Mc 7, 31-37 (Evangelio Domingo XXIII de Tiempo Ordinario)

En la fase final de la “etapa de Galilea”, se multiplican las reacciones negativas contra Jesús y contra su proyecto, a pesar del rastro de vida nueva que él va dejando por las aldeas y ciudades por donde pasa.

Las últimas discusiones con los fariseos y con los doctores de la Ley a propósito de las cuestiones legales y de la “tradición de los antiguos” (cf. Mc 7,1-23), son una especie de gota de agua que rebosa el vaso y hace que Jesús abandone el territorio judío para refugiarse en territorio pagano.

En ese contexto es en el que Marcos habla de un viaje por Fenicia, que lleva a Jesús a pasar por los territorios de Tiro y de Sidón, ciudades de la franja costera oriental del mar Mediterráneo, en el actual Líbano (cf. Mc 7,24).

De regreso de esa incursión por Fenicia, Jesús dio un largo rodeo por el territorio pagano de la Decápolis (cf. Mc 7,31).

La Decápolis (“diez ciudades”) era el nombre dado al territorio situado en Palestina oriental que se extendía desde Damasco, al norte, hasta Filadelfia, al sur. El nombre servía para designar una liga de diez ciudades, que se formó después de la conquista de Palestina por los romanos, en el año 63 antes de Cristo.

Las “diez ciudades”, que formaban esta liga, eran helenísticas y no estaban sujetas las leyes judías. Las ciudades que integraban la Decápolis (así como los territorios circundantes a cada una de esas ciudades) estaban bajo la administración del legado romano de Siria. Era territorio pagano, considerado por los judíos completamente al margen de los caminos de la salvación.

En ese ambiente geográfico y humano se va a situar el episodio de la curación del sordomudo. El gesto de Jesús de curar a un sordomudo debe ser visto como un paso más en el anuncio de ese proyecto que Jesús ha propuesto por toda Galilea: el proyecto del Reino de Dios.

En un lugar no identificado de la región de la Decápolis, Jesús se encontró con un sordomudo. Las personas que lo trajeron suplican a Jesús “que le imponga las manos” (v. 32) En la secuencia Marcos describe, con abundancia de pormenores (algunos muy extraños) cómo Jesús curó al enfermo y le dio la posibilidad de comunicarse.

Con todo, después de leer la narración de este episodio, nos quedamos con la sensación de que Marcos quiere contarnos mucho más que la simple curación de un sordomudo. La descripción de Marcos, enriquecida con un número significativo de elementos simbólicos, es una catequesis sobre la misión de Jesús y sobre el papel que él desarrolla, en el sentido de hacer nacer al Hombre Nuevo.

Veamos, de forma esquemática, los elementos principales de esa catequesis que Marcos presenta:

1. En el centro de la escena está Jesús y el sordomudo (literalmente, “un sordo que, además, apenas podía hablar”).
Si el lenguaje es un medio privilegiado para comunicarse, para establecer relaciones, el sordomudo es un hombre que tiene dificultades para establecer lazos, en particular, para dialogar, para comunicarse.

Por otro lado, en un universo religioso que consideraba a las enfermedades físicas como consecuencia del pecado, el sordomudo es, de forma notoria, un “impuro”, un pecador y un maldito.
Finalmente, el sordomudo vive en el territorio pagano de la Decápolis: es, probablemente, uno de esos paganos que la teología judía consideraba al margen de la salvación.

En la catequesis de Marcos, este sordomudo representa a todos aquellos que viven cerrados en su mundo, en su pobre autosuficiencia, con lo oídos cerrados a las propuestas de Dios y el corazón cerrado también a la relación con los hermanos. Representa, además a aquellos que la teología oficial consideraba pecadores y malditos, incapaces de establecer una relación verdadera con Dios, de escuchar la Palabra de Dios y de vivir de forma coherente con los desafíos de Dios. Representa, asimismo, a esos “paganos” que los judíos despreciaban y que consideraban completamente alejados de los caminos de la salvación.

2. El encuentro con Jesús transforma radicalmente la vida de ese sordomudo. Jesús le abre los oídos y le suelta la lengua (v. 35), haciéndole capaz de comunicarse, de escuchar, de hablar, de compartir, de entrar en comunión.
En la historia de este sordomudo, Marcos representa la misión de Jesús, que vino a abrir los oídos y los corazones de los hombres, a la Palabra y a las propuesta de Dios y a la relación y al diálogo con los otros hombres.

El episodio nos recuerda, inmediatamente, el anuncio de Isaías en la primera lectura: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35,4-6).

Jesús es, efectivamente, el Dios que vino al encuentro de los hombres, a fin de liberarlos de las cadenas del egoísmo, de la comodidad, de la autosuficiencia, de los prejuicios religiosos que impiden la relación, el diálogo, la comunión con Dios y con los hermanos.

3. Aparentemente, no es el sordomudo quien tiene la iniciativa de encontrarse con Jesús (“le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar”; “le piden que le imponga las manos”, v. 32).
El sordomudo, instalado y acomodado a esa vida sin relación, no siente gran necesidad de abrir las ventanas de su corazón para el encuentro y para la comunión con Dios y con los hermanos. Es necesario que alguien le traiga, que lo presente a Jesús, que lo empuje hacia esa vida nueva de amor y de comunión. Ese es el papel de la comunidad cristiana. Los que ya han descubierto a Jesús, y se han dejado transformar por su Palabra, y aceptaron seguirle, deben dar testimonio de esa experiencia y retar a los otros hermanos para que vayan hacia el encuentro liberador con Jesús.

4. A solas con el sordomudo, Jesús realiza gestos significativos: le mete los dedos en los oídos, toma saliva y le toca con ella la lengua (v. 33).
Tocar con el dedo significaba transmitir poder; la saliva transmitía, se pensaba, la propia fuerza o la energía vital (equivale al soplo de Dios que transformó el barro inerte del primer hombre en un ser dotado de vida divina, cf. Gn 2,7). Así, Jesús transmitió al sordomudo su propia energía vital, dotándole de capacidad para ser un Hombre Nuevo, abierto a la comunión con Dios y a la relación con los otros hombres.

5. El gesto de Jesús de levantar los ojos al cielo (v. 34) debe ser entendido como un gesto de invocación a Dios. Para Jesús, los grandes momentos de toma de decisiones y del testimonio están siempre precedidos de un diálogo con el Padre. De esa forma, se hace evidente la ligazón estrecha entre Jesús y el Padre, entre la acción que Jesús realiza en medio de los hombres y los proyectos del Padre.

Los gestos de Jesús, en el sentido de dar vida al hombre, de liberarlo de su cerrazón y de su autosuficiencia, de abrirle a la relación, son gestos que tienen el aval del Padre y que se insertan en el proyecto salvador del Padre.

6. De acuerdo con Marcos, Jesús habría pronunciado la palabra “effetá” (“ábrete”), cuando abrió los oídos y desató la lengua del sordomudo. No se trata de una fórmula mágica, con especiales virtudes curativas. Es una invitación al hombre cerrado en su mundo personal a abrir el corazón a la vida nueva de la relación con Dios y con los hermanos. Es una invitación al sordomudo a salir de su cerrazón, de su comodidad, de su egoísmo, de su instalación, para hacer de su vida una historia de comunión con Dios y de compartir con los hermanos.

El proceso de transformación del sordomudo en un Hombre Nuevo, no es un proceso en el que sólo actúa Jesús y donde el hombre asume una actitud pasiva, sino que es un proceso que exige el compromiso activo y libre del hombre. Jesús hace sus propuestas, lanza desafíos, ofrece su Espíritu que transforma y renueva el corazón del hombre; pero el hombre tiene que acoger la propuesta, optar por Jesús y abrir el corazón a los retos de Dios.

7. Al final del relato de la curación del sordomudo, los testigos del acontecimiento dicen a propósito de Jesús: “Todo lo ha hecho bien” (v. 37). La expresión aparece como un eco de Gn 1,31 (“Y vio Dios todo lo que habla hecho; y era muy bueno”).
Al unir este relato con el relato de la creación del hombre, Marcos está dándonos la clave de lectura para entender la obra de Jesús: la acción de Jesús en el sentido de abrir el corazón de los hombres a la comunión con Dios y al amor a los hermanos, es una nueva creación. De esa acción nace un Hombre Nuevo, una nueva humanidad. Ese Hombre Nuevo es una creación “bien hecha” de Dios; el hombre, en la plenitud de sus potencialidades, ha sido creado para la vida eterna y verdadera.

El Evangelio de este Domingo nos asegura, una vez más, que el Dios en quien creemos es un Dios comprometido con nosotros, que apuesta por la renovación del hombre, para transformarlo, recrearlo, para hacerle llegar a la vida plena del Hombre Nuevo.

Este Dios, que abre los oídos de los sordos y suelta la lengua de los mundos, es un Dios lleno de amor, que no abandona a los hombres a su suerte ni les deja vivir adormilados en esquemas de comodidad y de instalación, sino que, a cada instante, viene a su encuentro, retándole para ir más allá, invitándole a alcanzar la plenitud de sus posibilidades y de sus potencialidades.

No olvidemos esta realidad: en nuestro viaje por la vida, no caminamos solos, arrastrando sin objetivo ninguno nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra debilidad, sino que a lo largo de todo nuestro recorrido histórico, nuestro Dios va a nuestro lado, indicándonos, con amor, caminos que nos conduzcan a la felicidad y a la vida verdadera.

El sordomudo, incapaz de escuchar la Palabra de Dios, representa a esos hombres que viven cerrados a los proyectos y a los retos de Dios, ocupados en construir su vida de acuerdo con esquemas de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia, que no necesitan de Dios ni de sus propuestas.

El hombre de nuestro tiempo ya no gasta tiempo en negar a Dios, se limita a ignorarlo, sordo a sus desafíos y a sus indicaciones.
¿Que significan para mí las propuestas de Dios?
¿Doy oídos a las llamadas y desafíos de Dios, o a los valores y propuestas que el mundo me presenta?

¿Cuando tengo que realizar opciones, qué es lo que cuenta: las propuestas de Dios o las propuestas del mundo?

El sordomudo representa, también, a aquellos que no se preocupan de comunicar, de compartir la vida, de dialogar, de dejarse interpelar por los otros. Define la actitud de aquel que no necesita de los hermanos para nada, de quien vive instalado en sus certezas y en sus prejuicios, convencido de que es dueño absoluto de la verdad. Define la actitud de aquellos que no tienen tiempo ni disponibilidad para el hermano; define la actitud de quien no es tolerante, de quien no consigue comprender los errores y los fallos de los otros y no sabe perdonar.

Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. No es ese el camino por el que encontramos nuestra realización y nuestra felicidad.

El sordomudo representa, también, a aquellos que se cierran en el egoísmo y en la comodidad, indiferentes a las llamadas del mundo y de los hermanos.
Somos sordos cuando escuchamos los gritos de los injustamente tratados y nos desentendemos; somos sordos cuando toleramos estructuras que generan injusticia, miseria, sufrimiento y muerte; somos sordos cuando pactamos con los valores que hacen al hombre más esclavo y más dependiente; somos sordos cuando encogemos los hombros, indiferentes, frente a la guerra, al hambre, a la injusticia, a la enfermedad, al analfabetismo; somos sordos cuando tenemos vergüenza de testimoniar los valores en los que creemos; somos sordos cuando dimitimos de nuestras responsabilidades y dejamos que sean los otros los que se comprometan y se arriesguen; somos sordos cuando callamos por miedo, cobardía o cálculo; somos sordos cuando nos resignamos a vegetar en nuestro cómodo sofá, sin comprometernos en la construcción de un mundo nuevo.

Una vida cómodamente instalada en esta “sordera” no comprometida, ¿es una vida que vale la pena ser vivida?

La misión de Cristo consiste, precisamente, en abrir los ojos a los ciegos y desatar la lengua de los mudos. Él vino a abrirnos a la relación con Dios, al amor a los hermanos, al compromiso con el mundo.
Quien se adhiere a Cristo y quiere seguirle por el camino del amor a Dios y de la entrega a los hermanos, no puede resignarse a vivir cerrado a Dios y al mundo. El encuentro con Cristo nos saca de la mediocridad y nos despierta para el compromiso, para el empeño, para el testimonio; nos invita a salir de nuestro aislamiento y a establecer lazos familiares con Dios y con todos nuestros hermanos, sin excepción.

El sordomudo de nuestra historia fue traído y presentado a Jesús por otras personas. El detalle nos recuerda nuestro papel en el sentido de hacer de puente entre los hermanos que viven prisioneros de la “sordera” y la propuesta liberadora de Jesucristo.

No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando alguno de nuestros hermanos se instala en esquemas de cerrazón, de egoísmo, de autosuficiencia, sino que, con nuestro testimonio, tenemos que presentarles esa propuesta libertadora que Cristo quiere ofrecer a todos los hombres.

Antes de curar al sordomudo, Jesús “elevó los ojos al cielo”. El gesto de Jesús nos recuerda que es preciso mantener siempre, en medio de la acción, la referencia a Dios. Es necesario que dialoguemos continuamente con Dios para descubrir sus proyectos, para percibir sus propuestas, para ser fieles a sus planes; es necesario tomar continuamente conciencia de que es Dios quien actúa en el mundo a través de nuestras acciones; es necesario que toda nuestra acción encuentre en Dios su razón última: si eso no sucede, rápidamente nuestra acción pierde su sentido.