I Vísperas – Domingo XXI de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria», dice el Señor.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 24 de agosto

Tiempo Ordinario  

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor.

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Juan 1,45-51
Al día siguiente, Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.» Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» Le dice Felipe: «Ven y lo verás.» Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?» Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.» Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

3) Reflexión

• Jesús volvió para Galilea. Encontró a Felipe y le llamó: ¡Sígueme! El objetivo del llamado es siempre el mismo:»seguir a Jesús” Los primeros cristianos insistieron en conservar los nombres de los primeros discípulos. De algunos conservaron hasta los apellidos y el nombre del lugar de origen. Felipe, Andrés y Pedro eran de Betsaida (Jn 1,44). Natanael era de Caná (Jn 22,2). Hoy, muchos olvidan los nombres de las personas que están en el origen de su comunidad. Recordar los nombres es una forma de conservar la identidad.
• Felipe encuentra Natanael y habla con él sobre Jesús: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret». Jesús es aquel hacia quien apuntaba toda la historia del Antiguo Testamento.
• Natanael pregunta: «Pero, ¿puede salir algo bueno de Nazaret?” Posiblemente en su pregunta emerge la rivalidad que acostumbraba existir entre las pequeñas aldeas de una misma región: Caná y Nazaret. Además de esto, según la enseñanza oficial de los escribas, el Mesías vendría de Belén en Judea. No podía venir de Nazaret en Galilea (Jn 7,41-42). Andrés da la misma respuesta que Jesús había dado a los otros dos discípulos: “¡Ven y verá!» No es imponiendo sino viendo que las personas se convencen. De nuevo, ¡el mismo proceso: encontrar, experimentar, compartir, testimoniar, llevar a Jesús!
• Jesús ve a Natanael y dice: «¡Ahí viene un verdadero israelita, sin falsedad!» Y afirma que ya le conocía, cuando estaba debajo de la higuera. ¿Cómo es que Natanael podía ser un «auténtico israelita” si no aceptaba a Jesús como Mesías? Natanael «estaba debajo de la higuera». La higuera era el símbolo de Israel (cf. Mi 4,4; Zc 3,10; 1Re 5,5). Israelita auténtico es aquel que sabe deshacerse de sus propias ideas cuando percibe que no concuerdan con el proyecto de Dios. El israelita que no está dispuesto a esta conversión non es ni auténtico, ni honesto. El esperaba al Mesías según la enseñanza oficial de la época (Jn 7,41-42.52). Por esto, inicialmente, no aceptaba a un mesías venido de Nazaret. Pero el encuentro con Jesús le ayudó a percibir que el proyecto de Dios no siempre es como la gente se lo imagina o desea que sea. El reconoce su engaño, cambia idea, acepta a Jesús como mesías y confiesa: «¡Maestro, tu eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel!» La confesión de Natanael no es que el comienzo. Quien será fiel, verá el cielo abierto y los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del Hombre. Experimentará que Jesús es la nueva alianza entre Dios y nosotros, los seres humanos. Es la realización del sueño de Jacob (Gén 28,10-22).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuál es el título de Jesús que más te gusta? ¿Por qué?
• ¿Tuviste intermediario entre tú y Jesús?  

5) Oración final

Yahvé es justo cuando actúa,
amoroso en todas sus obras. (Sal 145,17)

Estad preparados

1.- Si bien la misión primordial del profeta es advertir en el lenguaje de su tiempo las exigencias de la Ley, observar la realidad y comparándola con los requerimientos de Dios, denunciar las injusticias o los errores que se cometen, también debe, con sus enseñanzas, orientar al pueblo, encauzar su conducta hacia el futuro. Futuro temporal, que deberá realizarse en la historia, y el futuro eterno.

2.- Pero no siempre se trata de denunciar, en ciertas ocasiones, en momentos de desaliento o de desgracia, un deber suyo será animarlo, moverlo a la esperanza. Isaías es lo que pretende hoy con el fragmento que nos ofrece la liturgia de la misa de este domingo. Los países lejanos que nombra son los que lo eran en aquel tiempo, no podía mencionar ni América ni Japón, evidentemente. Nosotros, mis queridos jóvenes lectores, que hoy le escuchamos, podemos aplicar los buenos anuncios, a la Iglesia, el Nuevo Israel.

3.- La segunda lectura, el texto de la carta a los Hebreos, molestará a algunos. Habla de castigo y hoy frecuentemente se rehúsa. Uno que ha pasado estrecheces e injusticias y hasta hambre, cuando se hace adulto y se casa, no quiere que su prole pase por las mismas penas y dificultades que él pasó y con facilidad otorga todos sus mimos y responde a cualquier capricho que se le pida. Y resulta que se hacen mayores y los resultados de una tal educación, no son lo que esperaban y se sienten defraudados.

4.- En el terreno religioso, algunos quisieran que su confianza en Dios les otorgase todos su caprichos. Recuerdo ahora a este respecto, un párrafo de Saint-Exupery. Cito de memoria y desconozco su ubicación en las diferentes obras que escribió este autor, que he leído casi todas.

“Señor, te dije, cuando acabe mi oración, haz que aquel cuervo de enfrente emprenda el vuelo, así sabré que me has escuchado. Terminé mi rezo y miré, el cuervo no se había movido de la rama. Pero entonces no me afligí, me di cuenta que si hubiera volado, yo ahora estaría triste, pues pensaría que mi dios, en el que yo creo, es un dios inferior, obedece mis humanos caprichos”.

5.- En el texto evangélico de hoy, el Señor aterriza. No se anda por las ramas, no pretende que los suyos, nosotros incluidos, seamos sabios eruditos. Muchos hoy leen y discuten para ver quien inventa una teoría más chocante, a quien se le ocurre algo cuyo titular suene a lo más contrario que se ha dicho hasta ahora, a lo inverso que ha escuchado. Y hablan y hablan con atractivos discursos y la gente queda pasmada y después ellos al final quedan satisfechos.

En el juicio o en nuestro examen cotidiano de conciencia, no se trata de averiguar las teorías que uno ha expuesto. En el juicio, en el de Dios y en el que nosotros nos sometamos a nosotros mismos, debemos examinarnos de Amor y Bien.

6.- ¿A qué se refiere el titulo? Sinceramente lo he escogido porque son palabras textuales del Señor (Lc 12,40) y es el lema del movimiento scout al que he pertenecido y pertenezco. Y también añado: “Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la Palabra de Dios y, considerando el final de su vida, imitad su fe”. (Hb 13,7)

Pedrojose Ynaraja

Comentario del 24 de agosto

El relato de san Juan nos refiere uno de esos encuentros de Jesús de los que tanto abunda el evangelio. Se trata del encuentro con Natanael, un israelita de verdad. Son encuentros propiciados por los contactos de unos y de otros y las invitaciones a conocer lo desconocido, pero no por eso inesperado. El intermediario de este encuentro es Felipe. Él es quien pone en contacto a Natanael con Jesús, y lo hace ofreciéndole su propio testimonio. No invoca otro argumento que su propia experiencia personal en el seguimiento de Jesús: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas –le dice Felipe a Natanael- lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret.

Se trata de un personaje anunciado y, por tanto, esperable. De él habían hablado personas de palabra muy autorizada como Moisés y los profetas. Pues con ese personaje que estuvo en boca de profetas se ha encontrado él junto con otros. Su nombre es Jesús, hijo de José y vecino de Nazaret. Las señas con las que Felipe identifica al anunciado le hacen reaccionar de inmediato a Natanael con la sinceridad que le caracteriza: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Galilea es tierra de gentiles y Nazaret una localidad de Galilea. Natanael no piensa que de Nazaret pueda salir ningún profeta estimable. Ante la réplica de su interlocutor Felipe se limita a decir: Ven y verás. Ven, tú mismo podrás comprobar por propia experiencia la valía del personaje; tú mismo podrás desengañarte.

Es una invitación a dejar atrás prejuicios y a formarse por contacto directo su propia opinión del nazareno. Cuando Jesús le ve acercarse le dedica palabras elogiosas que denotan una alta estima del mismo: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Así es descrito Natanael por Jesús, como una persona íntegra y cabal. El así retratado se queda perplejo, pero no sin palabras: ¿De qué me conoces? ¿Quién te ha informado de mí para hacer semejante afirmación? Y Jesús le ofrece una pequeña indicación espacial para hacerle ver que sabe de él mucho más de lo que supone: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

Aquella simple indicación que revelaba dotes adivinatorias o una visión de más largo alcance, le desarmó, derrumbándose todas sus precauciones y prevenciones. La reacción de Natanael nos parece incluso excesiva: una confesión de fe similar a la de san Pedro en el camino de Cesarea, un testimonio que no brota de la carne y de la sangre, sino de la inspiración divina: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Al mismo Jesús le parece desproporcionada la reacción de Natanael: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.

Demasiado poco para tanta fe; pero tendrá ocasión de ver cosas mucho más grandes, que contribuirán al sostenimiento de su fe. Aunque lo que se ve no es objeto de fe, la fe parece necesitar el apoyo del ver. Por lo que vemos, llegamos a creer en lo que no vemos. Jesús anuncia visiones que nos abrirán a la fe: Veréis –dice- el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Ver el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando es una visión de fe o una visión extraordinaria a semejanza de las visiones místicas en que la visión y la fe prácticamente se identifican: uno acaba viendo aquello en lo que cree, porque tanto el cielo como los ángeles son de ordinario invisibles, aunque pueden hacerse visibles en un momento de elevación o de éxtasis.

Aquel encuentro supuso en la vida de Natanael un hito y un cambio de rumbo de consecuencias duraderas. El encuentro pasó a ser relación discipular, y la relación le transformó en apóstol y en mártir. De ser un israelita de verdad se convirtió en un apóstol de Jesucristo de verdad. Siendo de verdad se encontró con la Verdad de la que se convirtió en testigo. ¡Ojalá que a nosotros nos suceda o nos haya sucedido algo parecido!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

100. Gracias a Dios los sacerdotes que cayeron en estos horribles crímenes no son la mayoría, que sostiene un ministerio fiel y generoso. A los jóvenes les pido que se dejen estimular por esta mayoría. En todo caso, cuando vean un sacerdote en riesgo, porque ha perdido el gozo de su ministerio, porque busca compensaciones afectivas o está equivocando el rumbo, atrévanse a recordarle su compromiso con Dios y con su pueblo, anúncienle ustedes el Evangelio y aliéntenlo a mantenerse en la buena senda. Así ustedes prestarán una invalorable ayuda en algo fundamental: la prevención que permita evitar que se repitan estas atrocidades. Esta nube negra se convierte también en un desafío para los jóvenes que aman a Jesucristo y a su Iglesia, porque pueden aportar mucho en esta herida si ponen en juego su capacidad de renovar, de reclamar, de exigir coherencia y testimonio, de volver a soñar y de reinventar.

La salvación de todos

1. – El padecimiento del Hombre Dios en la cruz fue de tal dimensión que bien puede decirse que todos los pecados del género humano fueron saldados en ese momento. Los méritos de Jesús son infinitos, pero para que un hombre o una mujer se salven deben quererlo. La libertad humana es otro don de Dios que llega por semejanza con la mismísima divinidad y dicha libertad otorga, por un lado, un enorme merecimiento al hecho que querer salvarse y hacer lo posible para conseguirlo. Pero también la total posibilidad de oponerse al efecto liberador de la cercanía de Cristo y optar por otro camino.

2.- Por todo esto son totalmente compatibles la misericordia de Dios y su justicia. Es conveniente decir, además, esto en el presente Año de la Misericordia. Y esta diatriba que, a veces, ha ocupado muchas horas en las discusiones de los teólogos, toma otra dimensión sin tenemos en cuenta con todo su valor la realidad de la libertad individual humana. Es verdad que en magnitudes «operativas» será siempre mucho más grande la misericordia de Dios que la libertad de un hombre, pero está ultima es irreductible si el ser humano lo desea así.

3.- La acción de Dios no es un narcótico. Todos hemos de aceptarla conscientemente. De ahí que el mensaje de Cristo –que se refleja en el pasaje evangélico de este 21 Domingo del Tiempo Ordinario— adquiera forma de exhortación para modificar nuestras conductas. El camino de perfección no consiste en levitar a treinta centímetros del suelo. Se trata de un análisis permanente de nuestras actitudes en función de elegir la «puerta estrecha» que significa: la entrega a los demás, una austeridad en nuestra vida que no embote los sentidos para saber con exactitud qué es lo que tenemos que hacer y, sobre todo, un continuo esfuerzo por tener presencia de Dios.

4. – Hay gentes que han elegido consecuentemente la «puerta ancha«. Y no lo niegan. Saben que están en una dirección que no responde a lo que algo en su interior les ha pedido. Algunos llegan a tener la clarividencia –por supuesto negativa— de que están enfrentados a Dios. Pero la mayoría de quienes traspasan el vado amplio andan engañados. El poder del Maligno se basa en el engaño. San Ignacio de Loyola que ha sido quien mejor ha comprendido el mundo interior del creyente recomendaba siempre realizar oraciones de discernimiento para pedir a Dios que la elección fuera la adecuada. El engaño del «enemigo de natura humana» como «sub angelo lucis» –bajo el aspecto de ángel de luz— es muy frecuente. La pirámide del engaño a veces es enorme y mantiene un entramado bien tejido de engaños para mantener al pecador enredado. No suele haber –como decíamos— aceptaciones objetivas del mal. En su mayoría son pertinaces engaños. Y ahí es donde actúa la misericordia de Dios de manera más eficaz. Hay que abrir los ojos del engañado y ponerle en situación de comprender su error.

5. – Por otro lado, en su contenido de valoración histórica el fragmento de San Lucas que leemos hoy tiene un contenido de advertencia específica a los judíos contemporáneos de Jesús. El Maestro les está indicando que pueden perder la primogenitura de pueblo elegido por Dios y que otros van a alcanzar dicha posición. La rebeldía –libertad colectiva—de los paisanos contemporáneos de Jesús, impidiendo la redención pacifica, trajo dicho apartamiento y la posibilidad de que otras gentes pasaran a formar parte del pueblo elegido. Es posible que en la psicología precisa de Jesús preocupase ese factor de manera muy importante. Él se había encarnado en el seno del pueblo elegido y para salvarlo. No iba a ser así. Sin embargo, dicho comportamiento le preocupa, y mucho.

6. – La conclusión útil para este día es que somos libres para elegir el camino que queramos. Dios nos ayudará con gracias suficientes para seguir el camino que conduce a la puerta adecuada, pero nuestra libertad es insoslayable y nuestra responsabilidad también. El esfuerzo personal para nuestra salvación existe y está ahí. Para obtener –incluso para desear— el regalo de la Gracia hemos de querer obtenerlo como una opción libre de nuestra condición humana. Pero, además, deberíamos -continuamente- dirigir nuestra oración a ese magnífico planteamiento, que, además, es un alto ideal: ¡Qué todos los hombre se salven!

Ángel Gómez Escorial

¿Nos importa si seremos muchos?

Jesús no apuntaba tanto hacia la cantidad cuanto a la calidad de los llamados. ¿Qué hay que hacer para alcanzar la salvación? Su mensaje es un mensaje universal (no para un grupo determinado) y es excluyente para aquellos que practiquen la injusticia.

1. ¿Nos preocupa la salvación? ¿Nos preocupa a los cristianos contemporáneos saber si nos salvaremos o no?

-Hemos predicado durante tanto tiempo el amor ilimitado de Dios que prácticamente hemos llegado a la falsa conclusión que, aquí, todo el mundo entrará por la puerta grande del cielo (aunque haya sido un ladrón) porque la misericordia de Dios puede sobre todo y con todo

-Hemos incidido tanto en la justicia social (compromiso activo en favor del mundo y de sus nobles causas) que hemos inclinado la balanza a una especie de “ONG” que nos procura la salvación sistemática. Y, el Papa Francisco en el inicio de su pontificado, nos advertía que la Iglesia, desde luego, no es ninguna ONG. Que responde a otros fundamentos más elevados y sobrenaturales.

¿Quién de nosotros no oye con cierta frecuencia aquello de “lo importante es no hacer mal a nadie”?

Será bonito trabajar en pro de la justicia, del bienestar, y del progreso de los pueblos. Pero, para eso, no hace falta ser cristiano; con ser un buen ciudadano bastaría.

La novedad de un cristiano estriba en que precisamente, una vez descubierto a Jesús como el mejor tesoro, es urgido y empujado a sembrar el bien arrastrado e interpelado por la presencia de Dios en su vida (no movido por meros afanes sociales).

2. ¿Serán pocos o muchos los que se salven? Estoy convencido de que en el mundo existen cientos de miles de personas que coinciden con los esquemas y las líneas trazadas por Jesús para el establecimiento de su reino. Pero, de igual manera, también estoy persuadido de que hay otras tantas personas que intentan silenciar lo genuino del evangelio (el amor que Dios nos tiene) a costa de potenciar simplemente y funcionar con unos parámetros de valores éticos o humanos. Hoy se nos prepara para vivir en soledad. Hoy, se nos quiere hacer entender y hasta convencer irracionalmente, que el hombre está sólo. No quiero ni pensar en las consecuencias trágicas que le espera un ser humano desprovisto de la compañía de Dios.

El Evangelio siempre será una fuente o un manantial de los más elementales y óptimos valores a los que el mundo puede aspirar. Pero para eso… no vino precisamente Jesucristo.

-Vino para recordarnos que hay un Dios que nos ama con locura y que espera que en nuestros caminos le dejemos caminar junto a nosotros.

-Vino para hacernos saber que Dios perdona faltas y pecados, limitaciones y fragilidades pero que –por si lo hemos olvidado- también da a cada uno lo suyo por su única y magnánima justicia.

-Vino para recordarnos que, si somos hijos de Dios, somos hermanos y que por lo tanto estamos llamados a dar el callo a favor de la justicia y de la atención a los más necesitados.

-Vino, en definitiva, a darnos una palabra de aliento y de esperanza, de salvación y de optimismo que se sostiene en la seguridad de que hay un Dios que trasciende y deja pequeños nuestros pobres e interesados planteamientos.

3.- ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Tal vez, hoy y aquí, es el momento de clarificar conceptos. El hombre no se salva por sus obras ni Dios es tan bueno como para llegar a ser “tonto”. La cuestión es saber si en el centro de todo lo que hacemos, decimos, pensamos y construimos… vamos poniendo a Dios o nos vamos pregonando a nosotros mismos.

4.- UNA BONITA FÁBULA SOBRE LA “ORACIÓN”

“La brisa y el abrigo”

En cierta ocasión hicieron una apuesta el agua, el viento y la brisa. El juego consistía en comprobar quién era el más hábil para que, un señor que caminaba todos los días por una calle, se quitara su valioso abrigo.

El viento, impetuoso, contestó: ¡yo seré quien lo consiga! Cogió fuerza y sopló sobre aquel señor que se paseaba con su flamante abrigo. Éste, al sentir el aire, agarró fuertemente con sus manos el abrigo para que no se lo llevara aquella corriente traicionera.

Al día siguiente le tocó el turno al agua. Pensó; si descargo con furia sobre este señor, no le quedará otro remedio que desprenderse del abrigo si no quiere estropearlo. Y así fue. Comenzó a llover con intensidad. Pero, el señor del abrigo sacó un paraguas de un bolsillo y además logró cobijarse en unos porches a tiempo.

No muchos días después, entre sonrisas y burlas, le tocó el turno a la brisa. Ésta era humilde, constante en aquello que se proponía y no solía maltratar a nadie. Cuando se dio cuenta de que, aquel señor, pasaba por la calle… comenzó a ser lo que siempre quiso ser: suave brisa con un poco de calor. El señor al sentir la presencia de una brisa tan agradable se dijo: “qué bien se va por esta calle”. Y se quitó el valioso abrigo.

Así es la oración que quiere Jesús. Confiada y suave. Constante y persistente. El Señor, que no se deja ganar en generosidad, nos da todo aquello que le pedimos con una condición: que lo hagamos con delicadeza, a tiempo y destiempo pero con amor. Como la brisa lo hizo con el abrigo de aquel paseante. Y, el Señor, nos abriga con su mano, con su paz y con su presencia. Se desprende de todo lo que haga falta…cuando lo pedimos con humildad y cariño.

Javier Leoz

Toda una vida en conformidad con el Evangelio

1.- LA GLORIA DE UNA RAZA. «Esto dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua…» (Is 66, 18). Las fronteras cerradas y estrechas del judaísmo se rompen con la llegada del Mesías. Antes de venir Cristo, los judíos pensaban que sólo los hijos de Abrahán, los de raza hebrea, podrían entrar en el Reino de Dios. Llevados de esa enseñanza procuraban no mezclarse con los gentiles, hasta el punto de considerar que era una mancha entrar en una casa de paganos. En contraste con esta doctrina Jesús enseña que no es la sangre ni la carne la que salva, que no basta con tener por antepasados a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob para entrar en el Reino.

Ante el escándalo de sus oyentes, Cristo llega a afirmar que Dios puede hacer brotar hijos de Abrahán, de las mismas piedras. Y que muchos de Oriente y de Occidente se sentarán un día en la mesa del Reino. Entre nosotros puede ocurrir algo parecido. Podemos pensar que por el mero hecho de pertenecer a una familia cristiana ya somos cristianos. Hay que salir de ese error. Se es cristiano no por unas creencias o por unas prácticas semanales, sino por toda una vida en conformidad con el Evangelio.

«Vendrá a ver mi gloria…» (Is 66, 21) La gloria de Dios, ese resplandor que llena de gozo y de paz el corazón del hombre. Ver la gloria divina, en efecto, es suficiente para colmar todas las ansias que acucian el espíritu humano. Buena prueba de ello es la exclamación de san Pedro cuando, en el Tabor, contempla por unos momentos la gloria del Señor y dice lo bien que se está allí. Es cierto que esa gloria sólo en el cielo se podrá contemplar plenamente, gozando sin término el mayor bien que jamás podremos ni imaginar. Pero también es cierto que el gozo de la vida eterna se comienza a gustar en esta vida de aquí abajo. Por eso los cristianos que son fieles son también felices.

El Señor, deseoso de nuestra felicidad, quiere adelantarnos algo de la dicha y la alegría del cielo. Por eso se preocupa de señalarnos bien claro el camino que hemos de recorrer por medio de sus Mandamientos, inscritos en nuestro mismo corazón como una Ley natural que determina lo bueno que nos beneficia y lo malo que nos perjudica. Es una Ley que él da a todos los hombres, pues todos están destinados a ser sus hijos, a gozar un día de la gloria eterna, y a pregustar, entre amarguras quizá, el sabor inefable de su cercanía y su amor.

Antonio García-Moreno

Confianza sí, frivolidad no

La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la «salvación eterna» que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un «final feliz»; otros ya no piensan ni en premios ni en castigos.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: «¿Serán poco los que se salven?». Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

«Esforzados en entrar por la puerta estrecha». Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no.

Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades. No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino de Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, «los que practican la injusticia».

Jesús invita a la confianza y la responsabilidad. En el banquete final del reino de Dios no se sentarán solo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.

Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación con el reino de Dios, «hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos». Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 24 de agosto

Y acabamos la semana vestidos de rojo, celebrando con el color de los apóstoles y de los mártires; un color que nunca ha abandonado la vida de la Iglesia y que sabemos especialmente presente en muchas regiones del mundo: el color de la valentía con la que cientos de nuestros hermanos sostienen la fe en todos los continentes. Unos lo hacen acosados por la persecución de gobiernos totalitarios, casi a escondidas; otros tratando de que los dioses del bienestar, la corrupción y el abuso del prójimo no les ganen la batalla, demostrando que se puede ser servidor público, empresario, trabajador de banca e incluso político, siendo justo y honrado; otros acogiendo con ánimo y humor las cruces de cada día…

¡Qué sabiduría la de la Iglesia al proponernos diversos colores litúrgicos! ¡Y todos son nuestros! Nuestro es el verde de la vida cotidiana, que para un cristiano nunca puede ser tiempo ‘ordinario’ (en el sentido de vulgar). Nuestro el morado, que nos recuerda la contingencia y nuestras componendas con el pecado. Nuestro el rojo, del testimonio y el esfuerzo por la fe. ¡Y nuestro, por Gracia, el blanco de quienes ya comparten la gloria del Resucitado y los planes del Padre!

Afirmamos con gozo y razón que nuestra fe se levanta sobre el testimonio de los apóstoles como Bartolomé. Y es verdad, y sobre el de un número difícil de contar de mujeres, que con valentía siguieron a Jesús y acogieron su Palabra, entre las que destaca sobre todo María que -como ha recordado hace poco el Papa Francisco- es mucho más relevante en la Iglesia que papas, presbíteros y obispos.

Poco sabemos de Bartolomé. Llevamos siglos identificándolo con Natanael, aunque sin certezas absolutas. Pero nos consta lo fundamental: su condición de discípulo (como nosotros), y de discípulo pecador, perdonado y coherente al final de su camino (ojalá también como nosotros). Pero esa falta de datos no le hace menos apóstol, ni menos relevante que Pedro, Santiago o Juan. Nuestra unidad -tan importante, querida por Dios y objeto de la oración de Jesús- se expresa en diversidad, en variedad de dones, sensibilidades, biografías. Se trata de otra lección que hemos de seguir aprendiendo.

Bartolomé, enséñanos a nacer de nuevo, a dejar que el Espíritu vaya haciendo su labor en nosotros. Fortalece nuestra fe; alienta nuestra coherencia en el amor. Ayúdanos a vivir intensamente unidos al tiempo que acogemos cada día con más gratitud los dones de cada uno.