La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- UNA VIRGEN DESPOSADA

Lc 1, 27

Entre los judíos, el matrimonio constaba de dos actos esenciales, separados por un período variable de tiempo: los esponsalesy las nupcias. Los primeros no eran simplemente la promesa de una unión matrimonial futura, sino que constituían ya un verdadero matrimonio. El novio depositaba las arras en manos de la mujer, y se seguía una fórmula de bendición. Desde este momento la novia era la esposa de… El enlace era válido, y su fruto, legítimo. Si el desposado moría, ella pasaba a ser su viuda, y en caso de infidelidad era castigada como adúltera.

La costumbre fijaba el plazo de un año como intermedio entre los esponsalesy las nupcias. Este tiempo se empleaba en terminar los preparativos de la nueva casa, completar el ajuar, etc.

De ordinario, los esponsalesde una joven tenían lugar entre los doce y los trece años, y las nupcias, entre los trece y los catorce. Tal era probablemente la edad de la Virgen. El hombre solía desposarse entre los dieciocho y los veinticuatro. Esta debía de ser, en consecuencia, la edad de José.

La segunda parte, las nupcias, constituía la perfección del contrato matrimonial, que ya se había realizado. La esposa era llevada a la casa del esposo en medio de grandes festejos y de singular regocijo. Al contrato privado (privado, pero conocido por todos) se le daba ahora toda su publicidad.

La visita del ángel a María tuvo lugar, entendemos, en el tiempo que mediaba entre los esponsales y las nupcias.

Sabemos por san Lucas que María estaba ya desposada y, como es lógico pensar, con la intención de convivir con su marido después de realizadas las nupcias, unos meses más tarde. José no aparece en el misterio de la redención para cubrir las apariencias: era el esposo de María(Mt).Nadie —excepto Jesús— quiso tanto a Nuestra Señora, y la amó con amor de esposo. Y así quiso María a José. No como hermanos, sino como marido y mujer.

¿Cómo se entiende entonces la respuesta de la Virgen al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues yo no conozco varón? (Lc).

Las palabras de María no conozcono solo se refieren al presente, sino que se extienden también al futuro: expresan un propósito de mantener su virginidad. Si no fuera así, María no habría preguntado nada al ángel, pues habría entendido que el hijo que le anuncia sería también hijo de José, con el que estaba desposada. La Virgen, sin embargo, da a entender su virginidad presente y el propósito de virginidad en el porvenir. En casi todas las lenguas, en hebreo también, existe este presente con indicación de futuro: «no me hago religioso», «no me caso», etc. Si María no hubiera estado desposada, quizá se podrían entender sus palabras —no conozco varón— como un deseo implícito de tener en el futuro un marido que en ese momento no tiene, en el sentido de «no conozco aúnpero sí más tarde». Sin embargo, en su vida existía ya ese compañero con el que podría traer al mundo, de un modo natural y lógico, al hijo anunciado. María, sin embargo, declara al ángel su virginidad, presente y futura, incluso cuando este le habla de un hijo. Así lo ha entendido la Iglesia desde sus comienzos[1].

Entonces —nos preguntamos—, si María tenía el propósito firme de permanecer virgen, ¿por qué consintió en contraer matrimonio? ¿Cómo se explica el matrimonio de una persona virgen que desea mantenerse en este estado? ¿Puede existir como tal un matrimonio así?

Los evangelios no nos dan explicaciones sobre esta cuestión. Hemos de intentar hallarlas en los usos de la época. En primer lugar, en el mundo judío de entonces no era apreciado el estado célibe. San Pablo nos habla en cierta ocasión de los padres que se avergonzaban de tener en casa hijas núbiles[2]. El matrimonio de las hijas apenas cumplían los once o doce años era una de las primeras preocupaciones de sus progenitores, que intervenían directamente en los arreglos y convenios necesarios con otras familias. Esto era lo normal, como ahora en muchos pueblos de Oriente.

Por otra parte, el objeto de la unión matrimonial son los derechos que recíprocamente se otorgan los cónyuges sobre sus cuerpos en orden a la generación. Hemos de pensar que la Virgen se desposó en verdadero matrimonio con san José porque eso era lo establecido. Sus padres actuaron como los demás padres: buscaron al muchacho más adecuado para su hija. Y Dios también lo había previsto así. Era necesario que alguien cuidara de María y del Niño. Como escribe san Agustín, José, «virgen por la Virgen», sería el mejor custodio de María y de su virginidad[3]. Dios intervino en ese matrimonio de una manera discreta, eficaz y divina. ¿Cómo no iba a tomar parte ahora, cuando desde generaciones venía preparándolo todo? Intervino sin duda escogiendo a Joaquín y a Ana como padres de María y guiándolos hasta José. Y también influyó en el corazón de María, dándole luces y gracias para que siguiera ese camino difícil de comprender por los hombres: ser madre sin perder la virginidad. Santo Tomás señala las razones por las cuales convenía que la Virgen estuviera casada con José en matrimonio verdadero[4]: para evitar la infamia de cara a los vecinos y parientes cuando vieran que iba a tener un hijo; para que Jesús naciera en el seno de una familia y fuera tomado como legítimo por quienes no conocían el misterio de su concepción sobrenatural; para que ambos encontraran apoyo y ayuda en José; para que fuera oculta al diablo la llegada del Mesías; para que en la Virgen fueran honrados a la vez el matrimonio y la virginidad[5].

Podemos considerar también que los derechos propios del matrimonio en orden a la generación existían en la unión de María y de José. Si no hubieran existido, no habría un verdadero matrimonio. Y eran un verdadero matrimonio, y se querían con amor de marido y mujer. Por eso hemos de pensar que María y José, de mutuo acuerdo, habrían renunciado al uso de estos derechos; y esto, por una inspiración y con gracias muy particulares de Dios[6], que, como decimos, estuvo siempre muy presente —¡cómo no lo iba a estar!— en todo lo que concernía a la que iba a ser Madre de su Hijo. La exclusión de los derechos habría anulado el matrimonio, pero no lo invalidaba el propósito de no usar de ellos. Todo se llevó a cabo en un ambiente delicadísimo, que nosotros entendemos bien cuando lo miramos con un corazón puro.

Hemos de suponer que José y María se dejaron guiar en todo por las mociones divinas. A ellos, como a nadie, se les puede aplicar aquella verdad que exponen los teólogos: es frecuente y normal que los justos sean inducidos a obrar por inspiración del Espíritu Santo[7]. Dios siguió muy de cerca aquel amor humano entre los dos, y lo alentó con la ayuda de la gracia para dar lugar a los esponsales entre ambos. Fue el principal artífice de esta unión. En el Cielo hubo una particular fiesta y alegría por aquella boda.

Cuando María se desposó con José en Nazaret recibió una dote integrada, según la costumbre, por alguna joya de no mucho valor, vestidos y muebles. Recibió un pequeño patrimonio, en el que quizá habría un poco de terreno… Tal vez todo ello no sumara mucho, pero cuando se es pobre se aprecia más. Siendo José carpintero, le prepararía los mejores muebles que había fabricado hasta entonces. Como ocurre en los pueblos pequeños, la noticia correría de boca en boca: «María se ha desposado con José, el carpintero»… Algo parecido debió de suceder entre los ángeles.

[1]Desde las primeras formulaciones de la fe (cfr. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto(Conc. Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica.n. 496: De ahora en adelante lo citaremos simplemente como Catecismo).


[2]Cfr. 1Co 7, 36.

[3]Cfr. Tratado sobre la virginidad, 1, 4.

[4]Suma Teológica, 3, q. 29, a. 1.

[5]Los esposos tienen en María y José el ejemplo más perfecto de lo que deben ser el amor y la delicadeza. En ellos encuentran también su imagen completa quienes han entregado a Dios todo su amor, indiviso corde,en un celibato apostólico o en la virginidad vividos en medio del mundo, pues «la virginidad y el celibato por el Reino de Dios no solo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo» (Exhort. Apost. Familiaris consortio, 22-XII-1981, n. 16).

[6]Así lo expresa san Agustín: «Eso indican las palabras con las que María respondió al ángel que le anunciaba un hijo: ¿Cómo —dijo—será eso, puesto que no conozco varón?Esto no lo habría dicho ciertamente si antes no hubiese hecho el propósito de entregarse como virgen a Dios. Pero como las costumbres de los israelitas aún no admitían esto, se desposó con un hombre justo, quien no le arrebataría con violencia, antes bien le defendería contra los violentos, aquello de lo que ella había hecho voto» (Tratado sobre la virginidad,4).

[7]Cfr. Suma Teológica, 3, q. 36, a. 5, c y ad 2.