Heb 12, 1-4 (2ª Lectura Domingo XX de Tiempo Ordinario)

La carta a los hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.

La fe de los antepasados debe servir de estímulo para la comunidad en orden a perseverar en la fe. La amplia enumeración de creyentes que ha presentado en el capítulo once, les hace ver que no son creyentes aislados.

El verdadero modelo, al que deben mirar e imitar, es Cristo. La total solidaridad con él significa, para la comunidad, que su destino está ligado al de Cristo y que no será ni mejor ni peor: persecución y desprecio, sufrimiento y muerte fueron el destino del Señor.

Pero porque la comunidad experimenta en sí misma el destino de Cristo ha de tener fija la mirada en él. Ante este modelo -Cristo- la comunidad no puede decir que está sujeta a un esfuerzo excesivo y que haya ya llegado al límite de sus fuerzas.

El ejemplo de los Padres y el de Cristo ha de estimular la fe de la comunidad. Es una exhortación apta para nuestros días. Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.

El autor trae a la memoria de sus destinatarios, los judeo-cristianos alejados de Jerusalén a causa de la persecución y que anhelan volver a ella, el ejemplo del pueblo peregrino que fue el de sus antepasados (Heb 11). En ese momento aplica al pueblo cristiano este tema, haciéndole ver que siempre será nómada en este mundo.

La imagen del nomadismo encuentra aquí su doble en la de las carreras de fondo en atletismo (como en 1 Co 9, 24-30, 5). Los cristianos son los corredores del estadio y los graderíos están ocupados por sus antepasados (v. 1) que animan ardorosamente la fortaleza de sus descendientes. La distancia a recorrer es larga y es conveniente perder algunos kilos («arrojar todo el peso»; v. 1) para aguantar la prueba hasta el final.

Pero todos los espectadores no son necesariamente «animadores» («hinchas»); hay también un clan de adversarios, los «pecadores» (v. 3), que han hecho sufrir muchas afrentas a Cristo y todavía tienen otras muchas reservadas a los cristianos.

Pero la imagen del pueblo peregrino aparece en primer término y se manifiesta sobre todo en la invitación hecha a los cristianos (v. 2) de fijar su mirada constantemente en el guía que los conduce: Jesucristo sustituye a la columna de luz que guiaba al pueblo en el desierto. Esta conducía al pueblo hacia una felicidad material; Jesucristo, en cambio, encamina a su pueblo a la «perfección» y le conduce consigo al trono de la gloria. Esta «perfección» designa el estado de la humanidad fiel al término de su peregrinación actual. Cristo es el «perfeccionador», para emplear un neologismo que traduce mejor el texto griego, es decir, el que da por terminado el peregrinaje terreno de su pueblo en el santuario de su gloria.

Para el autor de la carta a los Hebreos el objetivo es que la contemplación de Jesucristo y de su camino hacia Dios nos conduzca a una íntima e inalienable experiencia personal, es decir, a la fe viva. El camino de la plena entrega interior a Dios, hasta dar la vida, es el único acceso a la verdadera vida en Dios.

Con la mirada puesta en la firme constancia de Jesús, el autor exhorta: «Sacudámonos todo el lastre y el pecado que se nos pega; corramos con constancia» (12,1); esta exhortación es la aplicación del binomio clásico «muertos al pecado, vivamos una vida nueva» (Rom 6,1-14) a la segunda generación.

Por un lado se considera el pecado «como un lastre que se nos pega», experiencia típica de personas y comunidades ya viejas; es la mediocridad, la cerrazón, la poca generosidad, la dimisión ante los auténticos objetivos de la vida, el miedo, el desánimo, el cansancio (12,3).

Por otro lado, la fe de la segunda generación es la «constancia», la conversión renovada, la recuperación diaria de la ilusión y la seguridad inicial (3,12-14), el retorno fiel a la contemplación de Jesús (3,1) y al sentido siempre nuevo de la victoria de su muerte (9,11-12), es el esfuerzo diario por una vida libre, valiente, pobre, alegre, caritativa (c. 11).

La alusión al carácter difícil de la constancia lleva al autor a un último destello de genialidad: «Sufrís para corrección vuestra» (12,7). El esfuerzo diario y constante por vivir de acuerdo con los valores y las actitudes del evangelio es la verdadera corrección del hombre en manos de Dios; por nuestra constancia nos va haciendo hijos Dios (12,7-9). Este esfuerzo es difícil y a veces parece inútil; pero quienes lo practican con perseverancia aprenden a participar de la santidad de Dios (10), así consigue Dios en ellos vidas justas, pacíficas, llenas de fruto, maduras, acabadas (11).

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