Comentario del 5 de agosto

El evangelio de hoy recoge uno de esos hechos extraordinarios que provocaron la admiración de los que fueron testigos de los mismos. El evangelio lo presenta así: Jesús dio de comer hasta la saciedad a toda una multitud (cinco mil hombres sin contar mujeres y niños) con tan sólo cinco panes y dos peces. Este es el hecho que quedó en el «recuerdo» de sus discípulos y pasó a formar parte de esta memoria escrita que son los evangelios.

El texto subraya varias cosas. Primero, que fue un acto de compasión de Jesús, como lo eran las ya casi ordinarias curaciones de enfermos, una de esas obras de misericordia que después mandará practicar a sus discípulos: Da de comer al hambriento. Esto es lo que él hizo en esta ocasión. Después de haberles servido el pan de la palabra, les sirve el pan, sin más; todo en función de las necesidades humanas; porque tan necesario es el pan que nos sustenta, corporalmente hablando, como el que alimenta o sacia nuestra hambre de vida humana y eterna. El caso es que Jesús no se desentiende de ninguna necesidad. Le importa el hombre en su integridad, con su alma y con su cuerpo, con sus necesidades materiales y espirituales, con sus carencias físicas y sus anhelos más trascendentes.

Otro de los aspectos destacables es que Jesús no obra desde la nada, sin ningún recurso, como creando de nuevo. Da de comer a muchos con muy pocos recursos (cinco panes y dos peces), pero algunos recursos emplea. No crea, multiplica los recursos humanos que le ofrecen; multiplica y premia lo poco que el hombre puede aportar; pues Dios es poderoso para potenciar o multiplicar nuestras escasas posesiones. A la invitación del Señor que nos dice: Dadles vosotros de comer, solemos responder: Si no tenemos más que cinco panes y dos peces. O también: ¿Qué es esto para tantos? Es la sensación de impotencia ante la magnitud de los problemas del mundo. ¿Qué puedo aportar yo en estas circunstancias?

Aunque sea ésta la sensación, Jesús nos dice: Traedme lo que tengáis. Y con eso sacia a la multitud, realiza el milagro, haciendo posible lo que a nosotros se nos presenta imposible. Nuestros recursos, de escaso valor en sí mismos, adquieren de repente una dimensión inusitada cuando los ponemos en las manos del que es poderoso para acrecentarlos o para multiplicarlos milagrosamente. Milagroso es el valor que adquieren los bienes que se comparten; pero también la potencia que toman cuando salen o pasan por las manos de Dios.

Comieron todos hasta quedar satisfechos y hubo sobras. Lo peor es que sobre el pan y se tire habiendo aún gente insatisfecha, sin alimentar. También aquí las sobras se recogen en cestos, quizá porque los recursos de la tierra son limitados y la saciedad humana en este mundo es siempre provisional. El hombre, después de alimentado, vuelve a tener hambre. Pero Cristo no se limita a darnos de comer; se nos da él mismo en comida y se multiplica para cada uno de nosotros en la comunión eucarística.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística