Sant 2, 1-5 (2ª lectura Domingo XXIII de Tiempo Ordinario)

Continuamos hoy, la lectura de la Carta de Santiago, enviada “a las doce tribus que viven en la Diáspora” (St 1,1). La expresión indica que los destinatarios de la misiva son, en primer lugar, cristianos de origen judío, dispersos por el mundo greco-romano, sobre todo en las regiones próximas a Palestina, como son Siria, Egipto o Asia Menor; pero la carta sirve, también, para todos los creyentes, de todas las épocas, de todas las razas y de todas las latitudes.

El objetivo fundamental del autor es exhortar a los creyentes para que no pierdan los valores cristianos auténticos del judaísmo a través de las enseñanzas de Cristo.

Nuestro texto pertenece a la segunda parte de la carta (cf. St 2,1-26). Ahí, el autor trata sobre los temas fundamentales: la fe que se hace concreta en el amor al prójimo, sin ningún tipo de discriminación o de acepción de personas (cf. St 2,1-13); la fe que se expresa, no a través de ritos formales o de palabras huecas, sino a través de acciones concretas en favor del hombre (cf. St 2,14-26).

En general, este capítulo invita a los creyentes a asumir una fe operativa, que se traduzca en un compromiso social y comunitario.

Jesús no hizo ninguna acepción de personas, sino que acogió a todos y a todos amó igualmente (lo mismo a los pobres, que a los “últimos”, a los marginados, a los pecadores, a los enfermos). Quien quiera unirse a Jesucristo, con coherencia y con sentido, tiene que asumir los mismos valores; por eso, no puede marginar a nadie ni aceptar ningún sistema que cree discriminación (v. 1).

Después de la afirmación general, el autor de la carta presenta ejemplos concretos: la comunidad cristiana no puede acoger y tratar de forma diferente al rico y al pobre, a aquel que se presenta bien vestido y a aquel que se presenta mal vestido, a aquel que es conocido y famoso y a aquel que es humilde y pasa desapercibido (vv. 2-3).

En la comunidad cristiana todos son iguales y dignos de consideración y de respeto, aunque desempeñen funciones diferentes y servicios diversos. Para los seguidores de Jesús, la acepción de personas por razones ligadas a la riqueza, al poder, a la fama, a la posición social es un esquema perverso, absolutamente incompatible con la fe en Cristo (v. 4).

Nuestro texto termina con una pregunta retórica que parece afirmar la preferencia de Dios por los “pobres de este mundo”, escogidos “para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman” (v. 5).

Los “pobres de este mundo” son, más que una categoría sociológica, una categoría religiosa. La expresión designa, en el lenguaje bíblico, a los humildes, a los débiles, a los pacíficos, a aquellos que se presentan ante Dios con una actitud de sencillez, desprendidos de cualquier actitud de orgullo, de autosuficiencia, de prejuicios; son aquellos que, con humildad y disponibilidad, aceptan los dones de Dios y acogen sus propuestas con alegría y gratitud.

¿Por qué Dios los prefiere?

En primer lugar, porque son los que más necesitan ser liberados y salvados; en segundo lugar, porque son los más disponibles para acoger el don del reino.

No es que el reino de Dios sea una opción de clase y que los ricos y poderosos no puedan, por principio, tener acceso al reino; es que los ricos, los poderosos, los instalados, con el corazón lleno de orgullo y de autosuficiencia, no están disponibles para acoger la novedad revolucionaria y liberadora del reino.

Son los “pobres”, en su sencillez, humildad y despojamiento, en su ansia de liberación, quienes están preparados para acoger el don de Dios que se hace presente en Jesús y en su proyecto.

El cristiano es, antes de nada, alguien que cree en Jesucristo, que ha asumido los valores que se le han propuesto y que intenta concretar, en el día a día, esa propuesta de vida que él vino a realizar.
Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie; se sentó a la mesa con los desheredados, acogió a los enfermos, extendió la mano a los leprosos, llamó a un publicano para formar parte de su grupo, tuvo gestos de bondad y de misericordia para con los pecadores, dijo que lo pobres eran los hijos queridos de Dios, amó a aquellos que la sociedad religiosa de su tiempo consideraba malditos y condenados. La comunidad cristiana es hoy, en medio del mundo, el rostro de Cristo para los hombres; por eso, no tiene ningún sentido cualquier acepción de personas en la comunidad cristiana.

Naturalmente, esto es una evidencia que nadie contesta.
¿Pero, en la práctica, todos son acogidos en nuestra comunidad cristiana con respeto y amor?
¿Tratamos con la misma delicadeza y con el mismo respeto a quien es rico y a quien es pobre, a quien tiene una posición social relevante y a quien no la tiene, a quien tiene un título universitario y a quien es analfabeto, a quien tiene unos comportamientos religiosamente correctos y quien tiene un estilo de vida que no se ajusta a nuestras perspectivas, a quien se lleva bien con el sacerdote y a quien tiene una actitud crítica ante ciertas opciones de los responsables de la comunidad?
¿Nos olvidamos de que la comunidad cristiana está llamada a testimoniar el amor, la bondad, la misericordia, la tolerancia de Cristo para con los hermanos, sin excepción?

El problema de la discriminación y de la marginación de las personas se manifiesta también, y tal vez con mayor sutileza, en los contactos que establecemos fuera de la comunidad cristiana.
Encontramos todos los días en nuestro círculo de relaciones, en nuestro universo profesional, y hasta en nuestra familia personas con la que no nos identificamos, que no nos gustan, a quienes no entendemos. Es difícil acogerlas, aceptar sus características y sus fallos, tratarlas con bondad, con comprensión, con tolerancia, con amor.

Sin embargo, nosotros los seguidores de Jesús, estamos llamados a dar testimonio de los valores del Evangelio veinticuatro horas al día, en cualquier lugar y en cualquier ambiente.
La fraternidad, el amor, la misericordia, la tolerancia, que Cristo nos propone, tiene que informar cada paso de nuestra existencia y derramarse sobre todos aquellos con los que nos encontramos, aunque sean de otra raza, o tengan otra cultura, o frecuenten ambientes distintos, o no concuerden con nuestras ideas, o tengan una forma diferente de encarar la vida.

Nuestro texto nos revela que Dios prefiere a los pobres, a los humildes, a los sencillos.
Esto no quiere decir, sin embargo, que Dios tenga una opción de clase y que privilegie a unos en detrimento de otros. Dios ofrece su amor, su gracia y su vida a todos; sin embargo, unos acogen sus dones y otros no.

Lo que es decisivo, en la perspectiva de Dios, es la disponibilidad para acoger su propuesta y sus dones.
Nuestro texto nos invita a desprendernos del orgullo, de la autosuficiencia, de los prejuicios, para acoger, con humildad y sencillez los dones de Dios.