II Vísperas – La Asunción de la Virgen María

II VÍSPERAS

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!

De ángeles sois llevada,
de quien servida sois desde la cuna,
de estrellas coronada:
¡Tal Reina habrá ninguna,
pues os calza los pies la blanca luna!

Volved los blancos ojos,
ave preciosa, sola humilde y nueva,
a este valle de abrojos,
que tales flores lleva,
do suspirado están los hijos de Eva.

Que, si con clara vista
miráis las tristes almas deste suelo,
con propiedad no vita,
la subiréis de un vuelo,
como piedra de imán al cielo, al cielo.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo. Amén.

 

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. María ha sido llevada al cielo, se alegran los ángeles, bendicen con alabanzas al Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María ha sido llevada al cielo, se alegran los ángeles, bendicen con alabanzas al Señor.

 

SALMO 126: EL ESFUERZO HUMANO ES INÚTIL SIN DIOS

Ant. La Virgen María ha sido elevada al cielo, donde el rey de reyes tiene su trono de estrellas.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La Virgen María ha sido elevada al cielo, donde el rey de reyes tiene su trono de estrellas.

 

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Tú eres la mujer a quien Dios ha bendecido, y por ti hemos recibido el fruto de la vida.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres la mujer a quien Dios ha bendecido, y por ti hemos recibido el fruto de la vida.

 

LECTURA: 1Co 15, 22-23

Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto; primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ La Virgen María ha sido ensalzada sobre los coros de los ángeles.
V/ La Virgen María ha sido ensalzada sobre los coros de los ángeles.

R/ Bendito el Señor que la ensalzó.
V/ Sobre los coros de los ángeles.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ La Virgen María ha sido ensalzada sobre los coros de los ángeles.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hoy la Virgen María sube a los cielos, alegraos, porque reina con Cristo para siempre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy la Virgen María sube a los cielos, alegraos, porque reina con Cristo para siempre.

 

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre Todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo:

Mira a la llena de Gracia y escúchanos.

Oh Dios, admirable siempre en tus obras, que has querido que la inmaculada Virgen María participara en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo,
— haz que todos tus hijos deseen esta misma gloria y caminen hacia ella.

Tú que nos diste a María por madre, concede, por su mediación, salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores,
— y a todos, abundancia de salud y paz.

Tú que hiciste de María la llena de gracia,
— concede la abundancia de tu gracia a todos los hombres.

Haz, Señor, que tu Iglesia tenga un solo corazón y una sola alma por el amor,
— y que todos los fieles perseveren unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar, con todos los santos, la felicidad de tu reino.

 

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

 

ORACION

Porque te has complicado, Señor, en la humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado en este día de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 15 de agosto

La visita de María a Isabel
Luca 1,39-56

1. LECTIO:

a) Oración inicial:

Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría, de ciencia, del entendimiento, de consejo, llénanos, te rogamos, del conocimiento de la Palabra de Dios, llénanos de toda sabiduría e inteligencia espiritual para poderla comprender en profundidad. Haz que bajo tu guía podamos comprender el evangelio de esta solemnidad mariana.

Espíritu Santo, tenemos necesidad de ti, el único que continuamente modela en nosotros la figura y la forma de Jesús. Y nos dirigimos a ti, María, Madre de Jesús y de la Iglesia, que has vivido la presencia desbordante del Espíritu Santo, que has experimentado la potencia de su fuerza en ti, que las has visto obrar en tu Hijo Jesús desde el seno materno, abre nuestro corazón y nuestra mente para que seamos dóciles a la escucha de la Palabra de Dios.

Luca 1,39-56b) Lectura del evangelio

39 En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; 40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.41En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo 42 y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; 43 y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? 44 Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. 45 ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
46 Y dijo María:
«Alaba mi alma la grandeza del Señor

47 y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
48 porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

49 porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre
50 y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías.
54 Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia

55 -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.»
56 María se quedó con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa.

c) Momento de silencio orante

El silencio es una cualidad de quien sabe escuchar a Dios. Esfuérzate por crear en ti una atmósfera de paz y de silenciosa adoración. Si eres capaz de estar en silencio delante de Dios podrás escuchar su respiro que es Vida 

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

Bendita tú entre las mujeres

En la primera parte del evangelio de hoy resuenan las palabras de Isabel, “Bendita tú entre las mujeres”, precedidas por un movimiento espacial. María deja Nazaret, situada al norte de la Palestina, para dirigirse al sur, a casi ciento cincuenta kilómetros, a una localidad que la tradición identifica con la actual Ain Karen, poco lejana de Jerusalén.. El moverse físico muestra la sensibilidad interior de María, que no está cerrada para contemplar de modo privado e intimista el misterio de la divina maternidad que se encierra en ella, sino que es lanzada sobre el sendero de la caridad. Ella se mueve para llevar ayuda a su anciana prima. El dirigirse de María a Isabel es acentuado por el añadido “ de prisa” que San Ambrosio interpreta así: María se puso de prisa en camino hacia la montaña, no porque fuese incrédula a la profecía o incierta del anuncio o dudase de la prueba, sino porque estaba contenta de la promesa y deseosa de cumplir devotamente un servicio, con el ánimo que le venía del íntimo gozo…La gracia del Espíritu Santo no comporta lentitud”. El lector, sin embargo, sabe que el verdadero motivo del viaje no está indicado, pero se lo puede figurar a través de las informaciones tomadas del contexto. El ángel había comunicado a María la preñez de Isabel, ya en el sexto mes (cfr. v.37). Además el hecho de que ella se quedase tres meses (cfr. v.56), justo el tiempo que faltaba para nacer el niño, permite creer que María quería llevar ayuda a su prima. María corre y va a donde le llama la urgencia de una ayuda, de una necesidad, demostrando, así, una finísima sensibilidad y concreta disponibilidad. Junto con María, llevado en su seno, Jesús se mueve con la Madre. De aquí es fácil deducir el valor cristológico del episodio de la visita de María a la prima: la atención cae sobre todo en Jesús. A primera vista parecería una escena concentrada en las dos mujeres, en realidad, lo que importa para el evangelista es el prodigio presente en sus dos respectivas concepciones. La movilización de María, tiende , en el fondo, a que las dos mujeres se encuentren.

Apenas María entra en casa y saluda a Isabel, el pequeño Juan da un salto. Según algunos el salto no es comparable con el acomodarse del feto, experimentado por las mujeres que están encinta. Lucas usa un verbo griego particular que significa propiamente “saltar”. Queriendo interpretar el verbo, un poco más libremente, se le puede traducir por “danzar”, excluyendo así la acepción de un fenómeno sólo físico. Algunos piensan que esta “danza”, se pudiera considerar como una especie de “homenaje” que Juan rinde a Jesús, inaugurando, aunque todavía no nacido, aquel comportamiento de respeto y de subordinación que caracterizará toda su vida: “Después de mí viene uno que es más fuerte que yo y al cuál no soy digno de desatar las correas de sus sandalias” (Mc 1,7). Un día el mismo Juan testimoniará: “Quien tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo que está presente y lo escucha, salta de gozo a la voz del esposo, pues así este mi gozo es cumplido. Él debe crecer y yo por el contrario disminuir” (Jn 3,29-30). Así lo comenta san Ambrosio: “ Isabel oyó antes la voz, pero Juan percibió antes la gracia”. Una confirmación de esta interpretación la encontramos en las mismas palabras de Isabel que, tomando en el v. 44 el mismo verbo ya usado en el v. 41, precisa: “Ha saltado de gozo en mi seno” . Lucas, con estos detalles particulares, ha querido evocar el prodigio verificado en la intimidad de Nazaret. Sólo ahora, gracias al diálogo con una interlocutora, el misterio de la divina maternidad deja su secreto y su dimensión individual, para llegar a convertirse en un hecho conocido, objeto de aprecio y de alabanza. Las palabras de Isabel “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mí?” (vv. 42-43). Con una expresión semítica que equivale a un superlativo (“entre las mujeres”), el evangelista quiere atraer la atención del lector sobre la función de María: ser la “;Madre del Señor”. Y por tanto a ella se le reserva una bendición (“bendita tú”) y dichosa beatitud. ¿En qué consiste esta última? Expresa la adhesión de María a la voluntad divina. María no es sólo la destinataria de una diseño arcano que la hace bendita, sino persona que sabe aceptar y adherirse a la voluntad de Dios. María es una criatura que cree, porque se ha fiado de una palabra desnuda y que ella la ha revestido con un “sí” de amor. Ahora Isabel le reconoce este servicio de amor, identificándola “bendita como madre y dichosa como creyente”.

Mientras tanto, Juan percibe la presencia de su Señor y salta, expresando con este movimiento interior el gozo que brota de aquel contacto salvífico. De tal suceso se hará intérprete María en el canto del Magnificat.

b) Un canto de amor:

En este canto María se considera parte de los anawim, de los “pobres de Dios”, de aquéllos que ”temen a Dios”, poniendo en Él toda su confianza y esperanza y que en el plano humano no gozan de ningún derecho o prestigio. La espiritualidad de los anawinpuede ser sintetizada por las palabras del salmo 37,79: “Está delante de Dios en silencio y espera en Él”, porque “aquéllos que esperan en el Señor poseerán la tierra”.
En el Salmo 86,6, el orante, dirigiéndose a Dios, dice: “Da a tu siervo tu fuerza”: aquí el término “siervo” expresa el estar sometido, como también el sentimiento de pertenencia a Dios, de sentirse seguro junto a Él.
Los pobres, en el sentido estrictamente bíblico, son aquéllos que ponen en Dios una confianza incondicionada; por esto han de ser considerados como la parte mejor, cualitativa, del pueblo de Israel.
Los orgullosos, por el contrario, son los que ponen toda su confianza en sí mismos.
Ahora, según el Magnificat, los pobres tienen muchísimos motivos para alegrarse, porque Dios glorifica a los anawim (Sal 149,4) y desprecia a los orgullosos. Una imagen del N. T. que traduce muy bien el comportamiento del pobre del A. T. , es la del publicano que con humildad se golpea el pecho, mientras el fariseo complaciéndose de sus méritos se consuma en el orgullo (Lc 18,9-14). En definitiva María celebra todo lo que Dios ha obrado en ella y cuanto obra en el creyente. Gozo y gratitud caracterizan este himno de salvación, que reconoce grande a Dios, pero que también hace grande a quien lo canta.

c) Algunas preguntas para meditar:

– Mi oración ¿es ante todo expresión de un sentimiento o celebración y reconocimiento de la acción de Dios?
– Maria es presentada como la creyente en la Palabra del Señor. ¿Cuánto tiempo dedico a escuchar la Palabra de Dios?
– ¿Tu oración se alimenta de la Biblia, como ha hecho María? ¿O mejor me dedico al devocionismo que produce oraciones incoloras e insípidas? ¿Te convences que volver a la plegaria bíblica es seguridad de encontrar un alimento sólido, escogido por María misma?
– ¿Está en la lógica del Magnificat que exalta el gozo del dar, del perder para encontrar, del acoger, la felicidad de la gratuitidad, de la donación? 

3. ORATIO

a) Salmo 44 (45), 10-11; 12; 15b-16

El salmo, en esta segunda parte, glorifica a la reina. En la liturgia de hoy estos versículos son aplicados a María y celebran su belleza y grandeza.

Entre tus predilectas hay hijas de reyes,
la reina a tu derecha, con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira, presta oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna,
que prendado está el rey de tu belleza.
El es tu señor, ¡póstrate ante él!

La siguen las doncellas, sus amigas,
que avanzan entre risas y alborozo
al entrar en el palacio real.

b) Oración final:

La oración que sigue es una breve meditación sobre el papel materno de María en la vida del creyente: “María, mujer que sabe gozar, que sabe alegrarse, que se deja invadir por la plena consolación del Espíritu Santo, enséñanos a orar para que podamos también nosotros descubrir la fuente del gozo. En la casa de Isabel, tu prima, sintiéndote acogida y comprendida en tu íntimo secreto, prorrumpiste en un himno de alabanza del corazón, hablando de Dios, de ti en relación con Él y de la inaudita aventura ya comenzada de ser madre de Cristo y de todos nosotros, pueblo santo de Dios. Enséñanos a dar un ritmo de esperanza y gritos de gozos a nuestras plegarias, a veces estropeada por amargos lloros y mezcladas de tristeza casi obligatoriamente. El Evangelio nos habla de ti, María, y de Isabel; ambas custodiabais en el corazón algo, que no osabais o no queríais manifestar a nadie. Cada una de vosotras se sintió sin embargo comprendida por la otra en aquel día de la visitación y tuvisteis palabras y plegarias de fiesta. Vuestro encuentro se convirtió en liturgia de acción de gracias y de alabanza al Dios inefable. Tú, mujer del gozo profundo, cantaste el Magnificat, sobrecogida y asombrada por todo lo que el Señor estaba obrando en la humilde sierva. Maginificat es el grito, la explosión de gozo, que resuena dentro de cada uno de nosotros, cuando se siente comprendido y acogido.” 

4.CONTEMPLATIO

La Virgen María, templo del Espíritu Santo, ha acogido con fe la Palabra del Señor y se ha entregado completamente al poder del Amor. Por este motivo se ha convertido en imagen de la interioridad, o sea toda recogida bajo la mirada de Dios y abandonada a la potencia del Altísimo. María no habla de sí, para que todo en ella pueda hablar de las maravillas del Señor en su vida.

Dar gracias es muestra de sabiduría (Acciones de gracias)

En estas tres cosas se conocerá que tu boca está llena de abundancia de sabiduría: si confiesas de palabra tu propia iniquidad, si de tu boca sale la acción de gracias y la alabanza, y si de ella salen también palabras de edificación (San Bernardo, Sermón 15, sobre materias diversas).

Muchos son los cristianos que solo dan gracias a Dios cuando progresan en sus negocios. Salen de la cárcel y alaban a Dios; les sale bien un negocio y alaban a Dios; heredan una propiedad y alaban a Dios; pero, si sufren algún daño, blasfeman de Dios. ¿Qué hijo eres, que cuando el padre corrige, te molestas y entristeces? (San Agustín, Comentario a los Salmos, 48, 2, 9).

Comentario del 15 de agosto

Hoy celebramos la asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, que no es celebrar una acción de María, sino una acción de Dios sobre ella. María es la asumida por Dios, aquella sobre la que recae la acción del Todopoderoso, ése que ha hecho obras grandes en ella por medio de ella; y ésta, la de la asunción es la culminación de su obra en María. Antes, la había hecho inmaculada, desde el momento de su concepción, y madre-virgen, y dolorosa (al pie de la cruz) y corredentora (con su hijo, el Redentor). Ahora la hace, finalmente, asumida por su gloria (gloriosa) e incorporada plenamente a su vida divina.

Aquí termina la obra de Dios en ella. Nos fijamos, pues, en el aspecto conclusivo de esta obra de Dios en la vida de una mujer de nuestro linaje. Y lo hacemos apoyados en la autoridad de la Iglesia que se limitó a transformar en dogma de fe lo que ya formaba parte de la misma fe de la Iglesia desde los primeros tiempos. Lo que era fe de la Iglesia desde antiguo se revistió de la armadura del dogma en virtud de la autoridad de la misma Iglesia en cuestiones de fe.

Es la fe que proclama a María dichosa, no sólo porque le ofreció a su Creador el vientre y los pechos para parir y criar al Salvador, sino porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió, o permitió (una permisión que es colaboración) que se cumpliera en ella: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y así se hizo. Parió y crio a Jesús porque escuchó al Señor y se ofreció para ser su vientre y sus pechos. Y dichosa, finalmente, porque pudo ver cumplida esa palabra, sobre todo en el momento de la glorificación. Y la fe que proclama a María bienaventurada porque puede ver a Dios cara a cara es la fe en el poder de Dios capaz de vestir de incorrupción lo corruptible y de inmortalidad lo mortal, capaz de vencer a la muerte, absorbiéndola en su victoria.

En la asunción de María a los cielos se cumple esta promesa de victoria sobre la muerte, pues el cielo es incompatible con la muerte; y la llegada al cielo es el término de la realización del proyecto de Dios sobre el hombre que responde a su designio. Esto tiene carácter de paradigma en María, la mujer agraciada, la mujer creyente, la mujer obediente: la esclava del Señor. Por eso ella participa, la primera, de las primicias de esa cosecha de vida que inaugura la resurrección de Cristo. Él es la primicia, pero los cristianos, en cuanto incorporados a él, podremos participar de la gran cosecha de la vida que ha salido vencedora de la muerte. Y entre los cristianos, María ocupa un lugar de privilegio. Ella es también cristiana, pero agraciada con plenitud de gracia (la llena de gracia) y, por tanto, singular. Por eso, por ser tan singular en virtud de la misma acción divina, Dios se fijó en ella: puso su mirada en la pequeñez de su esclava; porque esto es lo primero que Dios ve en ella con complacencia: la fe de su fiel esclava. Dios se recrea, por tanto, en la belleza que Él mismo ha puesto en ella.

Y la mirada complaciente de Dios despertó en ella una mirada de correspondencia y complicidad: una mirada capaz de captar al mismo tiempo la grandeza y la misericordia de su Señor. Precisamente porque Dios es grande, lo más grande, puede ser también misericordioso, es decir, apiadarse de las miserias de los que somos pequeños. Una grandeza inmisericorde en realidad es pequeña, porque necesita de los inferiores para satisfacer sus deseos de dominio. Sólo las grandezas autosuficientes, es decir, que no necesitan de nadie, porque se bastan a sí mismas, pueden ser misericordiosas; las que necesitan de inferiores para encumbrarse o para tomar conciencia de su grandeza, no.

Pues así es Dios: grande, hasta no necesitar de nadie, y misericordioso a la vez. La mirada de María, como nos muestra el Magnificat, que ve en la grandeza de Dios magnanimidad, es la que ve la realidad de Dios, en la que no es posible separar grandeza y misericordia. Adoptemos, por tanto, su mirada y veremos las cosas tal como son, en su grandeza y su pequeñez, con su autonomía y su dependencia, con sus virtudes y sus carencias, con su pasado y sus posibilidades de futuro, con sus cadenas y sus ansias de libertad. También veremos con misericordia a los miserables de nuestro mundo, a los necesitados de misericordia, a esos hambrientos a los que el Señor colma de bienes y a esos ricos a quienes despide vacíos, a esos humildes a quienes Dios enaltece y a esos poderosos a quienes derriba de sus tronos; porque en todos ellos hay miserias y de todos tiene misericordia el Poderoso, el que ha hecho obras grandes en María y desea seguir haciéndolas en nosotros.

Porque el que asumió a la Virgen en cuerpo y alma a los cielos, tiene el mismo proyecto para nosotros. También a nosotros quiere llevarnos al cielo. Para eso murió y resucitó Cristo Jesús; y para eso marchó a la casa del Padre, para prepararnos una digna morada. Que esta fe nos mantenga en la brecha y esperanzados.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Los migrantes como paradigma de nuestro tiempo

91. ¿Cómo no recordar a tantos jóvenes afectados por las migraciones? Los fenómenos migratorios «no representan una emergencia transitoria, sino que son estructurales. Las migraciones pueden tener lugar dentro del mismo país o bien entre países distintos. La preocupación de la Iglesia atañe en particular a aquellos que huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución política o religiosa, de los desastres naturales –debidos entre otras cosas a los cambios climáticos– y de la pobreza extrema: muchos de ellos son jóvenes. En general, buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad»[44]. Los migrantes «nos recuerdan la condición originaria de la fe, o sea la de ser “forasteros y peregrinos en la tierra” (Hb 11,13)»[45].


[44] DF 25.

[45] Ibíd.

¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!

1.- FIELES A LA DOCTRINA. «En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad » (Jr 38, 4). El profeta proclama con audacia el mensaje que Dios ha puesto en sus labios. Son palabras que maldicen, que hieren. Palabras que anuncian la verdad, palabras que no sonaban bien a los oídos del pueblo, palabras que exigían fidelidad heroica a Dios, palabras que no admitían arreglos ni componendas. Por eso le atacan con audacia y con rabia, le acosan sin piedad, le acorralan como jauría de perros hambrientos. Le calumnian, mienten sin pudor. Intentan ahogar su voz, taparle la boca, reducirlo violentamente al silencio. Y casi llegan a conseguirlo.

Hoy también sucede lo mismo. Hay voces que caen mal, palabras que no se conforman con las tendencias hedonistas del momento. Profetas que hablan en nombre de Dios, que transmiten el mensaje divino hecho de renuncias a las malas inclinaciones, profetas que condenan con claridad y valentía la cómoda postura de los que quieren facilitar el áspero camino que conduce a la Vida, los que quieren ensanchar la estrecha senda que marcó Cristo con su vida y con sus palabras. Y también hoy se trata de tapar la boca al profeta, se intenta que sus palabras se pierdan en el silencio.

«Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas» (Jr 38, 6). En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Había sombras densas en el fondo de la cisterna, olor nauseabundo de aguas podridas, barro sucio y luctuoso que pringaba. El profeta está pagando el precio de su audacia, de su atrevimiento en decir la verdad de Dios sin paliativos ni tapujos. No importa la persecución, no importa el no caer bien, el desprecio o la sonrisa burlona. No importa el juicio desfavorable, el ser llamado con los peores apelativos del momento. El verdadero profeta es fiel hasta los peores extremos, hasta la renuncia más dura que darse pueda. Fidelidad a la doctrina católica. Fidelidad a lo que es depósito de la revelación divina, a ese conjunto de verdades que, partiendo del mismo Cristo, ha venido enseñando y defendiendo el Magisterio auténtico de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y Apostólica. Hay que afrontar con gallardía el momento difícil que atravesamos, hay que defender la verdad, la santa doctrina. Cueste lo que cueste, digan lo que digan, duela a quien duela.

2.- EL FUEGO DE DIOS. «He venido a prender fuego en el mundo…» (Lc 12, 49). En ocasiones se puede pensar que el Evangelio es un libro sin aristas, y que las palabras de Jesús fueron siempre suaves y dulces. Sin embargo, no es así. Muchas veces, más de las que creemos, el tono de las intervenciones de Cristo se carga de energía y poderío, las suyas son palabras ardientes y penetrantes, estridentes casi. Por eso pensar que el Evangelio es un libro irenista, o de consenso, es un error de grueso calibre. No, el Evangelio no contiene una doctrina acomodaticia ni fácil, no es tranquilizadora para el hombre, no es el opio del pueblo como decía uno de los santones del comunismo. En el pasaje de esta dominica oímos a Jesús que dice haber traído fuego a la tierra para incendiar al mundo entero. ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!, añade con fuerza. Sí, sus palabras son brasas incandescentes, fuego que devora y purifica, que enardece y enciende a los hombres que lo escuchan sin prejuicios, que ilumina las más oscuras sombras y calienta los rincones más fríos del alma humana. El Evangelio es, sin duda, una doctrina revolucionaria, la enseñanza más atrevida y audaz que jamás se haya predicado. La palabra de Cristo es la fuerza que puede transformar más hondamente al hombre, la energía más poderosa para hacer del mundo algo distinto y formidable.

Nuestro Señor Jesucristo ha prendido el fuego divino, ha iniciado un incendio de siglos, ha quemado de una forma u otra todas las páginas de la historia, desde su nacimiento hasta nuestros días, y hasta siempre, Es verdad que en ocasiones nosotros, los cristianos, ocultamos con nuestro egoísmo y comodidad, con nuestras pasiones y torpezas, la antorcha encendida que Él nos puso en las manos el día de nuestro bautismo. Pero el fuego sigue vivo y hay, gracias a Dios, quienes levantan con valentía el fuego de Dios, el fuego del amor y de la justicia, el fuego de la generosidad y el desinterés, el fuego de una vida casta y abnegada, el fuego de la verdad que no admite componendas. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz?, nos pregunta Jesús también a nosotros. Quizá tendríamos que responderle que sí, que pensamos que su mensaje es algo muy bello pero algo descabellado y teórico, un mensaje de amor mutuo que se reduce a buenas palabras, que es compatible con una vida aburguesada y comodona. Si eso pensamos, o si vivimos como si eso fuera el Evangelio, estamos totalmente equivocados, hemos convertido en una burda caricatura el rostro de Jesucristo, hemos apagado en lugar de avivarlo el fuego de Dios. Vamos a rectificar, vamos de nuevo a prender nuestros corazones y nuestros entendimientos en ese celo encendido, varonil y recio, que consumía el espíritu del Señor.

Antonio García Moreno

No he venido a traer paz, sino división

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres;

estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Lc 12, 49-53

 

Para reflexionar

• Escribe una situación de tu vida en la que te hayas metido en algún problema por el hecho de ser cristiano.

• ¿Cómo te has sentido? ¿Cuál ha sido la reacción de los demás ante lo que te ha pasado?

• Escribe un compromiso encaminado a seguir creciendo en vivir con naturalidad tu fe entre las personas que te rodean.

Oración

Jesús, ayúdame a vivir en paz con
los que me rodean.
Que busque la paz en mi familia,
poniendo buen humor, ganas de ayudar,
comprensión para mis papás,
y cariño para mis hermanos.
Que busque la paz en mi grupo de amigos,
evitando las peleas y discusiones,
renunciando a todo tipo de agresión,
ayudando a mejorar las relaciones,
aprendiendo a perdonar y a aceptar
el perdón de otros,
contagiendo alegría y ganas de
hacer cosas buenas.
Que busque la paz en todos los lugares
que me encuentre,
para ser como decía San Francisco de Asís,
un verdadero instrumento de paz.
¡Que así sea, Señor!

Nos falta la osadía de los Santos

Señor, danos la valentía
de los que se enamoraron de Ti,
de los que dieron su vida por tu causa,
de los que abrieron caminos nuevos para generar para todos
la vida en abundancia.

Danos la sabiduría de Teresa de Jesús,
para poder con las incomprensiones,
para luchar contra tradiciones,
costumbres y normas
que frenan el crecimiento y tu liberación.

Danos la frescura de Francisco de Asís,
para contemplarte en la hermana naturaleza
para gustar la belleza que nos envuelve,
para usar de las cosas pensando
en los demás.

Danos la profundidad de Ignacio de Loyola
para reflexionar sobre el peligro del poder,
las ataduras del prestigio y del quedar bien
y liberarnos del tener, que nos separa de Ti.

Danos la sencillez y el abandono
de San José,
que supo aceptar lo incomprensible,
que acogió a María sin entender del todo
y se fio de Ti hasta vivir la paternidad de tu Hijo.

Danos la sensibilidad de Teresa de Calcuta
que hizo suyo el dolor de los hermanos,
que inventó una «familia» para atenderles
que se atrevió a entregar a los pobres su vida entera.

Danos fuerza, Señor, para seguir tus pasos
para vivir como Tú y regalar nuestros días,
para entregarnos del todo, sin pasar factura
para vivir en Ti y para los tuyos
hasta el final.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XX de Tiempo Ordinario

• La primera frase de Jesús en este texto, “he venido a prender fuego en el mundo” (49), es dura. Quien la lee ya se da cuenta de que no debe tomarse en sentido literal. Pero cuando sigue leyendo y encuentra la afirmación de que “he venido a traer división” (51), las dudas empiezan a surgir. Y más cuando pone los ejemplos concretos (vv. 52ss).

• Sobre la primera afirmación, la del “fuego” (49), conviene recordar que, al empezar el camino hacia Jerusalén, ante las primeras dificultades, los discípulos tienen un pronto incendiario que Jesús apaga en seguida y les ayuda a mirar hacia delante (Lc 9,54-55).

• El “fuego” aquí representa el mensaje de Jesús, el Evangelio, la Buena Noticia, la Palabra profética que purifica y renueva la tierra: él os bautizará con Espíritu Santo y fuego(Lc 3,16). En la obra de Lucas, el“fuego” es una imagen del poder delEspíritu Santo (Hch 2,3).

• El “bautismo” (50) que Jesús espera es su muerte y resurrección, con la que ha de traer la salvación a la humanidad. En estos términos se habla también de ella en otras páginas de los Evangelios (Mc l0,38-39). Esta muerte seentiende como culminación de una vida de obediencia sin matices a la voluntad de Dios, que no quiere lamuerte de nadie sino la entrega total por amor. Jesús desea que la vida nueva sea ya un hecho para todos.

• Sobre la “división” (51), hay que decir que Jesús no predica la violencia, sino que anuncia la paz (Mt 5,9; Jn 14,27; 16,33). Pero Jesús es ocasión de que haya divisiones porque ante Él todos se posicionan. Y puede pasar que una persona que hace una opción radical por su seguimiento, es decir, por vivir según su Evangelio, se encuentre con que las demás personas de su entorno no la hagan, y ello provoque divisiones y enfrentamientos.

• La Palabra profética de Jesús —palabra y acción—, ciertamente, provoca transformaciones en la persona que la deja entrar en su vida. La carta a los Hebreos lo expresa muy bien: La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón (Heb 4,12).

• En esta página vemos al Jesús que se encuentra identificado con la experiencia de los profetas, es decir, la experiencia de ver que el anuncio del Reinado de Dios se convierte en denuncia de la injusticia, de todo lo que rompe con el Plan de Dios. De hecho, el versículo 53, donde anuncia divisiones en el seno de las familias, es una cita del profeta Miqueas (Mi 7,6).

• Por otro lado, en estas palabras de Miqueas, seguro que había miembros de la comunidad de Lucas que se sentían reconocidos. Son palabras, por tanto, que expresan experiencias vividas, tanto por Jesús (Mc 3,21) como por los discípulos, no son expresión de una consecuencia necesaria — ni, en absoluto, querida— del seguimiento de Jesús.

Comentario al evangelio – 15 de agosto

No sé cuántos pueblos y ciudades celebran hoy su fiesta patronal. En la mitad de este mes caluroso y vacacional, la fiesta de la Asunción de la Virgen María marca un hito lleno de evocaciones. La liturgia se empeña en proponernos el dogma de la Asunción, pero tengo la impresión de que el sentir popular se dirige directamente a la figura de la Madre, sin detenerse mucho en el significado y en las implicaciones de este dogma. Lo siento por los predicadores que se afanan por reconducir la nave a buen puerto.

En muchos lugares de España, a esta fiesta se la denomina, sin más, “la Virgen de Agosto”. Lo más frecuente es servirse de las múltiples advocaciones que se dan cita un día como hoy.

Lo mejor que se puede decir hoy está contenido en el evangelio. Este canto de María, el Magnificat, es como su testamento: lo que Ella nos diría como compendio de su experiencia de Dios y del hombre. No tiene desperdicio:

Dios es, sobre todo, fuente de alegría y de salvación: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Dios es amor sin límites: Su misericordia se derrama de generación en generación.

Dios da un vuelco a nuestro mundo organizado injustamente de más a menos: Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Así, y más, es el Dios de María. ¿Y el nuestro? Feliz fiesta a todos.