Sab 18, 6-9 (1ª Lectura Domingo XIX Tiempo Ordinario)

El “Libro de la Sabiduría” es una obra de un autor anónimo, redactada en la primera mitad del siglo I antes de Cristo, probablemente en Alejandría, uno de los centros culturales más importantes de la Diáspora judía.

El autor, dirigiéndose a los judíos (que vivían sumergidos en un ambiente de idolatría y de inmoralidad), les anima a volver a los los valores de la fe judía que habían abandonado.

Dirigiéndose a los paganos, el autor (que se expresa en términos y concepciones del mundo helénico, para que su mensaje llegue a todos) les presenta la superioridad de la cultura y de la religión israelitas, ridiculizando a los ídolos e invitando , implícitamente, a la adhesión a esa fe más pura que es la fe judía.

El texto que se nos propone pertenece a la tercera parte del libro (Sab 10,1-19,22). Recorriendo hechos concretos y ejemplos de figuras sacadas de la historia, el autor exalta las maravillas operadas por la “sabiduría” en la historia del Pueblo de Dios.

En los últimos capítulos de esta tercera parte (Sab 16-19), pasando de lo general a lo particular, el autor muestra cómo la propia naturaleza divinizada por los impíos se vuelve contra ellos, mientras que esa misma naturaleza se torna salvación para el Pueblo de Dios.

El escenario de esta reflexión es la comparación entre lo que un día (en tiempos del Éxodo) sucedió a los egipcios y lo que, en contrapartida, sucedió al Pueblo de Dios: las plagas de animales castigaron a los egipcios, sin embargo las codornices fueron alimento para los israelitas (cf. Sab 16,1-4); las moscas y langostas atormentaron a los egipcios, pero la serpiente de bronce erguida por Moisés en el desierto salvó al Pueblo de perecer (cf. Sab 16,5-15); las lluvias y el granizo destruyeron los cultivos egipcios, pero el maná alimentó al Pueblo de Dios (cf. Sab 16,15-29); las tinieblas cegaron a los egipcios que perseguían a los israelitas, mientras que la columna de fuego iluminó el caminar del Pueblo de Dios hacia la libertad (cf. Sab 17,1-18,4); los primogénitos de los egipcios murieron, mientras Dios salvaba la vida de su Pueblo (cf. Sab 18,5-25).

Nuestro texto se refiere, en concreto, a la noche en la que murieron los primogénitos de los egipcios, la noche del éxodo (cf. Ex 12,29-30).

El autor interpreta esa noche (cf. Sab 18,5) como la “respuesta de Dios” al decreto del faraón que ordenaba la matanza de los niños hebreos del sexo masculino (cf. Ex 1,22). Para los egipcios, fue una noche trágica, de ruina, de pesadilla, de destrucción, de muerte y de luto; para los judíos, fue una noche de salvación, de gloria y de alabanza al Dios libertador. En la perspectiva del autor de este texto, Dios no sólo estuvo en el origen liberador sino que también, a través de Moisés, hizo saber con antelación a los hebreos los acontecimientos de la noche pascual (cf. Ex 12,21-28), para que tuviesen ánimo. Todo esto fue visto por el Pueblo como acción de Dios.

Confrontado con la actuación de Dios en favor de su Pueblo, Israel encontró la forma de responder a Yahvé y de manifestarle su alabanza y agradecimiento: los sacrificios (aquí se hace alusión al sacrificio del cordero pascual, entendido como celebración de la liberación realizada por Dios), la solidaridad (el autor hace remontar a ese momento del Éxodo las leyes sobre la participación de todas las tribus en la conquista, cf. Nm 32,16-24, y sobre el reparto equitativo de los despojos, cf. Nm 31,27; Jos 22,8), el cántico de himnos (alusión al Hallel, Sal 113- 118, cantados todos los años durante la cena pascual) definen la respuesta del Pueblo a la acción de Dios.

La conclusión es clara: mientras que los egipcios, que divinizaban a la naturaleza y que iban tras los dioses falsos, se dejaban conducir por esquemas de opresión y de injusticia y recibieron de Yahvé el justo castigo, los israelitas, fieles a Yahvé y a la Ley, que siempre alababan a Dios y le agradecían sus dones y beneficios, vieron a Dios actuar en su favor y encontraron la libertad y la paz.

Considerad los siguientes aspectos:

La lectura llama la atención hacia la diferencia que hay entre vivir de acuerdo con los valores de la fe y el vivir de acuerdo con propuestas quiméricas de felicidad y de bienestar. El “sabio” que nos habla en la primera lectura asegura que sólo la fidelidad a los caminos de Dios genera vida y liberación; y que ceder ante los dioses del egoísmo y de la injusticia genera sufrimiento y muerte.

Hoy, como ayer, no siempre parece tener sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.
¿En realidad, dónde está el camino de la verdadera felicidad? ¿En la cesión ante lo más fácil, en la moda, en lo “políticamente correcto”, o en la fidelidad a los valores perennes, a los valores del Evangelio, al proyecto de Jesús?

¿Cómo me sitúo yo frente a las presiones que, todos los días, la opinión pública o la moda me imponen?

El tema de la liturgia de este domingo gira alrededor de la “vigilancia”. No se trata de estar siempre con “el alma en paz”, “en gracia de Dios” para que la muerte no me sorprenda y no sea arrojado, sin querer, al infierno; se trata de saber lo que quiero, de tener ideas claras en cuanto al sentido de mi vida y actuar en conformidad con ello. Esa es la “vigilancia” serena, de quien sabe lo que quiere y está atento al camino que recorre.

¿Es ese el camino que quiero andar? ¿Mi vida es una búsqueda atenta de lo que Dios quiere de mí?

El autor del “Libro de la Sabiduría” describe la respuesta del Pueblo a la acción liberadora de Dios como celebración, solidaridad, alabanza y acción de gracias. ¿Ante el Dios liberador, que todos los días interviene en mi vida y que me señala caminos de vida plena y de felicidad, siento también el deseo de celebrar, de amar, de comulgar, de alabar, como respuesta al amor de Dios?