Vísperas – Viernes XX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XX DE TIEMPO ORDINARIO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Cantadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

 

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

 

SALMO 144

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

 

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

 

LECTURA: Rm 8, 1-2

Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

R/ Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
V/ Para conducirnos a Dios.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

 

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal
— por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofrece el pecado y aplaca la penitencia,
— aparta de nosotros el azote de tu ira, merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
— no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
— abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

 

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:
Padre nuestro…

 

ORACION

Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como hostia viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 23 de agosto

Tiempo Ordinario  

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, que has preparado bienes inefables para los que te aman; infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 22,34-40
Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» 

3) Reflexión

• El texto se ilumina. Jesús se encuentra en Jerusalén, precisamente en el Templo, donde se inicia un debate entre él y sus adversarios, sumos sacerdotes y escribas (20,28; 21,15), entre los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (21,23) y entre los sumos sacerdotes y los fariseos (21,45). El punto de controversia del debate es: la identidad de Jesús o del hijo de David, el origen de su identidad, y por tanto, la cuestión acerca del reino de Dios. El evangelista presenta esta trama de debates con una secuencia de controversias de ritmo creciente: el tributo a pagar al Cesar (22,15-22), la resurrección de los muertos (22,23-33), el mandamiento más grande (22,34-40), el mesías, hijo y Señor de David (22,41-46). Los protagonistas de las tres primeras discusiones son exponentes del judaísmo oficial que intentan poner en dificultad a Jesús en cuestiones cruciales. Estas disputas son planteadas a Jesús en calidad de “Maestro” (rabbí), título que manifiesta al lector la comprensión que los interlocutores tienen de Jesús. Pero Jesús aprovecha la ocasión para conducirlos a plantearse una cuestión aún más crucial: la toma de posición definitiva sobre su identidad (22,41-46).

• El mandamiento más grande. Siguiendo los pasos de los saduceos que les han precedido, los fariseos plantean de nuevo a Jesús una de las cuestiones más candentes: el mandamiento más grande. Puesto que los rabinos siempre evidenciaban la multiplicidad de las prescripciones (248 mandamientos), plantean a Jesús la cuestión de cuál es el mandamiento fundamental, aunque los mismos rabinos habían inventado una verdadera casuística para reducirlos lo más posible: David cuenta once (Sal 15,2-5), Isaías 6 seis (Is 33,15), Miqueas tres (Mi 6,8), Amós dos (Am 5,4) y Abacuc sólo uno (Ab 2,4). Pero en la intención de los fariseos, la cuestión va más allá de la pura casuística, pues se trata de la misma existencia de las prescripciones. Jesús, al contestar, ata juntos el amor de Dios y el amor del prójimo, hasta fusionarlos en uno solo, pero sin renunciar a dar la prioridad al primero, al cual subordina estrechamente el segundo. Es más, todas las prescripciones de la ley, llegaban a 613, están en relación con este único mandamiento: toda la ley encuentra su significado y fundamento en el mandamiento del amor. Jesús lleva a cabo un proceso de simplificación de todos los preceptos de la ley: el que pone en práctica el único mandamiento del amor no sólo está en sintonía con la ley, sino también con los profetas (v.40). Sin embargo, la novedad de la respuesta no está tanto en el contenido material como en su realización: el amor a Dios y al prójimo hallan su propio contexto y solidez definitiva en Jesús. Hay que decir que el amor a Dios y al prójimo, mostrado y realizado de cualquier modo en su persona, pone al hombre en una situación de amor ante Dios y ante los demás. El doble único mandamiento, el amor a Dios y al prójimo, se convierte en columnas de soporte, no sólo de las Escrituras, sino también de la vida del cristiano. 

4) Para la reflexión personal

• El amor a Dios y al prójimo ¿es para ti sólo un vago sentimiento, una emoción, un movimiento pasajero, o es una realidad que invade toda tu persona: corazón, voluntad, inteligencia y trato humano?
• Tú has sido creado para amar. ¿Eres consciente de que tu realización consiste en amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Este amor ha de verificarse en la caridad hacia los hermanos y en sus situaciones existenciales. ¿Vives esto en la práctica diaria? 

5) Oración final

¡Den gracias a Yahvé por su amor,
por sus prodigios en favor de los hombres!
Pues calmó la garganta sedienta,
y a los hambrientos colmó de bienes. (Sal 107,8-9)

Comentario del 23 de agosto

De nuevo los fariseos se acercan a Jesús con una pregunta para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Principal puede significar primero en el orden estimativo o principio de los demás. La pregunta parece dirigida a declarar el mandamiento que tiene más peso o el que sustenta como fundamento todos los demás: el mandamiento al que tendrían que prestar más atención. Jesús podía haber respondido: Todos son mandamientos de Dios para los hombres; por tanto, todos son importantes; todos merecen consideración.

Pero Jesús, en su respuesta, señala una principalidad. Y lo hace con dos textos de la Ley: Dt 6, 5: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser (éste es el primero) y Lv 19, 18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (éste es el segundo). Ya no es un mandamiento, sino dos; uno, el amor a Dios, es primero, y otro, el amor al prójimo, es segundo. Pero el segundo es semejante al primero. Tales mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.

Cualquier rabino habría calificado la respuesta de Jesús como excelente. Pero lo novedoso de la respuesta no era afirmar que el mandamiento principal y primero era el amor a Dios con todo el corazón -no hay actitud más noble y valiosa que el amor y no hay destinatario más excelso que Dios-, sino poner al mismo nivel el que era catalogado como segundo, el amor al prójimo como a uno mismo, hasta el punto de hacer de ellos uno solo, pues de ellos juntos, no por separado, penden la Ley entera y los Profetas.

Luego ¿qué es más importante: amar a Dios o amar al prójimo? La respuesta de Jesús es: amar a Dios y al prójimo. Aquí no hay alternativa; la copulativa no separa, une lo que es distinto: Dios y el prójimo. ¿Cómo vamos a amar a Dios a quien no vemos –dice san Juan-, si no amamos al prójimo a quien vemos? El amor a Dios está mucho más expuesto al autoengaño (uno puede amarse a sí mismo creyendo amar a Dios) que el amor al prójimo que, por ser visible y estar enfrente o al lado, exige quizá una mayor concreción y reciprocidad.

Pero también es verdad lo otro: ¿Cómo vamos a amar al prójimo a quien vemos con frecuencia con tantos defectos y carencias, tan poco agraciado, tan poco amable, si no amamos a Dios, a quien no vemos, pero al que concebimos como el supremamente amable, el ser perfecto, la suma Bondad? La perfección de Dios resulta tan atrayente al que la percibe que no puede dejar de admirarlo, y su bondad tan grande que no puede dejar de amarlo.

Pero amar es más que decir «te amo», incluso más que sentir «amor». Amar no es simplemente cosa de palabras o de sentimientos; es también y sobre todo cosa de la voluntad. Amar es un verbo en activa que reclama acción continuada en beneficio de las personas a quienes amamos. Amar al forastero es no oprimirle ni vejarle; amar a viudas y huérfanos es no explotarlos, más aún, acogerlos y socorrerlos; amar a otros como a nosotros mismos es hacer por ellos lo que haríamos por nosotros mismos o lo que queremos que los demás hicieran por nosotros.

Amar a Dios es madrugar trasnochar por Él, es trabajar por Él y estar dispuestos a sufrir por Él todo tipo de vejaciones, humillaciones, rechazos, injurias, incomprensiones, es ayunar por Él y estar dispuestos a perder nuestro tiempo con Él, es hacer por Él lo que nos pida, aunque sea dejarle momentáneamente a Él para dedicarnos a lo que Él nos pide en ese momento, tal vez realizar una tarea que forma parte de nuestras obligaciones habituales o cuidar a un enfermo. Amar a Dios es estar dispuestos a dar la vida por Él (nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos), y con la vida todo: quizá que renunciemos a un lugar, a una persona o a unos bienes, o que dediquemos nuestra vida, tiempo y recursos a los demás.

Amar a Dios, en definitiva, es estar dispuestos a hacer lo que Él nos pide que hagamos por amor. Y Él nos pide (está entre sus mandamientos) que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Amar a Dios, en buena lógica, es entonces amar al prójimo, porque obrando así estamos cumpliendo su expresa voluntad. ¿Qué es, pues, más importante: amar a Dios o al prójimo? Sin duda, amar a Dios cuya voluntad es que amemos al prójimo, incluso al que se nos presenta menos amable. No hay, por consiguiente, posibilidad de separar lo que Dios ha unido: el amor a Dios y al prójimo, pues en el prójimo estaremos amando a ese Dios que reclama nuestro amor al prójimo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

99. Junto con los Padres sinodales, quiero expresar con cariño y reconocimiento mi «gratitud hacia quienes han tenido la valentía de denunciar el mal sufrido: ayudan a la Iglesia a tomar conciencia de lo sucedido y de la necesidad de reaccionar con decisión»[55]. Pero también merece un especial reconocimiento «el empeño sincero de innumerables laicos, sacerdotes, consagrados y obispos que cada día se entregan con honestidad y dedicación al servicio de los jóvenes. Su obra es un gran bosque que crece sin hacer ruido. También muchos de los jóvenes presentes en el Sínodo han manifestado gratitud por aquellos que los acompañaron y han resaltado la gran necesidad de figuras de referencia»[56].


[55] DF 31.

[56] Ibíd.

Dios quiere que todos los hombres se salven

1. Tenemos que desterrar, de una vez por todas, la tentación exclusivista: pensar y creer que Dios sólo puede salvar a los que pertenecen a un determinado pueblo, o a una determinada religión. El pueblo de Israel creyó durante muchos siglos que él era el único pueblo elegido y amado por Dios. El reino de Dios se establecería en Jerusalén y hacia Jerusalén deberían mirar todos los pueblos y caminar hacia ella en busca de la salvación de Dios. Siglos después fuimos los cristianos los que creímos y predicamos que fuera de la iglesia de Cristo no podía alcanzarse la salvación. El que no era bautizado en la Iglesia de Cristo estaba irremisiblemente condenado. Lo mismo pensaron, algunos siglos después de los cristianos, los musulmanes, llamando infieles y dignos de condenación a los que no quisieran seguir las enseñanzas del profeta Mahoma. Los hombres siempre hemos querido poner límites y fronteras religiosas y espaciales a la infinita misericordia de Dios. Ya va siendo hora de que dejemos a Dios ser Dios, un Dios Padre de todos y amante enloquecido de todos sus hijos. Ninguno de nosotros merecemos por nuestros propios méritos la salvación de Dios. Pero Cristo murió no sólo por los judíos, ni sólo por los cristianos, sino para conseguir la salvación de todo el género humano. Nuestro mérito, nuestra colaboración, consistirá en dejarnos salvar por Dios, en no poner trabas a la universal voluntad salvífica de Dios. Dios quiere que todos los hombres se salven, sin distinción de raza, sexo, lengua o lugar.

2. Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor. La corrección del Señor puede llegarnos a través de la voz de la conciencia, o a través de personas que nos quieren y buscan nuestro bien, o a través de una enfermedad, o de otra desgracia o acontecimiento cualquiera. Muchos de los sufrimientos y dificultades que son consecuencia directa de nuestro equivocado proceder podemos entenderlos y aceptarlos como corrección de Dios. También los sufrimientos y dificultades que nos exige siempre el cumplimiento de nuestro deber podemos entenderlo como algo que Dios pone en nuestro camino para purificarnos. El dolor aceptado y ofrecido a Dios como expiación por nuestros pecados podemos entenderlo igualmente como corrección amorosa de Dios. No aceptar la corrección de Dios es rebelarse contra Dios, es no aceptar que Dios es Dios en todos los momentos de nuestra vida, en los tiempos buenos y en los tiempos peores. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que si aceptamos la corrección de Dios tendremos como fruto una vida honrada y en paz.

3. Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Este relato evangélico del evangelista Lucas es, todo él, un alegato muy duro contra los judíos que pensaban que el hecho de que Jesús fuera paisano suyo era motivo suficiente para que el Señor les admitiera en su reino. Jesús les dice que no les conoce y que “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Los últimos, los que vendrán de oriente y occidente, serán los primeros, mientras que los primeros, los judíos, serán los últimos. Dios no regala su salvación a los que sean de un determinado pueblo o religión, sino a aquellos “que se hayan esforzado en entrar por la puerta estrecha”. La salvación es siempre un regalo de Dios, pero Dios sólo regalará su salvación a los que se esfuercen por conseguirla. Somos libres para aceptar o no aceptar la salvación de Dios, pero aceptar la salvación de Dios supone el estar siempre dispuestos a dejarnos guiar por la voluntad de Dios.

Gabriel González del Estal

La misa del Domingo: misa con niños

1. MONICIÓN DE ENTRADA

A todos, en algún momento de nuestra vida, nos seduce el hacernos los importantes, el que nos consideren, el ser tenidos en cuenta. En cambio, el Señor, hoy nos dice que la humildad es el camino más indicado para llegar hasta Él. O dicho de otra manera, con la humildad, se nos abrirán de par en par las puertas del cielo. Sed bienvenidos a esta celebración y que, el Señor, nos ayude a ver en la pequeñez la grandeza y el secreto para vivir en Él y con Él.

Iniciamos esta celebración.

2. PENITENCIAL

2.1. Por querer aparentar lo que no somos ni tenemos. Señor ten piedad.

2.2. Por pensar que, en la riqueza, está la felicidad. Cristo ten piedad

2.3. Por despreciar a los débiles, a los pobres, a los que no cuentan. Señor ten piedad

3. MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos hablan de la humildad, de la bondad. El Señor nos dice que, la puerta pequeña, la pequeñez, la sencillez y la humildad, son condiciones necesarias para ser buenos seguidores suyos. Escuchemos con atención la Palabra de Dios.

4. PETICIONES

4.1. Por todos los que sirven a la Iglesia. Para que lo hagan desde el servicio y la generosidad. Roguemos al Señor.

4.2 Por todos los que amasan riquezas y no recuerdan a los que viven en la pobreza. Roguemos al Señor.

4.3. Por todos los que trabajan para sí mismos y no piensan en los demás. Roguemos al Señor.

4.4. Por los que nos hemos reunido hoy en esta iglesia. Para que el Señor nos haga grandes siendo pequeños. Roguemos al Señor

5. OFRENDAS

5.1. Con estas vitaminas queremos representar el secreto de Jesús de Nazaret: sólo podemos crecer espiritualmente si tomamos las vitaminas de la humildad, de la generosidad y de la confianza en Dios.

5.2. Con esta puerta queremos representar en este domingo, las actitudes con las que nos hemos de acercar al Señor: respeto, obediencia, oración, humildad y súplica.

5.3. Con el pan y el vino traemos en nuestras manos los deseos de todos los creyentes de vivir en comunión con el Señor.

6. ORACIÓN FINAL

ABREME LA PUERTA, SEÑOR
Que la llave sea la humildad
Que la madera, sea mi confianza
Que la cerradura, sea la caridad
Que los clavos, sean mi afán de superación

ABREME, LA PUERTA, SEÑOR
Para que pueda vivir contigo
Para que pueda ver a Dios
Para que pueda contemplar al Espíritu
Para que pueda alegrarme con María
Para que descanse de mis trabajos

Dale la vuelta (Oración)

DALE LA VUELTA

Hola Jesús. ¡Qué suerte! Otro rato que nos invitas a estar contigo. A abrir nuestra mente y enseñarnos a sentir de maneras diferentes. Para la oración de hoy, si puedes, prepara un papel y lapicero, sino tendrás que afinar la imaginación.

Las cosas no funcionan como a veces nos creemos. En todos los sitios oímos o vemos lo importante que es triunfar, conseguir riquezas, dominar el cuerpo, tener el mejor coche, la casa más grande, el teléfono más nuevo, el último videojuego, la ropa de más calidad…

Cierra los ojos. Hoy vas a ver a través de los de Jesús. Hoy vas a dar la vuelta a la realidad.

La lectura es una adaptación del evangelio de Lucas (Lc 13, 22-30):

Jesús iba por distintos pueblos y lugares explicando el mensaje de Dios. Uno se le acercó y le preguntó: «Señor, ¿cuántos llegarán al cielo?»

Jesús les dijo: «Mirad, no es fácil vivir el evangelio. El camino de Dios es como llegar a un banquete. Pero el lugar tiene una puerta pequeña, y hay que hacer un esfuerzo para entrar por ella. Para entrar por la puerta pequeña, hay que hacerse pequeño. Mucha gente solo quiere grandeza. Se van haciendo tan grandes, a base de ambición, riquezas, maldad o mentiras, que cuando quieren entrar por la puerta, no caben por ella. Vosotros tenéis que haceros pequeños.
Si no, un día querréis entrar a donde esté yo. Y me diréis: ‘Soy muy amigo tuyo’. Pero, si no es verdad, la puerta seguirá cerrada.

Aunque también os digo. Hay mucha gente buena y pequeña en todo el mundo. En Oriente y Occidente. En el Norte y en el Sur. Todos esos se sentarán en mi banquete. Muchos que hoy son los últimos, serán los primeros. Y muchos que hoy son los primeros serán los últimos».

Hacerse pequeño? Pero… ¿no me toca ahora crecer? No se trata de hacerse pequeño de tamaño. Se trata de seguir siendo sencillo. ¿Y cómo podemos hacernos pequeños? La canción que vas a escuchar habla de lo que nos hace seguir siendo pequeños y nos lleva a querer ser grandes.

Siempre hay un pequeño
cerca del que se hace grande
siempre el grande se hace grande
porque cerca hay un pequeño

Siempre hay uno débil
cerca del que se hace fuerte
siempre el fuerte se hace fuerte
porque cerca hay uno débil
 

Siempre habrá quien siempre quede el último
a no ser que tú lo quieras ver al revés
dale la vuelta al orden la vuelta
dale la vuelta, dale la vuelta…

Siempre hay uno pobre
cerca del que se hace rico
siempre el rico se hace rico
porque cerca hay uno pobre

Siempre habrá quien siempre quede el último
a no ser que tú lo quieras ver al revés
dale la vuelta al orden la vuelta
dale la vuelta, dale la vuelta…

Ahora tu papel. Divide la hoja en dos partes. En la primera mitad dibuja una sola persona muy grande. En la otra mitad, muchas personas pequeñas. Y en el medio de las dos una puerta pequeña.

Ahora, junto a la persona grande, escribe todo lo que hace que las personas se queden solas. Lo que oigas ahora y lo que se te ocurra a ti.

Para hacernos grandes hay que tener más y más, sin pensar en las consecuencias. Ser egoísta y fijarse más en lo negativo que en lo positivo.

Junto a las personas pequeñas escribe cosas que nos unen a los demás. Pues mira, no es difícil. Para seguir siendo pequeña, Jesús me invita a ser sencilla. A ver las cosas buenas de la vida y de la gente. A no ambicionar lo que no es de uno, a seguir soñando, a vivir aventuras. A seguir descubriendo todo lo bueno que hay en el mundo.

No tengáis prisa en ser grandes. Jesús nos quiere pequeños, sencillos, como niños. Así podremos entrar por esa puerta chiquita y comer con otros muchos.

Repite al final de cada estrofa: dale la vuelta

Me dijeron…

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie se aprovecha de otros,
todos miran por los niños,
nadie se encuentra solo.

Me dijeron que en el Reino del Revés
los abuelos son felices jugando con sus nietos,
todo el mundo les pregunta cuando no saben qué hacer.

Me dijeron que en el Reino del Revés
no hay cárceles ni hospicios,
todo el mundo es querido.

Me dijeron que el Reino del Revés,
es el Reino de Dios, es el banquete de Jesús.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Comentario al evangelio – 23 de agosto

Algunas personas, probablemente con buena voluntad, acostumbran a preguntar a los niños si quieren más a papá o a mamá, al abuelo o a la abuela. Dejando de lado esa buena intención se trata de una práctica que nunca he entendido. Me parece que hace escaso bien a los niños y que a no pocos incluso les perjudica. ¿Qué sentido tiene enfrentar a los pequeños a ese tipo de disyuntivas?

Mi comentario viene a cuenta del evangelio que hoy escuchamos. También tengo la impresión de que con demasiada frecuencia los cristianos, incluso los más ‘cultivados’, contraponemos realidades que en el plan de Dios van de la mano y las presentamos como si unas excluyeran a las otras. Eso nos pasa con binomios como gracia y esfuerzo, acción y contemplación, dedicación a lo espiritual e implicación en las cosas de cada día, inserción local y catolicidad, estudio y compromisos concretos, e incluso (y este es el caso que hoy la Palabra nos plantea) amor al Señor y amor al prójimo.

El texto evangélico ya nos advierte de que esta vez a Jesús se le cuestionó con la intención de ponerle a prueba. De todos modos la pregunta puede ser también bien intencionada: ¿cuál es el mandamiento principal?, ¿qué hay que poner por delante? Pero la palabra y el ejemplo de Jesús son bien claros: el amor al Señor y el amor a los hermanos (a sus hijos) van de la mano. Más aún, el segundo -sobre todo en lo que concierne a los más pequeños- es el mejor termómetro del primero.

Gracias a Dios no nos han faltado testigos de esa unidad: hombres y mujeres que han vivido con una enorme intensidad ambos amores, que en realidad son uno solo. Como Iglesia celebramos hoy a Rosa de Lima, un referente singular para toda América Latina y el Caribe al tiempo que ejemplo e intercesora para todos, una de las mejores aportaciones de las tantas que la familia dominicana y las mujeres han hecho a la historia de la Iglesia. Pidamos, por su intercesión, vivir cada vez más ambos amores y no disociarlos en el discurrir de cada día.

Rosa de Lima, ¡intercede por nosotros!