Homilía – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

VALOR Y PRECIO DEL TESORO

 

UN CAMINO PARA TODOS

Jesús camina hacia Jerusalén, el lugar del gran conflicto, donde residen sus mayores enemigos, la autoridad religiosa que le odia «a muerte». El rabí de Nazaret lo percibe con claridad, pero no por eso renuncia a su ministerio profético, sino que camina animoso a meterse en la boca del lobo.

«Mucha gente acompaña a Jesús», señala Lucas. Muchos de los que le siguen lo hacen ingenuamente; piensan que se va afianzando su popularidad que le llevará a hacerse con el poder político. Ante esta ingenuidad, Jesús «se vuelve hacia atrás» (Lc 14,25) para advertir al nutrido grupo de los que le siguen que no se hagan ilusiones de hacia dónde va y cuál es su camino. Sabemos que no llegan a entenderlo, porque cuando llegue la hora de la verdad, lo dejarán solo.

Jesús hace el viaje a Jerusalén enseñando a sus discípulos, señalando que, de la misma manera que le siguen físicamente, han de seguirle psicológicamente. Las consignas que da no son sólo para la élite, para el grupo de los Doce («se volvió a la mucha gente que le seguía» (v. 25), sino para los seguidores de todos los tiempos. Lucas se las recuerda a las comunidades a las que dirige su evangelio. El Espíritu las propone como consignas para los cristianos de todos los tiempos.

A simple vista las exigencias de Jesús que acabamos de escuchar en el pasaje evangélico parecen estremecedoras. Habla de posponer a él a los padres, mujer e hijos e, incluso, a uno mismo; habla de llevar la cruz, de renuncia a los bienes temporales. Jesús aparece como un exagerado en su pretensión de exigir a quien pretenda ser su discípulo.

Ciertamente su proyecto resulta un imposible absoluto en el orden psicológico si antes no se conocen las promesas, no sólo para el otro mundo, sino también para éste. Sólo si se conocen éstas, se puede estar dispuesto a pagar gustosamente el precio tan alto que nos pone. Jesús promete una vida nueva, «nacer de nuevo» (Jn 3,3), «ser una criatura nueva» (2Co5, 17).

Confesaba un universitario convertido: «Antes de creer en Cristo estaba muerto». Los convertidos de todos los tiempos viven su conversión como una resurrección (Cf. Ef 2,4). Jesús nos promete ser de verdad libres: «Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8,36). Así vive Pablo su adhesión a Jesús por la fe: como una experiencia de verdadera libertad (Cf. Gá 5,1). Jesús nos promete el verdadero gozo, la verdadera paz.

Jesús no comienza, pues, reclamándonos el precio de todo cuanto tenemos; comienza ofreciéndonos el tesoro del Reino, la perla incomparable que nos hará definitivamente ricos y dichosos (Mt 13,44).

«SI ALGUNO QUIERE SEGUIRME…»

Jesús no habla de un programa para escogidos, sino para todo cristiano. Y todos comprendemos perfectamente que las exigencias planteadas por Jesús no se reducen a una eucaristía dominical ni a unas prácticas morales o a algunas creencias, sino que se refieren a la globalidad de la vida, al talante, al espíritu con que hemos de vivirla. Jesús nos pide la orientación total de nuestra existencia, que hay que vivir desde el amor y el espíritu de servicio. Pero estas exigencias no son simplemente un precio que hay que pagar, sino la vivencia misma de la libertad, de una vida nueva, libre de la esclavitud de los ídolos.

Pero todo ello supone elegir a Jesús como el determinante último de nuestra vida. Significa estar animados por su Espíritu, sus sentimientos, sus afectos, sus criterios, su jerarquía de valores y actuar en la práctica movidos por ellos. Escribe Pablo: «Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios» (Rm 8,14).

Existe un grave problema en el cristianismo de los llamados países cristianos. Seguimos a Cristo sin haberlo elegido con una clara y consciente opción. Se nos bautiza a los pocos días de nacer, hacemos la comunión y recibimos la «confirmación en la fe» cuando apenas hemos llegado al uso de razón, y después… viene esa vida ambigua, sosa, híbrida, que es como si no se hubiera optado realmente por Jesús, pero con un barniz de cristianismo.

Cuando el cristiano, ya mayor, se plantea a fondo el problema, no parece tener más que una de estas opciones: abandonar la fe, lo que no deja de plantearle un problema de conciencia, pero, al menos, será un poco más auténtico que quienes eligen el segundo camino: ya que no hay más remedio, seguir adelante con la doble vida, con esa cosa híbrida que ni es seguimiento evangélico ni es nada, pero que, «por si acaso», conviene tenerlo a mano para el «otro mundo». Y está la tercera posibilidad, la que consideramos más madura: revisar ahora todo lo que implica seguir a Jesucristo, ver sus pros y sus contras, sus riesgos, lo que supone de cambio personal y social; analizar el Evangelio, pensar, reflexionar y finalmente decidir de tal manera que esta opción adulta y consciente no nos deje dudas sobre qué camino queremos seguir.

Muchos cristianos, de forma inconsciente, tal vez, rehuyen el planteamiento por miedo a las consecuencias. Con enorme lucidez reclamaba Kierkegaard un pronunciamiento claro y personal: «Que cada uno vea claramente lo que significa ser cristiano y elija con toda rectitud y sinceridad si quiere serlo o renuncia a ello. Que se advierta solemnemente esto: Dios prefiere que confesemos honestamente que no somos ni queremos ser cristianos. Ésta, quizá, es la condición que nos permitirá llegar a serlo verdaderamente; Dios prefiere esta confesión a la náusea de un culto que es burla de él».

«SI ALGUNO NO POSPONE…»

Jesús afirma taxativamente: «Si alguno no pospone a su padre, a su madre, a sus hermanos… no puede ser discípulo mío». No se trata, por supuesto, de rivalidad en el amor; no se trata de celos por parte de Jesús hacia los seres queridos, sino de preferencia de criterios a la hora de actuar.

Es evidente que a nivel sociológico se ha producido una adulteración en la vivencia cristiana. Por eso el Papa grita que es precisa una «nueva evangelización»; habla de la evangelización de los cristianos, de una catequesis de adultos que reeduque en la fe a tantos cristianos que lo son sólo sociológicamente. No hagamos caso, en absoluto, a un cristianismo facilón. No hay nada facilón en la vida. «El atleta, el deportista —afirma Pablo— tiene que someterse a duras dietas y entrenamientos fatigosos» (1Co 9,25). Tratar de rebajar exigencias es engañarse a sí mismo.

No tienen por qué asustarnos estas exigencias. Cuando alguien sabe bien lo que quiere no le duelen prendas. Por otra parte, no se pretende que el proyecto de Jesús y sus exigencias radicales sean una realidad desde el primer día en que decidimos seguirle. Más bien se trata de una meta, de un proceso que hay que vivir en constante progreso. La tentación que sentimos todos es que, como se ve difícil, se rebajen las exigencias hasta deformar el Evangelio. Hay un cristianismo desfigurado en muchos «pseudocristianos», tal vez por falta de formación. No hay que olvidar que ser cristiano verdadero no es sólo una aventura «mía», sino del Espíritu con nosotros. Hagamos, pues, nuestra esta oración audaz de un gran creyente de nuestros días: Señor, no me des cargas ligeras; dame espaldas anchas.

Atilano Aláiz