulos de Jesús manifiestan la convicción de que todo va de mal en peor, que esta “generación” está perdida y que no es posible hacer más para hacer este mundo un mundo más humano y más feliz.
¿Eso no será una forma de enmascarar nuestro egoísmo y comodidad y de renunciar a ser protagonistas comprometidos en la construcción de ese “Reino” que es el tesoro más valioso?

La Palabra de Dios que hoy se nos propone contiene una interpelación especial a todos aquellos que desempeñan funciones de responsabilidad, ya sea en la Iglesia, en el gobierno, en las empresas.
Invita a cada uno a asumir sus responsabilidades y a desempeñar, con atención y empeño las funciones que le han sido confiadas.

A todos aquello a quienes se les confió el servicio de la autoridad, la Palabra de Dios les pregunta: ¿cómo nos comportamos: como siervos que, con humildad y sencillez, cumplen las tareas que les fueron confiadas, o como dictadores que manipulan a los otros a su placer?

¿Estamos atentos a las necesidades, sobre todo de los pobres, de los pequeños y de los débiles, o nos instalamos en el egoísmo y en la comodidad y dejamos que las cosas se arrastren, sin entusiasmo, sin vida, sin retos a superar, sin esperanza?

Heb 11, 1-2. 8-19 (2ª Lectura Domingo XIX Tiempo Ordinario)

La Carta a los Hebreos es un texto anónimo, escrito en los años que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén (año 70).

Está dirigida a comunidades cristianas (¿de origen judío?) en las que tras la generosidad de los inicios vino el cansancio, el tedio, el desinterés y que, a causa de las persecuciones y de la hostilidad de los no creyentes, quedaron expuestas al desaliento y al retroceso en su caminar cristiano.

En este contexto, el autor pretende ofrecer a los creyentes un estímulo, en el sentido de profundizar la vocación cristiana, hasta la identificación total con Cristo.

La carta presenta, recurriendo al lenguaje de la teología judía, el misterio de Cristo, el sacerdote por excelencia, a través de quien los hombres tienen acceso libre a Dios y son insertados en la comunión real y definitiva con Dios.

El autor aprovecha la ocasión para reflexionar sobre las implicaciones de ese hecho: puestos en relación con el Padre por Cristo/sacerdote, los creyentes son insertados en ese Pueblo sacerdotal que es la comunidad cristiana y deben hacer de su vida un continuo sacrificio de alabanza, de entrega y de amor. De esta forma, el autor ofrece a los cristianos una profundización y una ampliación de la fe primitiva, capaz de revitalizar la experiencia de fe, debilitada por la acomodación y por la persecución.

El texto que se nos propone está incluido en la cuarta parte de la epístola (cf. Heb 11,1-12,13). En esa parte, el autor insiste en dos aspectos básicos de la vida cristiana: la fe y la constancia o perseverancia.

En relación con la fe, el autor invita a recorrer el camino de los “antiguos” (cf. Heb 11,1-40); en lo que dice respecto a la constancia, exhorta a aceptar con paciencia los sufrimientos que la vida cristiana comporta, pues esos sufrimientos forman parte de las pruebas pedagógicas a través de las cuales Dios nos hace llegar a la perfección (cf. Heb 12,1-13).

La exposición comienza con la descripción de la fe, aquí entendida como la “seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (Heb 11,1).

La “fe” es, en esta perspectiva, puesta en relación con la esperanza; ella se dirige al futuro y a lo invisible. Algunos autores entienden esta “seguridad” (“hypóstasis”) en el sentido de “firme confianza” (Lutero, Erasmo y numerosos autores recientes). La fe sería, en esta perspectiva, la firme confianza en la posesión de los bienes futuros, invisibles por ahora. Es una perspectiva diferente (aunque complementaria) de la que aparece en los textos paulinos, donde la fe es, sobre todo, la adhesión a Jesús, esto es, el establecimiento de una relación personal entre los creyentes y el Señor.

En la secuencia, el autor va a presentar una auténtica galería de figuras vetero- testamentarias que, por haber vivido en la fe y de la fe, son modelos para todos los creyentes.

En concreto, nuestro texto nos presenta las figuras de Abrahán y de Sara. Por la fe, Abrahán acogió la llamada de Dios, dejó su casa y partió al encuentro de lo desconocido y de lo incómodo; por la fe Abrahán aceptó establecerse en una tierra extraña y vivir en ella; por la fe, Sara pudo concebir y dar a luz a Isaac, a pesar de su avanzada edad; por la fe, Abrahán no dudó cuando Dios le mandó sacrificar, en lo alto de un monte, a su hijo Isaac, el heredero de las promesas y el continuador de la descendencia. Abrahán no vio realizarse la promesa de la posesión de la tierra, ni la promesa de un pueblo numeroso; pero, por la fe, él contempló anticipadamente la realización de las promesas de Dios, “saludándolas desde lejos”. Así, Abrahán asumió su condición de peregrino y extranjero, ansiando constantemente la ciudad futura, y caminando al encuentro del cielo, su patria definitiva.

Es precisamente ese ejemplo el que el autor de la carta quiere proponer a esos cristianos peregrinos y desanimados: que vivan en la fe, esperando la realización de los dones futuros que Dios les reserva y caminando por la vida como peregrinos, sin desanimarse, con la mirada puesta en la patria definitiva.

Para la reflexión, considerad los siguientes puntos:

El autor de este texto invita al creyente a confiar firmemente en la posesión de los bienes futuros, anunciados por Dios, pero invisibles todavía. Nuestro caminar por esta tierra está marcado por la finitud, por nuestras limitaciones, por nuestro pecado; pero eso no puede hacernos desanimar y desistir: vivir en la fe es mirar hacia la vida plena que Dios nos ha prometido y caminar a su encuentro.

¿Es esta esperanza la que nos anima y marca nuestro caminar, sobre todo en los momentos más difíciles, en los que todo parece desmoronarse y las cosas dejan de tener sentido?

Muchas veces pasamos del “cero al infinito”, de la euforia al desánimo total. Un día, todo tiene sentido; al otro, la tristeza y la duda nos ahogan y nos dejan hundidos en el más negro pesimismo. Sin embargo, el cristiano, Guiado por la fe, debe ser la persona de la serenidad y de la paz; sabe que su existencia no la dirige al ritmo de las mareas, sino que el sentido de la vida se encuentra más allá de los éxitos o de los fracasos que el día a día nos trae.

Sab 18, 6-9 (1ª Lectura Domingo XIX Tiempo Ordinario)

El “Libro de la Sabiduría” es una obra de un autor anónimo, redactada en la primera mitad del siglo I antes de Cristo, probablemente en Alejandría, uno de los centros culturales más importantes de la Diáspora judía.

El autor, dirigiéndose a los judíos (que vivían sumergidos en un ambiente de idolatría y de inmoralidad), les anima a volver a los los valores de la fe judía que habían abandonado.

Dirigiéndose a los paganos, el autor (que se expresa en términos y concepciones del mundo helénico, para que su mensaje llegue a todos) les presenta la superioridad de la cultura y de la religión israelitas, ridiculizando a los ídolos e invitando , implícitamente, a la adhesión a esa fe más pura que es la fe judía.

El texto que se nos propone pertenece a la tercera parte del libro (Sab 10,1-19,22). Recorriendo hechos concretos y ejemplos de figuras sacadas de la historia, el autor exalta las maravillas operadas por la “sabiduría” en la historia del Pueblo de Dios.

En los últimos capítulos de esta tercera parte (Sab 16-19), pasando de lo general a lo particular, el autor muestra cómo la propia naturaleza divinizada por los impíos se vuelve contra ellos, mientras que esa misma naturaleza se torna salvación para el Pueblo de Dios.

El escenario de esta reflexión es la comparación entre lo que un día (en tiempos del Éxodo) sucedió a los egipcios y lo que, en contrapartida, sucedió al Pueblo de Dios: las plagas de animales castigaron a los egipcios, sin embargo las codornices fueron alimento para los israelitas (cf. Sab 16,1-4); las moscas y langostas atormentaron a los egipcios, pero la serpiente de bronce erguida por Moisés en el desierto salvó al Pueblo de perecer (cf. Sab 16,5-15); las lluvias y el granizo destruyeron los cultivos egipcios, pero el maná alimentó al Pueblo de Dios (cf. Sab 16,15-29); las tinieblas cegaron a los egipcios que perseguían a los israelitas, mientras que la columna de fuego iluminó el caminar del Pueblo de Dios hacia la libertad (cf. Sab 17,1-18,4); los primogénitos de los egipcios murieron, mientras Dios salvaba la vida de su Pueblo (cf. Sab 18,5-25).

Nuestro texto se refiere, en concreto, a la noche en la que murieron los primogénitos de los egipcios, la noche del éxodo (cf. Ex 12,29-30).

El autor interpreta esa noche (cf. Sab 18,5) como la “respuesta de Dios” al decreto del faraón que ordenaba la matanza de los niños hebreos del sexo masculino (cf. Ex 1,22). Para los egipcios, fue una noche trágica, de ruina, de pesadilla, de destrucción, de muerte y de luto; para los judíos, fue una noche de salvación, de gloria y de alabanza al Dios libertador. En la perspectiva del autor de este texto, Dios no sólo estuvo en el origen liberador sino que también, a través de Moisés, hizo saber con antelación a los hebreos los acontecimientos de la noche pascual (cf. Ex 12,21-28), para que tuviesen ánimo. Todo esto fue visto por el Pueblo como acción de Dios.

Confrontado con la actuación de Dios en favor de su Pueblo, Israel encontró la forma de responder a Yahvé y de manifestarle su alabanza y agradecimiento: los sacrificios (aquí se hace alusión al sacrificio del cordero pascual, entendido como celebración de la liberación realizada por Dios), la solidaridad (el autor hace remontar a ese momento del Éxodo las leyes sobre la participación de todas las tribus en la conquista, cf. Nm 32,16-24, y sobre el reparto equitativo de los despojos, cf. Nm 31,27; Jos 22,8), el cántico de himnos (alusión al Hallel, Sal 113- 118, cantados todos los años durante la cena pascual) definen la respuesta del Pueblo a la acción de Dios.

La conclusión es clara: mientras que los egipcios, que divinizaban a la naturaleza y que iban tras los dioses falsos, se dejaban conducir por esquemas de opresión y de injusticia y recibieron de Yahvé el justo castigo, los israelitas, fieles a Yahvé y a la Ley, que siempre alababan a Dios y le agradecían sus dones y beneficios, vieron a Dios actuar en su favor y encontraron la libertad y la paz.

Considerad los siguientes aspectos:

La lectura llama la atención hacia la diferencia que hay entre vivir de acuerdo con los valores de la fe y el vivir de acuerdo con propuestas quiméricas de felicidad y de bienestar. El “sabio” que nos habla en la primera lectura asegura que sólo la fidelidad a los caminos de Dios genera vida y liberación; y que ceder ante los dioses del egoísmo y de la injusticia genera sufrimiento y muerte.

Hoy, como ayer, no siempre parece tener sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.
¿En realidad, dónde está el camino de la verdadera felicidad? ¿En la cesión ante lo más fácil, en la moda, en lo “políticamente correcto”, o en la fidelidad a los valores perennes, a los valores del Evangelio, al proyecto de Jesús?

¿Cómo me sitúo yo frente a las presiones que, todos los días, la opinión pública o la moda me imponen?

El tema de la liturgia de este domingo gira alrededor de la “vigilancia”. No se trata de estar siempre con “el alma en paz”, “en gracia de Dios” para que la muerte no me sorprenda y no sea arrojado, sin querer, al infierno; se trata de saber lo que quiero, de tener ideas claras en cuanto al sentido de mi vida y actuar en conformidad con ello. Esa es la “vigilancia” serena, de quien sabe lo que quiere y está atento al camino que recorre.

¿Es ese el camino que quiero andar? ¿Mi vida es una búsqueda atenta de lo que Dios quiere de mí?

El autor del “Libro de la Sabiduría” describe la respuesta del Pueblo a la acción liberadora de Dios como celebración, solidaridad, alabanza y acción de gracias. ¿Ante el Dios liberador, que todos los días interviene en mi vida y que me señala caminos de vida plena y de felicidad, siento también el deseo de celebrar, de amar, de comulgar, de alabar, como respuesta al amor de Dios?

Comentario al evangelio – 5 de agosto

Cuántas veces se cumple en nosotros aquello de que «no tenemos lo que deseamos pero no nos falta lo que necesitamos». Hoy la Plabra nos invita a meditar esto.

Por un lado el pueblo de Israel en el desierto se queja porque desea comer carne y para justificar ese deseo recuerda su esclavitud en Egipto donde tenían los pescados, los ojos y la cebollas de Egipto, junto ocon la opresión y la injusticia; cuando tiene lo que necesita para vivir con dignidad y seguir su camino hacia la tierra prometida: la libertad y el maná.

Por otro lado el Evangelio nos presenta a Jesús tratando de apartarse en un lugar solitario para orar; pero al ver la necesidad de la gente que le sigue y lleno de compasión hacia el pueblo necesitado de salud (enfermos) y de pan (hambrientos), asume esa necesidad urgente y responde a ella con el milagro.

Este pasaje nos invita a reflexionar sobre lo que de verdad necesitan los que nos rodean, nuestros hermanos. Hay que remediar las necesidades. La caridad carece de tiempo, lugar y otras condiciones. Ella sóla se impone. El evangelio nos propone un serio problema social: 5 panes para 5000 personas… Cristo hizo el milagro. Hagamos nosotros, por nuestra parte, el milagro de la caridad para tantos hombres y mujeres: pan, instrucción, evangelización, ministerio de la consolación, enseñar a leer, enseñar a vivir…