El seguimiento de Jesús exige compromiso

1.- Dios es el que nos concede la auténtica sabiduría ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? Los sabios de todos los tiempos han buscado la verdad y el sentido de la vida. Los astrólogos han buscado en los astros el destino de los hombres. Hoy se ha puesto de moda de nuevo el ansia de descubrir el propio futuro acudiendo al horóscopo o al adivino de turno que descifra la carta astral. Sabemos que son estafadores que se aprovechan de la ingenuidad y de la falta de seguridad que sufren muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. También en el siglo I en el Libro de la Sabiduría un judío de Alejandría se pregunta ¿quién rastreará las cosas del cielo? El sabio, que utiliza el seudónimo de Salomón, llega a la conclusión de que nuestros razonamientos son falibles, que apenas conocemos las cosas terrenas. Dios es el que nos concede la auténtica sabiduría, iluminando nuestra oscuridad. Cuando descubrimos la verdad aprendemos lo que Dios quiere de nosotros y alcanzamos la felicidad (la salvación). Fue el gran anhelo de San Agustín «Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti». Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: «La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma».

2.- Hay muchas cosas que nos impiden el encuentro con Dios. Jesús nos advierte en el Evangelio de la dificultad que suponen ciertas ataduras para descubrirle y seguirle. Cierto día, el cardenal Wisseman discutía con un filósofo utilitarista sobre la excelencia de Dios. A los contundentes y clarísimos raciocinios del obispo respondía el filósofo con mucha flema: «No lo veo, yo no lo veo…». Wisseman tuvo entonces un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra «DIOS» y colocó encima una libra esterlina. El materialista inglés abrió los ojos con sorpresa. Le dice el obispo:

– ¿Qué ve usted?

– Una libra esterlina.

– ¿Nada más?

– Nada más.

Muy tranquilo entonces, Wisseman quitó la libra esterlina y dijo a su compañero:

– ¿Y ahora, qué ve usted?

– Veo «DIOS».

– ¿Qué os impedía ver a Dios?

El filósofo utilitarista se calló como un muerto.

3.- Jesús no nos predicó el odio, sino el desprendimiento. Jesús nos pide un compromiso radical con su misión, no le valen las medias tintas. Pero a los que le tienen confianza, Él le devuelve cien veces más. Jesús nos deja libertad de elección y nos advierte claramente de los riesgos y dificultades que entraña la aventura de seguirle. No es una decisión que pueda ser tomada a la ligera, en un momento de euforia. Hace falta seriedad, inteligencia, un programa serio y comprometido de vida, aceptación de la cruz. Para poder decidirse hace falta hacer una opción clara por Jesús de Nazaret y con las exigencias del Reino. El texto litúrgico dice que tenemos que «posponer» muchas cosas cuando se opta por Jesucristo. Libertad, disponibilidad, amistad con Jesús, compromiso de vida, radicalidad son las condiciones para seguir a Jesús hoy y siempre. Todo ello debe hacerse con alegría y contando con la ayuda de la comunidad cristiana.

4.- El proyecto de Jesús de Nazaret es utópico, pero no imposible ni fantástico. Hay que construir el edificio (la torre), calculando los gastos y todos los pormenores para asentar sólidamente nuestra decisión. Jesús es muy claro: «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». Hay que posponerlo todo, los bienes materiales también. Hay que poner en práctica el desprendimiento para conseguir la «libertad de espíritu». El filósofo utilitarista estaba cegado por el dinero. ¿Qué es lo que te impide a ti hoy seguir a Jesús?, ¿de qué tienes que desprenderte? Debemos recuperar la utopía en el seguimiento de Jesús. La utopía despierta las aspiraciones y deseos más profundos y desencadena una serie de compromisos concretos que llenan de ilusión el corazón de una persona y dota de una fuerza impresionante. Todo nace del amor a Jesús y de la pasión por la construcción del Reino. El Papa Juan Pablo II subrayó en la «Veritatis splendor» que «seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana». El seguimiento de Jesús no se limita a la aceptación histórica de Jesús –conocimiento–, sino conlleva la identificación con su persona –amor– y se extiende a la atención compasiva hacia los pobres y marginados –la misión–. Merece la pena seguir a Jesús. Él es la fuente de la vida auténtica y de la felicidad plena.

José María Martín OSA