Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

• El centro de este texto está en el último versículo: “quien de vosotros no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (33). Vemos que Jesús se dirige a quienes ya son discípulos suyos y quieren continuar siéndolo. Algunos habían emprendido el camino bien pronto (Lc 5,11.28). Y les dice que el auténtico discípulo debe compartir el desprendimiento que es característico de la manera de vivir del Maestro. Y, en cualquier caso, ningún criado no puede servir dos señores (Lc 16,13).

• Los “bienes” son, ciertamente, los bienes materiales –justamente Jesús acaba de decir que en el Reino quienes no tienen, bienes materiales, son los primeros (Lc 14,12-24)–. Más adelante Lucas concretará más esta cuestión, como lo podemos ver en el caso del hombre rico: “vende todo el que tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro al cielo”. “Después ven y sígueme” (Lc 18,22), o en el caso de Zaqueo (Lc 19,1-10). Y antes, al empezar el camino a Jerusalén, ya había anunciado las condiciones del seguimiento (Lc 9,23-27.57-62).

• Pero Jesús también habla de otros bienes, como la familia y la “propia vida” (26). ¿Qué quiere decir, Jesús, con estas condiciones para seguirlo?

• A menudo leemos las comparaciones desde la clave bueno–malo o positivo–negativo. Si utilizamos esta clave para buscar el significado de los vv. 26-27, nos equivocaremos. Amar “más” a Jesús que “al padre y la madre…” (26) no quiere decir, de ninguna forma, que amar a Jesús sea bueno y positivo, y amar a los miembros de la propia familia sea malo y negativo. Igualmente con respecto a la propia “vida” (26). El mismo Jesús ratifica el mandato de la Ley que propone el amor a Dios de todo corazón es inseparable del amor al prójimo. Y este segundo amor, dice la Ley, tiene la fuerza del amor “a si mismo” (Lc 10,27).

• Por tanto, la clave quizás sólo la encontraremos si cambiamos el punto de vista y nos lo miramos desde el otro lado. Es decir, aquello que vivimos en cuanto a los afectos: el amor a la familia, a la pareja, a los amigos…, todas las relaciones humanas, en cuanto que son buenas y nos hacen crecer humanamente, pueden ser todavía mejores si las vivimos amando a Jesús y siguiéndolo en todo. Igualmente con respecto a la propia “vida”: seguir Jesús nos puede llevar a tomar, como Él y con Él, “la cruz” (27). Pero, como Él, no por desprecio de la vida sino por amor. Se trata de dar la vida por amor. Dar, generosamente, lo que amamos mucho, aquello que tiene mucho valor, para que otros vivan.

• Dicho de otra manera: Seguir Jesús es un acto de libertad fruto de una decisión tomada con libertad. Pero no hay nada, ningún ámbito de la vida –desde las relaciones con cualquier persona hasta los rincones más profundos de la propia intimidad–, que se escape a las consecuencias que tiene el seguimiento de Jesús.

* En la segunda lectura de la misa de hoy, Filemón 1,9-17, tenemos un testimonio de que el seguimiento de Jesús hace cambiar todas las relaciones humanas, tenemos un testigo: Onésimo ha pasado, por la fe, de ser esclavo a ser hermano. Esto es un hecho, más allá de la legislación que contempla la esclavitud co- mo normal. El seguimiento de Jesús abre caminos al cambio de las estructuras.

• Un apunte, todavía, sobre el “llevar la cruz”. En una familia obrera, el esfuerzo que se hace por trabajar, las preocupaciones que pasan los unos por otros para que todo el mundo viva con dignidad, ¿no es dar “la propia vida” por amor? Ciertamente, no tiene nada de desprecio a la propia vida y mucho de amor a la vida de las otras personas. Esto, vivido en seguimiento de Jesús, queda reforzado por la misma esperanza que lo mueve a Él.

• Las dos parábolas con qué Jesús ilustra estas enseñanzas (28-30 y 31-32) aconsejan tomar decisiones que no acaben en ningún fracaso. Por esto insisten en la reflexión y el cálculo (28 y 31). ¿Qué es el que debemos calcular, en este caso? La carga que llevamos. Seguir a Jesús pide todas las fuerzas. No podemos pretender seguirlo cargados. Él va ligero de equipaje y seguirlo sólo es posible si vamos descargados. Pero hace falta tener presente que esto puede ser difícil: ¡Con qué dificultad entran en el Reino de Dios los que tienen dinero (Lc 18,24). Ahora bien, Dios puede hacerlo posible: Aquello que es imposible para los hombres es posible para Dios (Lc 18,27). Tendremos que pedirle que nos ayude.

Tres exigencia del seguimiento de ser discípulo:
* Desprendimiento respecto a la familia e incluso de sí mismo.

Jesús (en Lucas) emplea la palabra “odiar”, que no es ir contra el Cuarto Mandamiento (Lc 18,20). “Odiar”, en el modo oriental de hablar, significa “poner en segundo lugar” algo o alguien, porque ha aparecido otra cosa o persona de más valor. Pero, con todo, Lucas presenta una renuncia más radical que Mateo y Marcos: el “odiar” del v.26 expresa con más fuerza el “quiere más” de Mateo 10,37.

A la lista de personas a las que hay que renunciar por Cristo (Mt 19,29) añade “la mujer”, conforme a su radicalismo ascético.

La mentalidad semítica no entiende de las medias tintas en las relaciones personales: o se ama o se odia. En este caso, hay que subordinar los afectos más fundamentales: la familia y la propia vida. Posponerlos (“odiarlos”, en semita) implica reorganizar las prioridades, desarrollar una capacidad interna de radicalidad aunque se trate de lo cercano e intimo de la propia vida.

* La segunda exigencia es la cruz (v.27), la expresión de un seguimiento más estricto.

Recordar que en Lucas, en la pasión, no presenta a Jesús con la cruz a cuestas. En compensación y a lo largo de la narración evangélica, Lucas presenta al discípulo acompañando al maestro; ambos cagados con la cruz.

Una cruz que es la entrega en la vida. Esto no supone una carga adicional a los problemas de la existencia, sino más bien hace referencia al nuevo estilo de vivir que se desprende de la pretensión de seguir a Jesús en la construcción del Reino de Dios.

* La tercera exigencia (“el que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”), renuncia a los vienes materiales, queda ilustrada por dos parábolas breves sobre la previsión cara a dar seriedad a este compromiso y no caer en el ridículo.

La del constructor ante el reto de su obra y la del rey en guerra. ¡Hay que calcular las fuerzas!

Las euforias iniciales no sintonizan con el Evangelio, si se desvanecen rápidamente. Posponer (“odiar”) lo que se es y lo que se tiene es algo que se logra a lo largo del camino.