Vísperas – Santa María Virgen, Reina

VÍSPERAS

SANTA MARÍA VIRGEN, REINA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

María, pureza en vuelo,
Virgen de vírgenes, danos
la gracia de ser humanos
sin olvidarnos del cielo.

Enséñanos a vivir;
ayúdenos tu oración;
danos en la tentación
la gracia de resistir.

Honor a la Trinidad
por esta limpia victoria.
Y gloria por esta gloria
que alegra la cristiandad. Amén.

SALMO 143: ORACIÓN POR LA VICTORIA Y LA PAZ

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;
¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende;
toca los montes, y echarán humo;
fulmina el rayo y dispérsalos;
dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

SALMO 143

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.

Defiéndeme de la espada cruel,
sálvame de las manos de extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Sean nuestros hijos un plantío,
crecidos desde su adolescencia;
nuestras hijas sean columnas talladas,
estructura de un templo.

Que nuestros silos estén repletos
de frutos de toda especie;
que nuestros rebaños a millares
se multipliquen en las praderas,
y nuestros bueyes vengan cargados;
que no haya brechas ni aberturas,
ni alarma en nuestras plazas.

Dichoso el pueblo que esto tiene,
dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA: Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

R/ Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
V/ Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

R/ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
V/ El Señor está contigo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dichosa tú, Virgen María, que has creído lo que te ha dicho el Señor; reinas con Cristo para siempre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosa tú, Virgen María, que has creído lo que te ha dicho el Señor; reinas con Cristo para siempre.

PRECES
Proclamemos las grandezas de Dios Padre Todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo:

Que la llena de gracia interceda por nosotros.

Oh Dios, admirable siempre en tus obras, que has querido que la inmaculada Virgen María participara en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo,
— haz que todos tus hijos deseen esta misma gloria y caminen hacia ella.

Tú que nos diste a María por madre, concede, por su mediación, salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores,
— y a todos, abundancia de salud y paz.

Tú que hiciste de María la llena de gracia,
— concede la abundancia de tu gracia a todos los hombres.

Haz, Señor, que tu Iglesia tenga un solo corazón y una sola alma por el amor,
— y que todos los fieles perseveren unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar, con todos los santos, la felicidad de tu reino.

Todos juntos, en familia, repitamos las palabras que nos enseñó Jesús y oremos al Padre, diciendo
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 22 de agosto

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has preparado bienes inefables para los que te aman; infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio de Mateo 22,1-14

Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: `Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.’ Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se enojó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: `La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.’ Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. «Cuando entró el rey a ver a los comensales vio allí uno que no tenía traje de boda; le dice: `Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’ Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: `Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.’ Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy narra la parábola del banquete que se encuentra en Mateo y en Lucas, pero con diferencias significativas, procedentes de la perspectiva de cada evangelista. El trasfondo, sin embargo, que llevó a los dos evangelistas a conservar esta parábola es el mismo. En las comunidades de los primeros cristianos, tanto de Mateo como de Lucas, seguía bien vivo el problema de la convivencia entre judíos convertidos y paganos convertidos. Los judíos tenían normas antiguas que les impedían comer con los paganos. Después de haber entrado en la comunidad cristiana, muchos judíos mantuvieron la costumbre antigua de no sentarse en la mesa con un pagano. Así, Pedro tuvo conflictos en la comunidad de Jerusalén, por haber entrado en casa de Cornelio, un pagano y haber comido con él (Hec 11,3). Este mismo problema, sin embargo, era vivido de forma diferente en las comunidades de Lucas y en las de Mateo. En las comunidades de Lucas, a pesar de las diferencias de raza, clase y género, tenían un gran ideal de compartir y de comunión (Hec 2,42; 4,32; 5,12). Por esto, en el evangelio de Lucas (Lc 14,15-24), la parábola insiste en la invitación dirigida a todos. El dueño de la fiesta, indignado con la desistencia de los primeros invitados, manda a llamar a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los mancos para que participen en el banquete. Con todo, sobran sitios. Entonces, el dueño de la fiesta manda invitar a todo el mundo, hasta que se llene la casa. En el evangelio de Mateo, la primera parte de la parábola (Mt 22,1-10) tiene el mismo objetivo de Lucas. Llega a decir que el dueño de la fiesta manda entrar a “buenos y malos” (Mt 22,10). Pero al final añade otra parábola (Mt 22,11-14) sobre el traje de la fiesta, que insiste en lo que es específico de los judíos, a saber, la necesidad de pureza para poder comparecer ante Dios.
• Mateo 22,1-2: El banquete para todos. Algunos manuscritos dicen que la parábola fue contada para los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. Esta afirmación puede así servir como llave de lectura, pues ayuda a comprender algunos puntos extraños que aparecen en la historia que Jesús cuenta. La parábola empieza así: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir”. Esta afirmación inicial evoca la esperanza más profunda: el deseo de la gente de estar con Dios para siempre. Varias veces en los evangelios se alude a esta esperanza, sugiriendo que Jesús, el hijo del Rey, es el novio que viene a preparar la boda (Mc 2,19; Apc 21,2; 19,9).
• Mateo 22,3-6: Los invitados no quisieron venir. El rey hizo unas invitaciones muy insistentes, pero los invitados no quisieron ir. “Se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron”. En Lucas, son los cometidos de la vida cotidiana que impiden aceptar la invitación. El primero le dijo: `He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.’ Y otro dijo: `He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.’ Otro dijo: `Me acabo de casar, y por eso no puedo ir.” (cf. Lc 14,18-20). Dentro de las normas y las costumbres de la época, aquellas personas tenían el derecho, y hasta el deber, de no aceptar la invitación que se les hacía (cf Dt 20,5-7).
• Mateo 22,7: Una guerra incomprensible. La reacción del rey ante el rechazo, sorprende. “Se enojó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad”. ¿Cómo entender esta reacción tan violenta? La parábola fue contada para los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 22,1), los responsables de la nación. Muchas veces, Jesús les había hablado sobre la necesidad de conversión. Llegó a llorar sobre la ciudad de Jerusalén y a decir: «Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: “¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.» (Lc 14,41-44). La reacción violenta del rey en la parábola se refiere probablemente a lo que aconteció de hecho según la previsión de Jesús. Cuarenta años después, fue destruida (Lc 19,41-44; 21,6;).
• Mateo 22,8-10: La invitación permanece en pie. Por tercera vez, el rey invita a la gente. Dice a los empleados: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.’ Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.“ Los malos que eran excluidos como impuros de la participación en el culto de los judíos, ahora son invitados, específicamente, por el rey para participar en la fiesta. En el contexto de la época, los malos eran los paganos. Ellos también son convidados para participar en la fiesta de la boda.
• Mateo 22,11-14: El traje de fiesta. Estos versos cuentan como el rey entró en la sala de fiesta y vio a alguien sin el traje de fiesta. El rey preguntó: ‘Amigo, come fue que has entrado aquí sin traje de boda?’ Él se quedó callado. La historia cuenta que el hombre fue atado y echado a las tinieblas. Y concluye: “Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.” Algunos estudiosos piensan que aquí se trata de una segunda parábola que fue añadida para ablandar la impresión que queda de la primera parábola donde se dice que “malos y buenos” entraron para la fiesta (Mt 22,10). Lo mismo, admitiendo que ya no es la observancia de la ley que nos trae la salvación, sino la fe en el amor gratuito de Dios, esto en nada disminuye la necesidad de la pureza de corazón como condición para poder comparecer ante Dios.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son las personas que normalmente son invitadas a nuestras fiestas? ¿Por qué? ¿Cuáles son las personas que no son invitadas a nuestras fiestas? ¿Por qué?
• ¿Cuáles son los motivos que hoy limitan la participación de muchas personas en la sociedad y en la iglesia? ¿Cuáles son los motivos que ciertas personas alegan para excluirse del deber de participar en la comunidad? ¿Son motivos justos?

5) Oración final

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mi interior un espíritu firme;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu. (Sal 51,12-13)

Gratitud, con obras, para con los padres (Acciones de gracias)

Honra a tu padre y a tu madre. Este honor se les hace no sólo por el respeto, sino también por la asistencia: Porque es un honor reconocer sus beneficios. Alimenta a tu padre, alimenta a tu madre; que aunque así lo hagas no habrás pagado los trabajos y los dolores que tu madre ha padecido por ti. Le debes lo que tienes a tu padre, y a tu madre lo que eres. (San Ambrosio, en Catena Aurea, vol. VI, p. 310).

El resto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. «Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?» (Si 7, 27-28). (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2215).

Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de otros maestros o amigos. «Evoco el recuerdo […] de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti» (2Tim 1, 5). (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2220).

Comentario del 22 de agosto

Jesús se presenta como el que ha venido a instaurar el Reino de los cielos de parte del Padre. Por eso no es extraño que hable tanto y de tan diversos modos de esta realidad, y que lo haga en parábolas: El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. De nuevo el Rey, y al mismo tiempo Padre. Tampoco falta el Hijo. En este reino se celebrarán unos desposorios. Habrá, por tanto, celebración; pero no hay celebración sin celebrantes o invitados. Y no hay celebrantes sin motivos que celebrar. Aquí el motivo es la boda misma. Pero para sentir este motivo como propio hay que compartir la alegría de los contrayentes o del que invita a la boda.

Pues bien, para que los invitados se sientan realmente invitados, se cursarán invitaciones personales que podrán ser aceptadas o rechazadas, o excusadas. La parábola habla de quienes excusan la asistencia porque tienen otros intereses (tierras y negocios) que les tienen ocupados o les sirven de excusa para no asistir. La invitación será rechazada por muchos de los invitados; pero este mismo rechazo les hará indignos del Reino: no se lo merecen porque lo han menospreciado o porque han apreciado más sus tierras y sus negocios. Pero como el banquete preparado no puede quedar vacío de invitados, porque entonces no habría banquete ni celebración, la invitación se hará extensiva a otros muchos: a todos los que encuentren en los cruces de los caminos.

Este carácter «masivo» de la invitación no significa que los invitados puedan presentarse de cualquier manera (sin condiciones) en la boda. Han de ir vestidos con traje de fiesta. Sólo así podrán participar del banquete. De lo contrario, serán expulsados o excluidos, puesto que la celebración requiere de un hábito celebrativo, el hábito de la virtud y la alegría.

En aquellos primeros invitados podemos ver al pueblo de Israel (judíos), cuyo rechazo atrajo la bendición y la salvación para los gentiles, universalizando la llamada a la salvación. Nosotros somos históricamente de esos a quienes se hizo extensiva la invitación a participar de las Bodas del Hijo. Pero ya invitados, y después de haber respondido afirmativamente a la invitación, revistiéndonos de Cristo en nuestro bautismo con ese traje de fiesta que hemos de conservar blanco (en su estado bautismal) para el banquete, también nosotros podemos despreciar o menospreciar el bien que se nos ofrece atraídos por otros bienes que podríamos designar como nuestras tierras y nuestros negocios, o ni siquiera estos, sino nuestras diversiones o pasatiempos.

En cualquier caso, en el rechazo de la invitación siempre hay un menosprecio de lo que Dios nos ofrece (misa, palabra, catequesis, espacios y tiempos para la oración, experiencia del Reino) y un sobreprecio de lo que nosotros nos proporcionamos (bienes materiales, lujos, comodidades, placeres, dinero, etc.). Pero rechazar la invitación divina a celebrar la presencia de su Hijo en medio de nosotros, compartiendo con él su palabra, gustando su perdón, alimentándonos de su Cuerpo, gozándonos con su amistad…, es menospreciar lo que nos llega con él, es despreciar la salvación que nos llega con su palabra, con su perdón, con su amistad, con su vida. Y el que esto hace no podrá decir nunca con el profeta: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. Pero ¿cómo poder gozarnos con su salvación si no la celebramos?, ¿y cómo podremos celebrarla si no aceptamos su invitación a participar en esta celebración?

La celebración por excelencia de nuestra fe cristiana es la misa dominical. Por eso es tan importante acoger esta invitación que nos hace Jesús (haced esto en memoria mía) por medio de su Iglesia. Pero también es importante que nos presentemos en el banquete debidamente equipados con el traje de fiesta, que equivale fundamentalmente a nuestra disposición como invitados: disposición para celebrar, para compartir, para comulgar, para escuchar, para responder a los compromisos de la fe o a las consecuencias de nuestra amistad con Jesucristo o de nuestra filiación divina. Sólo esta disposición interior nos preparará para participar definitivamente en el banquete del Reino de los cielos. Sólo revestidos de Cristo, de sus actitudes y sentimientos, podremos compartir con él su vida gloriosa o recibir con él la herencia prometida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

98. «Existen diversos tipos de abuso: de poder, económico, de conciencia, sexual. Es evidente la necesidad de desarraigar las formas de ejercicio de la autoridad en las que se injertan y de contrarrestar la falta de responsabilidad y transparencia con la que se gestionan muchos de los casos. El deseo de dominio, la falta de diálogo y de transparencia, las formas de doble vida, el vacío espiritual, así como las fragilidades psicológicas son el terreno en el que prospera la corrupción»[53]. El clericalismo es una permanente tentación de los sacerdotes, que interpretan «el ministerio recibido como un poder que hay que ejercer más que como un servicio gratuito y generoso que ofrecer; y esto nos lleva a creer que pertenecemos a un grupo que tiene todas las respuestas y no necesita ya escuchar ni aprender nada»[54]. Sin dudas un espíritu clericalista expone a las personas consagradas a perder el respeto por el valor sagrado e inalienable de cada persona y de su libertad.


[53] DF 30.

[54] Discurso a la primera Congregación general de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (3 octubre 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (5 octubre 2018), p. 10.

Vivir la humildad

Durante estos domingos estamos escuchando en la palabra de Dios algunas actitudes que son propias del cristiano. Este domingo escuchamos una nueva actitud: entrar por la puerta estrecha. Por esta puerta entrarán gentes de todas las naciones. Pero para poder entrar al reino de Dios es necesario vivir la humildad, dejar atrás el pecado y la iniquidad. Dios nos ayuda a ello con la corrección, que, aunque duele, es el camino seguro para entrar por la puerta estrecha.

1. La puerta estrecha. “Salir por la puerta grande” es una expresión castellana, tomada del mundo taurino. Para este mundo, el que triunfa sale por la puerta grande, es aclamado y aplaudido. De hecho, todos deseamos, por naturaleza, pasar por la puerta grande. Es más cómoda, da más satisfacción personal, y sobre todo nos llena el corazón de orgullo y de grandeza. Pero resulta que, para entrar en el reino de Dios, la puerta de entrada es pequeña. Esta puerta pequeña, estrecha, angosta, no es apetecible a primera vista, no es atrayente. Por ella nadie nos ve, ni nos aplauden, ni nos dan honores ni premios. En el Evangelio nos explica Jesús qué significa entrar por la puerta estrecha, y lo explica con una parábola: la de aquellos que querían entrar en la casa, pero el amo ha cerrado ya la puerta, y cuando éstos llaman desde fuera el amo responde que no los conoce. Ante la incomprensión de éstos, que han comido y bebido con él, que le han escuchado predicar en sus plazas, el amo replicará llamándoles malvados. Y es que no basta con estar cerca de Jesús, con comer con Él y beber, con escucharle. Es necesario apartar de nosotros la maldad, vivir la humildad. La puerta estrecha es la de aquellos que dejan de pensar en sí mismo para pensar más en los demás, de aquellos que no hacen las cosas para ser los primeros y los más importantes, sino que se quedan atrás con tal de servir y de amar a todos.

2. Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. A continuación, después de explicar qué es la puerta estrecha, Jesús advierte que vendrán muchos, de todos los lugares del mundo, de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, que sí pasarán al reino de Dios y se sentarán a la mesa, con los patriarcas y los profetas. Ya lo había anunciado el profeta Isaías, como escuchamos en la primera lectura. Éstos son aquellos que están siendo despreciados, que no cuentan, incluso que son excluidos de la salvación por aquellos que llaman a la puerta pensando que están salvados. Éstos son los humildes, los sencillos, los últimos. Pues como dice el mismo Jesús: “Hay muchos últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. No importa entonces el lugar del que uno procede, la nación, la raza o la cultura. Aquello que importa para Dios es la humildad y la bondad, que son las llaves que abren la puerta estrecha que da acceso al reino de los Cielos. Los que aquí en la tierra quieren ser primeros, serán últimos, mientras que los más despreciados, los últimos, los que no cuentan, serán primeros en el reino de Dios.

3. El Señor corrige a los que ama. Y sin duda hay un camino para la humildad y para la sencillez que requiere la puerta estrecha, y es el camino de la obediencia a Dios. El autor de la Carta a los Hebreos ya nos advierte en la segunda lectura que Dios nos corrige, pero que no debemos rechazar la corrección de Dios, pues Él corrige a quien ama. Es muy bueno escuchar la palabra de Dios que nos denuncia, que nos llama la atención, y dejarse corregir por ella. Del mismo modo que al árbol sano hay que podarlo para que dé más fruto, así también Dios corrige a quien ama, para que dé más fruto. La humildad viene por la humillación, nos dice el papa Francisco en uno de los últimos puntos de la Gaudete et exultate. Y así Dios nos reprende y nos lleva por el buen camino, para que lleguemos a entrar por la puerta estrecha. Del mismo modo que un padre corrige a su hijo y le reprende porque desea su bien, así también el Señor nos corrige, porque nos ama y porque desea nuestro bien. Y si al principio la corrección nos duele, porque nos duele, después nos da como fruto una vida honrada y en paz, como nos dice la Carta a los Hebreos.

La puerta estrecha es la única entrada al reino de Dios. Y esa puerta es la cruz, es darse a los demás por amor, como hizo Jesús por nosotros. En la Eucaristía celebramos este misterio de amor. No seríamos coherentes si celebramos este misterio y recibimos la Comunión, pero después buscamos la honra, el aplauso y hacer nuestra voluntad. Como Cristo, escojamos también nosotros el camino de la cruz, la puerta estrecha, la de la entrega, el amor y la humildad. Así llegaremos al reino de Dios, que ya comenzamos a vivir en la celebración de esta Eucaristía.

Francisco Javier Colomina Campos

Vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa en el Reino

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: – «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»
Jesús les dijo: – «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “¡Señor, ábrenos!”; y él os replicará: “¡No sé quiénes sois!”
Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.”
Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

Lucas 13, 22-30

Para meditar

Muchas veces estamos preocupados de salvarnos nosotros, de que las cosas nos salgan bien a cada uno de nosotros, pero no nos preocupamos mucho por los demás.

Jesús nos dice que si nos queremos salvar, que si queremos ser sus seguidores, debemos preocuparnos por los demás, estar atentos a lo que necesitan los demás. Y es que la salvación de la que habla Jesús no es una salvación egoísta, para mí mismo, es una salvación de todos, por eso debemos estar atentos a lo que les sucede a todas las personas.

Para hacer vida el evangelio

  • Cuenta una situación de tu vida en la que hayas ayudado a alguien en un problema que ha tenido.
  • ¿Por qué has ayudado a esa persona? ¿Cómo te sentiste? ¿Cómo se ha sentido la persona a la que has ayudado?
  • Escribe un compromiso sencillo para ayudar esta semana a una persona que te necesita.

Oración

Gracias, Señor Jesús,
por tantos testimonios de personas
que por seguirte han sido capaces
de renunciar a tantas cosas.
Gracias por la entrega absoluta
de muchas personas
a tu causa, a la causa del Reino.
Perdón, Señor Jesús,
porque a veces queremos nadar
y guardar la ropa.
Perdón porque ante las dificultades
claudicamos
o no las asumimos con entereza,
con alegría.
Ayúdanos a seguirte siempre.

Tú, Señor, no te andas con mediocridades

Tú, Señor, nos llamas a seguirte personalmente,
no te vale una respuesta mediocre…
Tú quieres un sí valiente,

que abarque toda nuestra existencia.

Tú no te conformas con que nos llamemos cristianos.
Tú no quieres que llenemos nuestra vida de ritos.
Tú nos llamas a vivir el amor como Tú,
a plantearnos la existencia
como una entrega, una ofrenda, una fiesta,
una familia y una comunión continua.

Tú quieres que seamos gente abierta,
que no está anclada en viejas normas
sino que va dando las respuestas adecuadas
a lo que necesita el ser humano en el momento.

Tú eres Señor de todos los tiempos,
conoces a la mujer que sufre en este siglo
al consumo que nos arrastra con su engaño
al ocio fácil que nos divierte y vacía el alma
a nuestra sociedad del bienestar
que llena la cuneta de hermanos pobres,
a nuestros proyectos de trabajo
que ocupan nuestra vida, dejándonos vacíos
posponiendo la vida familiar y la propia.

Tú conoces todas nuestras realidades
y nuestras profundidades y sentimientos,
mucho mejor aún que nosotros mismos,
por eso ofreces como respuesta

tu Evangelio,
esa forma de vivir que libera, transforma
y crea familia y reino, solidaridad

y fraternidad.

Por eso no podemos vivir en la mediocridad
que inventa nuevos caminos de libertad,
que hace otra oferta de felicidad
que nada tiene que ver con el puesto de trabajo

sino con lo que uno se regala
a los hermanos
y cómo vive en el amor y en la justicia.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXI de Tiempo Ordinario

• La pregunta (23) que le hacen a Jesús plantea, aparentemente, una cuestión seria, una cuestión religiosa típica:¿quién se salva? Pero la respuesta de Jesús (24-30), que manifiesta un contexto polémico, nos indica que quizá no se trata de la pregunta por el sentido de la vida. Más bien quizá se trata de una preocupación sectaria. Es decir, sería la pregunta de un grupo que pretende ser de los perfectos, de los puros. Y a éstos les gusta escuchar que son los buenos comparándose con los que, según ellos, no lo son.

• La respuesta de Jesús puede ser una manifestación más de las discusiones que tuvo con los representantes religiosos de los judíos, el pueblo que no aceptó el ofrecimiento salvador de Dios. Pero cuando lo leían los primeros cristianos, para los que escribía Lucas, o cuando ahora lo leemos nosotros, se dirige también a los cristianos, no vaya a ser que, después de haber acogido esta salvación universal, no actuásemos en consecuencia y nos cerrásemos.

• La petición “Señor, ábrenos”, y la respuesta “No sé quiénes sois” (25), nos recuerda otras dos enseñanzas de Jesús que hallamos en el Evangelio según Mateo: Mt 7,21 -27 y Mt 25,1-13. En los tres lugares se insiste en el “Nunca os he conocido” (Mt 7,23), o “no os conozco” (Mt 25,12), o “no sé quiénes sois” (27). Y es que la “puerta” (24) no se abre en función de palabras, de méritos o de influencias —“hemos comido y bebido contigo” (26)-. Sólo se halla abierta si la propia vida de quien quiere entrar ha consistido en abrir las puertas a los demás, sean quienes fueren, y éste es un camino no siempre fácil, a menudo“estrecho” (24). A éstos, Dios los conoce“sabe quiénes son” (27).

* “El llanto y rechinar de dientes” (28) es una imagen bíblica que expresa la indignación de los malvados ante la felicidad de los justos.

* La encontramos a menudo en el Evangelio según Mateo (Mt 8,12; 13,42.50; 22,13; 24,51; 25,30).

• La “mesa en el Reino de Dios” (29) vuelve a aparecer en boca de Jesús, en el Evangelio de Lucas, en el contexto de la Pasión, en la Última Cena: os digo que ya no la comerá más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios(Lc 22,16). Pero también forma parte de una Bienaventuranza que dice uno que come con Jesús: ¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios! (Lc 14,15). A esta manifestación de alegría, que podría ser la propia de cualquier persona que viva gozosamente la celebración de la Eucaristía, Jesús responde con la parábola de los invitados al banquete (Lc 14,16-24), indicando que aun- que hay muchos invitados —de hecho, todo el mundo—, sólo los pobres, lisiados ciegos y cojos (Lc 14,21) acogen como el mejor regalo el Reino de Dios tal como la presenta Jesús. La parábola remarca especialmente que los que han rechazado la invitación quedarán excluidos: ninguno de aquellos convidados probará mi banquete (Lc 14,24). Y se refiere, especialmente, a los jefes religiosos de Israel: hay “primeros que serán últimos” (30)

Comentario al evangelio – 22 de agosto

La liturgia nos ofrece a mitad de semana un bello respiro. No se trata de un recuerdo con gran relevancia litúrgica; la Iglesia no ha hecho de él fiesta ni solemnidad, pero sí nos acerca a algo singularmente hermoso: María, la madre de Cristo -el Rey-, es también Reina y participa de la soberanía de su Hijo, el Resucitado, sobre todo lo creado. La María Asunta que hemos celebrado hace una semana es también “reina de cielos y tierra”. Como recuerda hoy el Martirologio, madre del Príncipe de la Paz, madre de la misericordia.

Es probable que muchas comunidades interrumpan en este día la lectura continua de la Palabra para evocar el misterio de la Anunciación. Quien lea el texto de Mateo recordará a los invitados a la boda que encontraron excusa para no presentarse. María hizo un camino de fe, y fue también sorprendida por la voz del Padre en sus encrucijadas. Tuvo muy fácil haber tomado el rumbo de la excusa, de la objeción, pero aceptó participar con una intensidad insuperable de la cruz de su hijo.

En estas semanas se recuerda a menudo a quienes peregrinan, por ejemplo, hacia Santiago de Compostela. Quien camina cansado o despacio ve con singular cariño y gratitud al compañero de aventura que una vez que ha llegado a su destino vuelve hacia atrás para aligerar la carga de los demás. En esas personas, especialmente samaritanas, he visto muchas veces a María. Ella, llegada al final del camino, vuelve sin cesar para aligerar y acompañar el nuestro. Ella, la Reina, ha comprendido muy bien el sentido del servicio. Por eso la Iglesia la proclama “la discípula más perfecta de su Hijo”. Buen espejo para mirarse; buena escuela para aprender.

¡Gracias, María, Reina, por seguir haciendo camino con nosotros!